Curso de filosofía elemental · Unidad 252 de 354

Unidad 252 · FJ< OFÍA ELEMENTAL,

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FJ< OFÍA ELEMENTAL,

CAPITULO XXVIII.

INMORTALIDAD DEL ALMA* PREMIOS Y PENAS DE LA OTRA VIDA

233. Por el órden mismo de la materia, nos hallamos condth cidos á tratar de los premios y penas de la otra vida , lo cual se liga con la inmortalidad del alma, y demás doctrinas religiosas, i A qué se reduce la religión , si después de esta vida no hay nada? Si el alma muere con el cuerpo, es inútil hablarle al hombre de moral y religión : este seria el caso en que sin duda respondiera : comamos y bebamos, que mañana moriremos. En la fugacidad de la vida, en ese bello sueño que pasa y desaparece, los instantes de placer son preciosos, si á ello se limita nuestra existencia : no hay entonces razón alguna para dejar de aprovecharlos ; la conducta epicúrea es consecuencia muy lógica de las doctrinas que niegan la inmortalidad del alma.

23ft . Así como el principio de una cosa puede ser por creación ó por formación , según que empieza de nuevo en su totalidad , ó se compone de algo que antes existia ; así también el fin puede ser por aniquilamiento ó por disolución, según que se reduce á la nada , ó se descompone por la separación de las partes. Una máquina no empieza en su totalidad absoluta, cuando se la construye , pues que sus partes existían ya de antemano, y cuando se deshace no se anonada , pues sus partes continúan existiendo , aunque separadas, ó al menos sin la disposición en que antes estaban.

Lo simple no puede empezar por formación ó composición , ni acabar por disolución ; si no hay partes , claro es que no pueden reunirse, ni separarse, ni desordenarse : lo siemple empieza ó acaba en su totalidad. De esto se infiere evidentemente que el alma humana siendo simple, no puede acaba! por descomposición : y así la muerte del cuerpo no la destruye, Ella no tiene ningún gérmen de disolución ; porque no encierro diversidad ni distinción en su sustancia ; por tanto es precisi decir , ó que dura para siempre ó que Dios la aniquila. La psi* eoiogia nos demuestra la inmortalidad intrínseca ó sea la inv posibilidad de perecer por disolución; ahora, para probar la

ética, 453 Inmortalidad extrínseca , esto es, que Dios no la anonada , os preciso echar mano de otra clase de argumentos.

235. La experiencia nos enseña que las sustancias corpóreas no se aniquilan, sino que pasan de un estado á otro. Las moléculas que las componen están en continuo movimiento ; se hallan en las entrañas de la tierra, después se combinan con la organización vegetal , y forman parte de una planta ; cuando esta muere, continúan bajo la forma de madera; esta se pudre ó se quema , y las moléculas se dispersan para entrar en nuevas combinaciones en el reino vegetal ó animal ; de suerte que las sustancias corpóreas recorren un círculo de trasformacion , mas no se anonadan. ¿ Cuál de los dos seres es mas noble , mas digno , por decirlo así, de los cuidados del Criador, una molécula sin voluntad, sin pensamiento, sin sentido , sin vida , sujeta á leyes necesarias , ó un ser inteligente, libre, capaz cíe dilatar indefinidamente sus ideas , y sobre todo de conocer y amar á su Autor ? La respuesta no es dudosa : luego el sostener que el alma se reduce á la nada, es invertir el orden del mundo, suponiendo que lo inferior se conserva y lo superior se acaba : y que Dios ge complace en conservar lo inerte y en anonadar lo inteligente y libre.

256. El hombre tiene un deseo innato de la inmortalidad ; la idea de la nada le contrista ; y es harto evidente que su deseo no se satisface en esta vida , que , por su extremada brevedad, es comparada con razón á un sueño. Si el alma muere con el cuerpo se nos habrá dado un deseo natural, cuya satisfacción nos será del todo imposible ; esto es contrario á la sabiduría y bondad del Criador : Dios castiga á los culpables , pero no se complace en atormentar á sus criaturas con irrealizables deseos.

Se dirá que aun en esta vida deseamos muchas cosas que no podemos conseguir, y que sin embargo nada se infiere contra la bondad y sabiduría de Dios. Pero es preciso reflexionar, que la inmensidad de los deseos que en vida experimentamos , aunque varios , y con harta frecuencia extraviados , se dirigen todos á la felicidad : esto busca el sabio como el necio, el virtuoso como el corrompido ; unos por camino verdadero, otros por errado ; el resorte natural es el mismo en todos : el deseo de ser feliz. Si hay otra vida , ^stos deseos pueden cum-