De tal palo, tal astilla · Unidad 14 de 26

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--Pues hazte fanático. ¿Quién te lo impide?... ¡Y á fe que sería, como ahora se dice, noticia _de sensación_ para tus conmilitones del racionalismo!

--Ni lo grave de mi situación se presta á tus bromas, ni con ellas has de conseguir tu propósito de disfrazar más hondos sentimientos. Déjalas, pues, á un lado, y dime, si lo sabes, cómo se vence en esta batalla, perdida hoy para tu hijo, ó cómo, en el desastre, se salva... siquiera la vida.

--¡Niño, niño! --exclamó aquí el doctor, hundiendo su mirada hasta lo más escondido de la mente de Fernando--. ¡Eso no se dice, ni en chanza!... ¡La vida vale mucho á tu edad para arriesgarla en juegos de esa especie!

--¿Juego llamas á esto?

--¡Juego lo llamo, y juego es todo aquello en que toma cartas esa víscera tan traída y tan llevada en las comedias del mundo! Y ahora añado que por serio y complicado que el juego llegue á ser, debe ganar siempre la cabeza, aunque sea con trampas de mala ley... ¡Muérase el demonio!... ¡Pero tú, hijo mío!... Vamos á ver, ¿qué proyectos son los tuyos para salir del negro trance?... Descúbrelos y examinémoslos con calma.

--Estoy resuelto á estudiar hasta el fondo de esa cuestión pavorosa; quiero descomponerla fibra á fibra y saborearla gota á gota, sin odios ni prevenciones de escuela.

--¿Quieres hallar así la fe que te falta para llegar hasta Águeda?

--Ó el convencimiento pleno de que no me queda la más remota esperanza de vencer en esta lucha terrible.

--¡Empresa es!

--Pero me hallo en este instante como el que abre los ojos en medio de un desierto sin orillas: no sé hacia dónde dar el primer paso.

--Lo comprendo.

--Pero tú conociste á tu madre. Era piadosa, según mis noticias. Debió enseñarte á rezar; hablarte de Dios... á su modo.

--Hablábame, en efecto, muy á menudo, de esas cosas.

--Dicen que «esas cosas» y otras semejantes, son á manera de semilla que, aunque olvidada en esa edad, fructifica profusamente en cualquiera otra de la vida, si se la busca y se la cuida con esmero.

--Eso dicen también.

--¡Pues ni esa olvidada semilla encuentro yo entre los escombros de mis recuerdos! No hubo una mano benéfica y previsora que la arrojara sobre la aridez de mi infancia. ¡Mira si es grande mi desdicha en este momento!

El doctor frunció el entrecejo, se pasó la mano por la barba, y preguntó secamente á su hijo:

--¿Me lo dices para reconvenirme con ello?

--Quiero que te vayas penetrando poco á poco de la gravedad del trance en que me veo. Sabes cómo pasó mi niñez; cómo entré en la juventud; qué vientos me empujaron; en qué moldes se fundieron mis ideas, y cuáles son éstas.

--Enemigos irreconciliables de las que vas buscando ahora.

--Pero con la desdichada circunstancia de que mientras yo me hallo á ciegas y atado de pies y manos, ese enemigo me asedia y me acomete, y no puedo retroceder ni defenderme.

--¿Y qué deseas por de pronto?

--Que me guíes y me ayudes.

--¡Guiarte yo!... Hijo de mi alma, ¡á buena parte vienes! _Dum cæcus cæcum ducit_... ya lo sabes: al hoyo los dos.

--Si no puedes darme luz, dame aliento siquiera.

--Te daré, hijo, hasta la vida, si te hace al caso... Pero dime en qué forma he de alentarte. Explícate.

--Respóndeme con la franqueza y lealtad con que yo te hablo. ¿Sientes el mismo entusiasmo que sentías en otro tiempo por el triunfo de tus ideas?

--Pues con franqueza y con lealtad, Fernando: hace mucho que esas ideas y las otras ideas me tienen completamente sin cuidado.

--¿Y consiste esa indiferencia en que se hayan modificado tus opiniones con la edad, ó en el apartamiento en que vives de las luchas?

--En un poco de cada causa... y en otras más... Lo que me sucede en mi soledad, cuando vuelvo los ojos al agitado campo de las ideas, es que algunas veces me parecen locos los sabios militantes... lo mismo que los actores de una comedia vista de lejos: no percibo más que los manoteos, las zancadas y las contorsiones... ¡ni un escrúpulo de substancia!

--¿Cómo se explica entonces el calor con que aplaudiste mis dos últimas campañas?

--De un modo muy sencillo: teniendo presente que mi indiferencia por las ideas no me quita el entusiasmo que siempre he tenido por todo lo que sobresale de la talla vulgar. Te ví sobresaliente, y eres mi hijo... ¡figúrate si te aplaudiría con todo mi corazón!

--¿De manera que lo mismo me hubieras aplaudido en el campo contrario?

--Probablemente. La tolerancia es mi bandera.

--No le has guardado siempre la mayor fidelidad.

--Se la guardo desde que la plegué.

--¡Eso sí que es raro!

--No podía guardársela cuando peleaba por ella.

--Más raro todavía, y absurdo.

--El absurdo está, Fernando, en escribir la palabra _tolerancia_ en una bandera de combate, como se había escrito en la que yo elegí, no por el lema, sino por los soldados que peleaban debajo de ella. Tolerancia y lucha son dos ideas incompatibles. He aquí por qué no he sido yo tolerante hasta que he dejado de ser batallador; es decir, hasta que he cesado en mi empeño de _imponer_ mis ideas de _tolerancia_ á los demás.

--¿Y por qué invocaron ese lema los que alzaron la bandera antes que tú?

--Por contraposición á la _intolerancia_ del enemigo.

--Siquiera, ese es franco.

--Ya se ve que sí.

--En substancia: tú nunca has tenido gran fe en los principios filosóficos que has proclamado.

--Hombre... puede que no.

--¡Me asombra la serenidad con que lo declaras!

--Sin embargo, no hay pizca de cinismo en ello; y te lo voy á demostrar. Dos hombres riñen en una calle, por una futesa... por una palabra anfibológica, hinchada y sesquipedal. Pasa un tercero, oye la disputa, se acerca y se para; y desde luégo se pone con sus simpatías de parte de uno de los contendientes: tal vez porque grita más, y porque es bello y elegante, al paso que el otro tiene la ropa mal hecha, es feo y nada agradable de voz. No le importa un rábano lo que allí sucede; mas el contagio de la ira le arrastra, y la pasión le inclina hacia el contendiente preferido; pónese á su lado, y ayúdale contra el otro; pero con tal decisión y entusiasmo, que arriesgara en el trance hasta la vida, si fuera preciso. Acábase la contienda... por supuesto, por cansancio, no porque la verdad haya brotado del choque de los argumentos; sigue el intruso su camino; vásele pasando la sobrexcitación poco á poco; vuélvese á casa; y cuando se halla completamente tranquilo y en reposo, medita en lo que ha hecho, y se asombra de los gritos que dió, de los improperios que lanzó sobre el contrario, y de la desazón que le costó una contienda á la que no fué llamado, por una palabra que ninguno de los tres entendía, y que, aun cuando hubieran llegado á interpretarla en su verdadero sentido, ni la humanidad, ni el pueblo, ni el barrio en que pasó la escena, ni los tres personajes de ella, hubieran ganado con el triunfo el canto de un maravedí. Pues bien, Fernando: yo he sido ese tercero en todas las disputas filosóficas en que me has visto. Después me he asombrado del calor con que tomaba cuestiones de pura fantasmagoría.

--Y ese después ¿se remonta muy allá?

--Quizás penetra un tantico en el campo mismo de mis batallas.

--Pues esa declaración, que yo iba buscando, envuelve un gravísimo cargo contra tí.

--¡Un cargo contra mí!... Y ¿quién puede hacérmele?

--Yo.

--Á ver...

--Cuando entré á luchar en el campo de tus proezas, ya andabas tú riéndote de ellas.

--Poco menos.

--Sin embargo, no me lo advertiste.

--¿Por qué y para qué? ¿No eras libre? ¿No elegiste el terreno más de tu agrado?

--Le elegí porque era el tuyo; porque te tomé por modelo. Te ví colmado de aplausos y de coronas; creí en la sinceridad de tu entusiasmo, y en él me inspiré. Pero tú, por la educación que recibiste de niño, acaso comenzaste la lucha con dudas y remordimientos; yo tomé el punto donde tú le dejaste; y con fe en la solidez del cimiento, levantéme hasta donde ahora me hallo, como pájaro con sus alas, sin vértigos ni vacilaciones. Tal cual me ves, obra tuya soy. Ya que no me des la luz que busco, préstame siquiera tus desencantos para que yo socave con ellos la fortaleza de este exclusivismo filosófico que absorbe toda mi inteligencia.

--Me harías reir, Fernando, si no me diera compasión el estado en que se halla tu espíritu. Te elevas, según me dices, en alas de mis laureles al punto que ambicionabas, y me lo imputas como grave delito; consideras inexpugnable el castillo de tus ideas, y al mismo tiempo pretendes que se rinda á los alfilerazos de una dama, con el auxilio de cuatro burlas mías, más ó menos sazonadas. ¿En qué quedamos? Ó te crees invencible, ó no, en tus posiciones. Si lo primero, ¿qué puedes reprocharme, en buena justicia, á mí que te dí esa fuerza? Si lo segundo, pásate desde luégo al enemigo, y buen provecho te haga.

--Pudiera reprocharte el descuido de no haberme enseñado ciertas cuestiones más que por una cara.

--Y ¿qué ha hecho tu razón libérrima que no les ha buscado la otra?

--La razón se apasiona, como tú has demostrado muy bien en el ejemplo que citaste; y en fuerza de andar siempre en un carril, á él se acomoda, y con dificultad se aviene á otro sendero. El espíritu de bandera propende á mirar al enemigo por el lado más desfavorable ó más débil. ¿No puede haberme sucedido á mí algo de esto en la doble ceguedad de mi entusiasmo y de mi educación irreligiosa y descuidada? Esto es lo que quiero ver; y para lograrlo, estoy resuelto á quemar hasta el último cartucho.

--Quema, hijo mío, hasta la cartuchera cuando llegue el caso, si con ese recurso sales de apuros; pero, por de pronto, desciende del volcán de tu fantasía al frío de la realidad, y empecemos por llamar las cosas por sus nombres. Lo que aquí sucede es que te enamoraste de una dama; que esta dama se enamoró de tí; que, á pesar de ello, te rechazó en cuanto supo que eras un hereje, digno de tu casta; que te impone su ortodoxia como condición de avenencia, y que tú no puedes creer esas cosas, ni fingir que las crees, ni renunciar á la dama... ¿No es esto?

--Precisamente.

--Ocurre también que tú eres vehemente y testarudo, y estás poco avezado á contrariedades; por lo cual quieres poseer inmediatamente el poderoso talismán que ha de abrirte las encantadas puertas, y que ya andas en su busca con el mismo afán con que estarías arrimando las espaldas á los Picos de Europa para derrumbar la gigante cordillera, si tal hubiera sido la condición impuesta.

--Supongamos que no te equivocas... ¿Y qué?

--Que tu empresa es superior á las fuerzas humanas, y que no tengo noticia de que en estas regiones habiten hadas benéficas, como aquéllas que sacaban de apuros idénticos á los honradotes orientales de las _Mil y una noches_.

--¿Es decir, que me niegas tu auxilio?

--Te le daría, por ahora, en un consejo; en el único que aquí cuadra, si fueras capaz de recibirle en lo que vale. Te diría: reserva las fuerzas que has de malgastar luchando contra un imposible, para vencer con ellas esa pasión insensata. Éste es tu negocio... y también tu deber.

--¡Consejo digno de quien no ve en el corazón humano más que una víscera con determinadas funciones mecánicas!

Esto dijo Fernando levantándose desesperado y saliendo de la estancia. Y no tuvo la entrevista otro resultado, si no se cuenta como tal la puñalada que sintió en la consabida víscera el doctor con las últimas palabras de su hijo, cuyos dolores estaban quitándole á él la vida.

[Ilustración]

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XVI

RAYAR EN EL AGUA

No daba el doctor Peñarrubia dos adarmes de peso á los motivos de la angustia de Fernando; pero no desconocía que el grano de pólvora que inflamado al aire libre no mueve una paja, oprimido entre obstáculos levanta una roca. Aun suponiendo en Águeda todos los atractivos imaginables, su amor, con obstáculos y todo, no podía causar estragos en un pecho avezado á esa clase de impresiones y abierto al aire libre de las vulgares y corrientes peripecias de la vida galante. Pero en Fernando, el mismo caso ofrecía muy graves peligros. Era, por naturaleza, lo que comúnmente se llama _juicioso_; es decir, reflexivo, incapaz de encariñarse, y mucho menos de entusiasmarse, con aficiones pasajeras ni con frivolidades pueriles. Podía equivocarse en la elección de una senda; pero se equivocaba en buena ley, es decir, poniendo en sus meditaciones, antes de decidirse, cuanto cabía en su discurso. Así era entusiasta sin dejar de ser frío. El caudal de sus ideas, buenas ó malas, le formaba adquiriéndolas poco á poco y saboreándolas; y una vez pertrechado de esta suerte, iba hasta el fin de sus proyectos sin arredrarle los peligros, que antes le enardecían cuanto más inesperados eran y mayores.

Tenía su padre bien conocidas y comprobadas éstas y otras análogas condiciones de carácter; y he aquí por qué, no obstante la pequeñez real del motivo, en opinión del doctor, andaba éste sin hora de sosiego, aunque cosa muy distinta aparentaban sus zumbas de dientes afuera.

Muchas veces intentó reanudar la conversación tan bruscamente interrumpida por Fernando, á quien no perdía de vista un momento. No lo pudo lograr. Desde que el mozo se convenció de que en su padre no había lo que él necesitaba para salir del ahogo, todo lo esperaba del aislamiento y de la meditación. Pero tardó dos días en recobrar el equilibrio de sus ideas, y cerca de tres en ser dueño de toda la fuerza de su discurso. Probóla en la contemplación de sí mismo, y vió que la borrasca había pasado; pero que quedaban los estragos de ella. Los examinó con serenidad, y le parecieron enormes. Había que proceder inmediatamente á su remedio; es decir, á ver qué podía alcanzarse del único conocido.

Entre tanto, andaba el doctor esparciendo las nieblas de su ánimo con las brisas, el silencio y la fragancia de sus arboledas.

Fernando extendió, como si dijéramos, sobre la mesa junto á la cual se sentaba en su habitación, todo el caudal de sus recursos para la empresa que iba á acometer.

La fe católica, según él la había estudiado y combatido, le ofrecía el siguiente cuadro: Una nube de curas ignorantes y egoístas, socavando la sociedad por el agujero del confesonario y con la fábula del purgatorio. Otra nube de frailes groseros, holgazanes, comilones y lascivos, saqueando los hogares, perturbando la paz y mancillando el honor de las familias. Otra nube de jesuitas ambiciosos, intrigantes y envenenadores, corruptores de las conciencias y opresores de los Estados; una gusanera de monjas rebelándose contra las leyes de la naturaleza, y cantando con voz gangosa salmos en latín contrahecho; un tropel de beatas chismosas, haraganas y soberbias; otro rebaño de creyentes invadiendo los templos para dar culto á su fanatismo, y poblando á otras horas las casas de juego, los salones de baile, la plaza de toros, los lupanares... y la Inclusa; muchos Obispos disipando, entre los relumbrones ostentosos del cargo, parte del botín de las rapiñas de curas y frailes; y un Papa en Roma, tres veces coronado, sobre esplendente solio, cobrando en oro de buena ley el perdón de todas esas iniquidades, y derrochándolo en orgías y bacanales con la turba corrompida de los purpurados personajes de su corte. Como ornamentos, y para la debida entonación de estas figuras palpables y de todos los días, una mina de horrores históricos de multitud de calibres y de otras tantas cataduras, en la cual mina entraban, por supuesto, Juana la Papisa, Alejandro VI, la matanza de los Hugonotes, Felipe II, María Tudor, todas las chamusquinas de la Inquisición, el Arzobispo Carranza, Fr. Froilán Díaz, los _quemaderos_ de aquí y de allí... hasta el «secuestro» del niño Mortara y el suplicio de Monti y Tognetti, y cuanto sabe de carretilla el pío lector, mucho mejor que yo, y tan bien como Fernando, que además sabía, como resumen concluyente y arpegio arrebatador, que el «catolicismo, conjunto de estas repugnantes indignidades, había sido negra mazmorra del entendimiento humano en los tres últimos siglos, y aún trataba en el presente de ser rémora á todo progreso legítimo, desvirtuando así los generosos alientos del espíritu democrático del «Filósofo de Judea.»

Que la cosa iba bien pintada de este modo, jamás lo dudó el fogoso sustentador de la idea nueva, puesto que salvas de aplausos y bosques de laureles fueron, de continuo, el premio de esta lucubración y de aquellas pinceladas.

Tampoco le faltaban pruebas de que ni en los aplausos ni en las coronas entraba pasión de bando, ni cosa que lo pareciera. Un cura sin licencias ni sotana, pero con manceba, gran frecuentador de los centros en que nuestro joven peroraba, defensor impertérrito del cristianismo sin «alto clero,» ni Papa; un aristócrata tramposo, divorciado de su mujer y podrido por los vicios, pero sostenedor incansable de las «prerrogativas del Altar y del Trono;» algunos _jóvenes ilustrados_, que en pago de la honra que él les otorgaba saludándolos en público y dejándolos acercarse á oirle cuando oficiaba de pontifical, le referían las comedias que se veían precisados á representar, en bien de la paz doméstica, ya comprando por un vaso de aguardiente al sacristán de la parroquia la cédula de comunión en Semana Santa, ya asomándose cada domingo á la puerta de la iglesia para poder decir al fanático papá de qué color era la casulla del cura, en testimonio de que habían oído misa; porque los pobres chicos tenían la desgracia de pertenecer á familias estúpidas que se confesaban de cuando en cuando y oían misa todos los días de precepto; dos distinguidas marquesas, protectoras de quince cofradías, rezadoras infatigables, caritativas á voces; pero que lo mismo pedían para los gastos de una novena, que para regalar un estoque cincelado al torero de moda, y con igual empuje hendían la masa de fieles para oir de cerca en el templo á un orador de fama, que el tropel de locos ó borrachos en un baile de máscaras, para dar un bromazo á _Pepe Canija_ ó á _Ñico Pulgares_, calaveras de la aristocracia, muy dados al merodeo llano; un «honrado obrero» que tuvo la dignidad de separarse de la «Iglesia romana,» porque el cura de su parroquia no le admitió por padrino en un bautizo, por el único delito de haber declarado el disidente que tenía á mucha honra no saber jota de la doctrina cristiana, y estar á la sazón «un poco bebido;» tres seminaristas resellados de demagogos; una dama virtuosísima que se veía en la dura necesidad de no volver al confesonario desde que una vez la negaron la absolución... y un sinnúmero de ejemplares por el estilo, á cual más católico, unos con elogios, otros con declaraciones, y todos con su conducta, demostraron á Fernando que el fustigador de la vieja fe estaba en lo firme, y que los aplausos y los laureles consabidos eran fiel expresión de la justicia; la voz del mundo entero que protestaba contra la tiranía de esa _secta_, escándalo de la civilización y oprobio de la humanidad.

Todo esto estaba bien; pero ¿en qué se parecía á Águeda ni á lo que Águeda decía, ni al modo de conducirse de Águeda, ni á lo que en casa de Águeda pasaba? ¿Qué datos eran los que él poseía para buscar el primer eslabón de esa cadena infinita de testimonios, entre un cúmulo de siglos y generaciones, enlazando, en sus múltiples rumbos, mártires y profetas, pueblos y civilizaciones, ciencias y poesía, artes é historia, y cuyo otro extremo, término y origen á la vez, se elevaba hasta la mente sublime de Dios? ¿Qué libros, si es que existían dignos de crédito, trataban de esas cosas, y dónde se hallaban?