De tal palo, tal astilla · Unidad 2 de 26

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--Yo no hago más que cumplir con mi deber, señor, y se estima la alabanza. Pero aunque usté no se equivocara en el pensar de mí como piensa... y cuente que se equivoca en más de dos tercios, ya le tengo dicho que en agarrándome yo á ésta...

Y volvió el espolique á formar la cruz con los dedos y á mostrársela al de á caballo, iluminada por la mortecina luz del farol.

--No te canses, Macabeo --díjole el otro sonriendo--, que no estornudo aunque me enseñes las cruces á puñados.

--Pues téngase firme --replicó Macabeo deteniéndose de pronto y casi arrastrando el farol por el camino--, que sin cruces ni conjuros puede usté irse por este derrumbadero abajo. ¡Pues dígote que se ha llevado el agua medio sendero!... ¡Y que no hay altura que digamos!... Por aquí mesmamente se esborregó el otro mes la jata de la mi vecina... Ni el cuero se aprovechó, que como criba se puso antes de llegar al río... Échese lo más que pueda hacia el ribazo... Así... Fortuna que hay farol, y el viento no alcanza aquí, que si no, no es el hijo de mi padre el que le deja pasar sin apearse.

--Pero ¿cuándo se acaba este camino de cabras? --preguntó el caballero después de salvar el mal paso.

--Poco nos queda ya de él, señor. Salvo tropiezo que no es de esperar, en diez minutos llegamos á la salida. Después tomamos á la derecha; luégo la carreruca de un can, y aticuenta que estamos en casa.

--Nunca tan larga como esta noche me ha parecido la hoz.

--Es motivao á la nube, créalo usté, y á la espera que tuvimos detrás de la peña. Pero, gracias á Dios, el trueno ya está lejos, el viento calmándose, y de agua, ni pizca.

--Ocasión de perlas, amigo Macabeo, para que me cuentes cómo se obró el milagro de que esas almas piadosas se acordaran de este pecador impenitente, que diez años hace no se trata más que con su sombra y su conciencia.

--¡Qué milagro ni qué caráspitis, hombre! --repuso Macabeo sin dejar el trotecillo que llevaba delante del jamelgo--. La cosa vino rodando por sí mesma. Es la pura verdá, y no se ofenda: que de usté se digan haches ó erres, como de cada hijo de vecino, ó un poco más si á mano viene, no quita que al hombre de saber se le tenga en lo que vale. El caso apuraba, créalo usté... El otro, aquí que naide nos oye, y esto no sea para ofenderle, á mi modo de ver no sabe andar más que en un carril... Allá tiene su aquel treinta años hace, y lo mesmo lo arrima al hígado que al bazo. Para mí, salvo mejor pensar, no sabe jota de los libros que andan hoy.

--¿Y quién os ha dicho que yo sepa más? --preguntó el encapuchado.

--Voces que han corrido desde que usté bajó á estas tierras.

--No será por los milagros que he hecho en ellas.

--Séase por lo que fuere --continuó Macabeo sin dejar de saltar de morrillo en morrillo, buscando lo menos blando y escurridizo de la senda--, la cosa es cierta, según personas que lo entienden; y digo que, en lo tocante al otro, hubo quien pensó como le estipulo; y como no faltó quien otorgara, díjose en postre y finiquito: «hágase el milagro, y hágale el diablo.» Entonces la señorita doña Águeda... Créalo usté, señor, veinte años tiene escasos, y más de cuarenta se le echaran de estudios, por lo mucho que sabe... Le aseguro á usté que es el remo de aquella casa... Digo que cogió la pluma; y llorando á lágrima viva, porque la infeliz tiene los cinco sentidos puestos en su madre, y lleva ocho días sin desnudarse, ras, ras, escribió la carta que yo entregué á usté en sus manos propias.

--Discreta era la tal carta, y bien sentida.

--¡Le digo á usté que lo hace de perlas, caráspitis! Pues la emperejiló en un santiamén... El miedo de la venturada era que usté dijera que nones.

--Pues mira tú si he sido afortunado la única vez que en diez años no lo he dicho. Ahora, sea usted bueno y caritativo. ¿Qué te parece á tí, Macabeo?

--¡Caráspitis, que no dice usté lo que siente! El mal te pese, que el bien nunca estorba á los ojos de Dios. Con más ó menos recua, arrieros somos todos, que en el mundo nos encontramos; y el bien que aquí se nos cae de la mano porque no nos hace falta, á lo mejor florece donde nos viene de perlas... Pues á lo que le iba, y usté perdone. Escrita la carta, faltaba traérsela á usté. Los buenos andadores no abundan en el pueblo; la nube asomaba por la cumbre de los Milanos... ¡mala señal! el trueno no podía faltar; la noche había cerrado... Pero ¡qué caráspitis! los hombres son para las ocasiones: soy de buen andar, conozco la hoz como si la hubiera parido; con un farol y un palo, lo mesmo es para mí el día que la noche; y por último, la caridá es caridá, y si está de Dios que me ha de matar un rayo, igual me ha de caer encima metido en casa que andando á la santimperie... Y ¡caráspitis! vivos estamos á la presente, y con el recado á medio hacer.

--Cuando yo te decía, Macabeo, que eres todo un valiente...

--Hombre, tanto como valiente, no digamos; pero leal y agradecido al pan, ya es otra cosa.

--Por las trazas, ¿eres sirviente de esas señoras?

--Punto menos que si lo fuera. Mi padre y mi madre de su pan comían, porque sus tierras trabajaban; y yo, al amparo de ellos, no salía de aquella casa. Muriéronse los buenos de Dios, y la plaza de entrambos la ocupo yo solo.

--¿Qué familia tienes?

--Ni padre ni madre, ni perruco que me ladre.

--Pero tendrás quien te ayude...

--Naide. Soy Juan Palomo: yo me lo guiso, yo me lo como.

--¿Viudo, acaso?

--¡Calle usté, señor! soy mozo soltero.

--Vamos, no te hace gracia el matrimonio.

--Lo que es relative á eso, bien me gusta. ¡Caráspitis si me gusta!

--Entonces, ¿para cuándo lo dejas?

--¿Pues qué edá me echa usté?

--Á juzgar por las trazas, más de treinta y cinco.

--Cumplílos por febrero.

--¿De qué año?

--Del que corre, señor; pues ¿de qué otro?... Y sépase que en lo tocante á proporciones, así las he tenido, sin alabanza.

Y esto lo decía Macabeo apiñando los dedos de ambas manos, no sin riesgo de soltar el palo y el farol.

--No lo dudo --dijo el caballero, á quien hacían suma gracia las genialidades del espolique--; basta con verte para presumirlo.

--Sólo que --continuó Macabeo--, á quien le dan á escoger, le dan en qué entender... Pero creo que ahora va de veras.

--¡Hola, hola!

--Sí, señor; lo he pensado despacio, y ¡qué caráspitis! sobre que ha de ser. Porque es pura verdá que la soltería da muy malos ratos... ¡malos!

No obteniendo réplica Macabeo á estas palabras, por estar entretenido el caballero en bajarse la capucha del capote sobre la espalda, continuaron en silencio los dos caminantes un buen trecho. De pronto dijo el de á pie, que indudablemente era comunicativo y locuaz por temperamento:

--Hombre, y aunque sea mala pregunta, ¿qué es del señorito don Fernando? No le he visto un año hace.

--Le espero de un momento á otro --respondió el de á caballo, acomodándose mejor sobre la silla; pues, por las trazas, le iba molestando no poco la jornada.

--Córrese que es ya un medicazo como una loma.

--Dicen que no lo entiende del todo mal.

--Ya ve usté... el que sale á los suyos...

--¡Adulador!... Y ¿de qué le conoces tú?

--Pues de verle por allá muy á menudo. En eso tiene mejor gusto que su padre. ¡Caráspitis! aunque me diera usté todo lo que tiene, no me pasaba yo la vida, como usté se la pasa, metido en aquel palación, solo que solo, á más de media legua de toda persona humana.

--Amigo Macabeo, nada hay que estorbe tanto como la gente desde que se habitúa uno á la soledad.

--Podrá ser, porque usté lo asegura y al consonante obra; pero no alcanzo á entenderlo... ¡Ea! ya estamos afuera. ¡Gracias á Dios!... Vea usté el río: adentro queriéndose tragar al mundo mientras diluviaba, y aquí le cabe la hacienda en una escudilla... Ahora, por el llano de esta sierra; y á la bajada, Valdecines... Dios quiera que lleguemos á tiempo... ¡Buena señal! Vuélvase un poco á la izquierda, y verá asomar la luna entre nubarrones. Se acabó la ira de Dios por esta noche. ¡Caráspitis! crea usté que si no fuera por el clavo que llevo en el corazón, echaba ahora mismo una relinchada que hacía saltar de la cama á todas las mozas del valle.

--¡Y todavía me negarás que tenías miedo en la hoz!

--¿Por lo del relincho al salir de ella? Cá, señor: esas ganas me entran á mí siempre que vuelvo á ver á mi pueblo, aunque haga dos horas que falto de él. Pequeñuco y escaso de borona es; pero el demonio me lleve si no me parece el mejor de la Montaña. ¡Qué campanas las suyas! ¿Pues en lo relative á mozas?... ¡Caráspitis, caráspitis!... Ya verá usté qué verbena de San Juan tenemos... Digo, si no se malogra con la pesadumbre que barrunto.

Mientras hablaba de esta suerte el excelente Macabeo, los dos caminantes atravesaban el llano de la sierra, dejando casi á la espalda la mole de la cordillera, por una de cuyas vértebras, partida por el río, acababan de salir. Los pesados nubarrones comenzaban á disgregarse, y dejaban al descubierto fajas de transparente azul, sobre el que titilaba la luz de algunas estrellas; aprovechábase la luna de las mismas ventanas para lanzar por ellas tal cual rayo mortecino; y aunque no muy distintos, se dibujaban en el brumoso horizonte los contornos de los montes lejanos. Hasta entonces, desde que entraron en la hoz, nuestros caminantes no habían visto otra porción del mundo que el pedazo de senda, mal alumbrado por el farol de Macabeo.

Andando, andando, atravesaron la sierra; y como el cielo se iba despejando por instantes, la luna alumbró de lleno el extenso paisaje que desde aquella altura se descubría. Como detalle de él, apareció Valdecines á la bajada de la sierra, con sus casitas diseminadas y medio ocultas entre huertos y arboledas.

--Allí es --dijo Macabeo señalando con el palo á la más grande de todas, y la única en que se veía la luz por las ventanas.

--¡Ya era hora! --respondió el de á caballo.

Y ambos comenzaron á bajar el suave recuesto que los separaba del lugar.

Pisado habían apenas los morrillos de sus callejones, cuando un perro, habiéndolos olfateado, latió como si le robaran las _cerojas_ á su amo; otro respondió en el acto al grito de alarma con más recios ladridos; y otro y otro, y otros cien, en otros tantos rincones del lugar, se unieron al vocerío; y armaron tal baraúnda y alboroto, que el señor de á caballo no las tuvo todas consigo.

--No hay cuidado --díjole Macabeo--. Son moros de paz y amigos que nos saludan. Esto sucede cada noche con cada mosca que se mueve en el pueblo.

--Si están amarrados, menos mal.

--Lo que están es muertos de hambre; y eso es lo que les quita el sueño.

--¿Y por qué están muertos de hambre?

--Porque no comen, señor.

--Ya lo supongo; pero ¿por qué no comen?

--Porque no lo hay en casa.

--¿Cómo viven entonces?

--De lo poco que roban en la del vecino... Pues, señor, ya estamos acá... Ahora falta que el reventón aproveche. ¡Caráspitis! de pensar lo más malo, me tiemblan las choquezuelas.

Estaban ambos personajes delante de los portones de una ancha corralada, ó, hablando en puro montañés, delante de una portalada.

Llamó Macabeo con el palo, y abriéronla al punto por dentro.

--Santas y buenas --dijo Macabeo entrando en el corral, mientras el caballero hacía otro tanto sin apearse ni chistar.

Preguntó el primero si había ocurrido alguna novedad particular desde que él faltaba del pueblo; dijéronle que no, y corrió á tener el estribo al de á caballo, que se estaba apeando ya junto al grueso poste del ancho y primorosamente encachado portalón.

Abrióse al mismo tiempo la puerta del _estragal_, que es el vestíbulo de las casas montañesas, y salió á alumbrar al recién venido una mocetona bien aliñada. Despojóse entonces el caballero del capote y de las polainas, que Macabeo recogió por de pronto, y siguió á la moza escalera arriba. En el último descanso de ella le esperaba, con otra luz en la mano, un sujeto de no buena catadura. Era ya viejo, corto de talla, cargado de hombros y vestido de negro.

--Por aquí --dijo con voz desagradable al recién llegado, sin alzar la enorme cabeza, y poniendo la palma de la mano entre la luz y su cara medio compungida y medio soñolienta.

El forastero le siguió á lo largo de un pasadizo, después de quitarse de la cabeza el casquete con que la había traído cubierta, para que no le molestara durante el viaje la capucha del impermeable.

Representaba el tantas veces mencionado personaje, sesenta años; y era alto y fornido, y muy calvo, con la barba entrecana, pero fuerte y espesa; tenía el cutis moreno, la mirada sagaz y penetrante, las facciones regulares y bien delineadas, y la expresión general de su fisonomía era risueña, aunque á la manera volteriana.

Después de atravesar un espacioso salón, le introdujeron en un gabinete, á cuya puerta apareció un señor bastante entrado en edad, enjuto, con patilla casi blanca, corrida por debajo de la papada; un poco chato, tierno de ojos, largo de orejas, muy angosto de frente y recio de pelo. Hizo una exagerada reverencia al recién llegado, y le preguntó:

--¿Tengo el honor de saludar al ilustre doctor Peñarrubia, gloria de la ciencia?...

--Soy, en efecto, el doctor Peñarrubia, y muy servidor de usted --respondió éste, con ánimo bien notorio de rechazar el sahumerio que el otro quería darle.

El de los ojos tiernos le tendió la diestra, diciendo:

--Lesmes Torunda, facultativo titular del pueblo.

--Muy señor mío --dijo el llamado Peñarrubia, estrechando la mano que se le tendía.

--¿Quiere usted --añadió don Lesmes--, descansar un ratito, ó hablar conmigo antes de?...

--Lo primero es lo primero --contestó el doctor--. Después me tomaré la libertad de pedir una cena y un lecho.

--Á todo se proveerá, insigne doctor --replicó don Lesmes--, que encargado estoy de hacerlo así.

--Pues adelante entonces.

Y juntos atravesaron el gabinete. Alumbraba á éste la luz de una bujía con pantalla, á cuya sombra dormía una niña como de ocho ó nueve años, apoyando la cabeza en sus brazos entrelazados, y éstos en lo alto del respaldo de la misma silla en que estaba sentada. Cogió don Lesmes la bujía, después de quitada la pantalla, y entró en la alcoba seguido de nuestro personaje, de quien ya sabemos que se apellidaba Peñarrubia, y tenía por mote _Pateta_; y habrá presumido el lector, por torpe que sea, que era médico y que como tal era llamado á aquella casa.

Pero de este asunto y de otros con él muy enlazados, hablaremos en el capítulo siguiente.

[Ilustración]

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II

LA COMISIÓN DEL DOCTOR

El cuadro que alumbró la luz que introdujo en la alcoba don Lesmes, era poco risueño. He aquí sus figuras y principales accesorios: un lecho revuelto, y en él un cuerpo humano devorado por la fiebre. El cuerpo era de mujer, y de mujer de hermosas facciones, aunque, á la sazón, alteradas por el fuego de la calentura. Tenía la cabeza en escorzo, con la boca en lo más alto de él; y el óvalo gracioso de la cara recortábase en un fondo de enmarañadas guedejas de cabellos grises, desparramados sobre la almohada. Jadeaba la enferma; y las ropas del lecho alzábanse y descendían al agitado compás de una respiración fatigosa y sibilante, como si al llegar el aire á los resecos labios atravesara mallas de alambre caldeado.

Sentada junto á la cabecera de la cama, estaba una joven de cabellos rubios y cutis blanquísimo; con los brazos cruzados bajo el pecho de gallardo perfil, y con los azules, rasgados ojos, velados por las lágrimas, fijos en el rostro de la enferma, y atenta á los menores movimientos de su cuerpo.

Al alcance de su mano había una mesa con jaropes de botica, que desde lejos se daban á conocer por lo subido de sus olores; y entre los jaropes, un reló de bolsillo con la tapa abierta. Sobre la cabecera de la cama, colgado en la pared, un crucifijo de marfil; y debajo, una benditera y un ramito de laurel sujeto al lazo de seda que la sostenía.

Al aparecer en la alcoba el doctor, se levantó la joven y quiso decirle algo, tal vez como expresión de su agradecimiento; pero el llanto apagó su voz. Comprendióla el médico, al mismo tiempo que don Lesmes se la presentaba como hija de la enferma y autora de la carta que él había recibido, y no le faltaron en aquel momento oportunas frases de las muchas que aún conservaba en su repertorio de médico viejo de la corte, y hombre de buena sociedad.

Dióse comienzo á la inspección facultativa, que fué detenida y minuciosa. El doctor mostró durante ella el certero desembarazo que da una larga y gloriosa práctica. Se hallaba junto á aquel lecho, que era casi un ataúd, como los buenos generales en los trances apurados de una batalla perdida: explorando, con perfecto conocimiento del terreno, los únicos puntos vulnerables del enemigo. Águeda y don Lesmes, por no poder hacerlo la enferma, respondían á sus preguntas.

No cansaré al pío lector con el relato minucioso de estas investigaciones facultativas; porque ni son del caso, ni yo entiendo jota de ellas. Pero he de citar un detalle, por lo que de él corresponde á la figura de don Lesmes.

El doctor había puesto bajo el brazo de la enferma, en contacto inmediato con la piel, un primoroso tubo de cristal graduado. Don Lesmes, como si no supiera qué iba á pasar allí, miraba de reojo la operación y el tubo.

Cuando el doctor retiró el termómetro y hubo consultado la altura del mercurio,

--Vea usted --dijo á don Lesmes poniéndole el aparato delante de la cara.

--Ya, ya... ya veo --respondió don Lesmes sin saber qué mirar en aquello que le parecía un alfiletero grande.

--¡Cuarenta y uno! --añadió el doctor en voz baja.

--Justos y cabales --repuso el otro por responder algo; pues, como no sabía de qué se trataba, lo mismo eran para él cuarenta y uno que cuarenta mil.

Después examinó el doctor los jaropes que había sobre la mesa, arrimando la nariz á todos ellos.

--Sin perjuicio --dijo á don Lesmes, sacando al mismo tiempo un lapicero y un papel de su cartera--, de lo que luégo acordemos los dos, conviene que inmediatamente se traiga el medicamento que voy á disponer.

Y escribió una fórmula en que entraba el almizcle como base.

Águeda recogió el papel escrito; pero no se atrevió á preguntar al médico una palabra acerca del estado de su madre. ¡Demasiado decían á su corazón la reserva del uno y la creciente postración de la otra!

--Cuando usted guste --dijo Peñarrubia á don Lesmes.

--Estoy á sus órdenes, ilustre doctor --respondió don Lesmes haciendo una reverencia.

Salieron de la alcoba. La niña seguía durmiendo profundamente; don Lesmes colocó la bujía en la mesa de donde la había tomado, y volvió á cubrir la luz con la pantalla. Entonces se fijó en un nuevo personaje que había en escena: el cura.

Junto á la puerta que daba á la sala, y con otra luz en la mano, estaba ya esperando á los médicos el hombre vestido de negro.

--Tengan ustedes la bondad de seguirme --les dijo.

Y siguiéndole, volvieron á atravesar la sala y entraron en un gabinete frontero al que acababan de dejar. El hombre gordo y vestido de negro puso la luz sobre una mesa con tapete y recado de escribir; arrimó á ella dos sillones, uno enfrente de otro, y dijo con la cabeza gacha y las manos cruzadas sobre la oronda barriga:

--¿Tienen ustedes algo que ordenarme?

--Que nos deje usted solos --contestó Peñarrubia, sin poder disimular lo antipático que le era aquel personaje.

Entre tanto, don Lesmes no cabía en su vestido. La idea de que iba á verse mano á mano con una de las celebridades médicas de la época, le espantaba; pero, al propio tiempo, considerando que nadie podía robarle la gloria de haberse hallado en consulta con autoridad de tanta resonancia, el alma se le mecía en un golfo de vanidad. Y así le entraban unos trasudores y unos hormigueos que no le dejaban sosegar.