De tal palo, tal astilla · Unidad 4 de 26
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--¡No iba yo tan allá con el recelo, caráspitis! sino que bien sabe Dios que más certera la hubiera querido yo anoche.
--También yo, buen Macabeo; pero el trance era apurado, y yo llegué muy tarde. Ahora, ábreme la portalada; y hasta la vista.
--¡No quiera Dios que con igual motivo sea! --murmuró Macabeo, dirigiéndose á complacer al doctor.
Salió después á la calle para indicar á éste la dirección que debía seguir para llegar sin extravío al camino de la sierra.
Apenas el doctor se perdió de vista, después de doblar el ángulo de una calleja entoldada de bardales, apareció en ella un muchachón alto y desgarbado, con los labios muy gruesos, las cejas espesas y corridas, la tez morena, los pies anchos, planos y en escuadra, las piernas largas y desmadejadas, y cargado de hombros. Vestía traje de buen género, no mal hecho, pero muy mal colocado. Por el garrote que llevaba en la mano, lo sucio de sus zapatos, lo reluciente del rostro y el andar inseguro y despeado, se conocía que traía hecha larga jornada.
Reparó en él Macabeo, y exclamó dando un garrotazo en los morrillos de la calleja:
--Esto sólo me faltaba hoy, ¡caráspitis!... ¡Si lo digo yo! cuando el año está de piojos, no hay que mudar la camisa.
--¡Hola, Macabeo! --gritó al mismo tiempo el caminante, blandiendo el palo sobre la cabeza--. Acá estamos todos y ¡viva Valdecines! ¡Dios!
--¡Mal rayo te parta, animal de bellota! --murmuró Macabeo; y luégo dijo en alta voz--: El demonio me lleve si me acordaba más de tí que de la hora en que me han de enterrar.
--Se estima el aprecio, hombre --respondió el otro, ya junto á Macabeo, con su voz cencerruna.
--Pues mira, Bastián: naide te espera en el pueblo.
--Lo sé; pero yo he venido porque quería venir, ¡Dios! y el que no me vea de buen ojo, que le cierre.
--¿Dónde has pasado la noche?
--En Perojales, tan guapamente. Caía la tarde cuando llegué; amenazaba el trueno, y díjeme «no paso la hoz.» Narices tuve, porque aquello fué de lo poco que se ha visto.
--¡Qué lástima, hombre!
--¿De qué, Macabeo?
--De que te hubiera cogido la tormenta en aquella santimperie.
--Eso digo yo. Una desgracia sucede en un credo; y luégo... ¡Dios!... esta mañana madrugué, y aquí me tienes.
--¿Á pie has venido?
--Desde el tren, tan guapamente. El ahorro me sirvió para el pienso de anoche, y aún me queda grano... para lo que yo me sé.
--¡Y también yo, caráspitis!... ¿Por qué no pasaste la hoz?
--¡Otra te pego!... ¿No te lo he dicho?... Porque olí la quema.
--¡Por vida de la nariz!... Pues mira, Bastián: tu tío no te espera.
--De voto de mi tío, no saldría yo de Santander hasta que pudiera entrar en Valdecines hecho un caballero. ¡Mira tú si es fantesía de hombre!... Conque, ya hablaremos, que me voy á verle.
--¿Á quién?
--Á mi tío.
--No está en su casa.
--¿Pues en dónde está?
--Aquí.
--Entonces, subiré...
--No se le puede ver ahora.
--¿Por qué?
--Porque... Pero, alma de cántaro, ¿tú no sabes lo que pasa?
--Ni pizca, Macabeo.
--¿No has oído las campanas?
--Sí que las he oído; pero, la verdá, no se me ha ocurrido preguntar por quién era el toque. ¿Quién se murió, Macabeo?
--Doña Marta.
--¡Dios! ¿Cuándo?
--Anoche.
--¡Dios! ¿Y de qué, hombre?
--¿Y á tí qué te importa?
--Es de razón, Macabeo: maldito lo qué.
--¡Conque figúrate la falta que haces acá, Bastián!
--Más de lo que tú piensas, Macabeo.
--La de los perros en misa... Vuélvete, Bastián, por donde has venido... ¡cuando yo te lo aconsejo!...
--Hombre, y á tí ¿qué te va ni qué te viene con que yo me vaya ó me quede? ¡Pues me he dado flojo trote desde ayer para que, sin más ni más, tome el consejo tuyo!... ¡Dios! ¡Vaya con el consejero de chanfaina!
--Miro por tí, Bastián... Y por último --añadió Macabeo en un cambio súbito de humor--, ¡que te quedes ó te marches, ó te parta un rayo por el medio, no se me importa una alubia!
Esto dijo, y se encaminó á la portalada, aunque no llegó á abrirla. En cuanto á Bastián, se encogió de hombros por toda despedida de Macabeo, y echó calle abajo. Pasó luégo por otras, también formadas por tapias de huertos y _solares_, cuáles revestidas de hiedra, cuáles exhalando la fragancia delicadísima de la ya florida madreselva; atravesó dos corraladas abiertas; ladráronle otros tantos perros, y entró, por último, en una casa que no era la de su tío.
Macabeo, que le había seguido con la vista desde lejos, exclamó entonces, hiriendo otra vez el suelo con su garrote:
--¡Caráspitis!... ¿No lo dije? ¡Anda, perro... gandul!... Pero no tienes tú la culpa, sino la... ¡Si no fuera por respeto á lo que está pasando aquí, y á lo mucho que me duele!... ¡Caráspitis, recaráspitis!
Y así entró en el corral, apaleando las piedras, y cerró los portones con estrépito.
[Ilustración]
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IV
LA RAZA
Decían las gentes de Perojales que los Peñarrubia eran como los vencejos: aparecía uno, arreglaba el nido, formaba una familia y desaparecía con ella, sin saberse adónde ni por qué. Al cabo de los tiempos, volvía un nuevo Peñarrubia, restauraba el caserón de abolengo y etc., etc. Así hasta nuestro doctor.
Todos los Peñarrubia, según la tradición perojaleña, parecían fundidos en un mismo troquel. Todos eran misteriosos, huraños, poco afectos á la tierra nativa, y señaladamente irreligiosos. Esta cualidad era la que podía llamarse, como ninguna de las otras, el sello de raza. De manera que no tenían número las horrendas historias y los pavorosos relatos que, á propósito de la insigne familia, pasaban de padres á hijos entre el vulgo del país, gente sencilla y cristiana, y, por contera, suspicaz y maliciosa.
Apenas hay aldea en la Montaña que no tenga su _Casa_ correspondiente; casa infanzona y de prosapia, no siempre rica, pero muy á menudo tan rica como empingorotada. Esa casa pertenece al pueblo, como el _son_ de las campanas de la iglesia, como la fama de ciertos frutos peculiares á su suelo, la de la altura del monte comunal, ó la de las truchas del río; y no porque provee de pan á los menesterosos, de consejos á los atribulados, de cartas á los que se van, de padrinos á casi todos los recién nacidos, y hasta de materia de difamación á los ingratos y malévolos; sino por cuestión de vanidad. Que diga un montañés: «¡Los Cuales de mi pueblo! ¡Gran casa, gente de lustre, de mucha hacienda y de buena entraña!» No faltará quien replique, royendo la colilla y echándose sobre el palo: «No diré que no; pero ¡cuidado con los Tales de mi lugar! Nada les debo, la verdad sea dicha; pero, sin ofensa de nadie, donde está esa casa, que no alce ninguna la chimenea. En punto á posibles y señorío, reyes pueden entroncar con ella, y saldrán muy honrados.»
Pues Perojales es la excepción de esta regla: «¡Los Peñarrubia! --dicen allí--. ¡El demonio que cargue con todos ellos! Ni un canto les deben estas callejas, ni un maquilero de borona los necesitados, ni una cabezada el nombre de Dios, ni los buenos días los hombres de bien. Si ese palación se arrasara, los males de este lugar daban fin y remate.»
Sobre lo que haya de disculpable en este deseo, y de cierto en los corrientes relatos, no he de hablar yo aquí una palabra. Mi jurisdicción no alcanza más allá de los Peñarrubia de mi cuento, y de ellos voy á tratar sin nuevas digresiones.
El padre del doctor á quien conocemos, llegó al caserón solariego en lo más crudo de una invernada que dejó nombre en los fastos montañeses. Acompañábanle su señora, muy próxima á dar á luz el primer fruto de su matrimonio; un médico viejo, y la necesaria servidumbre. Según unos, venía de las Indias; según otros, del infierno; y esta opinión fué la más aceptada, teniéndose en cuenta que los señores entraron en el pueblo entre rayos y centellas, y pisando una capa de nieve de media vara de espesor.
Á los pocos días llamó el señor al párroco para advertirle que por la tarde le enviaría su hijo primogénito, recién nacido, para que le bautizara. Serían padrinos el médico de la familia y la Iglesia. Se le pondrían los nombres de Augusto, César, Juan, Jacobo y Martín.
Así se hizo. Una sirvienta llevó el niño debajo del chal, y el médico la acompañó. Pagó éste los seis reales justos de derechos del cura, y dió cuatro cuartos á los muchachos ayudantes. Sentóse la partida de bautismo en los libros parroquiales; recogió el padrino una certificación de ella; pagóla según rezaba el arancel, ni ochavo más, ni ochavo menos; y agur del alma.
Mientras la señora se reponía, su marido, como si en ello cumpliera un precepto tradicional en los de su casta, hizo algunas reparaciones en las entrañas del caserón, no costosas ni de buena gana; y transcurrido un mes, desapareció la familia Peñarrubia con todos sus sirvientes y adherentes, cerrando los portones, que no habían de volver á abrirse en muchos años.
Nuevos comentarios: si se los llevó el demonio, ó si se fueron á ejercer por el mundo sus malas artes. Á mí me toca poner en claro la duda.
El misterioso personaje venía, en efecto, del otro mundo, cuando apareció en su pueblo natal. Había ido á Méjico con una comisión oficial, tan honorífica como lucrativa; y allí se casó con una mejicana. Era ésta, como casi todas las de por allá, muy devota y muy indolente; pero tenía buena dote; y su novio, de anchas tragaderas en materias religiosas, puso enfrente de ambos defectos (que á sus ojos eran á cual más gordo) la virtud de las sonoras _macuquinas_ de la dote, y halló que se podía vivir en tan mala compañía con tan buenas protectoras. En cuanto notó síntomas de primogenitura, activó las hasta entonces descuidadas comisiones, y se trajo á España la mujer y las talegas de su dote. Detúvose en Madrid el tiempo necesario, y vínose á la Montaña con el intento que le hemos visto realizar.
Cuando dejó su casa solariega, volvió á Madrid. Allí se estableció definitiva y ostentosamente, á expensas de lo propio y de lo aportado al matrimonio por la mejicana. Á decir verdad, las rentas de todo ello no alcanzaban á sostener el lujo de que se rodeó el vanidoso Peñarrubia; y hubo que comer de la olla grande, como dicen en mi tierra.
En medio de este fausto corrieron los primeros años de la vida de nuestro doctor.
Como la mejicana era devota, cuidaba de enseñar al rapazuelo piadosas leyendas y muchas oraciones; mandábale á la iglesia, y le cargaba de medallas y escapularios. Pero como también era indolente, no hacía maldito el caso de la doctrina que le imbuían el cochero, el ayuda de cámara, los marmitones y toda la legión de tunos que pululaban en aquella casa al amparo de la vanidad de su marido y de su propia dejadez.
Corrieron cinco años más, y con ellos lo mejor del caudal de la mejicana, que acabó por morirse, sin poder incomodarse con los despilfarros de su marido y las crecientes rebeldías del primogénito, muchacho, á la sazón, de diez años, sin conocer todavía la O, aunque le sobraba despejo natural.
No sé si por el bien de éste ó por librarse su padre del único cuidado que sobre sí tenía, púsole bajo la férula de un instructor de su gusto, con encargo de que, por de pronto, le domara, y después le enseñara lo que mejor le pareciese, ajustándose en lo posible á las inclinaciones libérrimas del educando.
Pronto conoció el joven Peñarrubia que eran inútiles sus protestas contra la esclavitud á que se le había sometido. Hallábase, como potro cerril, entre la espuela del padre y el freno del preceptor, y bajo el peso de cinco asignaturas. No podía moverse sin sentir, ó el hierro que le espoleaba, ó el hierro que le detenía. Resolvióse á llevar la carga del mejor modo posible, y acabó por aficionarse á ella. Estaba domado, y se le puso en libertad completa. Así pudo tomar en el campo de la enseñanza el rumbo más de su agrado.
Dicho se está con ello que se lanzó, con los bríos de la juventud, á lo nuevo y á lo cómodo, poniendo todo su empeño en romper trabas, en salvar obstáculos á la carrera y en desembarazar de estorbos á su razón y á sus pasiones, que se llevaban como la uña y la carne, aunque á él no le parecía así. Talento investigador y práctico, dióse á las ciencias físicas, y comenzó á escarbar en todas, atento sólo, como trapero en su oficio, á acumular en el cesto de su memoria cuanto coloreaba y relucía, lo mismo el trapo sucio, que el metal sospechoso, que el oro fino.
Con este acopio en las alforjas, sin escogerle ni depurarle, ingresó en la escuela de Medicina, adonde le llamaban sus aficiones, y no tardó en distinguirse entre todos sus camaradas de carrera por sus atrevimientos científicos, con más que puntas y ribetes de materialistas. Por entonces le asaltaron las mientes los recuerdos de aquellos poéticos relatos de su madre sobre la vida futura y los milagros de la fe, cosas tan opuestas á las _verdades_ que el dedo de la ciencia le iba señalando en las páginas que devoraba con creciente avidez; y sin detenerse á considerar si aquellas pequeñeces infantiles y candorosas eran el rayo tibio de la aurora, cuyo otro extremo llega hasta el sol, foco de la luz y del calor del mundo, y pálido reflejo y hechura de otra Luz más grande; si con esta Luz por guía y aquel rayo por senda se podría llegar á ver las cosas al revés de como él las contemplaba, ó, por lo menos, en perfecta conformidad las unas con las otras, arrojó de su memoria con burlesco desdén los candorosos recuerdos que, aunque de flores, parecíanle trabas puestas á su razón soberana, y se entregó por entero á la manía que á la sazón le subyugaba en el terreno de sus investigaciones. Esta manía era buscar el alma, ó el punto de su residencia, ó siquiera sus huellas, en el cuerpo humano; y no, ciertamente, porque le atormentase la sospecha de que en el suyo no la había, sino por tener la científica satisfacción de exclamar á la postre de sus ímprobas tareas: «¡Ven ustedes cómo todo esto es materia pura? ¡Se convencen ustedes de que el hombre no es otra cosa que una bestia, con mejor instinto que otras, por obra y gracia de un poco más de fósforo en la mollera?» Por eso no salía del anfiteatro; y allí cortaba, rajaba, pesaba y medía en los cadáveres de sus congéneres, como el ambicioso minero en las entrañas de la tierra, buscando el filón perdido; y luégo compraba gatos y perros, y los hacía añicos con el bisturí, y cotejaba sus organismos con el del hombre, para convencerse de que entre el uno y los otros no cabía el canto de una peseta.
Cada conquista que el estudiante hacía en estas regiones, la aseguraba en su razón con el dictamen del sabio más de su agrado; y así reunió en poco tiempo un caudal inapreciable de atrevidas negaciones, que le crearon una fama ruidosísima en aulas, ateneos y casinos.
En honor de la verdad, debo decir que no era Peñarrubia de los más llevados del aura popular _á todo trance_. Gustábale como á cualquiera; pero la quería merecida; y por merecerla, recorría y arañaba hasta los sótanos de la ciencia heterodoxa, por cuyas lobregueces y obscuridades llegó al extremo de sostener, á las barbas del Claustro, congregado para ceñirle la amarilla borla, que «_el pensamiento y la voluntad son funciones cerebrales_;» tesis que, impresa y repartida con profusión, dió mucho que hablar á las _Revistas_ científicas, á los papeles diarios, y algo que escribir á los tribunales de justicia; pues, por entonces, aunque esto sucedió ayer, como quien dice, el Código penal lo hilaba muy delgado en esas materias.
Que todo este ruido se resolvió en chaparrones de gloria para el atrevido sustentante, no hay que decirlo. La _Escuela_ le otorgó el diploma de sabio, y nadie se atrevió á dudar que lo fuese; nadie sino el mismo glorificado. Porque es de saberse que un hombre que tantas dificultades había vencido con una dialéctica bien manejada, en sus reposadas y tranquilas meditaciones no desconocía que había algo que no se dejaba vencer de sus armas, ni pactaba alianzas con lo fundamental de sus teorías; algo cuya vulgaridad misma hacía más irritante la resistencia. Este algo era el _buen sentido_, que no contento con reprobar las conclusiones del filósofo, complacíase en hacerle carantoñas y en remedar la voz de su conciencia para decirle, como ella diría si Peñarrubia se hubiera decidido alguna vez á llamar las cosas por sus nombres:
--«Hay fenómenos palpables, cuyas causas, por muy elevadas, no penetrará jamás la razón humana. El conocimiento de esta verdad deja al hombre subordinado á una fuerza superior é inteligente, de la cual es hechura. Pero como el hombre debe campar por sus respetos y vivir sin cortapisas, unos cuantos sabios y yo hemos convenido en dar por no hecho ó no existente, cuanto no explique la razón humana, ó se oculte á la investigación científica. No toco, no veo el alma, aunque la siento en mí; pues la niego. No concibo al Autor de las maravillas del universo, aunque las palpo y soy yo mismo una de ellas; pues le niego. Me repugna declarar que existe un Creador con poder tan asombroso; pues otorgo ese poder y esa sabiduría á la materia vil, al átomo imponderable; es decir, á algo que yo domine y esté bajo mis plantas, y no pueda meterse en mi conciencia para pedirme cuentas del uso que hago de una vida perecedera y de un espíritu inmortal que he recibido, sin saber de quién, pero que indudablemente yo no he creado.
»¡He aquí, ilustre sabio, toda tu ciencia, desbrozada del fárrago sectario! Ahora, pavonéate con la borla, y embriágate con el incienso de los aplausos.»
Á las cuales voces cerraba Peñarrubia los oídos, y saltaba por encima del obstáculo, no pudiendo separarle, y continuaba caminando sin volver los ojos atrás, para forjarse la ilusión de que no había en toda la senda un solo guijarro en qué tropezar.
Libre, pues, de lo que llamaba el flamante doctor la _tiranía del dogma_, y con una naturaleza agradecida y saludable, «Veamos --se dijo un día-- lo que dura un cuerpo bien tratado».
Y con estos propósitos, esas ideas y aquellos laureles, comenzó Peñarrubia á ejercer su profesión.
En breve le sobraron los quehaceres que ésta le daba; pues á lo popular de su nombre, por los citados motivos, uníase la circunstancia, y no fuera justo callarla, de que en el arte de curar pocos le igualaban y no le aventajaba ninguno. Pudo elegir, entre lo mucho, lo mejor, y se hizo médico de ricos. Pocas visitas y bien retribuídas; y como tenía _cosas_ también, porque su carácter era abierto, desengañado y hasta zumbón, logró en muy pocos años que los enfermos le visitaran á él, siempre que les fuera posible, y, por de contado, no pasar una mala noche, aunque le llamaran para asistir al Preste Juan de las Indias.
Los periódicos celebraban á menudo sus milagros; las Academias científicas le abrían sus puertas de par en par; en los procesos de ruido jamás faltaba su dictamen inapelable; y, por último, usaba carruajes de su invención con caballos de fantasía y cocheros de Guinea.
Ya para entonces era huérfano; y del caudal de sus padres sólo llegaron á él las rebañaduras de lo de Méjico y el solar de la Montaña; contratiempo que no le afligió gran cosa, porque con lo del oficio le sobraba para darse buena vida y acopiar para el invierno. No era tentado de la codicia, ni siquiera de la vanidad. Su complexión robusta y su carácter campechano le tenían á cubierto de todo género de tiranías, incluso la del amor.