Del Ebro al Tíber · Unidad 13 de 79
Unidad 13 · DEL E B R O AL J I B E R
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
DEL E B R O AL J I B E R
Silba de nuevo la locomotora, cruje el herraje del tren y nos ponemos en marcha.— Nos acercamos al Tesino, Ticinum amncm, de Tito Livio, célebre en la historia militar.— El Tesino recuerda a Annibal, caudillo famoso, simpático a los españoles a pesar de Sagunto, porque domó la insoportable soberbia, el insolente orgullo romano; gloria casi española, porque con soldados españoles acometió la gigantesca hazaña de la invasión y conquista de Italia; grande por su esfuerzo, grande también por su desgracia. Acaso esta comarca que atravesamos era el antiguo agrum Insubriiim, adonde pasando el rio, vino el cónsul romano desde Lombardía para ser vencido. Asi lo refiere aquel elegante y elocuente historiador latino. La arenga que pone en boca de Annibal, cuando, antes de venir a las manos, muestra a sus soldados el ejército romano medio vencido por el pavor que les había de haber causado el atrevido paso de los Alpes, y el rumor de sus triunfos sobre los galos y los allobroges, es el modelo sobre que luego han calcado las suyas todos los caudillos invasores. Allí les presenta la victoria como término de sus fatigas, como remedio de sus privaciones y escaseces, como magnífica y copiosa recompensa de su valor y disciplina. Es la frase precisa y clara, el período nervioso y breve; no hay palabras ociosas ni amplificaciones retóricas, y la oración entera parece una falange de aguerridos soldados rigorosamente ordenada y dispuesta para el combate. De tal manera y hasta tal extremo estaba poseído del espíritu guerrero aquel escritor clásico. El primer Napoleón le debe el secreto de su mágica y poderosa elocuencia militar. Tito Livio le dio el estilo de sus famosas alocuciones, y más de una vez las ideas y las palabras con que el general francés electrizaba y conducía a la gloria sus célebres batallones parecen una simple traducción del escritor latino.
En esa batalla del Tesino, donde la superioridad de la caballería cartaginesa mostró a los cónsules romanos la imposibilidad de sostener una batalla ventajosa en las abiertas llanuras que se extienden desde el pie de los Alpes hasta el Po, §9
se distinguieron los jinetes númidas y los peones españoles.
No era esa la vez primera que el vigoroso celtíbero y el ágil balear, combatiendo a su guisa sin orden aparente ni disciplina, atrepellaban y deshacían legiones veteranas, maestras en el arte de pelear; mas esta primera victoria conseguida en suelo italiano es un feliz augurio, y la rápida y prodigiosa campaña que inaugura parece presagio de las que en siglos posteriores han de dar a España la dominación de Italia. Trebbia, Trasimino y Cannas son las otras tres etapas inmortales de aquella guerra famosa. ¿Qué importa que luego las espadas españolas se emboten en los lechos de las cortesanas de Capua, y que el vigor y la fortaleza de aquellos montaraces guerreros se enerven en los placeres de una civilización extraña y nueva para ellos? Señalado dejan el camino, abierto el paso al valor y a la audacia, y un día vendrá en que sus descendientes, no ya al mando de un jefe extraño, sino a las órdenes de sus caudillos naturales y bajo la sombra de la bandera de la patria unida y fuerte, harán tierra española aquellos campos donde triunfaron y cayeron sus intrépidos progenitores.
Desde los Alpes al cabo Spartivento, de gráfico nombre, desde el mar de Liguria al Adriático, ¡cuántos y cuántos lugares consagrados por hazañas espajiolas; cuántos y cuántos nombres eternizados en la historia patria!— ¿Por qué, desdeñosos de la propia gloria, no hemos escrito un libro que guíe al viajero español en estos países? ¿por qué zumban en nuestros oídos: ¡Marengo! ¡Arcóle! y nadie nos grita: ¡Romagnano! ¡Pavía!—Porque hay infinitos curiosos que buscan aquellos sitios, y el llevarles hasta allí y el ofrecerles memorias de ellos vale dinero; y pocos, muy pocos preguntan por los otros, y ocuparse de recordarlos a ánimos indiferentes sería empleo de escasas utilidades. ¡Oh patria de mi alma, qué acusación tan terrible pudieran tus propios hijos lanzarte al rostro, si no sintieran como yo siento que es disculpa de tu menosprecio la disposición continua de tu ánimo generoso a renovar siempre aquellos altos y olvidados ejemplos de esfuerzo y de grandeza!
Subiendo el Tesino y siguiendo río arriba uno de sus afluentes, el Sesia, en su orilla derecha se encuentra Romagnano.— Allí, después de la batalla, siguiendo el alcance de los vencidos franceses, hallaron los soldados españoles al caballero sin tacha y sin miedo, al célebre Bayardo, herido de una bala de arcabuz, mientras cubría la retirada de los suyos defendiendo valerosamente su artillería. El nombrado Marqués de Pescara mandaba a los vencedores, que ante la agonía de aquel famoso paladín y por honrar su cadáver suspendieron la persecución, dando lugar a que los restos del ejército francés se salvasen en las gargantas de los montes.
Esas mismas ondas revoltosas del Tesino bañan algunas leguas más abajo los muros de Pavía.— Mi guía francesa habla de esta ciudad, de su Universidad célebre, y de la Cartuja edificada por el malvado Galeazzo Vísconti en sus inmediaciones; pero no menciona a Mirabello, nombre del parque de esa misma Cartuja donde se dio la batalla del día 24 de febrero de 15'25.— Allí la fortuna de las armas volvió las espaldas al rey Francisco I para entregarle prisionero a merced del gran nieto de Isabel la Católica; allí los soldados imperiales lograron una victoria de las más completas que conoce la historia militar, llevándose los tercios españoles lo mejor de la pelea; y sin embargo, en medio de la rota, fuga y dispersión de sus haces, debieran encontrar los escritores franceses un espectáculo digno de conmemoración: el de su nobleza combatiendo hasta morir en torno de su soberano, o entregándose voluntariamente al enemigo, después que le supieron cautivo.— ¿Qué huellas ofrece hoy de la encarnizada lucha la tranquila y monótona llanada de Pavía? ¿Qué monumentos, ni qué memorias? La tierra, enrojecida de sangre, verdea con el heno de los campos o brilla cubierta con el oro de la míes madura; sobre las tumbas de los muertos crece la pacífica morera, el árbol del agricultor y el industrial; no se alzan en el abierto espacio otras defensas ni pr.rapetos que los setos vivos que parten y cercan las heredades, y los canalizos que las riegan y fecun-
dan, ni flotan al aire otras banderas que la elegante copa del chopo piramidal, y el humo sereno y manso de los rústicos hogares. ¡Cuan poco, cuan nada significa en el orden universal de la creación la muerte de algunos centenares de hombres!—y sin embargo, esos hombres que mueren en las batallas, son alguien, tienen amigos, tienen familia, parientes, hermanos, padre, ¡madre quizás!— es decir, que su muerte causa una impresión dolorosa, abre una huella, y hace brotar del corazón una vena copiosa de llanto; pero esa huella se cierra, ese raudal se agota o con el tiempo o con la muerte, y desaparece el último resto de los lazos que ligaron a aquellos hombres a la vida común; perdiéronse en el no ser, y al cabo de algún tiempo es lo mismo que si nunca hubieran sido!... ¡Oh vanidad y miseria de la vida! ¡Oh tristeza: huésped eterno del pobre espíritu humano; nube de sus alegrías, ocaso de sus esperanzas, penoso hielo que marchitas su entusiasmo, y matas sus ardientes aspiraciones!
Diréis que son vulgares estas reflexiones mías; vulgares son sin duda, esto es, comunes a todos los hombres.— Hombre soy, como decía el cómico latino, y sujeto vivo a cuanto los hombres sienten y padecen; el dolor que hoy mora dentro de mi alma, dolor es que ha afligido las de infinitos semejantes míos; y como tantos otros, siento ahora que la soledad y los recuerdos tienden sobre mi pensamiento un velo sombrío y tenebroso.— Si disimulase estas alternativas de luz y sombra, si escribiera pensando, componiendo, y no siguiendo las veleidosas indicaciones de la m'ente, dejaría de ser sincero, y sin la sinceridad ¡qué valor podría tener mi correspondencia?
Esa mañana pasamos el puente de Buffalora.— Había poco más de un año, el 4 de junio de 1859, tronaba pavorosamente el cañón en aquellos lugares. — La guardia imperial francesa, arremolinada sobre el puente y sus cercanías, sostenía a duras penas el embate de las columnas austríacas que sucesivamente y con el orden y firmeza de un campo de maniobras desembocaban por el camino de Milán;— a lo largo de las dos
riberas del río se extendía el humo espeso de la pólvora, cubriendo el cauce del Tesino, como una niebla invernal aparecida milagrosamente en medio del verano, y entre esa niebla y sobre las gorras de pelo de los granaderos, rodeado de marciales figuras donde se leía la impavidez del ánimo y la resolución de morir, se veía al emperador francés pálido, preocupado, abandonado por su ordinaria fuerza de voluntad, caída la máscara de disimulo, y dejando leer en el rostro la agitación de sus pensamientos y la confianza perdida en su venturosa estrella.— ¡Quién sabe! Acaso en aquellos momentos una imagen fúnebre atravesó por su memoria, y mentalmente repitió el nombre funesto de Waterloo!— Un nuevo Waterloo, desenlace lastimoso de una epopeya, pero sin la epopeya que le glorifica y le engrandece!— Un Waterloo en Montenotte, ¡un Waterloo sin Marengo y sin Austerliz, sin Jena y sin Borodinol— Una historia militar principiada y concluida en el primer capitulo, siendo este capitulo un desastre!— Y la derrota para él no era sólo la humillación y vergüenza del vencimiento, era la majestad perdida, el trono deshecho, y su dinastía ahuyentada de Francia por un plazo cuya duración sólo podía prever la omnipotencia de Dios.— ¡Terrible expiación del poder y de la fortuna! Momentos dolorosos, angustia infinita y de tan enérgica acción sobre el centro de la vida que rompen y quebrantan la naturaleza más robusta; después de ellos la frente altiva y tersa de la juventud aparece inclinada y mustia, sellada con las arrugas de una vejez súbita, como si suprimiendo el tiempo, se apresurasen y redujesen al breve término de algunos instantes años y años de vida!
Pero tal vez no fué Napoleón el único que entonces vio en imagen la catástrofe de Waterloo.— Allá por las vegas de Lombardía, cubriendo el flanco del ejército franco-sardo, marchaba Mac-Mahón al frente de un lucido cuerpo de tropas. — Oía zumbar la artillería desde largo rato con mayor o menor furia, pero sin cesar un momento; ignoraba que debiera trabarse la batalla, no venían órdenes del emperador, y las instrucciones
anteriormente recibidas no preveían el caso presente. ¿No tendría algunos momentos de incertidumbre?— y ¿quién duda que el ángel protector de la Francia le dictó su resolución?
¿Cómo nació en su ánimo la idea salvadora? ¡Quién asegura que el joven general no vio instantáneamente a Grouchy, al malaventurado Grouchy, puesto en una situación semejante a la suya, oyendo el cañón lejano, negándose a los que le aconsejaban atrepellar toda consideración de otro género y marchar adonde el cañón le llamaba, y trayendo sobre su nombre, por esa resistencia y esa duda, una nota de infamia que apenas el juicio sereno de la posteridad y los generosos esfuerzos de imparciales historiadores han conseguido lavar?
Oía el fuego, y al fuego marchó el noble soldado.— Esta diversión oportuna desembarazó a la guardia imperial y decidió la victoria.
En la estación de Magenta paró el tren; a un lado hay una ligera elevación de terreno, que los musgos y la grama invaden lentamente; allí yacen los granaderos franceses muertos en la batalla; más allá se ve una casa de un solo piso acribillada de balazos de cañón y de fusil: en ella hicieron los austríacos una defensa desesperada; acaso fué a su puerta donde cayó el bravo general Espínasse. ¡Saludemos la memoria de los valientes!— El valor no tiene patria, es una viitud rara y sublime de la humanidad, debemos honrarla aun en el enemigo . — No lo eran para mi ninguno de los que combatieron en Magenta; con igual pena he contemplado la fosa de los franceses que los altos taludes del camino donde heroicamente perecieron, imitando el ejemplo de sus oficiales, tantos húngaros y croatas.
Sobre la empalizada se encaramaba una muchedumbre de chicos y mujeres ofreciéndonos chapas de chacó con el águila de dos cabezas, balas, cascos de metralla, trozos de armas y otros despojos militares. Estos trofeos me causan pena, y nunca deseo de poseerlos; además, la legitimidad de la procedencia de aquellos que con agudos gritos y extraños adema-