Del Ebro al Tíber · Unidad 21 de 79
Unidad 21 · A M ó S ' D E ESCALANTIL
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A M ó S ' D E ESCALANTIL
y de ílores, risueña, abundante, poblada y tranquila, se recuerda involuntariamente la introducción de su poema:
egreasus silvis, vicina ccegi
iit quamvis ávido parerent arva colono.
Después de la tierra llana de Lombardía, el suelo desigual del Véneto parece más pintoresco.
Cerca de Padua están las célebres colinas Engáneas, y en el seno de sus asperezas Arqua, cuna y sepulcro de Petrarca.
La crítica y las investigaciones biográficas le han despojado de aquella aureola ideal que encubría la historia de sus amores con Laura, pero no han desmentido aquella muerte suya inesperada, súbita y serena en su biblioteca, con la frente sobre un libro abierto donde estaba escrito el nombre de su amada.
Era más de media noche cuando llegamos a Venecia.— Del paisaje que habíamos recorrido durante el día al que yo podía descubrir en la tiniebla nocturna había un nuindo.— No se veía suelo apenas; unos edificios negros, amenazadores, se levantaban enfrente de la estación, y todo alrededor era agua dormida, silenciosa, sobre la cual pasaban largos rieles de luz al moverse de las linternas que cruzaban de una parte a otra,— Todo era extraño allí: lengua, trajes, fisonomía. — Una voz ronca me sacó de mi súbito estupor despertando mi alma a una vida extraordinaria de imágenes y de pensamientos.
—¿Una góndola, signor?
¡Una góndola! ¡Era cierto! ¡Estaba en Venecia!
A UN BOHEMIO (1)
Venecia.-- Sombras y recuerdos.— Tristeza por tristeza.— Amanecer.—El muelle de los Esclavones.— Dialecto veneciano.— E! pueblo de San Marcos.— Fallero y los Fóscaris.
Venecia, 20 de Agosto.
E visto realizado uno de los más ardientes sueños de mis primeros años; he visto cumplido uno de los anhelos más inquietos y vehementes de mi corazón.—¡Oh, Venecia! ¡Venecia!, en la generación nacida al terminarse el último tercio del siglo; ¡quién, por débilmente que su corazón respondiese a los misteriosos acentos de la poesía, no ha sonado contigo, no ha repetido tu nombre armonioso,
(1) Debo explicar al lecíor este galicismo. El sabe que los corUemporáneos franceses llamaron BoUme a la grey de arpistas y escritores qua. ea la flor de la juventud, aún no consagrados por la fama, vivían a su manera unidos y alegres siempre, si no en armonía, con ciertas leyei divinas y humanas. La Bohé-
no se ha foijaLO el espectáculo brillante de tus días de opulencia y el doloroso de tu postración y de tu ruina!
Mas nunca la imaginación llega donde la realidad cuando medita tristezas; no alcanza el pensamiento a pintar la soledad de tus mármoles desiertos y despedazados, ni el ánimo a fingirse el rumor de lágrimas con que las ondas del Adriático acarician las carcomidas escaleras de tus despoblados alcázares.
Yo te había visto retratada en el engañoso y brillante espejo de la fantasía, engalanada con los recuerdos de tus glorias, llorando resignada sobre los despojos de tus pasadas grandezas, despojos que lentamente van hundiéndose en el cieno de tus canales; te había visto resucitada de tu ataúd de arena y piedras rotas, altiva y poderosa, dominando los mares, conquistando reinos y clavando tu pendón de guerra sobre los vencidos muros de Bizancio, y luego, reclinando la frente cansada de laureles sobre el espléndido botín de cien campañas, ceñida de púrpura y de oro, vertiendo de tus manos perlas y tesoros, adormeciéndote entre el estrépito del festín, al eco mágico de los cantares de tus gondoleros.
Tal te había yo visto, y tal te presentaban a mis ojos ávidos y entusiastas cuantos poetas se han inspirado en tus anales, o
me idealizada por mágicas plumas era casi un idesl nuestro, entregados entonces a la única lectura de Bslzac, Karr y JVlarger, y dimos a nuestro cenáculo aquel nombre, sin meditar que para merecerle no teníamos otros títulos que el humor regocijado y alegre de los pocos años. La Bohemia se disolvió dejándonc s la memoria de muchos días feiices y ;ereucs, o a;<;i:ado5 únicamente por las pasiones generosas de la juventud. Cada cual tomó dirección diversa: unos están hoy al frenie de grandes empresas industriales, otros llenan dignamente la cátedra del profesorado, alguno representa a nuestro país en el extranjero, otro busca alimento a su sed de ciencia en las remotas cordilleras de los Andes, más o menos conocidos, más o menos obscuros, hay lioy bohemios en las armas y ea el foro, en ¡as letras y en las artes.
Pero esparcidos como se hallan, su suerte y su genio .ndividual los separan en dos grupos, el de aquellos que ven la vida fácil y risueña, y el de los tristes que la encuentran aspe. a y fatigosa: a éstos dedico especialmente mis recuerdos de Venccia.
gimieron sobre tus ruiíuis desde Víctor Hugo a Martínez de la Rosa, desde Byron hasta Zorrilla.
Mas sus descripciones y sus lamentos, así como la iinagen en mi espíritu formada, huyeron y se borraron de mi memoria cuando en obscura noche llegué al borde de tus lagunas, y al pálido resplandor de una linterna puse el pie dentro de una de las góndolas que con ellas se mecían.
Alzábanse en sombrío grupo alrededor de mí vastos edificios distintos en contornos y apariencias; el agua sollozaba penetrando entre los desunidos sillares del muelle; algunas luces pasaban sobre el canal, enviando hasta mis pies el trémulo reflejo de su descolorido rayo, y resonaba a lo lejos con desiguales intervalos el lúgubre grito de los gondoleros.
Entonces sentí que me hallaba realmente en Venecia, y ¿qué eran ya al lado de la presencia visible, de la realidad palpable, todas las descripciones, todos los traslados de la imaginación y la poesía? ¡üh! ¡Qué nueva impresión podrá hacerme olvidar la que experijnenté cuando al impulso de qn remo vigorosamente manejado partió la góndola rasgando la tersa superficie de las aguas, y cuando lanzada como una saeta parecía correr a estrellarse sobre el opuesto nuiro del ancho canal, vi otro canal más angosto abrirse ante su proa, y penetramos en el obscuro y tortuoso laberinto de la ciudad!
A nuestros lados se sucedían las ruinas y los palacios; unas veces veíamos las estatuas que, como vigilantes centinelas, se alzaban sobre calados pretiles; otras, un alto balcón que se adelantaba atrevido sobre labradas gárgolas, cubriéndonos con su sombra; ya pasábamos bajo el arco negro y gastado de un puente, ya ante la triste y desnuda fachada de un templo.
Y al volver de los torcidos canales, mi gondolero lanzaba aquel grito triste y sonoro que antes había oído; -a veces le respondía otro semejante, y al remontar la esquina se deslizaba a nuestro lado otra góndola tan rápida, tan atrevida como la nuestra, sin que las dos frágiles embarcaciones se tocasen