Del Ebro al Tíber · Unidad 34 de 79
Unidad 34 · DEL EURO AL T 1 B E R
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
DEL EURO AL T 1 B E R
La deambulación está tan fuera del círculo de las ideas venecianas, que en las hosterías del Lido se alquilan caballos para recorrer la playa. Esto quizás no sea más que una reminiscencia de Byron, que tenía en el Lido sus famosos corceles, en los cuales se le veía, al caer la tarde, ir arrebatado como un fantasma en alas del viento.
Anochecía y surcábamos lentamente la laguna: otras góndolas se cruzaban con la luiestra, unas con su misteriosa felze (toldo o carroza), otras, como la mía, descubiertas; alguna tan inmediata, que sus bordes se rozaron, y oí el latir de las plumas del sombrero de la dama que iba en ella. Esos barcos singulares, negros, afilados, que resbalan silenciosos a vuestro lado, donde blanquea un vestido de mujer o flota en la media sombra del crepúsculo un velo descuidado, tienen una poesía singular, harto mayor y más interesante que las góndolas cerradas.
¿Qué tienen esas almas que así buscan la soledad de la mar y el cielo; soledad en que vagan todas las tristezas de la vida, todos los dolores sufridos, todas las felicidades perdidas, cuya forma lejana se ve huir y desaparecerse a lo lejos?
¿Qué quieren esas almas a quienes no satisface la poesía ardiente de los recuerdos, evocada en el panorama nocturno de Venecia, en sus canales sombríos, en las lámparas encendidas delante de una Madona, en las manos tendidas que acechan al tornar de un puente y no se sabe si piden u ofrecen, sí amenazan o acarician, en aquella imagen pálida y miserable, es cierto, pero animada todavía y palpitante de aquella reina magnífica, sirena a la vez, amazona y cortesana, que todos vimos en los sueños de la primera juventud arrastrando brocado, cubierto el rostro del antifaz, de diamantes el cabello, de perlas la garganta, tendiendo en una mano las rosas envenenadas y escondiendo en la otra el puñal vengativo, hollando púrpura, pisando cetros y espadas?
No buscan recuerdos, que los llevan consigo, y tan queridos
que temen verlos profanados por otros cualesquiera; para
AMOS DE E S C A L A x\ T £
conmoverse no necesitan iiojear la historia, para sentir no necesitan contemplar las ruinas; la voz de la poesía exterior es muda para ellas, que llevan dentro de si historias y ruinas, elegía y drama, la fuente inagotable de lágrimas y recuerdos.
¡Y van allá donde rumor alguno turbe aquella voz interior que las agita y estremece, donde ningún objeto distraiga sus ojos del cielo!
Cuando atracamos a la Piazzetta oímos la música austríaca que daba su acostumbrada serenata en la plaza de San Marcos.
Todos sabéis lo que es la plaza de San Marcos de noche. ¿Qué viajero no ha descrito y pintado su concurrencia, su ruido, sus galanteos, sus aventuras, sus cafés, sus trovadores y sus conciertos?
La rica portada de la basílica preside aquella fiesta mundana, pero un respeto involuntario, un convenio tácito detiene a los paseantes a cierta distancia de los sagrados ámbitos, y deja siempre ancho espacio desierto entre la turba y ellos.— A la sombra de las arquivoltas, al píe de las columnas bizantinas sólo se encuentra algún viajero soñador, alguna pobre mendiga envuelta en negros monjiles y cubierta la cabeza de negros crespones, que pide limosna con voz tan dulce y dolorosa que es imposible negársela.— ¡Esas imágenes de dolor y miseria pululan en Venecía!
A la mañana siguiente, antes del alba, salía del hotel, buscaba a Estramba para que me condujese al ferrocarril, y no le encontré. En el último momento faltó a sus protestas: no acudió a la cita que le había dado la víspera; quizás fué por evitarse el pesar de la despedida.
En lugar suyo me llevó un viejo malhumorado, corpulento y silencioso.
Algunos minutos después Venecía se alejaba, y el sol, subiendo, hacía destacarse en negro el contorno de la ciudad agrupada al píe del alto campanario de San Marcos.— Sobre la