Del Ebro al Tíber · Unidad 5 de 79
Unidad 5 · ID E L E B R O AL T I B E R
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ID E L E B R O AL T I B E R
> nes (conchas de peregrino y corazones), que esmaltan la fai chada del edificio de que me ocupo.
Otros muchos ejemplares curiosos de la construcción civil í en el siglo xv ofrece Bourges, entre ellos el cuartel de gendarmería con sus esbeltas torrecillas y Ciliados antepechos, adei; más de algunos restos de antiguas murallas, varias iglesias, el palacio arzobispal y los cuarteles de artillería.
Salimos de Bourges por el ferrocarril llamado del Centro, atravesando una hermosa llanura, cruzada de alamedas, regada de canales, cubierta de prados y de mieses; luego atravesamos algunos lugares de pobres casas y techos de rastrojo, en los cuales florecían alhelíes y campanillas silvestres...; el suelo ofrecía algunas ondulaciones, y en sus declives, plantíos de frutales; en las hondoi adas brillaba el agua tranquila de las esclusas, herida a trechos por el ala de las golondrinas; grandes y blancas reses pacían en las praderas, y entre ellas y por las veredas que serpeaban bajo sauces y chopos aparecían las gentes del campo, las mujeres con su toca blanca ceñida a las sienes y la rueca al cinto, los hombres con grandes zuecos, blusa, sombrero de paja y pañuelo colorado al pescuezo sombreado por enormes cuellos de camisa.— Era uno de esos paisajes tan admirablemente descritos por Jorge Sand, ese gran pintor de la naturaleza, y con predilección del Berry, su patria. Pero la rapidez de la locomotora no consiente detalladas descripciones;— arrastrado por su impulso vertiginoso el viajero ve pasar en confusión las ciudades y las aldeas, los pueblos y los campos; rásganse bosques, crúzanse ríos, atraviésanse llanuras, horádanse montañas, cambiase de países y regiones, sin que de tan fugaces y multiplicadas escenas quede otra impresión que vn confuso y enredado recuerdo, en el que apenas consigue la reflexión desentrañar después algún objeto que más profundamente la ha afectado.
Por lo demás, el viajero escrupuloso y concienzudo que quiere consignar sus impresiones a medida que las recibe, junto con las observaciones que le inspiran los sitios que a su vista
pasan, puede hacerlo cómodamente en cualquiera país que nq sea España.— Porque en nuestra cordialidad española, ¿quién es el que a los cinco minutos de hallarse cu la caja de una diligencia, o el vagón de un ferrocarril, o en los camarotes de un vapor, no ha entablado ya conversación con sus compañeros eventuales de habitación, y preguntádoles su patria, y dicholes su nombre, y cambiaJo con ellos la declaración recíproca del objeto del viaje?— Y luego, cuando la hora del yantar llega, el comunicativo y generoso español saca sus provisiones, y antes de ofrecer a nadie nada, parte las viandas en tantas porciones como viajeros, y como obedeciendo a un instinto natural, a una costumbre establecida, alarga la fiambrera o la servilleta al que le parece superior por la edad o por el sexo digno de esta preferencia, y es de ver el gesto de admiración y aun el aire mortificado que da a su semblante la repulsa de alguno de los convidados, cuando no va acompañada de razones tan francas como franco ha sido el ofrecimiento.
Los extranjeros, por el contrario, apenas si cambian entre sí un ceremonioso saludo al encontrarse dentro de las exiguas dimensiones de cualquiera de aquellos medios de transporte; apenas entrados en ellos, aíslanse en un rincón, sacan su libro y pasan horas y horas, y corren leguas y leguas, leyendo a ratos, a ratos durmiendo, sin que la confianza nazca ni las relaciones se estrechen; cada uno come de lo que tiene, y el que nada lleva se distrae mirando a los otros.— Para nosotros el compañero de un viaje, siquiera no sea éste muy largo, es ya un amigo de quien no nos separamos sin los regulares ofrecimientos de mutuos servicios y encarecimientos de no olvidarnos y valemos en la ocasión uno de otro; para ellos es un cualquiera, como el transeúnte con quien nos encontramos en las calles de una ciudad populosa y desconocida, y que pasa a nuestro lado y se pierde en el torbellino de gente sin que haya uno siquiera notado los rasgos de su fisonomía. — No se me ocultan las ventajas del proceder egoísta de los extranjeros, mas todas las cambio por los inconvenientes de nuestra
espontaneidad y franqueza. ¡Oh!, bien liaya la noble nación donde la franqueza es costumbre, donde no se conoce la indiferencia, y nunca es desconocido para nosotros el hombre con quien hemos pasado una hora bajo el mismo techo, siquiera éste sea el inconsistente y movedizo de uno de esos carruajes que el poderoso vapor arrastra sobre las estridentes barras de hierro!
Nuestro tren había atravesado el Borbonés y tocaba los confines del Leonesado; el terreno cambiaba de aspecto.— A las onduladas llanuras sucedían hondos barrancos y altas lomas que salvábamos corriendo sobre atrevidos viaductos, o penetrando en lóbregos e interminables túneles; anchos y profundos caudales de agua reemplazaban a los cauces estrechos y murmuradores; las poblaciones agrícolas iban dejando lugar a las industriales, y en vez de los techos de rastrojo y las chozas de caña veíamos en todos los pueblos grandes y uniformes construcciones y las larguísimas chimeneas de los establecimientos fabriles que derramaban en el aire a borbotones espesas columnas de humo.
Asi, en medio de una noche oscurísima descubrimos a lo lejos, y con una apariencia fantástica e infernal, las famosas fraguas y fundiciones de San Esteban. Infinitos hornos ardían en la extensión de todo un valle, y las llamas, apagadas unas veces, reanimadas otras por una nueva porción de combustible, aparecían y desaparecían alternativamente cambiando formas y colores. Según nos acercábanos, llegaba a nuestros oídos el ruido desordenado y bronco de los martinetes, y percibíamos las figuras de los terrones y fogoneros que circulaban entre aquellos innumerables volcanes; gritaban unos, cantaban otros, y a todo esto se unía el crujir del rodaje del tren y el áspero y heridor silbido de su locomotora; era, como he dicho, una apariencia infernal, un estruendo pavoroso en medio del cual era imposible entendernos, pues nuestras voces no se percibían,—a uno y otro lado del camino hervían las altas hogueras que parecían brotar del centro de la tierra y amagaban 5/
cercarnos y envolvernos; las negras figuras cuyos rostros apenas percibíamos momentáneamente iluminados por las llamas giraban y corrían entre ellas, fomentándolas con largas barras que introducían en los hrrnos y retiraban candentes; — este espectáculo continuaba a pesar de nuestra velocísima carrera que debía alejarnos de él. Tal sucedió al cabo de algún tiempo, volvimos a encontrarnos en medio de las más hondas tinieblas, alumbrados por la suave claridad de las estrellas, y las forjas encendidas y las inflamadas hogueras aparecían a lo lejos como las fulgurantes y tranquilas luces de una vasta y espléndida iluminación .
Pocas horas después llegábamos a Lyon, la segunda ciudad de Francia, el centro de su industria, la arteria principal en que bulle y se agita la parte más ardiente de su hervorosa sangre pronta a encenderse y hacer explosión al menor choque, al más ligero rozamiento como algunas tenibles combinaciones químicas. Dos ríos la riegan, sobre cuyas altas riberas despliega sus soberbias y monumentales construcciones; sobre ellos tiende cuatro orgullosos puentes, y sujeta su corriente poderosa entre robustos malecones, pero más de una vez las irritadas olas, cansadas del yugo que quiso imponerles y del peso de los numerosos transportes con que las fatiga, sacudieron violentamente su espumosa cabellera y se derramaron por las vegas llevando el estrago y la desolación al seno mismo de su espantada dominadora.
Hay en Lyon monumentos y objetos notables del arte; pero lo que le da su carácter propio, lo que hace su riqueza y su prosperidad, el alma de su población que la anima y mueve e impulsa en su progreso creciente todos los días, es su industria prodigiosa, son las infinitas fábricas con que abastece al mundo entero de variados y excelentes productos, desde el fastuoso damasco que visten las reinas hasta el modesto pañuelo de algodón con que se cubre el seno la pobre aldeana, desde la más ingente y grosera pieza de fundición hasta el sutilísimo encaje de oro y plata.
Óyese allí incesantemente el rechinar de las ruedas, el golpeo de los batanes, y el ardiente resuello del vapor comprimido que se escapa y se desahoga al mismo tiempo de un millar de máquinas diferentes; y quien quisiera estudiar la propia y verdadera fisonomía de la ciudad no se detenga en la monumental plaza Bellecour, ni en la de la Bolsa, ni en alguna de las anchas y regulares calles que atraviesan la parte céntrica de la ciudad, donde brilhm en toda su gala los lujosos almacenes, los hoteles rivales de los de París, y la concurrencia desocupada y brillante; sino pase a los arrabales, suba a Fourviéres, desde la alta torre de cuya iglesia una estatua colosal de la Virgen domina y protege la población entera y los brumosos valles del Ródano y el Saona, y allí en las angostas callejas, en las puertas de las ahumadas hosterías y alrededor de las gastadas mesas de las tabernas, encontrará a determinadas horas del día al pueblo vestido de blusa con la pipa en la boca, desaliñado en su traje, desordenado en sus costumbres, porque cree con una hora de disipación loca compensar las larguísimas de duro trabajo; agente productor y activo del industrioso hormiguero, pero agente que, como el vapor de que se sirve, debe obrar sujeto bajo una mano prudente y poderosa capaz de evitar los efectos terribles de su irresistible desbordamiento.
Algunas leguas al Nordeste de Lyon, se ve aparecer a lo lejos una dilatadísima cadena de montañas; son los Alpes saboyanos, tras de los cuales a medida que se avanza van dibujándose un sinnúmero de agudos y erizados picos, hasta que pasado en Culoz el Ródano, antigua frontera de Francia y de Sabnya, se penetra entre las arboladas colinas y los pintorescos valles del segundo país.
Su aspecto nos recordaba el de las provincias septentrionales de España. Altos chopos sombreaban el camino, que pasaba entre setos vivos de florecientes zarzamoras y espinos, y a ambos lados se alzaban las flexibles cañas de los verdes maíces, dobladas al peso de granadas mazorcas; la trepadora vid tendía sus pámpanos sobre los balcones y paredes de las
pobres casas, y más allá de los campos de oloroso heno brillaban al sol las tersas hojas de copudos castaños, cuyos gruesos troncos vestidos de matizados musgos acariciaban las rizadas hojas de espesos heléchos; un aire fresco y vivificador movía las hojas, cuando al torcer de una angosta cañada, se desplegó a nuestros ojos con toda la hermosura de su trasparencia azul una solitaria y extensa sábana de agua; era el lago de Bourget, el lago que en las edades venideras será objeto de peregrinación para cuantos amen la poesía de sentimiento, porque sus azules ondas han inspirado una de las más bellas e imperecederas páginas de la poesía moderna: el lago de Bourget es el lago cantado por Lamartine en su inspirada elegía, es el lago descrito por él en su libro de Rafael, el libro de todas las almas de veinte años que sienten y leen, desde que en medio de las tormentas revolucionarias, desde la altura peligrosa y combatida, desde la situación de continua vigilia y desasosiego del gobierno provisional de 1848, su autor le lanzó al mundo como un recuerdo íntimo y doloroso de la juventud, como una prueba viva y elocuente de que su genio poético prevalecía en medio de las preocupaciones de un gobierno difícil, en medio de la penosa tarea de contener y reducir a orden y equilibrio una sociedad trabajada por uno de los más enérgicos sacudimientos que han visto los siglos.
Pasaban a lo lejos Haute-combe, el antiguo enterramiento de los príncipes de la casa de Saboya, Tresserves, Bontport, todos aquellos lugares tan vivamente descritos por el poeta y animados por él con la vida ardiente y misteriosa de una pasión profundísima.
Con nosotros iba una joven de pocos años, de rubia cabellera y ojos garzos; cuyo destino eran las aguas de Aix,— la acompañaba su esposo, cuya cabeza encanecían ya los años—; una tos honda y pertinaz fatigaba a la pobre niña, sus pálidas y descarnadas mejillas mostraban dos ligeras tintas rosadas, y en vano se guarecía de la impresión fría del viento del lago envolviéndose en tupidos chales y abrigos. Involuntariamente
recordé a la Elvira de Lamartine venida a aquellos mismos lugares para prolongar su vida amenazada; acaso el libro que nuestra compañera hojeaba con avidez a ratos y dejaba caer luego como desfallecida, era la triste y apasionada historia en que veia reflejarse la suya propia y cuyo desenlace fatal mataba sus lisonjeras esperanzas... un sentimiento de dolorosa simpatía me ligaba involuntariamente a la enferma, y cuando se separaron de nosotros hice ardientes votos al cielo por que mis presentimientos no pasaran de ser exageraciones de una fantasía inquieta. ¡Ojalá fuesen mis votos oídos, y haya la bella e interesante viajera hallado la salud que iba a pedir a los milagrosos manantiales.
Dejamos atrás el lago, atravesamos Chambery y penetramos en el corazón de la Saboya, -cercábannos altísimos montes en cuyas faldas crecían el nogal y el roble y a cuyos pies hervían los espumosos torrentes; las ruinas feudales se sucedían unas a otras coronando inaccesibles peñascos o suspendidas del flanco de las agrestes montañas,— desprendíanse las aguas desde las alturas en hilos de plata que reverberaban al sol, y allá en las altas cumbres desplegaba la vegetación alpestre sus bosques de alerces y sombríos abetos entre los blancos y deslumbradores tapices de sus nevados precipicios y ventisqueros.
¡Hermosísimo país! Prefieran otros las monótonas llanuras, el suelo rico y productor donde brille el oro de la mies madura y se deslizan perezosamente los caudalosos ríos detenidos en anchos remansos; para mí los paisajes que hablan al alma, los que muestran y hacen admirar la deslumbradora magnificencia de la Creación son los suelos montañosos, donde la brisa empapada en los aromas de las flores silvestres sacude el verde penacho de los bosques nacidos al borde del insondable precipicio, donde brota la saltadora fuente en las grietas de la roca viva para consuelo del fatigado caminante, donde el sol irisa las flotantes nieblas de los valles y tiñe de purpúreos matices las escarpadas e inabordables cimas. Allí se abre al espíritu
más vasto espacio, allí siente el corazón y adora, alli se respiran auras saludables de libertad y vida, allí nacen los hombres de ánimo esforzado y pecho leal.
Aquel suelo de la Saboya agreste y rudo, vestido a trechos de vegetación vigorosa y a trechos alzado en escuetos riscos, es el suelo propio para cuna de una raza valerosa y guerrera; y esa raza brotó de aquel suelo como uno de sus impetuosos y bullentes manantiales, y rebosando vida y savia y aliento y generosa fortaleza, desbordó los angostos valles de su origen, se extendió sobre la tierra y llevó su nombre de familia a los últimos confines de ella, y dio santos al cielo, libertadores al sepulcro de Cristo, monarcas a las naciones, capitanes a los más bravos ejércitos, y tuvo Pontífices y devotos monjes y castas vírgenes consagradas a Dios desde sus más tiernos años.
Una cruz fué su bandera, emblema de su fe y del impulso que los movía, y en torno de aquella cruz acumularon palmas y laureles, y a sus píes cadenas rotas y pendones de enemigos vencidos;— las hazañas de sus hijos están enlazadas a la gloria militar de los pueblos más famosos, su nombre vive como una noble tradición, como un blasón honroso entre los batallones descendientes de los tercios esforzados españoles, y a la sombra de la bandera de España ha resonado como grito vencedor de guerra sobre los artillados reductos de Tetuán, entre las espantadas huestes agarenas.— ¡Honroso trofeo,tínibre magnífico de un país, el que su memoria se perpetúe de tal suerte en una nación extraña!
Los valientes miembros de esa raza habían elegido lugar para su sepultura en los valles mismos donde nacieran, y en la orilla del lago de Bourget, sobre una roca ceñida de verdura, fundaron en el siglo xiii la abadía de Haute-combe. Bajo sus bóvedas sombrías yacen Humberto 111, llamado el Santo, conquistador de Turín; Bonifacio de Saboya, arzobispo de Cantorbery; Aymon el Pacífico, bienhechor de los pobres y afligidos, y tantos otros que allí descansan de una vida gloriosa y útil;— mas aquel suelo donde se alzan sus tumbas no pertenenece ya
a sus descendientes, y oro extranjero paga los sufragios qu'^ en ellas se celebran por el eterno reposo de sus almas.— ¡Triste de quien se vio forzado a vender los sepulcros de sus mayores! ¡Más triste aún y más desgraciado si abrigaba en su pecho el brío de la vieja estirpe, el valor necesario para morir sobre aquellas losas sagradas, esgrimiendo la espada del honor y de la patria antes de consentirlas holladas por la planta de un señor extranjero! ¡Será huésped eterno de su corazón la renaciente víbora del remordimiento y ahuyentarán el sueño de sus ojos sombras airadas que cercarán su lecho en las postreras noches de su vida.
Y si un día, en los reveses y desengaños de la fortuna, suena para él la hora del esfuerzo supremo y desesperado y vuelve en torno la angustiosa mirada buscando compañeros antes de arrojarse al encuentro de una mueite valiente y gloriosa, ¿hallará quien le siga al tardío sacrificiu?
Porque en torno del robusto tronco y al amparo de sus hojosas ramas, habían brotado y crecido otros muchos; y de generación en generación sus florecientes vastagos habían sido el más firme y leal apoyo de aquella raza primera y principal. Y esa nobleza, guerrera como sus reyes, pronta siempre al llamamiento de éstos, los seguía al combate, los defendía en el riesgo y moría a sus pies, contenta y silenciosa, sin preguntar jamás la razón de la batalla. Teñidos están de esa sangre generosa laureles bien recientes de la casa de Saboya, laureles ganados en cruda y desigual pelea cuyo desventurado término fueron la expatriación y la muerte en destierro voluntario del caballeresco cuanto infortunado monarca que la provocó. A esa pelea, y fieles a su antigua divisa pro rege, le siguieron sus esforzados nobles, sordos a la voz de la propia opinión, y combatiendo acaso por una causa contraria a sus intereses y en pago de su abnegación y bravura, ven ahora los leales servidores alzarse una frontera entre sus solares y el trono que defendieron, y ese trono los desconoce y recusa, y les ofrece otra nacionalidad y otros lazos y otras afecciones y otro estandarte