Del Ebro al Tíber · Unidad 50 de 79

Unidad 50 · A M ü S D n ESCALANTE

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

A M ü S D n ESCALANTE

rama; al escuchar el arrullo de las gallinas índicas que le habitan; al tender los ojos por los espacios abiertos entre las hojas, y ver la serena y azul extensión del lago, y sus lejanas riberas sembradas de quintas y vergeles.

El azul del agua no se comprende hasta haber visto los lagos de Italia.— Es un color limpio y transparente como el del cielo.— La luz le penetra hasta remotas profundidades, y los objetos se reflejan en ellas a gran distancia de la superficie con una maravillosa pureza y exactitud de contornos, con una perfecta diafanidad de tintas.

Al morir el día, cuando el sol hiere oblicuamente la cristalina superficie se ven flotar a lo lejos las blancas velas como suspendidas en el aire y sin tocar las aguas, verdaderas gaviotas que se mecen con lento vuelo contemplando su imagen en el claro espejo.— Los fúlgidos rayos resbalan sobre aquel inmóvil y terso cristal con caprichosos efectos de luz y de sombra, y van a irisar las ligeras nieblas que señalan los escondidos senos de la orilla, o el tortuoso cauce de los afluentes'.—Esas nieblas van lentamente condensándose hasta ocultar los límites de la tierra y el agua, y entonces aparecen en toda su imponente grandeza y majestad las colosales cimas de los montes.

Así descuella en estas cercanías el monte Orfano.— Sus desgarrados flancos muestran como una ancha y sangrienta herida las famosas canteras de donde ha salido el granito rosa que adorna tantos y tantos monumentos de Italia; siglos y siglos hace que el hombre le roe y despedaza, y el generoso gigante ofrece todavía a las generaciones que vendrán las inagotables venas de su vastísimo seno. ¡Cómo no ha de ser Italia la patria de la poesía y de las artes! Ella tiene su magnífica naturaleza, fuente perenne de inspiración, madre de nobles sentimientos, generadora de altas ¡deas.— Ella tiene sus inmortales ruinas sombreadas por el árbol inmarcesible de la gloría, vestidas de la elocuente flor de los recuerdos.— Esas dos poesías, ía de la inteligencia y ia del corazón, el poema de los grandes hechos y

la elegía de los grandes dolores, brotan espontáneamente en el suelo fecundo de los montes y los lagos, en la tierra privilegiada donde el paso de la humanidad ha estampado su huella más profunda;— huella que los pueblos estudian como ejemplo, defendida de los tiempos y de la muerte por el respeto y el amor de las naciones.

¡Oh si los hijos de esa tierra bendecida, sordos a toda otra inspiración que a las de su gloriosa madre, sujetasen y adormeciesen en sus pechos el fuego de los deseos insensatos, de las locas ambiciones! ¿Por qué olvidan que quien siembra traiciones, traiciones recoge; y que el felón y desleal no encuentra jamás una mano leal y amiga?

Las horas que he pasado esta noche cruzando entre las Islas Borromeas y de una ribera a otra del lago, han abierto ancho campo a mis meditaciones, acaso también el extravío de mi pobre imaginación.— Todo es poético en este país vuestro, señora, todo habla al alma, y la mía no está todavía tan lejos de su oriente luminoso, tan endurecida en los desengaños que resista a su mágica y poderosa influencia.

Sobre la tendida transparencia de las aguas, brilla una multitud de luces esparcidas.— Son las señales que indican a los pescadores el lugar donde dejaron tendidas sus redes.

Los meses de Septiembre y Octubre les ofrecen el recurso de una fácil y fructuosa pesca, la de gli agoni, sabrosísimos pececillos, que salvajes y esquivos, imposibles de sorprender durante el resto del año, son fáciles víctimas en las tibias noches del otoño del instinto poético, que les hace asomar su plateada cabeza sobre la cristalina superficie, y extasiarse en la contemplación de los amorosos rayos de la luna.

En tanto que se colman las redes, los pescadores reposan en sus barcas, bajo los copudos árboles de Isola-madre.

Allí he asistido a su curiosa velada, durante la cual unos duermen, otros cuentan, con esa facilidad de narración propia de los barqueros venecianos. — Ignoro qué argumentos constituían en otras épocas el fondo de sus historias,— hoy todas 21 i

ellas son anécdotas más u menos auténticas, rasgos tle osadía, peligros y aventuras, sucesos de la última campaña sostenida por Garibaldi en las inmediaciones en 1859.

Por ellos supe que el vaporcillo que me condujo desde Arona esta mañana, llamado Ticino, fué cuando austríaco una especie de gavilán del lago, cuya aparición ponía en fuga los barquichuelos sardos que se aventuraban en peligrosas comisiones durante la guerra.— Escondido tras los muelles de Laveno acechaba las ocasiones, lanzándose sobre su presa y cañoneando las costas enemigas.— Stresa, Baveno y otros pueblecillos guardan la memoria y las señales de sus balas, pero le miran sin rencor pasar todos los días por sus aguas, tremolando ya la bandera italiana, y ocupado en el pacifico ejercicio de transportar viajeros y mercancías.

Oigo ruido de remos en el lago,— son mis barqueros que vienen antes del amanecer según me ofrecieron, para salir al encuentro del vapor que lia de conducirme hasta Magadíno, costeando toda la ribera.— El sueño no se ha atrevido a interrumpirme;—comprendía bien que en la situación de mi espíritu sus tentaciones serian estériles.— ¡Oh cuan rápidas e insensibles se hacen las horas empleadas en escribiros bajo la impresión de las dulces memorias!— Pronto el sol aparecerá sobre la vasta llanura del Po; — sus primeros rayos inundarán de luz y de alegría los muros de Valperga, y enjugarán las perlas de rocío de sus floridos arriates.

Mis ojos, entretanto, seguirán distraídos el risueño y variado panorama de los primeros valles, de las primeras colinas de la Suiza, el curso de los veleros barcos, y el movimiento desigual de las ondas, que azotadas por el viento hacia las angostas gargantas, imitan al bravo oleaje y la rumorosa espuma del Océano,— mi pensamiento, sin embargo, estará lejos, muy lejos, allá cerca de las últimas estribaciones de los Alpes, donde extiende el Canavés sus ricos arrozales, y donde salta bulliciosa y cristalina, entre limpios guijarros, la caudalosa corriente del Acqua d'Oro.