Del Ebro al Tíber · Unidad 70 de 79

Unidad 70 · AMOS DE

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AMOS DE

ESCALANTE

ONORATE L'ALTISSIMO POETA

En cambio el celebrado de Macchiavelli,

TANTO NOMINI NULLUM PAR ELOGIUM

parece trivial a fuerza de querer ser hiperbólico; frase hueca y pomposa, de aplicación común a todos los grandes hombres, diríase que su autor, abrumado por la dificultad del empeño, la salvó huyendo de ella.

Allí yacen Miguel Ángel y Galileo en monumentos mezquinos, indignos de tan grandes nombres, y Alfieri, más afortunado, bajo piedras labradas por el cincel del inmortal Canova.

Y como si tales recuerdos no bastaran a ocupar el espíritu y levantar el alma y hacerla penetrar más allá de los oscuros misterios de la vida y de la inteligencia, absorta en la suprema gloria, en el poder de su divina esencia, por dondequiera leéis inscripciones de esas tan frecuentes en la tierra de los pensadores y de los poetas, que os hacen clavar los ojos en el suelo, abismados en meditaciones, perdidos en mares de pensamientos.

Sobre la tumba de Melloni, el ilustre físico propulsor de las nuevas teorías termoeléctricas, grabaron un hemistiquio de Dante:

TROVANDO E RIPROVANDO,

tres palabras que reúnen la historia de todos los descubrimientos, el desarrollo y progreso de la ciencia. En ellas se contienen todas las agonías, todas las desilusiones, los desfallecimientos del genio; en ellas también su recompensa, su premio, el término feliz de sus especulaciones, la conclusión práctica de sus largos raciocinios.

Y sobre la losa de una niña:

BEATO CHI RIPOSA NELL PRIMO PASSO DELLA VITA.

¡Cuántas miradas habrán leído en esas palabras su vida entera! ¡dichosos cuantos no sienten la profunda melancolía del epitafio italiano! ¡y más dichosos aquellos a cuya memoria no vuelve traído por las amarguras de la vida!

Los opulentos Médicis, antes de ser señores soberanos de Toscana, erigieron para sepultura propia la suntuosa iglesia de San Lorenzo. En esta fábrica, hecha de los más ricos materiales, volvióse Brunelleschi resueltamente a la antigüedad y resucitó el orden corintio en todo su esplendor y gala. En aquel panteón de familia hay dos sepulcros admirables, obra famosa de Miguel Ángel; los nombres que recuerdan no son los de ninguno de los tres grandes Médicis, ni el de Juan, fundador de la dinastía, si no de su autoridad absoluta; ni el de Cosme, llamado el Padre de la Patria; ni el de Lorenzo el Magnífico, padre del pontífice León X, que tuvo la gloría de dar su nombre a un siglo.

Julián II y Lorenzo II, hijo y nieto de aquel esclarecido príncipe, oscuros ambos y justamente desdeñados por la historia, fueron inmortalizados por el cincel. A sus tumbas deben lo que no supieron alcanzar con sus vidas, y los peregrinos del mundo que ignoran su olvidada memoria, la recuerdan al contemplar las memorables piedras que la perpetúan.

Son aquellos sepulcros dos urnas semejantes de granito gris y forma antigua, adaptadas al muro. Encima tienen una hornacina greco-romana, con estatua sentada representando el personaje, y sobre ambas vertientes de cada tapa yacen tendidas dos estatuas alegóricas, de hombre una y de mujer otra.

Aquellas figuras, oscuras como alegorías, fuera de una que Tepresenta la Noche, pertenecen a una raza titánica y desconocida. El gran escultor, penetrando los secretos de la Naturaleza, sorprendió la vital energía de su espíritu, adivinó cuánta era la actividad de su fuego creador, idealizó la fuerza. No fué en pos de abstracciones filosóficas, la forma sola le ocupaba y encendía, pero no una forma flaca, decadente y mezquina,

surta de viciados y empobrecidos orígenes, sino la forma entera, robusta, intacta, tal cual puede concebirse engendrada y producida por la gran madre Naturaleza en el vigor de los primeros días de la creación.

Aquellas estatuas hacen admirar lo gigantesco y vasto del genio de Miguel Ángel. La inteligencia de donde salieron llevaba en sí un mundo.

Vinieron los Médicis a la vida política en afortunados días; cuando la sociedad, cansada de su perpetuo estado de inquietud y guerra, anhelaba constituirse sobre otras bases de mayor consistencia, y cuando disipando la bárbara rudeza de la Edad Media, llegaba a su apogeo la luz gloriosa y bienhechora del Renacimiento.

¿Quién penetra las revoluciones del espíritu humano? ¿Quién sabe sus necesidades? ¿Quién sondea su acción y los misteriosos caminos por donde marcha a su fin providencial?

¡En qué tinieblas dormía! ¡Qué reposo de siglos era aquel del cual súbitamente salía, desembarazado, libre, ardiente, entusiasta, ávido de acción y de luz, armado como el arcángel, pronto a regenerar el mundo, a darle nueva organización, a inspirarle nuevas ideas, a fundar una civilización que le rigiera con menos rigor, con mayor dulzura que sus predecesoras!

La Toscana fué teatro de aquel histórico sacudimiento de la humanidad, que pronto y seguro llevó su seductor influjo al otro lado del mar y de los montes.

El arte dormitaba envuelto en la tradición bizantina. La lengua se arrastraba entorpecida por las ligaduras de un latín decadente y bárbaro. Dante recogía sus informes pedazos, y tallaba en ellos un idioma nuevo, rudo aún, pero grandilocuente, tan a propósito para cantar heroicas sucesos con la épica sencillez de Homero, como para levantarse a las sublimes contemplaciones del misticismo cristiano. Bocaccio y Petrarca templaron su rudeza, amansaron su feroz energía; le hicieron plegarse a las sutilezas del amor metafísico, ceñirse a

los giros artificiosos de una sociedad elegante, discreta, viciosa y corrompida por el exceso mismo de su ingenio y de su cultura.

No pensaron en la moral; el solitario de Certaldo, especialmente, la atropello en sus cuentos con cínico descaro; pero ¡qué estilo tan maravilloso el suyo! ¡cómo expresa, cómo pinta, qué riqueza de inflexiones, qué amplitud en la frase, que cadencias en las palabras, cuánta gala y hermosura!

Ellos formaron la primera lengua del mundo; lengua armoniosa, flexible, musical, halagüeña al oído, donde penetra a favor del sonido, para llevar la idea al entendimiento; tierna y cariñosa para el corazón que arrulla con suavísimo murmullo, antes de agitarle con la llama de la pasión; lengua universal y potente, que todo lo alcanza, todo lo dice, y lo dice admirablemente: los amores y proezas de Tasso y Ariosto; los raptos ascéticos de Savonarola; la sagaz y malvada política de Maquiavelli; las burlas malignas de Pulci y Casti; la trágica elocuencia de Alfieri, las desoladas tristezas de Foseólo y Leopaidi, y la mansa lesignación de Pellico.

Lengua hermana de la música, con la cual vuela hasta los últimos confines del globo, y en todas partes seduce y connuieve a pueblos distintos, a razas diferentes y los arranca lágrimas, y distrae sus pesares, y ocupa sus ocios. ¿Habrá memoria de hombre civilizado en que no vibre alguna de sus frases? ¿Hay labios que no murmuren de vez en cuando una de sus palabras?

Los poetas de todas las naciones las toman para epígrafe de sus versos o las mezclan en ellos, y la doncella a quien dio la Providencia alma para sentir las altas inspiraciones del arte lírico, y voz para interpretarlas, las prefiere siempre cuando canta a las del caro idioma nativo.

Las artes seguían el movimiento, o mejor dicho le acompañaban, de las letras. Giotto, e! primer pintor moderno, era amigo de Dante el primer poeta, dice Du Pays. El progreso de la pintura, rota la tradición bizantina e iniciada por Giotto la

nueva doctrina, es ¡ntaresante y fácil de seguir en aquel museo admirable que se llama Florencia. Los frescos de Santa Croce, los de Masaccio y Lippi en el Carmen, oltra Amo, los de Chirlandajo y Orcagna en Santa María Novella, las obras de Fra Angélico de Fiésole en San Marcos, y en fin las de Vinci, Buonarroti, el Sarto, esparcidas en templos y galerías, señalan el principio, crecimiento, desarrollo completo y última perfección de la escuela florentina,

Giotto era un pastorcillo a quien Cimabue sorprendió dibujando sus cabras, y admirado de sus disposiciones le llevó consigo y le transformó en un artista admirable. ¡Cuánto de infantil j sencillo hay en sus composiciones!

En la escultura, los Pisa, inspirados de originales antiguos recientemente descubiertos, dejaron de imitar a los artistas venidos de Constantinopla, movieron las articulaciones de las figuras bizantinas, hicieron pasar el aire sobre sus ropas y las sacudieron y desplegaron. Lorenzo Ghiberti, autor de las famosas puertas del Baptisterio de Florencia, los siguió desenvolviendo un genio creador y fecundo, y fundando la ilustre genealogía a que pertenecen Donatello, Robbia, Cellini, Bolonia y el titán Miguel Ángel.

Los arquitectos rompieron más violentamente con la Edad Media. Creo haberlo dicho en otra parte, y es bien notorio; el arte gótico, el septentrional, nunca se aclimató ni vino a fructificar en el suelo de Italia. La influencia de Oriente produjo ejemplares magníficos, pero aislados. Únicamente cuando renovado el espíritu de la antigua madre y preceotora, resucitada la filosofía griega, se volvieron ojos y corazones a la antigüedad clásica, renovados los lazos primitivos, despiertas las íntimas analogías de genio y de sangre, nació en Italia un arte vigoroso, juvenil, potente, que produjo portentosas obras y plantó tan hondas y vivaces raíces, que aun duran y prevalecen su sombra y su influencia.

El nuevo espíritu que palpitaba en los aires, hervía en los corazones y en las inteligencias; el descubrimiento de los pa-

limpsestos venía providencialmente, como el de las esculturas antiguas, cuando el pensamiento humano necesitó renovar su savia.

Y nacieron filósofos a par de los artistas, y su trabajo unido, incesante, modesto y latente al principio, público y ostentoso después, iba formando la nueva generación y constituyendo la nueva sociedad.

Sociedad singular, imperfecta a pesar de todo, en la cual eran diferentes la doctrina y las costumbres.

Habían resucitado el esplritualismo griego, y acomodando su moral blanda a la libertad de sus costumbres, creado un neo-platonismo ardiente y elevado en disertaciones y libros, epicúreo y sensual en su aplicación; o por mejor decir, profesaban una filosofía en la cátedra y seguían otra en la vida.

Aquella filosofía tolerante y fácil influía lo mismo en las artes; los pintores con una sencillez que mostraba la sinceridad y el calor de sus afectos, y a par la tibieza de su devoción y la tolerancia serena de su fe, ponían entre los bienaventurados a sus amigos y parientes, no en vaga apariencia de almas, de espíritus incorpóreos, sino vestidos de su traje usual y ordinario.

Pero el síntoma principal de aquella iniciación en la cultura moderna, está en la nueva índole y tendencia de los príncipes. Ya no es la guerra su pasión y único empleo; sienten las punzadas de otra gloria, el afán de otros laureles, y se envanecen mejor de presidir una academia que de acaudillar un ejército.

Y para este fin trajo también la Providencia el advenimiento de los Médicis, raza pacífica y comerciante, sangre nueva, sin tradición feudal, sin historia, sin antecedentes belicosos, que nada tenía que olvidar, que con nada tenia que romper para entrar de lleno en el movimiento nuevo y darle nombre y prestigio, ya que no dirección y objeto.

Lorenzo el Magnífico, principe ilustrado, poeta, amante de las artes y las ciencias, resume esa tendencia de su tiempo y