Del Ebro al Tíber · Unidad 74 de 79

Unidad 74 · T I B E R

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T I B E R

portón claveteado de hierro, el zaguán con los poyos esculpidos para ayudar a cabalgar a las damas, el ancho patio, la soledad imponente, el color y los años del edificio, todo autoriza su denominación. ¿Quién le habita? Yo lo hubiese'^preguntado si no hubiera temido que al saberlo se desvanecieran en^humo todas mis ilusiones.

Le había contemplado largo tiempo sentado en el marmolillo de una esquina frontera; había visto asomarse a una de sus altas ventanas ojivales, semejantes a los ajimeces sarracenos, una figura de mujer joven, de opulenta cabellera, vestida de un color que me pareció blanco, la había visto inclinarse hacia fuera, tender afanosamente los ojos a uno y otro lado de la solitaria calle, retirarse luego, y un instante después tornar y permanecer con el brazo sobre el alféizar y la mejilla en la mano, y en los cortos minutos de duración de la escena, ningún ser humano la había interrumpido, ni roto el silencio otro rumor qne el del agua que goteaban los tejados; ¿qué más necesitaba? Había visto un episodio de la vida de la Pía.

Aquella noche vi irse poco a poco extinguiendo las luces y cerrándose las puertas de las casas de Siena. Un café, poblado de estudiantes que jugaban al dominó, me dio asilo; pero llegó momento en que salieron los últimos parroquianos, se volcaron las banquetas sobre las mesas y tuve que abandonarlo.

Mi refugio postrero fué la silla de posta, adonde me recogí. Yo no sé qué hora sería cuando, entre agua y cellisca, principió a rodar.

En coche. - Región volcánica. - Radicófani. - Horizonte. - Amiata.— La venta.— Un corazón bajo la zalea.-Al trote — Acquapendente y San Roque.— El lago de Bolsena.- Anochecer.—Viterbo.—/='/av«s Tiberis.

las nueve y media la silla de posta se detuvo en Radicófani, donde debíamos hacer un breve descanso y mudar de tiro.

El aspecto del país que veníamos descubriendo desde el amanecer era tan original e inesperado, que mi curiosidad no tenía límites. En la geografía que todos aprendemos cuando niños, y en los libros romancescos que hojeamos cuando adolescentes, Italia es el país del sol y de las flores; para su suelo maravilloso no ha tenido la creación más que dones risueños; allí nunca se nubla el cielo, ni se enturbian los arroyos, ni se deshojan los bosques, ni se agostan las p/aderas. Su tierra es en todas partes amena y fértil, y si se levanta desigual en montes y, colinas, éstas aparecen cubiertas de vigorosos pastos y

sazonadas mieses, aquéllos de vegetación magnífica y pomposa, nada de tristeza, nada de lobreguez, ninguno de esos aspectos terribles que en otras regiones llenan de pavor el alma o acumulan sobre ella pesarosas melancolías, mostrándola los tremendos sacudimientos del planeta que habita, y la fisonomía ruda e ingrata que tuvo la época primera de su formación.

Es cierto que en semejantes libros es también España el país favorecido de la Providencia donde florece perpetuamente el azahar, donde la poesía de los tiempos caballerescos se sienta al hogar del pobre hidalgo y alienta en el corazón de la doncella y el mancebo, y, sin embargo, en España está la Mancha y las Castillas, y españolas son las costumbres prosaicas y comunes de nuestras ciudades mencantiles.

Pero este ejemplo, como todos, nada nos enseña, y vamos a Italia preparados a no encontrar en sus horizontes sino paisajes frescos y deliciosos; las villas de los lagos lombardos, y de las colinas toscanas, los pintorescos torrentes de Tívoli, y la clásica casita de Sorrento con la vid sobre la puerta y el trozo de columna estriada, sirviendo de asiento.

Esas ¡deas generales eran las mías; pero desde que la perezosa luz de una aurora de invierno alumbró los términos que mis ojos descubrían, el país que íbamos descubriendo las contradecía y disipaba.

El camino subía, y al cabo de la cuesta que delante de nosotros serpenteaba, veíamos una cordillera vasta y peñascosa. La cinta blanca de la carretera aparecía y desaparecía a lo lejos como si doblase unas veces los lomos de un cerro, y se hundiese otras en profundos barrancos, y hasta larga distancia la hacía visible el color claro de los trozos que se descubrían sobre el fondo oscuro del suelo.

Este suelo era un conjunto de masas informes y desiguales,

negras, pesadas, gigantescas, sin un árbol ni una casa entre

ellas. Conforme nos acercábamos a la cumbre, las moles de

piedra que encontrábamos tenían mayores dimensiones; cuando