Doce leyendas · Capítulo real 1 de 1
Doce leyendas
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 45 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
DOCE. LEYENDAS.
OBRA^ DEL MISMO AUTOH
Nanüal de Biograpia yücateca. — Mérida, 1866.
Magdalena. — México, 1871.
Ensayo biogeafico y cbitico de Don Wenceslao* Albüchíj. — ^México, 1873.
187B. (medita) . Paginas SUELTAS. — ^México, 1876. (inédita) Eli EPISCOPADO MEXICANO. — México, 1877, anunciada ya, y Diccionabio biográfico MEXICANO, escrita en gran parte, y que verá la luz pública en pos de la anterior.
DOCE
|fí[ai(ti$<(r |í$a,
En el mar. — ^Magdaloua. — Amor y venganza.
■ — £1 Doctor Cupido. — La hoja seca.
Kl privado.-ün protector. — Por una madrastra.-*Uua
Tcnganza. — £1 sueño de la.magnetizada.
— ^Luiía, — Bosalinda.
MÉXICO.
ImPABKTA Y LlTOGBAFIA DS IbENEO P/ Z.
I f calle do San Fi^ancisco núm. IB,
X877.
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UTEJiMAB.
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A Mabiako Babcbna.
Boikó golird cttMérta 1* ^mapaiia cliiiiesca
y DM ípUrijimos todos los pasaderos al saloii
ett'qiid estaUá servido el lunch. Hasta i^quel
momento, los que ik>s habíamos embarcado
algunas boras antes^ ignorábamos quiénes
C^ eran nuestros compañeros de yia je. - Y, de-
^ bo confesarlo^ al pisar el buque mi primer
p deseó iiabia sida que no hubiese gran afiueu-
^ cia^ de pasi^^*06.
Quena yo ^tar^N^l^, solo cop mis peusa* mi0tftas, enmedio del mar, ün escuebar otra vo» TBÁM q«e: el solemne rugido de las olas. Necesitaba sentarme, en. el silencio de la no* ebo»/á eoutem^Iar» el éielo, á mirar la estela, y á «vo€ai[ lo» reenordos mas. carps < i mi co^
—6^
En UDO de mis viajes auteriores, había tenido la desgracia' de llevar por compiiñero á un pretendida !^l||^erid[u^^r3n te la travestía no me dejd una liorq, TiDre, pues nio reñrid todas las quel^ decia sus aventuras y que en mi concepto eran veminiscencias de novelas; género d^íKt^ra tura á que parecía muy aficionado; tal vez por ser el único que no. i]»d€8Ít&>dflf«6l«t]3mibtoIe6^iidl. didi )«ic^ toe: .: Pen8aii4^.eii jesté m^&^a-nm: jditiji^ája infis^^iBOga^o al cie]k> qáé/ma UttraM éB^vm^ majadero :de la miáná espeíae^ ^ , r i ; , £ráii^ft*.daeede^ii)0sa^rO0nítaBdo con «Iiqk^. piten '^que j^i presidia.' > Ai primertf -inste >ck)&« peritixeniéi gnuí saiis&iecípiíy puf qué upodia sentarme sin llenw él núnoj&ra fatel; Si b^t biéramos sido trece, á buen.«egiiratq|aQLliifcbiese ya oteupado mi .piuf^ta. FQW¡ám4^ mi ixmiq\úU4»df pues . al < ^udM^>iaíi . g^^iw^; Á. miá coasipafieiÍQ^ide "eiaje, ootéqiftejeiiiJii rm^ sa habia uá lugistr : vacio: íí í ' - i
El mal eri inevitable:, estaba *}^>8e|Etjufo ya, y^ra prdcisa.xesi^pajKrseVsí ja|w^<^/la persona que iba ^ ocupar el liltimo
Fréoeu^ado ioneiám ideas, liO piidq ve^ conocer, como hubiera querido, la fígoqppiía de todoe^y cada ima deim pa^a^etos, {)ara ¿Minar iu»juÍQÍd'a(oereji de dllos. / Títmppco pnái saMt^por fkfMÍliiett iCpnv^rsA^pii) lo que deWa a4>eráfsedé^^«({tteUa.0oc)iedad que f^ittoráiiieíaíletéui&yoqüe frecuenta durante los di«sr»de la iiaívc^acio». * í •
De repente oí crujir un vestido, y vt sentarae. $ }# we^a t;na- jóyeii que era una aparii^pH. < La poesía no ha forjado un tipo, mas ideal y mas hermoso; la pintura no podria . tr^Iadftrla .ab lienzo; aquella era una liada, una visjoi^^ celestial. Cuando se dibujd en ,su9, , labios l^n^ sonrisa Ieve« al saludarnos, creí que la mano^dé un ángel abriaante mis oíoslas puertas del cieTo. ííabia en sus.miradas algo que no era mundano;, su cabellera negm^ primorpsamenté recojida^ su frente blanca, blanca como los linos de la ribera de q^e nos'habiamos alejado.
> :Eatai]ágem>ij[e8eiapoién qfuethe poet^^idido jliaeér^ no ed niujBia débil sombra de aquella
— 8— belleza ideal, de aquel conjunto 4b prkibres y encantos. *^ »- // * .
Ya éramos trtcei y mis tmnores MabfUi justificados. Una tempestad^ ru»iae6iid|o, un asalto def ptriftas,:éi^ m&MfiMÚbU que la compañía de aquel ángel. ]Í4i éfünloa t^e* ce, y ¡oh desgraeiaíera 70 elrúnico» ijdYen. futre los pasajeros de mi misnía is»exa. ^^ •
De qué se habló durante el lunch? Fué muy breve el tiempo que estuvimos eh la mesa? Lo ignoro; goíb hé'que ctíírtido todbs se levantaron, hice )d misino,, maqiiinalihen' te, y me dirijí á 'mi camarote.
Cerré la puerta, y saqué de mi cartera ün retrato que me acpmpáñaba. Sí, yo* necesitaba recordar tin amor que hábia encantado las horas Je mi vida;^ necesitaba besar aquéllos labios que tantas veces habiah quemado éón ?u fuego los mibs; necesitaba íeern'qÜeT *^!No me olvides" esqritp por etía una hdra ahtes de mi partida; necejsitaba.M.![ ¡ah Dios niio! ¿por qué nos has dado un corazón taíi' fácil de apasíofiarseT {Foi: qué pones ánto^ íiuestros ojos á una taxijér ma sbella que fai qiie
ha escuchado uuest?os juramentos? ¿Por que permites que amemos mas lo último que miramos? .
§ •
Cualquiera que me hubiese visto encerrado en mi camarote,, besando aquella fotografía, luchando e6u mi^ recuerdos, hablan* do como si hulñese allí quien pudiese responderme,, me habria tenido por un loco.
Las notas de uu piano hábilmente tocado, hirieron niis óidos en aquisl momento. Es ellá,^ me dije entonces; qui^n sí no ella puede jptilsav ese instruáiento como una harpa e<51ica? Quién si no ella había de tener esa inspiración que se necesita para elegir la pieza que se ha dé tocar ^ según lel lugar en que se está, y las circunstanciase- La jávenviajtítá tocaba **ELiSueñiy ert el océano."
Me serené cuanto fué posible, y salí en busca del - capitán tan pronto como cesaron dé llegar á mí las notas, los ecos del piano.
£1 capitán estaba sobre cubierta, y ahí fui á encontrarle, ¡Qué variación tan súbita se habia efectuado en mí! Algunas horas an-
DOCE LEYENDAS. — 2
—10— tes, la cóBÍéin^lácíon del océáiio era la delicia mayor para íni alma, y me ' f arlácStí' ¿i líquido elemento la obra mas grandiosa del Creador. El mar, despuoB^de ver! á^ áii linda compañera de viajen j(Dé< pacecia sioiplei&esn- * te el mar. Ante liquella «tteroiosiiray todo era mezquind^ todo era pálido J
El capitán 4^1 vapor' iñe^ dispensaba has* talóte :con^n^ Na ei;% ^)i^.ej[ primer viaje qufe liaqjíirooB j^í^tos/y. ?/>bi;e>sa n^^^ to á sus cartas :náuti(^S| ei^t^I^a ui^ libro que yo bal)ti^ esi^rito y con ^1 ei^^l l^ l^abia, pbse-
-—Capitán, tendrenj^p^^ueati^ef^po? Ip pregunté,. cpuiío queriendQ, pc^ul^r el iuterlsi con que le buscaba. / » -/ , , . ^
— Yo sí lo teiM^ré,, ine Tf sp(mdi<$ sonri^^o maliciosamepte. ^ero para vd. habrá tempestad.
— Amigo mió„si'vd. no se explica, no podré entender!^. ' / /
— Pues mé parece qué pocas vécps' he hablado con mas , aplomo el español /(j[ú¿. A^i^ ino acabo de aprender.
— Repito á Td^, oapitaD, que necesito. explicacionaSé
— Muy: Men me hft oonjpTOudido v^,;. pero quiere Ueém el 4ÍBÍmula4o. No ^pojta; nqceaifará yd* de mi, y ei^tpiíjces vendrá yolanfcanaméiité á CK^nfe^ritíe que desde qufi udá Boda j6:ren.de ojos y (:a,bellos negros se sentó ár Ummr. el ¿«¿no/^ vd. viiS aparecer las primeras nubes que anuncian la temp0$t$d qtt0 va.á ded^tanse em su corazón. ¿Me^ui-
'.VOOO?
— Dice vd., capitán; que yoy^íá necfísi-
■ <tarle?:.^:. ;: ;.•,;, '.!
' -^"Asi : lo>ieceo: soy el tinicQque.podyia reladionai! vá vd. jcqn^u desconocida......
-r- Ahí jyo Je n\ego ^ ydffqi^í^,;*.** . jffl:íQií.e no lo haga? No tem¡a vd,, amigo núo, soy <demi^0ia<lo discreto para contribuir al desarrollo die una pasión 4 bordo; , Aquí soy yo el que. en todo interviene, el que inanda, y tal vez vd; que es demasiado joven, demasiado impresionable, llevaría las qosas á un grado peligroso. Emma viaja sola y bajo mi amparo.
— ¿Se llama Emmá? ¡Qué nombre tan hermoso! tráeme recuerdos muy dulces, de una época qué no lía de volver nunca!
— ^Pues esta vez acabará vd. de enamorarse det nombre, y acabará vd. también por recorrer el mundo en busca de las muíerés que posean ese mismo nombre. Has£a hoy no he conocido una sola ^ue no sea uña beldad. ^
—Capitán, ¿será vd. tan bohdadoso y frapico que me refiera la historia de la joven que viaja con vd?
— ¿Y ha llegado vd. á suponer, ami^oinio, qué pague yo con tan avanzada prueba de confianza la reterva de vd? Prescinda vd. de tal preteneion, • porque no me es posible satisfacerla. Bástele saber á vd. que Emma va á Nueva-York, 6 mejor dicho, regresa á esa gran ciudad, de donde salió para experimentar en este viaje el resultado que en su salud, bastante delicada, producirían los vientos del man
— Pero Emma, será de una familia distinguida; será...«..
—¿Ha podido vd. imaginar que viajase yo, • el capitán de este vapor, con una peraonade conduQtikj clajse siospe^bosas? ¿Tan poca perapicacia tíené vd., que en la mirada de Enm]ka no ba visto vd. í^u corazón? ' Aquella jsptrejista no podia. durar mas tiempo. ' ^, espitan necesita1;>a Us horas, y me 4ej(5 ^umi^o en un mar de dudas.
¡Cuánto mal me babia producido la presencia de aquella hermosa mujer, cuyo semblante estaba grabado eñ !mi comon que ya no latia sino por ella! ¡Emma! Einmá! qué dulce sonaba este nombre en mi oidiá. No era ya solo el recuerdo de una historia de amor que no ha de morir nunca en mi alma; era una esperanza halagadora, una promesa de fiítura felicidad, <5 tal vez de dolor infinko«
Mientras tanto las horas pasaban,. y se acercaba el momento de sentamos otras vez :á la mesa. • Iba yo á verla; iba á escuchar su conversación con el capitap, y ese acento iba á penetrar hasta el fondo de mi alma. Y icl númeroiatal iba á volver á reunirse. ¡Tre-
—14— ce! y yo, probablemente, lo completaría eh esta ocasión. .a
Yo no sé cómo pasdei tiempo; áoforecuéi^ do que estaba apoyado en lá obra mtieirtk del buque, mintndó ía superBcie dfel oc&n'ór cuyas aguáí? se ehnegrecian á medida que nos remontábjimóB mas, cuátidp; escuché el sonido dé la cHnetfca campana que noB lia* mába^á comer.;
Mi pi;ínier pensamiento fué quedarme ^o^' br^ cubierta; pero era imposible llevarlo á cabo; solo dos noches y un día me quedaban cerca de aquella fascinadora mujer, y hubiera sido un crimen prescindir siquiera de verla.,
¡Oiiando llegué á la mesa todos Ids puesto» estaban ocupados en el mismo drden en que los vi anteriom^ente; tomé el mío, y busqué la mirada de Ejama. Sus mejillas se colorearon lijeramente; bajó los ojos, y ya no supe lo denlas; porqué la emoción qué yo sen^ tia^ los pénsaniienitos qiie se sucedían en mí cerebro con mas violencia qué las olas del
mar QU1S íbamos cruzando, todo, todo me tenia fuera de mí.
Jíii)«^troi> comii^ñerQ6 di^ viajen dé qniísaes no me Ue ojapado áÚDy eran> varío». yánkees' con sus' respectívas mnjcbres^ > dos españoléfi^de edad) algo.áva^adfiv ^
El capitán sbhféia ipaliciosámenté ; Emma con los OJOS fijos én la mesa, .6ín atreverse á
levantarlos por" no encontrarse cdnlos míos: lós'yankees comban, no,' devoraban aquellas carnes' cocidas con mánt^quiHá^j y los espá^ noies con visible repugnancia se, llevaban a la boca aquellos m¡air|ares aiíiericanos, tan distintos de los que ellos acbstumbrán ton^ar. íil capitán rcimpid aquel silencio/ ^
— H^^épQ^P ,jíf^^J|P^^^ Yí'-,.^^^ afecciones,^ me rdiio/en '^legante rv correcto francés; esa
jdven puede ya nacer cuapto guste del cora-
zon de. vd, qijftjg pexlenece todoept^írp. Y
debp adviertiri^, que tiene demasiado talento
para envolver^ á vd.,. qu^ ^^egún .^pprece, es
mas jdven de lo que yo ^créia, según es de
—16—' impresionable. Muy tarde 6 nunca llegará Td. á olvidar este viaje, ¿no es verdaal*'
—¿Está vdl seguroy capitán^ «de I q«ie ésa linda j6v6u no nos eBCUóha ^ entiende? ^ —Hace ya mas de tm mes que'JTiaja en este vapor, y en españc^ alguná;d(d8a >y caiái todo en inglés, hemos hablado ella T yo. ,
—Pero bien ¿me na de presentar va. á ella?
-rSi me confiesa vd. que la áma^ \ , i
-— ÍTo, no la amo; la adoro con toda mi al-, ma y seria muy feliz con solo poder hal)íarle, aun cuando no fuese mas que para sufrir un desden 6 repulsa suya. , , r
— Pues bien; esta .tarde á las Seis, sobren cubierta, ¿quiere vd?
— Capitán, es vd. el. mejor amigo t^l mundo.
Volví los ojos l^ácia Eíhmá^ y la yí en* cendida como iina floír ¿e granado, líos habia escuchado sin duda. \ ^
El capitán continuaba soririehdd malicií)- sámente; los yankees devorando las papas cocidas al vapor, y los dos españoles viéndolos con repugnancia.
Termiiiada l;a oc^mida^ me dmjí al piano qué estaba ^ el mismo salóii, y toqtié esa preciosa-'óoMpbsi^ion que se llama La n'az deb ^étú. >£liiiM.^ h^a^ coñudo en el océafio^: yo kabia' é^ieitehftdo Í¿ vo? del: cielo: Na . qídse tóc&f piesk' a^úna mas^^que esa;* y má : letfitotéi •'-'•> •^-- ii'..c-.- 'i .-' *' i:. . '. r I-
'M ¿h^iiid^ i mi camarote, eiüoontré ea^ mi ^iármittO ¿;Emmá que declja al capitán» en
— ¡La VOZ del cielp! linda pieza; pero ha 6Ído ejééütad^ |)t>r üáa mano que tiembla, y no ha isalidé^iJMr petf^ta; auiaqua sé conoce <iue tieáé ísiábéimifenito éise j5véti mejicano, v
'Yó bicequéiíQ había! oido uha solfi palabra y entr^ á nii cátoárotel
'Cuando íne vi isolo, saqué mi cartera y de <elia la fotografía de Isabel. * ¿Por qué ne* gBitlol Una' lágrima era la despedida que (k. ba yo á aquel ser á quieii habia amado mientras no cOn0c^ á Emma. Pero era ya imponible contifiuair. Mi corazón se habia rebelado, y no es el hombre dueño de su corazon« Isabel, ¡pobre Isabel! Era preciso inu-
—18-
tilizar su imagen; aquella tarjeta fptog^fica no podía estar hien sobre uii pecbp que no^ iatia p6r el original de aqil^ reí^tp. Díun beso á aquellos ojos ;que tanto Jlabian^^Uoradó el diá dé mi partida: ooAt^^lé.^qm^llf^ frase: ''No me olvides;':' be^é la firma y rom^ pi en mil pedazos la fotografía. Cuai^^pr^ ' flexioné era tarde. Había: yo «rrOjJadp !ppr la Tentanilla del éamarote loñíti^fW»to»del retrato que vagarían ya, impulsados porj^ olafe. /A ^ • : • ,V. \ .:•. •'/. vov
aquel instante; pem YÍ»0[4;<^í»j?n*? fíí^ ^flu^l estado de^ a^igd^d el sonido de^jp^auct^ E$t
cuché: era la niisilijft p^eza que ha];)ia jo tocadp pocos momentM a^t^s; ^ra la voz dfil cielo, p^ro ejeq^tada por una^ joianps divi* nas« A «poctí el ^t^o en él océé^no; tan tierno, tan misterioso. pensamiento; fué ejee^tfL* do con sin igual 'maestría.: . ' . ^ ; ,
Emilia babia befmanado :las dOft qpmposi* ciones. Yo que estaba' l4eliraQ4o^ con su amor» soñé ({ue nu^ti^da3>' almas Jii^h^bi/ta comprendido. \ ^
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¡Las seis de la tarde! ¡ah! qué lentas pasan* las horas cuando operamos aquella en qüc vai^decádirse nuestra suertel La ]ma.iba' en efecto á decidi/se: basta esa primera, en*», i trevista para comprender si puede 6 n0>:es^j peraartitiestro corazón. ^
Saqué mi reloj. Eran las ¿uatratoduvíayY^ necesitaba abismarme en mis pénsámimltoa: No era' jK>8Íble le^, y sabi á coñtompla^jj^l nxar, y á recibir la brissi que habia ^omenza^ do á soplar y que niecesitaba yo para lioef rescar mi frente que aidia* « -^^ . . . f
Ante mis ojos se epctendiá el taiar» tira^, ' quilo en aquellos 'm(mient09v rizando m ^\k^\ perfície una brisa apacible. ¡Qué betmosa es. la tardé en el mar! En Occidente» allí dondie, parece que éncueñti'a el sol u,na tumba díg^^ > na de su grandeza» brillaban las nubes» doradas por los rayos del astro rey» y áemejan-^* do variados y eapricbosos patsá jés« : ^ >
Todo era bello, inspirador» én aquella bo-' ra» y mi alma rebosaba tehmra y sentimien* to. La imágdn de Isabel soliá .apare<iél^senie; pero pensaba yo en ErnTO^-, y la fírijEaeifa me
—20-^ parecía un sueño hermoso cuyo recuerdo» únhse y tri$tei,,veBÍa á hajbgarme como toda meákoim de ^ uu ;faiea^. pasado; en iaittó^qáe Enraia; <»ra L uiia eisp^ranza qué nie prometía iifir:;gQyae supremoy infiñitoi : > . , -Ir-
¡Cuántas ilusiones acarieié'dbraiiteeLtieixi^ ^(T ^ que aporrado en la barafadilk dd btiquct^ le yeia' deslizar icon IfL rapidez cún.qne s^áheiab^ y^que pabasen ka ' hdrás ^que &U %aban par^^ que sonase áqiabüa &x ^uemi ^migo JdL capitán ^ebia abrimie las puertas del paraiso, rela^onáudome con Emma! Al %n sonaron las seis campanadaet, y C0n exactitud inglesa vi- ¿parecer ála^ jó^eu viajera, radiante de liei^mosura, apoyada en el brazo tlei capitán. ¡Qué inoménto t^ solemnel fientia yo algo que no podré explicar nunca,. y al mismo tiempo, los celos con todo su furor se desperiaron en mi corazón.
Yo sentía fiebre al ver á aquella mujer, tan dulcemente reclinada en el brazo de mi amigo.
— ^Señor don Carlos, me dijo el capitán; tengo él honor de presentar á vd. á la seño^- rita Émnia Jarris v
—21—
Excuso decir otrosr pormenores; media h$)-. ra después, cuando el sol se había liu«idido ya, Emma, yo y el eapíian, estábamos, en él salón, junto al piano*!
Si la Hermosura de aquella joven canjkiyaba, su inteligencia superior, su trato exquisito, su amsá)ilidad y basta bu instniücion que se descubría al escudiárla, vplviaá loeo de amor al hombre menos impresion^tblé.
— ^Don Garlos, me dijo Emma; ¿seriii vd^ tan amable que se tomase la molestia de^ repetir la Voz del cielo qae ejecutó td. al medio dia? ' / "
—Con una conílicion, Emma, con una sola... ......
—Sabe v4., dou Carlos, il|tejpruí8|iió el isapitan; que el mar ioomienza á altarte y que tendremos mal tiempo?
— ^No, capitán, contestó Emma, sin darme tiempo para hacerlo; sabes muy bien. que mientras estoy á bordo, no hay borrascas. Confio demasiado en mi buena estrellaj para temer una desgracia. ¿No es verdad que son infundados los temores del capitán? mía pite-
fgusKtdoon nma voz ^n dulce, tan Mena de c^haootnía^ qué sentí que aquel acento llegaba .hasta eL fondo* deiiiáiiis«>ra£on.' ^! .
— Yo creo que yend>o ehr oompanf a. de vd., ^^t^e^es un ángel; no puede sacedérnos mal
• ':£i ;¿a|atan áoateiá ¿óti^ku acostuilíbicada máliisiá.^ íj Taifid; de conf ersacion.
Tdqtié! la tpieza que Ennna nie ¿abia .pedí-
>do yit»*^nta$!i?il nai cgni^^to piodiatt -herir fiaafibsras de su icoraaoii^. - ifííA^'SA .vto-elU «entiíse al pinino, y .ine irasportó al cielo. f jí, i •
uj; -Degididametíte aquella mujer era una hada, y ya el mió no era amor sinp deliria Y
-j^n «íiaSStttiíg^r' ^í toldó cbino él joven. :qsue por Te:&^p]iia^ra sé e^^m^tiftm solo eon la mujer por quien ha sentido* >lp,i primera emoción de .amór,iif)6naá xde a4;reTÍa 4 mirarla,. ' /; ' v^ ^e 'pafiaron lashlotras; ^ capitán, que
. tmmfiñe dar »m órdenes, iba y volvía, has-
^tft'ijniei Rimaron diez oompauadas» y,e»plapa(5:
, tti-Me paorece^ si^fior don Carlos, que no me
-dbspátáivA. por un marido celoso. Emma le
- — 23 — ha atendido como 1<> Iiüi>iei'a' het^ho uña jó- -vén-íbltera, ftóéó Jwíir^ttéy^, que estima á Td. mucho, quise que disfrutase un rat!o 4e büéña ' 'ábciedáa. Tá&i pocos ^^tóajeVos^ he l^áíidtf^neéié -viajé,, que sin -nosotros sehabria vd. fastidiado de lo lindo. Muy buenas n¿t!hés. . EímMá, despídete deldeáor^'^ has-
ta mañana.
Si la vóss de ytla^ hiübiese llegado ámis oidos, menos me hubiera conmovido; )al;empéstad con tóQos sus: horr ¿íres era men¿s desastrosa para mí que aquella horrible^rev^- lacion. *i • .-''■'<■
Yo me" abifásába. ' ' i^irtí^ iaai9 aire apetecia, j>6í^qíie.lafiebtb'dieñrdraba mis entrañase. Pa« 49émé la üxáfóT^pSLtto de'k^oehé sobine cuibieírta; hasta ^tte rendido 4Íe' eaínsáncio,: me dirijí á úkiéáiÉísaot&. - — i
jl^beít^^é' ^caáligó tan hortiUe ¿te ha i&puisstó fel ¿íéíó 'ptir tiatlerle olvidadol Perdóname, poirijlief ya estás '^n¿ada. Si tá hubieran elegido tni - tormenfib, i habrías sido
óoféños eruél. '
Ünós g0}p¿B dados fuertemente á la puér--
let^tgo en q\i$ qiíi(i^44 suxo^gilioála madru-
— rPíC9^,qHÍea sea, gtité ^Mdi^ mi lecho, cdn la voe mas luerte que |i>e'' fué da4<^;l9iizar, ■ • ' ' .-'vir . • '
—No le creía á vd* tau dorjpaído, señpr njan Carlos. Emma ha extrañado á yd. Hemos toumdó el . ¡umh^y no . se h» dignado vd. acompañátnos^ . •. ;;
¿ELAmcA^ capitap, puQS qiiié hora tentemos?
*— Son las doce y media.
-r-]yfe acosté tan t?r4ejqi»€k -pe. quedé dormido. . Ademáá, no m^^ .sÍBnjtp;íAeii y pienso no abandQnar en todo^l^ di^v^^t^ ^^^^e^^en que. me hallo? metido^ Mag^pa amai)<^cere« mos fondeados frente a YíFMK^ííJf ?;•••<•/ / -trY Báltwá Y4iá Ji0f $ft. Ji%y/^4Q ;4p nP^ otíog ¿íio es y^wJad?i4Wi;Qfli^j^Qs> <e? vd. mjoy ingrato cu«ij4pí#(JÍ408§as^<lu^.^ (br^^^ jé toque ááu. térmico. > Piws flpfjre vd., ^tfijpaa no quisiera llegar á Veracruz,. jg^orque^ite^ipie al «(^míío, y}K>rque ya fio'volv&pá, ta^ ' vez
—25— nunca^ ámsla^Voz^deldelOf tan admirablemente ÍQtéií»retada;
—Por DióSy capitán, yo le ruega ávd. que no mé vuelva áíJuiblar de su señora, if Tendría yo derecho parft .recQuVr^nir ár vd. amistoaai^iente; pfiro, ^q: .quiero, , haq^rlq; ^ ¿Qué necesj^dtad tenjia yd.de oculta^^ qu€{ Emma era su WJjer, .cjiandp: cpwpre^diá, yd- .4esda el instante en que me vio frente fiíjlla^ .^^, su hermosura me habia cautivado? ¿Por qué alitrieátát^ínis i¡^&ioiík;%ím\^^^ Clonarme pon ella; por qué en la presentaClon, burlarse' así dé quien tiene. por soJio'de-" lito el adorar lo hermoso? Capitaií; vd, rio há> querido set^ Yin buen^ áioiga en estáloea-
'^^antra*;»!: ooBtombfe^iel: capitán soitdruiia> caarcdjada' q^e respnd durante unrádnstanti^.
>T^¡Qué tilo serio toma vd. laa.^Qosás don* C^rloi^!.: PaMoe rdu ^n jovencko qué acaba de éálirfdel cpJc^jSaíi'í^ '. ^ -«* í > u . ;
.' -thIi^ o^Iquitetra 'uianerva: que -sea, ^mucho ' n\BÍs xaeriUff^hecho td^j^ papi^aa.i * Si en^ ^la ine^ aa ipie Jbubiera^ vd «^{bebent^o edmotal ¿ sti>
DOCE LEYENDAS* — 3
—26— señora, á buen seguro que faubieisoe 70 aeuriciado tantas ilusiones y coíicefaido tantas esperanzas. Pero vd. deseaba, divertirse^ y, sienta \á: ^l ealor de mi'nuttnb^t^go fiebre;
f * ir.
— ^Ah; don CMos, yo no (á'élá que vd. fue*
rá tan impresionSable, ni düe diese ten ^nte*
^ra fea mis jwtíáíbías, mucho teas cuándo la
risa qué Wía vd: eti mi^láhiik deliía bácerfé
dtííar cuando ménds:' ^^'> ■''' "'
^ " •; ' ' I . T
T— jCómo!.^ ¡pera cierto qu^-Empia ps .librq. y que puede llegar á amarmel Si no me prepara yd. un nuevo deseúgaño, calme la an^ siedad que siento. . . r ,
-t^Don Carlos» £nima éa^iuna, hei^nuUÉ^ de' mi señora^y viaja conmigo, maspor necesidad quc^por gusto. Loismédicosiaconsejarton>^e na^gase algunos meses» y por «so VEk acompaña ahom.^ Emma.me ve como á uiíiT^r' dadero hermano, yX^ace mi vokintad. Leihv dique esta broma, y se preafcó ^ustoBaxílBerdonevd, si la broma le Jhá dia^studa, y conténtese icon.aabeV'.que .Emma Iellarié(itra« nada j^:me ha preguntado farias: feces por
—27— elj^ívea mexi(É»i!i6: Pero me necesitan aiTip ba. AlK^agüardó.
No había acabado de detsaparecer el íoapu tan, cuandb iné lancé del iücdmodo lécbo en que había peñisadi^' * permanecer. Me vestí con increible violencia, y salí coú Sniíno d¿ estar algún tiempo sobre cubierta. Mas al atravesar el sglón én que estaba el piano, vi á Einijia dirigiéndose ^1 lugar en que deiseansába aquel instrumento. Al oir mis pa<- sos, volvió la cara hacia mí, y se mostrd sorprendida de verme.
— Creia, señor don Carlos, que no quería vd. vernos hoy.
—•Su marido debe haberle dicho, Emma, que he pasado una noche fatal, y que por eso no habia salido á ponerme á los pié¿ devd.- ' '-^-'^ ■ '" ■ •'•':■'
• • • • »
¿—¡Ah! ¿mi ifaarido?-^pués eabe vd. que no le cotidzcó? : * '
.¿^cattitán;.......:
—-Ese es nii hermano. Bien se conoce que le ha tratado vd. poco. Por eso ha creidó vd. sus bromaá. "Si vd. rio hubiera estado cabiz-
—28— b^jo anoche, hubiera yistQ,;^^ js^ña quQ yo quería hacerle, para quQ nq proy^f ] ¡v;erdad las palabras de^, igi Jiejuí^iip.; , .. ú ; ' : -r^Emmía, ,e^y . vd/ H ^ BRujer aja^rS buena y
tCi4o.eiL mal qup.esa n(Xtif(¡jp(^iii/e /Sgusaba? m: rrCo^iF^í^dí 4^^ toflífíí^pníe; vd. por mujer d^l eapitorU T^^sfiyia yu^ypí p^rieáftdt y que, el viaje iba á Ber mas mpncftonq, pu.^to que par£^ un jdven, e^ preÉ^ible tratar co» personas libres como él. . .
— ¿Y nada mas?
— Nada mas, Carlos. Bero, ¿qué es lo que ha tenido vd. en la noche, que está su sem* blante tan demudado?
,^ — ¿Y me pregunta vd., Emma, lo que sa- .be;^ejqí'^úe.>o mismo? ,,¡.:;. .: j// , , ,, .
—Mal puede ser eso, don Cárlqs, cuff^do
penas y las alegrías de vd., y qne;gQ.jgyj^n.-í de saberlas porque no es iu^ii^Mt5ipi.x:urjips^i ;Cc\ixio diccja I9S kpjubT^^ que^^/spmos t0.4^9'WmuJQres. /i .r ■ .r ^l-j .? . . .
y-^¿Me creerá vd,, Bn?nia> ?iípor el santo
—29— aíuor de.ipi? padres :1o protesto,. le jura que mijis, labÍQs np Iiap d^ii^jr otra cosa mas que lo qi;e mi, »ln>a piensA; yulo que mi eorazov aeute? /
— Hablé vd.
f*-*'Tfaiiqtiiló, aunque sin los goces que mi alma soñadora ambicionaba, se deslizaba mi exifltetieia en Mérida; en esa ciudad en que la b Olí dad y la gracia caracterizan á la mujer. £11 artista no podrá escojer allí el mo^ délo de un ciíaidró que le inmortalice; pero en cambia. el hQmlvre lámante del hogar^ en'- contrar^, á cada p^i^. upa compañera con todas las virtudes que el mas exigente pudiera apetecer. Permítame yd., Epma, este tributo al m^ritp de lasjbijaadiel suelo en que nací . ^.^^bijí^n pa90i[}o algunos añps de mi juventuc^^iu que; íQii CQra2;Q,n latiese por el amor il^..ji)Í4guqa,:de^^9 .^alla^da^ y simpáticas hüs^J^.Y^fBit^T^^^ el sol que
dorasT^s campos. ^ M^s cpmpaniei:os depolegio, teman I qada uno/ sus novias; gozaban en referir sus aventui-as, y muchos me faacian 8US oonfifiencias. rAlgunajSMirpces me euco^
m^üdabi^n la eoBíteataGaoii de las cartas qtte cman difícileSi y ios^Imáfi tíié tomaban eobsejo. No era yo, cíeítamente,' mayor en edkd que ellos; pero á mi carácter reservado debía yo las^ consideraciones que me dispensaban. Tanto oí hablar de amor^, tan dulces me parecían las frases QstamtilMÍa3 en las cartas que leia, qu0 fué despertando en mí el deseo de ser; amado. Un día me permití el lujo de asistir á ^n baile de Gairnaval^ Y no crea v^» que el Carnaval de Mérida se parece al de qtros pueblos, en donde esos dias son de osoándalo y desorden, no; allí se divierten y bailan ]a& clases todas de la scyéiedad, cada lina en su r^pectiva esfera.
£i baile á que concutrí, estaba encantador. Aquel salón espacioso estaba literalmente ' lleno de elegantes damas y caballeros, entre los que reinaba la mayor cordialidad y franqueza. Allí éÉtába Ijáabel. Isabel es tíüá jdven dé diez y seis años, á quien creí, antes dé ver á vd., la mas linda y buena de las mujeres. Yo,^Emma, siempre he tenido una idea poco sublime del baile; me parece Hasta
ridículo^ pero Isabel estaba baüando, y com<) yo igopraba el modo, de moVer los píiés. al compás de una <ianjsa habanera, logré con mil afanes^ bailar coa Iáabe][. Hice' lo que todos I9S JiiOjQibi^a hacen; incurrí jén la vuU * garidad. de declararle iiai ítmorenimedio de la danza, y entri^ el co&fuso •ruidO' de un baile (^ Carm^vtfly Isaból t^uvo eltaibento aecesario, para }ii(c|3rBie e0P(qebii: Uixa esperanza, sin corr^&|H>nd6rin6« i ) Pastíron los dias y... :.; :,. faíjdtt0£iO;<iel.Qtfriáx> do Isabel. ' Su familia llegó á si^bei; n«iiestvas. rekeioneá, y parecida; 8i no complacidi», 1 i^igoada/ Poco á poco fué tertninando aquella tranquilidad, y la mamá . d^ Isabel ^n^ 'declatd u«a gueñfík á muerte. La pobre niña, me amaba; pero no tenia la £uer;i(a 4^ yoluatiá.4 necesaria paira contrarestaraqudila pppsicioQ^ . Grado á grado hxi comprendiendo que Isabel.no tenia Ja inteligencia que yo dpseo en la imujer que ha de cautivar para siempre mi:CQrazo^• Isabel es muy bu^n^, Isabel me ama ; péj*o ddio á su familia, hay en ella algunos pretendidos, misterios que no Jp son para mí, y no me
quedó otro arbitrio que huii? de Méridá. Me despedí de Isabel, sin prometcftle volver. Ella me entrega üu retrato, :que tenia detr^ estas solas .palabras: ^'K6 me olvides." En mi cartera llevaba yo ^a f otogi^afía cuan^ do me sentéri ayer á la mei^ á la borfi dél lumh. Guando'' me retiré á^ tni (Camarote, después de babdr'oonteinpládo á vdl/i^ihpí la fotografía y arroja los p^aj^os ^-^ttiai^; - íYo amé á. Isabel mientrasieréi que üd pódié 'séhtif^inayoros eihooiones qué las ! que ¡ella i¿^' causaba. Hoy ést¿y r ocmvereeid^^^é que nó ^ puedo amarla des^es^de- hsíMv vtstó á vd.i' Etnma;he hablado i! id. /como: hablan* íúi^ cat<$licos á m éoTkie^úr é lá;flvorá de lá'muér^" te. Yo no lé pido sino que no sé' ría de eáíé pobre loco. Perddáeme vdv y nada nías. -
Emma no éraunámujeirvul^áíí'. Mepréstó atención^ durante ííii reldt<)^/ y 'cuando 'hübe tertniüadd qüfedóse tínn^ato «ileficiosáVpe- • ro á poco me préguoté":- • ' • '• • • '>
'— iSab$ vd. algüíta '^ieza-'f á ' büdtt'o tak-
nOSr — La **sérenata** del Faüstb.
•«/
—33—
— Pues si vd. no tiene inconveniente, la tocaremos» porque esa ópera, como todas las de Gounod, me encanta y la he estudiado alguna vez. Veremos si os posible ejecutarla. - ,
— Emma, repuse yo, nada seria tan grato para mí como tocar en su compañía; pero francamente, soy un simple aficionado, y vd. es casi una artista; perdóneme vd., no debo acompañarla.
— ¿Y si se lo pido por la memoria de Isabel, de esa joven que á esta hora estará suspirando por vd? '-
— Calle vd., por piedad. Ese nombre pronunciado por otra persona que no fuese vd., sonaría en mi oido como una melodía que cree uno haber escuchado alguna vez sin saber dónde; pero en los labios de vd., Emma, suena como una joz que me dice que he sido poco discreto y que no debo esperar sino la amargura del desden ó la indiferencia.
-—¿Tocamos ó nó, la "serenata?"
— Si vd. lo ordena..-
— Lo suplico.
DOCE LEYENDAS. — 4
—34—
Estas dos palabras lleg^pu taa dulpemente á mi oido, que lleno.de emoción^ ebrio de felicidad, pues la esperanza es iin bien supremo, rae senté al. piano. - .^
Afortunadamente no he pretendido nunca iser reputado como excelente músico. Pienso, y no debo equivocarme, . que esa vez he tocado peor de lo que siempre lo he hecho. Sin embargo, Emma, galante ó generosa, no sé, me aseguró que hablamos desempeñado bien
la "serenata."
Habia yo respirado el. aliento de aquella mujer encantadora; sus ojos negros se hablan fijado mas de una vez en los mios cómo .para alentarme á continuar en la ejecución, y se necesitaba ser de bronce para no sentirse abrasado por el fuego del amor. En aquellos momentos no hubiera cambiado mi situticion por la de ningún hombre.
Iba yo á arrojarme á los pies de Emma, para jurarle mi adoración, cuando apareció el capitán.
— ¿Parece que ya son vdes. dos buenos iimigos? Extraño seria que sucediese lo con-
í r
—35—
trario: ¿cuándo dps perspms .aficionadas al arte han dejado de i5im{\atiz^i; y comprender- 4se? " He escuchado la "serenata"; muy. bien, señor don Carlos; en nuestro. . v^aje auterior
me negó vd.-esta.habi^idí^d que posee.. Ya se vé^ no Labia aquí persopí^ que,}U[pjrpciésen lapena.. ; \ r /
— Capitau..,.^-jyo. .;..,- . . ;
— ^Basta, abandonen el, piaxip y vamos á ver. el mar,. , Parece á esta..l\ora una esmeraída inmensa; así, está de ^lerpospi y, tranquilo- / .. , ... ... .,.'
— Por lo visto, no hay temores de. mal
tiempo, dijo Emma. , . /
— ^No.lo.he temido por loque hace al mar, pero otra tempestad .
—Subamos, enlame entopces, para evitar conflictos. .
En medio de tan^ ventura, habia yo olvidado que muy pocas horas iba á durar ya el viaje. ¡Separarnos! ¡Ah! no, no es posible dije entonces; esta noche quedará resuelto mi porvenir. / . .
Un general que va á dar una acción, en la
—36— cu&l peligran su buen nombre y su TÍda misima, se halla menos ^ocionado que un hambre de corazón, de pasiones ardientes, ante la mujer que ama y de cuyos labios espera una sentencia de ventura sin Hmites 6 de dolor infinito.
Temblaba yo como un niño en presencia del sínodo que va á calificar sus adelantos; Emma estaba fiante á mí, y sus miradas me .abrasaban; quería yo hablar, y la lengua se anudaba en mi garganta. ¿Cómo dar principio á eso que el vulgo llama la declaración?
— Menos tímido ante los peligros del mar creía á vd,, señor don* Carlos, me dijo Emma viendo que en mí pasaba algo de extraordinario— mi hermano el capitán íné hábia contado que no era este el primer viaje que hacia vd. y sin embargo, este "norte" le parece á vd. una tempestad y ya no puede vd.. ni hablar.
— Emma, no es el peligro, de que aun tna liabia tenido la mas ligera idea, lo que me hace enmudecer ante vd. no, son lus dudas-
—37— , .<;on que lucho, es mi alma que no cree tener
ftt63iEas bastantes para apurar un d^s^ngaño. £mma» no soy cobar46 ante el l^ngjklo de las olas que s^ elevan al d^rre^Q^ de nuestra nave; pero lo soy, y mucho, a^te ^os labios que con.iin acento. mas dulce ijue aquel oon que las aves se quejan, va á decidir mi suerte, ^
— ^¿La suerte dp vd? ¡No lo compren;|p!
— ^Es que adoro ávd. conlocwra, y que le Tuesto dé aliento á mi corazón, 6 marchite de una vez mis esperanzas.
— Carlos, piense vd. que ¿1 silbido del viento, lo forman, las quejas que en . sy. desesperación al verse abandonada, burlada, Isabel le dirije á vid. y hasta á mí, cuando desearía yo ten^r influencia en yd. p^ra hacer que no la olvide. No, yo no quiero interponerme en la senda 4e nadie; yo no quiero amargar el goce ismprenio del amor t^on el martirio ^el remordimiento; yo quiero ser feliz, pero sin que mis sonrisas . cuenten lágrimas. Esa joven que ha quedado pensando en vd, en sus riberas natales; que en es-
tos rnoíkfeütos pide ál fcfeló, segaratóiáüte^ qtie Wáíndá brisa c^Wiüxéa esta nave; em joven qué lié lia d^tt á td: el iñ^or imytí^a pata €(úe la abtttidóne, osares la qué del>p ha^ cér á id, í&üí; iw> yo, la desconoéidá; }á hija de otras regiones, la tia jetará quiéii pon casualidad se eucúentttá en medio de las sociedades del mar, y á quien una ilusión pro^ pia de la'imá^iíiaéión ardieüte dé'vd., haiie-^ cho apareced como en realidad no es. *
— La ilusión, Éiiimá, la engendra la'hermosura física las mas veces, y por p^o mas fácilmente acaba; jíero cuando en^tiníi mirada lia léiáo^ uno algo.tjue dice iñas qué las
páginas mas sublimes; cuando al trátai; a una persona descubre tesoros no ignorados, pero sí soñados durante ínucbo' tiempo sm verlos convertidos en, hermosa realidad, entonces líace en elálína esa afección puríshüá y san-^ taque fórmala inás dulce' y tiéinia de las pasiones: el ámci*. Yo no vengo á Vd. con esa necia é injüiátificable costumbre de negar que el corazón ha latido antes «por otra persona; no, sincero y leal, he confesado á vd.
-3é—
que hasta liace poco ocupaba ñii pensamiento otro ser. . Si posible fuera guiar nuestras acciones según el deber, según la razón; si~' solo una vez s¿ pudiera aih'ar en. la vida; si fuera tan feliz el li'óüibre que lá primera mujer á quién áiiió satisficiese todas las aspiraciones de sú alma, Vo haferia contemplado á . vd. con la yéHda'-con qué sé admira una obra maestra del arte,; y nada mas, pero no; yo he evocado mis recuérdela; hé traído á mi memoria los juramentos que pronuncié antes de paiHír; be coni^úrphAó céú los ojos del alifta las lágrimas que acaso puede ' verter Isabel por mí; en todo eíso y mas, be pensado, y, sin embargo^ he oreido que debia arrostrarlo todo, y declarar á vd. el amor que me ha insp^ado.. Yo no le pido á yd, cuentas de su pasado, no sé si el corazón de vd. ha pertenecido á otro, no; yo he ainado á vd. desde que la conocí, y ese es para mí el instante en qué vd. vino al mundo. El temor de que fuese á confundirme con aquellos que juran amor á cuantas mujeres encuentran en su camino, me hubiera retraido; pe-
-40- . ro creo que una j<5yen de talento sabe dis^ tinguir al amante verdadero de los galanteadores de oficio. ^ Adenoás. es tan limitado el tiempo de este vi^je, que he vencido to4a consideración^ y. me tiene vd« á sus plaiitas implorando Una fr^SjB siquiera d^ esperanza.
— l&p. breve^ Carlos, vd. j yo w>b separan, remos. Mi auerte^meyolvearáá mi hogar, y, á vd., lejos del suyp; pero en medio de nnft sociediad ,9}:^lta,' en doode hay tai^tas mu|el:eshermosiai^.y amables^ en d^nde: la gracia, la simpatía y j^l amor son fuentes. it^otableSi allí, Carlos, .se olví^&rá dé la deácidiiócida compañera de viaje, y tal vess^hasta de Isabel.
— ¡Oh I po sea vd. cruel.
-*-¿Nó me tendría vd. poruña coqueta vulgar si hoy, si n reflexionar ni un momento, coiTespondiese á su amor? Piense vd. bien, Carlos, y verá como la razón es mia.
— ¡Jamás! no, yo no ci'eo que las coquetas son las que corresponden al hombre al declararles éste su amor; por el contrarioj las coquetas, para ostentarse como en realidad
—41—
no soQ^ fingen una vacilación que no existe. La mujer que ama,*. .,,^.. ^
— rBíen; pero y si jjro apiase á otro,.. ...
— Rei^p^tai:!^ ese anaor?,^ y ya no importvinariaÁT4^,: /. ,
— ^No, .Cárloai, yo no amo anadie...
• » . •■ .^ k - . '. . i . ' ^ ,,f ' ' . ' . '
¿Anjor! ya f^ fCog:i.^un^ pluma de tus ají^s Uapcas, ^o puiedo describir ese mjstedoso €nc(wtQ, e^.£^iqi^a(Í^\iprema <jue*^ sientan dosaloiajii aJl.C9ni^Vip4)rsie.^nrua(i sola, tiei]|da al menos to u)%¡ca. yenda ye vibre este pa-t' saje que up m^ es d^ble trasladar aqui.^ ^
Mi existencia desde aquel momento fué un himno de amu^ry de veritura. Solo el que ha amado aíguna vez con.esa ivehemencia délasalmas ardientes, podrá juzgar .hasta donde era yo el mas feliz de los hombres.
Cada instante que pasaba me hacia descubrir uu nuspvQ tesoro de amor y de dicha en el corazón de.Emma; Sus palabras eran dulces como lá miel de las flores; sus miradas suaves como la luz de la estrella de la mañana. Aquella frente pálida se habia.cu-
bierfo de una tiiitia suave de rosa: 'cotíio las nubes (Jel Oriente cuando se ápró^óia la aparición del astro del diá. ^ • -^^^
Si la hermosura de Etnina htib?eíá podidoalcanzar mayor grado de perfección/ pfefmítaseme explicárttie así , cualquiera - iíabr ia descubierto en su semblante algo que no era de este müñdó'; algo 'tnás bello íg[üe^ó que nuestra mezquina írítellgeíicia j[)úeSe cúncébír. Yo lie sido siempre tin sdñadbr^ 'pera JáíiiSs aparición ilguni' te tíielíál)^^ préáéntádo líe vestida idé^tán divinos éñeáíitds; Y fes que el amor trasfigúra, idealiza y pétffeécíoíiál
Aquel amor no podia confundirse con otro alguno j estaba rodieádo de magestad y de grandeza'; el cielo liabiá eácucHado nuestros juramentos;" níiestta' voz era apagada por el ruido de íás olas, y la soledad nósbk-- bia prestado su misterio. >
¡Isabel! qué distintas circtiiíétáííciks abompañarou los breves dias de aqufel fuego pasajero que confundimos con el aitübr del alma! Hoy lia sí4q el testigo de niis amores eí infinito, mientras que nunca á tu lado pude-
gOKdr tus 'Caricias porque .estafban pendíenteñs die nuestras ¡accioties» dé nuestras mira^ dasi todos I<^ que creiab 4eiie¥ ún d<)tuiuia. sobre nosotros;
Perdóname, IsaWl, y «i »es generosa, bendice al cícflo qtie ictíféhacé^ feliz. ;...,?
La prome6sl del capitán tse eumplid, por mi mal; * Atm^ no - dombá - ki superficie del mar el sol, cuando abandoüé mi camarote eb las primeQas'hoi^ de. la 'máfiána del Gibado. El buque ya no se movia: estábamos ancla^ dos if^ente al Gaiitillo de. San < Juan de , Ulúa.
8iém{ire es gi^to al viág^roltegaral término de las tMTCsías, mucho tíi|u5 después de baber estado e^tpüestó al furor de las ^las; ^ero mi alma no experimehtd én esta ocasion sino ún pesar tiiuy glande, una tristeza sin límites; i'*- Yo: bubiet^ quetído prolongar indefinidamente aquella navegación; Amaba yo el mar porque en su seno babia pasado lás' horas mas felices fle mi vida. '— ^
La noche anterior había '3^ acordado con Emma laque debia hacer para emprender de nuevo el' viaje.
£a^ bQte en que la sanidad ^acticd su vkita, bajé á tierra, no dm prometer al ca* pitotí que volvería 4 visUarle, pues teii^ el buque que permanecer tres diasem^el pueril*
;Qué triste me rpareció Yeracruz! .
Emplee aJgiUQas hpra^ eu yi^ití^r á mi^iam-^ gos, y al medio 4ÍA yolyí á bordo* r/
En yano iat^Uté; que ümmA y el eaj^^^ fuesen á la. ^ittdiicL
-riQuwre vdv, m» dijo Sounlt, qu» fike dé el vómito? :^. - • i
No pudf^ r^pUoar y. varié de ^Quversamon.
Excusado! fm^il^-^e deoir que misidMS á bordo se repitietíoi^ Qou . frecuencia duraorr: te aquellos dias» : Poi; láltimo, Ueg^el seo^; lado para la partida^ y cuál uo: fué la ^r^ presa de mi amigo el capitán cusmdo me vid volver en un bote con mi equipaje..
— ^Don Carlos, ¿qué pasa que así se vuelva vi á Sisal? .
Que la revolución se ^señorea ájú país,
y que el camino que conduce á la capit^ de
la nación, está plagado de gavillas. Pero
\ que me quedaré en Sisal; no.
—45— pienso emprender un viaje de recreo, y pa-. saré á los Estados-Unidos y de allí á Europa. — Hablaremos después; mientras tanto escoja vd. otro camarote si quiere variar. ^
— ^No, capitán, el mismo en que he venida me servirá otra vez.
— Como vd. guste.
Había cierta frialdad en las palabras dei capitán, y yo estaba mortificado en extremo.
Afortunadamente las grandes pasiones nosv hacen olvidarlo todo.
- A las doce del dia sonó el cañonazo de^ leva y comenz<5 á andar el buque. ^*
Los pasajeros y tripulaciones de las nave& ancladas en el puerto, se agolpaban con ávi-. da curiosidad á mirar nuestra salida, y mas de un sombrero se agitd en el aire por algún desconocido que nos decía adiós sin conocernos. Hay cierta simpatía entre los hombre» que corran una misma suerte, que desafian unos mismos peligros. Por eso nada hay mas grato en alta mar que descubrir una vela en el horizonte y saludar con efusión á
—46 — las pSVsonas que cruzan el océano Quando los^buques se ponen al habla.
Cuando después de largos días dé navegación, creyéndonos completamente aislados, con agua j cielo por único paisaje, encon^ tramos que hay otros que desafian; los mis> mos peligros que nosotros^ el corazón se dilata y se siente algo que no es fácil expli-
■ ■ * * • »
car.
Habia en mi corazón cierta tristeza indefinible, cierto malestar de que nq podia darme cuenta; así es que cuando dejé de mirar las arenas de la playa veracruzana, un suspiro exhalado del fondo del alma se escapó de mis labios. Mi corazón palpitaba con violencia, un frío glacial discurrió por mis venas, y un presentimiento doloroso hirió mi xíorazon.
iQué. pensamientos tan sombríos bulleron en mi cerebro!
Entonces recordé una circunstancia que habia olvidado en medio de la embriaguez -del amor, y, lo confieso, me estremecí, como
—47— si hubiera. visto que el amar me abría en su «eno una tumba ignorada.
Aqiiel ni^mero fatal de los que nos ^qjx\ábamos,4 í^íM^jSa en el viaje anterior, me preocupaba hondameute. , . .. /
Nada bueno debia esperar yo qué habia fornmdo parte ;de los^i^r^c^, j me asüfitaba ^sta idea. Será tina preqcupadon, será una necedad creer én estas 'cosas; pero era. inveneíb)e para mí aquel temor al numero ^ trece.
Vino á distraerme el sonido de la campana cbínes'C2¿ que llamaba á dotner. Dése&ba yo ver á Emmá, y al mismo 'tiempo recóno- "cer á mis compañeros de viaje, y acudí á aquel llamamiento.
JM^s presentimientos comenzaban á reali- :zarse. Una vez sentados todos, y ocupando yo un lugar de distinción entre el. capitán y Emma, encontré entre los pasajeros á tres paisanos mios que volvian á Sisal. Parece mentira, pero bay ocasiones en que los pai« isanos son una calamidad.
—48—
Se creen con derecho á juzgar todas nuestras atenciones; miran mal nuestra predilección á los extranjeros, nos hacen recuerdos importunos, nos agovian con preguntas indiscretas y acaban por desesperarnos.
-^¿Tan pix)irf;o te vuelves, Gártos?, me preguntó uno de ellos^ vi tu nombre entre h, litsa de pasajeros que publicd el Progreso^ y no sabia que te hui)ieses dedicado al comercio; solo los . comerciantes hacen viajes tan rápidos.
— ¡Qué niño ere&y Emilio! exclamó el otro
sin danne tiempo de contestar» Carlos creyó
poder divertirse con e^te viaje; pero se ha
convencido de que no puede vivir sin Isabel,
* y regresa á verla.
— No creo que tengan motivo vdes. para
interpretar mis acciones». Razón he ífenido
para volver, y......
— Hombre, interrumpió Emilio, por un
viaje de unos cuantos dias te has vuelto hasta adusto.
Las impertinencias continuaron, y Emma,. sin desplegar los labios, me miraba cada vez.
—49— que alguÁO» de aqpielloB j<$venM proauncuibb el BoAihfe dó IsabeL £1 x&a^tan sonreía inaliciosamente y nos mirab& á Emma y á
. ¡Qtté cobtnmadfr «ataba yo! Uñ iMidente mas y me wrrepMtia 4e htibie]! euprendu do el viaje. Bsso ya «a teiiüi renicfdio, y me revestí de una resígnacif^i verdt^dersfmente cristiana*
En. la ta?;d0, «cuando; anbelaba; yo bablar con Emma» los paisanos me rodearon y. apenas pode deciiflatf
. rHEirta. ppobe habitaremos y tocaremos el piano, iquierie vd?^
«-^í , Cáf Ips, yo lo deseo taBe^biem
Pero me; dijo estas palabras «on una langilid?^ ta^^ que. s^nti hs^f^fw^ la sangre en mis
Llegd la nocbe. Mientras mis .paisanos jugaban á las cartas eu el fsalon de fumar, en unión de otros pasajeros^ Empia y yo, y aU gunos momentos el capitán, hablábamos en el salen junto al piano.
Nada tocamos por temor de que la música
DOCE LEYENDAS. — 5
--so—
atngeM^^fb>s pá«¡»je»M^ j nM prívMeii de) plaeer ^fne «^iidábamoB disfontar, faAltuidó
Emma estaba muy triste, y mi corazón. lii¿ tía cott;vioIendiac. ^bmeia-tna de aquilas sua aiíiM*M bfaMeair y 4hat4atti, y la acerítté ámi$láUd#: • Estaba li]frTÍ«f»íó. '^ >'^'
-^Bmma, iHenimo;' té -estad énferniiH; é)t^ clamé llena de emoción.
-^S^^'Cátíos, eb las túortíietñ»^ cdsta»de tu patria sé résfpira "fuego, sé khkóttetSztí que produce la muerte. Yó me íielito ^lÁáli muy mal. Acaso s^ft utm enfértae&d'pasajera; no te aflijas y permíteme^ que mé^i tire. Aü<mrpt%aiÉti; dame tu brazo- ^que sin tu apoya nepddri* llegar ál íaí tíátáintéte.
Yo temblaba. EáftUv&Iré^fi^bliarmlbríi^ zo^ me dirigid una mirada tan llena de tri»- teza y ihelaUcoHa,'tfüé hi«o broter ana-lágrima en íüi pupila. ' *' '■■'' - i' -://|^
Tome una de suíS Utidas manos ylá be^ Otra vez, y cotrí en ; busca délcápitaupám darle cuenta de todo. ' ' -^ :.
¿Podría yO) acaso, trasladar al papel la
—51— bonible anguatía qué fie apdderq de mi córamela desde aquel moiM^to? '^Imposible! mi tormento faé inaplicable. Mi alma éstabii }ierida, y mi cotazon próximo á estallar,
Liegtttaosal piobrtQ dé ñiíáh £1 capitán, téimeijdo gfaadéd perjuieiosr; o^vílté i la sa^ ntíhul elqme hvki¿9& vaten&imo á bordo, para fHitar uiia e^iireiite^. ¥o luehé beróicameuta paqa o(>D8Cguir Que mi amigo declar Bafie la tildad; y )}iipiei>cia:pndkra prestar sat auKiJ^ea á ait^lfl^v (|ue.tidoraba ya cóq deiuio. -. . .
loflenible'í^ mantayo el cápitap, y eoor^ olaUasr imiroperociotiedeit el pii^o, tdIvímosálinraraácliÉi;./ ' • '.>.
Ha&ierft yo pnlbrida arrojarme al mar á quedarme en el puerto, á ¿nifrir esa ansiedad eispantosa ^^fi^ se gieute^ OfiaKdo las pasiones resvistéft de.'f^mM colosales los mas ligeros padeeimiea^ dft }WiBémB .ausentes. Además, '9iia^pak»ja9s^^q«e dpir^nte. la tr^vestaliteroii ,iai ioaíbrary de los eüal^s kuia yO)«idímiQ;de;la '^Aer babiau¿ desembarcado, y estabaiyoi xiOiSQlo^'pero *?eHtr« e^tragosr
—52—
El capitán sabia ya mis amores con Emnrn, y no extrañó en manera algaM qiie al i^epla yo mala eontínuaae hasta drfitt <áe ü^ueli» navegación. * ' / .
En la tarde la fiebre haW^ temado «m ea^ rácter demasiado grave. Entramos él' eapi» tan y yo aieatítoroté'de'Emmfi, 6«ttya cabé^ cera estaba la canKi^<^Ma''dfeib«c[ite. Éli9Qfm«. blante de esta' buena miijer me- Martelo bádta dónde érá grandd el peligra de |«rder para* siempre á la mujer quétanto habia yo amado.
Emma deliraba; al oír mi voz hizo xtnés^ fuerzo y abrí(5 los- ojos. {Ah! ya ño éiiin aquellos brillantes ojosnegroa que^itan^idaLi' cemente me habian mirado: bt mwááé, de
Emma ara. yo oa podré; i^^ioar ¡lo cpie
era aquella mirada! . » >5 V
No pudo habtarifte; ni al ea]p$tá«; y salí* mos áéi camarote éetkeí atina deápédáíbdá.
Ya no tttve^ Valor para'péhétrM' ótira veíi al lugar en qué Ehntúfa sé nüoria^^^fi^^ Emma se moría; la fiebre amarilla, la fiebre á que le temia tanto Emma^ se había desamiliado en su ser con todos sus'horrendos€4rii(ítér0Qt
—55—
La noche estaba serena; el buque' hendia las olas con magestad y dejaba irás de sí una estela luminosa. Las brisas de la noche suspiraban entre las jarcias, y no parecía sino que la tiiatii^lew acallaba tod^s 9sib ruidos para hacer ñas Mpant<^ mi soledad y mi torta^to^'M ]Gstaha yo «dlp OQuoiigo mismo, en presencia de la itimensidad y sistíeiidoiun dolor mas grande qv^Q el que es (lado concebir.
No apoyado en la barandilla del buque, convertido en una estatua, permanecí horas enteras, sin sentir cansancio, sin atreverme á pre^fifar al capitán el estado de la enferma.
Serian las ^s de la mañana, cuando el capitán se aóércd á mf, y me dijo:
— ^DonCatlos, el aire de la noche va á hacer á vd. mal; Vaya vd. á descaúsar.
•— Poí Dio6, capitán, íqué ha sucedido con Kmma?
— Sigue
Mi mano, que estaba entre las de mi ami- ^o, sintid el hielo que circul<5 por ellas.
Tfiáo lo comprendí} Smma Imbia muet*
Seis dins despides de itqttél étt '^ite paM^ fon ^sto8'«taceM6 «ridtíMtti^s, ufé 6iío«flt]^ al abrir los ojos nnn mafiftáft, ett^uan líaUtti!' Gion idesMiioeida para mí;
Aquel no éraí ínl catíiároteV Ham^ y ptegcntdseme un criado.
—¿En áóndé estoy?.
., — ^En la Habana^ sefior, en el H^tel de U$ Naciofiea* Hace dos ,4Í4a,b txajeji;9s^, á yd^ enfermo, por el capitán de un buque aisoj^rirr cauQ^ que puso ála^ pab^era 4e Td. i^node los médicos,ms^s afá^na^oi^ i^ihk ciudAdi^ comendáudolé. <|me 'lo a^ifitie^K)- con todo jesmero. Son l{is nuev^ 4^ la manaqa^ y icl doctor, que vie#e tres ;vgÁ^& al dii|,;U|0*hajde tardar.
— ¿No sabes mas?
— ^Nadaí señor.
— ^Bie0, retírate, . ^ ' : ;
lo, enfcró «1 doctor. '
Era un Irdtófefíé'de^fisdtídmíaVKiícé y n^^^ dable; de muy ftuáé üraDevás' y 'de ntía vOz simptltiea. NiiilP^' 1q QlvMifr^' IHOAí^teiidiiS ibón verdadero csiññQ^jfá m»imifímlQB¡ debí* el restablecimiento en pocos dias.
5 No es verdad" que mi situación era desesperada? Pero dejemos eso que los hombres que no conocen el amor/ llaman declamaClones impertineijtes.
Cuandp el doclpr me vio completameníc restablecido, puso en mis manos una cArta d@ mi buen anugó el papitan..
H^Uaqüít;
"Amigo mío: Quise ¿vitar una nueva desgrMJft, y me idiií^é á aban^d^ar á vd/en esa elúdad/ no isili dejadle bié^* réeóiuendádo auno éé sá» niáis lAte^tígénfes fetéu^tatlrdé: Si algím áw 'ñúfi ^eiretñou á i^ tomo lo espera y; d(|sw, <M^!tiité á Vd. lofs tristes por*; BMUcnnes de }a inuertelle Eft^tna. Ko se canse nd. ea avei^uM el lugar en qtie^j'ace; su tumba fué el óeéánó, pues sal^ td. que tío
^56— es permitid^ llevar cadáv^tes á pQféh . Yo cuidaré de enviar á vd. una heroios^ fgte* grafía de taaij^ mayor, háiiUiiiaijbe eíecu* tada, en que ^mma esta r^|^atada«
Adiós, don Carlos, sabe vd. (júe le estimo
como á un hermano. Adios.'\ ^
■.''•' -••■>' ■•'-■'' Si alguna vez. habéis experimentado ese
consuelo bienhechor que ée sienta al visitar ía tumba de un ser amado, podréis graduar cuánto no fué supremo el pesar de mi alma al saber que jamás podría deppsitatjCoronas, ni vei*ter lágrimas sobre ía iosá de Cmma¿ Yo la hubiera sepultado en el fondo delmar^ sí; pero en un banco de coral, ¿n un sepulcro cual otro ser no lo ha1á% alcani^ado.
Desde eutíoilees el recu«do: de esa aparU cion queeiicaní^ ta^ dul«^neute. algunas hprfici4^ m^^ vada, tfte slgije a tpdfis pf^ijteü; desde entoii9es^l uiar q4e siempre habí» sida para mí bianantiai in&£otable,de p^nsamien*» tos^ pues á su pr^eúcia id úv^ se engrasN dece y el fx^razon j9e dilata^ im causa> c to su rumor el mas: hondo y amargo de los pesftres»
—57— y desde entonces también, á riesgo de que se burlen de mis preocupaciones, no me siento á und mesa en ^ que el número trece prevalezca.
Muchas veces me habia reido de Ips que decían ser peligroso hacerlo; pero hoy, al pensar ea Emma, en la encantadora mujer á quien amaba tanto mi coraron, á quien ama todavía, preferiría atravesar el paso mas pe-' ligroso y no exponerme á un nuevo pesar, ocasionado por esa infame cifra^ ^
Querréis, sin duda, saber si el dia en que torné a mi hogar, reanudé mis relaciones con Isabel. ¡Imposible!
Dos meses después de que me ausenté de Mérida, viendo qué no recibi» carta alguna mia, se resignó á corresponder al primero que le juró amor, y que le contó que mi amigo Emilio me habia visto á bordo de un vapor americano, viajando con una inglesa
muv linda.
Cuando supe é$to, seíití quitarse un peso que habia ea iiii corazón. Podía yo entregarme á mis recuerdos, sin que otra sombra
DOCE LEYENDAS. — 6
— 58— niaB que la de Emma, me acompañase en las horas de mi vida/' ¿Qué melancolía tan grande se siente, cuando atenuados los dolores por el tiempo, acariciamos en nuestros sueños la sombra de los seres que dejarpn este mundo por otro mejor, y que impalpables para todos menos para nosotros» son lo« espíritus protectores de nuestra existencia!
Para concluir os diré que el capitán cumplid fielmente su promesa, y que guardo co^ mo un tesoro ese retrato ante el ci^al evoco, en el silencio de la nocte, al espíritu de la mas bella, de la ma,s inteligente de la& mujeres que he conocido.
Emma, descansa en paz. ¡Bendita seas!
Lector: si esta narración te ha agradado no me lo agradezcas, pues no es sino xm epi' 4Sodip interesante entre los que hallé, cierto ' dia en un libro de memorias que vino á mirmanos sin saber yo como. Esa historia me
—59— reveld á un hombre de corazón á quien yo hubiera querido llamar mi amigo, porque muy pocos en el mundo conprenderán mejor que yo toda la amargura que hay en la muerte de un ser á quien adora nuestro corazón. Además, hay tan pocos hombres de corazón ! ^ .
■* "v.
í . t
3Sd[a.gcia.leiaa.
A Ignacio M. Altamieano.
En la Alameda.
Las auras del otoñó enviaban sus primeros soplos, y las hojas de los corpulentos fresiios de la Alameda* comenzaban á éntapÍ2iar sus calles. La Alameda es tino de los sitios mas encantadores de la coqueta del Anábuac'/no podemos explicarnos ese injustificable abandono en que las hermosas lo tienen, y á fé que desearíamos volviese la antigua costumbre d¿ frecuentarlo. /A la sombra de sus añosos árboles, oyendo mur-
--62— murar sus fuentes á cuyas orillas crecen laa violetas que ocultas en sus hojas nos envían su perfume delicioso» las horas yufifón sin sentir, y el alma evoca sus mas caros recuerdos.
Era la mañana del 2 de Octubre d 1868; el cielo estaba un tanto sombrío, y la banda del batallón de Zapadores tocaba la Caida de las hojds dé Lamotte, en el centro de la Alameda.
¿Eecordais lo que es la Caida de Ihs ho-- jas? Es, como dijo muy bien en cierta ocasión Nacho Altamirano, una redowa que solo los estúpidos son capaces de bailar, y que mas parece un desahogo del corazón enternecido de Lamotte, un soliloquio del alma que solloza y que lamenta sus espéranos perdidas y su6 dolores que nadie com-
prendie, .
Lejos de nuestro hogar, en una mañana triste del otoño, y oyendo laa divinas notaa de e$;a concepción de Lamqtte> figuraos cuál seria el estado de nuestro corazón.
Recostados en un banco de piedra, en una
—esde las calles mas solitarias de la Alameda» veíamos desde lejos cruzar á las hermosas y elegantes mexicanas que entonces lo f recuen* taban, cuando vino á distraernos de las ideas tristes que nos habia inspirado la preciosa redowa cuyos últimas notas acabábamos de oir, y que nos parecia continuar resonando en nuestro oido, la presencia de un amigo.
Muy pocas palabras nos babiamos cambiado aún, cuando el ruido que formaban con sus trágés dos peregrinas damas, llamó nuestra atención. Apartándose de los puntos mas concurridos de la Alameda, parecia que buscaban la soledad de sus 'calles, para poder hablar sin recelo. ¿Cuándo se juntan dos mujeres en la primayepa de la vida, sin hacerse mutuas confidencias? Además, el semblante animado por la conversación, de una de ellas, y la atención de la que escuchaba, indicaban que algo las preocupaba en aquellos momentos.
— ¡Qué interesante está Magdalena! exclamó nuestro amigí^. La palidez encantadora de su rostro, la mirada triste de sus ojosne-
—64— gros, y la expresión angelical de su semblante, la hacen cada ve5c mas bella. y sedíictora. Esa jdven, amigo ' mió, que se apoya jen el brazo de su compañera, y que parece ' una azucena marchita al $oplo del dolor, es......
—La que vd. ama, ¿verdad? interrumpíaios.
— Perp que se está muriendo por otro, que -es un amigo a quieii, sin embargo, no quisiera haber encontrado en mi camino.
Ün gracioso saludo de la jdven que acompañaba á Magdalena, interrumpid esta triste confesión. Aquel saludo revelaba una simpatía íntima, que en vano quería ocultar la^ jdven; pero! saludo que apenas fué correspendido por nuestro amigo Arturo, que contemplaba eñagenadó á Magdalena, y para quién nada habia fuera de la mujer que amaba. Preciso es confesar que ella era encantadora como üná hada, y que el sufriiüiento que revelaba su semblante la hacia mas y mas seductora, pudiendo comparársela á aquellos lirios que en vano acaricia en la tarde la brisa de la ribera, porque los
—esardientes rayos del sol del medio dia los ban marchitado,
.Qaeriendo sápar. á Arturo de su éxtasis, le preguntamos:
— Y esa heymósa que la acompaña, en cuyos labios se ba dibujado una sonrisa al ver á vd., y cviyos ojos han brillado de una manera tan significativa, ¿quien es? ¿Por qué con tanta frialdad ba correspondido vd. á su
saludo?
* ■. ' •
— Se llama Amparo; es una amiga íntima de Magdalena, la acompaña á todas partes, y dizque no puede vivir la una sin la otra, repuso fríamente Arturo.
— Aquí debe existir una bÍ8toria sumamente interesante; vd. no debe ignorarla, y yo le agradecería infinito me la refiriese. Crea vd. que me baria un positivo servicio, pues mi curiosidad se baila empeñada vivamente ya.
— Voy á complacer á vd. Mi corazón necesita desabogar sus sentimientos, y esto es consolador. Usted, si también ba sufrido alguna v^z, sabrá cuáa horrible es amítr sin
—66— esperanza, y ver caer ana á una nitóstras^ ilusiones, como caen esas hojas que se desprenden de los fresnos a cuya som'bra estamos.
Lo que Arturo nos refiriá en lái Alainéda^ aquella mañana de Octubre de 18ff8, forma la mayor parte de esta leyenda, cuya conclusión no hubiéramos podido escribir^ si nuevamente no hubiéramos tenido ocasión de conversar con nuestra amigo^
ir.
Mja.9 dos amigras*
Apostaría á que esos dos jóvenes que ba^ ce algún tiempo nos siguen á todas partes y frecuentan tanto esta call^, pretenden tener una aventura con nosotras. ^
— Tal vez, Magdalena; pero no atino cuál será la elección de cada uno de ellos .
— ^Mira, Amparo; yo creo que aquel que en este momento detiene á uno que pasa pa-^ ra pedirle la lumbre, te dirige sus miradas, y el otro á mí las suyas. Mas á decirte Verdad, creó que el primero me interesa mas de lo que yo podia baberme imaginado. Ya vez que te habjo sin reserva: dime ahprá tú lo que sientes.
—68—
— No hemos pensado de un mismo modo ^n esta ocasión. A tí es á quien prefiere el ^ue crees se fija en mí, y así el otro por el contrario; pero Magdalena, perdóname si te digo que aun mas que á tí, me interesa el mismo que ha llamado tu atención.
— ^No será motivo dé enojo entre nosotras. £1 tiempo aclarará nuestras dudas, y, sea lo que fuere, nuestra amistad será siempre la misma.
— ¿Quiénes serán? ¿Cuáles son sus antecedentes, qué proyectos abrigarán? Yo jamás recuerdo haberles visto antes. Hace un raes que les hallamos en las cadenas^ al salir de Catedial, y esto es todo. Nadie ha podido darme íazou de ellos.
— ^Esa idea me desconsuela; serán acaso dos infelices que nada poseen y que no tienen representación alguna en nuestra socie - dad, que es tan exigente; de manera que caeríamos en un ridículo espantoso, si llegáramos á contraer relaciones con nuestros desconocidos. *
— ^Escucha, Magdalena; pienso que esos
—69— dos jóvenes han de llegar á influir demasiada en nuestra y ida. Tengo un secreto presentimiento que me lo dice.
— ^Muy fácil es olvidai*, cuando aun no se ha encendido en nuestro pecho esa llama que todo lo consume. Conviene, pues, que averigüemos lo necesario acerca de amibos; y si sus circunstancias les alejan de nosotras,, no volveremos á pensar mas en ellos.
— ¡Temo mucho que se cumplan mis pre-i sentimientos!
— Gracias á Dios^ han desaparecido! entremos, y combipemog.juntásql medio mejor de descifrar este enigma.
La conversación que acabamos de referir
tuvo lugar una tarde del mes de Mayo de
* * ' * * ^
1864, en un balcón de liua casa de la calle
de***
Describiremos á las que así hablaron..
Amparo y Mí^gdalena, como es fácil. com» prender por lo que antecede, eran dos amigas ligadaa estrechamente, y entre las cuales no habia un solo secreto. La primera era una graciosa rubia, de talle esbelto, y de voz.
—70— adulce y cariñosa^ Eá sus ojos azules se adi- » vinaba uii corazón tierno y sensible, y en toda ella habia ese mágico encanto de la sinipatía, que todo lo embellece.
Amparo no era una de esas bellezas que cautivan; pero era simpática como ninguna. Teúdria entonces diez y ocho años, (fr lia segunda era una de esas beldades qué solemos encontrar en nuestro camino, y que nps hacen esperar con fé el cielo, de donde parece que han bajado para recibir la adoración de cuantos tienen la dicha, 6 desventura, no lo sabemos, de mirarlas. La mano de Dios se habia recreado en Magdalena. Su frente blanca contrastaba con las rosas de sus mejillas, y sus brillantes ojos, negros como sus cabellos, dinas biejí cómo el porvenir del que la amase sin esperanza, tenian una expresión divina, y denunciaban una alma llena de fuego y de animación. Los labios de Magdalena no tenian rival; Luis Ortiz no les consa^aba uno de sus espléndidos, sonetos» tal vez porque pensaba que merecían un poe- ' ;ma destinado á cantar los triunfos, de aquel
— Tibaldo del 9*mor. Era, en una palabra^ uu
ángel.
Amparo y Magdalena estaban ' la mayor
parte del tiempo juntas. Te.nian.en la socie- — dad una posición ventajosa, y esta ^es proporcioniaba ocasión de lucir, .en los bailes, en *el teatrp y en los paseos. Aunque educadas bajo unos miamos principios, había una di^ f erencia notable eu sub caracteres. Magdalena era orgullosa« y babia de sofocar los latidos de su corazou al sentarse enamorada •de un hombre que no figurase en los primeros, círculos die la. sociedad;, le agradaba eso <que llaman en el gran mund9 galantería de los salones, porque allí su a^pr propio se -^ntia satisj^echo. Magdalena era, sin embargo, de índole noble y generosa, y solo á la 6ducaciQ^ que. babia recibido podían atrí- ' huirse los defectos que hemos ligerameate apuntado; y necesario es adyertirlo: á pesar Áe haber tenido muchos adoradores, aun no luibía amado con ei^ amor que decide nuestro porvenir y.hi^ce de la vida un cielo, 6 la <5onviertp eo.uii mw: de dudas y tormentos.
—72— Amparo era una mujer toda alma» toda sentimiento; olvidaba las preocupaciones de su amiga, oia sin cuidado las frases vanas déla lisonja, y comprendia que gi; corazón necesitaba amar y ser amado; pero no con ese amor que} mienten los galanteadores dé oficio tan pronto como encuentran una opor- ' tunidad, smo con ese amor que se lee en los ojos del ser querido, y qué no necesita de-- clararse en un billete perfumado, ni quiere ostentarse en lossalones, como la mayor parte de esos amores vulgares que forman la ocupación de muchos elegantes, cuyo timbre mayor es que lás coquetea les tengan por su ultimo capricho, ^o,' Amparo rio era del número de esas mujeres, que hallan en el amor un júgitetó; Atnpáro era uha de esas almas que por desgrabii¿ escasean hoy tanto. ^ •" •'"•■• "■'
Oigamos, por un momento, él diálogo que siguió al que llevamos referido, lío habrán olvidado \o% lectores, qué trataban de buscar un medio pata saber quiénes érari aquéllos jóvenes que las seguian á todas partes^
—73— — ^He notado^ dcfciá Magdalena i bvl ávoL
ga^ que éllofi fia váá m al teatro, ni á los
baOes/ y éoIo freeuentan los paseos y el
templo* Segaramente.....*
Anlparo, no queriendo oír de los labios de stt amiga una sola frase que empequefiecie* se al hombre que iba ya despertancfo loa la« tidos éíf su peeho^ la interrumpió diciendo:
*^Lá pobreza es sagrada» si la dignidad la . acompaña. . No sabraios nosotras los motivos que tendrán para no eoneurrir áesos espectáculos; perojel tínico que podemoé sefialar, casi bou certeza, es;d carecer de re* cursos paM verifiéarloJ
•«^Si llegarft á persuadirme de eso......
•^Magdalena! Magdalena! exclamó Am> paro.^OíiiprendieBdo anticipadamente el pensamiento de aquella; ¿acaso al coraron se le faabe ver las conteñiencias sociales? ^ liegaras á enamorarte, lo olvidarías todo por el hombre á quien amase tu corazón. No puedes ' ink^iaafrté h> 'que sufro cuandb considero quela edtcaeiónqué basreoibidoy la sociedad qtte lias frecuentado^ tehan bechoun
DOCE LETENPAS* — 7
tftutD altivak^lot^iilk)SAt l^t^rqito :00 ^ «alelado de ^mmia \m \^9tífi\% que ^pcieiv ran ca» jtodas eaa^^iiwdy^Mií tegcw^ nos educan. Ferd<jnamey amigar mia;'4uiero evitarle imuchasr : penaa; ño iqjuieira qnet U^ue uudía qa^ tengas qie Uoiar. 1% no estás init>redÍQ]s^á, ilo (Dréa;^fiemüQ'ld blvi« déi^ fiín: 9)r6ve aentuíáfi uha pbflif njqu^eiiijtjasnoii]iii€tfi»s amtusto/de ti» pe^Wl IVIafdaleüa! eser.§QTfiD «a siii>rjitt^. iijír: pobi^^ yi tiia pisoeupácumes, .oocialofi. :k ApiprMVaiak jde X^ cwnnio/builüdo^eaoáfijkoif que>l|o^ cíiHiiMi^f a^nacernor.comi^^ndextejiíiiiiiu&íiw^ 9mils^ necesidad mas imperio49u46itaak«ft;|[CiiA«4^ sueñas. ttu arnur ^uBdulcifíqtie y eticante las horaa d0 tu yidi^/ j&ib /!^ír$iul0 de: t^ adoradores^. M^4alesi^. lo fiwma esaJ^wi^lNd supei^^al y Tanate» 1¡». 1 1^^ #0 se. ^mmvíím <in r$sg}(^;%9jox|íieí5frY¿JftJUi gsiiiH^^^ blma; jayeatitó qw si pe)iDtów»(fíliJ>»rnií oroíi.^TTf . '•) . .". '. '"í j* - :Jfí ..-'
. r^fnSÍ^ Amparo, tii UQ ;fe.4quWftt)§iiW:)Dft]lttf«
el rOsMoide Dues^rik }uy;eptad;. .pf^Q $ai9|i£^ to ibd^mas, yo no esto^y epamoirad^i; y |^a
^76- evitar que llegue eBe trance, te ruego que no volvamos á ocuparnos de este asunto.
Amparo varid la conversación.
¿Qué pasaba en el alma de esta -última? Tenia fé en las palabras de su amiga? Los acontebimiéntos que .y^mos á referir, os darán á conocer todo eso.
Abandonémoslas por .algún tiempo, y di« gamos algo acefé^ dié' afelios dos jdvenes.
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Arturo y Luis eran dos amigos insepara-» bles, asi como lo eran Amparo y Magdale* na« Luis, nacido en Guadalajara y crecido allí, habia recibido una educación, si no del todo esmerada, al menos bastante para hacerlo digno del aprecio de cuantos le trataban. A su porte agradable reunia una finura exquisita y una amabilidad bien distinta de esa estudiada complacencia bajo la cual ocultan muchos su carácter real y sus instintos. Muerto su padre, á consecuencia de los disgustos que le habian ocasionado los asuntos políticos del país, en que se habia TÍ@to envuelto desde su juventud, Luis habia
—77— quedado /solo en el mundo^ pues^ su exceleate madre habiA muerto á poco que él yió I4 |az. Qqu la miierte de su padre quedó reducido á un estado de absoluta pobreza, pues los enemigos de aquel le habían despojado de su mediana fortuna. Encontrándose solo en Guadalajara con algunos parientes que babiafi^roto los lazos que I09 unían, tan^bien por upmipnes políticas, y sin amigos, como sucede ,siempre á loj? que no tieuen en esos grandes centros 4e población recursos para cumpUmeutará.todps y derrochar en fiestas y paseos; y además, no queriendo vivir en una socáedad en que entonces imperaban los que le habian arruinado y aun privado de su padre, tomd la resolución de abandonar pquel}a ancantadora ciudad; y recordando que ^ esta capital existia un amigo íntimo « de su padre, á quien esperaba encontrar Heno de reconocimiento y ^^títud por los gran« des]f ayores que le habia dispensado aquel, vino Ljjis á México en busca de' mejor fortuup.
Al llegar, di(^ 5 conocer al buen señor
—78— en quien tenia fundadtó «us esperanzas; pe, ro este, aunque es. cierto que había éido antiguo compañero en política del padée de Luis/ halagado por elgobierno ésiahlécidó, con un empleo, había considerado cotíViéhien-
te variar de ideas, y aún désconoíébr 8 todos
* " '
aquellos que le habían tmtado en tyKfó tiempo. El exaltado patriota, diále, como vulgarmente se dice, con las púwtas eh íátí cárft, Nada hay íüas frectieúte que éstos'iíaágós en los hombres que no tienen ^jezá ei^ susprin cipios. Acaso xiu resto de vergüenza les hace huir dé los que pondiau reconvenirles;' y á sus defecciones agregaii la ingratitud, que* es la mas fea de las manchas del corazón humano. * ' *' .:..;:
Luis se encoiitrd en medid de una sociedad desconocida, y'en donde sé T!itecesita,*tal vtéz mas que en ninguna paite, mucho oro para brillar en ella, 6 (íuandó menos relaícíones con los poderosos, para abrinse paso. Luis era pobre, muy pobre; ¿quiéniba a fijarse en él, en una población tan vasta y en d^nde imperan el lujo y la grandeza!
—79— Su dtuacion era desesperada.
Esto p^aba eu 1&62*
Luis üo concurría á diversión alguna. Freottentaba «n las mañanas la Alameda^ y es^ to, citaaáo na 6ra dia de que las bandas.de mósieit to(3ásen alU, y sus calles estuviesen faencMdas de gente. Con su trabajo perso* nal logr6 subsistir, atmque de una manera harto estrecba. Así pa^ó muchos meses^ basta que á priacipios de l^M logró una colóeaoÍQ9Í«nuna ofieiüst partíeular^ con un sueldo mecano que le permitia vivir con mas desahogo. Esté empleó le proporciona al mismo tiémpio un amigo. - El señojr' á quien servia, tenia un bija bastante joven,-' cómo Luis, Uamado . Arturor de sentioiientos nobles cómo era, muy pronto simpatíad con el primero^' yr fueron desde entottcies compañeros insepamMes y ajmigos leales»
^ *
Nosotrqs^ que h^mos conocido á Arturo, hallamos ^n él una alma generosa^ de esas que escase¿^n tanto en restos tiempos en que impera, el egoisino y la falsedad.
—soArturo jamas se deshace en atenciones con aquel á quien no estima verdaderamente; habla poco, y cuando habla, dice lo que su corazón siente. La amistad €B para' él ttn verdadero culto» y los acontecftinij&ntofr que referiremos en el curso dé esta ieyenda, da* rán á conocer hasta d<5nde es gr*nd€í ^r bue^ no. Guando nos refirid en la Alamíeda pai^ de la faist<H*ia de donde timiamos esta narra^ eion, 1^ pintaba eá su semblante él «enfi«* miento mas profundo. Pasados ya algunos años le hemos vuelto á hablar» y nos ha€0fii«> tado el fin de ella. Una satisfacción dulce y tranquila se traslucia én ms miradas.
Arturo^ aunque no pertenecía á 1& ariato^ cracia de México» pues no poseía una fortu» na cuantiosa» gozaba por sus prSnc^ios^y antecedentes la mejor acej^cion en la sociedad» y quiso que su amigo hiciese conocimiento con todos aquellos á quienes él tra^ taba. Luis se negó á Qontraer relaciones con familia alguna después de lá dé su ámigo/y vivió mucho tiempo de la manera que hemos visto, acompañado de Arturo en los momen-
toa en que mi aüsudibAfes 'B$> i» Ihmah^tkñl áee^íám del/pa^ié job^ifisiei ■> /o h > Una mafíana del '¿íes ide^AJbtfiV Arturo y
ttíM). 4€Í táitttois >gt<«pOs< db ^ f ^V<0Úe4^«' tft% é
ta de la Catedral. - » '^^ -?t -I ;J.i / : ^ ...i; Hái^ta^ én«dbcéB, )ol^ d«i8 ^atti^i$[<^' hacáía tiempo frecuentaban en lob íli^tttáttgos il({m lugí^, ikó fie'^faidbáán ^6^ esptü^álterate^'én ningunáí de Ia!9<^tdttéfft^'a¿a}«e^)ta;t^^^
tas y bellád jd¥e^;^ü£ ét^ Vétñlád^^^^ uas de ser. admiradas. La una, por su extremada hermosura; y la otra, aunque menos bella que la primera, llena de atractivo, por revelar en su semblante una alma nacida para el amor y para todo sentimiento tierno.
Nuestros lectores liabráu ya conocido en ellas á Amparo y Magdalena.
— ¡Qué criatura tan divina! exclamó Luis al ver á esta última.
-^Es encantadora! repuso Arturo.
— ¿Cómo no habíamos hasta hoy fijada
DOCE LBYENDA8. — 8
—82^ nuestra vista eá esta beldad? Arturo^ la se-- guieremos á cierta distaúciR 'para sa1»i:d<$H-« de vire, mé na laaoinado.
Ea el iote^or de A^rfofo piu9á)l)H algo qlie no podía explieain^; no hi^bia obsear^ado que los 'OJOS de Amparo se detnvietoa bttseafido una mirada de los SUJOS. f -: '
JBor c/HopIaebr á sú attigo^ le sigaidBin dfe^iina 9Qta palabí^* ' .
Desde eilUm^^ i^xáíb JeMáós visto -.^^^ Ar()ir<]f f Luis f rei^^entarou: la oalle de^^.*^'. 1)a%paroA pos tp^as patíieft^á Mfigdalen^^que iba4ocioaliwoMop[ipañadft4/9|A)|Api^^ >r
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IV.
KeTetodoa^s,
En vano quería Magdalena ocultar su €te* ciflio» por Luis. ^ Amparo^* tqaé lo '¿cmpéia muy bien, notaba que algo extraordinaríi^Ia coámo^, y.qiiiB estoco jepi otai eoiía que los álboN6 de uBia pMwn kwrtacoitono^ nuilca sentida. Las confídóffdlas dd aiíitoi^Jaía* biaa> «toadoe la9*d^'W 1^^ mente 6ii$ s0iitñ|iiénCo(&, 7 á^pfiéílaf defl entiléis fiable tcarüBio' que* MT profifsubáa, temiaa co-
mnhkam¿. I^redis» es, éü étebárgo; eséi^ bleéer lagraii ^Mfereñdiá que exi^ en eí ofi]^ de aquella nueyii eoAduéta.
Amparo callaba porque temia perder la
"— 84— r-
amistad de Magdalena, si le confesaba que su corazón latía por aquel mismo á quien ella amaba. Magdalena» la orgullosa, la que tanto se fijaba en la posición social de los individuos, no queria revelar á nadie que su alma, hasta entonces f riá á los halagos de la juventud, amaba á un^'liombre desconocido en las altas regiones que ella frecuentaba.— La reserva de Amparo era hija del amor y la amistad; y lado su amiga, del orgullo que quiere conservar su poder hasta el último instaiHe:'-''-' •>^-'i-- '-:/;K-'í-'^ ^^í'^:- •:- AqtteUa^isitttfickwiiaij^iardttiitr qiifeiko >
Icasidos aaMigai|Bcada«itBa f^vésoAs^&is» oti^ir|HMliaeai)9to^ tomailáii^ ¡
foiaii«%AiBr<8i>4&fcttíí.4fuí:.-> r,.;.í .vx;úv>< ,.s
brazo, camjM|^^^^$^ 8Ai«Af^<
CQnvOTSMiou; r..; - ^:., J:, . ^-^ ;-./.
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' ' <Ss léU*! éxeIain«r0B áinfotí^ g^a tiempo, y
desde aquella ttíéiSS^ por vez primera, le había amado con ese amor q«e ltÉ¿e dldH ^^'mí fait«Ál^ ettáádtr es tM)ím{iMM4idO«f |iaá&défHe^t{a'c^^ *
ffo lA iHi^'tl^'S^r^^üe «áurfHW mtÁmftór^
86 fi A^ürcH quie káUáa^Sidó Ifiúttlels^ iodot dtiá^€^fft«Mséd al'tedá^tM^ui¿tt;etá^l>iJs yde ddiiáeiMl^ vMiidd; f^vqike ^ePtta^r'indá^- «mieáMiqtte balláltt'^ dádií^ ^acfil/éra gCu-«tgfdlo^oQfobttiio le ^ni&ia/ilftli}iSíi»[íñiio ^déi^ criaobs^ iqub i dé ' nadsyiejiíflbiaif^iiiiloittadó
* Asnpairo daí ifBQiiohó ic¿itf4ite«i«idti' i^strs^
«élid'irtKa «ks^ V4»avafiii^qn¿e'^tt'Mdfidé''M^ Galena; iá ílak¿a dé ün ámdr itifflmtcf, dé un
^mor ÍQIQ6IIS9 qué todo]^.atl^t^|^5y ipura el qual na l^ny v^^i^i ei^^eíljwmdo, ^r$ de la que {«loporekwa el^J4tO:4Q;e4eaniQv. Awi^Xff c^wwá» mjiy liien qua^iift em.t^ la q^e ocupaba ^ ^poruon de Limsj jaiiQ »u ^uniga qmc^n su <HguU^ bal>|a dp hap^rle suiñr de vua ufanera i^^i^^bible.
./ i'j • ■■• i I
iQu4. diiiafi «i t^ dijBtie yo los iglorvM» qi}«. n%B^^? pij^uatlS. A|Pp»n)«< p|>o<tti»ii. do, d«i^brir ^^st^jja i^as .le.ye'ei9KM;ioiB «a Ma^alena, l«i|^ que é9^ hubo teimumda
•r-*Ampwp! por lo qu0 tei^^ wlf[fií9£^^ par lo qjie utaaiames Mtd;^muiidp, uo teiig^ por Jxm itieía^po 4 jxa .aoiBppn en e^taansi^ dad; reyélawe tod^; nada; !r»e o«ül|09; x que y% liajdtíya» la que bft escuphaib^cQ» desdén las proteataa de mi| actovadmes; yo^ haata. sáiora. conáagrada Jiolo á lupir ^kia salones y á inspirar un amw qu0;w> aafaia sentir, ^onóseo; aniga mis» que! mi aér sufre una reaedifM^ tremenda; AÍéuto quié mí eon^ zpn late.aícel@rad9 al recuerdo dé éW j^v^ á quien, ^r qué te. lo lie . de pcu}tarl lunp
uias que á m vidfk, le amo eea delirio; y oja- 14 (]^ puMbatuarleaieinpire •..«««
— 4jUÍs es su-<riómbre, interrumpid 'Amparo, á quien hacían daño aquellas palabras.
* — Habíame, pnep, de tuis/soló de él; dime cuanto de ^i sepas; tú eres muy buena, y bas querido servirme de ángel,' á pesar de mi reserva para contigo hasta hoy. Perdóname; y ó quena ocultar éste aitfor,^ iio solo á los demás, sino aun á mí misma; pero hoy que todo lo sábese dame<^tá prueba mas de tu carino, ^«blaj té espucfao con ansiedad.
Ya conocen los lectores la historia de
Luis; nada nuevo hallarían, pues, en lo que Amparo i9efi)ri<f & Magdalena.
Dos lágrimas corrieron por Jas mejillas de esta», cuando Amparo hubo concluido.
'Ab! euántaiB lágMmás etuesta el orgullo que llega ádQ»ipárisleoiWEon 4gn las clases elevadas^ de las ¿iuídades coiiieííanas ep que se ániortigttaa IO0 sentimientos tiernos, y en
te la pa'bm Tauía dadlas .qué naliáajrfcibido desde sus prímerf» ááod eiao ilMsipBC^qiie corrompen el corazón y ^nublan el porvenir! . '
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•*. : lis' J;'mJM. ': v >
. ¿Por qué Hoto Magdalena, al pir .qp^ Luis ^6Io tepía lo indispehsáble ^ára no morir de líamore j ppa preáeniarae iaií m^destamei;!- te vestido? . .
Oígai^ÍD|$^s,4lfiipQü^|wJ^ras^^e dMTÍffi^á ,«ft amiga eu^l,pa^p. ;,..., , , ., .,,,;, „ ; ,
' '«^Te^toy!, AmpMOf « jnn^ktr lia secMto. M& packe.estiién/quiefar^i; sit ¡posición atoal es m^J falsaj tal jez ipajiana^ tendremos que reducirnos á una coudidon miserable, . ,
Yo no debo amará )if|rpp}^6| jorque ^^ate no me salvaría del ridículo en que caeré cuantío áíquéllo á -quiénes té m'éíroéptécíado, puedan a' su vez vól véritié ' tnís ' desprecios» YrO. del^ M^j^Tr MP^t . 4e ,(gm:»^ •siiceda,
4p qne^m^^moiou aetHÁlj m !d$j»ir«;Aa /asáltente» sea: la. eaí»ila^qii0Hié «OB^óso&fá i»aa p<^itíÍQii: ferillíínte y^ elevada* \ hsü^^ «1 m^B-
"fio uMte^ itéármoeofide tti i4áá^, m lia disipado; étt^^étéüéltio'sél^ ii&^iñai«it4&^ ipi
tMTftofB. -1r!(>^tíb «toW;^ no {ittedo ^aHnatíe; 6i algana' vez i^iiiavdaísü attlc^^éreéiiMi, Aáiparo, le rechazaré; le diré que él no debe pen- 4sar en mí; heriré su amor propio para que me deteste y olvide.
— Creo que no tendrás fuerzas para tanto.
— Si la idea de un porvenir oscuro después de descendelr de una posición como la que yo he ocupadópi^'O* me siguiese á todí^s partes, tal vez tendrías razón; pero no, yo tev^. que ser grande, tengo que ocupar en ^1 mundo un puesto brillante, aun á costa del sacrifído de mi corazón.
— ^Nunca triunfa el orgullo, Magdalena!
— Todo es iüütil, Amparo, estoy resuelta. íío puedo, no debo, no quiero retroceder.
. ^stas palabras fueron pronunciadas en los momentos en que las dos amigas llegaron á la casa de la calle de
Así terminó la conversación.
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Ka iut IftiiMe.
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No habían tnusiicurndo mucbos días des^ paes de aquel en que Amparo y üíiagdalena Imblaron en el Paseo dé la manera que hemos oído» enahda tuvo lugar en esta opulen^ ta capital un Bnntuosp. baile á que concurríó lo mejor y jnaa bello de la ftiiciedad juexieana. Los mloneá da la cica casa de^^.^ost^ntaban TistoeaB colgaduras, lujosos candisla-^ bros, preciosos jarroñeaenque déficansaban las flotes maa exquisitas, y todo aquello^ ^n Süy que pudiera contribuir á embelleaer y aunmentar dt encanto de un siliq destinado al placer de una sociedad iastnosi^ y elegan-
—92— te. Pero nada era mas hermoso j seductor que aquel número extraordinario de esbeltas y hechiceras jóvenes que, ataviadas de un modo espléndido,^llenaban los salones, ofus^ cando con el brillo de sus joyas, no menos que con el de sus ojq^, el esplendor de las luces, y compitiendo entre sí por su gracia y hermosura.—
En medio de agu^ >P9^^^ ^^ bellezas, de luz, perfumes y armonías, estaba Magdalena, resplandeciente, encantadora, divina. Llevaba uit elegante tráge, blsiica > comb d$C espuinav^primprosafiiefate ^dooaiadq delimamp odlor^i y un rieo eóllinr de^^^lks.» .^aa negros calíellos,- ditÍBtieainebte aitrelaradoé^iforma* baü de 6U^b€iZá;^tib^i^(áioao túcáélúiy Im roéaa 4¿ 6Ü9^iábíds'y mféfillas ico}i1ii^9tadba^ iigi«dáb!emeiito Jeoii -su alba^itídiitd. ^ Miigdalieüa'>e]^ft efiaqu^Uobímbmeates únareási. :uaJ3Í0nidel-cielp,;uii sérqnft^ sia^bdiajuisencís quA' ídan^ail á x^uantoa la^mimsn. r jKdtábd- ^e, siá embargo^ i edriáa<jseniiiláiite¿ <pi^ tttob '¿iinJí^llsPkhd&íhQlie éMuíttdÜeT^te^ytdas KfeVeB f desdéñobás ípkmn qud sálim^ ^^sus
labios» ci^aTe^ %)ie algi^p j^vex\ sa,«cercá]b%
pensaaáelfttQ. e^taJbi^dv^ii^ deljug^v^ gii^ eUi^^^ma todM.liis^BÚradaa^ , ', .
cicm éxIiiiSav. • ; ' • -m, !
Un ^^» i quintil ya. éqiKi^Qn lo^i J^cÉíprefl!,
¿GMor 'bab}&:'ábMid«iadé sfis .nntíguaa cottambreS) el retraiífiiexitór eh/^ner- estaba? ¿qvé Imsoába €& aqné£. lugar? fid xio;|)feifteue«- ciftB^lá dtla:aociedad^'|etitttd se bahía abierto poso hasta ^a? Tbdfts.éstasy btraftinucliati^ cxmMiera^iiéfl biijo al püato Magduteiia; y hufaieM qnerkkKfteMü^ráisu )ad6 ep^a^iüéJ ii)8ttiDto;á.sii.J«l.Afiiparp»pAmrd6iHqifs^ eu^
T^Esta seij^ Una aooltá déifprud^ sá di jo*
ocagdon de hablar cQumigo» S^;fM dtf claM^
suai»pr>- Mípii^(mft,lL«eoin\^nifia4o;]^y
te muy bién ú los rióos qtié halM:^n de tó* deanúe, porque» según sud palabras^ mi perTeñir depende ^e un enlace muy yédtafditó* Luié.'puiés^ no me conviene/ y nú d^ ulimentar esperanzas lítéaiiisaMes. Ademáis/ ¿qué ho ii^n á decir dé mí fiodaB aquellasqiie etítiík búsetítidd anSioMM UM écasron pabt zaherirme» al ver que doy la preCeMtcia' eá' esta fiesta á un hombre que sci presenta por vez primera en esta socieda<l? ^al ves craan que' ningún poderom me ha obseqwado, y meitienoi^peciarán; Nb, y^ nb^ debo «sea» char. á* Lpiis; yo,: en último oaso»' le tnatiuré con la más fria indiferehida,' mm túi desden sin límites; Una soia- |ialíibi^ Sle atnwf, ^en sDs liiwd«^;tal véff h|^rla <¡áé abi&ncbMttii¿ yo mis propósitos; y no dtiyo oAvi^mi ufnsdto ÍBBtiEtiit9'q«ie malUina tendió, acaso/qu^dí^ cender de mi brillante y» ekrrada |KÍsíoian actüalr^ Drai-^micíl - Dfos tniol if» qué las cWIVeitiiMeibs sóoiáleH nM faiiceti aps^r los iátidiisdél ewB^onU.,::. > ^^
Mleigdáitóna túy<i qué hgúéeif, utt stfpMlno «sf uersto para ocultar dos lágfluias ^ue feíi
aquel mümento Tefrián á emlñíiñar sus pü*
TodftTÍa e^^bá pihtftfmatidof disliiiülár Mi ^búioti!,' cÚMdú ÜÓ kéeústtíé á^ eir« á Lüte, m^ompáñádo dél géál^al^^^^tigü^ ^^(^ dé lá fainiá áé MagdáTéñn; ;^ cüáfido méibo^ lo «i5>éf5í edcüchá feitád fíaBfliráfe: ; '** ' '
d^ gusto dS prei^Atairle; té ruego sé dighé baM&r eott él k p^ift que m ' pireludm. ^ ^^-í'Majrbíieínf géiii»^l; í«i;áti «¿Hlsfééhbs dui^
deseos, repuso ella sin poder oeüHát*' su ^eMM&on. • * '-^''í'! •••• '^'' ••^•^í'''-.-'' -.: = ^ '
^reúi e^tas púh\)ftÁw íA^emix éM;fe It^B tre» aquéllas iKauMAa&í: íláiteifláircte^ It^' 6Miedad ai adquirir un 'tkisÁwo eómobíaii^iitoj ^
Si Magdalena hubiera re^sáonaddiin4Jé6; no hi^kro acéedidoj bájcrningaB pii^xto, a bailar >aqfaeliii »ocbe' aim Lal»í ' ^ ^^(> ^ vátfo^ todo eBi|9efon¿uand^ <^ líoi^tm' <kí^ piéita S i»fl«$9 d^«M9 fNusgoMB qtié^lo úóú^ imttíreñ m la jinq^if^ £1 f rio eáleulo no puede Tecíeér eif este'^»»*
Situación embarazosa por cierto es ey^.1^
insustanciales, jreflflcn^y ^»mqT^fii\B¡: h^p ixW(3fl^?co»,iq?*ien,Mw por^Jft ve?'pKHBfira;.y .
saffuemtq 4© ^v^q ,|Di^»aUiii^ren, cjiíftidíc^ que el a«IKW< df)f l^md^, ettto0 rl«ff 4«ittQilÍM Ift ' una da49a« $e^yi$9wa:e^ii4» pillar BMa^e
Luis luchaba con su idea, y al . jKÍm» lo habiaitfyrrmitrodo todoral ^eoMmi^já áiqtel
IIqs rpiPéKmiiiMclí ai3iid(9^vW idia«f>r>CDiiteifet IU9^Qt4iK^ide$puf|9'd0íiiQtiti^^ etf»ia.«¿«.
vinar^hafato antiíáb íntioiorpea^aihiMitíi^ JittM ta su mas leve emooio».^»^M8gdttlc«my ^toMc
—erque no se oeulta i vd; él motivo por ol cual he (Solicitado el honor de bailar cóñ vd. Más todavía; cíéo ijue comprende vd. por qué me endué^ro en^ esté !iigát. SámSs íiBbh ietí^ canzado respirar tan ceifea de td., Jamá^ ha^ hm eacuc^adQ 9^ ael» 4e ras ¡wlatH»»; y sía fonbai^r me pirene: que yá. «M> ioonoee y me coBiprende¿..,.,
-^Perdone yd- ^uq le di^,. iDterruiíipi^ Magdaleqai q|U9 me e;K6:afian iuh^iIio stts pf^ llÉl^fas; que ignoro ^ ^uége ^ere ^«; r Vo le he viato*,. es verddd, varias ocásionesi lo recnwdo^.pero..b..« &iidia.mali. No sá'C<5lüo püieda td. iflpi»gw«r qtife eoinpitado yofti mo* iívo de/9U px^mifSá en e^ste binle. :
-^Es.yd. muy QrueU señorita! e^^clamé Luis lleno de confusión.
«^¿Cruel yo? Por qué? r^uso ella coo unft expresión dulce, coqueta^ inexplicable. .
•—¿Por qué sé desentiende vd. de inís palabras? Sí, Mágdaiéiia, vd. sabe muy bieti que tni alma,.,.;.
-— ¿Atostumbira vd. también hacer Íó que la mayor parte dé los jóvenes, háblarnóis dé
DOCE LEYENDAS,— 9
■ ,
na de vlyeza.jifmimacIp^.Oja^trf^ htstmm^
4 J^m,, ,]e ]ú«9. icobrar aaevfiSi í^&rfs^ f ¡i)^
'-'i^'^'-na eBtny^^ yo ^vtó dé i^e ¥d-. eoiifpiteaéé ^dr qué «tíe fa$ utretHido i' fitaHÍk festarle mis sentimientos laves ptittiera ^u^ lie ákamátio escuchar bu Voz, Mk^dalena, láS {)alabÉAS^ 1^. báátárian {jaM'haéd^ háir p6t siéní^p^ úeBvt presencia, domo bMré sin d«ida si vd. no acoge mi ru^o; pero no, vd. no^puede' Cimlatidirme e^n tM tva^ baqoef la rcideaf eonst^nteinotít^^^ Vd.-tiMl^ demasiado tatento paiKa «Sdtíngttirlas frásí^ estudiadas; de los ecos del ^orazbií. '^' íVi^rdad que no me equwoéo?' ^''' :. < -
■ ^iPeró'.'.,.:. vd,..„.>io!;.í.. no s¿. J..r
La turbación áe M^d^épa, sus frases ent;r€bprtadas, 1^ nabiaa ve^ndidc^ BríU<5 ante los ojos del amante la bienechora. Iuk de .|a (^spei^nza, el amor, fp di<5 ^v, ; i^lopuencia, lé
»•. .-^
— 99- / ^ ^ ^ .
concluía; Uiiplace'fpi!íí^p;itó bañaba sU alma y sé rfeáejíi15á éú ¿us míradás, -^ ' '
'Ma^akféfea ii^biá Wd^ó inas déBir dfe'fo ;<jiie hubiera sido cualquiera otra. Magdálétaá estaba ettáthotada, y e¿i' Váüb líüfeiérá querido . ocultarlo. ***Y Mágdáltóa protiunctó, no una frase que prometía la ventura para lejanos días, sino una expresión tierna y cariñosa^ dulce^ acompañada de la mirada mas encaí^-- tadora del mundo, que por sí sola hubiera bastado para enloquecer de contento al hombre menos apasionado. Y es que la mujer posee un encanto tal '^en ciertas circunstan-» «^ cías de la vida; sabe revestir sus frases mas breves de un poder tan supremo, de una expresión tan grata; hay en sus palabras tanta dulzura, tanto amor, que el corazón del hom- ' bre se siente débil ante ese torrente que todo lo avasalla, ante ese incendio qu& todo lo devpra.
¡El amor! sentimiento purísimo que naco * bajo la influencia de una mirada, y llega á dominarnos tanto, que no comprendemos la vida sin la unión íntima con el alma del séi
^ /
—100— qiie lo ha despertado ev nuestro corazoii. 4EI amor! pasión que lo^ herqiQae^ y encaat^ to^ do, y siu la cual el muudo seria, un horrible
destierro. '
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¿Qué felicidad podría ser poooip^rada 4 la (|ue,gqzaba Luis eu A^iiellc^. inssUmtes?
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Tan fácil kú á utta hortiiosa ser la lUve de oro con que se abre la puerta del cielo dé la felicidad, como el rayó del sol que marchita paüft fiiampré la flbr de nuestros amores. £1 corastm de la 'müjw, miitetiósó Ipgogrifo qué en Vano han querido los hombres de todos los tienipM descifrar, és la caja de Pandora de donde brotan todois l^s- males. Las sirenas de ^,^á)^ula, atrayendo cen sus \npces melodiosas á los^ ^navegantes p.a):a dejarlos morir en su isla y formar con, sus huesos la blanca alf ooibra de jQirenufia» ,no,son i^qo la^ mujere? de to^o §1 mundo^ íajitivf ndo : qon
—102— una mirada ó con una sonrisa, y haciendo mofa luego de la pasión que han inspirado, Xias mujeres
— Pero, Luis, si no te interrumpo, creo que acumularías aquí un millón de pens^-r mientes contra la mitad mas bella del géne<« ro humano. La mujer es ciertamente mujer, y no ángel como han dado en llamarla los sonadores y los peetai^ pisro la mujer, amigo mió, es la obra mas hechicera de las manos d^l Criador. f)sto lo ha dicho no sé quiéii; pero aun cuando antes .no 1q hubiese dicho nadie, lo diria yo, y conmigo todo el mjiindci. ,
f— Sí, es i>eil^i^coiriQ: 03 beUi "la séllente en buya piel désmbrímM- todoá loib faorüian* tes colores del Iris. Ber^t ¡ay rde tí ^ : si Mdu>- * ci^p'pQir e$a &ital ^p^ti^oiai olTÍdas quo. destila un; v^e»DitíQrtíil!, ,. .f. i
---Calla. A'legüááfee conoce qiíé hasjpéqibido illtiínflCtóónte ías calabazas. mas sóleranbs que en este'* picaro", hiundb púdipra niérec?¿i^úti tñói^l' aíórtúnadó. Péró créeme; Us calabazas; ^or mas amargas qué parea-
—108— cau, . a^u 1%. £\^t^ v^s ■^]¡^íqm de la tierra ; como que solo probáii/dok^fee ^bra.iuip de con^imer f;9i9.p9iSfi4{>y^P^u«il.lAn^ toa4rimonio, y qu^Sí^lalosfiollpckitique'^oii^enzan á saborear la dulzura de una caricift<e»«M labios, aivflan^ppqit^aerv ¡B<>li>«na ic^igb^iTe juiTO por ii^i; e^pf riemi^ia, :.que Á .^9^ boiras eres .el ^^r jpf», ^l}pa(^.;del m^^dQt ¿Te: hsm calabaceado? jM^^uí^cq! Ai^^boeael.iuu^ do, y mañana se te pre^ntará uIlfi;oppH^« nidad propic^^ y te yengairas,, para demostrar quieres. español, pu^s idic^n que d^jue no se venga no lo es. Mas es pr^ei^o que fidú cuentes lo que^ te '• ha pasadp» Befíér^Qie ese atroz desengaño que ha dado á tu B&m})lai^ te ese aspecto patibulario, y á tus Ifbiós tanta hiél cjpmtr^,]^ mi^jer^» l§altes qué ipien- 80 al y^rte^así? : Que quisieras ser un Nércnii para desear que^ tod^s las mujere/s.qo tavi0^ se^ inas que una cfibeza y. pHdiei^a tú ]Qqv^ teTlft., YQ,;pQ;^,elcQ«traria^;df»eair» que to^ das las mujeres se refundiesen en un^ ^qI^í pajraqu^ e^fviesQ.mia, y y wra y o naorir de e^yidia :á, nue^rp/SF cofrades del ^xo feo, •
~iSabe» que tu cbatíft y tü bdéá Ühmoí me están cárgaüdo ya?
te Imgo pr^dadir ée t¿d iridféülos petísii^
Habo tin mo^oieiito dé vúáhstvóií; "' Los 4o9 afaigos que así hablaban, cuyas fisoQomias ise pMstaban á ü¿ estudió profündo; é& contemplaron tiii hreve rato, y al fin exclañii5 el maá jíJven: «' - -
*~Artttro!: no isabes lo que eüfro.
•Cuéntame; Luiá, cuéntame, poltitté maleé eómunlcadod...... ■ •
•—Bien: te cotítaré ésa Jiistoría^ {)erb coil una oonduáon,
•«^Aoeptadár
*>^J)Íti)e, de ¿ddnde bas saeado ése báráéi ter ligero^ esa especie de despreocupación filoedfíca que boy contrasta con la meíanco^ lía de mi espíritu? Tú y y6 pensábanlos áiítes de una manera tan conform^^ seütiámos ' .
— iQüiéres qtié te diga cdmo se operd en mí esa téaccion? Escúchame. ; El amor,
L^H ^cidfe el porveaifr íórma el carácter, é imprimé '^ fiíí^sii^bá ui^ sello ele que en vAño qnéreiüos Üéi^járuos. Hay una* época enla ^ida' d¿I Hombre, que Pega opas 6 menos táráe/ según >I¿ naturaleza del indhid^o, en^que el amor '^ la causa de todo.jdel bien d del maU X*** «ra un nmchacliG magjdffíco^ dice la sociedad, pero de la nodie á ia mañana «e ha perdida^ 33;a¿lie le conoce: por el contrario, R^*^-er£i un desheredado. un hí^jtibre sin p?)4-vénir, sin jiftda, hoy écupa ana - posición brillante* ¿Ppr qué estas contradicciones? X***. amó y fué burlado, y al vengarse de la mujer se' liirid á sí mismo y se perdió. -R*** amo y fué comprendido, y un ángel le sacd del abatimiento en que yaíeíá. Esitó sucede á cada paso. La sociedad finge ignorarlo; para que no le echen en cara sus culpas ó aberraciones. El amor, ptieSj me ha trasf ornado. Yo amaba á una mujer tencántadora; más aiío, le rendia un culto idbláf rico, aquí en nií corazón. De esta mujer enamórdke un amigo mió. Al pñncipio nie comunicó éste sus pensamientos;
DOCE LEYENDAS. — 10
luego tuvo á bien guardar la jnass completa reserva; sin que profiriese jq U menor queja.. Amaba, es verdad, con delirio ^ esa mu* jet; pero antes de amarla Ib bifbia of i^ecido úná amistad franca, siiícera y leal; debía yo; pues, prescindir de Raquel amor. Fresciodí, en efecto, y como no quiero aparecer generosó cuando no lo he sido, te diré qUe no fué grande el esfuerzo que tuve que hacer para conseguirlo. Hay una coSa que estiman algunos, por desgracia no. todos^, máis qu^ Ips mayores tesoros del mundo: la dignidad. La idea de que iiua mujer pueda dudar al escuchar nuestras palabras, si la amamos á^lla ó á su dinero, me avergüenza. Yo noxoncibo cdmo" haya hombres que, llevados ,por el mezquino deseo de ser grandes ante la sociedad, se empequeñezcan tanto ante los ojos de las personas dignas. £1 hombre que solo busca una fortmia en un ^lace^ me parece un miserable. Vivir de las rentas de una mujer á quien no se ha amado, á -quien por
conveniencia se ha pretendido hé
^aquí lo mas degradante que puede haber :pa-
ra uu hombre. Yo, aunque como sabes, no soy un capitalista, tengo cuando menos lo necesario para que no se me confunda con esa turba de buscadores de oro y de posición á la sombra de uua falda. Prescindí, - pues, de aquella mujer, no solo porque era rica, sino porque la amaba un amigo mió; y por* que tiene, según pude averiguar, un carácter altiro, fruto de la eduqacion que le han dado. Me dirás que por qué no hice saber todo eso.á^ipi amigo? no me culpes: los ena* morados todo oyen, todo hacen, menos lo que es racional, menos lo^ que- les conviene. . Si algo hubiera yo pretendido, hubiera sido en vano. Dej(Sle, pues,, al tiempo la misión de desengañarlo,., y á f é que ha sucedido esto mas pronto de lo que yo me esperaba; tus palabras me lo indican.
— C<5mo! exclamó sorprendido Luis,, cuy o semblante se habi^ alterado mas de una vez durante el reUto de Arturo; ¿tu amabas á Magdalena? ¿Ea ella la mujer á quien te has referido?^
—Y tú el amigo. , Pero déjame concluir
para que yo sepa tu historia, repuso cou? aplomo.
Cuándo el alma hace Tin esfuerzo suprema como el que se necesita Lacer para prescíhdir del ser que ha cautivado nuestro Corazon; cuándo experimenta uno .conmoci<)n tan violenta, hma, parece que se nace á unia nueva vida, que otro mun^o es el que cruzamós. El amor de mi <K)razon á Magdalena fué un sueno, y ál despertar de él me hallé convertido en otro hombre. Acabóse para mí eso que llaman romanticismo, y espero que seré en adelante uno de tantos que saben apÍDvechar las ocasiones que se preseiiten, pero qué iro derraman Una lágrima, ni exhalan un suspiro porque malogran una aventura; Pero estoy en ascuas por .oírte; habla. ^ ^
-^Yo, Arturo, abrigo, como *iío ignoras^ las mismas ideas que tú con respectó á loa hombíres- que pretenden á üñá mujer por solo su 'dinero. ílártó ' sufrí y vacilé antes de ontregarme con todos mis sentidos al amor de Magdalena; pero una fuerza invencible,.
;algo. mas podéiraBO que los grítOjB d^.mi oi^ :giiülo4-<]fi;zái digiiJdadí liiieiiia que f^&k ser üUiii^(te¿^ mó hopeüa ' káciajélbi. . Ft^^ otiA jaaAes, f»beh la^mujerósfiag^coii tflnlbi per^ f eccion en la mirada lo que ek ti corázdnno síenféoj^Oti-toi^fledaetorafil, éc^él verdadero 4séiitúib d0;eatBípaIjU|rBi^- cpiíe.ilegfté á iimsii nádrquft-ian éada* ra3Í0í)ddisiiSípíi|álM kaUk
'^tmmft da i»»» labiplB xm tp^wi*^* vu qíí^q; lilegué IiasU ^filja^j .l?i*r PW^i?» * ; 4ey. 4ÍB9Í ^l^^ic^j^^^ute mÍ3 0}Q8; " ¡Qu¿ b^Jn^^ ,^taba ^qj^lí^ üLpchel , .¡Ó5m9 ^lagd wi .Tai^ds-d verme preferido, por; 1/ar jiiasi.euqá|it*df)fft ^ de
l^ ;fl9fi' He»? W. el ^9»/ riMwol ,?i ,pHe. 4e.}^ber 34^9, mas dwlce qn^ ,el.^t,dQrl^ upijül-.
mu^^.,c»í»idQ esa..muj>r k ^Jn^rgaáo para siempre las horas de nuestra vida. Yo lle- ;gué á 0lla^ le hablé de mi amor, y luí correspondido* ;¿Podia áoaso én el delirio de mi amor» ij^a^iipiajr q^e aq^plla sirenarbaoiá ¿10- fa de la: pasión maap.i^rí^? ^Imposible! Aqi^eila noche. ^•••. ¿pero ¿á qué cansarte con esa
—lio— -
hÍBtdria? Concluiré. Cuando mi' alma a» ahogaba ^n aquel océano de íéiieídad^- cuaft^ do todo^pareeiarosftdo ante mi vista, recibí esta; carta, pasados solo doadias de aquel en que foStan iéli& ; / ;
Arturu leyó lo siguieateti^^'GabaUeror Ruego á vd^ olvid^: laffijkdabnuk. qué déiinis láyoe eeeod^iS attt»oohe:en el bule. Ya minna^ttO h^ sabido dffcEtne cuenta de ^ con^^ duela. ' Yo n^ amo á vd/ m puedo' afmarW; „„e«t« poridb. t«. »p.n..-Jf."
-^Decididiamenle, Magdalena es una co^ quétá, exclámd Artuiío luego que hubo ter:^ mináÜb la lectüVa dé la caria.
Ko interesal en líiaiiera ahmna á los leetóréá ¿áber cómo conclüyd aquella conver^ sacien; pero párá justificar un tanto á núestra heroína^ tenemos que hacer ciertas explicaciones.
*- .C • * r • f • ' ^
En, la mañana que siguió á aquella noches en que tuvieron lugar los sucesos que llevamos referidos, present8se muy tempteño é)r padre de Magdalena en la babitaeion de ésta^ '
—111—
La conferencia fué harto desagradable para ser referida: no habld allí el corazón ni la inteligencia; el interés y solo el interés. El resultado ya lo saben los lectores.
¿Deberemos culpar á una débil mujer porque cede á las insinmtciones de un padre que con el ruido del oro quiere apagar los latidos del corazón? Estos son los amargos frutos de la educación déla sociedad actual. Todavía tendremos ocasión de deplorar peo-^ res consecuencias.
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No crean los lectores que nos hemos olvidado de aquel ángel de bondad tan lleno de ternura, de aquella modesta beldad de rubios cabellos y celestiales ojos, no; Am^ paro es uno de esos tipos en quienes nos fijamos con mayor placer y á quienes quisiéramos consagrar un altar. Nosotros no amamos sino á la mujer dulce y tierna, al ángel del hogar, lleno de abnegación > resuelto á sufrir el mas cruel de los tormentos por el ser querido. Para nosotros, nada hay mas hermoso que una alma apasionada; pero con ese amor apacible y suave de los que
—113— desprecia» lajs graii4ezasi de la tierra y bvi9r caá e^ .^l saijiti^^io de ]a familia el cielo de ia £diÍQÍ4ad. < , Si dos. hiib^érsa^qs. propue^o escribir esta3 paginas, p^ . j^qlo enaltecar. á la mujer buena» Apapaxorhub^l^ 4 duda.) nuestra principal herpina;. pero queriaínos trasladar a estos^ cuadros las escenas mas frecuentes boy. en la vida real de ' esa « quQ llaman la, alta sociedad, én donde el oro todo lo ayásalla, y Magdalena nos lia proporcionado el personaje qt^e dei^^bamos exr üdbir con tpd^^ l^i, rufja^fi::9.ngue,z^ qiie debe «caracterizar á los escritoree! que» no buscan el iTii^o^efíipérp de uo^pljauso^pi^o q^ue.amyc}Pm^^ coAtribuir con ja,lgo al me jo^íiinjento de Jaj^Qci^díKl ep querylvep.. ,,
Aijj^iparp^ ati^j^M a Xi^i^. tanto 6 mas que Magdalena, seguí^ di¿iw^J?:.al principio; no -de Q^ro xnfi^(^ que Arturff sen^tia Jatir su corazón pqr c^a ^ltími9>; "oon^o ^u i^m^o Luis; pero ja l^m^s yisto qu9 la conducto <?aba- <l}erosa del. prji^erOy le^^arto^ nara siempre <ld la seud% de aiñbos*
Ji^o c)eben ba^ <ql^<)|(do los l^ctm^es que
al comenzar nuestra narración dijimos que Amparó dirigi<5 á nuestro amigo Artúíb una mirada significatira de que poco se cuíd^ét^ ocupado como estaba en contemplar á'la eiicantadom amiga dé^*qneílar
Preciso es, pues, qufe expliquemos por qiiá' AmpvQ, pa«^ quien no era indiíerfente'Arturo, seguía amando a Luis.
No podemos asegurar que Amparo sintíe^ ise aquella doble pación, qué no hallamos* imposible en lás almÍEis. ^ ^ •:
Acaso eíi otra ocasión nos ocuparemos éir demostrar detenidamente qué puede alguna vez el corazón latir influenciado por dos seises al mismo tÍBrapx),*sin que por eso el amor que á cada uno de ellos protésej sea menos ardiente, menos purtf. y menóá leal. Esto, que á cada paso ac<ní^ece, por mas que nadie quiera confeisarlo, 16 batíamos muy natural^ aunque algunos Ib ealifiquea como un fenómeno. Muy extraño es queá la intelfgenéia del bombré, que ' q^tósíem abarcar hasta lo infinito; que al alma nacida para desear, y desear sin fin; que aí corasíi^n que tiene que
—116— aniav todo lo^qüeies* helio y liermoso, se le httbiMer atr^iác»^ basto' koy l^t propiedad, d^áfiÍMld así; de iM> poder amar flitio4 un mIo «¿r, {Ky|>eoapde que se^rea; si d¿ rienda á k» BatuiMlé§4ilMintos/qiie é$sebn<yce la «uldiiiiMiBdidi^tsLn afeetb, porqme no eis únw
¥ praesao «0 «onf^fiar- qué uéa de lai^ grán^ tlescaa^qnlataaj^lt siglo actual,' debiera ha-- becaido la prepagaciofa de una 'doctrina sofare ia^Hiffálidad ' del Manar f^ob la cnal se aiiomirián sMieliaa lágfiaias'Hoo celosos.
Porque eMtTsndrán eon noaotros los leekros, en que eM;TomanáciSmoqué]mGemo^ rir de tisis á los aaoantes calábMeadoa, es bastaftte ■ ajenir de un» época de luz y eicánep, eomo loeala presente; y lea noyelistais^ en rwi de cwnCinuar por la iriliada a^nda de loa tiaiMdares de pam^nds inverodiiáiles, debkm .cireuiftkrrilií«se á^ráakdar á sus obras lcK| ouadroa de^la vida r«al^. en que á ménu. de:a<K)nteoe que «¿^ hoiuibre ame é dos mu-^ jereis^^d por el eottlrarío,^ Y aunque níi la re* liglcm ni ld9 e^stúminres saBoionan aún la
tos do aqueHuf)^ ^Imüw lAjeompiiiiMMtilás una y otra, basta que se obtiWiij^ {]f<ap 4reiii^«r ta¿to^:.itpiiuai0 de; hb yte"«M'jiHHimf oi, ó mjus'faieif^ el < derla qUd jiii(^n(ieá<q«e.'aié ama masv d que esiá )diápijiif«t|^ ájgüavflámoé
bomlí»uaIdól^:«iS)í^^ ettÉhiMNtOfií:.iqii^<c^ mo nadies ígMi»^ «sr ccm9Ído«i|rWMii^iiteo)ia-
Hieute al d0'ldaIioi»ÍDraft.{; > i. ^iVrr '; lir Pere nofa'deavJMpoa.dedtie^Q.QbjttkOj^i.' Bepfitifflíás /qp»ertie^>|M^ddttos(idsegai»r.qiMi Ampayú>^tiese ia(tir;8aiOm«:Qii ¡mr L«ift(^ )poi^ JWMhkov j •EibiíOtoiprQtKU^fqb^' j;«tiaMi»h ba á su Mjiisaí la^;cowiii:AdPluro{; yri^taMin 'seotia. mayor ÓBdioackin Al.[i»!iai6irü^:iid)|iél sa.ooraijoiik íii aa^^MBOMU m» eu^bacjgA^ «quia^ Hsev léala la aiittst6d,«^]»iiiie«b{iusa)4fii> jia^g» mi^imOideesoa recui^aidd^e se^^^ik^aft
— IIT— fáoümente las mu|eres para hacerse preferir de un hemlae. Dejcí-ar tíeippo y al caráctettde su amiga; la miisioa de eneaminar á
¿^po Anpaio c[ae Magdalena correspondía 6 sti amantift éü el baile, y qtje le despíáió luego con inusitada violencia?
La escena i^guiento^ nos lo daiá á conocer.- - -v' •' *
Era una noche fría y nublada del mes de. Noviembre de 1864. Habiaú pasado muy 'poc2f9S después de aqnella en que tuvo lugar el baile de que no& ocuptftnos: .
• * » .
El ZóctdOy que entonces no estaba embe-. Mecido por ese hermoso jardin que hoy des-, cuella en ¿1, Binó afeado por aquellos clásicos jacalones ({Úb se construian allí anualmente; estaba énéhido de una numerosa concürfencia^
En uno dé los bancos de jpiedra que vemos en el antiguo paseo de las Úadenas^ es^- taba sentado, envuelto en una capa oscura, uai jáven á qui^n nosotros hubiéramos podi-^
dó conoeeí muy íácilmente: em Luis.
Gran espacio ^e tiemp<v;liáci|t que se en* ^onü'aba en aquél lu^r, devonfido segana^ mente sus recuerdos^ cuahdo dos elegáirtes damas tomaron asiento en el mismo l^ráco «n que él estaba. Las señoras que apompa* ñában á aquellas damas oouparoa el hattco próximo. ^
Como no era nada aristocrática la figura de Luis envuelto como estaba en su oscuira -capá y con un sombrero de fieltco calado baste los oj|o3i poco se cuidüroíi las dqs ami. gas de conversar en i^oz. .alta, que llegó, fá*' cilmen te hasta, aquel hombre dei^oqo^do» situado en uno de los extremos del btnco de piedra, : , •
Los ; lectores habrán . va visto en ellas á Magdalena j :Amparo; y cojtno en efecto lo £ran> escachémoslas por un momento,
— Sí, Magdalena, te pronostiqué qua no jserias bastante fuerte para escucharle j- no corresponderle.' Tú estaMs ansiosa de:OÍr*
—Nada me repitas; óyeijie, y calla: : Le correspondí; pero al día siguiente al delbai*
le, mi padre volvió á decirme lo que otras ¥€iCe&: que. era preciso /buscar la. salvación del crédito de nuestra casa en un enlace venügoso. ; . . . , . ^
•^— Y tú, ¿qué hiciste? ,
— Sin confesar nunca; á mi ; padre que habia correspondido al amor de ese^oirey tomé una resolución suprema: le inscribí despidiéndolo!
— ¿T^aMr^Yisto» M^gláftl^i^a* á aparecer tau indigna ante los ojos del I^ombre á quden iina noche antes habia$ prometido eterno ^mor? ♦
— Sí; no sabe^ haáifo ddnde Ine preocupa la idea de lo que será la vida que tendremos ^ue arrastrar Jos de mi familia y yo, el dia .en que se declare la quiebra.de mi padre, en que sos^aariee^ores nos despojen de nuestros cochea, de nuestros muel^l^s**^..,... de todo. Esto es hoa^rible; yo prefiera cualquier cosa, á la hamilkc&on. de sufrir el insultante des^ precio Con que 'nos han de ^irar aquellas j)ersona«^ á quiíanes menospreciamos ' en los 4ias dc: piqsperidad y opulencia. Las consi-
deracioñcs sociafes que hoy disfrutamogr^ desaparecerán, sin duda. Yoni)ien comprendo que la mayor parte de los jdvenes que boy forman el círculo de mis adonadores, Bón mariposas que revolotean ante la dorada liama de mi fortuna. Una ve? que ésta se apague, huirán dé tní. jCámo no han de querer vengar mis desdenes, .perdonados hasta hoy solo por la esperanza de obtener mi mano y con ella un éandal? Y lo ^iteM^ peor,, tofevía; yo nó temo üos hómbreéi las mujeres somos tíéníprfe mas intolerantes, filas crueles, mas vengativas. ♦ -
^ -rPerOj'iyel amor, -Magdalena, y esailusi(!^ que halaga al^alma tanto?
^--Tú olvidas> 6 no sabes; amiga mia^ que hay una; cosa superior, á todo^lo demás spbre la tierra; olvidas que antee cíef amar á otro ser, hemos amado nuestra grandeza, ntfésfro esplendor, nxiéstro bienestar; olvidas que el penetrante gnto dél^ amor propio,' éA oi*gulló^ aj^agaeí latida ^4nas vió^l^oto^^elcoftaxon. Aderáis, itiüedfeíí' olvidai*se en un mo^ mentó esas ideas que hemos ida aprendiendo
—121—
— ' * * . ^
d.efdQ nuestra cun^? Ise nos ha enseñado acáso á amar la pooréza, /a considerarla '§i. quiera? ,
— tY bien, t¿úe resultado produjo* tú
carta? .;•>,-
--*fBl j^tó wtwi^lrrHa^affeoYTio Ji^ yueU
to á tebbr:fii existe Hüiis énüermuhfto. . ; ' -^U; digttid9i4. }a li^brá . i^paríad^, piai*a siempre de tu «fuxi^qp. :^ . . . .^.
<^A$í lo créo;ipé6ro>3mí qtíe te Jie beeho (¡sita eonfidquícia^^ InMefáósidei algo^ t^i^ uq «sen desagraidable» > ' •'■-. . • .;: í t .1 v / •:.,,.
— ^Permíteme, ^k'^tM^i^tm^ tal: irftnqiie» me ba&Sttibkdo^ ti g^eítéifeY^l^lie^ltPjr le amomosi^ que Ift^Q|llftfSfOQ.tDnf2Ai<^,#l^ 9^
ojos su noble comportamiec^^o,. ¡^b« M^- dalena! .Si Luii^ me hubiera amado^ qué feliz le Liabriar hecho éV ínñiónsó' cariño' de mi alma; pero fué a ti, y tu no I14S querido arrostrarlo^ todo por el honibre que hizo latir lü corazón, y háá ^i-tíféridb hfetiiío en-te»qüe hay'inás grande, ínas ékgmñd púct^'úñ^btíi^ brereuiái dignidnd.'^ ^ ' i' ' ' ' ' • •
' !D0CIS liEYENDAs:-^! 1 ''
J^iguráos por un instante cuan graneen ttiíé él esfuerzo que Luis tuvo que liacer al escuchar aquella conversación, para no darse ^ Tonoi^er á aquellas dos amigaá que con tanta franqueza se decían sus sentimientos, ajenas de que no liá)>la per^do utía Mía de siiepalabras ék homtítetáe-ijfmn sé oclipablkii.
Hubo un moiliéntb éñ (píe Luis c]^80 arrojarse álos pies de Ainpiiroi lleVaéo iniis bien'idel deiseo de kamiHar á la ibüjer que tan eruelm^itb le-liabi^ófinÉUdD; p6ft> reflexiones, y peí maneció en la misnlá iátnaeioii, como fiíjiaíte liubíese lOido.
^ liá^ 6imp$m del Mlqj de Cátédrsl, al misiííé ÚeeíM qtllt la del de Faládoi Imootr las dieiB de lai noche. '
^ Las dos amigas, siguiendo el . ejemplo de laei que laÍ9 acompañaban, sé levantaran y tooiáron la dirección ae su casa. '
Luis, jima de niU encontradas ideas, bombinando un plan tras otro, y rechazandolos todos después, permaneció en el mismo sitio hasta que escuchó sonar las once.
—128— Tomd al fin una resolacion irrevocable; y como si se hubiese quitado un gran peso del alma» se dirigió á su modesto cuarto en una casa do vecindad.
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Tres años «Icspuos«
El dia siguieute á aquel en que tuvo lugar lo que llevamos referido en el cuadro anterior, recibid Arturo la siguiente carta:
"Amigo muy querido: He tomado la resolución de abandonar á México, y buscar en las agitaciones, peligros y sinsabox*es de una campaña, el olvido de un amor que desgraciadamente no puedo an^ancár de mi corazón. Es tan necio el que ama ciegamente» que tal vez mañana volvería yo á arrojarme á los pié de esa mujer, indigna del profundo pariño que mi alma le ha consagrado. Mis
—125— rélacionefi con xxno dé los Bjudantes del general Dfii»^. inelmoeaa^jper^uviiua colpcacion Qn la^ filas de su división; corro» pues/á com^ batir, porque soló así puedo* olvidar. T^^ rviego me disculpes ante tu pacjre por Laber aban4onp.do así el, puesto cóü el cual, por medíiicron tuya, me favoreQió un dia. Si alg\ina x^z vplvijese yo a^Mexiqo, procurare buscarte; pues sabes te (juiero con invariable lealtad. Adiós. — Iaiís ''
En efecto, Luis salid de México ese liiis-
mo dia.
Como no nos hemos propi^esto i^^rrar las peripecias de la campana republiqana, bastante conocida ya por la multitud d? escritos que nay sobre el partícula^, diremos solamente que Luis sentó plaza en uno de loS cuerpos de la División del General Porfirio Diaz, segíin habia pensado. Y como acontece en toda época de revoluciotí, de simple ciudadano que era, fué admitido en calidad de tajAtan, logrando por su denuedo, así como por su exactitud en el servicio, ser ¿s^
—126^ cendido gradualtuente, hasta llegar á coronel» con cuyo grado se encontraba cuando él «itro de esta Capital en 1867 por las luerzas del General Díaz,
En Junio fuj^ ocupada ja plaza/y ál^n^ trar Luis al mando de mi cuerpo el 21, ;füé su primer paso, después de alojarlo, indagar el paradero de su amfgo Arturo. Cn esta ocupación estaba, cuando se; le presentó uno de sus ayudantes:
— Mi coronel, un señor busca á vd. coi? empeño.
— ^¿No ha dicho su nombre?
-r-Se llama don Arturo***
Sin dejar concluir á su ayudante lanzóse Luis en busca de su amigo. — A . poco eptraron aiiibos a la habitación, alegres y satisfechos.
No bien huWeron tomado asi^nfi^; cuando Luis preguntó: . ,r
— ^Y de Magdalena, ¿qué me díee^? en estos tres años en Tano he <|uerído sAb^r dp ^Ua,
—127—
^Todavía existe en tu pecho esa pasión? repaso Arturo.
—Su imagen me^hft seguida á todas par^* tefi. Si algtítiií gloria' me ha oabído en la campaña, á ella se la deberé sin duda. : Yp, fraocaménte, peleaba para morir, para olví^ dar, 6 para elevarme hasta una altUi'a en que pudiese yengarme dé la humillación que ha« hia* sufrido. Pero habla, dimo, por Dios, qué tida ha llevado Magdalena . durante estos años en que he estado ausente?
-^Tal vei mis palabras te causen una ma«. la impresión: hablemos de otra cosa.
— lío, Arturo, exclamó con vehiemencia Luis; dímé eúanto sepas, si eres el amigo misino que fuiste antes.
-¿-No debes dutíárlo, cuando he corrido á tu encuentro en lo momentos mismos de tu entrada.
— Sí, Arturo; pero por Dios, ¿ha muerto Magdalena?
— ^No; ha sucedido algo peor que eso. Ya que tienes empeño en saberlo, nada te callaré.
—128— —Te escucho. .,
— Yo no sé qué fatalidad horrible nos ha hecho pasar por. las amargas horas gue hemos apurado. Si hubieras p^rmapecido fij\ México, tal vez hubieras^ tenido uu gri^y^ disgusto, (5 te habrías olvidado para 3Í0iup¡re de Magda leiuk Ella, como uo pocas^de uues* tras lindas paii^nas, ha hecho yerdad^ra^jQ* curas con la oficialidad francesa. A Ja-Vj^** dad, yo hallaría justificable la coxidíHAta de las mexicanas, sí- al menos hubies^u ainado á lo bueno, á lo principal , del ejérc^o; 4)ero hemos visto cosas que.. «...i Luís, sera ipejor no continuar. . • -.
^«* Yo te mego, Arturo, que CQuíimí es;, — Pues bien, hasta los sargentos .anduyic" ton con insolente f ortuiia, solp por ejt^liecho de ser extranjeros* Magdalena fué visitada por gran número de oficiales franceses^ y.
díéronse en sus salones frecuentes tertulias
. • . . ■ ""
en que los mexicanos hacían un papel secandsírio.
—Y al fin resultó casándose con. o-lguii ayudante, ¿verdad? interrumpió Luis, que
_/ —139—
anhelaba saber cuanto antes el fin de aquella historia.
— rNadSf de eso. Bien sabian ellog, que todo lo inquirían, que la brillante posición de la familia de Magdalena, era una fábula. Gozaron cuanto pudieron, y al abandonará México no le consagraron á ella un solo adiós.
— ^Y nuestros paisanos, ¿qué hicieron?
—Como era muy natural, ni los adictos al Imperio apreciaron en adelante á las que se habian señalado en esos flias de prueba por su decisión por los extranjeros.
— ¿De manera que hoy Magdalena está completamente libre?
— ¡Oh, por Dios! ¿Llegará tu ceguedad hasta el grado de amar á esa mujer, aun después de haber escuchado su historia?
—Jamás, Arturo, jamás! Antes de contarme en el número de los que combatieron al gobierno que acaba de caer, Ke despreciado profundamente á las mujeres que sin dignidad ni decoro abren sus puertas á los aventureros de otros paises. Amen eñ hora bne-
DÓCE LEYENDAS. — 12
—130— na al digno extranjero á quien preceda un
uombre conocido 6 una honrosa recomendación; amen á un hombre honrado y digno» después de conocerlo, venga de donde viniere; pero que no subalternen los hijos de su patria á un desconocido audaz, á un miserable esbirro de su gobierno» Ah! cuánto bien me han hecho tus palabras! Magdalena habia sido hasta hoy el sueño mas dorado de mi alma, la esperanza dulce y tierna que me 4inimaba en el combate, el ángel que me cu-, bria con sus alas y me libraba délos peligros. Sí,; Arturo, yo peleaba sin rencor; buscaba, no la muerte del enemigo, sino la mia; 6 el triunfo, para llegar á alcanzar la mano 'de ese ser querido. Indiferente y frió á todo, yo no podia olvidarla nunca; pero hoy ha muerto para mí. De Amparo, ¿qué me dices? ¿observó esa misma infame conducta?
— Estuvo completamente retraida de la sociedad de la casa de Magdalena, y aun de la mayor parte de sus antiguas relaciones. Parece que su padre tuvo ocasión lin dia de tra-
^181— -tar con. el mariscal Bazáiñe, y salid poco satisfecho de aquella eutre vista/ Yo ignoro lo que seria; pero puedo asegurarte que Amparo no tratd mas de una vez á los franceses. Ella.:
—-Mi coronel, el general le manda llamar; interrumpid, entrando, él mismo ayudante qiíe anuncid á Arturo.
— Señor coronel, dijo afectuosameníe éste, tomando sú sombrero; sus ocupaciones le llaman, y dias nos han de sobrar para que hablemos de nuestras cosas.
Luis tomd su kepí, y Arturo le siguid.
Desgraciadamente los informes de éste último, eran de todo punto ciertos.
Existe en gran número de las mujeres, no solo en nuestro país, sino en todos, cierta in< discreción que las hace contraer relaciones con cuantos extranjeros llegan á tratar. Parece que tienen un espíritu de curiosidad sin límites, que las impele á querer conocer cómo aman d cdmo engañnn los hombres que han nacido bajo otro cielo.
Así, hemos visto muchas veces preferir
— i3a—
un jdescoaocido á un hpnrado joven ^e nuestra sociedaJ,' y también hemos .visto que mas de una vez se han enconti^o abandonadas por esos ejctra^jeros, y han tenido que volver á llamar á las puertas de sus padres^ llevando algún recuerdo eterno. Mudio nos hemos ocupado en averiguar cuál es la verdadera causa de este mal^ y solo hemos podido saber» gracias á la franqueza é intimidad de una amiga nuestra que conoce bastante á su sexo, lo que vais á oir.
Las mujeres, nos ba dicho nuestra amiga, son siempre afectas á- ostentar un amante nuevo, y á manifestar que son preferidas aun por los que han tenido ocasión de admirar las pondei'adas bellezas de otro^ países. Además, continuo, muy pocas veces. creen que los hombres hablan de hú^p^ fe; y entre verse abandonadas porj ufi í^nante á quien tal vez no volverán- á encontrar, qupca . en su camino, á estar viendo todos los dias al que las ha burlado, optan por el primero, y le fingen todo el amor que no son capaces de sentir. Tanta impresión nos hicieron éstas
_133— palabras, que mas de una vess nos hemos puesto á reflexionar sobre la gran verdad que encierran, y hemos acabado por creer que nuestra amiga tiene razón.
Ya los lectores saben cuál fué la vida de Magdalena: hablemos, pues, de Amparo.
La imagen dé Luis no se apartó un solo dia^e SU' pensamiento, y elevó infinitas veces su oración al cielo por la felicidad del hombre á'quíen amaba su corazón, y con cuyas caricias soñaba con frecuencia. Solicitaron su- ínanot j)éro ella rehuád.
En cuanto á 'Arturo, fué presa de los celos mas devoradores durante todo ese largo espacio de. tiempo trascurrido desde la desaparición de su amigo. En yauo quería hacerse la ilusión de querías relaciones que él veia entre Magdalena y la oficialidad del cuerpo expedicionario, le hablan hecho olvidarla. Elía estaW cada dia mas encantadora. A medida que el tiempo avanzaba, parecia que con el natural desarrollo adquirían sus formas m^yor perfección. Y como nada hay en el mundo mas rebelde que un
—134— ^
corazón apasionado, Arturo amaba á aquella mujer, á pesar de que todos exclamaban al verla: ''¡Qué lástima que esa beldad hubiese descendido á ser una coqueta. afrance^sadaF'^ Magdalena pens<5 algunai» veces en Luis, y recordó mas^de una, aquella noche en que le juró amarlo siempre,; pero al punto que la asaltaban^ estos recuerdos, procuraba desprenderse de^Uos coQio de un tenaz remor^ dimlento. La total desaparición de I>uís<cob^ tribuyó, no poco, ahorrar suimágexi del corazón de aquella beldad q^e pugpaba por desoír los gritos del alma que le hacia ver ei^ el joven á quien habia abandonado, á un ser mas digno, mil veces, que toda aquella turba de adoradores de vistoso uniforme y extranjero lenguaje.
El padre de Magdalena no varió de ideas.. Procuró por cuantos medios estuvieron á.su alcance, relacionarse con muchós^ gefes deB ejército francés, logrando de ese modo el que sus acreedores no procediesen contra él; y su casa fué, como hemos visto, uno de los principales focos de los extranjero?* Así^
—135— Magdalena no hacia sino seguir las inspiracienes de su padre, que en todo miraba su conveniencia, á costa, del sacrificio de su propia dignidad. ^ Increiblf^ parece, pero nada bay mas cierto como el que existan padres que convierten á sus hijas en miserables instrumentos de un vil interés, y las obligan á representar un papel indigno ante la socie- <ÍAd ..,.
IX.
IJná noclie de posadas.
^ Habían pasado ya algunos meses después de la ocupación de la capital por las fuerzas republicanas, y Luis, al mando de uno de los cuerpos de la guarnición, en vano habia anhelado ver otra vez á Magdalena, de quien decian todos que poseia una belleza imponderable y una atracción irresistible.
El retraimiento de la jdven no era otra cosa que la consecuencia natural de su conducta en el pasado; temia, y con razón, ser menospreciada. Así, Luis concurrid en vano á las cadenas^ esperando verla salir de la Catedral; en vano asistid á las fiestas y pa-
—137— seos que tuvieron lugar, y en vano pasó una vez y otra por lá calle en que vivia Magdalena. . > .
Para Arturo nada de esto fué un secreto. Observó todos' los pasos de sú aniigo; pero sin decirle ima, sola, pf^labra.
El, por su parte, hacia lo tíaismo que Ljuis, y no obtenia^, como aquel, ningún frutó.
Así fué trascurriendo el tíetopo, y liuis fué sintiendo aíaortiguárse, grado agrado j aquel amor que antes minaba las horas de su existencia.
Amparo, modesta, tímida, apasible se presentó á sus • ojos y á su pensamiento como esas flores que perfuman los valles solitarios, y no los jardines espléndidos que forman el encanto de los que viven en las grandes ciudades.
Amparo, con la mirada de sus bellos ojos azules, con aquel tinte arrobador de vaga triteza que habia en su semblante, con su modestia dulce y tranquila, y sobre todo, (ion la conducta que observó con los franceses, no pudo* menos que despertar en el alma d<
—1 asLuis el recuerdo de aquella noche del mes deNoviembre de 1864, en el poseo de las cade-^ nos y CUTOS sucesos conocen los lectores.
En el hombre hay siempre una buena ddsis de estimación 6 amor propio, de egoismo individual, que hace apieciable ante 9us ojos á aquel que le consagra un recuerdo 6 un pensamiento. Porque aunque antes heñios dicho que nada hay masí rebelde que un corazón apasionado, existe, sin embargo, en el fondo ^del corazón, un sentimiento grande,, profundo, de dignidad 6 amor propio, que llega á rebelarse un diá y que 1q coloca sobre las otras pasiones que pudieran dominarlo. Puede -por eso el hombre adorar con delirio á la mujer que ha encendido en su J)echo la llama devoradora del amor; pero si ella le hiere en lo que hay mas sagrado, mas susceptible, cual es la dignidad, no hay por qué extrañar que ese hombre abandone y olvide al sór.gue le habia cautivado. Por el contrario, sucede que llega alguna vez á «aber ó á cqmpren^er que existe una persona en quien él jamás habia pensado, que le ama y suspira
porque sus alm^$ no se han encontradQ enel camino de la vid^ y entonces aqueLbpmbre^ antes Indiferente, siente en su ser algo que no pued^ explicarse, y ese algo no es otra cosa que la .primera sensación de un amor que,. si la ocasión: lo favorece, acabará por apoderarse del corazón. Y es que, por mas que se hubiese repetido mil vecea que el hombre ambiciona y quiere solo lo que no le es fácil alcanzar^ existe siempre en el alma un sentimiento* piirísimo que bien pudiera* mos llamar de gratitud* ^.^
Y él amor, que tiene una base tan noble y sólida,, puede muy bien ser mas duradero y loal que esos frivolos aniores^nacidos enti^ el rumor de una orgía,. en medio de las lascivas níelodías de una danza. Para nosotros, es inconcebible cómo existan hombres que i^f ran toda clase de humillaciones y desprecios, y digan, sin embargo, que aman á la mujer que se ]ps prodiga. Cuando: vemos á algiino sufrir resignado cuanto puede ocurrirse al caprichoso é incomprensible corazón de la mujer, nos parece que hay oculta bajo
—140— ^sa aparente rbsignacion lia. idea de uiia venganza cruel, sí la constahcift y el tiempo no ablandan á la ingrata. Las mujeres, por dos razoneá no deben amar nunca á los que sufren* su altitez y sus desprecios: 6 aman á una persona de bajos sentiinientos, <5 se exponen á ser víctimas de una gran venganza.
Pero volvamos á nuesVa interrumpida narración.
Invitado Luis para concurrir á una noche ie posadas en el mes de Diciembre del año í que nos hemos estado refiriendo, fué presentado en la casa de una de las principales familias de la capital, cuyos salones, elegantemente adofcados, presentaban el conjunto mas encantador, poblados como^stabauj de muchas áamas de esas que forman de ésta ^ciudad el Elden americano.
Al penetrar Luisa aquella mansión dé pía* cer, sintió que su corazón se estremecía y palpitaba con violencia. Era el recuerdo de aquel espléndido baile en que Magdalona, de la misma manera que una flor exhal» la suave esencia que guarda en su cáliz, abrid
—141—. los labios y embriagó coa su néctar el alma enamorada de nu^tro liéroe. ¡ Los f*ecuerdos! Nada hay en el mundo mas triste y dulce, al mismo tiempo, que volver con el pensamiento aguzar de los dias que huyeron para no volver. La vida de, los recuerdos,, es la'vida del corazón. Olvidar para sieüipre, es propio de las almas mezquinas.
Luis, con una mirada rápida, pero indagadora, descubrió que Magdalerm no habia con-, currido á aquella fiesta.
El jdven corqnel, tomado del brazo por uno de sus ápaigos que, sea dicho (Je paso, eran ya mas numerosos, como que contaba con una posición brillante en el ejército, recorrió de un extremo á otro el salón, y acabó de persuadirse de la ausencia de Magdalena.
Al fin sonó la hora del haile.
La mayor parte de los jóvenes presentes: tomó una linda pareja, y comenzaron aquellos animados diálogos, aquellos expresivos apretones, las miradas de fuego que se cruzan, los alientos que se confunden, los senos
-—14:2—
qué palpitaa y los suspiros que se exhalan ^omo por descuido; todo aquello, en ¿n^ipie tiene lugar mientras al campas de una música deliciosa se confunden los dos sexos. Los que bailan deben tener mcftnentds muy felices/deben ser, en ocasiones, muy dichosos; sin embargo, hay para nosotros algo qúenos impide ^zar de ésa manera. Ése algo no es otra cosa que el egoismo sin límites de nuestro corazoti. Tener en nuestros l>razosátína beldad que acaba de estar en los de otro, y que después de nosotros Tendrá' también un tercero á tener entre los suyos, á f é que no es nada delicioso para él que siente y piensa como nosotros sentimos y pensamos.
Luis, que abrigaba estas mismas ideas, y á quien habia colocado en aquella ¡situación, años antes, el amor de Magdalena, se abstuvo de bailar.
Sentado en uno de los extremos del salón, vid'una cara qué no le era desconocida.
Era Amparo, que tampoco habia tomado ;pai*te en el baile.
Los recuerdos de aquella noche del mes
4e NoTÍembré de 1864 se agolparon á «u imaginación, y como movido por Una mano 4esconocida, abandonó el sitio en que %e encontraba y corrió én busca de uno de los idvenes dueños de la casa.
Pocos momentos después, Amparo y Luis ^eran dos buenos amigos que convénian en ideas, y que tal vez, sin comprenderlo ellos mismos, se dirigian miradas demasiado expresivas.
Hablaron del pasado, y Luis con ingenui*- dad confesó que hábiá amado á Magdalena; pero no dejó escapar una sola frase dura que pudiese revelar su resentimiento, y aseguró á Amparo que aquel amor babia desaparecido de su corazón; y como ésta tenia un gran concepto, una alta idea de la grandeza de alma de Luis, creyó stís p&labrás, y sintió que su Corazón se agitaba con Viólencía. ..
Durante todos los instanties que la níayóría empleaba en bailar, mientras los viejos jugaban, ó charlaban sobre política en las otras habitaciones, Luis y Amparo, en a;ni$-
—144— tosa confíauza, entrétenian las horas de aquelia agradable velada.
De la misma manera que la suerte parecía
haberse empeñado en separar á Luis y á Mág^-
-dalena, parécia, par el contrario, que quería
unirla 'para siempre á la dulce y modesta
Amparo.
Aquella conforjnidad absoluta de ideas, el vivo interés con que mutuamente se escuchaban,, y las miradas indiscretas que sin V quéi;ev se .(Jirigian, fueron colocando á nue&- ^^ tros jávenes en una pendiente peligrosa, pero que -tenían forzosamente que atravesar, porque . lap Jeyes del destino son irremediables.
Luis, aunque tenia muy presentes las palabras de Amparo en las cadenaSs tuvo el buen sentido de no referir que las había escuchado aquella nocheT.
¿Quién es el hombre que, con tan magníficos antecedentes, tiene la fuerza del alma baÍBtante para no dejarse llevar del impetuo^ so torrente de^.amor?
—146—
Luis, con tacto exquisito le habld, pues, de amor, á Amparo.
Ella..* ... repuso lo que si^npre responden las mujeres la primera vez que les hiüblamos de nuestro amor.
Pero aunque no se había pronunciado la frase sacramental delfí en los amores, cuando la reunión se disolvió, aquellas dos almas estaban unidas para siempre;
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DOCK LEYENDAS. — 1 3
Amparo halló en el amor de Luis el cielo que su alma de ángel liabia soñado tantas veces, y Luis se consideré el mortal mas áu clioso del mundo, poseyendo el corazón sen« sible y apasionado de AmparOé
Magdalena, entretanto, abandonada por la juventud elegante, temiendo hundirse para siempre en el abismo de la pobreza, porque tal es para los grandes que descienden, lamentaba en el silencio de su habitación su mala estrella, y lo que es peor todavía^ la soledad de su alma la hizo pensar en aquel
— M7—
•wor tMLiiidl,4sáriMp0y(ikb^^«^ el isoinzon
jdven en su pecho un tormento agudo^ ^Met*. no, destructor.
Por eso la vimos aquella mañana de Oc* tubre de 1868 eñ la Alameda, pálida como una aZQcena.
mi¡»fm^fíi>iafi^ Umiga
mezclar el nombre de Luis en sus f reoiíenteá
• ijaiíí^ta^oí^qu^ ttaséltttti*se^tb^^ oba'díotiés Aei^is^^eiipttftt <l46«Mo6^*^ Sé^^éi y étí estas aulemítas i<>s MAs^lb se íiferotí pínielMs deli«¿iÍDd ■Mfihaa0náfá4Qr&a«ba*qH^ tfn l^ebi:cÉo4^ Ifififitaé^iuiiieMiií ps^^ieiÁpm^^ con gflmt\jÍB&it iftoii &ifiditÍA<'deiAinp^ilN>, i{t(e vi<Si0»t^MÍl«DliÍcé¿H fel^^íétc^^'hi Jtfif^;
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Despites de verificado el mátrimóttió de
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Casóse Magdalena, y tuvo Íntnédiáikmieil« te que abandoinar a M¿k¡oo;í8Íii émliárg«f, su esposo le li|i;prometHlo vaniirf n l»row .á tadi(}ar«e,43ií,^ ca^taJt :e« 4o¿4fi'le>A$c;gMi^ que rí^ft^ia^rop «pn Ji^;p#c^|íod«4^4wai«t ; eu
mas <^.pÍfltíttmta,l«|jW4:g91^f'fiMít^
i|uien tafief^ ¡1$ pví^niulmito %tti)a ide»iáí| alMkk n»^ di^lftívd^ .|#]^ iirfill p[op> toiiiliiiiéaniihi><^ Ubov^filpiritiiPMi| <}ii(ft áUí JiAtt^faiiiielitiMk^
C0D lUiaL inwgib^kniaidie*^ vano hw^ caria en el corazón de aquid t^o, j^re viejo propie1$uio, y sQbf^ viejo^ tonto, esa ternu* ni BÉe encaptp que solo la luventud proppr*
Para conquistarse el cariño de su bella icón£k>m.,' a^uei tiUen noml^í^ nótieñecárí. cías ñí .Ifrases (jtúlce^^ pero prodiga sus tébo» rós£ mánós llenas. ' magdalemi lie. prenota siempre espléndidamente ataviada, ' túcien Jo Y^l|««(|s ÍQy^;,iBff^,^u,lJeT^«r.ui«| so^» flor
háiá flores déli'alám stfld* Wolflín feenndia-
En- breve, cómo bemos üicbó, vendrá Magdalena á rivalizar con las mas poderosas famlfiagj' (iDo^iweia^ r'Sin «faior al iMldbre » quien se Iw >dttidd pillll iieSl|)pr6;ekctteiído
la letaldiiélbiiii^ fué scmodful eowl» maestra, acabará, en su afán por haoerMMidlirar, por sevd blaaco (fe las aoManto ^iqm «ráeles, de las méoéáúm «m ^féamoAmi-^yítál TÍ»ideeo^sp«dmiq,>'t - ;. k^ '<-: - • • j!'-»f
£1 hombre gue a,aoa edad avanzada, fiado sólo éii él poderosa atractivb del oró. se casa con uínA mujer i6\eu y^néfmosa' Inny diiícilmente puede dejar de nacer un pppél n*
dículo ante la sociedad.
Y no
las redes que ja ^du^cion tiepde llena do
■ Cdmdfoslééebres^quémn tHtbeh:
la suerte de dos de nuestros perstftta|és, ks
dvepof^ fi«x% QmQ^mí,.(im ^l p^di^; dp
Magdalena, int#rA$Ad# yf^ yn,lop ptgQci^s 4? su nuevo verno, .no penaS mas en el,poir,venir.
—151— En coanttf á Arturo, diremos, queriéndose él solo desgraciado, ha concebido planes no difíciles de realizar^ pero que le traerán muchas lágrimas^
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Era uiia hermosa, níañaua de primavera, allá por tos anos del 5^. ^ » - .
'En J^ ribera dfel., tranquil o mar de la eñtoDces villa .He Cañipécíie; estaba útia 'heñí sima joven sentada sóbi-e tih pequeño úiMrnó de arena,' cóútemptarido con fijeza el inmenso espejo del océano, ctiyaá olas llégálííín á morir á sus píes. * ' Su inquietud, áu hde-
• ' . BOCB'L'ftMfíDAS. — 14 = •
—1 Saín ui, su n^irada, todo parecía iadicar que ella esperaba á alguna persona que debia Hegar hendiendo las olas.
La tez morena de la joven, ligeramente 4>anad4ik (k-qaroun» suS'^jos y 4i^^WtiA bios, OJOS negi?os y hermoálos, y sobre xódo, ^na expresión dulce y angelical, hacían de 'Carmen la criatura mas bella y encantadom*
La tierna hija del barquero Félix era te«- nída por la mas preciosa de las Sanromaneras. No había en la villa quien no la mira-- se $íno con amor y con tristeza, pues nadie ignoraba que Carmen profesaba á Enrique» joven pescador, el ai^or mas puro y ardíeijh te. Y Enrique era, en verdad, digno de esv.^ amor. Todas las muchachas de la villa suspiraban de amor por. él; jtpdas tenían celos vde Carmen por su amapte;no había unkque :no le envidiai'a, pues Enrique, fiel á aquel «cariño^ jamás obsequiaba ( otra que no fuejse ella. Carmen iba todas las mañanas á esperarle en la ribera, y lo recibía prodigándole miradas de ternura y sonrisas fascina- «doras. El, 'cuando se aproximaba á la orí-
—166— Ha, eatopAbR dulces y tiernas playeras, en i|«be iWt mezclado el nombre de su amada.
Cármeu y Enrique eran^ de ese modo, los . aiaÉiit08 mas dicbo^osi
La macana ea que comienza nuestra narración V ^1 j<iven pescador se había dilatado ea el «ar mas de lo. que acostumbraba; j Carmen, Uena de teqaor y sobresalto^ le esperaba, pensando unas yeces que acaso le babria acontecido algo desagradable, y otras, que había ido en busca de un nuevo amor.
Triste por la taixlanza de su amante, entpnd con voK «lelcfdiosa, esta canción:
^* Ven á la playa, bárljuero mió, -
Mi a!¿^ i)e espera llena de ámor;^ lío, cruel, me hieras eón tu depTÍo,^ Mira que sufre mi corazón; Si tá no vuelves, con llimto triste Del mar las aguas auriiéntaré; ¿Fot qué la calma perder me hiciste? Baiquero mío, ven presto, ven."
El viento parecía repetir aquellas notas tristes, envueltas en los suspiros de la en*
cantadora niña enamorada. Callaba élYa^ tairaba el mar, y asegurándose de qué' líó se divisaba la vela dé' lá barca de sü amante^ repetía su canción. La ttiste^a dé su álma^ reflejada en sus grandes ojos negros, Tenia con su tlüte ¿ie!añc(5K(ió á etííbellecer mas y mas el r9stro seduétor de la ''ShnroTtíaneta. , Al fin las blancas velas dé las barbas pescadoras comenzáronla lucir én eí Tiorizbiíté* azul qué se extendía ante su vista, semejando nevados 'cisne3 nendiéhdó suS áláS sobre la inquieta supei'fiéie del mar. ; ' * ■
En la mirada de Carmen brilíd un rayo de esperaiiea> PjerO:iay!.á;m/Bdida cp^^ las barcas se %«0rt^I)|E^i})j;Se: iI^i..rdÍ3}paud(if. aquella herm.Mi^il^s^pt^.pfiejS^ entre aquellas barcas no veia una con laa /añH particular qy^e le servia paria^djstip^írla entre las 4^ip^ ^
De los ojQBi^íQámmf^n t^rptar^.dos pre*. ciosas Mgticnasrqb^j^ubi^taii^soiiroja^do á^ perlai3 que -avauo .esqofide el «ar^ ,;:... ;
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ngir^aitpj^ pftn:./e;q^piof» doUeiJte 9Í «i^r fH?^eg|k%,q}i« .f e ^tw<li?k. ante ^11^» « W4<> uv&.jttiraiJ^ dft %feo,4«f!^,jía§ta.eút9,^Q»8.fe». bia esperado en vano enconti^ti»et .(»p, la suya, la his^Tj^rjQíi^nec;^^ inwdyil, Fr^^Ja mirada de Juan Yentii^iii^, .^^ue, ^m^isa^ínmd'
—158
Aproximóse Yenturate á la yitw^^ y dmt^ do á sus palabras toda la temez» j émlzan^ de que era capaz-, le babld ssí:
—Lloras, encantadora Carmen,, poirque tu amante no llega; y lloras naieattae & se halla, acaso, jurando amor á otra, sin consagrarte un solo pensamiento. Mientras haj,. Üngrata! un hombre á quien no das una mirada sola, cuan Jo muere por tu amor.
^^Juaü, no Tenga td., por Dios, á*liumei^ tar mis dolores con ém caláitmiaS) ni' imehaK ble más de su ainor, pues inuchas Teces 7» he dicho ya ^'e tío tIto sino por Sniiquet • —¿Y si él te olyida? ' '
-í-¡Oh! si él me olTida, y n6 • lo creo; Trviré adorándolo y moriré bendiciendo sA- Bom^ bro, ¿ peisár de ese olvMo. - Yole aMo fcm^ que éÉA es la única nééeíBidad dé mi alñiáL Yo no le quiero pon][ue me x^^^ amor, Háá vida te pertenece áüh cuando no meame^yi» se lo he junado; ' ' » • -
— ¿Conque no iíne atnarás nunc*?-^ -
—¡Jamás, es imponible! *'
Carmen, léTañbándoisé, quiso hüit dé aquel
—159— sitio después de pronunciar con heroica resolución aquellas palabras. El semblante- de Jttan Yenturate estaba Terdáderamente espantoso. Bus ojos brillaban de una manera siniestraí; sus hiiembros todos palpitaban, y en medio del vértigo de que era presa, tomd á Carmen de la mano, forssosameute, diinién-
dola con acento at^nasador:
— Hace mucho tiempo que cifré mi felicidad en alcanzar tu amor^ que no vivo sinopor tí, que por tí me siento capaz de acometer la mas grande, la mas arriesgada de las empresas, y en todo ese tiempo no he recibido en recompensa sino tu fria indiferencia» tu cruel desden. Has prodigado caricias ante mis propios ojos á un rival aborrecido á quien no ha traspasado el acero de mi puñal en esos momentos, por no . verte manchada con su sangre; boy me repites que jam^s,. que es imposible que me des tu amor. Fuea bien, sabe que desde el instante en que té vf por vez primera, juré á mi corazón que serías suya, 6 de ninguno; sabe, Carmen, que mi alma, nacida para las grandes pasiones,.
te jura hpy qu^ no serás de Enrique* . Mi vepg^uza^ jSfl^^^ cüuiui de yuestm ruinar. Mi corafloa Jio pne4e abrigar emp .amor ú ddia. TiemblaiCá^m^q» biea I^vce^ eu temblar**...,»
Jua^i^ V^eatafiatíd aealej^:.
Cálrinea.. abatida yr llo^sa, $6 (Urigíó á ^u hogar, en donde el barqu^r^) FéU^ la ei^ra^ ba con ansiedad.
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Haia pasado mucboa djas.
Nunca U* felicidad había sonreído , más dulcemente á 4os amantas, que. á Carmen y Etóqua, eJ<««l«s por e. crin.:m« tíeroo. Tras las ligeras niibes ,q,ue lo empañaran la mañana de (][ue ixos )iemoe ocupado, el sol ^de su ventura Iiabia vuelto a lucir esplendoroso.ppmo nuuca.
, Enrique nabia nédido al vi?jo Félix la mafio de su hija, y éste sé la iiabia concedido gustoso.
No pensaban los amantes , sino en su imponderable dicha; eñ laa hor^s de amor qu<^ bebían disfrutar bien pronto; cuando las bendiciones del cielo sancionasen su pasión. Eh
—162— «stas dulces esperanzas, miraban el porvenir á través de un encantado prisma. Era una noche deliciosa. ^^ La hermosa compañera de los amantes brillaba en todo su esplendor, en el asul del sereno cielo de Campeche, sin que las nubes velasen, importunas, su candida faz.
La villa estaba entregada al reposo, arrullada por el melancólico rumor de las ola» que llegaban á besar sus plantas, y poV el grato murmurar dé . los palmares, agitados* por las. frescas brisas dé la noche.
Todo yacia en el mas profundo silencio*. , Los habitantes de lá población dormianí tranquilóla, ajenos del grande acontecimiento que, debiá despertarlos bien pronto.
De súbito vióse sorprendida la villa por numerosos piratas capitaneados por el famoso filibustero Guillermo Parte, á cuyo sola . nombre temblaban aun los mas esforzados* campechanos.
Los piratas lograron penetrar hasta el cent^*0 mismo de la villa^ esparciendo el terror wx todas partes. . *
—163—
Anoimdado&^oirián iatempestívAagrf^ioo». no sabÍMi los iMibitaotM de CEitipech^,8Ínx> koir despay^dos, y ^M;reftaoto, lad fiUbnsteros robaban eaanto ágn^pofio^ encoatraban, y oometíaa to¿o gi$iien> tle tsttesoa*
Para amneotaar aquel de«<$rdeti« á» lo^dos^ idcaldeade laviUa^ uno se balUba, en una hacienda de campo; y el s^iguildK^i ao cqutaado oon elemcotoB pfln»épóner v^siaitencia. alguna á aqttoUa iiieq»érada m^maloa^ refUr« gióse en el convento de San Francisco.
Pero aqttelto no podia pcomíafnetér así.
YerifiéÓBe una teáernúoi en 'los ánioifos^ iRttéb fttinrrolicadotí'pof la' sorpresa y la confosíon, y los braVojs Ujes de €!amp0í($he, ¿ cuyo frente se hallaba ya!^ alcalde Intetian^ en^ñaroa con ios ^filibusteros un combate eúcaruizado. ^^
Ya amanecía.
Los filibusteros cometian inU depredación
^es, y ya se cuidaban mas de robar que de combatir. £1 temeraria valor de los agresores era contrarestado por la heroica resisien-- cia de los de la villa. Sin embargo, el éxito.
^164— «ra dudoso^ eaando ubiaeidlp&te vino á dar la victotia á'lúé dlttmoa ChiiUerniíft Bwkcr fué hetido, y este MLeesoinfiuuHií.^.dfifl^ aliento entren k^ft suyos. Loft^ampéoluyiao'k^ comprendieroft'MÍv y redobláis»» sud m&mt^ 20S cont» el enemigo, que i»wqn^hmtée^ jando en'tíerm.ígmn parte de 8aibtíti«üétt*,fHa: preeipfCada^íttga^ •, - ^ . ..:
Cuande los filibusteros !solittroa!«a> lék bM {>itacioii de.' Carmen, . Uí tncotttiisf OH; ^¡fm^r
La polm^ánon,' al solo : rna^b^ 4ej tí|iilleriho Patke,^ habí», mido .avi «eo(f49<9 /Al filote de mtpxt^lB^. húvá»:á^kmi4iA99i A^mi hombre: congas ;dM^iicajadsr¿« ;..«; i . .
Bra Juád' Ventucatei \ ' ; n} . .
Contempló-áia^miijétr ^tte aiiisibi9iy^4ídM9 ha, con toda el alma, y se ocor(^ ^9- W i^Fr rible juramento *..^;.%>í^ík.<k/....
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LoBpiiáta6«:buj«ro&.. ; , ^. . .
Cuando el sol bañd cou 6üb jdoiaíQk)S sayos tA li¿»iflottte»'vifta¡áe -uáicimáüodc». dolor viA^aikittmMt coii(«tK(ki;[L XodóiosiiibtciiiuQ «ÍBpai|tMa 'ióteiKfrdéaiv yi tpmiúwbd»i qxmw se Tééo^otia^hBL liiqdlfkítleBtriuitqra: ) de ioñ filibusteros. .í,¡; ./••.}•. •
Las bellas hijas de Campeche parecían flores marchitas por el cierzo.
Muchas habían sido vilmente holladas por el cínico ínYWii^' wqv^l]^^ cr4if\i|ial^* .
.yímw^eJB$j4v!B«eftpyw»is^s,d^ viiliá'babiftiL' :p0iiéykié«i i 4n: U Jpe];4ie9r kujha ton *los;'üiya90reB.!. • i," ..: •••.:= ,»•••: ¿5."
Utnt'jdvétripáiida •^. Uora^a^ oonc^^cabello
■^■■-
—166— tlesordenado, iba reconociendo uno á uno los cadáveres, aun insepultos, de los nobles hijos de Campeche.
De repente lanzó un gemido doloroso, y cayd riu sentido sobre el cuerpo ensangrentado de un jdven en cuya diestra lucia una •espada tinta en sangre.
£1 j<5ven era Enrique.
La hermosa, Carmen.
Todos los que allí se encontraban oorrie-- ron en su auxilio.
Cuando merced alas sales que la hioeron aspirar, abrió suis grandes ojos negros, I«Br Tsó ttna^mivibda sombría sobre todo k^ iqae h todeabá, y después. fifOrmitif»i6 eoilMW. hii»- térica carcajada.
- Retrocedamos algunas horas.
Antes die embarcarse los filibusteros, descubrieron un secreto: Juan VontuTate había sido quien los introdujera á la villa. . Aque* líos hombres^ á pesar de sus costumbres, si^
—167— guiendo un impulso, y grande, del corazón, resolvieron no llevarse á Yenturate consigo^ sino antes bien, imponerle, como traidor, el i^astígo que merecia. ¡Y qué castigo tan terrible le impusieron!
Con tenazas encendidas fue despedazado»
EL DOCTOR CUPIDO
A Cáelos D. Cuiciis.
En una modesta casa, situada en una de las calles menos concurridas de Veracruz,
vivía, en el año de 186 , don Juan R,....,
honrado ciudadano que habia perdido su fortuna á causa de las revoluciones del país. Eeducíase la familia de don Juan á una joven de quince años, hija suya, y á dos criados.
DOCE LEYENDAS. — 1 5
—170— Julia, que asi se llamaba la joven, erauua de esas bellezas tan comunes en la costa de México. De ojos y cabeJlpe* líegros^ de miTada ardiente y de sonrisa encantadora, bañando su semblante una ligera palidez, Julia no podia menos que atraer las miradas de cuantos llegaban á pasar cerca de ella.'
Don Juan, que Iiabia enviudado seis años después del nacimiento de Julia, por temor de darle una madrastra cruel, no quiso volver á casarse. Reconcentró todos sus afeetos en el que profesaba á Julia, y puede decirse que ella era su vida.
Trabajar durante las horas del dia para que nunca le faltasen medios para satisfacer hasta los menores caprichos de su hija, y deleitarse con sus caricias al volver al hogar, hé aquí la existencia de don Juan, que estaba empleado en la Aduana marítimíi;
Julia amaba mucho á su padre, porque era muy buena, y una voz interior le dictaba todas sus acciones, no porque hubiese recibido *esa educación que no solo ilustra, sino que,
— 17i— por decirlo así, perfecciona los sentiinientos que la naturaleza nos ha .4ado.
Don JuaD, por su e^eesivo amor á su hi- ^t no había vuelto' á casarse, como hemos dicho; y. se notaba, por consiguiente^ en, Julia, la falta de esa dirección que solo la mujer sabe dar en las familias. Malas. serán en su mayor parte las. madrastras; pero el hombre que np tieue .e:n su hogar una mujer de J^u^na: edu^iaciou . para ens^ñí^r á sus hijos, <Iebe preferir qu^ i^^tps sufran, durante algíiUQS años'si'la madraatfja no. les quiere, á •que crezcan, mimad.Qp, -^n., verdad, pero sin esos principios y reglas que solos las. madres ó las* que las suplen saben infundir ú los niños. El carácter natural del hombre le aparta de ciertos pormenores indispensables eu la educación. Estas observaciones son dobleipente aplicables cuando se trata de la -educación de las niñas.. .
^^. Julia tenia quince años ya, y habia adqui-
rido ese desarrollo precoz que se nota en las hijas de los trópicos. Habían perdido sus ojos esa trasparencia propia de la niñez cuan-
—172— do solo refléjala el cielo; sus miradas denun* ciaban un corazón ardiente, y sus labios' ligeramente encendidos» decian que era llegada la época en que el alma comienza á vivir la vida de las pasiones, del sentimiento y de
la ternura.
^o en la alborada hemos conocido á Julia. Habian pasado ya esas nubes impalpables que preceden á la aparición del astro del dia. Era la mañana con su cielo azul^ sus perfumes, sus armonías y sus flores.
Julia estaba en esa encantadora primavera de la vida de la mujer, en que sus ojos brillan con el fulgor de las estrellas, en que sus labios sonríen como una fuente que acaricia el ala de una mariposa; en que su voz es dulce como un suspiro derviento entre las hojas de los lirios de la ribera.
A.SÍ como la caridad por donde pasa va escuchando un himno de gratitud» así la hermosura escucha el himno de la adoración, y por desgracia ¡ay! el de la galantería.
¿Cdmo no habia de inspirar amor una jdven ten hermosa como Julia?
—173— embargo de todo, don Juan, cegado eon 8u cariño, entregado á las labores de su oficina, habia perpetuado en su pensamiento la niáez de Julia, y ni remotamente se ima< ginaba que la niña á quien sentaba en sus rodillas y acariciaba al volver al hogar, la fiiña que no habia tenido trato alguno social, pudiese ser amada de otro modo que con el ^ue él la amaba.
Don Juan estpba en un funesto error. Su calle, mientras él trabajaba, era frecuentada por algunos jóvenes prendados de la belleza de Julia,
La joven los veía pasar, colocándose no pocas veces en la pequeña ventana de la caisa, medio velada por las toscas rejas de madera.
Entre los admiradores de Julia se^ contabaí
Emilio B }(5ven principal en la ciudad^
de no escasofi bienes que heredar^, pero de educación descuidada 6 demasiado libre, co--^ mo se dice en la costa.
Sus estudios se habian reducido á los in^ dispensables para que en caso de necesidad pudiese manejar regularmente la casa de comercio de su familia, 6 en último extremo, entrar de dependiente en otra.
Veintitrés años no mas tenia en los momentos á que se refiere esta parte de mi relato. "*
Tan jdven como era, no ignoraba las costumbres de los de mayor edad* que él, y lo*
—175— mismo tomaba con frecuencia en el día algunas copas en el café, como concurría á los bailes semales de las mujeres entretenidas^ como dicen los franceses. Era diestro en el bailar y afortunado en las cartas. De sus labios saliau á cg^da momento palabras nauy comunes entre. la marinería, pero poco conuniente» cu la buena sociedad. Franco, gastador Qomp la mayor parte de los. habitantes dfe las orillas ,del Golfo, Emilio era tenido entre los dc'su edad, y aun entre los mayores, por el chico mas simpático y listo de los veracruxanos.
De índole naturalmente buena, Emilio^ educado con alguna severidad, hubiera sido un excelente joven, como lo demuestra el hecho de no estar corrompido del todo, á pesar de la indolencia con que su familia veia su educación.
Paseábase una tarde á orillas del mar, contemplando la fortaleza dé San Juande Ulúa, cuando se fijo por vez primera en JuHa^ que acompañada por una antigua sirvienta de don Juan, se extasiaba viendo esos magnífi--
—1 Tensos cruadros que ofrece el crepúsculo ves- |>ertÍDo cuando los últimos rayos del sol po* níente doran las nubes j la superficie del Océano; esa sublime y arrebatadora escena que en los puertos de mar se disfruta al morir el dia, cuando parece que el sol se hunde en el seno de las aguas, que es bien difícil de describir. El dpalo, la grana, el zafiro y cuantos colores hermosos halagan la. vista, se encuentran en las nubes que bien pronto formarán el oscuro manto de la noche, que bordarán esos millares de mundos que nos abisman en pensamientos consagrados todos Á reconocer la omnipotencia del que di6 vida «é impulso á esos mundos que pueblan el espacio.
Julia, aunque sin educación literaria, sentía el amor á lo grande y á lo bello; y quedaba absorta en mil pensamientos á que no hubiera podido dar forma si lo hubiese pretendido. Sentia latir su corazón; le parecía escuchar, en el rumor de las olas que llegaban mansamente á morir en la arena, una voz dulce y tierna que murmuraba palabras
—177— de uñ lenguaje desconocido; un presentidmiente yago le hablaba de una vida mas grata, de sensaciones mas vivas, de horas en qxre se realizan todos los sueños, en que toman forma las esperanzas, en que se ama, en fin, con ese amor que es un trasunto de la incomparable felicidad de esas regiones que habita el alma después de su triste peregrinación por el mundo*
¿Quién, en presencia de la mas grandiosa ^bra del Creador, i la hora del crepúsculo, no ha evocado los recuerdos del pasado 6 presentido los sucesos del porvenir? ¿Quién no se siente poeta en presencia del mas poé* tico de los espectáculos que la naturaleza puede ofrecer ni hombre?
Julia vagaba por la ribera sintiendo en su ser algo de que no podia darse cuenta, y no era otra cosa mas que la transición de la edad tranquila de la niñez arla de la juventud, cuando escuchó cerca de sf los pasos de Emilio, que también recorría aquellos sitios.
La hermosura de Julia deslumhró, como €ra natural, á nuestro joven. Fijó en ella
— 178rSU resuelta por no decir atrevida mirada, y vaciló un momeoto pensatido si. le dirigiría la palabra. Eclid dos ó tres bocajíiaA^s del humo del magnífico habano ^ue estaba fumando, y con el mayor desembarazo salud<5 á Julia. ; .
Algo que no podremos explicarnos nun-» ca^ pero que sin duda existe en nuestro corazón, nos dice desde la vez primera en que nos fijamos en una persona si ésta ha de llegar d nó á ejercer alguna ínfií^encia, buena 6 míala, sobre nosqtr«os. .^
Julia, sin teato alguno social, no habría podido corresponder al saludo de un deseo • nocido, si éste con su presencia no hubiese instantáneamente traido á su memoi*ia las vagas sombras de un sueño, los halagos^ de una esperanza.
Julia no conocia á Emilio; era la vez primera que leencontraba en su camino, y sin embargo^ sin turbarse sino muy ligeramente, le coutestó como lo hubiera hecho con un joven amigo ya.
Emilio, aunque cala veta ^ subyugado por
—179— la pureza y el eaúdor que rebosaba aquel semblante, se abstuvo de dirigir á Julia frases que no fuesen de la mas exquisita discreción y galantería.
A poco» la mujer que acompañaba á la joven jndicd que era hora ya de retirarse á la casa; y Emilio y Julia se despidieron.
Emilio, á cierta distancia, siguió los paso& de Julia hasta que esta entró á su casa.
Julia con disimulo volvió la cara hacia atrás varias veces, para cerciorarse de si la seguia Emilio.
III.
Desde la tarde de que acabo de hablar, los paseos de Julia y Emilio á orillas del mar se repitieron con frecuencia.
Hasta inútil me parece decir que se amaban.
Julia no durmió esa noche, porque los pensamientos que agitaban su espíritu se lo impidieron.
. En el lejano rumor que producen las olas al estrellarse en las orillas, y que tan grato llega a nosotros en medio del silencio de la noche, creia escuchar la voz de aquel joven tan amable y fino que le habia prodigado frases tan nuevas y tan dulces como jamás habian sonado en sus oidos.
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Cerraba los ojos y le veía como si los tuviese abiertos, y sus ideas se sucedian y sus sueños vestían el ropaje más hermoso.
Cuando Emilio en uüo de aquellos paseosi se atrevió á preguntarle si correspondia al amor que él le consagraba, Julia, ingenua, candorosa como un niño, le respondió: ^'¿Tan poca expresión tienen mis ojos que necesita vd. oir de mis labios si mi corazón late porvdr
Aquella frase queiencerraba todo un poema de ternura, era la expresión fiel de los sentimientos de Julia. En efecto, Julia amaba con ese amor puro, inocente, espiritual, primera nota de esa armonía inefable que encanta las horas mas hermosas de la vida. Julia amaba á Emilio con su corazón de quince años, ignorando esa estudiada indiferencia, ese desden, ese orgullo y todos aquellos recursos de que en la sociedad se valen las mujeres para avivar más, á su en-« tender, la llama del amor que han inspirado. Creia que aplazar para mas tarde una contestación que, antes que de sus labios, habia
—182— salido de sus ojos, hubiera sido una tontería; V franca y leal abrid su corazón al cariño de aquel joven, el primero que le babia hablado del amor que ella por intuición conocia y <iue tanto anhelaba disfrutar.
Mientras tanto el tiempo trascurría: aquel amor iba arraigándole mas y mas en el comzon de Julia, y don Juan ignoraba jaomplétainente que su hija acudia á la orilla del mar á las citas de un amante, con ({Sien también Qjambiaba algunas cartas, mieqtr^s el buen señor trabajaba en la Aduana. Jóyea <lo recursos como era Emilio, supo tener siismpi^ satisfechos los deseos de la, , vieja cráada* que sália con Julia, y logro asf que sus relaciones fuesen un secreto para el ft^dv^ de la joven.
Tiene el amor una. virtud inapreciable, y es la de mejorar los sentimientos, purificando el alma. Puede asegurarse sin temor, que ^1 que ama se siente capaz de toda acción buena, grande y generosa, porque su ideal es apai'ecer cada vez mas digno ^nte el ser .amado. Por supuesto que tienen lugar es-
• —I satas obpervacioiies tratándose! de un nuior correspondido y en cuyo cielo no hay otras nubes mas que los encantados celajes qué ocultan por un momento él astro rey, para 'ha- <ierlo aparecer después mas Brillante y mas iiermoso. - .
Emilio, sin el amor de aquella jovien tan pura y tan candorosa, hubiera avanzado en la carrera del libertinaje, sentando plaza entre los calaveras mas resueltos; pero se avergonzó á la sola idea de formar uñ contraste horrible con el ángel que adoraba, y evitó la compañía de los que le arrastraban á los cafés y á los bailes públicos; y alejd de sus labios aquellas obscenas frases que le habia. fnos censurado. Su familia misma, que tan poco se cuidaba dé las acciones del joven, vid con suma complacencia la conducta metódica y hasta ejemplar que observaba. Sus padres atribuian esa conducta á una índole excesivamente buena por naturaleza, y se vanagloriaban de ella. Ignoraban que un amor sencillo y puro habia obrado una mutación tan notable en Emilio.
—184— En cuanto á don Juan, veia á 8u hija mas encantadora cada diá, advirtiendo cada vez mas 8u desarrollo, y revelando con au trata una inteligencia superior, pues sabia discutir como las gentes que han frecuentíido la sociedad, siendo así que ella, en opinión de don Juan, solo habia tratado á su padre y á los criados de la casa.
IV.
Era demasiado del¡cios<*i aquella vida para que pudiese prolongarse por mas tieiüpo.
Hacia cerca de un año que el amor con blanda cadena de rosas unia á los felices amantes, y ni la familia del jovcn^ ni don Juan, S9 liabian apercibido dé aquellos amo- . res.
Es xina cualidad propia de los habitantes de las poblaciones trabajadoras, ocuparse de sus negocios propios, sin pretender mezclarse en las intimidades de los demás.
La chismografía que pa'-ece ser inherente á la molicie y maledicencia de las ciudades meramente cortesanas, no tiene cabida allí donde el comerciante y el industrial saben
DOCE LEYENDAS.-^! 6
—186— que cada minuto que el hombre pierde es una^ suma que deja de ganar, y por eso los amores de los estudiantes y los de los que no lo son, las disensiones de familia y las intrigas matrimoniales, no son el pasto cuotidiano de las conversaciones.
Así, aunque no eran secretas para gran número de . veracruzanos las relaciones de Julia y Emelio, nadie ise habia creido autorizado á pedir mayores datos acerca de ellas, tomándolo de las familias interesadas; mas «ucedid un día lo que al fin tenia que acontecer.
Tuvo don Juan una vez tal recargo de trabajo en la Aduana, á causa de tenerse que' despachar por aquellos dias varios buques surtos en el puerto, que se vid en la necesidad de llevar á su casa algunos documentos para concluirlos en la noche. Ocupóse en efecto en aquella tarea, y al dia siguiente dirigióse satisfecho á la oficina, porque los conocimientos estaban listos.
Continuó allí sus diarias ocupaciones has- .ta que llegó el momento de entregar al Ad-
—187— ministrador los papeles en cuestión. Grande fué la contrariedad que experimentó al echar dé menos uno de los mas importantes, y se vi(5 en el duro caso para él, de solicitar permiso para 4r á su casa en busca del documento.
Ajenos estaban los amantes de que iba á sorprenderlos á aquella hora don Juan, que con tanta regularidad media el tiempo.
Cuando don Juan apareció en la esquina de aquella calle, distante unos cincuenta pasos de su casa, vid á su hija que hablaba con un jdven de buena presencia, que estaba tras la reja de la ventana. »
Los amantes estaban tan entregados á sus dulces diálogos, que nada notaron hasta el momento en que don Juan toc<5 la puerta para que le abrieran.
Con la rapidez del relámpago desapareció Julia de la ventana, y se alejó con la misma presteza Emilio, que prievid desde aquel momento que iban á cesar las deliciosas entrevistas que tenia con su amada, sobre quien
—188— iba á pesar sin duda una vigilancia extremada desde aquel dia.
Entró don Juan á su casa, y, bien sea porque sus ocupaciones le llamaban aon urgencia, bien porque el cariño que profesaba á su hija le impidiese usar con ella do la severidad de su carácter, ello es que dirigidseá la mesa en que escribiera la noche antei'ior, y á poco hallo el objeto que buscaba^ con tanto empeño.
Repuesta Julia de h. sorpresa que le causara la vuelta inesperada de su padre, ya cuando éste salia otra vez, se atrevió á dirigirle estas palabras:
f A^jQué milagro es verte- aquí á esta hora!
— ¿No me esperabas, verdad? repuso don Juan, acentuando de una manera significativa lÁ frase.
—¿Y qué pronto te vuelves?
— ¿Quieres que me quede aquí coiftigo todo el dia?
—189—
Esta pregunta turbó de tal manera á Julia, que no supo qué responder.
Don Juan la besó en la frente y se alejó «con paso apresurado.
Habia sonado la hora del sufrimiento para la hermosa Julia y para su amant^.
A la hora acostumbrada retirdse don Juan de la Aduana, y se encaminó á su hogar.
— Ven, Julia, ven á mi lado, porque tenemos hoy mucho de qué hablar, le dijo á su hija en el momento en que ésta salió á retcibirle y le besó cariñosamente la mano que él le estendia.
— Sí, hablaremos, repuso Julia, cuyo semblante pálido mucho mas que de costumbre, denunciaba, así como la frialdad de sus manos, el temor^de que era presa en aquellos instantes.
— Hasta hoy, Juh'a mia, comenzó don
—191— Juan, hasta hoy una torpe ceguedad, pro^ ducida poi' mi inmenso cariño á tí, rae había hecho olvidar que los tranquilos dias de la niñez habian pasado ya, y que, embellecida con las galas de la juventud, habrías de ser bien pronto seguida y solicitada por los jóvenes. Anticipadamente debí decirte lo que el mundo iba á ofrecerte en la nueva vida & que ibas á entrar: yo debí enseñarte á distirkguix las frases vanas de la lisonja, las galanterías de los enamorados de oficio, las sedúcciones de los libertmos, de aquellas palabras sinceras que solo vierte el que siente abrasado su corazón por el fuego de un amor puro é inextinguible. ¡Ay! hija mia, yo no quería herir tu corazón al explicarte la maldad de los hombres, las injusticias de la sociedad, los dolores.de la vida. Cuando fija-^ ba los ojos en tí y te veia tan hermosa, temblaba al considerar que acaso habría de llegar un día en que al nacer en tu corazón el amor, fueses á consagrarlo á algún joven de una posición social elevada, y tuvieses que sufrir, ó el ultraje de un rico que por su di-
—19 2— uero se cree autorizado á arrebatar al pobre ^l caudal único que posee, el tesoro mas querido, la honra, d llegases á verte meiíospre- <;iada por una familia de esas que no consienten que sus hijos se casen, por virtuosa que sea la pretendida, si no puede dorar las manchas de un linaje oscuro <5 hacerse respetar de una sociedad que tributa mas homenajes al dinero que á la virtud. Mis temores se han realizado. Hoy te he vistoAablando con un joven principal que, aun suponiendo que te ajuase como mereces, jamás se uniría á tí, porque eres pobre y te considerará su familia indigna de emparentar con ella. Sí, Julia, yo fui también hijo de una familia rica, y aprendí á conocer esas odíoisas' preocupaciones sociales, esa cruel é injusta oposición que hacen á los mas nobles sentimientos del alma, los que llaman conveniencia á lo que no es sino el sdrdido interés y la prostitución do esos sentimientos nobles.
A tí tan pura, tan generosa, tan inocente, Jlegarán á llamarte despreciada eoquetuela
—193— <jue ba tendido sus redes para mejorar su condición é insolentarse después. Ni tu hermosura, ni tu candor, ni tus lágrimas conmoverán nunca los empedernidos pechos de las personas que, ensimismadas, ofuscadas por el brillo de sus riquezas, se verán á tanta áU tura sobre tu pequenez, que apenas se dignarán dirigirte una mirada de compasión, si no una sonrisa de desprecio. —
Ni la vehemencia de mi cariño, ni la debilidad propia de mis años bastarían á contener mi enojo, si un día viese ultrajado mi honor ó menospi'eciada la hija de mi • corazón. ¡Moriría! y tií abandonada, sola en el mundo en los momentos en que las pasiones agitaban tu peclio, serías por algún tiempo la querida de un calavera, y acabarías ■ por morir en un hospital, llena de vergüenza y de inútil arrepentimiento! "
¡Qué rudo fué el golpe que recibid el corazón de Julia al escuchar las palabras tremendas de su padre! De imaginación ardiente y viva como era, recargó ella misma las tintas de aquel cuadro sombrío trazado por
— I9é—
la mano paterna» y sintió un pavor inexplicable á la sola idea de un porvenir tan criminal y bochornoso. Fué tan profunda la emoción que experimentó* que apenas pudo verter algunas lágrimas, sin articular uua sola palabra.
Don Juan se retiro á su habitación, y cuando Julia tuvo fuerzas para hacerlo, sintió quje la fiebre la abrasaba.
La noche que pasó, delirante, fué espantosa. Si grado á grado hubiese don Juan instruido á su hija, no la hubiera herido de tan inconsiderado modo. Pero era ya tarde, y Julia estaba ya enferma, y de un mal de esos contra los que se estrella la mezquina ciencia de los hombres.
VI.
El reloj de la porroquia daba las doce dela noche, y Emilio, de vuelta de la Lonja, iba ya á ponerse en trage de dormir, cuando vid entrar á la habitación á su padre, que era un señor como de unos de cincuenta años de edad; años que no habian debilitado ni la energía de su carácter, ni su afición á la carrera del comercio en que había hecho su fortuna, no sin haber procurado, toda vez que le fué posible, defraudar á la hacienda pública, introduciendo pingües contrabandos.
No poca sorpresa causa á Emilio, la presencia de su padre á hora tan avanzada.
— ^Puesto que el día se hizo para el traba-
—196— go, comenzó, tomando asiento ci padre de Emilio, no te interrumpiré mañana con el asunto que vamos hoy á arreglar. Antes de proseguir, creo conveniente recordarte mi inveterada costumbre de no oir replicar sino a los que comercian conmigo. He sabido que desde hace algún tiempo ahdas enamorado de una chiquilla, hija de un pobre empleado de la Aduana. Yo no puedo, no quiero, ni debo tolerar esos amores. Sobre ser tú muy joven para pensar en el dificilísimo negocio del matrimonio, hay una circunstancia que me hará impedir esas relaciones. Ni tu posición pecuniariamente considerada, ni la clase á que perteneces, produce con la posición --* y clase de esa niuchachillala igualdad indispensable para que tal matrimonio pudiese merecer mi aprobación. Jamás consentiré esos amores; tengo sueño, y no quiero desvelarme ni desvelarte. Una vez por todas te diré, que si en el término de dos meses aun persistes en tan descabellada idea, me veré precisado á enviarte al extranjero para que -allí olvides ese loco entretenimiento.
—197—
Pronunciando estas líUitíias j>alabras se. retiró dejando á Emilio confuso, aturdido.
Forjando proyectos que desechaba tan pronto como concebia otros, estuvo Etniiio horas enteras apoyado en el balcón de su recámara que daba al mar, ya donde habia acudido para que la brisa de la noche refrescase aquella frente en que ardían tiantos. pensamientos.
Comenzaban á vislumbrarse en el horizonte los primeros albores del astro del dia; las bjancas velas de las lanchas pescadoras iban apareciendo, y la campana de la parroquia habia dado mucho rato antes el *'Ave María," y Emilio no habia encontrado un medio para salir honrosamente de aquella difícil situación, en que veia comprometida uo solo su caballerosidad, sino también la primera y mas santa de sus afecciones.
Conocia sobradamente la inquebrantable voluntad de su padre, para dar cabida en su corazón á la mas ligera esperanza.
Para agravar su sufrimiento, recordd que don Juan le habia sorprendido el dia ante-
—198— rior hablando coa su hija, y lastimó su corazón la sola idea de que Julia hubiese sido reconvenida por su padre y hubies? vertido una lágrima siquiera.
Rendido de cansancio, dejó el balcón y se recostó en su sofá de bejuco, descansando la cabeza en un blando cojin de plumas, forrado con el hermoso color que simboliza la esperanza, esa deidad misteriosa, la ultima que nos abandona cuando parece que toda la naturaleza se conjura en contra nuestra.
Mientras, Julia, devorada por la fiebre, pronunciaba de cuando en cuando, con pal- >pable conmoción, esta sola palabra: ¡adiós! repitiéndola, y como queriendo enjugar las lágrimas que creía estar vertiendo. ¡Desgraciada! ¡hasta el bien le había arrebatado el .cielo!
Un mes había pasado desde aquel dia que tuvieron lugar las escenas descritas en los dos cuadros anteriores.
En vano había pasado Emilio una y mil veces frente á la casa de don Juan, á aquellas horas en que solían hablar los dos amantes por la ventana; en vano había ido á la orilla del fnar, á la hora misteriosa del crepúsculo» aumentando allí con la evocación de sus recuerdos más caros, la melancolía- de su alma. Si al menos Julia le hubiese escrito tS mandado alguna noticia con Andrea, confidente de aquellos amores, hubiera sin duda sufrido; pero no habría apurado la amargura de la duda mas espantosa. Y la desespe^
—200— ración fie Emilio era mayor porque su padre le había exigido una resolución que no se habia atrevido á dar, y solo quedaba un mes para que se cumpliese el plazo y se realizara la amenaza de enviarle al extranjero para alejarle de su amada.
Pero Julia habia estado tan grave de la fiebre, que se puede asegurar que por espacio de veinte dias no habia dado una señal de razón. La compañera de sus paseos, preocupada hondamente con el estado de la que se llamaba su niña^ no habia abandonado por un momento la cabecera de la enferma, pero ni aun siquiera pensado en dar un aviso al amante de Julia. ...
Merced á los esfuerzos y eonsagracipn del doctor Pombo, que, á no vulgares conocimientos reúne una dulzura y bondad de carácter que le hace sumamente apreciable á los ojos de los que le tratan, Julia se vid libre de la muerte y entró en la con valescencia.
Apenas se sintió con las fuerzas necesa<« rias, ^aprovechando el que su. padre habia ido
—201— d la Aduana, liizo que su inseparable compañera le llevase todo lo necesario pava escribiy una carta á Emilio.
Hé aquí esa carta que revela una alma'^ apasionada, pero incapaz de contrariar la voluntad paterna.
"Emilio de ,mi alma: Si supieras cuanto he sufrido al pensar lo que dirías de mí> porque desde aquel triste dia en que papá nos sorpendiá hablando, no te he escrito, ni aun mandado á Andrea! Perdóname; fué tan rudo el golpe que recibí cuando papá me habló esa noche, y descorrió el velo que cubría mis ojos, que no pude resistir y caí enferma. ¡Ojalá hubiera muerto! Así no tendría hoy ; la cruel necesidad de decirte " adiós para ( siempre." .Mi paire me ha dicho que tu fa- \ milia jamás ha de consentir en nuestro enla- \ ce, y que no quiere, ni que tú me deshonres» \ ni que tu familia nos menoaprecio. Yo te : amo, Emilio, y te amaré toda mi vida con la pureza de un corazón que solo ha latido por tí. Te juro que no he de amará otro. No
\ DOCE LEYENDAS. — 1 7
—202— creas que esta promesa sea una de tantas como se prodigan en el mundo; no, te habla mi alma, lo siente mi corazop, y Dios que lee •en el pensamiento de los hombres, sabe que jamás ha manchado mi boca una mentira. Además, yo debo morir, pues la fiebre me ha •dejado sumamente m£^l. Si me amas, como tantas veces me lo has jurado, te ruego que creas que no existo, y no pretendas contrariar la voluntad de tus padres ni la mia, doblegada ante la voz paternal. Por nuestro amor de mejores dias te ruego, Emilio, que no me contestes una sola palabra; tal vez quebrantaria mi propósito al escucharte, porque te amo con delirio; pero no, prefiero morir y tu nombre, será la última palabra que mis labios pronuncien al acabar para mí esta vida, tan rosada, tan hermosa al principio, y tan negra y, llena de amarguras después.......,/'
Siguen aquí aquellos desahogos tan naturales en una joven de alma tierna y enamorada, expresados en esas frases dulcísimas
—203— para el qiie ama, pero que provocan una sonrisa á los que pretenden disimular su carencia de sentimientos blasonando ser amigos de la pureza de dicción y de las bellezas literarias.
Cuando Julia hubo concluido su carta, la cerro, y al entregarla á Andrea para que la llevase á su destino, un torrente de lágrimas inundó su semblante, y de sus labios se escaparon gemidos de dolor intenso. ¡Pobre Julia! aquel llanto era un bálsamo para su corazón enfermó. Si no hubiera al fin logrado llorar, la muerte la habría llamado con prestezar
¿Habéis llorado alguna vez, agobiados por un pesar supremo? SI lágrimas bienhechoras han mitigado vuestro dolor, no necesitáis de mis palabras; si nunca habéis llorado, ñolas comprendereis.
Emilio, al recibir aquella carta, creyó que . un paraiso de felicidad se abria para él; pero luego que la hubo leido, y que se resignó á aquel dolor, procuró serenarse y se dirigió al despacho de su padre.
—204—
— Faltan ocho días de vuestro plazo, y vengo á deciros que dispongáis de mí como mejor os plazca, si no consentís en mis reía* ciones.
— ^Muy bien, contestó lacónicamente el comerciante.
■■■ "^
VIII.
Dos años después de los sucesos referidos, volvemos á encontrar á los personajes de esta historia. Durante ese tieiñpo nada ha su> cedido que merezca referirse detenidamente, y puede compendiarse en muy pocas palabras.
Emilio partió para los Estados-Unidos del Norte, se perfeccionó en el inglés y adquirió algunas nociones máis de las que ya tenia de comercio. Su vida, como la de la mayor parte de los jóvenes qué se ven libres completamente en tierra extraña, fué no diré disipada, pero sí consagrada á sentir lo menos quG fuese posible ese que llaman peso de la existencia; mucho mas para él, que aun en
—206— luedio délos placeres con que pretendía aturdii'se para no sufrir con el recuerdo de sus desgraciados amores, recordaba á aquella virgen hermosa y pura, que le habia consagrado los primeros latidos del corazón, los primeros pensamientos del alma, y que, enferma y triste, contaba las horas de una vida que ya no amaba.
Julia, verdad es que supo arrostrar todos los dolores de una separación, que pudo re* sistir la gravedad de la fiebre; pero queda tan delicada y débil, que cada día le era mas perjudicial el ardiente clima de Veracruz. Aquella alma se consumía lentamente al fuega oculto de un amor que ardía en su corazón,, por mas que de sus labios no se hubiese escapado una queja ni un suspiro, y que desús ojos no corriesen las lágrimas con que las mujeres demuestran sus dolores verdaderos y fingidos.
Julia, cuando su padre trabajaba en la Aduana, y cuando dormía abrumado por el cansancio, sola en su habitación, sin una aU nía compañera, entregada á sus tristes pen-
—207— samieutos, evocaba la sombra querida de su amadQ ausente, y se reprochaba alguna» veces no haber arrostrado todo lo liorrible y espantoso de su porvenir, dando pábulo á su pasión al lado del hombre que tanto amaba ^ y por cuyo cariño hubiera dado una vida que ningún encanto y atractivo tenia desde aquel momento en que se marchitaron las flores que formaban la cadena que unia sus corazones.
Así pasaron, pues, los dos años que siguieron al dia en que vimos separarse á los. amantes; volvemos hoy á encontrarlos, pero en otro teatro y bajo muy diversas condiciones.
El doctor Pombo hizo presente á don Juan que si su hija permanecia en Veracruz, la tisis que amenazaba consumirla lograría su íin destructor, y que solo podría evitarse aquel mal, trasladándola á la Capital de la Nación, por su hermoso clima, ó bien á otra población en que la pobre joven disfrutase la benéfica influencia do un temperamento adecuado á las necesidades de la enferma.
—208— Don Juaii'iio vaciló un momento. Amaba demasiado á su hija para uo adoptar al instante los prudentes consejos del ente t:d ido doctor; además, cruzaba por su pensamiento, dia y nocbe, la idea de que él habia imprudentemente conducido á su hija á ese estado.
Reunid, pues, una cantidad, si no considerable, sí bastante para emprender el viaje á México, y sostener aquí una casa por el espacio de seis ó mas meses.
Pidió una licencia^ para dejar su destino <lurante aquel viaje, y lo emprendió en unión de Julia y de Andrea.
La joven, dócil á los mandatos de su padre, nada objetó, pero sintió en su corazón algo muy doloroso; en su alma algo muy triste al alejarse de aquella modesta casita en que pasó los mas hermosos dias de su vida. Pensó que ya no volvería á paseai'se á orillas del mar á la hora del crepúsculo, y suspiró al abandonar la maceta que contenia sus flores predilectas, y que no podia trasportar á México, porque su clima frió secaría sus ho-
—209— jas. Julia pensó también^ y íioino quien quiere ocultarse hasta á sí mismo sus pensa* mientos, en que no podría saber el dia en que Emilio volviese de los Estados-Unidos.
Con estas ideas hizo Julia el viaje.
Los hermosos paisajes de que está sembrado todo el camino, que del primer puerto conduce á la Capital de la Nación, halagaron sin duda á Julia, para quien las bellezas de la creación no eran un mistorio; pero aquel cielo azul, aquel accidentado terreno, aquellas montañas cubiertas de verdor, aquellos arroyos que corrían como sierpes sobre el oscuro manto verde de los cerros, no traian á su alma los recuerdos que alimentaban su vida?-**
Ese espectáculo que llaman monótono los que no se abisman ante la grandiosidad del Océano, de las olas que vienen sin cesar á morir en la arena; esa continua agitación de las aguas, que remeda el pensamiento del hombre; todas esas escenas que disfnitan los que han nacido en la costa, 6 surcado el líquido elemento, tenían mayor encanto para
—210— Julia que las bellezas que desde la ventanilla de la diligencia iba contemplando.
El lejano rumor de las aguas no llegaba á sus oídos, y aquella voz bacila alta á su corazón.
IX.
Muy poco tiempo hacia que dou Juau y su hija residían en México, cuando el padre de Emilio fué acometido en Veracruz de una grave enfermedad que debia conducirle al sepulcro. Avisósele inmediatamente á Emilio por el primer buque que salid del puerto^ y á poco llegó en el paquete americano, notablemente variado, pues el clima de NuevaYork le había convenido tanto, que en tan corto tiempo perdió ese color mate exagerado de los que han nacido á orillas de Golfo. Su bozo decidióse á ser un hermoso bigote, y una barba no escasa le daba un aire completamente varonil. Veinticinco años tenia a la sazón, y cualquiera que lo hubiese visto
—212— desembarcar, le Iiabria tomado por otro cualquiera, menos por Emilio, el pálido veracruzaDo que dos años antes, y sin que nadie pu. diese explicarse !a cí,usa, había desaparecido de la ciudad sin despedirse de nadie.
Durante muclios dias asistió Emilio á su padre moribundo, con verdadera y cariñosa' solicitud, sin separarse un solo momento de su cabecera. Pero ni el cuidado asiduo de ■ los médicos y de cuantos le rodeaban pudo retardar, siquiera, el término de aquella vi- <la. limilio quedó huérfano.
Pasados los dias del duelo, abservados todavía en las ciudades en que no han desaparecido ciertas prácticas que indican sentimientos mas profundos, cariño inas duradero, afectos mas santos; pasados esos dias, < se ocupó de dos cosas: quiso saber si vivía y aun podía amarle, y aiTeglar ;ocíos de la easa á cuya cabeza tenia Firchar en adelante. Su permanencia Estados-Unidos lo había servido de ' para aficionarse mas al trabajo, aunreciso es decirlo, poco necesitaba pa-
—213— ra ello, pues nada holgazanes son, por naturaleza, los hijos de Veracruz, en lo general. Emilio supo que Julia se hallaba en México con su padre; y libre como se encontraba el joven, y conviniéndole, por otra parte> arreglar personalmente varios negocios con el comercio de la capital, emprendió el viaje que algunos meses antes hicierocí don Juan y su hija.
Para Emilio que habia residido tanto tiem-^ po en las mas populosas ciudades del Nueva Mundo, y que se habia acostumbrado á la grandeza, al movimiento y al ruido de loa pueblos americanos, no tenia México otro atractivo que fel que despierta el deseo de ver lo mejor que tiene nuestra patria; pero sobre todo, realizar la esperaza mas dulce de su vida, volver á ver á Julia, y si estaba li-. brc, amarla como el dia que la conoció.
En vano concurrió á los teatros, á la Alameda, al paseo de Bucareli y á las calles de Plateros y San. Francisco, á los templos y á cuantos sitios concurridos hay en México^ Don Juan no era rico, y por necesidad ha^
—214— ábia venido á México; pero nu á ostentar niá gastar en unos dias el fruto de largos años de trabajo y privaciones,
Julia era modesta, es cierto; pero no por ^so quería contrastar en su traje con la elegancia y lujo de las mexicanas.
Salia, pues, muy poco, y eso, sin preten- .der mezclarse en las reuniones de urií^ socie- -dad que no conocia, á quien su padre le harbia descrito hipócrita y falsa, y que rara vez <íoncede al mérito el homenaje que rinde á lá riqueza y al poder, por mas que el crimen suela borrar todo título al aprecio de las gentes honradas.
Los dias pasaban, y Emilfo no hallaba á Julia.
El, como rico, tenia relaciones y concurria-á espectáculos de que estaban muy distantes don Juan y su hija. «.
Resuelto á no salir de México sino después de haber encontrado á Julia 6 á su padre, Emilio, ya cansado de la vida de los hoteles, cuyo servicio, en lo general comiplace poco, tomó el entresuelo de una casa
«en la calle de *** y lo amuebla decentemente.
Habitaba en las piezas altas uno de los médicos mas afamados entonces, cuyo noml>re se leia eh la puerta^ grabado sobre una brillante plancha de metal.
' En aquella misma calle existia una de esas casas de varios departamentos ó viviendas, ocupadas por familias que, bajo un mismo techo puede decirse, no se tratan ni ayudan para nada.
Allí vivian don Juan y Julia y la vieja Andrea.
¡Qué ajeno estaba el enamorado Emilio de
que á corta distancia de su habitación habia
otra en donde un ángel de bondad pedia al
cielo que un jdven viajero fuese feliz donde
quiera que se hallase!
^v«
Tan exagerada es la idea que en México se tiene de lo mortífero que es el clima de los pueblos situados á orillas del Golfo, como la quc^ los habitautes de aquellos lugares tienen del de México.
Llegar á Veracrüz ó Yucatán y ser atacado del telrrible vóinito 6 fiebre amarilla, y morir en seguida, es todo 'uñó para la maybr parte de los mexicanos. ^
Llegar á México y perecer de tifo ó de una violenta pulmoníay es inevitable en el concepto de los de tierra caliente. Que no es muy fundada esa opinión, nacida de casos mas (5 menos extraordinarios, es una cosa
que no se oeulta á las personas ilustradas y á los que háa tenido ocasión de viajar alguna vez.
Hánseme ocurrido estas refli^^iones ahora que tengo que presentar á la familia vera^^ cruzana, preocupada kondamente con el temor del tifo.
El clima; de México habia restablecido hasta cierto punto la quebrantada salud de Julia. Don Juan estaba^ como es fácil suponer,
sumamente satisfecho con el alivip de su. hi-
ja; pero hé aquí que. una mañana se sintió la jdveñ nialaj,' pasó así todo el dia, y cuando entró la noche ardia en una calentura que la postraba.
AI punto que donjuán vio el carácter serio que iba tomando la indisposición de Julia, y mucho mas oyendo los temores que Andrea manifestaba y los síntomas que de> cia de6Qubi*ir, cruzó en el pensamiento del carigQS^ piadre la idea de que uñar de las dos terribles enfermedades de que he hablado, era la de que adolecia su hija.
Erai; las ocho de la nochew
DOCE LEYENDAS. — 18
—218— El cielo estaba oscuro, y tina lluvia copiosa caía sobre las ya inundadas talles dé la ciudad.
Don Juan buscd en vano un criado que saliese en busca de un coche para ir él en persona á traer un médico. Olvidóse por un momento de las preocupaciones que tomaba para salir de noche; no se acordd de su tenaz pensamiento de que en México hq se puede andar después de las oraciones sin peligro de rser asaltado por algún malhechor» y habiéndose enterado díe que en la calle/ y en el núrmero que se le dijo, vivia un médico afamado, lanzóse en su busca, y en pocos minutos^ tocaba á la puerta de la casa del doctor.
— ¿Está el doctor en casa? preguntó al •j)Ortero.
— Sí, señor, pase vd*
Don Juan, sin enterarse de nada mas, subió las escaleras^, y á poco, y sin hacerse anunciar, penetraba á la sala del entresuelo *en que vivia Emilio.
Este se ocupaba eii aquel momento en leer
J6vi coirespoudencia que le habifi entregado el portero miautos antea. :
Don tF^an, en su aspecto noihabia Énfrído
;alterackm alguna^ de moda qiiefCiiaÁdo>Emi-
* liOy al sentur paéas én sui.lmbitftciónj dejd de
leer sus cartas, conoció al punto al padce de
la mujer quie amaba. ^ *
Sí don Juan na hubiese astado tan |»:eo- «upado, kabria notado el estremécrniientó del que él éreia un doctor, cuando escuchó sus primeras palabras. - ' ;.
—Señor doctor, dijo don Juan á Emilio, «i las lágrimas de un padre que teme perder á la única prenda de éú corazón, tienen ante los ojos de vd; álgun va¥oi*¿ yo le fuego que me siga en éste momento. ♦Yó Soy veracru- 2ano, y tengo á una hija jáven, de diez y síe- 4e años, á quién traje á esta capital á que mejorase su quebrantada salud, nmdándo temperamento. ' * • ■ ' • .1 ■ . * . 1'
Xlace.algui^os meses que catamos en Méjcico, y cuando ya ereia yo salvada á mi bella Julia, hé aquí que hoy se ha enfermado,
y me asalta el temor dé f¡ne pueda fier el fo el mal que siente. • - . >
«-rr/Tniíqttiláeen Tid/^ «eoor,, mpbta Smilíoi'no imi dei«er aiM'qujá uhí ñcffriaA)^ j atto 8upoiiÍ9ndó;qUe laweel<t^^ esdiaal n^es' ineiirable^*; • •
Diciendo esto, tomó g« mtiibvejro y un paragiiM, y baj^jaeomp«$ada de don Jinaa.
F<irfiftibftf«;rmIÍMr^9m;e^r9;n;^& Iba á Tét á Julia, áJbabladku 4 je^rdaHe «usprimeros juramentos. Taii.pteQCupadQ.09taba c;on estaf; ideas^ ^ud nq recordaba que Julia estaba en. el le^bo del dolor, y que n^cefi^ba ^eiümente la presenoi^^ de un facultativo; pero í>araui^^ \^ja^x^ apasionado no hay imposible^^ y ^q un instante urdid toda la traip^,.^ Ja comedia, que tenia que representar^ Ademáis, el np habiá desengañado a don Juan;^ sino qüCp d^sde .oUe escúcnó^ él objeto» de su visita, crey¿ que el cielo Ife presenfaba aquella oportunidad. Lo de menos era para Emilio ponerse de acuerdo con él yerdadero doctor, y visitar ambos á laetoferma com(>enr loa ¿asos graves. ^-
— 22Í—
Cuando Emilio penetró en el aposenta de «u amada, reposaba ésta. A su cabecera estaba Andrea, que se asombró de ver al doctor, porque hallaba entre él y Emilio una semejanza muy grande. Sin embargo, nada dijo.
El fingido doctor reconoció á la enferma sin que ésta abriese I09 ojos, y dijo que no recetaba porque él mismo iba á tvaer la me- <licina de su casa.
Suplicó que le siguiese Andrea, y ofreció volver al dia siguiente, asegurando que la enferme4^4,»P9?^i4e.c*ii4^o. ,
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k * • •
V ,
XI,
Al día siguiente, y pretextando Emílic^ que era conveniente acompañarse de otroíá* cultatiyo, llevó al verdadero doctor á casa de don Juan, y quedaron ambos encargados de la curación de la enferma*
Mientras tanto, Andrea, puesta ya de* acuerdo con Emilio, haHia informado á Julia de todo. Julia se sorprendió, pero amaba de» masiado á Emilio, le veia yá libre y no va» cild en recibirle, fingiendo no conocerle cuando don Juan estuviese presente.
En una de las varias visitas que el fingida doctor hizo á la jdven, aprovechando la cir--
—223— cunstanciade hallarse fuera de casa don Jiían^ quedaroa reanudados para siempre aquellos amores que por tantas viscisítudes habían X)a8ado^
No traslado aquí ese diálogo tierno y apasionado que tuvo lugar en el momento en que Julia y Emilio se vieron solos por primera vez despties de los amargos días de una ausencfa que habian creído eterna. Tiene el amor un encanto misterioso» una poe-^ sía indefinible» j por eso seria inútil préten* der describir ciertas escenas que parece deben quedar cubielrtas con un velo vaporoso que deje entrever un paraíso de ventura y felicidad. ^ . .
Pocos días después Julia estaba completa* m^it^ buena, pues su enfermedad había sido demasiado ligera, y don Juan, al despe-- dírse el fingida doctor,^ le dijo:
— Señor doctor, ha salvado td. a mi hija y mi reconocitn^^Bto será eterno. Tenga vd. la bondad de enyiame hoy misp^o la cuenta ' de sus honorarios.
— Señor don Juan, repuso Emilio, mis honorarios, si yd. me concede este inmetisó bien^ no serán otros que la msino de Julia, que Emilio*** á quien tomó vd. por médico, tiene la honra. de pedir ^.yd. - Sojf i cpmpljstamente libre, y no (iene vd,, .como haec} .4ps a^QS, que .tep^ei;' la inj.us.ti6,9^l9 oposición de mi iBaniilia 4 ^^^ m^K^iquogaio, . .
La sorpresa ^ don Juan iué tan graade que nada p^d0^€0l;ilpreQKier» y pidió :e:KpUcar cioaes lal dentar, como él llamaba i á Emilio.
Eecibiólas .muy pormenorizadas y luefgo que. £miiio 'hubo terminado^ de hablar, excUmó: . i- ... '
— ¡Diablos de enamorados! No parece sino que p<^ m^o. de los ésprntuá^ we atrajo vd, hasta SU: cíiaá^ Beñór don Exonlio^^me pátle^ un sueiiío: todo do q^te está pátondó-. « ' ^
— Pues no e^ €Íhó uña realidad,' y que ño ti^ne íiada de sobrenatural, iíós- hoáibres, doü Juati, tenemos úndéstíiio que más tarde ó mas tetopráno tiene que cumplirse, por mas que se interpongan obstáculos que parecen
—225— insuperables. Pero, ¿me dá vd. la mano de «u hija^
-T-Obedezeo epa ley que se'lla^üaa del des* tino. ífie^Qr ^ofitor; la, maxfxx dj^. Julia ps- pi^r*- tenece. J^erínít^nie yd^ qw. aífia Ikm^^dple 4octOT; \% 9nfermed?id ^ mi Wia í?ra una af eccipn djei s^lma; vdr l^ h^ cixr^^o, ó mejor •dicho, el amor. Pero dígame vd.: jser^ vd. capaz de. quer;?» esl*J)te^j:se w^ Méxicp* expuesto al tifo, á la pulmoj^ífi., ilosplagj^ios X á los r^t^TOs? ,.^, ._^,. . . . :, ,...-, ,^
*— ©Olí JiMtó, Vd. é:ítfi^éitt; Mié3¿icJ6^ éi9 una ciudad f^ocno eiíalqiSÉiePá- cjtrtt. Hay actui 6bfermedades peligrosas eBibo<6i| todas paites; y .en cuanto, á esos otros • defectoSi no crea .vd«.q.ua solo en México se roba y« «....
— ¡Con que es decir que me separaré 'de Julia! porque yo no puedo vivir eino en Veracruz.
— No, don Juan, nos iremos luego que la bendición del cielo haya santificado nuestra -utiioii;per0 antes veremos cuanto haya dé notable én México. Por mas qué el ciego es-
—226— pírítu de localismo noi? haga decir muchas veces lo que no sentimos, México tiene eosas muy buenas, y vd., Julia y yo, debemos verlas. Poco hace llegué de los EstadosUnidos, y le aseguro á vd. que cuando mer preguntaba allí alguno, de las cosas de Má« xico, me avergonzaba de no poder hablar sí- 1
no del comercio de Veracruz, de su muéHe y
-*-Bien, lo pasearemos todo, pero nos írú!. mos luego, ¿verdad?
Sí, don Juan, el corazón ama mucho aquellos lugares que encierran bus recuerdos. Yeracnus los tíenfi para nosotros^ y para mí muy tristes por cierto.*., .,....,•,...
Frente al mar he visto después una hermosa casa en que viven felices, como lo son todos los que realizan sus esperanzas, Julia
—227— y Emilio^ que salen en las tardes de los dias^ festívos á dar un paseo por la ribera, á la hora del crepúsculo^ y consagran á México el mas aulce de sus recuerdos.
LA HWA SECA.
¿^«.
•■'../-
Debéis conocer á Enriqueta.
¿Qui^Q no conoce, á una jdven de diez y seis afbos^.de ojos negros^ de labios encendidoS| j de $;$nvb}&nte encantador y risueño comov una^ mañana de primaveral Además» Enriqueta ^s ui)^ de. las flores mas primorosas ^que embqUecei). nuestros salones; |Enriqu|eta está en tpdas partes, y ¡cosa, rara! á pesar de Terla siempre^ ^^^ preisencia encanta, pues
—230— parece que la circunda una auréola de luz /que ilumina los sitios por donde ella pasa; parece que es un perfume embriagador que embalsama nuestros campos.
La nave gallarda que impelida por un viento bonancible <^orta jas. oñdasf y va dejando una estela de perlas en la espuma del agua^ es menos bella que esta bella niña de quien •voy á referiros una historia. Enriqueta, por donde pasa, deja una estela que forman sus admiradores.
No os admiréis de que Enriqueta tenga una historia que voy á contar. Enriqueta tiene historii^ pero no historias. Y ya sabéis que hay notable diferencia entre historia é .historias.
Además, no hay hermosa que no hubiese sido objeto de adoración desde el dia de su entrada en el mundo, y por consiguiente, no TÍOS faltan nunca lances qiie referir é intrigas que contar, á nosotros los que tenemos afi- .<!;ion á ocuparnos de la Vida ágena, y mas si .^e trata de una niña pura y angelical.
Hablemos, pues, de Enriqueta.
— 2ái—
"Pero 06 advierto,' antes de .comenzar, que tío culpéis á su amante de indiscreto; al leer •esta breve historia.
Las muchachas, como se dice vulgarmente, nos inculpan á los hombres cuando se divulgan sus amoríos; y es que olvidan que «ellas son las que loa confian secretamente á todas sus amigas de confianza, y entre estas no falta alguna vez una que, también en secreto, nos los cu^rten á los que estamos busloando materia para entretenernos con algún «scrito que aio 'hable «de política.
Hecha «esta aclaración^ entremos en ma* íeria.
Sistamos en. }a Aisoúeáe^.
El iavi^qp cmeU eonm dktn un p<]iete> arrebató sus^úásÁ kb {t^8iio0'yá las flores de este hermoao paeoJ Sos callM tieáen t>or alfómbralas amarillentas hojas secas, 7 ha desaparecido el verde dosel que formaban las ramas entretejidas; los rayos del sol que ayer no podían penetrar sino débilmente y por entre las hojas de los árboles, bañan hoy, en todo su esplendor, la Alameda. ¡Qué tristes están los fresnos siu su verde manto! En las mañanas de los dias lío festivos, soló se escucha sobre las destrozadas hojas esparcidas en el suelo, el'paso de algún desgraciado que piensa en su miseria, los de uno que otro
—233— hombre aficionado á la meditación, y los de aquellos á quienes un facultativo ha prescrito un ejercicio cuotidiano. En las tardes^ allí donde á la hora misteriosa del crespúsculo veíamos morir al astro rey, embriaga-^ dos con el perfume del bosque y arrullados por el ruido de las hojas mecidas por el viento, nos pareced que estamos en un sombría cementerio. Las fuentes remcílnn un suspiro; las aves han volado á otras regiones; todo es desolación, todo tristeza.
Mientras se repita en el mundo la caida de las hojas, los hombres verán en eHa una imagen fiel de lo que en la vida pasa, y recordarán estos hermosos versos de Espronceda^ que no hay quien no sepa de memoria; pero que no por eso dejan de ser tan bellos, cuanto llenos de verdad y de armonía:
Hojas del árbol caídas, Juguete del viento son; Las ilusiones perdidas ¡ A.y! son hojas desprendidas Del árbol del corazón.
DOCE LEYENDAS . — 1 9
—234—
Me he divagado, pero ¿qué queréis? al llevaros á la Alameda, que es el sitio en donde pasan algunas de las mas importantes escenas de mi relato, me encontré con que estaban cayendo las hojas, y me dejé arrostrar de mis sentimientos.
Enriqueta estaba tan bella como os la he descrito, en la Alameda, hace muy pocos domingos.
Y allí también estaba su novio.
Porque habéis de saber que Enriqueta tiene un novio. ¿Qué muchacha bonita no lo tiene?
Aotes de pasar adelante, bueno será que os dé a conocer al novio de Enriqueta.
Se llama Atanasio.
El nombre no puede ser mas feo, ¿verdad?
Sin embargo, Atanasio no es tan feo como su nombre; es ún poco menos feo que los demás hombres; y básteos saber esto, pues ^reo que la- cuestión de hermosura en un hombre, os tendrá, como á mí, sin cuidado.
A Enriqueta no le pareció mal cuando le hizo el 080, y le correspondió.
En este paso hubo mucho de curiosidad.
Enriqueta no habia tenido un novio hasta entonces, y cpda fez que sus amigas la hacian sus confidencias, se moria ella de envi-
—236— (lia y se desesperaba porque no tenia qué contar.
Atanasio es un estudiante de San Ildefonso: dicen que es aplicado, pero que nunca llegará á pasar de una medianía, si es que no queda entre la lista de las vulgaridades.
Parece que el cielo no fué muy pródigo con él, y que si se perdieran ciertos, inventos^ no seria seguramente quien los volviese á hallar.
Pero Atanasio, ya lo hemos hicho, no es feo, y Enriqueta deseaba tener novio.
La familia de Enriqueta espera que el estudiante, como es demasiado joven, y no muy perspicaz, no dejara burlada á la niña.
Se me olvidaba contaros que Atanasio ea celoso. ;
¡ Ah! y los celos del estudiante son feroces;: y como él es algo brusco, y como Enriqueta tiene ojos picarescos, y como gusta á todoa y todos se la quedan viendo, hé aquí que muy fácilmente se nubla el cielo de los amantes, y de temerse es pero esto seria adelantar los sucesos.
—237—
¿Enriqueta ama á Atauasio?
Es su novia, contestan todos.
Pero yo respondo haciendo otra pregunta:
¿Puede una mujer de talento amar á un tonto?
Atanasio ama á Eniiqueta, esto es innegable; pero no puede halagar su imaginación.
Hay otra circunstancia deplorable para el estudiante: es novio oficial.
En su camino no hay obstáculos, y uu amor así, fácilmente se convierte en monótono.
IV.
Estamos otra vez en la Alameda.
Continúan cayendo las hojas, for mandos una lluvia que molesta á todos, pero que á mi me agrada sobre manera. Me recuerdan aquellos lindos versos de Salaverrj.
Las hojas de las ramas desprendidas Parece que sollozan "al morir.''
Enriqueta estaba agradablemente entretenida quitándose las hojas secas que sobre ella caian, cuando entre ellas distinguid una amarilla, es verdad, pero tersa, y en cuya superficie podia muy bien grabarse una cifra, más todavía, un verso o un período cualquiera ►.
Sacó un diminuto lapicero de oro, y escribió dos palabras sobre la ho^a sccr.
—239—
Supongo que uo necesitareis saber qué decían esas palabras. Una joven como Enriqueta, qué otra cosa habia de escribir sino frases de amor; por ejeníplo, esta: "Te amo."^
En los momentos en que Enriqueta escrrbia, se aproximó á ella su novio. Por una de aquellos actos instintivos, ocultó ella inmediatamente la hoja seca.
Los celos del estudiante se despertaron de una manera terrible.
Tomó asiento al lado de su novia, v conr dureza le dijo:
— ¿A quién estabas escribiendo?
— A tí, repuso Enriqueta con naturalidad.,
— Me engañas: tú escribias á otro que nosoy yo.
— Pero mira me ofendes.
— ¿Por qué ocultaste ese papel?
— ^No era papel, era una hoja seca.
— ¡Enriqueta! dame ese papel. ^
— Toma la hoja que de tal me servia. -
— A mí no se me engaña tan fácilmerfte.
— Te juro que
—Ese papel, d hemos roto para siempre.
—2 40—
— Sení como vd. gusto, amigo ínio; díjol e Enriqueta, cuya calma estaba 3'a tocando á su término.
— ¿No me das ese papel?
— ^Toma la hoja, Atanasio; y dirigiéndose á la amiga que la acompañaba, la preguntó": ¿Verdad que aquí escribia?
— ¿Sí; ¿por qué? contestó la aiíniga.
Pero Atanasio se despidió bruscamente y nada repur>o.
En aquel momciito pasaba un joven elegante.
Enriqueta, exasperada, arrojo la hoja se- •Ca al suel o.
Tenemos* que retroceder alguu tiempo.
Ea la Noche Cueua, Enriqueta concurrid á la última y espléndida posada que dio eV señor X
Como debéis buponer, allí se encontraba un numero bien considerable de hermosas y de galanes, y también, y por desgracia, no pocas viejas.
Pero á vosotios no interesan otros de los concurrentes, sino Enriqueta y Carlos.
Carlos es un joven de fisonomía franca y simpática, y de maneras muy finas. Hay que detenerse en todos estos detalles, porque la juventud masculina se está haciendo demasiado brusca, ó despreocupada, como ella dice.
—242—
Carlos es abogado de prof esioii, y tiene e» la sociedad una posición digna. Pero lo quele hace atraerse la amistad de cuantos le hablan, es la dulzura de su trato y la finura de sus maneras, como ya dijimos. Carlos, á pesar de que es amigo de todos, no tiene las malas costumbres de muchos; es un hombre de coiazon,y con esto queda dicho lo demás.
Pues bien, este joven conocia á Enriqueta, V sentia hacia ella una atracción invencible.
Durante largo tiempo anheló llegar á ella, y no hubo por desgracia una oportunidad favorable.
Pero llegó la Noche Buena, y Carlos fué presentado á nuestra hermosa heroina,
Carlos y Enriqueta bailaron esa noche varias piezas.
Cái'los no desagrado á la joven; pero preciso es confesarlo, desde que comprendió que Carlos la iba á hablar de amor, con bastante naturalidad y talento le hizo una confidencia. "Mi novio no fué invitado á esta, jiosada.'' Breve fué la confidencia, pero oportuna.
—243— Sin embargo, Carlos estaba enamorado, y jura á Enriqueta que la amaría siempre, y que si algún día terminaba ella sus relaciones con el estudiante que conocemos, volvería á solicitar su mano.
Carlos supo llevar las cosas á una altura de caballerosidad y de ternura tales, que Enriqueta comenzó á hacer comparaciones entre su novio oficial y su nuevo pretendiente. Mis lectores dirán si el resultado seria muy satisfactorio para el primero.
Hecha esta que parece digresión, pero que no lo es, debéis saber una cosa.
Carlos es el joven elegante que pasó frente á Enriqueta en los momentos en que ella arrojaba la hoja seca.
Jja brusquedad del novio oficial, y lo lia iiiíivemos así porque su nombre, como habéis oido, es poco simpático, mortifico de tal suerte á Enriqueta, que no pudo menos que suplicar á su amiga se retirasen de la Alameda.
Así lo hicieron al punto, y cuando Carlos volvió á pasar por el sitio en que las dos amigas hablan estado sentadas, las encontró de menos.
Tan repentina ausencia no fué una contradicción para el enamorado joven. Por el contrario, vino á sacarlo de la insertidumbre cruel en que se hallaba.
Porque han de saber mis lectores, si hasta
hoy no se han fijado en esta circunstancia^ que los enamorados tienen, algunos sentidos más que cualquiera otro hombre, d en tal desarrollo, tan despiertos los que^ poseemos todos, que no hay cosa, .por insignificante que parezca, que no perciban, y que no signifique algo para ellos.
Carlos vio que al pasar él, Enriqueta arrojó una hoja amarilla; y como también la habia visto con un lapicero en la mano, sintió agitarse en su corazón todo un mundo de esperanzas, acarició en su mente mil y mil ilusiones, hermosas^y halagadoras como una sonrisa de Enriqueta.
Cualquiera otro hubiera confundido la hoja arrojada por Enriqueta con los millares de hojas que rodaban por el suelo esa mañana; pero Carlos estaba enamorado, y tenia la doble vista, el doble entendimiento de que os he hablado ya.
La hoja en cuya superficie estaba escrita esta frase, breve pero elocuente y dulce, 'He amo," quedó en poder del enamorado joven. Carlos.
—246—
Dejémosle en medio de ese océano de con. Jetaras, de ilusiones, de esperanzas; dejemosle soñando que el mundo es un cielo, y yolvamos á Enriqueta.
¿Intencionalmeute arrojó Enriqueta la hoja seca al pasar Carlos?
Al escribir en ella toda una declaración de amor, ¿pensó en su novio oficial, 6 en su :pretendiente?
Puedo asegurar que ni ella misma puede darse cuenta de esto.
Mientras Atanasio rabiaba por cuatro, Carlos soñaba por veinte. ¡Este es el mundo!
j-^üT: ,1
vil.
'Cuando Enriqueta llega á su casa, refirió á sus padres la escena de la Alameda, con toda verdad y sencillez.
El papá jijzgd que todo aquello era una •niñería, y qué no podia traer consecuencia alguna.
La mamá se obstina en que era grave, muy grave el asunto, y que en conclusión, EnriHjueta iba á quedarse sin novio. Y sus palabras fueron tan exageradas, pinta la situación con tan vivos colores, que la pobre niña se puso á llorar.
Llorando estaba cuando cruzó por su pen- ^samiento la imagen de Carlos,
Si ese me abandona, Carlos será mi novio.
—248— se dijo Enriqueta; y esta idea la tranquiliza y enjugó sus lágrimas. Y más aun, le infundid tal energía, que pensó así: Atanasio vendrá hecho una fiera, como de costumbre, pero yo no le soportaré como haista aquí; preciso es darse una su lugar.
En efecto, llegó el novio oficial con todos los humos que gastan los que son de esa categoría.
No estará de mas que yo repita que era bruto.
' Llegó y aquí fué Troya.
Enriqueta, contra su costumbre, llamó inmediatamente á su mamá, jSara que en su presencia quedase resuelta la cuestión.
Si Atanasio era torpe á solas, ante su futura suegra perdió el poco aplomo que tenia.
Enriqueta, por el contrario, desplegó toda su talento, y confutídió á su novio, y le probó que la habia faltado.
Pero Atanasio, con el orgullo propio de los que piensan poco, en vez de dar una sa* tisfaccion á Enriqueta, pronunció algunas frases inconvenientes.
L'ff. ^.-jr ./'
—249'—
Aquí redobló la joven sus esfuerzos; Üa? torpeza del novio no turo límites,, y aun la mamá, antes tan favorable á él, tuvo que declararse en contra suya.
£n aquellos momentos llegó lú amiga que acompañaba á Enriqueta en la Alameda. No pudo ser mas oportuna su presencia, pues su testimonio acabó de deeidir á la mamá de^ Enriqueta en su favor.
El novio, el deí^graciado novio, exclamóconfuso:
— Todo esto no es mas que una intriga;.
se me quiere retirar, lo comprendo: adiós.,
Enriqueta estaba libre.
I>OCE LEYENDAS. — 2G&
VIU.
Dejamos á Carlos en el momento en (^ae tenia en sus manos la hoja en que Enriqueta escribid aquellas dos palabn^s que ^tavik^ laba escuchar de los labios do la hermosa jdven.
Una vez en su poder la preciosa prenda, Carlos no pensd sino en hacer un uso conveniente de ella, animado por esa intuición que solo el verdadero amor alcanza.
No tardd mucho en presentarse la ocasión que el amante necesitaba.
Enriqueta, como os dije al principio, concurre á todas partes, y es el encanto de los -salones.
Pues bien, no hace muchas noches fué in-
—251— vitada á uno de esos bailes agradables hasta io samo por su carácter f radico, y, por decirio a^, nacional; bailes llamados de com*
La retirada dd nornonolhabia influido en el ánimo de Enriqueta de tal modo^ quO; le impidiese concumr galana y placentera á un baile de compadres.
Guando penetrd al salón principal en que debia tener lugar el baile, la {»rim^a persona á quien vio fué á Carlos^ que habia llegado momentos antes, y que estaba aún saludando á los señores de la casa; y como la mamá de Enriqueta y ella tenían que cumplir con igual deber encontróse bien pronto Carlos al ]ado de su pretendida, á quien desde luego pidió algunas piezas, que ella le con cedió gustosa.
Comenzó el baile. — Dicen que es inmenso el placer de los que bailan.
A mí me ban contado muchos lances de los que se ofrecen en los bailes; he oido mil y mil veces ponderar los goces que entonces se disfrutan, pero hay una cosa que me preo-
—252— cupa fiobremaoara, y es, que ni los hc^abves^ de corazón ni los de talento, bailan sino miuy rara vez, j por lo común los que amaude veras, por bailadores que sean^ no Te?i con placét que sus nOTias bailen*
Qué haya en esto, no puedo decirlo yo,, porque á pesar de poderosas tentaciones que he tenido, no hei logrado hacerlo hasta hoy,^ y creo que no lo haré nunca*
Decía yo que comenzó .el baile.
*C\'.
íx.
— ^¿Y él ttovid ' de^., Enriqueta, bo fué invitado tampocoiioy?
— Sí, aquel de que rae habld vd. eu el líftíie áe Noche Buena*
— ^Diré ávd., Cirios: minovio.w..«« pero, ¿á vd. le interesar aeaso saber si vino d si no vendrá, (5 mejor dicho, 8Í tengo 6 no tengo novio?
— rComó vd. ine habid de él aquella noche......
— ^Fué una broma que me penniti co& vd. Yo no tengo tíiovia Quiée eonneer 4 vd., «8to fué todo-
—254— — ¡Enriqueta! ¿poditi vd. amarme a%uiit día?
—¡Quién sabe! Una mujer no ama sin» cuando tiene pruebas bastantes para cieef" que DO se burlan de ella, qu^ no se pretende
engañarla
Desgraciadamente Carlos perdió mucho» tiempo en esas vadlaciones» que sobran en el que ama mucbo^ y este corto diálogo tura lugar ya cuando la danaa terminaba.
Buscó una oportunidad Carlos, y se sentd al lado de Enriqueta, que no quiso bailar un schoiüh.
Cuando estuvo junto á i)]2a, sac&su cartea ra, y sin que nadie lo percibiese, la enseñó una hoja seca que tenia escritas dos pala^- bras. Enriqueta quedó sorprendida. Reconoció al punto la hoja que arrojó al suelo en la Alameda, y no pudo menos quet hacer á Cárlps esta pr^unta: -^¿En dónde obtuvo vd. esa hojal — ^En la Alameda. — ¿Cuándo?
—255—
— Hace quince dias. Paseaba yo allí, pei>- sando en vd.» con los ojos bajos, mirando la alíonabra que formaban las hojas secas^ y entre otras que \f, me llamó ésta la aten-. cion,
— ^Y bien, ¿con qué objeto me lá ha ensefiado vd. ahora? .
— Deseaba saber si conoce vd. la letra;-.
me ha interesado mucho esta hoja.
— Esa letra es...... mia, dijo Enriqueta.
-r¿Y l^ hoja^ consagrada á quien?
— Á nadie. ¿Conoce vd, aquella costumbre de arrojar una flor en cierto dia del año^ y preguntar al . que la recoge, su nombre, porque ese mismo ha de llevar?
— Sí^ conozco esa costumbre; pero ese dia. no era el de San Juan, ni esta hoja era una^ flor, ni vd. se quedó á ver quién la recogia para preguntarle su nombre.
Una señora llegó en este punto, y Carlos, por galantería, tuvo que ofrecerla ék asiento que ocupaba, y se retiro.
■ •;•
£1 baile continuaba, y la ammaeioü de los ^concurrentes iba en aumento.
Carlos estaba ansioso por reanudar su interrumpida conversación con Enriqueta.
Ella lo deseaba no menos.
Llegó por fíti el momento de bailar otra de las piezas comprometidas.
La hoja seca volvió á ser el tema de la • conversación.
La joven se hizo rogar hasta no mas. Desiplegó todos los recursos de su talento/ y solo cuando cruzó por su pensamiento la idea de que Carlos podia prescindir ante tan tenaz resistencia, le hizo una concesión; es de-
—267— cir, pronunció una frase de esperanza que cnloquecidcLe contentoi i nuestro personaje.
dPerd las horas pasaban, j la aurora debía llegar bien pronto» y el baile tenia que con- <^luir, pues las ancianas yaítéiiitf 4 sueño.
Una danza mas y to^o quedaba tenmnado.
Garlos y Enriqueta salierpa^ otra vez á, ^bailar.
— ¿Me hace vd. un favor, Carlos?
— ^£1 que yd. oryiene^ Edrjqiieta.
— ^Pues déme eea hojí^ seca.
— ^¿Para qué?
-^Quiero éonservark, ya que 00 ^ne confuiíditf -con las denvas;
— ^Bien, se la doy á vd.; pero una condición. ¿La acepta? n
— Aceptada.
— Que hé de oir de sus labios esa frase divina que en ella dibujó vd.
— Pero, Cárloj, ¿qué alcanza vd. con oir «sa frase?
—Viniendo de vd., un cielo de felicidad.
— ¡Lisonjero!
—258—
Aquí siguió un diálogo que no es dable á la pluma trasladar al papel.
Aquellas dos almas se habian comprendido.
— Con que ¿|K) <Hwp)e vd.^su palabra?.
-«^Necesita óir de mis labios lo que.. « ...
^-^Sí, Enriqueta, ya la danta termina; no sea vd. cruel^ yo la amo á vd. con toda mi alipa. ^^
—Pues bien^ Carlos, quédese con la hoja y lea mil veces lo que ella dice; hablará por mí.
Cuando el baile terminó, Carlos y Enriqueta se dijeron al estrecbírse la mano: ''No me olvides.**
EL PRlVADa.
Era á mediados del año de 1677.
Brillaba en el cielo, esplendorosa y bellsí la luna, y sus rayos de plata, atravesand o* por entre las ramas de los frondosos árboles que se elevaban en una quinta situada á inmediaciones de la muy noble y muy lea! ciudad de Mérida, iluminaban el rostro en^ cantador de EÍena.
Tenia diez y ocho años.
—260—
¿Será necesario describir detalladamente ^quel conjunto de hechizos y perfecciones? Esa edad es la privilegiada de la vida; en ella todo es hermoso, encantador y divino; ese nombre, par^o jd^fiít^nade^ á l^g heroínas de la belleza. Ásí^ {>ues, eoh eslo^ y decir que isu mirada era fascinadora, y su voz tan dulce como la luz de sus ojos, terminaremos su retrato.
Cualquiera que la hubiese visto sentada leu un banco de piedra, bajó lan ramas de un frondoso roble, de aquella quinta, la habría tenido por una de las ninfas del bosque.
En su mirada se descubría la melancolía de su alma.
¿Porqué la luna infiltrará la tristeza en nuestro pecho? De d()nde procede ese mágiXío poder concedido al astro de la noche que iasí oprime nuestro -corazón y arranca de él involuntarios suspiros? Ah! lo ignoramos! . pei'o cuando la luna brilla en el cielo y 4errama por el mundo la 4suaye hiz do sus ra- ] yos, iluminando cuanto nos rodea^ comprendemos mejor nuestra soledad: no hay ea
—261— ouestroB labios pralabras sino suspiros, no» hay en nuestro pensamiento ilusiones sina recuerdos, y en nuestro ser sino melancolía, y á veces desesperación. Pero volvamos á nuestro relato. • Focos momentos hacia qué Elena s^ halla-, ha en aquél sitio, cuando llegd á él, salvando los muros, un jdven que después de es-, trechar con ardor la mano de la hermosa, to-. mó asiento á su lado ../...
¿Qué se dicen dos almas enamoradas, ea un lugar silencioso y apartado de las profanas miradaí^ del mundo? ¿Qué se dicen dos. corazones que palpitan con violencia confundiendo sus latidos en una noche tan bella como lo era la de que nos ocupamos? La pluma no puede trasladar al papel esas arrobadoras esceñáis del amor, que se sienteU) pero^ que no es dado describir.
Mas como una ley invencible ha condenado á la humanidad al dolor, y viene necesariamente la pena tras el efímero goce que, disfruta el alma, aquellos dos seres á quienes embriagaba el amor, dejaron de ocapai»-.
—262— /se bien pronto de s}^ ventura para tratar de ^un acon^ecjltuient^Q (^ue venia á conmover en ,8u base el «di^cio de su felicidad.
— Fernán! exclamó Elena; el privado, del gobernador ha pedido hoy mi m^o. Mima- ^dre me inat^ para qu,e acepte ese enlace*
—¿El privado? repuso Fernán maquinal* kinente.
— Sí, el privado, y s^bes cuanto tememos .que sufrirlos hijos de lai^ provincias á los. peninsulares. ,,
Aquel recuerdo hizo afluir al roiM^o de ^Fernán la sangre que ya hervía entre sus venas.
— Pero, y tu, dijo, procurando serenarse; 4ú, ¿qué dices á todo eso?
— Que te amo con todo el a^dor de una .raima que nó ha oonoeido otro amor que el tuyo, y que no bastará el amor del privado, ni el del gobernador mismo, ni las influen- ^.cias de mis viejos tios, ni mi madre que me violenta cada vez mas, para que te olvide y . acceda á esas pretensiones que serian, realizándose, mi muerte.
—263—
En aquel instante, la armonía de un laúd Irisado con exquisito ^osto y acompañada <le una voz dulce y deliciosa, hiiid" los oídos de los amantes.
— ^¿Conoces esa voz? preguntó Fernán.
— ^Hánme dicho que es la del privado
Fernán, sin otra despedida que haber alargado ia diestra á su amada^ que llena de «moción Bo podía oponer resistencia alguna al paso que iba á dar su amante, Hinz<5se violentamente por el mismo sitio en que antes habia penetrada
il.
£1 eabaUero de Santiago, ^ou Sancho Fernandez de Ángulo y Sandoval, llegado á esa Península en Setiembre del año 1&74» era el gobernador de ella.
Hombre muy dado á las fiestas y regocr* jos, como expresa un antiguo manuscrito, y colocado en aquella posición que todo la allanaba, fácil será comprender de cuántas aventuras seria teatro la ciudad de Mérida durante su gobierno.
Don Sancho trajo de España entre las per« sonas de su comitiva^ á un jóretí de gallarda figura á quien en particular distinguia y colmaba deJavores, de donde le vino el nombre de favorito ó privado, con los cuales
—265— era conocido de la mayor parte de Fa sociedad.
En aquellos buenos tiempos sucedía algunas veces, que tanto los gobernadores como sus parientes 6 allegados, quisiesen gozar el privilegio de satisfacer sus pasiones á medida del deseo, como en tierra de conquista, por mas que en ello fuesen Jar paz y aun el honor de las familias. La juventud sufría en^ tonces mil contradicciones con la llegada de los de la cdrte, pues no faltaban mujeres que por vanidad contrajesen relaciones con aquellos, viéndose mas de un antiguo amor súbitamente concluido por la llegada de un general 6 de algún galán de su comitiva.
Mas, continuemos nuestro relato.
Cuando Fernán en la fiebre de sus celos se precipita en persecución de su rival, éste ya sea por la sorpresa, 6 bien por cobardía^ ello es que aunque llevaba en el cinto una larga espada^ huyó violentamente. En vano Fernán hubiera pretendido darle alcance; el privado se habia propuesto desmentir el valor y la dignidad de que tanto alarde hacia.
DOCE LEYENDAS. — 21
• 4
iir.
Las citas de Elena y Fernán, se repetían -con frecuencia en la quinta en que los hemos conocido.
En aquellos buenos tiempos, los padres de familia no recibian en su tertulia sino á los frauciscauos, á algún vicgo pariente, y al gobernador, si alcanzaban esa honra. Y como el corazón ha sido, es y será el mismo, y necesita expangion; como el alma de un joven no puede vivir sin el aliento qi^-e le coipunique otra alma amante y ardorosa, y, por mas que en sentido contrario se expresen muchos, el corazón tiectisita confundir sus latidos Con los de otro corazón que palpite junto á él, yX- >el hombre no puede satisfacerse con solo eP
—267— lenguaje de las miradas, por expresivo que éste sea, aquellos amantes se procuraban entrevistas nocturnas, á la luz hermosa del as^ tro de la noche, bajo la sombra de algún árbol corpulento, oyendo murmurar la fuente cercana, y^ embriagándose con el delicado aroma de las flores del primoroso jardin cultivado por las manos mismas de Elena, pasaban horas venturosas que en vano pretenderiamos describir; porque ese lenguaje tierno y dulce de las almas enamoradas, no puede traducirse. Cuadros son esos, que el pincel mas diestro no podría trasladar al lienzo, así como jamás se copian esas tintas variadas y esas formas caprichosas de las nubes, cuando el sol refleja sobre ellas en las tardas del estío, sus últimos resplandores.
Pero dejemos á los amantes sonriendo con su felicidad, y veamos la situación en que iban á encontraioe bien pronto, por la liga formada por el gobernador y su privado, para destruir eá?i felicidad.
No pasaron muchos dias sin que don Sancho supiese el suceso ocurrido en la quinta.
—268—
Una mañana, Jimeno, — asi se llamaba el ^ privado— -se hallaba en animada y entretenida conversación con el gobernador, cuan-^ do éste le dijo:
— Sé, Jimeno, que habéis ' quedado en ri-- diculo no hace mucbás noches, en una aventura.
— Yo.. señor repuso aquel coa
embarazo.
— Sabéis demasiado que nada se me oculta, y, por consiguiente, es inútil que preten* dais guardarme lo que no es para mí un secreto La otra noche fuisteis á la quinta en que actualmente reside la hermosa. Elena, de quien andáis enamorado^ Ibais á darle una serenata. Cuando aun comenzabais vuestra canción, la presencia inesperada de un hombre, que no era otro que el amante de la dama que pretendéis, os hizo huir precipitadamente, dejando interrumpido vuestro canto de amor.
— Pero, ¿estáis seguro, señor, de que el hombre que vi salir de lá quinta es el amantet
— Sabéis, Jimeno, que me intereso dema-
—269— ^iado por vos; que no h^y secreto para los .hombres de mi posición y mis recursos» y que «cuando yo pongo la mano en un negocio, no la levanto sin concluirlo, porque para mí no iia de haber puertas cerradas.
-—¿Sabéis el nombre del amante? Perdonad :8Í os molesto, pero me interesa demasiado...
— Sí, se llama Fernán de aquel joven
.de tan hermosa figura por cierto, que con tanta indiferencia trata á los de la madre patria y que tan poco adicto se muestra á mi ^persona.
— Y permitiríais que
— C'^Ima, Jim^no; ya debiais conocerme.
X)s he dicho y probado que me intereso por
vos, y, además, no podría permitir aun sin
.eso, que un hijo de esta provincia os dejase
burlado.
— Con que debo confiar, señor, dijo meló- .sámente Jimeno, en que pronto apartareis ^e mi camino la sombra odiosa de mi ríval?
— ^Esperad! Por mi cruz de Santia(;o os Juro que Elena será vuestra. Ahora, dejad-- .me solo.
—270— Jiméño se retirá dé la liabitación del go-- bernador, después de ' haber' hecho tina de esos serviles cumpTííniéntós que' indicaban « gran práctica en el arte de ' la adulación.
iPo^ qué don Sancho Fernández de An* guio y Saiidoval^ se interesaba tap vivanaen-. te jen los amores de su privado Jimeno?
El interés ha sido y,is^rá siempre elindvili de las acciones humanas! Lo que don San--- cho anhelaba era explotar la poca ó ninguna^ penetración de Jimeno. Sabia que Elena tenia un amante á quien profesaba un cariño entrañable; él no la amaba, es verdad; perono por eso quería dejar de atarla al carro de sus triunfos y conquistas. Fácilmente hubiera conseguido la mano de aquella joven ^ pues su familia la habriíl obligado á contraer aquel enlace; pero no era eso, en verdad, lo que él pretendía^ Apareciendo el gobernador de la Provincia en lucha abierta con un rival, hijo de ella, hubiera tenido que ostentarse grande y fuerte, 6 por mejor decir, tan malo como era en sí, y esto le habría desprestigiado mas de lo que ya lo estaba por una.
—271—
Bistoria que no es para referida en este lugar. Al vers^ contrariado en sus pretensiones hubiera tenido que buscar un pretexto, pt)r vano quá i\iese, ^pará arrojar del país á su rival, 6 le habría de envolver en al^-una intriga míame que mas ó menos tarde tenia que descubrírse. Así, puei, resolvió que Jimeno, en quién véia él riiismo ínteres, habia. de acometer el primero, la empresa. Conseguida que fuese la entrada y aceptación de su privado en casa de Elena, se interpondría
entonces don Sancho. ¿Y cómo no esperar un triunfo seguro y decisivo, ocupando, como ocupaba, una elevada posición, capaz de llenar las necias aspiraciones de la familia de aquélla jí5ven? Jimeno, por su parte, no abrigaba la menor intención sincera respectoá la hermosa meridana, puesto que habia. otras, si no tan bellas y de tan excelentes cualidades, sí herederas de cuantiosas fortunas^ único imán de aquel audaz aventurero, Jimeno, además, no era en la Provincia sinoun instrumento del gobernado^'.
Sea dicho en obsequio de la verdad, que-^
"^ —272— en este caso ignoraba las pretensiones de su ¡señor, lo cual no quiere decir que aun cuando fuese de otro modo, no hubiese accedido gustoso á desempeñar ese papel \/or no perder la sombra protectora de don Sancho, sin la cual había de quedar reducido á la nuserable condición de simple ayentureroi que basta entonces habia logrado evitar. |
IV.
Dos dia3 no m&s habían pasado después de aquel en que tuvo lugar el diálogo que acabamos de referir, cuando Elena y su familia abandonarla la quinta y regresaron á la ciudad, logrando así don Sannho sus propósitos.
De qué medios se vali(5 para conseguir su objeto^ lo veremos bien pronto,
Como antes hemos dicho, eran aun aquellos tiempos en que solo se recibía en las tertulias á los viejos, á los frailes y á los gobernadores de las Provincias. Fernán se veia, por consiguiente, privado de ver á su amada con facilidad, y para tener noticias de ella, necesitaba entenderse con algún criado de la
—274— casa, y tampoco podia escribirle puesto que^ aun no se tenia entonces por conveniente enseñar á escribir á las doncellas; de manera que, aquellos criados que rara 6 ninguna vez se dejaban entender lo bastante, no podian satisfacer á ui^ enamorado.
Pero entonces la ciudad de Mérida no tenía tantos edificios como ahora y muchas de las principales casas se encontraban aisladasy guardadas sóleí por uhois paii&dones;Kiuya eievadoQ iio erar én verdad óbsláculo para los amantes que, privados como hemos vi^to dfe entrar en los ctrculos -de la sociedad, sino en aquéllos momentos en que concurrían al al acto del matrimonio, conyertian el hogar de MIS amadas en tin teatro de galantes aventuras nocturnas, qtie rara véfz dejaban de concluir en ruidosos episodios que en vano» pretendían ocultar los que con su rigidez eran t-aüsa de ellos.
Una noche, Fernán envuelto en una ancha y oscura capa, bajo la cual ocultaba una hermosa espada de Toledo, salvó los muros de la habitación dé Elenn, y la halló en el
pequeño járáin de la cásá, esperándole con 'ansia: •• ••' '■* ■ *
La indiscreta viajera "del espacio sé encon- ' femaba íltíiíiinandií dtráá regiones, y solo las . éstrelías, candidas y modestas Cómo la vír gen de los'sueñdá de utr poeta, emitian dulees y suaves resplandores, como pequeñosdíámahtes esparcidos en el oscuro manto de láütiche:^ - • - ^
Diespues <Ié un saludo lleno de amor y de ternura, y después de un beso tierno y delicioso qtié robaron énviáiosas l^s brisíis que agitaban las blondas trenzas de Elena, que^ estaba encantadora como un ángel; tras aquellaá palabras sentidas que dicta una pasión del alma, palabras elocuentes para los que sienten palpitar ' entré su pecEo ün corazón sensible, era preciso, decimos, que después de tanta felicidad, vienieseá nublarse él ciélo de los amantes.
—Samuel me había asegurado, Elena adoi'adá, dijoJFernan, que no volverías á la ciudad sino después de pasado un mes; mas boy él mismo llegó á participarme que te en con-
—276— trabas ya aquí, y que podia gozar escacban* do tu voz y estrechando con ardor tu diminuta mano entre la mia.
— En efecto, Fernán, tal era la disposición <le mi madre, que cuidé comunicarte; pero un incidente inesperado la hizo variar de pen^ samiento. Escucha: hace algunos dias nos liallábamos ella y yo en la sala de la quinta^ cuando vimos entrar á Fr. /Ícente, nuestra -<*onfesor. Después de los saludos y cumpli- ^nientos de estilo, por insinuación del franciscano hízome salir de la habitación. Ya comprendí en el instante queme alejaban porque iba á tratarse nada menos que de nospotros, mi querido Fernán. Así, me coloqué detrás de una puerta que daba á aquella sala, y escuché, entre otras, estas palabras de Fr. Vicente: — "Sé que vuestra hija tiene citas nocturnas en el jardin de esta quinta con un amante, y que no há muchas noches, al entonar una canción tras de los muros un nuevo pretendiente, el amante los salvd para agredir á su rival. Parece que la prudencia y sobre todo, el deseo de evitar un escanda*
—277— " lo que recaería ideTÍtableii^ente sobre vues-. tra casa, hizo á aquel huir precipitadamente^ 4el sitio. El amante» es» como debéis saberlo
ja, Fernívn de y el rival Jíóaeno, aquel
noble jdven peninsular, privado del señor gobernador y capitán general'de la Provincia."" Did, continuó Elena, mayor entonación y gravedad á sus palabras, al llegar á este pun-N to, y terminó así sus informes: "Estas noticias no' pueden ser mas dignas de crédito, puesto que el mismo don Sancho me las comunicó anoche en Palacio. Creo, por tanto,, doña María, que para evitar la repetición de estos lances, deben vdes. abandonar esta quinta." Mi madre conferenció largamente con el Reverendo, y el resultado de esta entrevista fu5 nuestra vuelta á la ciudad. No sabes, Fernán, lo que he sufrido y sufro todavía. Mi familia toda pretende obligarme á conceder mi ñiano al privado, y solo espera mi resolución para comunicársela, y proceder, dicen, á los arreglos del matnmonio; pero yo, por nuestro grande y puro amor, y ante ese cielo, testigo en este momento de
—278— nuestra ventura, te juro no ser de nadie sino tuya.
— Valor y constancia, Elena mia, repuso Fernán radiante de emoción al escuchar las tiernas protestas de su amada, mas encantadoras en aquellos momentos, como que irradiaba en su semblante el amor, esa embriagadora pasión que todo lo hermosea y encanta; valor y constancia, Elena mia; la voluntad es una omnipotencia cuando quiere serlo, y es invencible también. Jimeno, el bajo adulador de don Sancho, no tiene las pretensiones que le atribuyen las personas de tu familia; quiere burlar tu candor. Es demasiado ambicioso para enlazarse contigo -que no habrías dd llevarle una fortuna cuantiosa. El no te ama; porque el amor, Elena, es para las almas nobles; es el alimento de los corazones sensibles que no se han marchitado con el desengaño, ni se ha infiltrado .en ellos el veueno del mundo. Es un lazo .primoroso que forman la ilusión y la espejranza, y, al fin, anudan la ternura y el sen-
—279-.- timiento. El amor ejs expoutáaeo; para él no •existen sino los extremos, y el poder mas grandores contrfirestado fácilmente por el^&r mas débil, si su mente se inflama coa lo Ha^ ma de una pasión fuerte y poderosa. Sobre todo, no debes ignorar que don Sancho tiene las mismas pretensiones que su privado. Jimeno dará entrada al gobernador después de informarle del carácter de tu famüia, v cuando se le insinúe que estorba, se retirará con destreza, como lo ba hecho en otras ocasiones, para no perder tan gran apoyo. El
gobernador Elena, este personaje tiene
principios é historias que no debo referirte. La Península entera le conoce y deplora ver las riendas del gobierno en manos de un hombre que tan poco se cuida de los intereses del pueblo, y anda solo entretenido en aventuras galantes. Así, Elena mia, tengamos fe y constancia, y tal vez, no muy tarde, recordaremos este mal pasajero, así como recuerdan los navegantes las fuertes borrascas y tempestades que han jasado.
—280—
Mil protestas y juramentos siguieron á esta escena.
Momentos después se retiró Fernán, y todo quedó sumergido en el mas profundo silencio.
Bazoo» y muy «obrad i, tuvo don Sancha cuando dijo á Jimeno que para el poder y la riqueza no faay puertas cen-adas. Esta es una verdad, y mucho mayor cuando esas puertas pertenecen á seres dominados por la vanidad y la ambición^ como en efecto lo eran doña María y sus directores.
Muy poco tiempo después de los acontecimientos que llevamos referidos^ recibid doña Marfa al privado, con todos los honores mismos que se hubieran dispensado á un elevado personaje. Los lectores saben que aquella señora pretendía arrancar a su hija una promesa que era del todo imposible si se^ atendia á la pasión vehemente que la jdveii
DOCE LEYENDAS. — 22
—282— f)rof6saba á . Fernán^ y que solo se esperaba 4iquella promesa para dar entrada á Jimeno; preciso será, pues, deci^*, que vietido lo ir^ realizable de aquella idea, crej<$ mas conduciente al logro de «us planes dar un paso que .produciría tal vez, mas . tarde, el triunfo de Jos amantes, sin que ni aun remotamente pu- «diese así imaginarlo doña María.
Jimeno, á pesar de todos los ruegos de la .'hermosa Elena, fué introducido «á la casa.
Referír lad d^agradaUes eUsoen^s qué tuyieron lugar allí desde t^ntoqcef, sería tarpa enojosa, y sobre enojos,' interaiinable.
Eléná nunca tuvo para Jimeff o tina mirada •de cariño, una sonrisa d^ esperanza, y mu« cho menos una frase que le iiieieso rislum^ brár, aunque lejano, un pQifVeBÍr^ li^opjero.
Herido su «amor propiO'f>oraqu^l^sd¿n é indiferencia sin Unütes de una^inu jerencaii^ todera cómoda conc^oioa de anxirtii^ sintió en su corazón algo: desconocido iiasta eiu tóñtíeá Sujcede así qu& iu«cbas veces el bombre, vanagloi^'iándote de su fuerza .de volox»- ktad y de su poder, se encuentra presa de una
— 18S— imiott f ogpca que efi ^áno: quiere olvidar, y eoii €»}»» lomieBtiMjjainM luibia;.8oñaKfe. . |BoffaiBiaii€ntamroi i^iie 'oliridafatt&fi^ mm e8MÍatidos4e]^^ifMon» teiidriai^iici fiéfoear mite^Wi ptote€tot^ á^rbi^go^ 4e^ perder su j^joti . •. •
' . Ifa pasaroA muchos diid.sm que eiicediese lo que Fenaii; baim previato:. Don; San** cfao pidió á^oñaJiaiia, por coi»liMáo de su privada, Tisitar la casa. La buena señera aoeptd gustosa, iriendo en ello una h<mra y un título* máe ante ila^ domedad.
Pasó así^ algún tiempo.
Con no pooa sorpresa obserT<$ doña María que las visitas de limeño fueron disminuyendo á medida que las del gobernador fueron mas frecuentes; Esto no dej<$ de prevenirla para lo futuro.
Un dia, el astuto caballero de Santiago, que habia esperado aquella ocasión, supo darse trazas tales, que Elena, la hermosa prometida de Fernán, y él, se encontraron frente á frente.
La ocasión no podía ser mas favorable, y
— 2»é— don Smcbo one hada aknoa tiempo qnecoaai
con pvemeckteeién, píceteiiduit iasimuase á aquella jdveiL;»donjSaoeho i}iie ipo ^qiierUpwv der niM tíeiHfio eniMa^Yeirtttra fooque tenia otras pendientes, la declaró que la aBia«- ba y que aalttlabft . esQuehar desua^Iábioa una i mse siquien da esperauaa.
La esiMgía con'qtte:aquella le hieo com^ prender ^ánto «ra inátíl an empresa, el ardo]>^con que le hab)ió,y» .sobre.todoi la di^idad que respiraban sus palabriu),. hirieron ¿ don Sancho; pero no bastaron á conseguir turbar á un hombre tan acostumbrado á''ese y aun á niaa tcarribles ]aace«.
— Mirad, Elena hermosa» exclamó el gobernador^ mirad que vuestras palabras me ofenden, y mi calidad de
— 'Perdonad, señor. gobernador y ^^pitan: general de la Provincia, interrumpió la joven,^ en este instante no hablo con quien tiene el mando supremo de este pais, sino simplemente con un hombre que viene á decir» me amores, cuando ha llegado hasta mí con
«el pretexto de ftpftdrinü'^iiQ ^^cmiftéeimpoQi^ lilé que t3« BkeprdpdM^ «on vta pñrádo suyo»
•^kdénd no úb iiifa^í fitoa;;iél; «q^Io ha querido faúiiár tueslaro^eniidbr* r ^ ^ , ^
-^Llegé i esta Msa.c^ftgradwkftTefiainQn* «daetones de vos mismo!
«**<]!reedÉae; Jkaeiio ha teoido porque yo >li» he dispuesto así; pero^... 8^^ oomiirea^ ^o, amáis ya á nu primado. £a un misei^able
.a^íenturero á quien yo he traído par>coiiq»anon, en busca de las eelosales fortunas de. las Indias que se mienten en la Corte.
— Os engañáis, don Sancho: si como no me pertenece, pues lo he consagrado á uñ hombre digno, me perteneciera mi corazón, os juro que jamás habría en él un solo lati-
{ames contra seres indefensos. Me habéis llamado la atención sobrc vuestra calidad de mandataório; don Sancho, no pidáis respetos «cuando vos mismo no os respeteis ni sabéis
respetar á los que están cerca de vos
Quién sabe hasta dónde habría llegado el «enojo úe Elena y la indignación del gobema*
dor» que JMixás hflbia imaginado eacúntitír allí tan invcfncfible f nersii de voinirtad^ si Jn^ presencia de dofia Matía nú hübieáé llegado á interrumpir tan deeagi'adáblé escensi.
El semblante de don'Saného indicada bien^ claramente lo que pasaba en su intén<^. No menos el de Elena, cuyas mejillas estaban ^beendidas^ y cuyas mifadas denuncia^ ban lo que pasaba en sn ser.
Más tardé, retiri5se el primero, y dóñftMa-^ ria escucbdy'Con disgosto, cnanto liabiía^su^^ cedido» de los iábíos dé sü hija.
«^-^
,. — «-
VI.
Gasi al mÍ8tno tiempo que pasaban las es^ cenas, que acah^mos de referir, un acontecí* miento inesperado Ilegc5 á calmar Ja ansiedad de Fernán, que no ignoraba un solo paso del gobei nador ni de su pri vado«
Hemos visto en el cuadro anterior como» el desden de la bella Elena habia hecho nacer en el corazón del privado una pasionr que, al principio^ estaba ageno de sentir, y también hemos visto cómo don Sancho, haciendo mas frecuentes sus visitas, alejd aL primero; pues bien, ün dia, exasperado Jinieno, en quien se habian dei^ertado ciertos^ sentimientos nobles que caracterizan á todo español, juró á tí mismo vengarse de su pro-
—288— tector; que con jt^ntq d§$ci|ro le habia que-* rido conyerl^v hs^st» w este ft9uiito« eu un instinini^atp p^i^a^ el j^gro jde sus plasme.
Muy agenq ^ ^con traba Fernán de la vi* Bita que iba á recibir* cuando unik mañana oyó llamar á su pueo:!^» y pocos instantes después ^e encontró frente a frente de Jitueno.
— Mucho extrañareis mi presencia, comenzó el privado; yo mismo be vacilado antes de resolverme á dar este paso; pero sabed «que* be venido á vuestra casa sin conoceros per«^ sonalmeute^ porque ocasiones hay en la vida en que se supera todo.
~- Yo desearía que os sirvieseis
— Estoy á vuestras órdenes» interrumpió Fernán, viendo que Jimeno apenas podia darse cuenta del sitio en que se hallfiba*.
— Pues bien, continuó aquel, sé que amáis á Elena.
— Creo no tener motivo alguno para ocuU. tarlo, repuso Fernán bruscamente deseensertando un tanto á su interlocutor.
Este vaciló un momento, y luego continuó:
—289—
«^Debéis saber qae yo pretendí mi mano; |Mro habieBdo compreudMo que os ama, he retinen Alt preteosumes y vengo á propo- «eres eontribtfir á vuestta^'fetfcidad; allanan* 4o^ el obstátülo ^ue 0& os pretonta.
.M^Igüéro á qué- os referís, contest($ 'Fernán •con aire mardado 4e dada, 6 más bien de in-> diferencia.
-^¿Sabéis que el gobernador y capitán general de la Provincia, don Sancho Fernán^ tleedé Ángulo y Sandoral, pretende arre* batatos vuestra dama?
-^uzgo que serían vanas sus pretensio* nes.
— ^Pero no debéis dejarde comprender que las famitias suelen deslumhrarse con los oro* pelesde una posición ventajosa, y contrarían los verdaderos sentimientos del corazón y ahogan sus latidos con el ruido del oro, aun* que muy rara vez basta ese sonido para apa* gar los' lamentos de una alma det^aciada. No importa que Elena os ame: seréis caba* llero, seréis honrado y podréis honrar con vuestra mano á cualquiera de las hijas de
Mérída; en cambio igüomrna losaatecedentes del gobem^tior, kamn como q\jke olvidao cuanto la <»*éiiicafba^k9iO)do él do&de isuvllegado; todo^ lojfiMdtftwrM, . .y isatírigo^io isu ventura mimwfíQr obtener iifibfk(pi)^icipa^Wrada. &deniM> os sofia muy i^o^stosa, t^Lves^ más, um,\\xdm úon i»liga^*n}^(kff. . Si que* reis, os propondré un. medio para desunir. €8^ ipoder o ajQle> la famUiai de la ^mt^r jjpie anmisj i .- • ••in i,.,- ... ••..• i.
Fernán temía 4^^ Aquélla fajase mía, celada puesta por don Sancho^ 6 por q1 mismo Jimeaa, y guardd silencio.
—Veo, continud el privado, que dudáis de la i^inceridad .de .mis palabras. Escuchadme un .momento mas^ y no vacilami^ én ¿^geptar mi apoyo. Cdmo debejs suponer^ jui amor propio exije una reparación 6 una venganza. Doa Saticho ha querido en este asunto eñ que .tan vivamente se ha interesado mi ho« ñor, convertirme en miserable insti^umento suyo. Yo soy de todaíi sus confianzas y poseo, por consiguiente, documeñtois que bas* tan para hacerlo indigno ante los ojo«'de do-
—291— ña María: Don Sancho es easado en España, y, mif^id, 4ija sacando de la bolsa ana^ carta^ y poniéndola en las manM do FernaUr mirad la última que de Madrid ie direje sa esposa, rcfconviniéndole por mi prolongada silencio. "^ :
Fernán leyó, y y^'^no eonsetv<$ duda al^ guna.
— Y iqué pensáis, 6 mejor dicho» qué usq queréis que yo haga de ese documento, sin comprometeros?
— ^Deseo que lo pongáis en manos de vuestra prometida. Las mujeres tienen mueha< mas perspicacia, mas recursos que nosotros, y es innegable que ellas saben explotar grandemente cualquier circunstancia. Entregadala esa carta y lograreis realizar vuestras e»-< peranzas. Tan solo me atrevo á recomendaros que nó la digáis por qué conducto os vi-^ no, pues me perderíais seguramente. Todo* saben las mujeres, menos guardar un secresto; si no fuera por esto, muy rara 6 ninguna vez verían frustrados sus planes. Y lo» mas malo es, que los depositan en otras mu--
—292-- .jéres cuando tanto se conocen. Así, ocul* tad mi nombre. Quiero vengarme, y esto me obliga á dar este paso.
— Descuidad, Jitoeno, y contad con mi gratitud, dijo Fernán alargándole la diestra»
Mas tarde...... el pl*ecioso documento estaba en manos de doña María.
j ■
VII.
Han pasado algunos dias después de aque^. II08 en que sucedid lo que llevamos referido.
Entremos al palacio de gobierno, que en^ tonces era, poco menos que lo que es ahora^ que tanto se decantan progresos y adelantos.
En la recámara se encuentra cerca de una mesa con recado' de escribir y multitud de papeles esparcidos en ella, don Sancho Fer^ nandez de Ángulo y Sandoval, caballero de Santiago, etc., etc., y en la misma liabita>n cion, midiéndola con lentos pasos, Jimenosu privado.
Sabed, Jimeno amigo, dijo don Sancho poniendo sobre la mesa el papel en que leia^ sabed que hace algunos dias que noto en vosi
algo extraño y ilefsconocido para mi: me oculta» algo* ^ ,
— Yu 8edor? repuso aquel deteuiéo-
dose.
— JimoQO, quiero fidr mas franco que vos. Yo creí que andabaig menos enamorado de Jo que os veo; pensé que un mero pasatiem-* po os llevaba á casa de Elena, y nunca imaginé que su (tesden ó su altivez oa impresio-
naraa tauto«
-^Oa'«quívQciiÍ8». don San^olK^; me piwiocu^ pa la idejBL.de.Ia patria. .¿Quiéa cyue siente el noble orgullo dp.pert09eG(e]:á.una< nación grande, noble y generosa; quién que ha vis* to coner la9 bpra» mas dulces de layida, bajo el cielo azul que cubrid su cuna,. quién no suspira por todo esq, por los., suyos, por los lucres en que gosd primero» por auhO'- ^ar y por la iglea^ en que elev<5 ¿Dios su primera oración?
— Por demás sentimental os encuentro, en verdud, Jimeno;,pero ni con eso podéis ocultarme nada. Lo quQ os preocupa es ese amor >que no ha encontrado eco en el corazón de
la mujer que os lo ha inspirado** :¿Haj acaso alga que ejerza usi infltijo mayovisqbve^lftU ma? de^ u^ jd v^il Eétate túéávia atravesando esa época eu que todo se^ v^ aL travos i del; prisma. de^Iftákisiotí;. MÁ Imioeiores'qpiia fio^ ge la.MperaBXQ; Uflr<d|iií/dlegaró;(ea'.q]«e.el^ áogel míaiiM db^vuestro» i^oetiefioadesi^Oriiera; el velos que bo^ os ciibnv - filiprimeriiies^; ^i§añot^ttBQ loMbeis wfridoiya) esiiMitará alguoas lágrimas» alguuasi v]^Iia3)!]0S >ofndS os traieráB mna iiiesofia/cni)^^ DíB^eate modo, batalkreia üoa el iu vencible oieaje del mullido) hasta que un dia llegue aquella, hora en el hielo de los años , invade nuie^tT'O pexsho, y en que nos esforzamos en creer queAun sentimos atraccluM hacia los .seres q ue ilutes uos cautivaban. Jinieao..Ios:años y los suirioiientQs van. enduire.ciendo el^ora^on» la e^peri^n^ cia va iufíltriatado gota^á got% su apparga hiél en nuestro pecho, hasta que nQ$ dejamos llevar d<^. ]a impetuosa^ corri^ite del mundo. Yo también he sufridp como vos..,, {^ro olvidamos todas esas reflexiones» y tratemos de algo mas grave todavía.
—296— escucho.
-^En primer lugar, Jimeno, existe «im persona que me vende. Una carta de mi es*. posa, párá en láanos de dona María. Sabei» con cuánto emp^o hMa ocultado mi estado, en Mérida, para poder gozar como vos.. Hoy he sufrido lo que no podéis imaginaros^ al presentarme aquelU señora esa carta, y al pedirme que ni yo, ni vos, pongamos mas los pies en su casa. Yo quisiera castigar co« mo es debido á esa familia y buscar al que tan vilmente me ha vendido; pero es ya tarde
— ¿Acaso hay alguna mala nueva llegada de la Cdrte?
— ^Jimeno, se ha trabajado cerca de S. M. mucho contra mí. Mi sucesor, así se me escribe por mi esposa, t]ue con ello se alegra,, estará aquí dentro de poco tiempo.
— ^¡Ojalá y fuesen otros los motivos que nos^ volviesen á la patria! Yo siento este cambio violento de fortuna; pero, creedme, si no fuera por eso, recibiría con placer estas* no^ ticias.
—297— — Os comprendo; no queréis vivir mas tiempo en esta Provincia en que vuestro corazón acaba de sufrir tan rudo golpe. Mxicho os pesa, por mas que os hayáis d^senten- 4ido, la prohibición de doña María. Guardad el mas profundo silencio acerca de cuanto acabaijs de escuchar. De otra manera, serian atroces los dias que nos restan aquí. Sabéis que los bonofes y consideraciones que se prodigan á los hombres de mi posición
desaparecen al punto que ésta ha concluido. Quedad aqi^í, en tanto que hago una visita urgente al Diocesano. — Y tomando algunos papeles, salió de la habitación.
Jimeno quedó solo, luchando con emociones encontradas. Veia,- por una parte, cercano el fin de una posición que en la Cdrte no podía disfrutar, y esto heria su amor propio; y se complacía, por la ótta, con el éxito brillante que había producido su visita á Fernán y la entrega de la carta.
Jimeno estaba vengado; pero al mismo tiempo sufría una horrible contradicción. Sus ideas de elevación y engrandecimiento, sus
DOCE LEYENDAS. — 23
—298—
locas esperanzas de hacer una fortuna en Yucatán, bien fuese al lado de don Sancho, ó biejn enlazándose con alguna rica heredera, habían desaparecido para siempre, si se realí-^ zaban tan pronto las noticias que el gobernador habia recibido de la Corte,
VIH.
Aquellos -acontecimiejatos .^cidierún la -suerte de Elena y de Fernán.
Dona María desengañada completamente -de don Sancho y de Jímeno; del primero por su falsedad é hipocresía, y del segundo, porque veia en él á un hombre dispuesto á todo ,1o malo por complacer á su señor, ya no pensó mas en ambos. Sabiendo, por el contrario, que aquel misterio habia sido descubierto por Fernán, vid en él á un ángel que las habia salvado de la burla y de la infamia de uno y otro, y ya no vaciló uu momento en ^ar la mano de su hija al que ella amaba.
Esto pasaba en Diciembre de 1677.
El dia 18 de aquel mismo mes, tuvieron
—300— • lugar dos acontecimientos. A las doce toma*- ba posesión ante el cabildo, el señor don Antonio, de la Izeca y Alvarado, como gobernador y capitán general de la Provincia, ^en sustitución del caballero de Santiago don Sancho Fernandez de Ángulo y Sandoval. contra quien la Corte babia recibido frecuentes y á cual peores informes. A las oraciot. nes de la noche el Dean de la Santa Iglesia Catedral unia' en aquel templo, implorando sobre ellos las bendiciones del cielo, á dos jóvenes en cuyo semblante se retrataba la alegría mas pura.
Eran Fernán y Elena.
Tres dias después, don Sancho y su privado partieron para España, sucediendo entonces lo que aun hoy sucede: el recibimiento había sjdo una verdadera fiesta; todos eran halagas; ,!a, despedida era brusca, mas aún, despreciativa ...,..!
XJn protector.
Y accediendo á mis instancias comentó su relato de este modo:
Tengo treinta años. Nací en Puebla, de una acomodada familia que después perecid, >entre las numerosas víctimas del penúltimo sitio de aquella ciudad. r
Mis padres procuraron darme una educa- -cion esmerada^ y un viejo canónigo, tio mió, me legó al morir una gran suma, que recibiría yo siempre que abrasase la carrera ecle-
—302— . siástica, Pero yo no me sentía con voeacio» para tan difícil y espinosa vida^ y renuncié^ aquel beneficio, . ^
No agradándome otra profesión que la del comerciante, mé dediqué á ella, con toda la pureza y bu^na fé de un alma jdven que ambicioúa con los goces propios de su edad, las consideraciones sociales.
Fi^í colocado ea una de las principales casas de la ciudad, y en breve me vi dueño del cariño y de la confianza sin límites de mi principal.
Mi vida era deliciosa. ...
Llenaba yo cumplidamente mis obligaciones, en el escritorio, y las horaí; que me quedaban libres, las empleaba solo en gozar.
Una mañana de un dia festivo, débia ce- . lebrarse en la Catedral una función espíendida, á la que había, de concurrir lo mas her« moso de la sociedad poblana. Me situé en el templo desde temprano, y grado á grado vi llenarse sus espaciosas naves con una concurrencia verdaderamente espléndida y en^ cantadora. Allí estaban todas las hijas de-
—303 — Puebla que, como debe yd. saber,^sou muy hermosas.
La concurrencia era tali numerosa, que aun cuando hubiese yo intentado salir, no lo hubiera logrado. Estaba rodeado de gente . por todas partes, y tuve que permanecer has-, ta la conclusión de los oficios, apoyado en una columna junto á^la cual me habia. colocado.
Comenzaba aun la religiosa ceremonia, cuando al crujir de un primoroso traje de gros del colov de los cielos de primavera, torné la vista yiencontre qué no lejos de mí se hallaba uua 'joven hechicera, que era la que llevaba aquel traje*
Era una beldad tan bella como las víra-enes de Rafael, era un ser mas tierno que una poesía del Tasso; toda ella era herpiosa como una ilusión de poeta.
•Dolores, así se llamaba, era. aquella beldad con cuyo amor habia soñado tantas veces; era ese ser que (jxiste en el mundo y que es el complemento del nuestro, y lo buscamos por todas partes, y aun nos hace amar
—304— á otros seres mientras le encontramos para identificarnos con él. Dolores estaba mas primorosa y gentil que nunca; sus bellos ojos de un verde claro, de un brillo arrobador, se encontraron con los mios que ávidos devoraban sus encantos.
Dolores me conocia^ y al verme, una leve sonrisa se dibujó en su diminuto labio, y sus mejillas se colorearon lijeramente«
Yo liabia visto muchas veces á aquella enflautadora niña; pero aun no babia sentido latir mi corazón por ella. Sui[3ede así que encontramos en nuestro c<^mino á la persona que mas ha de influir en nueí^tra suerte, que lia de decidir nuestro porvenir, y pasamos sin darnos cuenta de que esa es el alma com* pañera de la nuestra; hasta que suena la hora en el reloj del destino y entonces una mirada nos revela que nuestros sueños van .á realizarse, que nuestras esperanzas no mintieron. Entonces olvidamos todo lo que ayer nos entretenia, y condensamos en una pasión toda la ternura, todo el sentimiento y la pureza de un amor infinito, cuyas flores se
—sosabren en ese instante para perfumar el cielo de nuestra felicidad.
Amé á Dolores, y mU ojos se lo dijeron allí ante el altar en que el sacerdote elevaba la hostia santa, la prenda de la Redención. Amé á Dolores, y comenzó para mí esa dulce ansiedad, ese encanto indefinible que tiene la existencia, desde el momento en qué comprendemos que hay un corazón cuyos latidos nos pertenecen, que hay ojos que buscan nuestras miradas, labios que algún día nos brindarán la delicia suprema de un beso fugitivo pero apasionado; y sobre todo, que existe un ser cuyo pensamiento único es nuestro amor. Sentí llenarse el va'cfo que habia en mi alma; coriaprendí que no hay ventura en el mundo sino en amar y ser amado, y ambicioné ser grande, ser bueno para merecer á Dolores.
Durante el sermón, que para mí fué muy breve, aunque todos dijeron después que se habia eternizado, los ojos de Dolores, y los mios, se enc«nti'aron mil y mil veces, y se dijeron cuanto el corazón sentía.
— 306t^
Después de la función, seguí á Dolore» hasta su casa. Pocos días después, fui presentado ásu familk, y algunas semanas mas tarde, nos juSramos amor eterno.
Aqiuel amor era lo supremo^ Ip infinito do la felioidad que se puede gozar en ei mundio.
El cariño,: la dui^ura de Ins miradias y las palabras de Dolores, me f a^^cinaban; para arrancarme de 5u lado, hubiera sido preciso arrancarme la vida.^
^ Pasamos así algunos riieses sin que ni el ma^ leve disgusto turbara la inmensa dicha que embargaba^ríuestro ser. Mas, ¡ay! las glorias de este mundo no son.eternas y ellas se desvanecen como el delicado aroma de una flor
Mis padres, cuando se impusieron de mis relaciones con Dolores, me declararoa una abierta y cruda guerra. ¡Ab!, Sobre mi amada pesaba, p^ra ellos, una horrible maldición: era bija natural! "
No saben los hombres todo el mal que cau-- san con sus locuras v estravíos.. . Ved arrojada en medio del mundo una perla precio-
♦ ,
—307 — sísima, pero que no han de querer todos sacar del fango. Ved! allí é tin ser que eñloís raoméntos dé su cruel deseépéraeion, al íecibir los ultrajes de una sociedad á la qu^ no ha causado mal alguno; habrá detoaldécir^ tal ve?; el rhoménto en que vino á la vida, y • á los que 'se la dieron, condenándola al desprecio; para expiar una culpa que ella ignora. Derramar una criatura inocente, tantas y tan amargas lágrimas, que no b?istan á . borrar el anatema escrito sobre su frente; llorar sin esperanza de consuelo, y tener que odiar, sin quererlo, á los que se oponen d la felicidad que se ha soñado, ¿no es verdad qué e& muy triste, y quo una vida se marchita al
rayo de ese sufrimiento ....? Los hom--
bréSj'áí entregarse al placer, nada de esto piensan, y olvidan tantas historias de llanto y de miseria de que está sembrado el libro de la vida.
Aquella. oposición fué inútil.
Llega una vez en que el hombro, ciego y sordo ante todo, se lanza en medio de la fiebre que le devora, á satisfacer sus pasiones^.
—308— que le arrasti*aii casi siempre á una ruina total é inevitable. Yo había visto librar á la mujer que adoraba, al temer mi abandono; sabia yo que era pura como la esencia que exbalan al abrirse los lirios de la montaña; la amaba como Komeo amó á Julieta; tenia yo fé en su amor, y al enjugar sus lágrimas le babia jurado hacerla mia ante el altar^ á despecho del mundo entero.
Eeuní cuanto poseía, y uu año después de aquel dia en que miré á Dolores en la Catedral, era yo casado sin que mi familia ni mis amigos lo supiesen.
Mis padres, en su cólera, me cerraron las puertas del hogar. Ah! esta conducta cruel fué acaso la causa de mi perdición Al lado de mis padres, Dolores hubiera vivido como en un santuario, y no hubiera sido víctima de nuestra horrible suerte. Pero todo rupgo fué vano, y al fin mi dignidad me alejó para siempre de aquellos seres que amaba, pero de quienes me separaba la mano inquebrantable del destino.
' \
—309— El tiempo comenzó á descorrer el velo que la pasión. había colocado ante mis ojos. Entonces pude ver que había yo contraído obligaciones cuando mi fortuna no bastaba á sobrellevarlas; que la obstinación de mis pa* dres alejándome de sí, me precipitaba a un abismo; que Dolores, aunque me amaba, se' había consagrado á su persona y solo quería ataviarse. Ella era sobradamente hermosa, y no tenia,' por la descuidada ^educación que había recibido, la reflexión necesaria para conocer la gravedad de nuestra situación. Yo, en mi ceguedad, me había enlajado á Dolores, sin consagrarme antes á formar el carácter de la mujer que debía eer mi compañera. Para amarse dos almas no necesitan mas que una mirada, pero para identificarse <los caracteres, para comprenderse y no tener sino unas mismas arpiraciones; para ir siempre unidos tras un porvenir seguro y venturoso, es preciso mucho estudio y mucha calma. Si la sociedad es con «tanta frecuencia teatro de historias que dan materia á los maldicientes, si dos seres que se ama-
—310— ron tanto, que tanto soñaron con la felicidad j que tan puras intenciones abrigaban, se hieren, se separan, se ddian alguna vez, culpad, no al corazón que solo sabe, amar, culpad á la sociedad que por sus exijencias,^ rara vez fundadas, precipita siempre los acontecimientos. La sociedad tiene establecidas ciertas reglas, y quiere qije todos las observen. No sabe, 6 mejor dicho, no quiere convencerse Que una moral mas franca produciría mas benéficos frutos.
Para aumentar mis desgracias, comprendí que mi principal iba retirándome su confianza.
Oh! qué horrible situación! qué reflexiones hice entonces! Pero era y,a demasiado tarde. , .
Algún tiampo después...... era yo padre.
Mis gastos se aumentaron considerablemente; mi sueldo ya no bastaba para Henar las necesidades de mi casa, y comencé á sufrir de un^ manera atroz.
El rico comerciante á quien servia, que- /brd, y me vi sin colocación, y lo que es peor
—311— todavía, con la mánciía que sobre mi frente quería arrojar la calumnia, señalándome como una de las eausas de la ruina demiprin-' cipal. Era yo inocente; ló sabe el cielo.
Acudí entonces, otra vez, á mis padres; pero fueron como al principio, sordos á mis «úplicas.
Aquella situación desesperante se prolougaba; ningún comerciante queria recibirme^ á su servicio, y además todos los giros se encontraban abatidos, porque la guerra en que se hallaba envuelta la nación lo paralizaba todo. Me hallé, cuando menos lo esperaba, con una deuda considerable á mis mejores y muy contados amigos. En el infortunio pocos son los que nos tienden una mano bienhechora y nos acompañai[i
Yo amaba á Dolores cada vez mas; ella estaba mas hermosa cada dia; nuestro hijo era un ángel.
¿Qué hacer para no ver morir aquéllos dos seres, complementos del mió, que eran mi existencia y mi consuelo? Serité plaza en uno <Ie los batallones de la guarnición como te-
—312— niente, gracias al favor del comandante del cuerpo qde era amigo mió.
Hasta aquel momento no me habia separado un solo dia de Dolores y de mi hijo; pero el instante fatal babia sonado.
Se me notificó la orden de marcha, y partí lleno de tristeza, después de abrazar á aquellos dos seres queridos, y de pedir que mi haber fuese entregado á Dolores en Puebla; yo debia vivir como vive el soldado.
Separarse de la mujer que adora el alm£.; emprender un viaje de que no sabe uno si ha dé tornar: ver acaso por última vez aquel rostro encantador cubierto de tristeza, y cru* zar allí en el fondo del alma una idea cruel, desgarradora; sentir que taladra el corazón por vez primera el tormento horrible de los celos, y partir v....
, ¡ Ah! qué mezquinos, qué instantáneos son los goces de la' vida, comparados con los do* lores de que está sembrada la existencia!
Hice ún esfuerzo supremo; sentí* que mi corazón se hacia pedazos, y partí.
—313—
No trato de referir los pormenores deaqueHa campaña; voy solamente á dar á conocer todo lo horrible do mi suerte, todo lo cruel de mi infortunio. *
Mientras que yo, arriesgando mi existencia, y no por otra cosa que ascender y tener,, por consiguiente, mayor paga, me colocaba en los sitios mas peligrosos, frente á un. enemigo cuyo furor desafiaba; mientras que yo peregrinaba por nuestras ásperas montañas; mientras mi solo pensa>niento eran Doloresy mi hijo, en Puebla, un hoRibre c: pkalista,. pero d^ esos que no quierea hacer la felicidad de una familia' con sus cuantiosos bie^ nes, sino que, antes al contrario, emplean sus riquezas en sejnbrar la desolación, el deshonor y las lágrimas én lós hogares de los que solo tienen por matrimonio el amor de la espojsa y el honor de su pombre; un rico de esos que llevan el nombre de solterones^ . que las viejas señalan siempre como un buen partido y de quienes hacen los mayores y mas cumplidos elogios, ponia los medios de echar por tierra mi única felicidad.
DOCE LEYENDAS. — 24
Dolores estaba acostumbrada al lujo de su casa, lujo cuj-a procedejiciá ignoraba; y á los días en que, ciego yo eou mi f unéí^ pasión, derrochaba en breves instantes el fruto de largos meses de trabajo continuo.
'Doloreis aunaba la grandeza y le deslumbraban los oropeles del gran mundo, y se veia reducida á la condición de esp6^a de un pobre teniente' empleado gu una campaña que debia prolongarse desastrosa é indefinidamente. No conocia * sino las apariencias en^áñoims del m^ndo; no se la ha'bía enseñado á vencer isus pasiones, y no podia siquiera imaginar todas las consecuencias tíe una . falta. Dolores estaba aisL da y no podia alcanzar un consejo, ni un consuela. .
' La actividad de los movimientos militares, las peripecias de la guerra, me alejaban cada vez mas dé mi familia, y empeñado ya mi honor, no debía solicitar una licencia, siquie-- rá fuese temporal, para ir á Puebla, y mu-
chas veces ni escribir podia.
Mientras tanto, aquel hombre odioso continuaba conspirando contra mi honor, con-
—.315— 'tra mi felicidad útíica. Por donde quiera que
iba Dolores, encontraba al rico cotíierciante siempre atento, revelando, aunque con hipó* <srita conducta, su3 infames deseos.
Todo esto lo supe ya tarde. .
Un dia, viendo Dolores .que no teu*í?' nn solo medio en nuestra casa, cuando nuestro hijo estaba enfermo y pedia un pan, se dirigid personalmente á la tesorería en busca de mi haber del meb que habia pasado ya. Feto jay! todo fué inútil; le dijeron que las cajas estaban exhaustas* y que se habia puesto á las fuerzas á media paga, por ser ya den)asiado numerosas. Y ni aun siquiera esa media paga podria cubrirse sino después de muchos dias..^ !
Dolores odiaba á mi familia q\)e la habia -despreciado, y no intentó implorarle.
Saliá de la tesorería con el corazpn despedazado, pensando en que no podía satisfacer el hambre de nuestro hijo, y enjugando con el pañuelo las lágritnas que corrían por ^us mejillas. • *
En la puerta eneontrd á aquel hombre que
—sieso habia constituido sombra 8uya^ y que¿ aproximándose^ le dijo: ''Sé las desgracias que rodean á vd.» nó desespere; te mandara lo necesario para hacer variar su situación; No iré yo mismo á proporcionarle este consuelo» por mas grato que pudiera ser para mí, po«*que*quiero á vd. demasiado para dar lugar á que atribuya ¿siniestras miradas una conducta que inspira la mas leal y desintere* sada simpatía. Digaa es vd. de mejor suer-.
te, Dolojres ....." Y desapareció sin da¿
tiempo á que Dolores saliese de la extr'^ña sorpresa que babia recibido al escucbaí; aquellas palabras.
Aquel mismo dia recibió Dolores, de manos de un desconocido, una cantidad que bastaba á subvenir á sus necesidades.
Pasaron muchos dias y no volvió á encontrar en su camino á «u protector, que parerecia huir de ella, para no escitar su rubou por el bepeficio recibido.
Trascurrió así algún tiempo.
Pasaron dos meses, y luego otros y otros, y Dolores tuvo que volver personaimeDte á
— siria tesorería; pero salió como la vez primera, llorando, y sin encontrar á su protector.
Volvió á la casa, y estuvo algunas horas sumergida en las mas tristes reflexiones.
¡Qué oscuro se presentaba el porvenir á aquella pobre joven abandonada á su entender hasta de mí, porque mis cartas no llegaban á sus manos! Bplores no sabia trabajar; no tenia ilustración de ningún género; no encontraba una alma que la compadeciese y amparase
¿Podrá el cielo dejar sin castigo la crueldad de los padres que abandonan á sus hijos porque nó siguen, dóciles, sus deseos?
¿Será un crimen tan espantoso contrariar la voluntad paternal, cuando hay que sufrir tantas miserias y derramar tantas y tan amargas lágrimas?
¿Será una ley irrevocable del destino, que los hijos naturales, por inocentes y puros que sean, tengan que expiar las faltas de sus padres, para dar así saludable lección á los que sin temor ninguno se entregan á satisfacer sus pasiones?
—SisEstaba aun Dolores entregada á su dolor^ cuando se le presentó otra vez un deseono-i cído que le entregd «na carta, que contenía en billetes de banco una suma nó despre* ciable.
Era la carta del protector, y en ella le decía que habiendo llegado á su noticia susnuevas necesidades por : el abaodono mio^ quería borrarlas^ pues no podia ver con indiferencia los sufrimientos de una persona que habia, por su desgracia, despertado eur él tan profunda simpatía.
Dolores, en un arranque imprudente do gratitud, tom<5 la pluma y. escribió pidiendo' á aquel hombre generoso que se dignase hacerle una visita para poder mapifestarle su reconocimiento.
El mentido protector no se hizo ro:rar; al día siguiente se presentó en mi casa, revestido de la hipocresía mas' sutil, y habló largamente con Dolores. A un protector noble y generoso ¿quién le cierra sus puertas? Dolores cayó en la infame intriga de aquel hombre y le franqueó la entrada á aquelR
—319— casa que hasta entonces había sido el nida del amor y el santuario de la virtud.
Grrado á grado fueron nía» frecuentes las visitan del protector, hasta que llegó un dia en que no hubo en la ciudad quien no em* penara con sus palabras mi honor ultrajado, escarnecido por la mujer á quien tanto amaba y por quieíi yo a^rrostrab^ tanto sacrificio. .
Mientras tanto, yo espedicionaba lejos de Puebla, teniendo aún en medio de los coui bates, fijo el pensamiento en Dolores y en mí hija
Un dia, en los momentos mismos en que yo, que habia alcanzado ya el grado de comandante, emprendia nú marcha para unirme al grueso de la division^que á las órdenes del general Riva Palacio recorría la sierra dé Michoacan^ recibí una carta, de. fecha atrasada, en que un amigo de toda mi coníianza me participaba desde Puebla los terribles rumores que en la ciudad circulaban, relativos á la conducta de Dolores.
En vano intentaría describir el estado de
— 320 — mi alaia después de recibir un golpe tan espantosa Cuanto hay de noble y digno, cuanto rancor caber puede en un corazón que solo ha latido por el amor y se vé ultrajado y diente tomarse en hiél el bálsamo que endulzaba las horas de su vida, todo se despertó en mí.
imposible me era cu aquellos momentos volar á Puebla, á salvar mi hbnor si es que existia, 6 á castigar al miserable que me habia arrebatado cuanto amaba en el mundo. Los franceses tenían sitiada la ciudad y no jwe hubiera sido posible penetrar á ella.
. Grandes fueron los horrores de que fué teatro tan herniosa población. Entre las numerosas víctimas que perecieron bajo los escombros de las casas arruinadas por las balas enemigas, se cuentan mis padres, que murieron sin haberme perdonado, y sin haber visto nunca á mi pobre é inocente hijo. En dias tan aciagos, multitud de familias carecian hasta de los alimentos mas indispensables, pero á Dolores nada faltón pues todo
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le proporcionaba el oro quo á manos llenas prodigaba su protector. ,
El sitio de Puebla habia terminado; la Capital de la Nación habia sido ocupada por «1 mariscal Forey, y él gobierno á quien yo servia se retiraba á las fronteras del Norte.
Abrigando tan crueles temores, sintieudo desgarrada el alma, ¿podía continuar la guer^ ra? Resolví separarme de las filas; pero temiendo que esta vez como la primera, mé negasen mi retiro, sin pedirlo, una muñana tne encontraron de menos mis compañeros <le armas.
Llegué á Puebla á la casa de un amigo, de int;(5gnito. Allí if>upe todos los pormenores que. os be referido de mi horrible historia, y lo que es mas triste todavía^ "ia muerte de mi hijo.
El protector de Dolores se habia quitado ya la careta; acaso porque me creia muerto en los infinitos combates en que tomara yo parte, y ya no habia en Puebla una sola* persona que no le conociese por el amante de la mas hermosa de las \)oblanas.
—322—
Yo no podia presentarme á cara descubierta ante el vil seductor ^e Dolores, porque me hubiera delatado al gobierno establecido ailí y me hubiese hecho juzgar por una corte marcial como espía del enemigo, .y yo necesitaba vengarme antes.
Me resigné á esperar algún tiempo, pero fui vlelatado y tuve que huir precipitadamente de la ciudad, burlandp la vigilancia de mis
enemigos.
Anduve encante algunos meses, y regresé á Puebla. Entonces supe que Dolores, al verse abandonada por el hombre que la había hecho olvidar sus deberes, se habia envenenado, y después de sufrir los torn^entos mas atroces había sucumbido en un hospital sin que un afaiigo, ni un pariecte, ni aun el mismo que originara sus males, le hubiese estendido una mano bienhechora en los postreros momentos de aquella existencia agitada y combatida por el remordimiento y el dolor.
La ninjer que olvida sus deberes y- desprecia los juramentos pronunciados ante el al-
—323— tar; tiene que sufrir el martirio ae esa sierpe que devora las entrañas y trastorna la razón; el remordimiento: tiene que ver ennaedio del sueño, y aun despierta, la sombra vengadora del hombre ofendido; y como para que sus castigo sirva de lUíl lección á la sociedad, morir como Dolores, abandonada y despreciada de todoB.
Lá mano de Dios habia castigado ya á Dolores; mis padres ya no existian, estaba solo , eü el inundo, tíin otra a£ppiracion qu^ vengarnie del liombre que abusara cobardemente de mi ausencia para arrancármelo único «que coü^tituia mi felicidad en el. mundo.
Recorría yo una *arde los alrededores de la ciudad, queriendo, en vano, distraerlas tristes ideas que me seguian 6 todas partes, cuando- me vi frente á frente del seductor de Dolores.
El sitio no pbdia ser mas á proposito.
Lá soledad' parecia decirme que en aquel instante debia yo hacer* sentir todo el peso de mi dignidad ultrajada sobre aquel miserable. Desafiarle hubiera sido una torpeza;
—324— los cobardes que se glorian en vencer la debilidad de vina mujer desamparada, no son capaces de ver con serenidad á un adversario, en un campo de honor. L«s hombres infames delatan á sus enemigos para librarse de ellos. El hombre honrado no debe poner su pecho frente á las balaís de un miserable.
Estas ideas cruzaron por mi pensamiento con la velocidad eléctrica, y en un aciíCesode indignación contra aquel hoínbre, saqué la pistola que llevaba y la disparé á covtos pasos de él. \
Cayó bañado en sangre; pero por sus quejidos comprendí que no habia muerto.
Mi negra suerte hizo que una patrulla francesa que pasaba no lejos del Hitio en que me encontraba contemplando con brutal satisfacción al matador de mi honra tendido á mis pies, acudiese y fui aprehendido.
Procesáronme no tanto por aquel suceso, <;omo porque hacia tiempo que se me perseguía por haber servido en las filas republicanas. Mi defensor hizo esfuerzos supremo s
—325—
y me librd de la pena de muerte á que querían condenarme aquellos chacales sedientos •de sangre humana, y fui condenado á diez años de presidio en esta fortaleza. ^^^^
Una .vez aquí, supe que el amante de Dolores, restablecido completamente de la herida que recibid de mis mainos, habia puesto en juego todo género de recursos para, alcanzar que fuese yo condenado á muerte, y librarse así de mi mano vengadora.
Hacia ya mas de dojs.anos que enfria en esta lúgubre mazmorra toda lia crueldad de mi suerte, cuando triunfo el gobierno republicano á que presté tantos servicios.
Creí llegada la hora de mi libertad; pero ' me engañaba.
El destino me tenia deparados mayores sufrimientos.
A las repetidas instancias que hice para obtener la libertad, se me contestó que un ' desertor de mi grado, y en las circunstancias en que estaba la patria cuando abandoné mis filas por ir á residir á un lugar ocupado por
el invasor, no era acreedor á gracia alguna. El oro de aquel ilifame, le abría todas las puertas y á mí me las cerraba ./...!.
Con el alma oprimida de tristeza, con el corazón despedazado por tan crueles sufrimientos, sin esperanza, sin consuelo alguno, heme aquí, pues, contando hora por hora, minuto por minuto^ los dias y los años que aún me restan pasar en esta mansión, sin que logre apartar de mí por un instante siquiera, el recuerdo de la mujer que pago <;on tanta ingratitud lá pasión de mi alma.
Comenzaba á apagar sus resplandores ei lucero de la mañana; en breve el sol con sus rayos de oro, báñaria la inquieta superficie del golfo, y penetraría por entre las lejasde ios calabozos de San Juan de Ulua; de esa fortaleza cu va historia seria un libro inmen- :S0, cuyas páginaj tendrían que escribirse -con lágrimas y con sangre.
Aquel desgraciado me estendid la mano y yo la estreché con emoción, porque nunca Jie escuchado sin pesar los infortunios aje^ «t)s, y simpatizo con los desgraciados, .
POR UNA MADRASTRA.
Sorprendióme la noche cierta ocasión en uno de los mas lejanos y solitarios sitios de la ciudad de Mérida. Inesperadamente, el cielo, antes sereno y hermoso, cubrióse de negroá nubniTones, y una copiosa lluvia comenzó á caer, P^ra guarecerme de ella, lla^ mé á una de ]as puertas de una casa en cuya sala habia luz, según pude comprender por algunos rayosde ella que se divisaban á causa del mal estado en que se encontraban aquellas puertas. — Un instante despue.s, ha~
DOCE LEYENDAS.— -25
— 33(T— 'hiendo recibido la hospitalidad más bondadosa y franca, hospitalidad característica del pueblo yucateco, me hallaba jro en una modesta sala, frente á'üna señora hermosa y pálida^ en cuyos ojos hundidos parecia trasluoírse un pesar profundo, y cuyo semblante todo revelaba que era una de esas víctimas desgraciadas en quienes parece que la mano tlel destino se empeña en grabar su huella. Aquella fisonomía no me era desconocida. Yo recordaba haber visto en otra ocasión á la hermosa, frente á la cual me haliaba.
La lluvia caia á torrentes; y, lejos como me encontraba del centro de la ciudad, imposible era conseguir un carruaje que me condujese á mi habitación.
—Las calles han de estar inundadas, señor, y tan oscura y fea como está la noche, una imprudencia seria que vd. intentase marchar á su casa; íne dijo con un acento verdaderamente simpático aquella señora, ^'fendo mi resolución de dejar su hospitalaria vcasa. .
* —331— ^i— Afortunadamente; repásele, nó hay aún •>4eti nuestro Estado esa iúfatné plag^i' de lar <Iroñes que baíy 'en otros; así, pues, tío ábri-s. ^ú temor ibl^uno.
r--EJB verdad; pero, póliga vd. ateii<5íon'y ^oirá c(5mo cae la lluvia á torreiífés; y 'yo, con ¿arto sentimiento^ me veo privada, de poder ofreceT á vd. un abrigo ó un paraguas.
En efecto, diluviaba^' y pi:eciso*éra resignarse. Además, la bondad con que aquella señora me invitaba á permanecer bajo sute- -cho, me decidid á tomar esa resolución. ,
Yo, lector amigo, no sé por qué desde el instante mií>mo en que veo un semblante pálido y unos ojos lánguidos, me imaginó una historia de amor, llena de interés y de encanto, que despierta en mí el deseo de saberla hasta en sus mas minuciosos detalles. Yes io .mag notable, que rara vez me equivoco, y muy contadas serán las ocasiones en que, por el temor de aparecer indiscreto, me hubiese retraido de poner los medios para co- • nocer la historia que he creído hallar.* La noche de que te bablo* tae proporcionó una
—332— • ocasión favorat>Ie para saciar mi curíosidad, y la imperfecta narración que voy á hacerte^ eis el fruto de la velada forzosa queslat lluvia íne obligd á tener en la modesta habitaploii "de una persona cpp quien hasta ^^toaces jamás faabi» hablado. < /
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Vivía en Campeche; alia por él año de-
1840, un señor llamado don Camflo Cóntre-
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ras, considerado de tojjos, no por poseer gran-- des talentos, sino por ser uno de los mas riscos propietarios de la ciudad.
Don Camilo era viudo. Toda sij familia se reducía á\una bellísima hija suya, queentonces contaba apenas dos años, llamada Laura, y algunos sirvientcís*
Un dia ocurrióse al'buen viejo, que ya lo era, volver á contraer matrimonio, pues según su opinión, el hombre ha nacido pjira vivir siempre en compañía de una mujer. La viudez le habia cansado ya, y decidióse á emprender la no difícil tarea para él, puesto que era rico> de alcanzar la mano' de una * mujer;, joven por supuesto, pues nunca los.
—338— >TÍe}M ' dej^n do.Mr afickmfujos á- los contrastes. '
Mai^arita*** er^ una linda^ mucbáé^ft» y don jGaMÍl^ amigo de U fom^de ia }<5ven, fijóse .en ella* '
Mai^aríla tenia novio^vj esto noefaun
secreto pairi^ don Camilo; i)erD él sabia que
elamantiaera pobre^ ladama'a&cta'á ixteity
jrsuBt padres interesados Jiafta lo ¿amollen
hallar yin bu^n f¡artido y^vfV9k su hija. -
Don Camilo no se equivóoÓ al pensar que Hargarita aceptaría su mano. .
Para dar á conocer .el carádier* de Marga»- ^rita; baírfa. escuchar la escena siguiente que 4uvo higar ál despedir á su novio ^xa contraer el enlace solicitado por don Camilo.
-•-«Margarita, til me has vendido; sé que te was á casar. .
— ^Mis padres así lo han dispuesto*
—Pero, tá ¿no tienes voluntad propia?*
—Conozco que este enlace me conviene.
— ¿Y mi amor, Ma^arita, y mi amor?
— ^Hay situaciones,, Fernando mió, en que «el amor debe dejarse á un lado. £1 interés,
ó .mas Uen, la.<|oa:eeníeiiQJa» t»
lecer sobi^ todas las cosas. - . *«>.
-^Ho taeopj^a;,}uist» á ti te e^twia'i.iii — No te* comprendo, .., :. ^* > .-**' i -
~£se¿ci^A«ie», j. cae ú^vís U rasoiiv ^^i^ ^ casarte Gonmigo, Fernando, erss^óvfa^inu^ jÓYem tafamUia >no»}iabÍA<d€^ Bififois^r esta^ unión; tá eres pobre, y yo también .lpriM>y. . Tú te sacrificarías por mí y jo por l¿; de4m^ ^te> mutuo sacrificio bq^ resuitariaMpara anu bos la miseria, lel trabajo. .£!a^ad0»e'tyí>. co9:dpn Camilo^ nada de-e8o^suoode....Don> Oaipiloies verdad tfue no puede» halagar inx fantasía- de jdven; pera ent , cambio, e^ttt yie^ jo tiene bastante dinero; nar solo, no ^tendeé que traba jar,, sí no que ni aun cuidaré de^s . hijos. Por estas palabras, sinceras xiobio bud^ ca las ha^rá escuchado de otra, creief¿a mu— cho Bafa^Io de mí^ y aún de todas las «mujeres; pero sin razón, parque al ^^asajrme ndsoy in* grata para contigo; conozco -que nadie «podrá amarme tanto como tú^ sé también que * si don Camilo se casa fcdfumígo, e?» tío porqué
-^335— me ame, Bino porque tiene la costumbre de ser ea^adó, y quiere 'una madre para su hija Laura* Abeptc/este enlace/ porque mis pa* dres me:hf^n pintado el mundo tal cual esy y he comprendido que el amor, por grande ()ue sea, no pnedehácernos olridar que ante* todo se necesitaf OTO. pai^ vivir eíi el mundoc Sí; Femando, si me amas; no te enojes, y conven ei> que no hay término, medro en estos casos.. La rasen es mia/ porque la razan es el dinero,' y sin dinero no hay felicidad; y puesto que me ama», no has de tener otro anhelo que verme feliz y no condenarme ai trabajo y la miseria. Querer vivir en el mun. do angelicalmente, cuando el mundo no es uji cielo, cp, Fernando, una ilusión hermosa, es verdíid, ,pero que tarde <5' temprana tiene que desyaneceriBe. Xa pobreza es oausa déla deshonra muchas veces, y la mujer deshonrada' y pobre tiene qup morir en la miseria,, despreciada, olvidada de todos. Si la mujer es, pea, entonces es oti^a cosa; el oro todo lo cubre; ni las mas grandes faltas. dejan de barnizarse y perder todo, su hom'ible color. El
—336— • ^
espíritu de la sociedíid cfisése^ y no «eremos nosotros f^egurameifte los que pddaii¥os hacerlo variar. FertlattdiO,'yo te ami> y te anift-
ré siempre. pero 'tengo..:... debo casaf-
me coh don Catnilo.' * . '
Figui^cis t8itío quedó el albaa de aquel joven, que entrando al muñdo^todavíá Heno de • fé, de ilusión y de esperanza, no había soñado que la tnujer qué despertara los 'latidos de su corazón, habia rasgado la venda qde «ncubre á los ojos de los hombre todas las n^gas del cuerpo social. '
Don Camilo se casa, pues, bbn Margarita.
Al tomar posesión de Su nueva casa, Margarita consiguió lo que consigue siempre la segunda mujer dé un viudo, es decir, domi- -nar al marido sin tener ios méritos dé la primera. El. hombre de años que se casa con íuua mujer jí5ven y hermosa, hombre á quien «e acepta sin consultar al corazón, y siguiendo las inspiraciones de las almas gastadas por el interés, tiene que resignarse casi íneTÍtablemente. á ser tutorado, por decirlo así, •á abdicar de su vc\luutad en el hogar, y á
— 8»7— ser ante la sociedad mi ' objeto de imsiotí y de sarcasmo: • Sin . embargo dé (set 68ló tina verdad qi:ie>Badie igmMi/>mtt chos 4a oí vidan porsumUl/'^ ' ,« ;.. ' Pero volvamos á Laur^J « ^' . Lanra> la> pobre Laorn, no me¿on$ de^ condición con ^. oasámieoj!» de «a. padre; antes al.contrajrio* , '.
Eistaba confiada al cuidado exclusivo de su bodríza. ^ v '
Una pobre mujer del ptteJ[)lo^ cujo hijo habia muerto á ^co de hdber visto la luz, concentmba e^l ella. todo. su amor de madre> su vida misma; la prodigaba las mas tiernas caricias, y velaba su sueño con amante solicitud. . .
Laura amaba lí su nodriza; como qué veia en ella una madre. . ¡Aquella* inocente niña no estaba en edad d$ comprender todo lo horrible de su infortunio! Ignoraba que era httér&na.
Margarita no tuvo nunca una ¿aricia, un beso de ternura; pero ni. aun una mirada do compasión para la pobre Laura.
Pasaron. lasí cuatíorAfios.
£1 eiel<^ qtteiriatido. impedir que una nueva' caüená de crimenes^ se eíAahoaiajie, liego á la madrastra de Laura los gocdd oaateritales, y como su alamud éoaroo» ^ sublimidad'de 6009 gMe9, acaad lo8< duibos puros, lo8'tÍQÍcos*que4K)ÍHle|an' vbarbuelhi ^e doloen la vida; como aquella mujer- no' quería sinoenyueha en el misterid dar rienda suelta á sus desordenada» pfisiunes, vivía aisí sa-- tisfecba; , - • '
1 £x¿ueado parece dkdst qin^e Marg^ta aun ornaba ái Fernando.' La' sociedad éíitdra lo sabia, menos el bueno de don Camño;*
Laura hubiera podido suplir la falta de un hijo en el corazón dé Margarita; pero aquella mujer ni. éam^prendia hasta dónde es gmnde-ese «labor y cuánta dulzura encierra,. ni podiá aceptar esa misión sublime. ^^- •
Elamoh de* madre lo purifica y engrande' ce todo; ya) llevar ese nombre, al hallarseten erniiíndacon esa misión fde guardarla hí)nr» pfcopia, para guaixlar al núsmo tieitipo lá de los hijos, ía.mtijer tiene (^ne ^evitar, basta
la.i^fai<M: oeasión que^pueda empañak* )BLbrilio de ese nombre purísimo; pero^Mai^gairitá w4iA^ piH>pm6ti3r fii9g»ii1 «1 ^pMtwt 4el;sig^«ll0«ltmd9IeMa j2irÁdf«^jpiH:¿^ - ,i^liix^i^xíUyK,el'A(^^^ aiu nodri-
za j^BUím i^da >T^z ]aii^;.iii.i^tmstqiie parecía, PQt el i»imi]|iMrio;<que babi^ém^u naturaleza algo.qiiek'|^ia.«iwtr-0Qa<!r)epul8Íon a su
l>Uld^<rttpg* ' :. *. <'M
>i yLa piitn)e ¥ja del p9@Hlo no podin ir enpamiiMkl^do á la inocetlte La.ura^
Aquella buena mujer no itenib idease que* ir ¿embrapdo eu aquel cota^ou jconfíado del todo á ella. ?,
Laura, como hejt|i06> indicado». detestaba á su madrastra; y esía, por orgujlo,..al ver preferida á otra, se sentía herida.
Así fueron pasaadq-: los: dia^. .J^sta que^ ll^g(5 uuq,e^;que,X4aura cumpUÓM>pho! ^ños. A esa edad nad|e habia puesto en ^us^isaa^os uAjlÍte]?a pAta oquocer la$ letras.; Laura/ no sabíaí;,§iíiQ 1a^ AT^jcipnííSrque su nodnzít le enfiíeui^bf á la horade dormir.' .;* r.
Aquella planta, sin cultivo alguno, H^ntre-^.
—840— gada á la natuitil^» po pedia crecer del tOr "do erguUía.' ' ' • ' ';/ • > ' i* -.
Una niañdfia, Mái^arít^tirrei^tidüáiiioii tauta 6 mas sevefidad qué tie coMiltetot},' por haberla ^ot[<r($tklid<^ jti^tído cóti --Mi objeta que addrnhbá^la éoifsola de «6 babiücéMr, ^y Laura, Ilenáf de ira, ithprifiíitt eü- tída de Im mejillas de su madraistra *su >lÍB4a' mmnp.
Aquel hubiera sido tal \e% el últinsp día do su existencia, pues tal eca la^ fmm'de Margarita, si don Camilo no hubiese entrado á tiempo á la habitación.
—Camilo, dijo Margarita at entrar éste: tí esa niña sale de esta casa, <$ yo.
— ^Reflexiona Margarita, que
— Nada ^escucho: 6 sale ella, 6 yo; no hay iiiedio. ' '
— Saldrá, pues, saldrá.
Ya hemos dicho que Margarita domíttaba ú sutearido. \
Aquella misma tarde, Laura, atranfeada del lado de su fiel nodriza, era entregada ¿ una familia del todo extntña á ella, para ser educada.
—341—
A poco fallecid don Camilo, vÍ9.tima de un ataque cerebral qué le acometid al saber el mi^rabl^ p^p^t q^e h^oi^ e^t^dp rje^^sen-s taodo desde , el dja áp su ^sfuitrímomó. . ._ v
Laura estaba ya sola en el,ii)uu49-
Lawra^ri^ rica; su, madre: lQ>)iabia Rejado al morir todos wa.bieupiíí) y mn embargo^ LauDPi carecía de todo, pues eji bombre encargado de la administración d$ m herencia erauafiv^ro. r .
A medida que los años ayanzaban, Laura era cada vez mas hermosa: tenia brillantes
• • • »
oJQS negros, sonris^ seductora^ y .sobre todo» una gracia y sim pátí a atrayentea. Peto aquella hermosa niña ^a un diamajcite.fin pulir: najdio se babia cuidado de. su alma, en la que existia un fondo innato de coquetismo. Laa-^ ra sonreía á todos, sin amar á ningupo.
Pasaron así algunos años. .
Diez y nueve veces habia despojado el invierno al campo de sus galas, y Laura no habia amado aún con ese amor grande/ subUniie, cuyo fuego forma él encanto- de la existencia.
—342—
Laura no había amado, dio qtíe es lo misrao; ísrnbraba cuánto e^d'uléé ^efáa üriioh ítítima dé. doJB aírriás- que Megan á formar una sola, qué embeííeée'la vida, y qué hace soñar con ^1 oielo. •
Laura uo^ sflbia iqué el om axon ise baiHbeii ol mundo cual en un horrible desierto, mieu^ tras no baila otro corazoifi cuyos latfdois^»^- respQndan á los suyos. . .;
Para ella no había sonado aquélla' faera que nos despierta á una nueva vida de mis*- teríosb é inefable encanto, preludio magnífico de ésa armonía celestial del 'hogar, de ese poema divino que llamamos la felicidad.
Así p^abá la existencia déla encantado^ ra Laura, cuando uii joven llamado Eduardo, hijo de "una de las principales familias de Campfeche, comenzó á haceVlá coínprender . que la amaba.
Eduardo fundaba su orgullo eíi ser reputado por el pollo mas calavera dé la ciudad. Era;uno de esos jóvenes insustanciales, que si bien es cierto que saben escoger una corbat^a uo por eso pueden halagar con su tra*
—34a—
to á tina persona de ititeligenciá süperlov. Eduardo ^abi^a bailar' ton perfeccioti üná Aa- ¿anorto; pero en cambió igaüraíliüí' teísta las mas Yulsares nociones cidnifficas'v litera-
rías. ....
Enamoró á Laura, 6 ma^ bien, la hizo creer <}ue la amaba. La verdad en este caso es, que sabia él que la* joven era una rica heredera, y resolvió hacer la calaverada de cansarse con ella.
Nó habia ningún rival temible.
Los que formaban el círculo de adoriado- ., res de aqueHa beldad, eraq solo volubles mariposas que revoloteaban en torno de esa flor, atraídas por su eneanto, y huian des- "• pues. \
^Eduardo se peisuadio un dia de que no debía- conservar la menor esperanza de engrandecimiento procedente de su familia, y propuso » Laura unirse á ella.
La pobre joven no sentia latir su corozon por Eduardo, pero quería salir de la condición odiosa en que vivía, á pesar de sus ri-
quezas; auheUba sex mt^er librs^ y a.ce{ito el enlace quQ. la propoDu^i,
J^osia t^er.que vencer, grandes difiouU tade^ «u^dtadas :{^>r el viejo av|irQ« casáronse Laura y Eduardo*
Pero se casaron pc^ %iecesidad.
£1 uno aulielaba riquezas p;i€a dilapidarlas en SU3 calaveradas^ y la otr^ s|sr mujer libre.
Ninguno de los dos sentía e$§ amor del alma que forma una cadena de floras para unir los corazones, que identifica dos voluntades» y sin.el cual el hogar, que debe ser un saQtuario, es un espantoso caos, un infierno.
£1 alma necesita amar, . necesita ser com<- prendida, y sin. esto no hay felicidad posible.
Aun cuando la materia se hubiese saciado, el alma suele quedar virgen. Entontes sí llega á despertarse el amor, el verdadero amor del alma que decide el porvenir de los hombres, y éste amor lo inspira otro ser que no es el mismo á cnya existencia se halla ligada; se padecen los tormentos mas crueles
—345— de la vida: entonces el amor es ^sesperán*- te, horrible, y conduce las mas de las oca* siones á un abismo insondabíe. Las leyesen^ que la socie<¡lad tiene sus ciinientoa aparecen. como uy yugo ominoso, como una torturáis impuesta al ser que iSiente y piensa, que á la. manera vie utia ave aprisionada que sintién-* dose coJl alas no puede volar, ^ e despedaza, en su desesperación, contra las rejas que la. detienen. Por eso' nadie debe unirse á otro ser á qtrien no esté ligado con el pensami^n-- to, jcon el alma; porque de aquí se originan, todos esos horrendos drama« domésticos que divierten ^ una parte de la sociedad, y escandalizan á la otra.
Se necesita una moral muy rígida, una vík^ tud muy grande, cosas que no se adquiérela en un solo dia por deber, sino que se reciben gota á gota, por decirlo así, para no precipitarse en el abismo del crimen; y no hay na^ da que pueda compararse á la existencia mi^ serable de dos seres que ^pudieran muy bien^ dirijirse estas palab/as alguna vez: ''Mi aU ma nó te pertenece, porque no cuidaste di^
POCB LBXENDAB. 26 .
—346— sondearla antes; toma mis bienes, toma mi trabajo, pero no me pidas amor, porque el amor no se coiísagra por deber; el amor es expontáneo, libre, heroico, inveneible."
Conozco que me hé desviado de mi narración; mis lectores mecharán favor de perdonarme, y continuaré refiriendo la historia de Laura, que de sus misjnos híbios escuché.
Cuál seria la poesía de ese hogar, cuál el encanto de aquella unión verificada bajo los auspicios dados ya á conocer, no eg difícil en manera alguna comprenderlo. No quiero descorrer el velo que cubre esos cuadros domésticuSj tan seductores, tan hermosos cuando el amor ilumina con bu luz celestial el liogar, y tan fríos; tan materiales y groseros cuando solo el interés ó el capricho han formada esa sociedad que se llama la familia.
Así viviau Laura y Eduardo.
Ella viendo que sus bienes eran dilapidados, sin consideración a}guna, en bacanales y en el juego; él apurando hasta las heces el 'CálÍ2i.del placer, que apenas habia podido lle-r
—347— •var á sus láhios, de soltero, poi'que sus recursos eran harto estrechos.
Un día, aun no* hacia itn año qué Eduar-
do y Laura eran esposos, presehtd^e el primero acompañado de un amigo, desconocido •de Laura. . '
-~Mi amigo Leopoldo, á quien tengo el gusto de presentarte, dijo Eduardo, es ún joven de Mérida que acaba de llegar de aquella ciudad y que permanecerá enésta durante alo-unos meses. Cuando vo visité á Mérida debí muchus atenciones á su familia, en cu va casa viví; y hoy, deseando retribuir aquellas consideraciones, le he rogado honre la nuestra. Leopoldo, pues, será hoy un nuevo miembro de nuestra familia. Así lo deseo.
En efecto, Leopoldo queda instalado en la <;asa.
Eduardo tenia en aquel momento que concurrir á una cita en el barrio de Santa Aria, y suplico á su amigo le disimulase.
Laura y Leopoldo quedaron solos, frente (\ frente, por prifnera vez en la^vida.
—348—
Leopoldo era un joven ilustrado» de físanomía simpáti&a, de miradas irresistibles y de una cenversacion florida y amena.
En la frente de aquel jdven podía una persona conocedora descubrir algo de lo muclia que ocultaba en su corazón, habia en ella
una vaga sombra de tristeza que no podia dejar de reflejarse, por mas empeño que se pusiese en ocultarla.
En vano quiso Laura conciliar el sueño aquella noche; mil ideas cruzaban por su pensamiento, sin poder darse cuenta á sí misma de lo que pasaba en el interior de su ser, La imagen del joven huésped solía presentarse en medio de aquella confusión d& ideas, y comprendió que sus mifadas habían penetrado hasta el fondo de su alma.
Leopoldo, por el contrario, durmió copio duerme siempre el que ha hecho un largoviaje, y mucho mas en nuestro país, en donde para el viajero, no hay mas encantos que los que ofrece la naturaleza, y en donde se sufren incomodidades injustificables en un pueblo que blasona de ilustrado y progre-
—349— sista. Además^ Leopoldo había experimentando en la vida, á pesar de su juventud, esos desengaños cuyo último resultado es el en- . frtamiento del corazón, y el interés por todo aquello que no sea una de esas hermosas ilusiones que vive acariciando y con las cuales se recrea el que no ha recibido las amar* gas lecciones que el mundo ofrece á medida que avanzamos en su carrera.
Laura tenia una alma sedienta de emociones.
Leopoldo tenia, aunque no o;astado, endurecido el corazón para aquellas pasiones en que una mirada es bastante para llenar de gozo el alma. Pero Leopoldo, conocedor del mundo, pensó, y no se engañó, que Laura no amaba á Eduardo, y esta idea le hizo juzgar conveniente permanecer en Campeche algún tiempo mas del que habia dispuesto al
llegar. Laura estaba inquieta, preocupada.
Eduardo entregado á una sirena que
le estaba consumiendo la herencia de Laura.
Y Eduardo fué tan indiscreto, que le contó
-350—
hasta el último, pormenpr- de su /vüdá á sur amigo. ,. , .' , .
- Leopoldo sácd en coúclasio q que ñi Eduardo amaba á Laura^ ni Lauro ¿)EduAvdc.
' Entonces se creytí autorizado á todo. *'
El lenguaje del seductor és siempre tan dulce, tan lleno de fuego y de entusiasmó, y el de los maridos como lEdüardó, tan frió', tan cansado. /. . . .
!Parecia que Laura se encontralba en una región de luz, de armonía y de encantos; parecía que su corazón había despertado de un largo y penoso sueño.
pila, ,que hasta entonces no habia. escuchado el idioma de, los suspiros y, de las ffíir radas; ella, para quien hasta entonces el amor no era sino una palabra vaga, indefinida, al escuchar á Leopoldo sinti(5 ofuscarse su ra» zon, sintió que no tenia dominio alguno sobre sus acciones, y abrió su alma^ IJena de » ardor, llena de nueva vida, áiina. pación que ocultaba suis horribles consecuencias con las^ flores hechiceras qué- vestia. *
—«51—
El semblante de Laura denunciaba la pafiíouí que .fa^bíiA sentido en su pecho.
Leopoldo coaiprenidid que era amado. -
Laura deliraba» ornaba por yei? primera y como ama la ixmjer que da rienc^a á büs pasiones» sin conocer el peligro, porque nadie la ha enseñado á vencer los ímpetus del corazón.
¿Querrá el mundo, pretenderá la sociedad exigir otra conducta á' aquellas personas que han crecido conio las plantas, libres, y cuya dirección en vano querría variarse cuando han \i\ los años impreso su liiiclla sobre ellas?^
¿Podrá esperar otra cosa el hombro que lleva al altar á una jáven á quien nó amn y de quien no es amado? , ¿Hay acaso otro castigo para los amantes liiercenarios?
La pobre huérfana abandonada, la víctmifl de tina madrastra, era arrastrada por una fuerza poderosa é invencible.
Un' dia Laura estuvo muy triste.
En sus ojos se reflejaba un remordimiento.
—852—
Después nada.
Laura toIvíó á estar contenta; pero su alexia durd muy corto tiempo.
Leopoldo anunció á los esposos que sus 43iegocíos en Mérída demanda1)an su presencia en aquella capital/ * *
Entretanto, Laura se convencía de dos liorribles verdades.
Estaban ya en la miseria» y Eduai*do no sabia trabajs^r, comp tampoco ella.
Leopoldo estaba hastiado.
Se disponia á emprender el viaje de redimo á Mérida, cuando un suceso i néspera- ^do le vino á imponer el yugo que habia quejido evitar.
El día anterior a aquel en que Leopoldo €ebia exprender su viaje á Mérida, presentóse Laura en su aposento, todavía muy de •mañaua.
Su semblante estaba descompuesto» sus X)jos indicaban que ha bia llorado mucho, sus negros cabellos caian en desorden sobre su blanca bata de lino, y fn verdad que estaba»
— »53— en medio de su pesar, ll^na de un encanto irresistible*
— ¡Leopoldo» estamos perdidos! exclamd al iiallar á su joven amante, .
—Nada temas, mañana emprendo mi viaje, y todo quedará envuelto en el misterio.
— Es que Eduardo me ha abandonado para siempre *
Esta noticia inesperada conmovió hondasmente á Leopoldo. 'V
Sus cálcul<>s habían salido fallidos.
Laura, para sacarlo de su estupor, presentóle una carta, que él leyó con avidez.
La carta era de Eduardo, y decía así:
**Léjos de aquí estaré cuando leas esta carta. He rí*sui-lto buscar en el extranjero la vida que ansio y que á tu lado no puedo hallar. Leopoldo será para tí, seguramente, un Inten amigo que no te abandonará, como yo me veo precisado á hacerlo, hoy que me he convencido de que -no podemos ser felices viviendo unidos como hasta aquí. Ningún lazo existe entre nosotros."
La escena que siguió á la lectura de aque
—354— lia carta, es de aquéllas que- la pluítíia se resiste á trasladar al papel. '. : Laura esfera en la ínise^'ia; y, Uncida, ya á la carrera del crimen.
Leopoldo no pudo ser sordo á los gritos da su fjonciencia en acjuel mornento, y echtí sobre sus^hombres la pes{ida.|CÍEtrg% desuna familia. > ,r
Tres días djespues salieron los amantes para Mérida, dando pábulo á la maJedio^noia de las gentes, que refemur.aqu^l) drama revistiéndole de los colores masliorribles.
Al llegará la capital de,YuGatai?,.LeopoL-
do fué á vivir al seno de.su familia^ y Itaura qued<5 en la pequeña casa en que escuché esta historia ...
. Los i ños, en su curso, fueron ligando m^s y mas á aquellos dos seres, y con aquellos lazos que solo la muerte puede romper.
Pero llego ua dia en que el hastio de Leopoldo fué supremo, y en que á su vez abandono para siempre á.]i> infeliz joven. á quien híibia precipitado- al. crimen.
Eutduoies ver¡fic(5í?e urín i caccion en los.
—355— sentimientos de la desgraciada huérfana; entonces los goípes de la suerte le hicieron
pensar.... y pensó en el porvenir de sus
hijos.
Abandonó la infame senda del vicio, á que la habia conducido su falta de educación moral y 1^^ conducta de un marido miserable, y dedicóse al tr;ibajo.
Así vive hasta hoy; respetada de todos, porque no ha habido para esa turba de seductores que abunda hoy en todas' partes, quien merezca de ella una mirada siquiera que pueda hacer concebir una esperanza.
Y como mis lectores desearán saber cuál fué el destino que cupo á Margarita, la viuda de don Camilo, á cuyo carácter indomable debió Laura su desgracia, diré, que después de llevar una vida escandalosa, murió abandonada, sola, en el hospital de San Juan de^Dios, en la ciudad de Campeche.
En cuanto á Leopoldo, no se ha casado ni se casará Jiunca. Tampoco es feliz.
» .
XJHA TEHGAMZA.
A Francisco Pena.
j Ay, infeliz de la qué nace hermosa^
Quintana.
La hermosura es don fatal, dijo una \ez un poeta, haciendo acaso reminiscencia del verso del gran Quintana que Koy me serve de epígrafe.
Es más temible la venganza de una mujer que la de cien hombres juntos, ha dicho no me acuerdo quién, y si os tomáis la molestia de leer esta breve historia, os convencereis, de la verdad de ambos pensamientoi?.
—358—
Elda era una 'j6\en que reunía á una belleza no común una inteligencia privilegiada.
Sn3 '^JQS^ feoordab^jp, el^ inípaitabje m^dp-C gal de Gutierre dé Cetina, erarr claros y serenos; pero aunque su miradaera dulce, siempre negaban sus favores.
Elda, sin ser presumida, abrigaba, en mi <5oncepto, la idea de que. si hubiera mirado á los hombres cmi toda la ternura de que eran capaces sus lindos ojos^ sus víctimas habrían sido innumerable^. Así, revestía sus miradas de cierta frialdad parecida á la indiferencia; pero frialdad afectada, que no podía caber en una alma de quince años;* en esa edad en que cada latido del corazoa es un himno de amor, una pota del cielo.
Una voz -interior decia á Eldá, que no hay ventura en el mundo sino en amar y ser amado. Comprendía que cada hora dé la vida que pasa; sin la dulce emoción qué el alma siente al escuchar que hay ojos que no buscan sino nuestras miradas, labios que no esperan sino unirse á los nuestros, y pensamientos consai^rados á solo nuestro tariño,^-
«s un^ hora perdida lanieutableDiente, poique los inátan tes (déla juventud pa«aíi cdmo los sueños, y pasÉWi p^ra no volter. - Peí-ó'EIda no hafbia ainado counquel awtor que todo lo avaNalla, y podía aún, dominar sui^ eelisácioijes que coilíé^zab¡pto á, despertar, distrayéndose con la lectura de buenos libros y reflexionando mucho.
Acaso por, esta razón, los que no la- conocían sino <le vista^ la creían vanidosa y atrirbuian á frialdad lo que no era sino una me- <lida precautoria, permítaseme la frase.
No quiero hablaros de su diaiinuta boca, que mas de un poeta habría llamado nido del amor; tampocd ós hablaré de sublanca frente, ni de sus cejas, que con justicia podían tomarse por los arcos de que el amor se sirve para disparar sur flechas. Dejemos, pues, su tallé esbelto, olvidemos su blonda cabe* lijara, y fijémonos en la^ dottó de su lalma.
Elda había sido educada con esmero; y» bastaba tratarla una vez sola para comprender que no. podia confundirse con esa turba de casquivanas que solo saben leer las re vis-.
—seotas de los bailes á que concorren^ por^ oirse llamar reinas. Kecuerdo que una noche la encontré en una reunión familiar^ en que la - diversión consistía en concierto y baile* Aprovecbando la oportunidad de que no quiso aceptar por pareja á un calavera que queria acompañarla en un wals, me aproximé á ella:
— ¿No valsa vd., Elda? le pregunté. , Estoy algo fatigada, me respondió; además, no es el baile .mi pasión fayorita,
— disgustará á vd* ir en brazos de personas que no le simpatizan; le cansará éscucbar toda esa palabrería que forma el repertorio de los danzantes, y no querrá vd, oir las declaraciones de un amor que concluye con la última nota de la música.
— El baile, me dijo EWa, desentendiéndose de mis palabras^ es uno de los entreteni-, mientos de la sociedad, y preciso es no apaiv tarse del todo de las costumbres; pero creo no deba tomarse con ese calor y entusiasmo con que lo toman. las gentes que parece que quieren aturdirise para no pensar en nada.
—361—
'—En efecto, repuse, yo creb que el baile fué inventado para las coquetas y los cala-* veras. Increíble me parece que personas no. vulgai'és tomen pal'te en una danza:
— Páralos enamorados nada hay mejor que el bsile, según me lian contado
— Para los enamorados, Elda, que desconocen y no comprenden el entonto que encierra un amor de que no se hace alarde; para los que no goéan sino ostentando á la rauíer que dicen amar, y parece que quiei:pn pregonar sus triunfos; para esos no creo que haya teatro mas á propósito que un salón do baile; pero para el que .haya un mundo de amor, un paraíso de felicidad en escuchar á solas una voz querida, en estrechar una ma- ' no blanca que no comprime otro, para el que siente ese noble y puro e;^oismo que Byron tradujo en sus magníficos versos; para e;sos; EJda, el baile no es otra cosa mas que una farsa.
— No me parece e::íajerado ese lenguaje;
pero ¿rae permitirá vd. que á fuer de buena amiga Te dé un consejo?
DOCE LEYENDAS. — 27
• —362—
— ^Mucho lo estimaría, y prometo ciiuiplir. •lo religiosamente.
— Pues bien; el baile es la locura, la manía de la época; y, ¿se atrevería vd. á entrar en , discusión con un demente que se creyese emperador, para probarle que no lo es? Amigo mió, los que bailan se creen felices y se compadecen de los que nú cjozan de esa manera. Acate vd. una costumbre adoptada^ si no quiere que le tengan por loco ios qu.e deveras lo están.
Esta conversación, trasladada tiehimnte, es dará á conocer el ca^^ácterde Elda.
Así «era Elda cuando yo la conocí, y os «cotífieso con ingenuidad que mas de una vez soñé cofa que su amor podia llenar la ambición constante de mi vida: así la conocí; pero acontecimientos que no están ligados en nada con esta historia, me alejaron de ella, • sin que llegara á realizarse nunca ese en-
^«ueño.
Así era Elda después seguid leyendo, y veréis lo que puede el tiempo.
II.
Las amistades suelen sor peligrosas, por mas que sia ellas no pueda uno pasar la vida. Necesita el alma, por reservada que sea en sus afectos, encontrar otra alma para compartir con ella los goces y las penas de la existencia.
El hombre no comprende el placer que experimenta sino cuando ve sonreír al que fe escucha una confidencia, así como no cree soportar' una pena sin un amigo que le consuele y acompañe.
Y es que, por mas que la ingratitud, la doblez y la indiscreción, hubiesen conspirado tanto en contra de la franqueza y lealtad
—364— de la amistad, todavía el corazón uo acierta, á ^er taa egoísta cpmo ya debería serlo.
EIda, como todas las jóvenes de su edad^ tenia muchas amigas; pero, como sucedesiempre, una era la que merecía toda su confianza, la que le inspiraba mas cariño^ y á quien creía más sincera.
Esta amiga et-a de mayor edad que Elda,* y se llamaba Matilde.
No era tan hermosa como Elda, ni tan in-- .teligente; pero en cambio había vivid© njas^ y frecuentado la sociedad. Así, tenía bastante atractivo, pues no le faltaba malicia^ ni ignoraba los recursos de que puede vialerse una mujer para atraerse adoradores.
Matilde tenia un defecto grave: había leído muchas novelas, y pocos libros de ver- . dadero mérito. Las intrigas en amores le causaban viva ilusión; las grandes pasiones la impresionaban, y su sueño mas' hermosa era tener oportunidad para realzar en la vida alguno de los muclios planeas que su imaginación habia forjado.
Taaíbien tenia otro defecto Matilde: sua
—365— padres la habían mimado tanto» que no sabia lo que era suftír una contradicción. Sus amigas nada de esto ignoraban, v todas sus acciones se dirigían á evitarle un disgusto.
Las reuniones en la casa de Matilde se ■sucediap cpu frecuencia; sus padres no ex- «cusaban medio alguno para tenerla siempre <;ontenta<. . '
Esta era la amiga íntima de Elda.
Os parecerá algo raro que dos caracté^res opuestos se hubiesen comprendido de tal modo, que una sincera amistad ligase ambos corazones* Muchas veces me hice yo esta • pregunta: ¿podrá Matilde querer tanto como lo demuestra á Elda, cuya hermosura deslumbradora ha de distraer sin duda á los que atraído^ por la gracia pudiesen llegar á amarla á «lia? , .
Esta dud^ tenia muy fácil explicación. No se ocultaba á Matilde que Elda era tenida por orguUosa, y por fría. No ignoraba que la dignidad y el amor propio alejan al hombre de la mujer de quien se teme un desden, y tampoco dejaba de comprender que
—366— muchas veces no es la. mas hermosa, la ma$ solicitada; porque la simpatía y la gracia vencen á la belleza no pocas ocasiones.
Las dos amigas, hasta la época á que sú^ refiere mi relato, no se habian hecho una confidencia verdaderamente importante; no habian entrado en la plenitud de la vida juvenil; cada una tenia sus admiradores, y no les faltaban algunos de esos jóvenes que arrostran hasta el ridículo por hacer compren^ der que aman. , ; Ni á Elda ni á Matilde faltaban oso».
Abundan tanto ésos efdes^ que hubiera si* do verdaderamente notable que dos jóvene» • como aquellas no tuviesen, mañana y tarde^ algunos pollos para divertir al vecindario, al hacer ^ cuarto de centinela det^de la puerb» de la tienda mas cercana á la casa de su amada.
Tenian osos^ es verdad; pero no tenían no. vios.
Elda, como que era una joven de talento,, no se vanagloriaba de tener semejantes apa-- sionados, y aun reprochaba la idea, tan có»
—367— miyi en las jdves del día, de comenzar por dejar en ridículo á sus amantes, y no estar ciertas de su amor, sino después de baber dado un espectáculo poco digno por cierto y durante largo tiempo. Así, en sus frecuentes visitas H' Matilde, jamás le faabl(5 de lo» 0808 que infestaban su calle.
Matilde, que como os he dicho, no carecía de malicia, atribuia el silencio de su amiga á una reserva reprochable, pues nacia^ acaso, de falta de fe.
Tal sospecha era infundada; ¿pero quiéir disuade á una mujer, que cree que se pretende ocultarle : Iguna cosa?
Matilde se propuso vengarse de su aihiga^ guardando con ella igual reserva.
Una explicación entre ambas hubiera evi- ' tado todos los isucesos que vinieron después^ y (fue voy á referiros.
III.
Entre los jóvenes que concurrían á las tertulias de la casa de Matilde, habia un estudiante de medicina que, según todas las apariencias, estaba enamorado de la niña de ia casa, y se llamaba Fernando.
• Matilde, aunque no habia escuchado una declaración formal de Fernando, sin embargo, estaba segara, por las preferencias de que ^ era objeto, por las miradas, por ciertos rasgos de celps y exigencias del estudiante, de que la amaba, y mas de una vez atiibuyó las palabras entre cortadas de Fernando, al preludio de una nxam'festacion franca de sus
afecciones.
—369— . .
El estudiante de medicina no podiaj por la frialdad natural de su carácter, áspero algunas veces, llenar las aspiraciones del alma de Matilde, que parecia templada al sol de los trópicos. Además, Matilde era una de esa personas, no pocas por cierto, que creen que el estudia de la medicina debilita el fuego de las pasiones espirituales, por el constante roce en la materia. Matilde abrigaba el convencimiento de que los ojos de los médicos les presentan á la mujer mas hermosa con todas las afecciones de que puede adolecer el cuerpo humano. El materialismo, llevado á su expresión suprema, estaba para Matilde representado en uü médico.
Y sin embar;?:o de todas esas ideas, para Matilde no era indiferente Fernando. Habia soñado que se obraría una reacción completa en el espíritu del estudiante, y que dominado por la pasión que ella le habia inspirado, llegaria á ser una excepción de la re-
gla.
Oir soñar a un poetn, se decía Matilde, vagar con él por mundos imas^inarios, estu-
—370— diar el lenguaje de las flores y creer que aun las estrellas se besan, esto nada tiene de ra- 1 o. Pero borrar de la imaginación de un médico los asquerosos espectáculos que su ciericía le ofrece á cada paso; ser el ídolo de uña persona sin fe; hacer soñado tvá uu materialista; lograr todo esto» era para ella una conquista de que debía enoguUecerse cuaU quiera. - '
Matilde, cómo s^ntes dije, Imbia leído muchas novelas, y todo lo que se aparta de lo común, todo lo que encierra un misterio, lo que causa emocio?ies encontradas, tenia para Cila un atractivo irresitible.
Pero habia una razón todavia mas poderosa para que Matilde no fuese indiferente á las insinuaciones de Fernando.
El estudiante era, entre los jóvenes quft la visitaban, el que mas probabilidades ofrecía de poder arrostrar todas las consecuencias del amor; es decir, podía casarse antes que cualquiera de los otr< s; y Matilde, aunque no rabiaba por casarse, queiia, cuando mS- •
—371— nos» tener un noyio^ y un novio en quien lai sociedad reconociese á uu futuro esposo.
En todo estoliabia. pensado Matilde» pero sin revelarlo á £Ida.
La frecuencia con que 'las dos amigas>?c visitaban» hizo que Fernando tuviese ocasión de admirar la belleza de Elda, y de valuar su indisputable mérito, superior con mucho al de Matilde.
Comenzó por hacer, con gran calma, comparaciones entre una y otra joven, y excu- • sado parece decir que obtuvo la supremacía Elda; Su encanto era irresistible, su voz melodiosa, sus miradas como el brillo de una estrella.
Su alma debia ser tan bella
como su cuerpo; y aun cuando no lo fuese,* en los momentos en ^ne un corazón se incendia al contacto de esa chispa . misteriosa desprendida de los ojos de una beldad, ¿no creemos adornada á la mujer que amamos de todas las perfecciones y de todas las virtudes? ¿No pensamos que hemos. descubier-
—372— to un tesoro; que nada hay comparable á ella, y que sin su amor no hay felicidad ni aun existencia posible?
Todo esto pasaba á Fernando.
IV.
El estij^diante de medicíua vid desaparecer hast\/la última ilusión que Matilde le habia inspirado. Las comparaciones son odiosaS; como decia cierto amigo mió, porque no todos resisten á esa prueba; y de las comparaciones de Fernando nacid el triunfo de Elda y el abandono de su amiga.
Fernando, sin embargo, no se alejd dé la casa de Matilde, porque pensó que en ninguna parte podria, mejor que allí, conquistar el amor de Elda.
Este solo hecho basta á demostrar el poco .
mundo del estudiante. Se necesita no conocer á la mujer, para creer que aquella á
— 374tquien se ka hecho esperar una declaración, ¡pueda dejar de vengaifse al desvanecerle sus esperanzas, y sobre todo al sentir su amor propio herido por la preferencia que se ha dado á otra. •
Fernando comenzó por acompañar á Elda cada vez que se sentaba al pianb^ con el objeto de voltear las hojas de las piezas.
Después acompañaba á Elda cuando se retiraba de sus visitas. *Mas tarde ya eran novios.
Ignoro los' pormenores de esas relaciones; pero os aseguro que me sorprendieron cuando llegaron á mi noticia.
Yo conocía á Elda; sabia que era una joven de talento y que no era coqueta, y me llamaba fuertemente la atención que hubiese podido corresponder al estudiante de medicina, en quien nadie reconocía otras dotes que alguna, aplicación en el estudio y seriedad en sus acciones. Pero ni la imaginación brillante, ni la ternura, ni nada de eso que tanto halaga la vanidad femenil, podia encontrar Elda^ en Fernando. Sin embargo.
—375— ya erau uovios, y con el conocimiento y aprobación de la familia de Elda.
Podréis sustrae];os a las pesquisas de la pqlicía mejor organizada del mundo; podréis burlar la vigilancia ' de los empleados de la aduana mejor cuidada; pero nunca lograreis evitar que sepa hasta la mas insignificante de vuestras, acciones, una mujer celosa 6 herida en su amor propio, y que pretenda vengarse.
Para Matilde no eran un misterio las relaciones de Elda y de Fernando, ni hubieran podido serlo nunca, porque es mas fácil ocultar un crimen que el amor.
En vano esperó una confidencia de su
amiga.
Esto la enojó; pero lo que hizo esjtallar su indignación, lo que la hirió en lo mas deli<- cado de su corazón, fué el creer que los dos amantes tomaban por pretexto su amistad para verse con frecuencia.
Es|e papel repugnó á Matilde de una ma« ñera tan grande^ que juró vengarse.
— Si al menos hubiesen sido leales conmigo, pensó Matilde^ yo no solo no pondría
—376 — obstáculo alguno á su felicidad, sino que seria generosa para perdonarlos. A él, porque con ese amor me ha humillado; á ella, porque una mujer no debe corresponder á un hombre que hace I^ cdrte á .una amiga suya. Pero ellos lo quieren, fne r^tau y me colocan en un terreno bastante ventajoso. Sobradamente hermosa, es Elda; poca dificultad me costará vengarme de ella; aliadas me sobrarán; me confundiré, es verdad, con algunas envidiosas, pero íio importa. Fernando confieso que es poca la gloria que
puede resultarme de esta venganza. Fernando no es un hombre de talento ni de mucha sociedad, y sobre todo» es médico. Su profesión vá á ser un auxiliar mió, poderoso, como no me había imaginado.
Así pensaba Matilde, y llegando hasta la fiebre de la mujer indignada, se decia: Estoy yo en pleno teatro; tiempo hacia que anhelaba una lucha que distrajese la monotonía de una existencia consagrada á los tontos entretenimientos de esta sociedad, que solo está buena para las personas vulgares.
—377—
La venganza de Matilde era temible.
La lectura de las novelas había exaltado SU Imaginación, y habia en ella un fuego capaz de producir un gran incendio.
Y de' la * misma manera que a ella le híibiáñ ocultado las telricioncs nacidas en su jjropia casa, allí quiso también que tuviese lugar toda la historia f|ne o¿j estoy refiriendo. •
No solo no manífestd .sentimiento alguna á Blda ni á Fernando, sino que se fingi<í más> amable y franca que nunca, para hacerle menos sospechosa.
Poseen las mujeres el don de fingir, de una manera tan perfecta que son capaces de engañar al hombre mas experimentado, y aun á sus mismas compañeTas.
Sin estudio, por instinto natural, hace» cosas que nosotros los hombres no podríamos realizar después de largo tiempo de meditación v de cálculo.
•' »
Matilde tenia en su favor una circunstancia de que había de sacar gran partido. Conocía á fondo el carácter de Elda; sabia que
—378— ora una jdveu de inteligencia; de no vulga* res conocimientos, y por coivsiguiente de ambiciones elevadas. Tampoco se ocultaba á Matilde que no tiene la mujer enemigo má$ poderoso que su belleza, y que aun la de más talento puede llegar á presumir mucho de su hermosura.
En cuanto al estudiante, sabia que con poco podía exaltarse su carácter áspero, y echar por tierra, él mismo, el templo de su gloria.
Matilde entrd á la lucha llena de ooüfíaaz^ú
-r-Cou ansia te esperaba, Elda inia; no sé por qué me parece qué de algún tiempo á •esta parte tus visita» han disminuido: será porque cada dia te quiero más, y con víú ca«
rino crece mi egoísmo.
— No, Matilde, no he escaseado mis visitas; sabes que te prefiero entibe todas mis amigas. V
— Bien; pues ahora, aprovechando el es* tár solas, quiero cumplir, como buena amiga^ dándote una grau noticia. Se ha realisado el sueño mas hermoso de mi vida; te voy á ver adorada como mereces; tu nombre va á reson:?r por todas partes; tu hermosura va á ser cantada por un poeta que te ama, y
—380— que naturalmente hará que te ensalcen - todos sus compañeros. YÍTÍr tú casi olvidada^ reducida al pequeño círculo que tenemos no atraer por donde quiera las miradas y provocar frases como estas: ^^Aquella joven tan linda que va, es la ^misma que el poeta N** ha cantado tantas veces, en verdad que su belleza supera á cuanto de ella pudiera decirse en su elogio.'' Sí, Elda, una amiga me ha comunicado que un poeta te ama coa delirio. ^
— Matilde ...... yo no sé, yo no compren-
do nadb de lo que me estás diciendo.
— ¡(jh! pues en esto consiste mi placer. Quería yo ser la primera que te oomunicase esa notía, y lo he logrado, ¿Verdad que me leerás todos los versos que te dedique; que las* páginas de tu álbum^ á medida, que las vayan llenando, las leeré yo? Pero no vayas á envanecerte al oscucliar tantas flores; no sueñes mucho; tu hermosura es capaz «le enloquecer á cualquiera; es preciso que, sin híicerte orgullosá, procures alejar de tu lado, con cierto desden, á los innumerable:;
:adoradore6 que v^.^ á b|LLSc^rte y «seguirte por donde quiera. Porque esta va á ser tu verdadera entrada en el mundo. Ño habrás ;pasado desapercibida hasta, hoy» es verdad; >pero no debes ignorar que se necesita que haya una persona que pregone su amor por todas partas para despertar el de otros mu^ chos.
Eida no sabia darse cuenta do lo que oia; no pensd que aquellas palabra» envueltas en iflores encerraban malicia alguna; sintió halagado su amor propio; gozó y ikuf ri(5 al mi^ -mo tíetmpo, y estuvo pensando largo rato en sidebia ó no pedir explicaciones 4 su amig^^ 4 confesarle 1 de una vez que el poeta llegaba tarde: es decir, que la materia se habia.. sobrepuesto al espíritu. Grande fué la lu^ha que jBostavo consigo misma, pero al fin salió vencedora su astuta rivaL
— Matilde ¿me perdonarás si te confieso que te he faltado?
— ^¿Perdonarte? Parahacerlo seria necesatío que accio9 alguna tuya pudiera merecer oina reconvención. . .
—362— —Yo he sido rései'viáa contigo; he siá* mala atniga; no he correspondido 4 tu eoi>- fíanza. '
— ^No me des mas expHcaciónáeisvIo sé todo» j yo misma voy á disculparte. Esbüchamer conociste en esta casa á un jfSire» eatúdAAnt^ de medicina, ¿no es verdad? Femando es un. buen muchacho, lo confieso, y siempre le fae^ tratado con la atención qué merece. Sin embargo, si alguna véts me hubiere insi^^iad^ que me amaba, que nunca lo hizoy no le'httu biera correi^odido:,por mui&liasmxonfesjpero». ^ sobre todo/ por la profesión que bü adepta^ de. Permíteme que te explique detenida^ mente la razón de este que tú creéi'áB un te^ pricho. ' ' • '*
Muy noble y digna he jtiígado siempre la ciencia de la medicina; y en un buen fnédi^ co he visto á un benefactor de la humanidad^, á un ministro sagrado que lleva e!^ consuelo al seno dé las familias átribuladáid. Pero pbr lo nü^o que bajo' tatl elevado aspecto hé considerado á los médicos, viendo en ellos seres que se apartan del vulgo de las gente a
—383— por los conocimientos que atesoran, he crei* do que no pueden seiltir como los áenias esas afecciones que forman el encanto de la época mas risueña ^ hermosa de la vida. Condenado el médico á observar profundamente todas las partes del cuerpo humano, palpan* do tan cerca v á cada momento todas las • manchas, todo lo corruptible de la materia^ imposible paxece que puedan acariciar una ilusión, ó tener un sueño de esos cuyo . recuerdo no se horra nunca. Preocupados siempre con los males de su clientela, vivo el .recuerdo del triste espectáculo que Iqs hospitales ofrecc^n, con todas sus miserias^ con todos sus horrores, ¿pueden^ acaso tener imaginación para esas dulces trivialidades del amor, que no por serlo dejan de ser gratas? ^ Si elmédico íes una notabilidad, no se pertenece ni aun. á así Inisiho; la. Humanidad reclama todas süa ateaciones; no tiene tien()- po de disfrutar las delicias del hogar doipéstico. Cuando no ei§tá asistiendo á un enfermo, e^tá estudian <lo un caso grave que le priesenta grandes «l^fícultades. ,
Todo esto, sí el médico es, como te digo, una notabilidad; si es un adocenado, nadie le ocupa, d le pagan una peseta' por visita, y «ierapre está desesperado. Además ¿qué mujer que sé estima se ha de casar con ün hombre vulgar? Supongamos, Elda, que fe casas con Fernando, y que tiene una buena clientela. Al llegar, vas á recibirle creyendo que te va á estrechar un momento en sus brazos. No; viene en busca de unos instrumentos quirúrgicos para hacer una operación resgosísima; en dos palabras, y sin estrechar tu una no, te pinta un caso que te llena dé an- -gu^ia, y parle, y te deja sola. Cómo deja su estudio abierto y necesitas distraerte, entras 4 él, ¿pero qué es lo que ven tus ojbsf *l5n los ángulos de la habitación hay dos esqueletos humanos que te asustan; isobre las mesas, calaveras y huesos. Quieres borrar las ádgubres ide-^s que te acosan, y abres un es- "tante para sacar un libro; pero en vez de*los jTolumenes rojos con cantos dorados que creíste hallar, encuentras que tus matíos tro- 4;ropiezan con unos grandes f rascasten qtie
—385— miras,. cotao si fueran frutfas conservadas en
su jugo, infelices (Criaturas nadando en al-
cohol, y (Jeformidadetf jijue te impresionan. En vanó redorresel aposento buscando obras primorosas dé arte. No hay allí hermosas pinturas, hi flores, rii aromas, niñada que pudiera halagarte. Te retiras entristecida y anhelando distraéoste; pero al cruzar los corredores, ves la escalera llena d^ pobres demacrados, de enfermos que aguardan oír su i^entetíciia de^ríiuWte, y que de tu éasa irán á morir al leclió de un hospital. Cuando Fernando vuelve te cuenta sus afanéis, y algunas» v^ci^' le ves abatido porque' teme por^ su reptitiíciob. Varios de sus enfermos se han muerto. Q;jÍ2sieras consolarle, y teretiras porqué teanes importunar, y porque te asalta la idea de que sus manos a<;aban de tocar un cadáver frió. Llega la noche, pero ella no trae el re'poso. Una y otra vez* le buscan para queísalga^ par horrible que esté el tiemp.o, y vaya á ver á un enfermo que
¿Y esto es vivir, Elda? ¿Y podrá halagat á
—386— una joven de tu fAstasíai^ perspectiva scme^ jante? Para las que 110 xouopen las grandes pasiones; para las que solo buscan un marK do, un apoyo pai-a el porvenir, un médica bastará; pero pai*a tí tan soñadora; para ti» á quien la. lectura ha demostrado todos los enCaritos de la poesía, toda la grandeza del alma sublimada* por un amor espiritual, para tí los médicos no podrán ser nunca otra cosa mas, que los auxiliares de que t^ valgas para quitarte un resfriado, ó evitar un tifo.
Correspondiste á Fernando, y ni tú misma sabes darte cuenta de ese paso. Y. ten presenté una cosa, Elda mía: ki'.mujeir debe por su propia conveniencia, bien entendida^ evitar casarse don un hombre de menos talento que ella. Halagará á primera vista dominar; pero hay mucha felicidad en ceder á las dulces exijencias de quien bos ama y sabe alcanzar todo de nosotras. ' ' ''^
Tú eres superior en todo < Fernando. Además, eres demasiad© bella, demafeiado inteligente para que no encuentres otra *nqu vio.
—387— Un poeta te ama, y sus cantares te pueden inmortalizar. .'
Las dos amigas se separaron.
VI.
Matilde habia delineado un cuandro á grandes rasgos ante los ojos de su amiga, y el talento de ésta y su imaginación viva revistieron aquel cuadro de tintes que ni aun la misma Matilde hubiera puesto, á pesar de su deseo de venganza.
De las comparaciones de Fernando se originó el despecho de Matilde; de las compaTaciones que hizo EIda, entibe un poeta y un médico, nació el olvido de Fernando, <5 cuan-* do menos el enfriamiento de aquel que creían amor.
Tiene razón Matilte; pensaba Elda; un poeta, ave viajera del cielo, alma soñadora, pue-
^389 — . de cojiduciraie á ua paraíso de ventura» á. un cielio de felkidad^ I^ebe ser muy dulce oi|:fie. IJamar ninfa, diosa, estrella. Saber que lio hay periódico! ea que no se publiquen nuestras gracias, en que no se nos ruegue, en qu^ no se llore sí ruos osténtameos Jndiferentes; ha de spr muy grato excitar la envi-{ dia de las demás.
Ver todas las cosas á través de un prispia sonri)8ado; asigtir á Jas grandea escenas, de la naturaleza;: admirar, el universo y gaber que todo eso, ps pqcq para el ser que ,nos ama, porqijie puestro amor es su religión, porgup 1^ inip^^sidad de su cariño le bace conden^ sai: en nosotros cuanto hay de bello, de po6- tipo^y dej?ublime. Saber que hay un ser que en n^die piensa, que. nada anhela^ mas que verse ^mado, es muy hermoso.
EÍ espíritu sobreponiéndose á U mai^jria; la luz domijülando la sombra; la armonía de dos almas confundiéndose en una sola y ele* v&ndose alélelo en una nota.dulcí sima; amar con ese amor sublime con que se amaron Mftría y lífraiAi, ;al.! fuera del amor nopue-
—390— de baber goce en \ñ tierra. Solo ei^a pasión que se sobrepone á cuanto existe, puede distraer al alma pensadora que sufre al aondear los abismos de que está sembrada la existen* cia. '
Sí me caso con un poeta, continuaba £1- da, ¡qué libros tan hermosos tendré para leer! j^^uestra habitación perfumada, la decorarán ios pasajes mas hermosos que el pincel ha trasladado al lienzo, aves de dulce canto nos iiQuuciarán que el sol ha comenzado su carrera, y e! aroma de los nardos y las ^zuce^ ñas impregnará nuestra habitación al abrirse nuestras vidrieras. Las veladas del invierno iteran deliciosas; al amor de la lumbre me «contará él leyendas mas lindas que los cuencos orientales; sus versos dirán al mundo que >somos muy felices, que el me adora porque ;Soy muy hermosa, y le amo tanto como él á mí, y envidiarán nuestra suerte los que aun no han gozado el supremo deleite de un amor tiro, de un amor que nos hace creer en el «cielo.
Entregada á estos sueños se encontraba
—391— EIda uDa tarde, reclinada en un fiofá situado frente á un grande espejo. ^
Lae palabras de ÜiHátíldéhabian hecbo mucho mal á Elda.
£1 talento de unísk inujev, por grande que
6ea, no basta á preaervarla del riesgo inmi-
nente qué corre de hacerse vanidosa y presumida, 8Í ae le llega á repetir que es hermo6a, y se -conveiice de ello.
Elda, con el semblante animado por una dulce expresión que en é\ imprimía la «xcitaciou de su celebro; reflejafido en sus serenos ojos aquella luz vivísima que bañaba su alma, y sintiendo latir con violencia su corazón, estaba radiante, esplendorosa, divina, como una apaTicibn mágica. Se contempla al í^spejo, y en la sonrisa que se dibujó en su? labios hubiera podido traducirse esto: ¡el mundo es mío!
Mientras tanto, Matilde no descansaba en su obra de venganza. Hizo presentar en su casa al poeta apasionado Ae Elda; le inspiró confianza; le insinuó que su amistad podía
— 392-r
serle muy ií|^il, y le, relacic^níS con Elda y su familia.
Para realizar mejor $us planes improvisó una fiesta, aprovechando la ausencia deFernando.
^\(^é he^fiH)sa iefitaba Elda}^ Re(»u6rd<»'qse por ostentar esa compañera* que na *enia*i'¡- val, iSíe hubiera ya atrevido á ^rescindtr:de mis ideas acerca del baile. Afortunadamea^ te no lo ,hice, y continué mi papel de simple espectador, reuniendo datos para escribir algún dia los ^'Misterios de lo« bailes."
El poeta y Elda hablaron mucho esa noche, ¿necesitaré decir que el amor fué el tema de la conversación?
Sin embargo, el poeta reconoció en Elda á uúa Joven de talento; y se abstuvo de declararle su amor en la primera entrevista. Agotó el caudal de su imaginación al pintar las dulzuras y bellezas del amor, y concluyó rogando á Elda que si anhelaba ser feliz, no buscase la felicidad ^ino en el verdadero y sublime amor del alma.
(Cuando el baile terminó/ Elda y el poeta
—393— eran ya dos amigos; un paso mas» y Matilde había triunfado.
El estudiante de medicina estaba en ague^ líos momentos practicando en un hospital militar. Atareado con tantas curaciones como tenia que hacer, no había tenido tiempo para pensar en Elda.
Por su parte, EIda no ?;e había acordado' dd Femando.
POCE LEYENDAS. — 2í*í
VII.
¡Pobre Elda! *
Xias venenosas palabrao de su amiga baüiau
.penetrado hasta el fondo de su corazón» y
tan perniciosos efectos hábian prodacido^ que
•la jdren no sabia darse cuenta de sus accio*
«oes y pensamientos
Continuar asintiendo á Fernando un amor que no sentia, le pareeia reprobable. Despedirlo como despiden las coquetas á sus amantes, sin justificarse, le repugnaba sobrema- 44iera.
Fernando iba ya trasluciendo que Elda no "era la misma de otros dias; pero como sus -tótudios le retenían la mayor parte del tiem-
po en la Escuela de Medicina, no podía consagrarse-a averiguar la cau^a de aquella vairíacion tpit notaba.
Su carfioter se bho jsias áspero que ant^j^^ y rana Vez teuia una frase tierna que pudiese balitar á EIda.
Y la- jdven hacia comparaciones entre el lenguaje apasionado del poeta y el del estu-^ dianta» y por consiguiente se iba extinguiendo basta el último resplandor de la moribunda iu2 de^aquet amor.
Basairoa asi alguuoi^t n^ses que Matilde supo ein)rfear (fon gran éxito. *^
EiitcHlües provenidla Feri^ando^í que lehidee0 sns^ confidencias, -procurando inspirarle Huaconfíanssa sin límites.
Si^á EIdá no fué dado librante de caer en lasrede^de Matilde, mucho menos Id fué para el inexperto estudiante.
CioMóle á Matilde, con candorosa ingenuidad, la triste situación en que se encontraban su amores con Elda.
— ¡Pobre Fernando? ¡pobre amigo mío! «xclamó Matilde cuando el estudiante hubo
conduido. Si vd. hubiera sido franoo eoQ-- migo de^de que Be enamoró ide EMa^ yo le hubiera hecho conocer á vd*. bastft el últíifio pliegue d0 6u eorazoti. N<» itay flfiaAosnoia» eficaces y poderosos en las' guerras >éei «mor, que lab mismas mujeres. Todais néaisoiioce- )iioS; y sabeuíos sacar partrdo. bas^aide la peqttene^ mas daRíonoeidii 'de> todos. \Elda ei» ufi té^ró de bélteza, y la ^<iiero<»>8B0áitiia liermána; soy la priméiB en reconocer Ia!sa« perioridad de su talento^ y>és<oyi{»tímaiiie0* te convencida de ^ue no ptaedeiuailianibre tratarla sin enatiáorarse cie^mídit^ . de ella. Ha hecho ird^/Féraando, I9 qu^^citaU quiera otro babira becbíafasi b6 lügar4 pera desconfió vd. de una aniiga que sioeera y desiutereiaáameiite le ^tima, y no Im saiñdo Vd^ hacerse dueño del colti»zón de la me jor de mis amigas. . *
—Perdóneme vd., Matilde/ perdóneme, y dígame de qué manera podría yo biiter que Elda me a aase, caando' méno& pai;a %ue mi amor propio XM)' sufra. ' *I
— i Ah Fernando! ¿el amor propio deryd.
«ea^el que .Va á Buffir^ nó? Svt corASQU no siente; jM Ainm está muda* A^Bon, T^es. to^Oft .I09 Vm^r^Sx y <f!^n<l9 encueatran una W^JÍ^r <l»f^ taipbien tiene mucbo ^oy propio,* no saben cómo conducirse. Pero no ^as« 4emo8^ el tiempo $n estas reflexiones: ¿quiere vdJ ^guir un consejó mió?
•^¿Cdmó no ^eguirlo, si ha dé venir de vd. que tan bondadosamente se liiteresa por
; ^*^Puerl«»ni,:FeriiMi(i^^ le manda^alejaiise de £)da« yanO'Si^joAepor Td. aquella simpatía d a£eeto qup ll^^ron los dos 4 hacerfife/Ja ilusión de que «ira. amor. Yo he seguido paso á paso, dia á día., Ia^:]felaciones de vdes. y nada se me ha ocultado. I^eseugáñese vd., Fernando: ni Elda ha amado ni puede á amar á vd.; ni vd. ha sentido otra cosa que el deseo dé que la sociedad entera le envidiase la posesión de una joven tan divina.
Elda es demasiado hermosa para que pue da. amar con vehemencia á nadie, y sabe que ;lo es.
Tiene la dúgurida de íque tráete un aman^ te- han de presentátvse i»itch#&4£rcN^ \ t:.
Eldá bo puede encontrar en' vá.' ál hombreque ha de satisfacer sus' asph'áciohés-/" balizar sus sueños. ' '
• • • ' /
Elda es una jdyen í^oñadqra^ delira' cpn la^ poesía, y su niayor gloria pera escuchar los oarrtps consagrados á su beld^ad.
Elda. pero por Dios, Fernando».
¿adtfnde me ha condoeido el aprecio. que á yd. tengo como antigua amiga suya?
He sido hiuy indiscreta: no tome vd. en cuenta mis palabras; olvídelas; toada he dicho.
— ^No, Matilde; tiempo e«*a ya de que yo^ me convenciera de todo lo aue» vd. me ha dicho. Guardaré como un secreto sagrado,, inviolable, las palabras de vd..j pero me servirán para evitar un ridículo espantoso. Elda ha muerto para mí.
Si Fernando hubiese podido leer en aquel momento la inmensa satisfacción reflejada
■^399^ en los ojos de Matilde, no habría necesitado' otra cosa para variar de rcsolusion; pero estaba demasiado preocupado y nada pudo comprender.
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^i la venganza" de Matilde se hubiese re* dtbcído a separar para siempre á Elda y á Fernando, su satisfacción no hubiera sido completa* Necesitaba algo más todaria: interponerse como una sombra para nublar el ciielo de Elda, toda tez que viese brillar en (él un astro precursor de la felicidad.
Matilde^ os lo he repetido, no era una mujer de talento, pero había nacido para las grandes pasiones, y necesitaba emplear las horas de la vida, no en amoríos vulgares, sino en luchas terribles.
Necesitaba Matilde hacer una nueva víctima. /
-u401— Cuando las mujeres reconocen que ub poseen una belleza tal que pueda eau^^r sacrU ficios, e^iplean entonces alguno de. los muchos recursos que la naturaleza les pi^appr- €Í9n(5, y encuentran siempre el. modo de satisfacer :esie' deseo^ innato en ellas, de b^cer el mal. . ,, . .
Perdonad tan ruda franqueza: yo creo,qfie mientras la mujer n<^ se tra$fig;\ira al ser, madre, obedece á ujaa voz interior,, a u^na fuerza qi^ ja ittipélp á fi^ri^aril^l kóf^brje.. .
F^a ^a miyei;; c^ im^ grato s^ber que por ella ^uffret 41gifien y nc^ qjw alíjuwo se. crae v^ntiji-pfí) cQn,iSu carino* ,
Aun las muJQrg^ vulgares tie^ieq ^rbitriois de que valerse para atraer y engQñar á los hombres íJo t.aleiito; y la .qiayor parte da^us a^ciqn^^ no tiqu^ otrp qbjeto más qi|i& mostrar á ^as d^ si^ misino sexo sus^ glpriai^^ sus conquistas. .. #
Las má^ de las V0^s, mientras el hombre está creyendo que es amado, no le. sirve ala mujer -sibo par^ depir áJa sociedad: "También yo hago víctimas,"
—402—
El poQta estaba cotHlei!ftd0 def ' antemano por MiitUde; eHa . l<y' ífeiitiar; pero sm sactificario, su veñgaiwsa no habría qtiedíido completa.: 1
-^¿Sabe vd. que le ¿ompadextíot lé dijo Qtia tarda eotí aparente' ití^^nüidad. Se ha enamorado vd. de EIda con toda su alma, y tifefne que sufrir mu¿ho, antefs* de* alcanzar su correspondencia. ETda es tfna beldad que no íghofa que lo es, y á qüíeri no llaman ía atención '!ad maá fervOfosa^* ]^ro testas' y declaraciones. Los versos de rd. le pírrecen ffióSi y, d yo mé^tilvacO, 6 tendrá vd. que esperar mucho, mucho' iitós de lo que vd. pudiera haber imaginado.-
Aquellas palabras, en la boca dé \% mas íntima de las amigas de Elda, fueron gotas de hiél vertidas en el corazón del poeta. Sia embargo^ apurd el cálií? y no apdgd la antorcha de la f é.
— ^¿Creerás, Elda, que á medida ^ue voy tratando aí poeta va perdiendo en mi concepto? Yo UM3 irtiñgi Haba que su conversación sería uniy amena; qlie en cada visita
^8Cuabá!rÍBiii08 xtiia¿ lejienda, ó que cuando-
menos ¿aria menos mon<5tonas nuestras ren-
jiifMBtti. íBerAbiiaiiáidé igiso;.att «aráeteneá dé-
«masiadoTeaervado; óast siempre ésfá tUste^
'iff- habla p(tfl«. íMe pa«fií qim nohay entxe
. é^^iüfi m«i«iétfco.gratttdÍ0t«iqeiaL Hattt mh-
.'lillas lUipbQanié'.^aró, pop sulionov^icpieiaun
4^¡l(aí9Í¡Q^s^ mfxíe^dQ pasiq^ porji^na jdVen,.
.j^'^ta: s^ J^eía i?c|gar^ fi^ alejaría de ella.
^L^h&aí eorren^amUdo yii? Si iioia has he*
cbo» pónle á prueba; ai le pierdes^ no tíenes
. pw qué -deseonsolarte. Poetas sobran eü Mh-
2(|oOy y.Ioa)poetas,.ándan en pos de las que,
«orno; Ifii puajcp set Jas heroínas de mst >tK>e-
mas y romances..
¡Cuánto mal hicieron estas palabras á Ei~ . da y á »U' ai»ante! .
Fredispaei«toft lo«( ánimos, ya no era posible entenderse. •
£1 poeta creia vanidosa.á Elda, y no quería, arrwtárar sus desdenes; ) ^
Elda oqnsideraba que^l poeta no era el liombre que .hatia soñado, y le juzgaba iria 4 incapaz de sentrt por ella una pasión ve-
hemente que hiciera célebres aqueUoe aiM*-
' Uu día, despaes de taajbér «Koládo «uoho, ^eclancS el poeta an pagion á.£lda9 peto- eemo amab^ de Temi|, como ; le asaitabil ^ leinor de ser* túeaóspréciado* sud palaJKras wo produjeron él efecto que ueo^siluiban proiducir.
Para una mujer de talento que bo eMuTiese extraviado como ya lo estaba el de &1&, la torpeza misma del "poeta JmUera táá^ su mejor recomendación.
Había en aquellas frases entrecortadas, en aquella frente < enceiidida/en aquellos ojos impregnados de amor» algo ^que revelaba una pasión infinita, una esperanaa:>hermoi5a> un ruego fervoroso. . V
Sin embargo, Elda soló tuvo estas padabras para responder á su amante: '
-^Me ha sorprendido la decla^acioa *de Td.; jamás la liabria esperado.- Me pide rd¿ que le diga lo que siento,^ y yo no siento nada ahora. Tal vez pasando el tiempo llegue á sentir algo por vd. Así, deje vd. trascurrir un año; en él comprenderé si su amor no es
—406— u&a ilusión pasajera, y si he sentido ya na^ cer en mi corazón el amor que vd. solicita, se lo diré con franqueza.
Inútil els fueron todos los ruegos. EIda, que mas bien pareda una dama del gran mundo, y no una jáven de quince años, repitió muchas veces al poeta: .
— ^Espere Vd. un año, si es que me ama.
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Soñar que ha encontrado uno en el uiun- -do una alma compañera; forjar ilusiones haíagadoras, y des{)ertar de un sueño tan her* moso, y ver desvanecerse como un celaje to» das las esperanzas concebidas. ........ ¡Ah!
si habéis delirado con él amor de una mujer que ha encendido en vuestro pecho él fu^o de una, pasión abrasadora, y cuando mas ventura os prometíais^ cuando vuestro cielo ostentaba mas luz y mas brillantes calores» una sola .palabra *de esa mujer nubla para siempre los horizontes que se extendían á vuestra vista, y derrama en vuestro corazón Ja amargura del desengaño; si habéis sufrí-
tío ese it^riueuto qtie m> tímhe nombre/ fácil' •os fiíerá compffe&der cuan grande y cuáá profundo fué el dolor que el poete cxperiínen^ tó. H ÚBgreg^iB á todo eso que para los poetas hay un mundo ' imaginano que pretende realizar, y qiie acrecénta bus sufrimientos porque todo lo revisten de un ropaje encantador,, y en su pensamiento-' 40 hay mas que ilusiones,: y e^eranaaa en sii corazón, entdncM nb encontrareis palabra para calififear lia eiraeldad de la mujiBr^qiíiexlestiro^ 2a a«( tantas ñores; que marchita tanta&és-. peranzaÉ^.y quéiecrtrega al dolor á una alma <|jue no^iiá^coimetido otro delato que i^ndirle una ador^ion pura y f erviente. • - .
Y si Elda hubiese amado al poeta, cott su talento ella» con su imaginación, él; y ton la ternura que rebosaba su aima, hubieran he- -cbo de la vida un paraíso. Pero Matilde hábia puesto eiitre los dos una valla funesta.
Habiá despertado, el orgullo, la vanidad de la mujer hermosa, y. habia' herido la fibra ^«más delicada del corazón del poeta.
£1 hubiera dado su existencia por el ^toov
d6 Elda^la^adomlni,' na adío pwque era una ciMtute ai^liisa» : aino pdiñfiie al tratarlat'liatta comprenclida que eiiélla ^jddtía un teeoro, por su virtud y por«t i«tel%enci«; paifo. aqtt9l laímor tenia uu tínaú^
m poeta Q8teb» reauoito ai saeiafi^, p6m uo á la.))umiUapÍQii.
No« quiero presentaros eU' teda 6t»(borríUe realidad la^ eDodsata» 4e • l^atüdie, para ^ien la Tenganza es ti más dulce de loe placeres. Nada excoad para destrtxHr la felicidad dé su £^>BÍgA, y cuando escuebá de £Ida primero, y Itt^Q del poela^ lo que lleí^ referidióvgraii esfuerzo tuvo que hacer ¡iara- disimular la inmensa satisfacción que experímétitbba su alma* ;
Sin embargo» el poeta sigui<5 adorando eu secreto a Elü|i. Alan brillaba pam él uu rayo, de esperanza, y. le alimenta))» la fé qae tenia en el porvenir; porque para^^él era tifi dpgma. aquel. pen^Qiiepto de Yíetcrr Hugo: nadi^ cuenta con lo i^esj^erado.
Un dia, una noticia vei^dadef amenté tri£^ yino á reaninxeu: las espéranos del amante
—409— (le £lda« Era el mes de Enero del afio de 1872. México entero estaini con^vteirnado porque las viruel'as estaban haciendo estragos éu la población.
Elda fue atacada por la tei-ráble enCermedad« y su vida estuvo en grave peligro.
"Será del cielo 6 mia/* se dijo el poeta, y un bálsamo de consuelo pavecta haberse der. ramfl4o sobre «u corazón enfermo.
Triunfó la ciencia^ Elda no murió.
Figuraos la -profunda tristeza que invadid su covfizon al, verse poi* vez primera ante un espejo, al entrar en convalecencia.
Elda . uo pudo contener el torrente; de lágrimas que inundó sus !ojo&
¡Pensó tantas cosas ! ¡hizo tantas re-
fle^ciones !
Aq*iel llanto la regeneró.
Cruzó por su pensamiento la idea de que hay algo más hermoso que un cutis terso, y que aun existen hombres para quienes las dotes del alma valen mucho más que las del cuerpo. Entonces pensó en ser buena, y se horrorizó de haberse embriagado con el hu-
nOCE LEYENDAS. 30
— 410-- mo de la lisonja, y- se avergonzó de haber ' dado cabida en su corazón ai orgullo y la presunción. .
La indiferencia de Matilde durante la enfermedad de Elda, rompid los Lazos de aquella amistad. , •
El poeta volvió á rogar á Elda.
—La amaba á,vd,> le,dijo, cuando todas la proclamaban la reina de la hermosura, co*- mo la amo ahora que lleva las huellas de la terrible enfermedad que hasufyido. Yg. busco una alma, Elda, la mia pertenece á vd. jSeamos felices!
Ante psa abnegación, ante una prueba semejante, era imposible que Elda dudase de la pasión del poeta.
Las leyes del destino son irrevocables. Llega un dia en que tienen que buscarse y unirísé para siempre dos seres que han nacido el uno para el otro.
El cielo reservaba todavía mayor dicha á Aquellos amantes. /
Con el trascurso del tiempo han desaparecido del todo las huellas de ías viruelas en
—411— ^1 rostro de EWa. Ha recobrado todo el esplendor de sü belleza, y su alma enamorada, tierna, funda toda su felicidad eu el amor (Jel poeta.
Se aman ¡dichosos mil veces! - ¡Es
tan hermoso el amor!
No pasará mucho tífempo sin que los que hoy son los amantes mas cariñosos, construyan una nueva familia, disfrutando las delicias de un hogar iluminado por ei amor y bendecido por el cielo:
Matilde, la vengativa Matilde, en su despecho, se conforma con murmurar. Su triunfo fué tan efímero como lia sido tremendo su castigo. Es una coqueta. Todos le fiemen, y se yé reducida á la condición de novia de los pollos que se enseñan á calaveras con los despojos de los que ya lo son.
¿Podia el cielo haberle enviado castigo mas ^ande?
Las malas pasiones rara vez quedan sm castigo.
A Francisco de P. González.
— Créame vd., Luisa, la amó á vd. con toda mi alma, y la amaté mientras
— ^¿Mientras viva?
— Luisa, yo no sé mentií: la amaré á vd. mientras pueda amarla, mientras pueda ha-* <eYlo.
— ¿Mientras pueda? Quiere decir que vd. desconfía de si mismo.
—414—
— No solo de mí, sino de vd. tambien\
— ¡Caballero!
— ^No debe^vd. enojarse, Luisa; permítame vd. que me explique, y hie'dará la razón.
— La filosofía realista lo ha invadido todo. Ko es el amor para los hombres pensadores de la época actual, aquella pasión que lo subyuga todo, porque habia en ella algo de que no podia uno darse cuenta: no es ya la fuerza irresistible que nos impele en todas nuestras acciones porque unos ojos claros como los de vd. nos han mirado de un modo que enloquece, porque una mirada dice: "te puedo amar si tú te empeñas." No, Luisa; el amor, como todo, depende del estado fisiológico de nuestro ser; me explicaré mejor, de nuestra sanare y 'de nuestro cerebro. Por apasionado que suponga vd. á un hombre^ si se ha desvelado muchas noches, si su estomago está débil y su cerebro calenturiento, no crea vd. que pueda amar con la vehemencia de un héroe de novela. Preferirá el descanso á oir la voz de una mujer que
—415— ama; preferirá uu buen platillo á un heso;
px'eferirá.... * ^ • ,
— ^^Está vd. insoportable, amigo mió.
— Tal ba ,pi\recido siempre la verdad á lo» que se empeñan en vivir engañados, l^ero déj^ne vd. concluir. JEl amor, por mas qu<í en.boras d<3. éxtasis lo hayan pintado los poetas como una emanación del cielo, no es otra cosa mas que un apetito.
— ¿Y Eloísa y Abelardo? ¿y Romeo y Julieta¿ ¿y los' amantes de Teruel?
— Todos esos amores, bien comprendidos, despojados de' los atavíos de que los han cubierto los novelistas, se reducen á lo n;|smo. Desengáñese vd;, uno ama mientras espera, mientras puede amar* ;. ...
-r-Calle vd., por Dios. . .
. -^El principio del amor es la vanidad,.' és el amor propio que quiere satisfacer un capricho nuevo; sigue después la costumbre, j mas tarde no queda otra cosa mas que acatar sumisamente las leyes de la sociedad, eñ que vivimos. De otro modo, si el amor fuese único, ¿el turco podría ser feliz con tan-
—416— fas mujeres? S> el amor es único, si el amor no muere, ¿no serian muy desgraciados los hombres en la tierra? ¿no hubiera bido una crueldad hacernos venir á uü mundo como el que habitamos? Yo lo repito: amaré á vd. mientras püE^da, mieütrais vd« satisfaga las necesidades de mi espíritu, que' adaldce hoy de esa enfermedad que se llama el deseo de que vd. me diga que me ama y* que es feliz con mis cariéias. Atiiaré á. vd. mientras pueda, porque no podré hacerlo deáde el momento en que vd. áienta por otro lo que na quiero laoy sino para mí. También es un deber que nos impone la caballerosidad, !a nobleza del alma, el no engañar á nadie. Yo no creo en el amor eterno; creo que puedo vivir contento al lado^ de vd. tal vez toda la vida; pero podría también suceder, que a! conocer á vd. muy de cerca, muriese lo que fthora siento, se acabase esta calentura, y tendría en ese caso que retirarme, aun cuando la fiebre uó hubiese abandonado a vd.
— Pues yo
— ¿No acepta vd?
—417—
— ¡Nunca!
— ¿Nunca?. ¡Mire vd. que la franqueza misma.cou que- le he hablado pudiera despertar en vd, el deseo de reducirme al orden común!
— Vd* áe equivoca; si por locos tiene álos que comprenden el anoor de otra manera que vd'., yo á vd. por loco también le tengo, y no podría ni debería amar ¿amas á un loco.
—Le Juro á vd., pof la memoria sagrada de mis padres, que será vd. mia. ¿Ló oye vd? que me amará; que se enfermará por mí. El aixH>r es la enfermedad de ese algo misterioso que llamamos espíritu y que todos dicen que existe, aunque nadie explica bien su esencia.
— Le ruego á vd. que no me juzgue con tanta ligereza. Motivos sobrados tengo yo para creer que ni debia escuchar á vd. Le repito que no le he de complacer, y le suplico no UiC vuelva ^. hablar de ese asunto.
Así hablaron una noche en el Zdcalo dos jóvenes, á quienes, puesto que tenemos que seguirlos en adelante, pues á mí me ha ia-
teresado su conversación, os voy á describir ligeramente.
Luisa era una joven qué- tendría á la sazón unos veinte años; su cuerpo no podía llamarse con propiedad erguido; er^ n>ediaüa su estatura como la da la maypr paute de la juventud actual, en (jue tanto se descubre la debilidad de la generación; en c^ipbio.,en Iqs ojos negros de I-*uisa se traslucía toda la malicia,' toda la coquetería, y la gracia irresistible de las jóvenes de la época.
Sus labios eran provocativos, hümeíjos, y en todo su ser babia esa simpatía que atrae mas que la hermosura misma.
Porque la belleza plástica, esos tipos de donde el artista ha copiado sus mejores obras, que sueña el poeta 6 describe el novelista, no existen entre nosotros, por mas que nuestro orgullo nacional ó nuestro capricho pretendan así probarlo.
Las feas están, de enhorabuena, no hay hermosas que deslumhren y formen con ellas un contraste que pueda perjudicailas. Y la
—419— gracia • carecteriza «á l¿t inüjer 'de nuestros dias.* '*' •
¿Qué itias pudtdra apetecerse?
El joven era feo, per<fSáe talento. Las^iñujeres necias son las útaicas que se atr€W€íü*á censurar el perfil de los hombres.
Lorenzo era un joven del gran mundo, de mucha sociedad; pero se distinguía de la mayor parte de los aiñstdcratas, en que era ilustrado.
Cosa rara en esa esfera en que, ensi mismados los que viven en ella porque poseen grandes riquezas, creen qué con ellas todo se puede comprah
¡Qué error!
Que Luisa tenia simpatías por Lorenzo,. era indudable; que la familia de la jáven veia esto con agrado, no hay que decirlo; puesta que ya manifestamos que Lorenzo era rico. Tenia talento para satisfacer las exigencias de una imaginación viva como la de Luisa, y tenia dinero para llenar las- aspiraciooes de unajdven que desea figurar en primera
—420— línea eu una sociedad en* que todavia existen privilegios.
Dados é x^onocer los dos personajes, de esta brevísima historÜ, continuemos la narTadion.
^^^m^¡
Cuando se separaron esa noche Lorenzo y Luisa, fuese cada uno pensando^ como era natucal, en el otro.
— Pues es raro este Lorenzo, se déqia Luisa; tiene unas ideas que no me atrevo á llamar extravagantes; pero que, sin embargo, no puedo aceptar. Casi, casi, es un materia* lista grosero. Su educación es lo único que impide oir mayores absurdos de sus labios. Yo no sé por qué; jo no lo comprendo; pero tal vez su lenguaje es estudiado.
Pudiera muy bien suceder que h\ se hubiese imaginado que yo no soy una mujer vulgar, y que para llamaribe la atención era preciso
—422—
decir otra cosa distinta á las cosas de que hablan la mayor parte de los ricos. Para nada se lia ocupado desús coches, ni de ninguna de esas vanidades. Mas^ eso de* decirme que he de amarle irremisiblemente ¿no es un rasgo de presunción extremada, de arrogancia suma? En una cosa sí que tuvo tazón, y es en que por lo mismo que me parecen raras sus ideas he de procurar reducirle al orden común.
Ahora recuerdo que pronuncié la palabra $mnc&. Sí mamá lo supiera, se enojaría' sin duda; quiere casarme á toda costa con tm rico
Así pensaba Luisa.
Lorenzo,* aunque por su talento parece que débia estar exento de ciertas pretensiones tontas de los ricos, no sabia darse cufenta de cómo Luisa no había aprovechado la oportunidad de con*essponderle; ya que él se había atrevido á declararle su amor. Lorenzo ncr podi^ ni debía creerse desairado; y sin embargo, sofría una contradicción. El fil($- sofo olvidaba por un n^omento sus teorías
—423— sociales, y se sentía goq 1q8 si ü tomas de la enfermodad que se llama amor. Y no podia ser de o^ra manera. Luisa era una/jdven Ue*^ narda atractÍTOfi: aus ojoá negros, ardientes como el sol de medio dia; sus labios húmedos,, su andar provocativo ,. y Lorenzo es-i
taba lleno ^ de vida. Para disipar aquellas ideas, según su sistema, no hubiera necesitado hwer • otrn cosa mas que debilitíirse, ocurriendo al efecto á un facultativo, . Pero cómo exponerse á que el médico, al reconocerle pO'. bailase descomposición alguna ea su. naturaleza? iCóolo exponerse á las risas del doctor, si le confesaba su verdadera enfermedad? Además, no queria arnesgarse á toman sin.prévia consulta, u^na droga cuyos resultandos acaso podrían serle nocivos.
La lucha que Lorenzo sostenia consigo mismo^ era tremenda.
Luisa era, mientras tanto, 6U único pensamiento; pues ella y nadie mas que ella era la cátísa de aquella f^ituáci^n. Ya esto era mucho para la joven. La enfermedad se iba desarrollando, y Lorenzo no tenia la fuerza
—424—
de voluutmi ueeefiaria para curarse, pues
aquel sufrí mieuto era tau dulce,. le apartaba
tanto de la vida común, que le complaciA.
Habían pasado así ocho días, y Lorenzo
no habia concurrido, como acostumbraba,'al
paseo de Bucareli. Mas no por eso habia
dejado de ver á Luisa sin ser visto de ella.
Sabia muy bien la bora en que la ídven acos-'
tunibraba ir á misa á !a Profesa^ y Lorenzo
no faltd una mañana á la peluquería de Bro-
ca, desdé donde podia contemplarla al entrar
y salir la jdveü del templo. En las tardes,
se situaba én otro lugar pata verla i^ al pa«
seo. » " '
No podia explicarse Luisa, la aufienoia de
Lorenzo. En vana habia aguardado eneorn.
trarle como de costumbre. ljQvmzo^J\ut no
faltaba á la casa de Luisa, piquieiraiuose una
vez á la semana^ no habia aparecido en ella.
¿Estará epfermo? ¿Se ha];)r4 ansentado de
México? se preguntaba la j(ken.
Afortunadamente para ella su mamá le dijo una mañana:
—rHace ya una semana que Lorenzo no
—425— viene y que no le vemos en nii^una parte; será bueno que mandes un recado á su casar^ pai^ saber de él.
— Si así lo quiere vd
— y así lo desearás tu también, ¿uo es verdad?
— Yo por mí, no iiKtndaria ese recade^ porque no vaya á supoücrse que nos hace^ falta.
-^Se necesitaría que el fuera un nécio^ para juzgar mal un paso de atención.
— Enviaré», pues, á la costurera. — Me parece bien.
Luisa cuidd bien aleccionar á la costurera^ y aguardó con impaciencia su vuelta.
Hé aquí la esquela con que Lorenzo cor^ respondió el recado: "
* 'Luisa: no he estado enfermo; agradezco» á vd. y á su mamá su cuidado. Lo que yo
he tenido es yo no lo sé, acaso lo sabrá
'víl. mejor que yo. ¿Vá vd. al baile que da» próximamente en la Lonja? Si así fuese, ten-
DOCE LEYENDAS. — 31
—426— úré el gusto de ver á vd. y de ofrecerle mis respetos. — Lorenzo.^'
Jamás Luisa había recibido uua carta que 4ijese mas y menos al mismo tiempo.
flfíf
Pocos diflís después, doña Carmen, la mamá de Luisa, hablaba asi con su marido:
— Asegurar el porvenir de^ sus hijos, es el debermas sagrado de lós padres, Vicente; así, es |)reciso que á costa de cualquier sacrificio compres a Luisa un buen traje para el prdximo baile que va á dar la Lonja.
—Reflexiona, Carmen, qué los sueldos están mal pagados, que me deben seis quincenas, y que tengo contraidas ya muchas deudas,
— Se trata del porvenir de Luisa; en ese baile tiene que decidirse su suerte.
—-No te comprendo.
—428—
— Pues bien, escúchame' y me comprenderás. Lorenzo, ese jáven rico, bíjo de una d^ la» primeras fámilias'de México, pretende á Luisa.
— Querrá divertirse, pasar el tiempo, de-- jarla después chasqueada.
— Calla, y después dirás cuanto se te antoje.
— Callo y escucho.
~ Lorenzo pretende á Luisa. Hace unas> noches se lo biso comprended así, mientras la acompañaba en el Zddalo. Y como Luisa no había de correspojnderle al punto^ las relaciones de Lorenzo con nuestra hija aun no
tienen el carácter que yo deseo. Lui^á me ha dicho que Lorenza le há, insinuado su de-^ seo de y^la en el baile de la Lonja para. ...
^--Mas nosotros no estamos inv^ados para ese baile, interrumpió don Vicente.
— Cuenta -por seguro que lo estaremos.
— Es que me digustaria que tuviésemos que suplicar á alguna persona que interpusiese sus relaciones. .
— A todo tienes que objetar; pero'yo que
'me daóvelo por colocar dignamente á Luisa, te aseguro que iremos al baile¿ Ua¿k de nueSr tros amibos que, si nó me engaño, pretende también á nuestra hija, nos traerá .esa invitación^ y la aceptaremos en provecho nueiS*^ tro. Sin saberlo él, va á dar ocasión á que se. declare su rival.
— ¡Carmen! me repugnan esos manejos.
— ^¿Comprarás el traje ó nó? t
— Será, Carmen^ será.
Por el diálogo anterior, habrán juzgado nuestros lectores el carácter <de los padre» de Luisa.
Fácil es comprender c^\» aquella familia es una demias muchas que exfdten en la no^ ciedad mexicana, que á costa ^ de sacrificios de todo género, logran una posición ficticia j la conservan can asombro de los que no están al tantb de ciertas interioridades ^ue avergüenzan.
Don Vicente, con un suelda de dostóetatos pes06, propietario de la casa^ que botaba -con fltt familia, jr sin' otra renta, tenia coche, rfrecuetftabn el teatro Principal, y aun se
— 130— peraútia cil lujo de ir alguoaBBOckés dexSpera al Naoianal,
Cualquiera que hubiese penetrado ea Isk ca3adeaqttella.familia> babria omido que era la de un rico propietario. Tan. decente y « se quería. basta lujosa era au sala, de recibo.
Ea cuanto á la mesa. preciso es confesar
que en la^ casa de algunos que no tienen co^ che ni van al teatro se come' de vma manera mas digna que en la.de doQ^ Vicente.
Fara no. iniciar e&el secret<>4Íe laesca^z. d@ su bogar, aquella familia vkia en cierto* aislamiento, y na tenia Luisa ni mas de des^ ^ui^ga^, que soliau pasí»r los domiAgos.- con ella, . ni se d^ban. fiestas en aquella -c^aa; pe^ ro los críados, que; SíQu. los capias iorsosoB d^ las , familias, habían revelado mas de una^ veí la posición de. d^a Vicente. . - .
^te buen hombre» domiíjiado por ría ia^ fluencia de su mujer, no hacia en ia vida sí*- no lo qiie doña Carmen, le indicaba.
DoñaCávwfin..^^. esto señora es un tipo que quisiéramos delinear con calma,. peorqne caracteriza á esa falanje de viejas pretenño^
—431— • sas que tienen por ideal atrapar un marido^ rico para sus hijas, aun cuando sea «n.bés-- tía.
Doña Carinen presumía aun, de^ ser uiub» mujer SI D<S llena de atractivo, sí, hermosa entre las de au edad.
A pesar de sus cincuenta años, bien cumplidos y aeaso bien pasardos, se vestia con csmerO) y procuraba estar al corriente de la^ moda; menoa.en su clasico peinado;
Doña Cármern, si la suerte le hubiese deparado un marido rico, hubiera sido intole^ rabie por su orgullo. Su ideal, lo hemos úi^ cfao» coufietia en casar bien á Luisa, que há-^ híA cumplido ya TBiute año^ sin 'haber logrado querer libremente, por propia iúolí nación, á ningún hombre. Cada vez que doña Carmen sabia quiB su hija tenia novio, in^ dagaba si era 6 nórico. X>o demás le ioop<)ir^. taba^ioco 6 nada. Sucedió iina vez que Lui*^ sa, cuyos sentimientos era,a mas noUe^ qtm los de su mamá,, y que era superior^ elW^irsi inteligencia, y con mucho, llegó áenamorar* Be ^e un joven con quien estaba en relacio-
— 432 — aes; pero fué tal la conducta que doña Carinen observo para con aquel amante, solo porque no em rico^ que, herido en su dignidad, se retiro para no pensar mas en enlazarse con una familia como la de Luisa.
Desde entonces, Luisa no volvió á quet^r á ninguno de 'os novios que tuvo. Por vaunidad, procuraba tener siempre quien le hi^
ciera el oso pero su oorazon^ esperábala
<5rden de doña Carmen para 0fnar al primer «rico que solicitase su mano. En esta di^oaicion magnífica se encontraba cuando Lorenzo icomenzd á . divertir al . veciudario c^n une de esóS'^bsos cápace» d^ fastidiar al mad tolerante^ pero que f ormati la mayor ^leticia de gran número, por no decir de .t^>da& las jóvenes mexicanas.
Lor(snzo entró bien pronto á lá casa de Luisa, y se dijo así un ditt: una línea más y la familia de la^ujer que ha despertado en mi s^r algo hast?. boj dissconocido, pertfeneceria á ese gi*emio llaitiado la gente cursi; perO) afortunadamente, se quedaron en la ¿ínea divisoria los papas, y Luisa no podria
ser llainada justamente mi'si; es lo mejor que hay en su familia.
Desde que un hombre comienza á disimular los defectos de una jdven y los de las per^ sonas que la rodean^ puede asegurarse que está enamorado. Al principio no se nos ocul> tan esos defectos, mas la disimulamos; cuan* do ha tomado creces clamor, creemos que todas las perfecciones de que un ser puede encontrarse adornado las reúne la mujer que amamos.
Lorenzo tenia poír cwm^ á muchas fa,m¡- lias que lo eran mucho míenos que la de Luisa, y no tuvo á memos acompañar á la jdven en el Z(5calo, aquella noche en que principia nuestra iftarraeioñ.
Eeanudeínos esta. •
IV.
La suspirada noche.ea que debía vérilicárse el baile de la Looja^ cubrió al fía con sus sombras á la hermosa capital de la República mexicana. . ^
A decir verdad, nunca nos han parecido los. salones de la Lonja propios para únaosla de esa parte de la sociedad que presume de aristócrata y elegante. Por qsmerado que sea el adorno con que se pretenda cubrir la fealdad de ese antiguo edificio, no llegará á lograrse que una persona de buen gusto, ó que hubiese tenido ocasión de concurrirá mejores salones, deje de hallar los de la Lonja anticuados y poco ó nada artísticos. En
^435— cuatito á lo que es en sí uno de estos bailes que tantos afanes cuestan á los padres de familia, tantas inquietudes á las jóvenes y tantos pasos á Tos pollos y á los que rio lo son, preciso es confesar que no jusfffican, sino muy rara vez, el entusiasmo conque se recibe la noticia de que vuelven á abrirse los salones de la Lonja.
Cuando se quiere que ^stén espléndidos, se convidan á mas personas de las que el local puede contener, y entre días á muchas de esas familias á las que aun no se expide la* earta de naturalización aristócrata, porque no tienen todavía el dinero necesario para hacerse* dianas de esa honra, y resulta que van á ser el blanco de la crítica de los que ja ingresaron á la alta sociedad. Sin embar* go, si no se procede así, sucede que les salones están casi vacíos, y hay que resignarse á tener por ocupación el hacer el valúo de las alhajas antiguas y modernas que llevan ciertas señoras que se parecen á los aparadores de BaulDt (5 Schiller, en la callé de Plateros. ^^
--436—
Pero prescindamos de todo; dc'jemos eu olvido taütos y tantas cosas que darían materia para innumerables- caricaturas y volvamos a nuestros conocidos LoreDzo y Luisa.
Doga Ci^imen había visto, colmados todos sus deseos: don Vicente liabia hecho un nue-- vo sacrificio y Luisa se presenta con un tra^ ge que no habría desdeñado ni la hija de fin rico propietario. . ^
;Qué simpática y pi*avQcativa estaba -Luisa coa su vaporoso vestido, escotad^ como rigurosamente debe e§tar el vestido de una joven que va á-un baile! De otra manei:^ Iw juventud del sexo fuerte preferiría ir á misa y no á un baile. Las cosas deben hacerse en regla d dejarlas.
Luisa» siguiendo la ley de la moda, estaba pintada^ aunque sin la exageración que se notaba en las demás jóvenes que estaban en A salón, y á quienes casi descoiiocian sus amigos. Pero xos ojos de Luisa eran bellos, y la pintura y los afeites no hacian sino un papel secundario, porque aquellos ojos valian todo un mundo.
^37— El afán de d^ña Carmen bizó que al principio de la. fiesta sufriese una horrible con* tradiccion.
Aquella señora, para quien los Instantes se. batían siglos, mientras no lograse su bija* •un buen np^io^ fué la primera que se |)resentden el^salon; de manera qué, como las familias de buen tono no acostünibhm en-
trar a un baile de etiqueta sino despula de laa dies de»la noche, doq Vicente, su señora y 8tt bija tuvieron que aguardar á que fud^ s^n llegando los convidados, no*sin gran im-
* 4
papieocia.
Lorenzo, joven apegado á las reglas de la alta aristocracia, llegó á las once^ cuando se habían bailado ya dos piezas.
Luisa no pudo bailar esas piezas, no porque le bubiese faltado quien la invitase, sino porque doña Carmen creyó que era conveniente guardar aquella consecuencia á Lo» renzo.
Contra lo que esperaba la ambíciosade doña Carmen, el joven pretendiente de 4ra bija.
al acercarse á ella, le pidid, no la éamá que iba ¿.bailarse, aiao la siguiente, porgue tenia que hacerlo con una hermosa y.rí<m dftma cuy^ casa frecuentaba. ; «
Esta preferencia liirió ea gü amor ' pri^pio á la familia de don ^Yje^nte; pero, se' sobi expuso %l cákulo y no se dieron por ettSetídt* das aquellas buenas* gentes. -
I/leg4 al ^n 'la > hora suspirada, -
Escuchemos la ootiversalcíon'^d'e tüisa y Lorenzo.
— *Al fin tengo el placer de bailar 6on va., Luisa; tanto tiempo lo habia deseado! Hay en este género de entretenimiento, un encanto de que no puede tener idea sino el que lo ha gozado. Bailar es una veixladtíra delicia. V
— No le creía á vd» tan aficionado al baile. — 'Soy entusiasta por él como ninguno. — Si lo fuera, no habría vd. llegado tan tarde al salón, Lorenzo. ^
— Luisa^ mal de mi grado, prescindí de las «dos primeras piezas; pero qué íjíiiere vd., di-
—435— cea que no es cooforme con las reglas del buen tono ser de los primeros en llegar á esta clase de reuniones.
Luisa sinti(í algo muy desagradable a^l oír aquellas* palabra.!^ pero supo disimular.
— ^Pero quiso continuar Lorenzo,
cuando Luisa le bizo notar que habia equivocado la figura.
Pasado aquel incidente» Lorenzo continuó:
— Sí, es muy hermoso bailar, y lo es mas todavía cuando la fortuna nos depara una compañera tan amable y encantadora como vd.
— ¡Mire Lorenzo, que va vd. á equivocar otra vez la figura . ^ . . . . !
— Y la equivocare cien veces puesto que... perdóneme vd., Luisa; yo no sé darme cuenta de lo que en mí pasa. Yo
— Está vd. preocupado seguramente; no babrá visto en el salón á alguna persona á «quien vd. desea encontrar, y estará por eso contrariado.
— ;;Luisa, qué poco conoce vd. mi» sentí-
—440— iuíeutos, ó qué indifereucia reserva vd.' para
mí! *
t r
— ¿Yo indiferente? ¿pues no lia visto vd. que á pesar de haber llegado tan ta^de, le be dado lá primera pieza que iba á baijar?
" ' •
-^;0h I^iiisa! yp se Ipagr^de^&fo 4 vd^^qa el alma; aun cuando esa d^fer^i^ia :np^,|ea sino en. justa reciprocidad de mi estf^^cion á vd., de mi ampr.
— LoreuKo, q.ui/^ cojua. vd¿ cree ^pid el amor ea.solo unaieaferaiedad que. puede curarse como cualquiera otra. • v . . •
— Olvide vd. esas frases, Luisa; yode amo á vd», y si le lie insinuado que deseaba verla aquí, no lia sido sino para que decidiese mi
suerte»
' — Poca f é pueden inspirar sus palabras, amigo mió, cuando antes, en pleno uso de su i*az6n me ha dicho que no cree en ese amor que hoy me pinta.
— Y fei yo le jurara, Luisa, que cuando le hablé de aquella maiiera, fué solo para decirle algo que no pudiese vd. confundir con
lo que tantos y tüntos.W rep^keír »l vñ. todoi los diás» y sí yo. . . . • .
Desgraciadamei^a la daoM tcrmind^y Jjo^ i-enzo tuvo que a}>lazar pava uias tai'de -ék golpe definitivo.
Cuando don Vicente se retiró de !a Lon^ ja con su familia, Luisa tenia novio.
Doña Carmen no pudo dormir; tal era sii satisfacción.
Luisa no estaba del u>do complacida.
Había hecho meaos i'esistencia de la qme hubiera deseado, y, adentós, estuvo haciendo una comparación entre las emociones que experimentó al corresponder á su primer novio y las que había sentido aquella noche.
Entonces siguid los impulsos de su cora-* zon; s'^tisfizo una necesidad de su alma, rea-> lizó el sueño mas hermoso de una jdve©; ahora, habia complacido á s^u mamá, y pen^ saba en que Lorenzo podia abandonarla.
Don Vicente, al recibir á la siguiente mañana la noticia del éxito del baile, dijo para sí, por no disgustar á su mujer:
DOCa LEYENDAS. — S2
' -^Lo» uuieo que hay « de cierto, es que >o hice un gasto fuerte; ea cuanto á cuse. jf^ven, mo llegará á casarse con JjLiuiaa; mi eoraeptt laidice. -.- / :
.<•*»».
• . ■ /
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>^m>^m^m^
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Diez meses han pasado después de aquella noche en que Lorenzo y Luisa se juraTon eterno amor en el baile de U Lonja.
El fastidio del joven aristócrata llegaba á •su colmo, ¡Pobre Loienzo! la condición del novio oficial no puede ser mas insoportable. La monotonía es el estado normal de esta clase de noviazgos, y un hombre de imaginación ardiente, que viye de emociones nuevas, de luchas, siente como que se ahoga en una atmósfera pesada. Además, halna para Lorenzo algo mas todavía. Doña Carmen, don Vicente y Luisa, no daban un solo pa- 430 sin previa consulta del i^ovio. Y en todo
—444—
aquello descubría Lorenzo, no esa condescencía del amor, sino una táctica estudiada y puesta en juego para mo darle el menor motivo de disgusto, porque era rico y no debia dejarse escapar tan buen partido.
Lorenzo, por evitar la crítica de la socie^ dad aristocrática que le iba á censurar por aquellos amores con una joven que no tenia mas recomendación para las familias, que sa gracia, evitaba que Luisa eoneBrrtese sino al irasco, y muy rara vess al teatro.
La^ visitas de Lon^hzo ú Luis», .eran dia^ rias, y en: nada se diferenciaban unas de otras.
Doña Cármeii pretextaba siempre alguna acupación en el interior de la casa, de mará que Luisa y Lorenzo estaban casi siempre sotlés. '
Habia algo de servilismo en el modo de tratar á aquél novio, por su posición sociaL Esta conducta pedia lialágar el amor propia de cualquiera de esos ricosque se creen acreedores al rc'-petq y consideración de las gentés por la superioridad que dá el dinero; sia
^mbai^o, Lorepzo, dotado de una icapacidad é ilBstraoion uo pomuae^^ entre 1^ persona de «u clase, en vez de sentirse satisfecho^ experimefitaba ciert^ repHgnancia que itja.grado á grado en<;íbíando ei fu^go de su pa^ipn. Lorepzo, en otras cir9unstancjasi, habría amado con delirio á Luisají, y tal vez l^ubiera arrostrado con el .enojo de su familia, y con la burla de sus antiguas relaciones^. y se habriayenlazado epn aquella jdven* Pero no se le ocu4taba que el interés, mas que el amor, habia estrechado aquellas relaciones, y, como era natural, buscaba una oportunldad para darlas por terminadas.
¡Qué servicio tan importante le habría prestada un rival! Mas no era muy fácil que alguno se presentase, al menos ostensiblemente, conociendo como conocían todos que el mévil de las. acciones de doña Carmen eta el interés, y doña Carmen era. una omnipotencia en aquella casa.
Los jóvenes de mediana fortuna que en •otros dias frecuentáronla calle de Luisa, habían creído prudente retirarse para no ex-
446'"— 'ponerte á uti desaire. Ko faltiTetitré' ello» uno que, cotíocedor del mtincío, se reisígnase á aguardar que doña Cárméu cásase á si» hija con un rico* tonto, para introducirse en su hogar y representar una vez mas esasco-* medias ique divierten á la sociedad murmuradora, que escandalizan á la gente preocupadd y que no pocas veces concluyen én un drama trágico. ' ^
Lorenzo ignoraba que Kabia eñ' México» una persona que deseaba sustituirle y que contaba con muy eficaces meÜíos para ello^
Don Gordiano Mantecón era un hombre del pueblo, que después de largos años de tra^ bajo, habia logrado formar un capital dé cuarenta mií pesias. Don Gordiano era tocinero. Su educación, como es fácil comprender, no» fué nada esmerada, y su porte así lo indicaba.
Tenia á la sazón tantos años de^edad como miles de pesos. Mas como siempre se exagera la fortuna de los individuos, no faltaban quienes le atribuyesen el doble y aun el triple de aquel caudal.
—.447— ' Mu}' cérea áe 1a casa en que tívíj
estaba mtuada uqa ^e las tociiiéríad^^ dáú Qovdismo, y áesa ciriMitistBiicia debía él cO£ nocer á «la jd^en y el verla cott f reouenciiii
-^--Qtíien tiene dinero, todo lo puede, dijo un dia don Gordiano viendo a Lu4sa> tu sn balcón ten encantadora como la })iemos éo^ nocido. 'Ni Xi\\ edad, ni mi profesión, p^ed^B parecer obstáculos invencibles'para lograrfUtl buen niátriniopio. Pollos elegantes, pero ar« raneados, merecerán las atenciones y nlii^ d^s de esa mucbac'ba, continuó don Gordtano; pero- entre ellp9 y yo, para mí. será ssl mano.si la solicito, ' .
í}l señor Mantecón no. iba erradp.
Una de las criadas de la casa de .don Yi-^ cente frecuentaba, la tocinería de don Gordiano, y excusado parece . decir que de ella se valió el rico tocinero para tomar los .informes que necesitaba. Émpiero, no fué grato para don Gordiano saber que Lorenzo era el novio de Luisa.
Otro nombre liabria hecho asomar á sua labios una sonrisa despreciad vi^ ; pera se tra-
ladiii 4eruii rivíil .veniadeváirieQte temiM#, y i¿ sefllw Mfl^k}€H>ii^ 9^]f^^6^ fi9TSí mas terdems fmtónritfDéB/ &m embnrg&f la eriadá eontiltfi<S freeuétiteiido h.- tb^ip^ria j dátido m* ¿MTines ¿ doú Gordiano, infonaes-^fiie eran bien pagados.
ITti dia, doiT Vicente se babia quedado á cofmer en la casa da uu amigo suyo. Doña Carmen y Lui^a estabistn soias; y la criada eimooida del señor Mantecón sirviendo la «esa.
—Sabes, Luisa, dijo doña Carmen después dé haber perinaüecido callada mientras tomarón la sopa; sabes que me voy (íesengáñando con respecto al juicio que 'nía habia formado dé Lorenzo? ' '
• * (
— ¿Por qué, máuiá? repuso Luisa. .
_ . • » . ■ »
: — Porque ...... nos mira como inferiores
á él, y evita el acon^pañarnos en la calle.
~-Dice-que no le gusta hacer alarde de nuestras relaciones.
—Eres una «uña, y tienes pooo: mundo. -' -—Yo le correspondí porque tú pusiste eu
-.449- ^ello gr^pde ea){>euo, y uoquati» que jaie^tuvieses por tuala bija.
mi aubelo ee colocarte digoatiieute y rode^^r^ te di^ tads^Jiia comodidades apetecibles. La
sociedad actual tiene taotas exigeoai^s! «
j }uegp tu pap4 €f jbá mal eu sus p^ocips.
-T^Ab! diJ9 1^XKÍ$^ »uspirau4o, EuriqUQ ba ^p la úuipa j][u6ÍQudeiiii vida, y c^e sí que me adoraba . eon locujra y no tenia á menos 4icompauarnos á todas partes. /
— Mucbacbadas, repuso la mamá con d^sprecio. Si yo bubiera seguido las inspiraciones de mi familia, fuera rica, muy rica. Pe-
• • • • ♦ '
TO mí inexperiencia
— ^¡Maraá!
— Las ilufiioues se pasan^ pero las necesidades viven y se aumentan cada día. Yo no
<;eüsuro á los que hacen cálculos antes de casarse. Los hombres debejí procurar, si son pobres, conquistar á una rica, y las mujeres pobres á un j(5vea de buena fortuna. Lode- 41KIS es no comprender la ciencia del mundo. —Ya ve vd. lo que á mí me pasa, Al fia
—asome quedaré sin el rico, ' y despreciada por los que no lo son. • — ¿Y qué importa el desprecio de los pobfes? ' .V
Luisa se avergonzaba interiormente de los sentimientos de su mamá, 7 evitd que aquella ootíVersacion continuase.
Mientras tanto, la* criada; que no. habia perdido una sola patabfa del diálogo, experimentaba una satisfacción muy grande al con* siderar que las noticias que il>a á^ darle al señor Manteco-n habian de entusiasmarle basta el punto de ser dadivoso mas que nunca.
■ V
VI.
< »
La situación de Lorenzo no pedia ser mas compíometida. Por una parte, cada dia era mayor el desagrado con que su familia veia, sus relaciones con Luisa; por la*otra, don Vicente, á pesar de estar dominado por su mujer, íe trataba ya con un desden que casi era una despedida.
Todo esto htíbieraf sido poco, si Lorenzo no hubiese ido, instante por instante, viendo desvanecerse las ilusiones que í^^e forjara an-^ tes de tratar á Lu^'sa diariamente* y con aqvc^ lia fatoiliaridad que doña Carmen le permi-- tia para que fuese menos poeible un rompimiento.
—462—
£1 amor contrariado» toma mayores proporciones, se hace una pasión, iin delirio, pero un amor en que se nota el deseo de ha-- cer fortuna^ en que el cariño es un. medio y no mas, tiene que degenemr, languidecer y consumirse al fin. Falta de tacto, de talento, d de algo que no sa bremas explicar, existe en la mayor parte de las jóvenes de nuestra sociedad. Su mirada provocativa, su gracia seductora, la dulzura de su vq;s, y cierta^coquetería que emplean los primeros.dia^ del amor, producen siempre en el cerebro de los jóvenes una fiebre muy fácil de confundir con aquqlla que se pos/esiona de nuertro ser en«los momentos de las grandes pasiones. Pero ¡ay! que tan brillante luz e$' igual á la de los fuegos fatuos, y al entusiasmo y frenesí del principio sucede él ¿astío mas desconsolador. Muy poca-s son las que saben conservar la ilusión que inspiran, y por eso caen de su altar, á oada paso, esos ídolos hermosos a quienes abrimos las puertas del santuario de nuestro corazón.
Monótona, candada,*** astidiosa es la exis-
^453— tencia de la gran mayoría de los* uovios cu México.
Hoy/ lo mismo que ayer; mañana, lomis^ mo que hoy.
Bs que no M lia cuidado peeo de ilustrar á Iñ ii^ujer hábbsk no-líaoe mucho; e& que el aikior no' piáede ' vivir <aolt> coa el* corazón , si * no^tambien con él- cerebro. .
Lorenzo hábia lígotado todas las frases de la ternura, todas Ibs Caricias del cariño, ^tt sus cartas no hacia otra cosa mas que repro*' ducir Ib que tantas veces babia dicho y escrito; en sus visitks sticedia lo mismo.
Lorenzo estaba aislado en aquella casa: don Vicente salia á la sala muy pocas veces; cuaüdodoña Cárqien lo hacia, era para murmurar de las jóvenes que no seguían el ejemplo de Luisa, ó para hablar de esas minuciosidades del hogar que sglo puede soportarlas quien á ellas está condenado.
Hé ahMa sHuacion en que se encontraba Lwenzo. '-
La de Luisa no era, por cierto, alhagadora. Aquella joven comprendia que su aman-.
_454— te espiaba una oportunidad para abandonarla; comprendia que Lorenzo no tenia laresolucio;! necesaria p^ra despreciar las preocupaciones de su familia; comprendió que los proyectos de.6ngi^nd0ci^eiito,«de naejora de fortuna» tenían que desvanecerse tnuj^ pronto. . Y sin ^^|:go, JLiUisa. nq se sentía bastante fuerte para ^nticipar^ ¡í Lit^ce^^:^ ni procuraba s^byugs^rlq por ipedio deun amor de eso» que enloquecen y acabe^n por hacernos aceptar el yugo del niatrimonio.
Luisa, antes de ser la prometida d^ Lorenzo, concurría á las diversiones públicas; bailaba en esas tertulias de confíanza en donde se goza mas que en los salones en que nos -esclaviza la cansada etiqueta de las familias aristócratas. Luisa era alegre, franca, comunicativa.
Sus amores con Lorenzo la habían alejado de su antiguo círculo, y de todo se habla privado, como quien se prepara á figurar en mas elevada esfera, como quien necesita desvanecer hasta el ultimo lecuerdo de su pasada condición.
j^dfiKiás, jb^bia heicbo.t^Qto3 desaires á. los jóvenes que se liabian ^tT,^yi¿^Q á. pretepdíerla, qw^, ^aljft-fti^rta.4e que .eL^JA .ea iqiie Lorei^o la ab^nnipnasa ibaX ^er objeto do la
iu4i£ereii<?f^,iii^^'^giW¥^, cua^dQ no 4^.j[a burla mas espantosa.
— 9í nú téihiese yo disgustará mamá, decíase interiormente Luiísa, á buen seguró qne Lorenzo contSnúasé éh relaciones conmigo. Me hiere fe cofaducta de ¿u fatnilJa, me cansa él, me ostiga este coinpromiso;
—Si hubiera un motivo justificado, decía Lorenzo para sí, cada vez que se acordaba de Luisa, daría por terminada esta aventura en que mas disgustos que p'rovecho he sacado. :Ün rivai! ¡un rival tne baria felizl
/Mientras los novios liacian en la ausen9Ía recuerdps.tan pqco satisfactorios^ doSa Cár^ men, que hasta entonces se habia resignado, á dejar al tiempo el feliz éxito de sus plañes, se habia entregado 4 séf^jas reflexiones^
Para aq'4ella señora la situ^ci^^n estaba definida; era necesario up. recui^so extremo pa^
—456— ra que todo volviese á ser tan ft}h.a«;ador como en los primeros dias.
£1 interés inspira mncitas veées proyecto» odiosbs y 'c^initaales; dofia Oármen \hg6 á concebir uno para lograr ^ue^Lor^tizO s^oa^ sara. . •. • •
Afortunadamente s^ sobrepuso e$e'JH)ible y santo amor, que Diosa concedido á- la mm» }er que es madre» y Luisa no se vio en el triste üaso de oír un consejo iiifaojic de ios labios de doña Carmen.
Empero, no renuncid doña Carmen á tomar una providencia pa-a asegurar, en su concepto, el porvenir brillante que á su hija había estado formando desde que Lorenzo concumd al baile de Ja Lonja. Óiganlos de qué medio se valió para conseguir aquel
n. '
Don Vicente se encuentra frente á su
mujer. ^ ^ '
— Díe¿ meses 6 mas, Viceate, hace que
Lorenzo y Luisa están en relaciones. — Bien á*mi pesar. '
'Preciso es que le bables.
—457—
—¿A quién?
— A Lorenzo. ,/ ; , • ,
— ¿Y qué le he de .decir?' ' V
— ^Que señale'un plazo para efétetuai: su c»- saiuiento coa nuestra bija.
'. — Carmen, á t^^que lias sido la. autora de esas reiiK^i<>&e8» te toca dar el paso que aliara me exiges.
— ¿Bres ó no el gefe de la familia?
— ^Delego en ti mis facultades. < •
— ;Se trata del porvenir de tu hija!
— Por lo mismo temo comprometerme.
— ^¡ Vicente I exclamen con ira doña Cárn^n^ Iiaciendo un ad^ipan como de quien se reti^ ra á hacer algo extraordinario.
Don Vicente no pudo llevar adelante la resolución que babi^ tomado, y deteniendo á su mujer:
-—Carmen, le dijo, desd^ el principio me repugnaron esas relaciones, y las toleré pot no conquistar tu enojo. Tiempo hace que debíamos dar el paso que ahora me indicas; pero no olvides esto, ése joven lio se casará con nuestra hija, y édta habrá perdido
DOCE LEYENDAS. — 33^
—458— .^ tiempo de una manera lamentable. Le ha.
I)laré; asi lo quieres, mas todo será inútil.
— ¿En qué te fundas? ,
— En que veo mas claro que tú, porque «o es obra mia ese negocio. Pronto me daTas la razón.
I^á conciencia de doiía Carmen le decía tjue don Vicente no estaba equivocado.
» • ,
j . ^
^ • »
^ ♦
VII.
Don Gordiano no habiá perdido el tiempo.
Es verdad qne cjia^íaniente tenia qué satisfacer una nueva exigencia de la criada de Luisa; pero en cambio estaba al tanto de todo lo que llevamos referido. El tocinero se gloriaba ya de su triunfo; ¿qué puertas hay cerratías cuando se llama á ellas con el armonioso ruido del oro?
Hasta aquella época el señor Mantecón no faabia cuidado presentarse ni siquiera con decencia; su aspecto era nada simpático por lo mismo. Pero una vez empeñado en lograr la posesión de Luisa, le fué indispensable ocurrir á la casa de Paul Bergé por un
—460— trajge de los de primera clase. Sin embargo de que el corte no dejaba que desear, don Gordiano estaba becho un cursi completo.
Una tez trasformadó así don Gordiano^ comenzó á hacer el oso á Luisa.
En los primeros días, aquella jdven no se fijó en el señor Mantecón, que pasaba y volvía á pasar por la cera.de enfrente. Luisa era una jdven elegante y de buen gu8t€>, por mas que su familia no poseyese iguale» dotes; ¿cómo, pues, haUa de atraer 8ii^ miradlas aquel hombre vulgar, desconocido para ella^ árpesar de ser duendde U tocinería de aqúe^ 11a oalle? Así trascurrió mas de una sei»^- na, y el buen don Gordiano persistía en su propósito.
El vecindario notó la traáformacion del tocinero, y comprendió que estaba énamorado»^ ¿De quién? No tardarían en saberlo. »
Las jóvenes qu€> por las tardes salían á sus balcones, veían á don Gordiano; las que teman cita con el novio al medio día, también le observaban.
Debemos advertir qUe las jóvenes vecina»
<4^Lu¡3auo la querían. , La. iefi^rvA#.el rc^ ti:iaiQÍento de su familia. era. atdbuido.á un CiXcedQ, de orgullo» c«yo f undameoto no po- ^iaa encontrar. ¿Cuál no seria la mordacidad y la recbifla con que el leecindarío recibid la noticia de qii^^ Lui^. tenia pQv oso al tocinero dpn Gordiai^o?
— Le corresponderá sin duda, decía Mar - garita á Enriqueta su hermana; lo que desea ia Luisita es un marido que ponga coche y le compm lujoso¿ vestidos.
^-^Yo le despreciaría^ contestaba Enri* <}ueta; es un hombre sin cultura de ningunua ^pecíe.
— Parece un payo, exclamaba otra de las jóvenes presentes.
— Y con Lorenzo*** qué sucederá? preguntaba Margarita con un acento qi^ demostraba, ha^ta ddnde eran sangrientas sus ideas.
Lo que pasaba con Lorenzo era lo mas natural del mundo. Pasados los dias ep que el amor es una ilusión que nos fascina, ha- (bia vuelto á sentir y pensáis como sentía y
-—468—*- pensaba ai|uelia noche en que le conocimos Imblandoean Luisa en elZácalo. La imnilia de i>QÍn, ya;Io hemos dicho, era una &u milia cnnri; una fiíniilia vulgat, cuyo trato no podía satisfacer sino á uño de cnsos polios insustanciales que cuando más, Kegan á tener la habilidad de manejar un faetón én et paseo deBucareli* > t i
Lorenzo, aunque no habia roeijbido una educacicm literaria, parque la aristocracia se cuida poco de instruirse^ estaba dotado de excelente sentidk) y sabia algo mas que hablar a las mujeres, de moéos y vestidos. Loren^ zo, en materias religiosas, era despreocupando, y no queriendo pugnar concia famHiade Luisa, absteníase de censurar á doña Cáiv men sus prácticas religiosas.
Pasados, como hemos dicho, los dias ett que el amor es una fiebre, compi^ndid que bajo ningún punto de vista era realizable su ubion con la hija de don Vicente, y comen^ ' z(S á reflexionar sobre la mejor manera de romper aquellas relaciones.
El matrimonio, tal como está instituida
—468— por la Iglesia y el Estado, no ofrece los mayores atractivos al hombre pensador. * Lorenzo era partidario ciego del prineipio filosófico dala disolubilidad del mautrimomo, y si hubiera tenido la iltislraoion s necesaria^ babria. sido el aprfstol mas ferviente . de aque^ lia doctrina.
Sentado en un muelle sofá de su habita-^ cion, pensando nada menos que en la noce-, sidad de una reforma radical en el matriz SQonio, estaba uQá mañana, cuando un criado se lo presentó anunciando que .el señor don Vicente*** deseaba verle.
-*-Que pase á la sala, contestó Lorenzo concalma, al oir al criado.
Breves instantes después, Lorenzo y su presunto suegro, sostenían el diálogo siguiente:
— Grande es la mortificación que experiniento al dar el: paso que aquí me conduce,, comenzó don Vicente, que en verdad parecía muy mortificado.
—No comprendo, repuso Lorenzo, qué mortificación pueda caber en vd» al irenir á
— 4«4— ver á una peirfiona que le estima y le recibe con positiva satisfacción»
— Mas es el caso que '
— Si en algo puedo ser útil á vd., señor, creo que nada me será mas grato que servirle, interrumpió el joven.
Tan fina galantería desconcertó un tanto é aquel buen padre de familia, á quien una esposa llenado pretensiones y de avaricia ponía en el duro trance de invitar al pretendiente de su hija á que fijase el día de la boda.
— Lorenzo» continuó don Vicente; vd. es demasiado inteligente para comprender que no vengo á implorar el favor de vd., sino á suplicarle que hablemos acerca de las relaciones que há poco ó menos de un año lleva vd. con mi hija. Mi señora...... ya sabe vd.,
las madres están siempre anhelando asegurar el porvenir de sus hijas...... y yo no
pocas veces he tenido que sufrir las reconvenciones que se me dirigen por la apatía €on que miro estas cosas.
i — ¿Y.cuál es, en una./paUbra^ el ilei^eo de vd.? Entremos de. llena ea la cues;tioB^
— Mi señora. .'
— ¿La señora de vd. quiere que ^yp.fije el dia de la 'boda?
— Precisamente.
- — ^Pues hé aquí que eso me es del todo imposible. . . '..\ . '
— ^jCaballero!
-;-Si por tal me tiene vd., no debe atribuir mi respuesta á una mira que estoy muy lejos de abrigar. AdetQás, no me permitió vd. terminar la frase; yo quise decir que por el momento no me era dable satisfacer la exigencia dé la señora de vd. '-
— Sí es €ixigencia, es una exigencia legítima.
*-^No lo niego; mas vd., como hombre de mundo, cooipvenderá que cuando se tt*ata de llevar á efecto un matrimonioi en preciso coatar con machas circunstancias que por el momento no creo reunir. Los negocios de Ja, casa
! — Con la caAi nada tengo. que ver; |vd. se casará con Luisa? ¿cuándo? esto es lo que importa.
—^Desearía yo que me dejase, vd. unos días para responder como deseo á las dos preguntas que me hace.
— ^Harto tiempo hemos perdido para sufrir mas dilaciones.
— Don Vicente, yo ruego á vd. qjue movdere su lebguaje. Estando vd. en mi casa^ tengo qué violentarme demasiado para na usar ni una frase siquiera que pudiese herir á vd. "
— Concluyamos, exclamo con energía inusitada el padre de Luisa.
— Sí, don Vicente, concluyamos, repuso tranquilamente Lorenzo.
— O me fija vd. hoy mismo el diá de la boda, ó desde este momento quedan terminadas nuestras relaciones.
— No me opongo, señor don Vicente, á ninguna determinación de vd.; pero sí debo recordarle que hay asuntos que tienen que
6er resueltos por aqueUM personas que están «M6 directamente interesadas en *e}los. Si Td.. porque no le prometo ir hoy mismo á la oficina del registro civil, quiere dar por terminadas mds relaciones con Luisa, se expone á que ella no opine de la misma manera* Acaso las razones que yo le expusiera ser* virían para convencerla de que np por precipitar nuestro enlace podremos ser mas felices. Y como al corazón no puede imponérsele otra ley que la ley del sentimiento, Luisa
. — Está vd. muy equivocado; mi hija hará lo que yo le ordene.
-T-Entonces señor don , Vicente, puede orUenarle vd. á su hija lo que le parezca mejor.
—Sí, le ordengré que olvide estas relaciones en que ño ha hecho otra cosa mas que perder el tiempo.
— Lo que la mujer dehe cuidar no perder, señor don Vicente, es la dignidad y la honra. Creo, como caballero, que Luisa na-
— ^68r-
da ha perdido con aparecer ante I4 spi^i^dad como novia mia. Suplico á vd. ^ae ooq ella sea coa quien bable yq acerca de e$te asunta
* — ^Repito á vd. que ya no queremos seguir perdiendo el tiempo» y qué al dar el paao que hoy he dado, ha .sido de aeuerdo con mi hija. '
— Puede vd., pues, manifestarle que......
-^¿Que hemos terminado?
— Lo que á vd. plazca. Yo sé amar á la ' mujer que tiene voluntad propia, no á la que sigue agenas inspiraciones. Además, la entrevista que aQabamos de tener me per suade, y lo siento, de que entre la familia de vd. y yo, es imposible que puedan existir lazos como los que forma el matrimonio.
Quién sabe cuál hubiera sido el final de tan desagradable escena, si todavía cuando Lorenzo terminaba la^ última frase no hubiese entrado un amigo de confianza que no se hizo anunciar.
Don Vicente disimuló el estado de agita-
—469— cion en que se encontraba, y se retiró pocoa
momentos después.
Bajando estaría la escalera, cuando Lo-* renzo, ebrio de felicidad, exclamo: . — ¡Me be salvado!
• ♦■
VIH-
A la (lesAgvadable^SGetí» qne dejamos referida en, nuestro capítulo anterior, 0iguíeron otras, si ná desagradables, si rid!<culas. - Al darse por terminadas las relaciones amorosas entre dos jóvenes, hay en México, V no sabemos si así se acostumbra en todos los pueblos civilizados, que devolver cuantos ebjetos recibid un amante del otro; libros, flores secas, cartas, retratos, el rizo de la j(íven cortado en momentos de entusiasmo, y cuanto pudiera recordar aquellos días en que todar^ eran protestas de amor infinito y eterno. Mas de una vez, lector <5 lectora, habrás enviado un bulto de esos, uo por conducto
—471— del Express mexicano^ sino con una criada 6 alpna ^¡ga de confianza, Yo, para m^, creo que esa costumbre solo puede ser aceptada por las personas que se respetan nadd mas que por ser ineludible; peí o que repug« .na á todo corasu>n bien formado, es un hecho.
Cuandp se han amado tierna y duicemente dos corazones, hay algo muy triste, algo doloroso ea borrar hasta el último recuerdo raateri^l, que /$^. conservaba de eiSM horas de 6upre|ti^ dicha eii que tanto se sueña, y nos ^parece imponible que lleguen á romperse los 3azos coa qu^^^l dios ciego nos U^gó á unir ^a mejores días. AI abrir la caja en que se dei^ositau flores, y jactas, se exhala un perfume suavísimo qu^ ll^a hasta lo mas íntimo y prof i^ndo de nuestro corazop, y se despierta en nuestro cerebro todo un mundo de melancólicos recuerdos.
Aquellos pensamientos grabados .por la mano de la mujer que nos amara un diai fueTon engendrados por nuestro cariño, son hijos- nuestros, puede decirse, y sin embargo.
—472— tenemos que abandonarlos como abandonarutos á dcieirais mánoá el cadáver de uñ ser querido para noVotros. Si h embargo, bbbay muchas' almas que sienCan asr, y perdonas conozco que se divierten mucho cádá vez que tietíeo necesidad dé hacer el cambio de W prendas del cariño ..*.;.
Noto que toe divago; Volvamos á núestf ó» personaje^. -
irotenzo^recibióloíí ottjettts que eri ioer fiias de BtíB relaeioues í^gald á Luisa, y ésta sns cartas, y 4odo lo qtié «e acostumbra en taI« casos.. Na habiáfya, en el concepto dé la sociedad, -kaú alguno entré aquellos jóvenes, •• -
Luisa, como lo saben nuestros iectoíes, no habia amado 'á Lorenzo cotí efee amor que avasalla^ sino que había seguido* ^íás éu^Stiones de su mamá; por qso, puedo asegurar que sufría poco al encontrarse sin novio. Su amor' propio habia recibido una herida, es vetdád; pero las mujeres tfeneli lá felicidad de olvidar pronto.
Lorenzo ¿para qué detenernos ea
expresar su situacipu, c^s^^do ]-).^j;af;ioa fáliebre que pronuaíieiÓ4^úLteie]i4iicl4i:^¥;de.aqueI amor fué: ''¿M^ he soüsado?''
£11 cuanto á.doáa CárriXk^n^ ijiojpudo disijxmlar el. 'proEuudO' disgusto que.lo oausá el mal éxito 4e la entrevastí^-eutre su uiarido.y Loréu^o. Si yo hubiera - Ido, peficaba dofta Cáriñau^ h&bria manejado ^ste asunto con mayor tino, y babriamos alcanzado un éxito brillante; pero ya el mal no tiene remedio, y preeigo es no perder eí tiempo; Continuaré mi tarea; .Luisa- es bella y se casará \mx^
Doña Carmen no comprendia que el mayor obstáculo que para. la facilidad de su bija existia, era ella que todo lo reducía al
mlculo. > . ' . ' » ; i
Don (gordiano estuvo, bien informado de todp y r^dobj(^ sus esfuerzos. Lacrjada alcanzó muy buenas gratificaciones y 1^ servid ^n empeño. . ^
Tres dias no mas babian pasado después de aquel en que Luisa envió á Lorenzo los documentos Justijicativos de sus terminadas relaciones, cuando fué llAmada por sus pá-
DOCE LEYENDAS. 34
dres para tener una confereacia, que por ser •interesante referiré á mis lectores.
Como siempie, doña Carmen eíra quien se interesaba mas directamente en el asunto.
— Has visto, Luisa, comenzó la p^'esunta suegra del tocinero, que en cuantos amores has tenido^ te ha tocado atgun joven insustancial, incapaz de hacerte' feliz cacándose contigo. La juventud del idia es, eu verdad, poco 6 nadar afecta al matrimoaio, y se necesita por lo mismo que log padi^es de familia intervengan directamente en estos negocios, para lograr establecer á sus hijas. Afortunadamente para nosoti'os, tú eres buena y sigues nuestros consejos. De^otra manera, te verías confundida entre esa multitud de jcSvenes que mudan de amantes todos los dias, porque ninguno de ellos habla formalmente de casarse. La mujer no puede vivir siuo á la sombra y bajo el amparo diel hombre; es como aquellas plantas que necesitan enlazarse al tronco de un árbol fuerte para no arrastrarse por el suelo. Como a nosotros no se nos oculta esto, hemos procura-
—476— do siempre la mejor manera de asegurar tu porvenir — •
— Podemos morir nosotros, interrumpió don Vicente, que estaba aleccionado ya por su mujer, y te verias reducida á la mas triste condición, sin hermanos, y sin parientes ricos que pudieran recogerte después de iraestrols dias.
Para una joven, aquel lenguaje era casi aterrador, y Luisa no s^ daba cuenta de lo que significaba en aquella ocasión.
— Pues bien, continuó doña Carmen, -el señor don Gordiano Mantecón, rico propietario, ha solicitado ayer tu mano, y nosotros creemos que no debes dejar de aceptar este enlace
— Pero vo no amo al señor Mantecón, á quien apenas conozco de vista. .....
— ^¡Amor! repuso indignada doña Carmen, ^amor! ¿quién te ha dicho que la base del matrimonio es el amor? Pala^jrería de los poetas y novelistas; disparates de la juventud, y disparates que causan muchos males á los que llegan íí tomarlos pí)r lo serio. Nunca el
—476— amor ha producido las fortunas, y sin dinero no puede haber familia ni cosa alguna.
-—¿Y cuando te casaste, preguntó Luisa, era papá rico propietario como el señor Mantecón? ¿No le amabas?
— No. se ti'ata de nosotros ahora, sino de tí; una falta agena no debe justificar la propia, contestó doña Carmen, que ya esperaba aquella natural y justa observación.
— CassLndote con el señor don Gordiano, no soto alcanzarás cuanto á tu edad necesita una joven para brillar en la sociedad, sino que también nosotros, fus padres, mejoraremos de condición. Dejaré yo de experimentar tantas angustias cada vez que sufren interrupción los pagos de la Tesorería y trabajaré para cubrir las ai3ariencias y no por necesidad,
— Si de eso se trata, dijo Luisa, visiblemente contrariada ante la conducta de sus padres que pretendían eacriíicarla en aras del interés mas mezquino, — si de eso se trata, entonces me parece iniítil haber querido oirme. Hubieran vdes. resuelto desde elins-
—477— tanté en que el señor Mantecón les habló, lo <jue dreen necesario é indispensable.
—No habríamos hecho mas que cumplir nuestro deber si así nos hubiésemos conducido, repuso doña C*^^rmen; pero creiamos que tú nos complacerías escuchando la voz de la razón, y preferimos que tú misma nos pidieses que concediéramos tu mano á un hombre honrado y digno como lo es el señor don Gordiano.
—¡Mantecón! agi:eg(5 Luisa con acento de marcado desprecio.
— rLa cuestión de apellidos nada significa.
— Me llamarán la esposa del tocinero; se burlarán mis amigas de mí, y todo el mundo se mofara del contraste que hay entre ese señor Mantecón v Lcrezo.
— No lo creas, contestó doña Carmen procurando endulzar su voz; tus amigas aplaudirán esa vida, si, cómo es seguro, el señor don Gordiano te pone una casa lujosa y un carruaje rico para ir al Paseo. La sociedad se burla de las que por seguir los consejos *de una pasión tonta, €e sacrifican, y se redu-
—478— celí á una coudician miseVaBle. Medítala bien, mayores considoraciodes te guardaráu si te casas con don Gordiano; y Lorenzo, que tan indignamente se ba portado contigo, ve* rá que nó era él quien únicamente podia brindarte una buena posición social. Me extraña sobremanera que hoy le ames, cuandote ha burlado.
—Esta conversación se prolonga demasiado, dijo don Vicente; preciso es que nos di* gas lo que en último caso debemos esperar de tí.
-—Pero antes, añadió doña Carmen, reflexiona que si nos obligas á hacer Id .que juzgamos necesario, amargarás loadlas de nuestra existencia y no podremos perdonarte nun^ ca, que hubieses sido una mala hija
Habia tal resolución ' pintada eñ el semblante detona Carmen; pronunció aquellas, palabras con voz- tan solemne, que Luisa^ la. pobre joven á quien hasta aquél día nohablan dejado seguir los impulsos de su corazón, exclamó llorando: «
—Pues bien, podéis hacer, loque deseáis^
—479— pero nunca oiréis de mis labios otra cosa. No exhalaré una queja, cumpliré vuestros mandatos, povque.prefiéro morirme á provocar vuestro enojo.
— Esas lágrimas, Luisa, indican dijo
don Vicente, que ya se estaba enterneciendo; mas doña Carmen comprendió que era preciso no perder la oportunidad aquella y no dejó terminar la frase.
En Ja noche de ese. mismo dia, el tocinero don* Gordiano hizo la primera visita á Luisa.
Tenia dinero ¿necesitaremos decir que
fué tratado como se trata en nuestra socie^ dad á todo aquel que puede realizar un plaoi. dictado por el sórdido interés?
IX.
Creen los que se cítóan como el señor Mantecón, que no neceisitun para fundar uoa familia otra cosa mas que el dinero con que pueden satisfacerse las necesidades de la vida y hasta las caprichosas exigencias de las mujeres.
Olvidáh, 6 no saben que sobre las necesidades de la vida material, hay algo que no se compra sino que se adquiere por derecho de conquista,' ese algo» es el cariño, es el amor que identifica dos seres y funde en una dos existencias.
Se necesita, en verdad, creer que el único mdvil de las acciones de la mujer es el al-
-—481— Kjanzar marido, quien quiera que este sea, para trasponer con ella los umbrales de un nuevo hogar sin haber procurado antes conquistar su estimación y su amor. Dos persoiías hasfcaiay^r indiferentes, moran hoy bajo un misino techo y se ven obligados á complacerse en todo y á guardarse toda díase de consideraciones sin las cuales no se concibe la familia. Y cuando vemoiS que á cada paso se anubla el tíjelo de los esposos mas einU alorados, por mas que esas nubes sedesvanec€ín pronto al rumor de un beso 6 de una caricia, ¿qué no sucederá cuando sin otra base mas que Ja del oro, se eleva, ese templo que én.todo debe ser armonía, en que cada acción puede amargar las horas si no está dirigida á procurar la paz y la felicidad?
. Casar así á- una joven es venderla, confundirla entre el núme*'0 de aquellas desgra-' ciadas que adoptan la carrera del vicio por necesidad, por miseria, y acaban por encontrar placer eunlo que causa ¿su deshonra. ¿Qué extraño, pues, que tan frecuentemente oigamos referir esas faltáis que censuramos
—482— las mas veces sin deteaernos á axaminsír las causas que las produjeron?
Inspírannjie estas reflexiones lo's.sueeso» de que voy á dar cuenta en este capítulo.
^ Tan pronto como don Gordiano obtuYO de ' la familia de Luisa la contestación que á nombre de la jdveu le dieron» anuncia á éata que tenia ya arreglados todos sus negocios, para que en el breve térmiuo de un mes q]aeda^en unidos por la Iglesia y el Estado.,
De esa manera declaró á Luisa don Gordiano su amor, alcanzando, fcomo merecisv esta respuesta: , .
— Estoy riSBudltá á no contrariar la volun^ tad de mis padres; ellos han concedido á vd. mi mano y yo no tengo que decir mas sino que vd., de acuerdo con ellos, puede disponerlo todo para cuando ló crean conveniente.
Una persona mas cuerda que el Sr. Man^
tecony 6 cuando menos algo conocedora del corazón humano, habriá en aquel momento esforzádose^eja atraerse la voluntad de aquella jdveíi; pero aquel hombre no lo pensó así y vse retiró ' satisfecho. ¿Cuándo esa necia
. . —483-^ presunción que infunde la riqueza á las almas vulgares, puede iuspírar un paso conveniente?
Luisa pasó un día verdaderamente triste. Aquel enlace no podia halagar su vanidad femenil; el carácter del hombre á quien iba á unirse no podia corresponder al suyo; su educación era bien distinta; no habia^ en fin, nada que pudiese significar que Luisa iba á ser feliz. r
Entregada á esas amargas reflexiones, derramando no menos amargo llanto, se encontraba, cuando sé presentó en la habitación una de las amigas mas íntimas de Luisü.
— Querida Lola, exclamó al verla; llegas en. un momeuto supremo; tus palabras tal vez calmen la ansiedad de mi corazón.
— ;¿Por qué lloras, Lui^? ¿qué desgracia te aflige, cuando tu mamá me ha recibido plancentera, dicié.ndome que ibas á comunicarme una noticia muy grata?
— ¡Ah! repuso Luisa, la alegría de mamá ha sido comprada con mis lágrimas. ¿Quié-
—484— res saber cuál es esa noticín? Pu^s escúchame:-
Rotas, como sabes, mis relaciones con Lo* renzo á causa, de las exigencias de mi familia, presentóse a solicitar mi mano el señor Mantecón, aquel viejo tocinero de quieh tanto nos* hemos reido al verle . haciéndome el oso; y, asómbrate, Lola, voy á casarme con ese ridículo personaje porque mis padres así lo quieren. ¿No es este ún motivo para liorar, y llorar hasta que se agoten las lágrimas do mis ojos?
— ¿Y es estí\ la fausta nueva que tu mamá me iiulico?
— La misma, Lola, la misma* .....
— No sabes, Luisa, cuan doloroso es para mí ver que te ha« resignado á ese sacrificio. ¡Casarte con un hombre sin educación; con un hombre tan vulgar? Pero eso no es posible; tú del3es oponerte á la resolución de tus padres, puesto que es Contraria á tu voluntad; tú
— Seria inútil todo esfuerzo.
-^Entonces, Luisa, si eres tan débil, si nó
—•485—
tienes la' energía qué en estos casos se requiere, eres di^na de tu muerte. Cásate, y cásate en los momento^ en que Enrique^ tu primer amor,' te dice por mi conducto que puesto que eres ya libre, y debes estar désengañadíi de lo que son los ricos, él, aütíque modesto, puedo . brindarte un porvenir de amor y de ventura.
— 'Es tarde, Lola; conociendo como conozco el firme proposito de mis padres, Uo debo ni por un momento hacer concebir esperanzas que no podrían realizarse nunca.
-I-Reflexiona, Luisa, que Enrique te adora con' toda su alma. No podrá ofrecerte una posición brillante, pero sí digna de tí. Su situación actu-^l es mucho mejor de la •que guardaba en los días en que tanto se amaron vdes.
¿A Qué continuar? Bástenos decir que Luisa con pesar profundo, hizo comprender á su amiga que el sacrificio tenia que consumarse.
Como deben ■ comprender nuestros lecto-
—486— res, el recuerdo del primer amor despertóse en Luisa para agravar sus peuas.
¡Eecordar! nada tay mas triste que comparar con nuestro pesar presente, la dicha disfrutada en dias nvejores.
Dicen que es muy dulce el recuerdo; para mí es §1 mayor de los toiinentqs* .
Dichosos los que saben olvidar porque no tienen nunca que vengarse..,^ • '
Luisa, al encontrarse otra vez sola, al veíse, puede decirse, á la puerta del templo en que iba á enlazarse con uu hombre á quieu no amaba, sino que le era repugnante, pensó en lo dichosa que hubiera sido al lado del joven que hizo'con su6 palabras latir su corazón.
Üara vez deja de operarse en los seres una reacción, en los momentos de una crisis como esta porque atravesaba la her-oina de nuestra historia. La joven que no se sentía fuerte para oponerse á la voluntad de sus . padres, la joven que basta aquel diá conservó puro y sin mancha su pensamiento, concibió una idea sombría, criminal, y fortalecida por
—487— ella, eüjttgó sus lagrimase irguió la frente» y se dijo á sí misma:
—r" Puesto que así lo quieren, será; pero yo también haré mi voluntítd/*
Después sus padres volvieron á
Torla sonriente, placentera, como en Iqs días eu.que uo le habían dicho una palabra acer- •ca de las pr^ensíonps del tocinero. Ignora- 4>an aquellos desgraciados qu^e la aparente alegría de Luisa ocultaba algo que no puede ser cpnocido sino por l^s que han estudiado •«1 corazón humano y saben que este se inclina al tpal^ precipitado las mas veces por ja fuerza de un destino cruel.
Enrique no quisó dar crédifta á las palabras de Lola, y volvió á su antigua costumfaitt de hacer el oso á Luisa.
Durante aquel mes no faltd un solo dia á las horas en que Luisa salía á su balcón. JBlsta le mira .a con cierta dulziura melancólica, y el apasionado joven se forjaba un mundo de hermosas y brillantes ilusiones.
Pero una tarde; al pasar frente á la casa de la hmjer que amaba, notó que habia una
fiesta, y cojno aquella reunión le pareció extraña á las qostunibres* de la familia de Luisa, procurq inquirir lo que sucedia.
Afortunadamente para él, Lola salió al balcón, le vií5, dersapareeió por un momento^ ya poco le hizo una seña para que se aproximase» .Ia
En un diminuto papel euvuiílto en su pañuelo, que dejó caer al j)asar Enrique por debajo dei balcón, le dijo estas breves palabras: • . - , í
"Debe vd.^ re tirarse; Luisa.es ya la. esposa dpi señor Mantecón/' '
Lo que Enrique sintió se coniprei|<ie, pero no es fáciloéxpresarlo.
Pasó lina nocbé cruel, espantosa..
A la mañana siguiente se levantó muy tem^^rano y se dirigió á la Alameda.
¿Qué fué lo que allí pensó, cuando al retirarse dos harás después aparecía resignado y tranquilo?
' \
• ¡Pobre Luisa! Nada hay mas dulce, mas halagador en la vida del hombre, que esa époea conocida con el nombre de lá luna Jls miel. Dos almas enamoradas cuya sola aai^ bicion, cuyo sueño mas hermoso era uniese para siempre, idenlificarse, morar bajo mi ^ niimio techo, entregarse á las éxpanaiones anheladas durante largo tiempo, realizan al . fin esas esperanzas que forman el encanto.de la juventud, y dulce y serena trascurre entonces la existencia antea combatida por la duda, por el temor d por los celos. De eée hogar en que todas son caricias, en que bri» lia el astro de la alegría, parece que se ele-
DOCE LEYENDAS. — 35
90—
va uu himno de gratitud, de prof uudd reconocimiento al Supremo Autor de la vida. Entonces no se teme que los dias traigan en su curso acontecimientos que vengan á nublar el cielo purísimo de ese hogar. Entonces se mira el porvenir a través de un prisma encantador, y cree el hombre que fuera del hogar nada hay mas hermpsu ni que satisfaga las aspiraciones del alma.
No es la vida el océano turbulento cuyas eias nos arrojan sobre los míL-escollos .de qtte jse eaoueatra sembrado;. es el x;pist£(.lÍQO lago en que se retrata uu cielo azul y s^eiio, eaiqua^semimaJas üones y en donde apagan sitised las aves que llenan los (bosques con 1m notas de &as cantos, «lo aprendidos; ' ' ¿Quién, piensa qi^ puede enojar al cielo tanta felicidad? ¿Quién teme' que la dorada oOpa del placer se torne en el cáliz amaigo del tormento?
. Hay en la mirada de los nuevos esposos algo tan infiuitamente dulce, como uaaxeveJacionde que realmente existe el cielo« . El &mor no íes znentira'» la felicidad no es
un sueños las espesaiazas no son una quimersL^ QOS' dúcen esas ixiiFadas «que devFs^man la luz, y que, confesémoslo, jproTQcan la enyi- <lia de Ipp que no^han rozado una felicidad tan completa. ."
if^né acaso p^ra. , nfx^stra . he^oina fAn. seductora la luna de inielt >, ímppisiWe. /Su boda le proporcionó las comodidades y ventajas que se alcanzan con el dinero; tenia muebles lujosos, trages hechos por las primeras modistas de México; su mesa era abundante, no le faltaba nada de eso que forma las ejdgencias de lo que llamamos la vida real. Pero Luisa no ]iabia penetrado á su nuevo hogar conducida por el amor que todo lo embellece; Luisa no podia extremecerse al dulce beso dé un amante apasionado, y en vano aquella alma juvenil hubiera querido encontrar realizadas sus ilusiones y ver que tomaban forma sus esperanzas. Luisa era simplemente la mujer del tocinero. Por eso al comenzar este capítulo, hemos exclamado: ¡Pobre Luisa!
Para ella no hubo luna de miel. Don Gor-
—492— ' dianó había comprendido á aquella j6\en j no podía, por lo mismo, vanagloriarse de poseer su corazón.
Corramos un velo sobre las escenas que no es lícito describir y abandonemos á nnestros personajes para volverlos á encontrar después de un año de la boda.
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XI.
Siempre hemos creído que nada hay' mas peligroso pai^a un hombre, como unirse á una joven cuya edad es en extremo desproporcionada á la suya. Don Gordiano ha ye •* nido á cpnfírmarnos más en esta creencia.
Como era natural, Luisa, cuya educación, cuyo talento, y sobre tocjo, cuya juventud,, formaban un contraste con las mismas cir- -cunstancias en don Gordiano, Uegd á tener ' sobre él un ascendiente que bien podria llamarse dominación absoluta.
Don Gordiano acabd por enamorarse cié- <gamente de su mujer.
Lo que debió servir de base á aquel ma-
—494— trimonio, vino á verificarse después. Sin em^ bargo, era inútil ya; más todavía, era perjudicial la pasión loca de don Gordiano.
No hubo capriclio de Luisa que no fuese satisfecho al punto que lo indicaba.
Un dia, la jdven hizo comprender á su marido que no era decoroso que él mismo atendiese sus negocios, y le pidifS que colópase al frente de aquellos á un pariente pobre que deseaba protejer. Don Gordiano accedió,, mejor diré, cumplid la drden de Luisa^ El pariente pobre de Luisa, no era sino Enríque, aquél joven que yia conocen nuestros lectores.
• Enrique, desde aquellst mañana en que le vimos eu la Alameda al dia siguiente dé la boda de Luisa, habia, sin descanso, puesto^ cuantos medios puede dictar el espíritu de lá venganza, para cautivar á Ta' mujer a quien' amaba, y á quien un rival afortutíádt) había conducido al altar.
Un amante joven, cuya pasión ha sídocorrespondida, y á quien convierten los pa* dres de su 4^ada en víctima, toma ante los-
—áSS —
ojos de. aquella^ propoFciones colosales; la ÍBdaginacioKi lo.hace aparecer, como diguada recompensa y ••••.., y acajbd por sqi* el cái^*.. did&to para el píjmer' adulterio^ : . , ,t ; ' El len:5uaje del -seductor es siempre fldrín doytíérno, inspira simpatía, con I^s desgracias qxie refiere, se hace interesante en grado ¿Ur^ mo. Expresa sus déseos de una manera Va-« gáv poética; . .^■j'. . ' mieütras qué un marido es siempre poí:o espiritual. Y como en Jar mujer domina n^ás la imaginación que la Y&zQny como fácilmente se inclina á la pie-- dad* la ti^qe del que le jura que sin su amojr se dará la muerte, y rio d^l^quoi ha puestldren sus^manod el tesoro' do. la b<]tüta. .... ,, . Enrique.eütrofli la'c^sa deljs^or Manlg^
• » _
co^n^ llamipido por él, q$^í rQgadó, Tanto %§í
Sttpp CQftduprse* 1 ; .. : . , .:,.
x^l pobrq dpn Qo^diniío ei-d, qn la eíjt:eijáftn de.la.pla^ajbva, lo qui^ se llama un pred^§tinacto. , . . .' -. ... »„¿r.«.
L& que. sucedió una vez que Enriquáy Luisa pudieron verse y hablarse 'todoi^. los dias, fácil es graduarlo al entendido lectw^
Si los suegros del señor Mantecón hubieran conservado con él buena armonía, no se habría consumado tan fácil rntotesn des* honra; porque siempre loS'padres cuidaí» de la honra de^ sus hijos como de lasuyapro^ pia. " Pero las exigencias de doia Cá]:ini«n habian hecho terminar todo género de relaciones entre las dos familias.
Luisa, exigente en todo,, no. lo habia sido en este puuto.
No se le ocultaba que la presencia de doña Carmen en su casa, habría sido forzosamente'una remora para el logro de sus plaiies.
^Mientras tantp, Qos intereses de don Goiv diauo menguaban cada dia en vez de pragressÉx. Su capital lío era bastante para sátiracel* las crecidas sumas que en su casa segas-» tabau. Enrique no le habia reemplazado dig« eEsimente en la dirección inmediata de los negocios, j todo hacia temer un fin poco satisfactorio. Para Luisa era todo eso un mis* terio. Don Grordianb continuaba satisfaciéndola; Enrique nada le habia indicado de una ruina próxima.
La sociedad eatera murmuraba de la hon- .z-a ik Luida; don. Gprdiaiii>», cü^^Q^^pel ¡fp podm Ber máe ridíeula aqte ^} ^ páblip9^ r era el Unic0:i^ue águQi^aba las^ relaciooBfl^ ^tk%f^ su dependicüte y Luiaa. Es que la^inujei;. sabe «fingir pasiott y aari&> ea los momentos en que meaqs los fiáente; es.que de esa iníañera pree ocultar á .sml masklo y aüun^á la so^ eíadady las faltas que ^comete, Hadie me ius^ pira mas lástima qu^ un marido de cierta, •^dad á quteía. sa joven compañera acaricia y mima aun en presencia de IcíSiextraños. ^
Hecuerdo al punto >á aquellos papas á cu* yos; ift-aeofi se arrojan loa niSoe y les llenan de be609) después dp bftb^> destrozado algún» objeto» pretendiendo con esas cari.<;ia8 neutralizar de antemrano el efecto que ptulieiia causar su falta una vez descubierta.
Pasaron asi los días y aun los meses. lij^ubes- sombrías iban agrupándose en el anl^^s seittif o cielo de Luisa.
, Dan Gordiano^ viendo ya el mal 'estada de. sos negocios, resolviiS poner su casa bajo un plan estrecho de economía.
Era ya tawife. , i- . - . jLik Q6miotí)ÍBí putídé lográis, ^y e^^ e£ectal(K gra mnciíaiá yeces, el aoreoentami^iitoddl ca^ pital; pero ertandlo éste basido denroohado^ esiüútíl'.' • ' ...''.. ^t) .
Don Gcordiáno e^tafaa^ eam^detamente arruinado, y f áoil es compreoderv ^ que si ríeO' no logró oonquii^r el anuaor xte su esposa, mucho menos podia conseguirlo w los mo.. mentosen que le faltaban Teettrsos hasta pái*a satisfacer el m^sánsígnificaiite de sus ca« prichos femeniles. ¿
La mujer modesta que traspasa los. dinte*- Les da su nuevo hqgar^ lj|/9Taudo por únka ambición satisfacer esa necesidad del corazón que no se juzga feliz, sino cuando con* funde sus latidos con los .de oteo .carazon,, es la que sabe sobrellevar las penalidades de la pobreza y aun de la miseíoá^ coa. una resignación de que el hombre es incapaz; pero la mujer que sacrifica lasmas nobles aspiraciones deKalma por ostentar, ante una sociedad entupida riquezas , más ó menos ficticias, ' pero sí capaces de deslumbar á las deuias
mujeres, busca, aun cuando sea en el vieiot; lá]có¿servációti del lujo que le faídcina. Luu sa perdió toda esperanza de que don €U)rdiáuo pudiese rehaiter su foHuüa, y como; liabia dado ya muchos pasos en la resbalaidi^a pendiente del mal, no se arredró anjteel escfiíidalo: ^lismo. „ ^
üria noche, mientras el dncautQ senor.ManteeoUy agobiado por ^u* penosa situación ha^;. bia lograda quedar pro£undamente.dorn)ido^. Luisa^ acompañada de su amante Enrique,, abandonó para siempre al hombre á quien, habia arruinado. ¿Qué lazo existia que la detuviese?. Ninguno. Ni amaba* á su marirido, ni el cíelo habia puesto de intermedio entre ambois un niño. La naturaleza, cuya, sabiduría tenemos que reconocer á cada paso, parece que ha puesto como un lazo de amor y de catíñb á los hijos. La presencia dé estos infunde cierta virtud, algunaia veces fbríosa, perro siempre útil á esa sociedad que forman los hombres y que llamanios «ía-
trimonio. Muchas veces por no infamar el nombre de sus hi j os, abstiénense las madres
—500— de faltar al deber; muchas veces la figura angélica de un niño influye mas en el ánimo de un hombre próximo á sucumbir al mal, que el temor de un castigo impuesto por la ley. •
Pero yar lo hemos dicho, Luisa ndhabia sido 'madre, y al abandonar al hombre que depositara en ella el tesoro de su honra, no podia extremecerse á la idea. d^ preparar así un porvenir de lágrimas, y tal vez d^. vergüenza á un ser á quien habia llevado en su seno.
Enrique y Luisa retiráronse á, una casa de vecindad, El amante de Luií^a, resignado pero no contento, habia aceptado la situación, sin preever sub consecuencias.
, Ciu^ndo don Gordiano comprendió lo que habia pasada, portóse no como, uvt hombre ofepdido, sino simplemente como una persona de mundo: creyó iinpertinentp é inútil un escándalo, y hasta reconoció que era natural el desenlace de aquella historia. No se le ♦acuitaba que Luisa nunca llegó á amarle, y
que 8Í ujr dia aceptd enlazarse á él, babia sido por acatar la Toluntad paterna.
, , J)on Gordiano, aunque era ignorante en la acepción mas lata de la palajbm, tenia el buen sentido necesario para conocer su etror, y no vio en la fuga de su mujer otra cosa mas que la consecuencia necesaria de tm matrimonio en que no se consulta la edad, ni el amor, ni nada de aquello que forma la base de la sociedad doméstica.
Además, las pasiones son más vehementes, mis refinadas, permítasenos decirlo así^ á medida que la ilus^nwien del espíritu le enseña horizontes que son desconocidos para aquellos que carecen de cultura.
Así, mientras Enrique y Luisa temían que de ün momento á otro la justicia hiciese pesar sobre ellos una ulano de hieiro, don Gordiano pensaba rehacer su fortuna, cosa nada difícil para quien está acostumbrado -á trabajar y no tiene una compañera que invierta en futilidades el fruto de largas horas de tarea. . •
—502— Eso que llaman conciencia, atormentaba •a los amantes^ y no podían ser felices á* pesar de vivir entregados á las dulzuras que pró'pbrciona la refálizacion do esperanzas que .-sé teihia no vev nunca reálizádhs:
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XII.
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Tenemos que volver á hablar de Lorenzo.
El jdveii propietario, cuyas ideas materialistas dimos á conocer al principiar nuestra, narración, en vez de haberlas modificado después de la ruptura de sus relaciones con Luisa, se habla afirmado más y más en ellas. Ni podría ser de otra suerte.
lía juventud rica de México 'está, con muy iharcadas exci^pcioiles, educada de una manera lamentable, si es que educación puode llamarse^ el saber conducir )un tren lujoso al Paseo, frecuentar los caf^ y las cantinas, y no abrir nunca/ uín libro, :bí nó se trata dé ^na nóvela mas 6 meito» picante. ^Buscad
~5Q4— en el seno de las sociedades científicas 6 literarias á los hijos de las familias acomodadas; y os esforzareis en vano. Pretended sostener con alguno de ellos una conversación seria 6 provechosa, y los veréis abandonaras al punto. Habladles del juego, de las queridas 6 de los tragos que confecciona Paul Bergé 6 Salin, y entonces lograreis que os atiendan. Justo es confesar que no ellos, sino sos padres, merecen la censura de las personas ilustradas. ¡Cuántas veces tienen qu^ avergonzarse inte^riormente de no poder siquiera entender, lo qvfi dicen 6 escriben aquellos que no llevan , billetes de banco en la cartera, pero que en cambio escriben su nombre en los anales del progreso moral y .científico de nuestra patria! Lorenizo distraía las horas *de la vida y ^empleaba su;]^n^jen aventuras que UQ sou para relatadas en este lu-
No Bé unia á una joven de igual oondicióti social á la suya, porque par$ fastidiaiBO le bastaba con- su propia' riqueza» ni -^ería luchar con las preoenpaciones de su familia
— 5p5— y de sus amigos etrlazándoso á una joven mo^ desta de la clase media.
No pas(5 muclio tiempo sin que Lorenzo estuviese al tanto de la separación de Luisa * de su marido, y en breve supo cuál era la casa en que se encontraba.
Desgraciadamente abundan esas gentes ^no queremos calificarlas de otra manera, que tío tienen inconveniente en prestar sus servicios, por bajos que sean, á los que pueden recompensarlos desde luego, y no saben dno quieren ganarse el sustento de una manera difícil, peralionrada. Lorenzo, estuvo pronto, en comunicación coa Luisa. . ... .
^.Enrique era pobre, y como er amor de Luisa lé h.^bia emb^argado por completo, no pensó que la miseria llamaría á sus puertas si no se consagraba tí un trabajo constante. Diíi á dii fueron Viosapareciendo las. pocas > prendas que su amante Iiabía llevado consi- <i.óy htvótix que no liubo una íbola para empeliar (¿n e! Montepío, Entonces liuvó la ale-- gría de aquella ca;sa, entonces Us frases de los aniantDs fueron menos .dulces", entonces
DOCE LEYENDAS. 36
—506— coiupreudió Luisa que la mujer que desprecia y olvida su3 santos deberes, se condena á la vergüenza y al llanto. . Pero no era posible retroceder. Si llamaba á la puerta* del paterno hogar, no habria una voz que pudiese responderle: ya su^ padres babian muerto; si se dirigia al esposo ultrajado, se exponía á que por medio de uu sirviente se le ar- 4:ojase con ignominia.
En estas circunstancias dolorosas, Loren- :zo era el tínico hombre á quien Luisa podia acudir. Y en efecto acudid. Noble y generosa habría sido su conducta si^ apartando de la senda del vicio á la mujer que amara, 1© hubiese tendido una mano protectora. No es eso lo que se aprende en la escuela del mundo que frecuentaba Lorenzo. El oro de
'Aquel jdven aristócrata, solo servia para com-
;;j)rar la satisfacción de un deseo.
Enrique amaba á Luisa; pero su desesperación le orillaba al abismo.
Muchas veces, cuando en medio de la calma de la noche, devorado por la fiebre del
iinsomnio, pensaba en su terrible suerte, sen-
—507— i;ia cruzar por su pensamiento la aterradora idea de] suicidio; mas por su bien, estaba tan pobre que no tenia ni una pistola para poner térmiúo á su combatida existencia.
Enrique era hombre de resoluciones violentas. Después de sentirse impotente para remediar los males que le afligian, por inedio de la muerte, desapareció un dia del lado de Luisa y no volvióse á saber de él.
Lorenzo le sustituyó bien pronto.
EPUiOGO.
La mujer que no cautiva al hotíibre sino eon su hermosura, está condenada á su olvido cuando aquella se marchita. Era inuy • joven todavía Luisa, pero habm sufrido tanto, que un año después de los aoontecitnien tos q^ie acabamos de referir, habia . perdido ya aquel encanto irresistible, aquella frescura que poseía cuando la dimos á conocer á nuestros lectores. Lorenzo á su vez la abandonó.
Entonces lloró sus extravíos y buscó en el trabajo la redención. Acudió á una fábrica, y boy figura entre las estanquilleras de la gran casa de Lascurain y C\
Muchas veces la he encontrado en la Alameda cuando se dirige al ex-con vento de San Hipólito en busca de su tarea. Fácil es descubrir bajo aquella humildísima apariencia
—509— á la joven que en no lejanos dias formaba la delicia de cuantos la veian.
Pasaran los años, y cuando la muerte le proporcione el último consuelo, ya ennoblecida por él trabajo, Luisa baja.rá al sepulcro después de haber obtenido el perdón y aun el olvido de sus faltas. Sobrado castigo le impuso la naturaleza al negarle esa inefable dicha que siente la mujer al posaise sobre su frente los rosados labios de un niño, que es la bendición que el cielo concede á la mujer honrada.
El sueño de la Magnetizada.
¡Con qué ternura se amaban Julio y Mari af^
Su amor era esa anhelada felicidad qiie forma la ocupación constante de nuestro cerebro, la esperanza mas duíce de nuestro corazón. Su vida era siempre grata sin, llegar á ser monótona.
¡Qué no habría hecbo Julio porque nunca empañase los ojos de María una lágrima!
María hubiera dado su existencia por evitar á Julio el enojo nías leve.
—512—
Jamás mujer alguna llevó con mas razón «el nombre eucantadov, sin igual, el rey de los nombres: María.
La niña eralnas seductora que un ensae- £o, mas bondadosa que un ángel» mas tieina que una tórtola.
Julio era digno de ella.
Y sin embargo, un dia, aquel cielo de ventura en que solo habiá brillado el astro del amof^ que nunca habla nublado la mas té- -aue sombra, apareció oscuro y triste.
María era demasiado bella, demasiado buena para que el mundo pudiera gloriarse de poseerla.
Julio no podía ser y hacer feliz á María sin que el mundo dejase de ser el valle del «dolor y del infortunio.
María vio partir un dia á su amante para no volver más y la existencia de aquella jo-
ven se agosto
He arrancado la última página de esta historia y. os la he ofrecido como la primera de mi narración.
—SisNo creáis que pueda hallarse en estas líneas la complicada trama de uua novela^ ni ^1 vivo interés que despiertan los dramas sodales, no; este es un rasgH» del libro de la vida, la historia de un latido del corazón. JS,n una época como la presente, las almas
soñadoras, los seres sensibles, hallan en la lectura de los cuadros de la vida del senti-
miento, el oasis que en el desierto encuentra el cansado perégridd. ' \ ■
'Breve ¿^rá mi- telsLtúy cúmé t\xh breve la düraeibn de la f felicidad de JuHo y de Ma^ ría.
Si habéis amado, leedme; pero si no sabéis ^ sentir, os ruego que no tonieis en vuestras manos esta leyenda; os causaría risa lo que no podéis compi^nder.
El que no ha sentido una pasión violenta y desesperada, cree que están locos los que por su mal son víctimas de su corazón.
La casa de María era el nido del amor. . Sus padres, bondadosos y amal>les, fundaban su delicia en el ángel qu^ el cielo les liaLia dado como el mas precioso de los dones. '
La casa en que habitaba María, tenia* un jardín encantador. Frondosos árboles, fuentes bullidoras, aves de dulce .canto y vistoso plumaje, todo había en el jardín de aquélla jdven candorosa y pura como un niño, que si se extasiaba á la orilla de alguna fuente 6 vagaba por aquellas calles i que daban sombra las ramas entretejidas, parecía la ninfa de aquel bosque ó la náyade de aquellas fuentes.
—515— .Así, la vid Julio por vez primera, é inútil «s decir^ que desdq ese instante la adoró con toda 6u alma.
María no habia hasta entonces conocido e0¿> pasión sublimo qiie todo lo avasalla ?f qué embellece cuanto nos- rodea; pero vid á Julio, comprendió la emoción que .su pre* senda le habia causado, y los lazos del amor atarón ambos ca»zone8. ^
Ée amaron: realizaron en la vida el sueño constante de los poetas; se amaron, no\Cón ese amor de los seres vulgares, sino con el aiiiór profundo délas almas superiores.' '. ''
, Xo§ padres de .María supietón al punto aquel amor, y en vez de reprobarlo, pomo con tanta frecuencia lo hacen los padrejs, creyeron que esa pasión era el único goc^ que á María faltaba en el mundo.
Los padres de María recordaban aún con placer las horas de su juventud, y no quisieron privar á la jáven de la ventura infinita que encierra amar y ser amado; para ellos el alma de María era una flor á la que solo
faltaba el perftíñie détieíoi^ dé ütó amor
jSTo amar, no hacer de dos almíffiS üti* té^i lio cxnnpHr eOida tierta ¿on: érmandáto ; de Diosi que .ha píueidto aV.hpmbró en el -mando para amar; era opoa^rse atlas leyes'délana'ituraieea. «•:'••> ' •..!•••. .
Enturbiar lá fuente que retrata el cielo/ cubrir las rosas del valle para ^né el oéfír4Ci no ja be§e, n^gar á dpp idye.n?^ los-gp^ps djel amor^^ra para. los. padres de M^ii^t UjU crimen* . : . ' _
¡Qué felices ^ra^ ^ntpjoees. Ji|IÍQ y M^^ría!
Amar, es la ley santa de la naturaleza: desde la florjhasta el ave, desde los astros Jiasta el. hombre, todo dice que cuanto existe ha sido creado para amar, para sentir esa sublime atracción que. une á los seres.
in.
El padre de María era médico; pero mas que la ciencia de Hipócrates, merecía su constante estudio el magnetismo.
Yo creo;qtíe no ignoráis hasta qué punto liega á apoderarse de ' algunos liombtes la idea de la sublimidad 'y de los. grandes resultados del magnetismo/ Así, no entiznareis que os diga que el buen doctor se ocupaba poco de iá niedicinav si no era en sus relaciones con ese magnetismo tan ensalzado por unos, como vituperado por otros.'
Para unos era un sabio, para otros un locQ*. • , ' ^ . • . S
* En las véladaá del ihvicrao entretenía las horas rodeado de su. buena^Ide su anírelical
—518— María, y de algún antiguo amigo, refiriendo los casos mas extraordinarios de la misteriosa ciencia 6 recordando historias que soliau parecer inverosíúiiles á sus oyentes, pero que 61, puesta la mano sobre el corazón, aseguraba haber leido en alguno de sus autores favoritos. ^
María so sentía dominada por cierto terror inexplicable cuando escuchaba á su pa* dre, y mas de una vez turbó la tranquilidad de su sueño la aparición de algún magnetizado que hablaba de los sucesos que habian de tener lugar en el porvenir 6 describía acontecimientos que se estaban verificando al otro lado de los mares.
Sin embargo, el doctor, fiel á sus princi* píos de que debe respetar la opinión de todos, comprendiendo el carácter de su hija, no intentó convertirla eu médium.
Jamás en presencia de su esposa ni de su hija tuvo lugar una sesión.
ün dia Julio obsequió al doctor con una obra sobre el magnetismo, la publicación mas reciente sobre la materia.
—519—
La elección no pudo ser mas acertada.
Se abismó el doctor eñ la? lectura del nuevo libro, y pasd días enteros devorando sus páginas tina y otra vez.
— Malí a, ¿tendrías gusto en que yo te magnetizara? preguntó á su hija en cierta ocasión el doctor. Hasta hoy no te lo habia propuesto; pero encontrando ya que la ciencia ha llegado á su mayor grado de perfec- <;ion, no vacilaría un instante en hacerlo.
— rSi lo deaeas; .•.•.. pero te confieso que un presentimiento, preocupación tal vez, me dice que he de ser víctima de esa ciencia que te cautiva, y me horroriza
—Como á mí, exclamó la esposa del doctor, sin dejar concluir á su hija.
El doctor no repuso una sola palabra.
♦ . * *
r«r
Xa veaturA continuaba sonriendo á Julio y á Mjiiría. - , ' ,
Cuando el amor no eses'a pasión del alma que hace de la vida, un cielo, nada contribuye tan podero^saniente á desvanecerlo como el trato frecuentejKpero cuando es esa atríjccion^ irresistible de dos sel'és qué no pueden vivir el uno sin el otro, cada día que pasa deja un lazo más que ata los corazones.
Julio no solo amaba con raavor ternura cada dia, sino que los goces del presente, aunque grandes, ya no bastaban á saciar la sed de goces que sentía su coiMon.
—521— t.
Unirse á María para siempre; llamarla toda suya, era el mas vehemente anbelo de su alma.
Nada hay tanr insaciable como el corazón enamorado.
Cuando aun no es correspondido nuestro amor, creemos que una mirada bastaría íí hacernos felices; después no vivimos sino para desear perpetuamente nuevos goces q,ue á su vez tampoco nos satisfaiCeiu -^
£1 que no ha experimentado es^ ansia, ignora lo que es el amor, ó mejor drcbo, no ha vivido.
Pero los padres de Julio, aunque miraban con satisfaccipn la cordura quehabia tenido eligiendo, á María para esposa, querían retardar el enlace, á causa de ser Julio todavía muy joven, y le habían impuesto la condición de quo había de hacer antes un viaje á Europa.
La idea de la separación, aun cuando fuera por un espacio de tiempo corto, atormen- ^^^^^ taba á Julio, pero reflexionó en que era indispensable llenar aquella' condición de sus
DOOE LEYENDAS. — 37
—522— padres, tan cruel para un anaaute, y resolvió emprender el viaje.
Julio, grado á grado, fué haciendo comprender á su amada necesidad tan dura, hasta que llegd el momento de la despedida.
Era una noche serena y perfumada del mes de Abril. La naturaleza entera decía -amor. El cielo iluminado por la luna y bordado de esti*ellas, parecía un manto hermoso destinado á cubrir á IO0 seres que cumplen en el mundo con la mas sabia y dulce dé las leyes del Omnipoteaiíe.
¿Necesitaré describir aquella esoettaí*
Ni el lector lo juzgará necesario» ni mi pobre pluma podría desempeñar tan difícil tarea.
Escenas tieaen lugar en la vida, qUe saben comprender todos los hombres de corazón, pero que nadie puede expresar.
Julio partió con el corazón desagarrado.
Del alma de María se apodero la melaueolia, y llegó á divinizar, por decirlo así, su semblante.
El primer dia de la ausencia de Julio sintid María caer la primera gota de hiél sixbre su cotision.
La vida de la hechicera joveuise habia des. Hzado basta entonces ^tranquila y serena; mas crueles sinsabores le aguardaban.
Misterios hay que en rano pretende des- •cifrar la inteligencia del hombre. Nada existe que embellezca tanto á una mujer como la tristeza. Cuando, la luz de su mirada revela el dolor del amor; cuando parece que <le sus ojos va á desprenderse una lágrima mas valiosa que ia mas bella sonrisa, puede <)ccirse que la mujer se trasfigura en ángel,
—524— que hay en ella algo de la Divinidad, algo que nos hace entrever un cielo.
Las vírgenes de Vinel no fueron nuncsi tan hermosas como Míirfa en los amargosdías de la ausencia.
Ya no corría alegre y bulliciosa en el jardín: si á él bajaba, era para sentarse á orillas de la fuente á aumentar su raudal con sus lágrimas.
De noche, cuando el astro de la tristeza y los recuerdos brillaba en el cielo, María lo contemplaba y le pedia noticias de sú amadoausente.
¿Dudaba acaso de la fidelidad dé Julio?
¡Imposible! María juzgaba el corazón hu* mano por el suyo; para ella el olvido era una palabra inventada por la maldad de algún hombre. .
En efecto, cuando el alma adora á un sév^ se vuelve candorosa. ¿Cómo atribuir á la persona amada la mas fea de las manchas del corazón humano, la ingratitud?
Los padres de María no tenian otro pensamiento que endulzar las horas de su vida.
. —525—
Complacerla hubiera sido su mayor delicia, pero, ¿acaso necesitaba María satisfacer 4ilgun deseo?
Su voluntad hubiera sido omnipotente; á ella nada faltaba si no era el objeto de su amor.
María dejo de amar á las flores. ¿Sabéis por qué?
Porque hablan brotado sin que Julio las «mirase, y su perfume no podia llegar hasta
Entonces reconcentra su cariño en un canoro ruiseñor; le escuchaba horas, enteras, porque, creia así oir la voz de su. amado ausente.
Nada de esto era un misterio para el doctor, que continuaba entregado con fanatismo á su ciencia favorita, y concibid una idea jipara aliviar el pesar de su Lija; magnetizándola, decia él, verá y hablará á Julio.
Pero, ¿cómo lograr que María consintiera?
Si MaríA era bella,'Jas^ obras de t\iÁ máhos^ eran dignas de su beldad. No había preciosidad de esas que forman los adornos de las casas en el estilo moderno, que la inteligente niña no supiese hacer con admirable perfección .
Al ausentarse Julio, se propuso María ir preparando algunos objetos para obsequiarle el dia de sü vuelta; y, ¿por qué no decirlo? para adornar el hogar, el amoroso nido que el destino les concediese.
María trabajaba en tan grata ocupacioQhoras enteras, y sus padres, creyendo que así se distraia de sus tristes pensamientos, la dejaban entregada á esas labores.
—527—
Un día la madre de María estaba en el templo, el doctor en su estudio, María bordaba. '^
De repente lanzó la joven un grito agudo, y los criados de la casa y el doctor que también lo percibió, acudieron al sitio en que estaiba María.
En uno de Icks blancos y pulidos dedos de la joven se b^bia clavado una aguja fíDÍsima que imposible era ya sacar sin hacer una gran ii)cis¡pn.en aquel dedp delicado.
María lloraba de dolor, y cada queja, cada lágrima suya, taladraba el corazón de su padi'e qu^ la adoraba tanto.
Agotó el doctor todos sus recursos; pero en vano.
María, á pesar de la dulzura de su carácter, presa de extraño capricho, á todo se negaba. La idea deque la cloroformasen la. asustaba; temia quedarse muerta.
Cuando volvió del templo la madre de María, creció la confusión: la buena señora lloraba como si hubiese llegado el último lactante de su hija.
—528 —
— María, dijo entonces el doctor; ¿consentirías en que yo te magnetizase para hacerla operación, sin sufrir tú dolor alguno?
María vacilaba; el doctor le dio mil razones, y viendo que ya conseguia su objeto, díjole al oido:
— No solo te librarás de tan agudos dolores, sino que podrás ver y hablar á Julio.
— Consiento, padre mió ; repuso María sollozando.
El doctor hizo salir de la habitación i todas las personas que allí estaban.
La madre de María se retird también, ipreocupada hondamente,' como previendo una desgracia.
VII.
DistiDtad emociones agitalan al doctor y á su hija^
Para él era un positivo triunfo el que había alcanzado, y esto le consolaba, pues extraería sin dolor aquel cuerpo extraño.
María, que tanto anhelaba verá su aman* te, había vencido sus temores, sus preocupaciones, y se deja magnetizar.
Tanto alcanza el amor!
Inútil creo detenerme á describir la escena del magnetismo. *
Muy pocos, tal vez ninguno de mis lectores babrá dejado de presenciar alguna vez ese acto en que comienza el espectador pro-
—530— fano por sonreír maliciosamente y acaba por asombrarse.
María quedó dormida. Entonces el doctor tomó sus instrumentos y con admirable tacto extrajo la aguja y vendó el dedo de su hija,, sin que ésta dejase percibir el más leve movimiento.
Los ojos del doctor brillaban revelaudo su satisfacción; el triunfo habia sido cqmpleto. Iba ya á dirigir alguna pregunta á su hija, cuando ésta dio un grito doloroso.
— ¿Qué vés, hija mia? ¿Por qué te agitas? preguntó el doctor.
— Veo, respondió María con yoz entrecortada por los sollozos^ veo el mar, irritada espantosamente; en medio de ese mar ciiyüs olas se elevan hasta el cielo, hay una gran nave que parece qué va á sumergirse. Las olas se precipitan como montañas que se desploman sobre aquella desgraciada gente que vá en la nave. Los pasajeros, sobre cubierta, lanzan gritos de desesperación entre ellos está Julio, Julio! Ha sacado
una pistola; vá á darse la muerte para no ha>
—531— llar otra mas espantosa en el fondo del océa* no! ¡Dios mió! ¡Julio ha dejado de existir!..........
Imposible me seria trasladar aquí la triste escena que siguió á esta visión de la magnetizada. El doctor se mesaba los cabellos; María habia quedado como insensible. ^t;;^ Salid el doctor de su aturdimiento, y haciendo supremos esfuerzos consiguió que María recobrase el sentido. Al despertar, dirigid la jdvea.ujtia:mii!ada.6omhrU;á cuanto la rodeaba^ oomO quieu buscBi' á^on. temor filgu na cosa.
El doctor /sacó su cartera y apuntó la ho-* ra y el dia en que estaban, sin atreverse á hablará su hija. >
VIII.
"Tan profundas erau las conTicciones del •doctor^ acerca de los efectos del magnetismo, que ni por uti momento dudó de la verdad del funesto naufragio que en su sueño presenció María.
Aquel padre que fundaba la veiítura en el amor de su hija, que se recreaba mirándola, y que no podía permanecer algunas horas sin tenerla á su lado, evitaba, desde el diaen que se verificó la sesión del magnetismo, encontrarse con ella á solas. Temía que le pidiese una esplícacion; creía que iba á consultarle su hija si el tenia en esta ocasión la íiíisma inquebrantable fé que había prestado
—533— á todas las revelaciones de los magnetizados.
La existencia de María era cada vez mas lánguida, cada.dia mas triste.
La pobre jóveu se preocupó tanto con aquel sueño, que deseaba morir de una vez, sin sufrir el inmenso dolor que habría de. causarle el saber la funesta noticia de los labios de alguna persona. Creia aquel sue-^ ño una realidad; pero no hubiera soportado que otro se la volviese á revelar.
La que antes fué morada del placer, tor-. ndse en el santuario de la melancolía; no faltaba mas sino que el ángel de ]a muerte batiese sus alas sobre él, para convertirlo en lúgubre cementerio.
Para el doctor no era un misterio el próximo desenlace de aquel drama sombrío y silencioso.
Para María no era un secreto que sus padres evitaban una explicación; y tampoco ignoraba que su muerte se acercaba.
Un dia entró con gran misterio al estudio, del doctor una persona de respetable aspecto^
—534^
Al verla el doctor, sintió que la sangre se helaba en sus venas.
El que iba á visitar al doctor, era el padre <le Julio.
Estaban frente á frente aquellos buenos amigos, y nin<;uno se atrevía á comenzar.
El padie de Julio enjugó el sudor que brotaba de su frente, contuvo una lágrima que quería asomar á sus ojos, y entregó al doctor una carta enlutada.
Sin leerla, exclamó el doctoi :
— ^Hacia ya varios meses que lo sabia. Ved, dijo entregándole su cartera, ved la hora y el dia en que tuvo lugar el naufra-
gio.
— Pero SI no es posible! exclamo el
padre de Julio.
Entonces el doctor refirió la esceni» del sueño de la magnetizada.
Los dos pareciau presas de un sueño espantoso.
IX.
— Esto es lo que aleauza el hombre que quiere profundizar ciertas ciencias: anticipar sus propios dolores y los de los seres que aman en el mundo.
Asi decia el doctor después de confirmada la noticia del fatal naufragio de Julio, viendo ya muy cercana la muerte de su hija.
Hablan pasado algunos meses.
Una mañana (era la del dia en que debia haberse verificado la boda de Julio y María) la jdven conoció que el momento se acercaba, y rogó que sus padres entrasen á su habitación.
Un rayo de sol bañaba con espléndida luz
—536— el aposento. El ruiseñor de María dejaba oir las notas mas dulces que su garganta había producido nunca. Las azucenas del jardín exbalaban su blando perfume, y embalsamaban la habitación de la jdven moribunda.
— ^Hi ja mia, Julio. .....
-^Queréis ocultármelo porque me amáis; pero yo sh que Julio me espera y que no debo retardar el ir á unirme á él para siempre.
Antes que el doctor hubiese podido abrir los labios para prometer á María lo que ella deseaba, el alma de la jí5ven había vuelto al cielo.
En ^quel instante un blanco celaje opacó la luz del sol, el ruiseñor suspendió su canto, y las azucenas del jardín se doblaron en sus tallos.
El alma de María habia ido á unirse á la de Julio en un mundo mejor. Sus desposo- . ríos se habian celebrado ante el infinito, v el coro de Iqs ángeles habia celebrado el bimineo.
Supondréis que el doctor abandono el magtíetismo.
—537—
Os equivocáis. Desde que María bajó á la tumba, no se ocupó mas que en la evocación de su espíritu, y halló el consuelo que en vano buscaba en el mundo su afligida esposa.
El doctor llegó atener la convicción de que Julio y María estaban unidos en el cielo, y que desde allí le hablaban y le bendecían.
DOCE i:iEYfi3ÍDi.S. — ^
üosetlinday
EMEMOBt&S INTIMAS DE ÜIA JOVEN*]
A JosE G. Malda.
La temporada de 187*** eii San Ángel, ofrecia atraetivos de que en años a'nteriores habia carecido. El poético • pueblecillo de verdes huertas, de sabrosas frutas y de flores delicadas, hospedaba entonces á gi'an nújiierp de dauíaa principales de la ciudad de México, que huyendo del calor sofocante, y deseando abi'ir un paréntesis á la monótona vida que aquí se pasa, iban a cambiar el xe-
—540— lo de Chantilly por el modesto rebozo notcionah
San Ángel estaba encantador. No se hablan dado cita allí las feas, como alguna vez ba sucedido» sino las bermosas, las de talle gentil, sonrisa seductora y ojos hecbiceros; las que apetecian cambiar por algunos meses la grave seriedad aristocrática, por la risa franca, por el placer de espontáneas demostraciones.
A los trenes lujosos había sustituido el asno humilde para los paéeos vespertinos; al pavo trufado y á los calamares de los grai>^ des banquetes, los platillos del país.
Era de ver á aquellas damas orgullosas, de las calles de Plateros, de la calzada de la Reforma y del gran teatro de Vergara, que arrastran caudas de grós^ cubiertas de eneages y de joyas, y que se creen dueñas del mundo, según la pompa y magestad con que caminan, según el desden con que reciben el mas cortés saludo, era de verlas entonces, vestidas de clara musolina, con flores naturales en el seno y en el cabello, en vez de
—Sallas rosas de trapo confeccionadas por Valeria 6 Mdme. Clavel.
Las familias que en México asisten á una representación teatral, sin dignarse escuchar á los actores, aun cuando ún Valero ó una Adelaida Kistori se encuentren en la escena, concurrían en San Ángel á las funciones de una compa^ía que hasta para llamarse de la legua era mala, y celebraban las sandeces del pretendido gracioso, y no se ruborizaban <;on los groseros chistes de un saínete en el que cada frase ataca la moral, y aun mas que la moral, el buen sentido, ó por mejor decir, el criterio de un espectador mediana- :mente ilustrado.
Las jdvenes corriaü de un punto á otro, 4ilegres, como parvada de golondrinas que anuncian la llegada de la» pr¡niayera;.á su habitual mutismo había reemplazado la charla anim£.da y espansiva, y, para decirlo de una vez, aquella porción de la sociedad mexicana, al abandonar sus alfombras y colgaduras, sus trages j sus coches, había aban*
—542— donado, por ei momento, sirs ridiculas pre^ tensiones aristocráticas.
Comprendereis, por lo dicho, que merecía San Ángel ser visitado con frecuencia, durante aquella temporada. ¡Cómo no ir á admirarse de aquella metamorfosis^ ¡p({mo nO' correr en pds de una sonrisa, de una palabra, de un apretón de manos, imposibles en México á la clara luz del dia; imposibles en México, donde hasta las coquetasse vanaglorian de recibir con seriedad á sus amantes!
¡C(5mo no ambicionar ver, una vez siquiera, cabalgando en sufrido asno á la arrogante joven á quien no se ha mirado sino sobre los cojines de un lando, tirado por enormes, potros normandos!
Yo no prescindia de tan hermoso espectáculo, en los domingos, únicos que podía consagrar al solaz en aquella época, pues me retenían en la ciudad las labqres de un diario, vorágine que absorve sin piedad cuanta savia puede contener nuestro cerebro, y que no es otra cosa mas que un campo que regamos con nuestro sudor y que no nos pro-
—543— duce sino frutos mezquinos. Anhelaba yo he llegada del domingo, aun mas que el niñoperezoso que abomina la escuela,'y una ver que llegaba ese dia, me encaminaba al lindo^ pueblecillo que, como un imán de poderosa fuerza, me atraxai Y no era que fuese á disfrutar otra delicia que la de contemplar la? dicha agena. Espectador, que no actor, me* estaba reservado el papel de los que no so» convidados á un baile, y se resignan á mirar
desde la acera de enfrente los giros que forman las parejas al compás armónico y suave de un. wals de Carlos Faust. Yo iba á percibir, desde lejos, puede decirse, el murmulla que producen las pláticas animadas; coni \ quien, viviendo en un puerto/ se. conforma con oir los tumbos de la mar desdfe su habitación lejana, sin pretender bañar sus pies en las aguas del océano, sin tomar una sola de las nacarinas conchas que arrojan la& olas sobre la arena. Y sin embargo, placer suave, dulcísimo, melancólico, me acariciaba entonces. La naturaleza exhuberante de Sfv» Ángel, la tranquilidad de aquellos vállesela
—544— vista de la ciudad de México, cuyas torres y edificios principales se ven en lontananza, todo eso tenia para mí uñ encanto irresistible.
Una tarde me parece que «ra del
mes de Julio, la campana de la estación anuncio que el último tren iba á partir. £ra preciso volver á México, á la ciudad del aire infecto, y sobre todo, á la ciudad en que la politice-manía dá al traste con iosxerebros mas , fuertes.
Cuando llegué á la estación, los wagones estal}an todos igualmente llenos» y como no eran momentos aquellos para esct^r, subí al que encontré mas próximo, instalándome en una de sus puertas, como el centinela en la de un calabozo.
Si quisiera hoy describir los tipos que contenia el w^agon, no lograrla mi pi oposito. Así era de variada la coneurrencia. En uno de los ángulos, iba una jóveñ bellísima: la señorita Refugio*** á quien México entero proclama hermosa, y á quien México entero smbien, acusa de tener sobrado orgullo.
—545— Sus padres estaban jauto á ella, Aquel viaje, incdmodo para mí, dejd de ^erlo desde que la suerte me deparó un rostro tan hechicero que contemplar durante mas de una. hora.
Pasamos Mixtioac, Tacubaya, Chapul topee, y en vez de bajar algunos pasajeros, subían otros que se resignaban á ir en las plataformas, de los wagones. Entramos á la ciudad, y por primera vez, se detuvo el wagón en la calle de Cadena. Precipitadamente, varios de los viajeros tomaron sus paraguas, canastillas de fresas, ramos, y abrigos, y abandonaron el wagón, dejando vacía una gran parte de él. Entre las personas que bajaron se contaba Refugio*** Ocupé el sitio que dejó y siguió el tren.
Al sentarme vi en el rincón un objeto blanco, y me apoderé de él al punto. Segurajuente Refugio**'"' lo habia olvidado. Confieso que con curiosidad inaudita me cercioré de que era un libro manuscrito, y con placer no menor, lo declaré buena presa. La dueña habia partido en su coche, y nadie mas podia justificarme su propiedad.
—546—
Al salir del wagón, llevaba yo, como tesoro encontrado sin pretenderlo, el famoso libro. ¡Cuántos, pensamientos me asaltaron entonces! ¡Cuántas c^ongeturaa hice! ¡Cuan larga me parecid la dif tancia que separaba mi habitación de la plaza principal de México!
Al fin me encontré solo. Andrés, mi criado, encendid la - lámpara, me preguntó si le necesitaba, y se marchd.
El libro decía así en su primera página:
" MEMOBUS INTIMAS. "
Rosalinda***
¿Habrá entre mis lectores uno tari excesivamente severo, que se atreva á condenar el abuso que cometí leyendo hasta su última página las Memorias intimas de Rosalinda?
Es verdad que sabia yo por el mismo manuscrito á quién pertenecía; es verdad que
—547— me constaba que por olvido había sido dejado ett el wagón, y es verdad también que no ignoraba yo ddnde vivía Refugio*** para hacerlo llegar á sus manos. Pero la curiosidad que se atribuye á la mujer, es común al hombre, y ardía yo en deseos de conocer aquella historia..
Rosalinda no era una desconocida para mí. La había reputado siempre como una de las mas bellas galas de nuestra sociedad; me había detenido muchas veces á celebrar la analogía que guardaban su nombre y su persona; sabia yo muy bien que su esquivez proverbial le había granjeado numerosos enemigos; acababa yo de verla pasar junto a mí, en San Angei, sin dignarse concederme una sola mirada, y quería yo vengar á todos y vengarme yo mismo, una vez que la casualidad me brindaba la ocasión de hacerlo.. Además, en descargo mió, debo hacer constar que no pretendí ni por un instante privar á Refugio*** del precioso manuscrito de su
amiga.
Emplee toda la noche en la lectura de las
—548— Me^norias^ y al día siguiente, falté á la redacción, y púseme á sacar una copia fiel de ellas. Así que hube terminado mi laboriosa empresa, procuré y conseguí que Ref ugip*** recibiese el manuscrito, no sin atribuir su hallazgo á un empleado del ferrocarril, conocido mió, para que no se preocupase con la idea de que yo lo habia leido.
Cuatro años han pasado desde el dia en <}ae obtuve, de la manera deBcrita, la copia <}ue hoy vé la Juz en estas pás^inas.
Muéveme á revelar esta historia eL deseo de dar á conocer algunos rasgos físionómir eos de la sociedi'id mexicana; rasgos que han sido copiados con exactitud, sin saberlo tal vez, por una jdven qtíe no abrigaba el pro- ^ pósito de darse á conocer como escritora, sino que quiso hacer simplemente sus confidencias á una amiga. Indiscreta acciou habría sido no suprimir los apellidos y no hacer ligeros cambios de fechas, para desviar al lector que intentase reconocer á las personas que figuran en esta narración.
En todo eso he pensado, y aun he con-
—549— seguido, como se verá más tarde, anudar la narración interrumpida en la última página del manuscrito de Jlosaliuda, con el relato de los sucesos posteriores.
Tiempo es ya de escuchar á la encantadora jóten.
üayo 2a de 1873.
Ayer cumplí diez y ocho años. Todavía estoy cansada á consecuencia de la fiesta que mis padres dispusieron para obsequiarme, y que en realidad no me ha proporcionado el plaóer que ellos apetecían. Por el contrario, me han agitado ayer sensaciones tan poderosas, que creo que vá á operarse en mi un cambio desde hoy. Por primera vez he consagrado algunas horas á la reflexión, y he pensado en el porvenir.
Víctor*** que desde hace mas de un año me sigue á todas partes, dándome pruebas del amor mas fiel, de la pasión mas ardiente; que ha sufrido, resignado hasta el heroísmo^ el desden profundo con que le he visto des*
—550— •de el primer (l¡«a, Víctor logró, yo no sé de qué manera, 6er traído por Luis, mi herniano, á comer con nosotros; y tan exquisita urbanidad ha mostrado, tan hermosas pruehsLS áió de su talento, que mis padres mib nios se han felicitado de haber consentida <][ue Luis trajese á la casa, en ocasión como ésta, á un joven cuya constancia en amarme les importunaba, y en cuya modesta fortuna no podian descansar las bases de un arreglo para el porvenir^ como mas de una vez me hizo comprender mí madre.
La moderación de Víctor, e^mtrastá con la arrogante petulancia de Antonio, (mi novio oficial): la bondad de su alma se revela liasta en lo mas insignificante de sus palahras. Todos, puede decirse así, se enamoraron de él. Hasta Antonio, que al verle llegar creyó que venia á ofrecerle una oportu- • nidad para burlarse de él, tuvo que reconocer el indisputable mérito de Víctoi'. L& colocaron, en la mesa, entre Ama- . lía*** que jura ser mi mejor amiga, y ni¡ madre. Yo.quedé casi frente a él, y Antonio
—551— junto á mí. De las demás personas no hay para qué hablar, al menos por ahora*
Amalia, cuyo novio no estaba presente, puso en juego todos los recursos de su refinado coquetismo, para atraer á Víctor. Este correspondió á aquellos esfuerzos con galaiitería, pero sin interesarse en lo mas mínimo en la empresa á que se le invitaba. Yíctor no quiso ostentar los laureles de una conquista amorosa, sino mostrarse cumplido caballero consagrando sus atenciones á mis padres, y á la concurrencia entera, sin preferir mas que á los primeros..
At^tonio, que tal vez por intuición comprendía que Víctor estaba apareciendo ante mis ojos Superior á él, se propuso sugetarlo á una . prueba de la que no todos saben y pueden salir victoriosos. Le propuso con verdadera tenacidad que brindase por la reina de la fiesta.
— El dueño de la casa, objetó Víctor, opiqa seguramente por la abolición de una eostumbre que pone en serias dificultades á los que carecen, como yo carezco, de dotes ora-
—552— torias. Además, las frases de ua brindis vulgar no merecen ser escuchadas, J3or mas que se les rebusque con ese objeto, y lo único que se logra es fastidiar al auditorio.
— Los pretextos na son malos, repuso Antonio que no quería prescindir de su idea, y por lo mismo, ruego á mi querido amigo el señor don Ray mundo se sirva dar el ejemplo, brindando por lo que mas le acomode.
Mi padre, que era el aludido, quiso obsequiar, aunque con visible repugnacia, los deseos de aquel á quien reputaba su fuMro yerno, y brindó con palabras entrecortadas, dando las gracias a las personas que se babian dignado acompañarnos en aquel dia,
— ¡Ahora vd., ahora vd.! exclamó Antonio apenas hubo terminado mi padre, y dirigiéndose á Víctor. .
—Agradezco la honra que me dispensa vd., concediéndome el segundo lugar, dijo Víctor, y corresponderé á ella de la manera menos mala que me ísea posible, no sin rogar, de antemano, que sean indulgentes con-
migo.
—553—
Tomó su copa, se puso enr pfé y Bablo dirrante algunos minutos, de una manera tan fácil, tan encantadora, tan llena de primorosas flores para mí; de palabras tan elocuentes para mis padres, que tanto me aman, que éstos se conmovieron profundamente, y todos, todos los que allí estábamos, prorrumpimos en atronadores aplausos, luego que Víctor acabó de hablar.
Yo no encontré sino la palabra gracias para manifestarle mi reconocimiento. En cambio, mis ojos le dii:igieron una mirada que debe haberle recompensado de todas sus penas.
Amalia estuvo casi inconveniente en sus demostraciones á Víctor, que le habia cautivado.
. Antonio aunque otra cosa decia, estaba arrepentido de haber dado ocasión á Víctor de obtener un triunfo tan completó.
Yo estaba enamorada. ¿Necesito, acaso, decir más?
Víctor fué tan noble y generoso, que, á pesar de que no se le ocultaba cuál había.
DOCE LEYENDAS. 39
—554— jsido la intención de Antonio, y á pesar de ^ue le lastimaban en lo más sensible de su corazón nuestras relaciones, no aprovechó aquella oportunidad para vengar antiguos agravios. Víctor no pidiá que Antonio brindase.
Cuando terminó la comida, á las cuatro de la tarde, alguien propuso que comenzase de una vez el baile; pero mi padre se opuso diciendo que era más á propósito la tarde para dar un paseo por la huerta del Carmen, y que en la noche bailariamos. Ante aquella voluntad soberana, todas las demás se doblegaron; y con mayor resignación, desde que mi madre manifestó que estaban tomadas las providencias necesarias para que el baile durase hasta el amanecer del dia siguiente.
Al salir en grupo numeroso, temí que Víctor se ofreciese á acompañar á Amalia, que tan á las claras decía que no habia conocido joven más amable y más fino que él; pero Víctor brindó su brazo á mi madre, y mis temores quedaron desvanecidos.
De todos los concurrentes, tal vez Antonio
—555—
y yq éramos los menos placenteros, y cualquiera persona perspicaz lo habría comprendido así.
Formáronse las parejas, tocando á Ama-, lia por compañero, mi padre, que con malicia le dijo: "Resígnese vd. á tomar el brazo de su viejo amigo, ya que su novio no quiso 6 no pudo venir/'
Yo no sé por qué esas palabras llenaron mi pecho de in Jecible satisfacción, y atenúaron el disgusto que me estaba invadiendo.
No referiré los pormenores del paseo; me bastará decir la situación en que me encontraba con mi novio.
Antes debo manifestar ingenuamente que Antonio, me parecía á proposito para marido, según las reglas del círculo social á que pertenezco; es decir, con el dinero necesario para presentarme con lujo, y con la poca inteligencia que debe tener el hombre á quien se ha de dominar.
Mi madre me tenia aleccionada en esta materia y en la manera de conducirme, á fin de que nuestras relaciones no tuviesen otro
—556— desenlace que una boda. Así es que, á pesar de la indocilidad de mi carácter, jamás contrariaba á mi novio.
Antonio, por su parte, aunque era rico,- no creia bastante su posición social, sino que ambicionaba unirse á una mujer de familia más distinguida que la suya, aun cuando fuese menos poderosa, y estaba resuelto, lo creo así, á enlazarse conmigo^ más por esar causa, que por amor.
Llegó la hora del baile.
Víctor se acercó á mí, y me dijo:
— ^Rosalinda, no pretendo que vd. me honre con la primera pieza que va a bailarse. Bien sé que otro mas afortunado que yo, la alcanzó de antemano; pero si no obligan á vd. compromisos semejantes con respecto á las demás, le ruego me designe una.
— La que vd. guste; respondí con afectada indiferencia, pero abrigando la conciencia de que mis ojos denunciaban lo que pasaba por mi ser.
— Ya que vd. deja á mi elección la pieza,.
—557— repuso Víctor, será el primer wals que se toque. ¿Acepta vd?
— ¿Y por qué no una danza? pregunté con curiosidad.
— ^Porque en el wals será vd. mia completamente, al menos en aquellos instantes, respondió acompañando sus palabras de una expresión que jamás podría yo interpretar en sus múltiples significaciones. La danza, continuó Víctor, habla á los sentidos^ y no al espíritu. Arrebatados por un wals, nos parece que él nos lleva en sus alas á un mundo mejor, y envueltos en una nube de encantos y de poesía, respirando el aliento de nuestra <;ompañera, estrechando suavemente su lindo talle, nos conformamos con soñar en la felicidad, los que despiertos no podemos ser felices.
No recuerdo más, aunque Víctor me dijo muchas otras cosas todavía, que lo que acabo de copiar, vago reflejo de sus palabras.
Antonio, quien, como es fácil suponer, bailó conmigo la primera danza, acabó con su manejo de destruirla llama que ya casi
—558— se extinguía, de nuestro amor. Antonio sehabía excedido en la mesa, y al hablar dejaba percibir un fuerte olor á champagne. Esto le rebajó mucho ante mis ojos; pero mucho más aún, su conversación durante la danza. El vino en vez de alegrarle le habia enfurecido.
Haré por recordar nuestra conversación^ siquiera en parte.
— Te prohibo, díjome con tono rudo, te^ prohibo que bailes una sola pieza; ni una sola, ¿lo oyes? con ese Víctor que tan en giacia ha caido á todos vdes. porque habla regular.
— Antonio, respondí; reflexiona que lasconveniencias sociales ordenan que yo acepte la invitación de un joven honrado, quie» quiera que sea, una vez que mi hermano le ha traido á esta casa y que mis padres le han recibido bien.
— Será todo lo que tu quieras; pero Víctor no ha de bailar contigo.
— ¿Te has vuelto celoso?
— ¿Celoso yo? ¿Celoso porque llega aquf
—559— un infeliz que no tiene mas que su instrucción y eso que llaman talento? N(5; no seré yo quien tema á rival semejante. Bien comprendes que si Víctor sabe hablar bonito^ en cambio no podrá presentar nunca á su mujer, en la sociedad, con el lujo y grandeza con que yo puedo hacerlo. Así, no creas que tengo celos; es un capricho que debes obsequiar.
— Me es imposible. Porque ya le concedí el wals que vá á tocarse, y no debo faltar á mi palabra, y por otras razones también.
— Las exijo; habla.
— ^Ni el lugar ni la hora son á proposito.
— Es decir que
— Que cuando estés en estado menos nervioso; cuando se hubiese disipado ya el vapor del champagne que hoy te ofusca, entonces hablaremos, porque ahora tu estada no te permite razonar, dije acentuando con dignidad mis palabras.
Antonio, colérico, nada respondió y se alejo de mí.
—560—
A pocos momentos sonaron las primeras armonías del wals precioso, de Carlos Faust: Las hojas en el aire. Víctor se presentó y comenzamos á valsar.
Pero me siento fatigada, y debo descansar.
Mayo 28.
Me habia propuesto continuar, estas Memorias^ dia á dia; pero no lo he conseguido. >iY tengo ya tanto que referir!
No creía que la palabra del hombre tuviese tal poder; no llegué nunca á imaginar que en unos minutos robados al bullicio de un baile, pudiese decirse tanto como Víctor me dijo mientras valsamos la noche de mi cumpleaños; ni sospeché que él llegase á ejercer en mi seno influencia tan dominadora como La que hoy me domina.
—561— ¡Que no sepa yo coordinar mis ideas! que no me sea dado reproducir aquí siquiera la pálida imagen de aquel discurso florido, elocuente, conmovedor, apasionado! Recuerdo una á una sus palabras; el timbre de su voz, mas grato para mí que las melodías del wals alemán, resuena en mi oido; todavía palpita mi corazón como palpitaba cuando estaba yo en brazos de Víctor, y sin embargo, no puedo referir las impresiones de aquellos momentos supremos para mí; momentos que han dé influir poderosamente en mi porvenir; que han cambiado la faz de mi existencia, dado otro giro á mis iíJeas, y engendrado otro género de ilusionen y esperanzas^ para mi desconocidas hasta ese dia*
.¡Qué hermoso es el amor, en los labios de un hombre inteligente! ¡qué frases tan halagadoras tiene una alma enamorada! ¡cdmo realza ante el hombre la dignidad! Yo esperaba una declaración frivola como todas las que hasta entonces habia escuchado, que no han sido pocas, en verdad. Creí que Víctor me iba á hablar lamentando mis desdenes y
—562—
jurándome que si no le correspondía, seria el mas desgraciado de los mortales y que se suicidaría para poner término á aquel infortunio, Pero lió. De una manera nueva, deliciosamente nueva, me hizo comprender que me idolatraba desde mucho tiempo, antes de que Antonio fuese mi novio, y me convenció de que daba por concluidas sus pretensiones; que si habia procurado concurrir á aquella fiesta, era tínicamente para tener ocasión de decirme adiós, después de darme una idea del amor que yo le habia. inspirado; porque no podia resignarse -á que yo me huniese á otro antes de oir aquella franca declaración, que era al mismo tiempo- un adió». No le sé una frase de reproche para mí ni una palabra que pudiese rebajar á Antonio ante mis ojos- Y todo sin suspiros ni lamentaciones, sin hacerse el romántico; todo con naturalidad, con nobleza, y sobre todo, con talento.
Mi posición no podia ser más difícil. A»- te un hombre como Víctor no quería yo aparecer coqueta, y coqueta vulgar. Mi corazo»
—563— me impulsaba á confesarle el cambio que su' conducta y sus palabras habian hecbo verificarse en mí; pero no encontré la manera de decirlo sin que me expusiese á ser mal comprendida.
Desgraciadamente no hay horas más brevesque las del placer, y callaba yo aún, cuando cesó la música, y Víctor me condujo á mi asiento.
En vano traté de disimular la impresión^ que me habian causado las palabras de Víctor, y tuve que atribuir mi estado, al eternopretexto de esos casos, á una jaqueca.
¿Amaba yo á Víctor? ¿Antonio me era ya indiferente? ¡No! adoraba al pjiraero y Jespreciaba al segundo;
De ello me convencí, gracias al coquetismo de Amalia.
Cuando Antonio, después de la escena que dejé referida, me vid levantarme para valsar con Víctor, se apresuró á ofrecer sus atenciones á Amalia, seguramente con la mirado vengarse. Amalia, sobre ser coqueta, quería á su vez vengarse de Víctor, que no la habían
—564— preferido a mí, á pesar de que habia ella puesto en juego toda sij audacia y toda su verbosidad, y así, mi novio oficial y mi amiga íntima^ valsaron con entusiasmo febril, arruyándose como palomas enamoradas. ¡Necios! no comprendian que ni Víctor ni yo teníamos una mirada para ellos.
Pero lo que me dio la^ medida del amor Olio, naciendo ya abrasa oa mi pecho, fué mirar á Amalia bailando la danza que siguió al wals.
Celos horribles, desesperación inusitada, <lespecho, cuantas pasiones agitan el corazón de la mujer, todo eso sentí. Por supuesto que la jaqueca tomó proporciones alarman-/-^ tes para mis padres. Reflexioné entonces que necesitaba yo revestirme de toda la fuerza de mi voluntad, hice un llamamiento á mi amor propio; me i'esigné á^ tomar una medicina, que bien sabia que era inútil, y declaré á poco que no babia motivo para suspender el baile, como intentaban hacerlo. Afortunadamente nadie comprendió lo que pasaba^ y la fiesta siguió su curso natural para
—565— todos, menos para mí á quien agitaban sensaciones extraordinarias*
A las dos de la mañana cenamos, y después continuo el baile hasta las seis.
Antonio, según sus tendencias, bebid mas copas de las debidas, y tuvo que retirarse del salón.......
Víctor, bailó con Luisa, con Emma, y con Carlota, declarando en seguida con no bailaiia más, porque sin costumbre de hacerlo, estaba ya cansado.
Su conducta para conmigo me preocupaba de una manera inaudita. Estaba enamorado, y prescindia de su amor, pero despues^ de hacérmelo saber; hizo un supremo esfuerzo para llegar hasta mí y esto solo por decirme adiós; por oir una vez mi voz, estrechar mi mano y mi cintura, respirar mi aliento, y después, después nada. ¿Sabría de antemano que la elocuencia de su palabra, que su acento mismo, habian de llegar hasta el fondo de mi alma, y despertar en mi corazón aquel amor que habia Víctor anhelado tanto tiempo? Y si comprendía todo esto,.
—566— ¿por qué alejarse al obtener la victoria? Sin ser vanidoso, sin presumir de afortunado, ¿no es vedad que Víctor, haciéndome simplemente justicia, debia haber visto que al poner en paralelo su moderación, su finura y su talento, con la petulancia, la desjpreocu^ pación y la incapacidad de Antonio, debia yo concederle á él el triunfo? ¿Por qué no pretendió bailar otra vez conmigo, mucho más al notar que Antonio habia tenido que abandonar el salón por
Todas estas y otras mil preguntas me hice, después que el baile terminó, y tal era mi .aturdimiento, que nada pude hallar que satisficiese mis dudas y me guiase por en medio del laberinto de mis ideas, y cada dia que pasa, cada hora, cada minuto, toma proporciones desmesuradas esto que siento por Víctor. ¿Será amor? ¿será únicamente el deseo de vencerlo haciéndole variar sus propósitos? Si amor es, no pensar si no el ser que Jia despertado en nuestro cerebro un mundo de ideas nuevas, dulces unas veces, tristísijnas otras; si esta mezcla de ilusiones v es-
—567— peranzas, sa este anhelo incesante, y este -cambio súbito no pueden explicarse de otra manera ; si el campo, la luz, las flores, cuanto nos rodea, habíanos en un lenguaje hasta ayer desconocido; si el desarrollo de sentimientos generosos, de pasiones tiernas, de cuanto hay de poético, y de sublime en el mundo, se llama amor, amor es el que yo abrigo en mi pecho, y forma mi delicia y mi tormento; me arrulla y me desvela; me trae sueños de ángel y también visiones horribles. Cinco días han pasado desde el de mi cumpleaños, y ni un instante he dejado de pensar en Víctor. Ayer, busque un pretexto para ir á México, porque deseaba encontrar á Víctor en mi camino. ¡Tonta! creí que debia adivinar mis pensamientos, y que, como por casualidad, estaría aguardando todos los dias la llegada del tren. Pero nada. Mis ilusiones se desvanecieron, v en la tarde volvi á San Ángel más triste que antes. Si al menos la temporada terminase en estos dias! Pero nó: tres meses mortales, eternos, habré- «DOS de j)asar todavía en esiQ pueblecijlo que
—568— por su soledajá y su hermosura solo sirve para amar, para forjar ilusiones que no siempre pueden realizarse.
Junio 1 9
Antonio ha pasado ayer el día con nosotros. Desde la noche del baile no había vuelto á hablar con él. Al presentarse, comprendí que algo desagradable tenia que pasar entre él y yo. Hombre de menos que medianos alcances, no sabe, para su propia conveniencia, disimular lo que siente, aun cuando se encuentre rodeado de un mundo de personas. Durante la hora de conversasacion que precedió á la de la comida, Antonio, á pesar de su proximidad á mí, no me dirigid sino unas cuantas palabras que habrían provocado mi enojo si no hubiese yo pensado que el desprecio se hace sentir mas, y es comprensible hasta para los necios.
—569— Mi madre, ag^na á todo ío qíue pasaba en*- tre Antonio y yo, le preguntó qué . oéupacion tan grave le había retenido en México desde hacia muchos dias.
— Los negocios, señora, los negocios; repuso Antonio con énfasis. Figúrese vd, que debian tirarse dos escrituras de la hacienda y casa que últimamente hemos comprado á unos caballeros que están próximos á quebrar, y como en nuestro país, nada se hace en regla, como los escríbanos son tan morosos, hé aquí que hemos perdido cerca de una semana en asunto tan insignificante. Cien mil pesQS han importado amibas fincas: la rústica y la urbana. Algo se habrían remediado aquellos infelices, recibiendo antes sá dinero* Además, aguardaba yo un magnífico tronco de caballos americanos que me tra« jo el paquete de Nueva- York, y que hasta ayer pude estrenar en mi nuevo faetón. Ya vé vd. que me han sobrado ocupaciones.
¿Necesitaré decir que mi madre misma recibid mal aquellas escusas, hijas de la fatuidad, y no las mas adecuadas para sastisfacer
DOCE LEYENDAS. — 40
—570— u una familia que se interesaba por aquel «nte?
En la mesa, Antonio habld de los chismes de México, como lo habría hecho una vieja <ie casa de vecindad. Yo, que tenia fijo el pasamiento en Víctor, continué haciendo comparaciones entre mi novio y él, y á decir Terdad, ansiaba encontrarme cerca de Víctor, escuchando otra vez aquel brindes encantador, y no fastidiándome con la charla insustancial de Antonio. Este, como lo esperaba yo, tal vez por leer algo en mi semblante, preguntó a mi padre, si Víctor habia vuelto á San Ángel, y como se le dijera que todavía no lo verificaba, exclamó:
— Ya se vé, ¡como ha de estar al corriente de las reglas del buen to^o, quien puso los pies por vez primera en una sala aristocrática, el dia del cumpleaños de Eosalindal
— Perdone vd., repuso mi padre; quien olvido esas reglas fui yo, que, cansado como estaba, me retiré y no pude decir á ese joven cuando todos se retiraron que seria eienipre bien recibido en esta casa. Acaso ha visto
—571— eú mi silencio, mala voluntad hacia él, y por eso se ha abstenido desvolver. Confieso que me pesaría sentar plaza de grosero.
— ^Desheche vd. sus temores. Víctor no habrá vuelto por no gastar en la compra de boletos del ferrocarril; creo que e$ pobre y no puede permitirse esos ly,jos con frecuencia.
Mi cólera, porque era cólera la que yo sentia, estaba al estallar, y para evitar qUe aquella conversación se prolongase, le di un curso distinto, y en él continuó hasta que nos levantamos de la mesa.
Fuimos á la sala, y me senté al piano. El dia anterior habia lecho que me comprasen el wals de Carlos Faust, Las hojas en el ai* re, con el objeto de recordar, al tocarlo, los episodios de la noche aquella.
Con delicia me escuchaba yo misma, y hasta creo que consideraba en aquellos momentos que la célebre Teresa Carreno, tocarla con menos expresión que yo el wals de Carlos Faust.
De repente, vi junto al piano á Antonio.
—hn—
Dejé de tocar, y entonces pude cerciorarme de que estábamos solos.
La hora de los reproches había sonado.
— iTe agradan mucho Las hojas en el airela' me preguntó Antonio con malicia.
— ^Muchísimo, contesté.
— i Y podria yo saber la causa?
— No hallo motivo para ocultarla. Desdeque oí por vez primera ese hermoso wals me encantd; después le volví á escuchar con frecuencia^ con igual delicia siempre; y por tíl*. timo, habiendo bailado á su compás, hace pocas noches, quise poseerlo, para ejecutarlo cada vez que desee recordar una de las noches mas bellas de mi vida. ¿Estás satisfecho?
— Me admira tu descaro.
— Antonio, estudia las palabras antes de^ pronunciarlas.
— Bien, ¿y qué? ¿No debo acaso, siendoyo tu novio, desear explicaciones acerca de lo que puede influir en que se rompan los lazos que nos unen? Crees que es un misterio para mí que ese Víctor ha recibido mas
—573—
¿ateacionés de las ^ue merece^ y sobre todo,
que tú, contra mi voluntad no solo has bai-
'lado con él, sino que hfts hecho entremos que
no pueden quedar desapetcibidos?
•—Tú que presumes de fiel observador de las reglas de buena sociedad, pretendiste que yo pasase por encima de ellas. Debia, por «educación, bailar con Víctor, y bailó. Esto ha sido todo.
— ^Algo más ha habido. Armonía celeste, canto de ruiseñores, te parecieron sus palabras.
— ^Lo confieso. ¿Es un delito reconocer el mérito en donde quiera que se encuentre? iQuión otro brindó como Víctor?
— r¿Pretendes humillarme? No lo conseguirás. Víctor, aun suponiéndolo elocuente como Castelar, nó podrá ser nunca otra cosa que Víctor*** y no es una persona de su posición social la que puede luchar, rivalizar
Ksonmigo.
Aquella arrogancia, provoco mi hilaridad. — ^Ríes? '
— rDe más está la pregunta.
—674—
— Cou que es decir que entre Víctor y yo, prefieres á él!
— Antonio, contesté sin dejar de reir, ¿quién trata aquí de establecer paralelos pora decidirse en pr<5 de este 6 del otro? Además, Víctor no me pretende ya, como lo hi ciera hasta hace poco. Te lo puedo jurar.
— Pero tú le amas.
— Si tal crees, poco 6 nada digno es de tí volver á esta casa.
— Concluyamos: soy enemigo de los términos* medios; me gusta poner las cosas en su lugar. Entre ese miserable y yo, debes elegir, y elegir ahora mismo.
— Sí» lo haré; pero antes deseo saber en qué te fundas, para llamar miserable á un hombre ausente que no puede pedirte cuenta de ese insulto; antes, necesito que me digas de dónde nace ese ddio intempestivo.
— ¿Deseas que te diga que estoy celoso? ¡Ah! no me conoces! podría tener celos deun igual, pero de un arrancado, de un pobrecillo de la clase media, nunca!
— ^Entonces
—575—
— El tiempo urge, necesito volver á México en el tren que sale á las cinco. Conclu-- yamos.
— ¿Nuestras relaciones?
— ¡Ah! cómo te ha llenado el cerebro el humo de la lisonja, la palabrería de ese ente! ..,. Ko comprendes que él no puede
unirse á tí, mientras que yo
— Mientras que tú, ni sientes .como él, m ' como él hablas, ni como él sabes, por respeto á esta casa, moderar tu lenguaje, disimu-- lar tu ira, y sobye todo, tom&r menos copaa para no tener que abandonar un baile.. ¿Oiste?
Lo que siguió después, lo adivina, mejor dicho, lo comprende cualquiera.
A las cinco de la tarde, Antonio habla partido.
Yo, no tenia novio.
—576—
Janio 3.
Luego que Antonio se march(5, iiie entregué á buscar úñ medio para que mis padres supiesen, sin gran disgustó para ellos, lo que habia sucedidb. La penetración de que dotó la naturaleza á las madres, vino en mi auxilio. La mia leyó en mi semblante que pasaba algo extraordinario en mi ser, y con es- ►quisito tacto provocó una confidencia. ¿Fui tan afortunada que logré convencerla deque la razón estaba de mi parte, y no de la de Antonio? Yo uo lo sé; mas puedo asegurar que mi madre me escuchó con calma, sin interrumpirme, sin contradecir mis afirmaciones, sin reprochar mi conducta. Apenas hube terminado, me dijo:
— Antonio era un buen partido; Antonio te con venia; pero no pretendemos contrariar tu voluntad, obligándote á enlazarte con un
—577— hombre á quien, por lo que he oido, no amas ya. Por grandes que sean nuestras aspiraciones por verte rica y feliz, no creas que te sacrifícariamos én aras de ese interés. Sin embargo, lo que no puedo ni debo ocultarté, es que ni por un instante debes acariciar la idea de unirte a Víctor. Podremos resignarnos á que no te cases con Antonio, á quien con alguna prudencia de tu parte, habrías retenido; pero jamás, ¿lo oyes? jamás toleraríamos que descendieses de tu posición para llamarte esposa de ese otro joven, que tendrá buenas cualidades ó nó, mas carece de elementos para hacerte feliz. Advertido esto, hablemos de asuntos menos desagradables.
Intenté decir á mi madre que Víctor no tenia ya las pretensiones que ella le atribuia; pero todo fué inútil; las palabras no llegaron á salir de mis labios, porque al abrirlos, me encontré sola, sola con mis pensamientos.
El sueño habria calmado la excitación de mi cerebro; pero en vano quise dormir. No me preocupaba en lo más mínimo el rompimiento con Antonio; parecía que le había yo
—578— olvidado como si hubiesen trascurrido algunos años después de la tarde que acababa de pasar. En cambio, Víctor, estaba fotografiado en mi alma; me parecia que se encontraba junto á mí; que todo lo sabia, y me invitaba á luchar con las contrariedades de la suerte, con la voluntad de mi madre. Después entré á un nuevo orden de ideas. Es imposible^ me decia yo, que quien tiene, como Víctor, tan levantada dignidad, tan firmes convicciones sobre lo que es el amor propio, bien entendido, se atreva á exponerse á las repulsas de mi familia. Además, ¿ojd acaso una sola palabra de esperanza? ¿le dejé entrever algo que le autorizase á pretender mi mano, y le impulsase á tomar una nueva resolución? Víctor, continuaba jo, debe haber interpretado mi silencio como la mejor prueba de que no le amo, y debe también haberme hallado frivola, porque no supe contestar aquella su elocuente relación, aquel adiós sentido que pronunció entre las armonías del wals alemán. En seguida, pO' níame á estudiar una á una las palabras de
mi madre: Víctor tendrá buenas cualidades ó no, mas calvece de elementos pzra hacerte feliz; y me preguntaba ¿cuáles serán en con« ceptcrdé tai madre esos elementos? LahoU' radez, el amor» ¿nada valen, nada significan en la vida? iSolo los ricos pueden establecer una familia? ¿fundará mi madre la felicidad nada más que en el dinero? No debia yo extrañar tanto aquel modo de raciocinar, puesto que no hacia muchos dias que era el mió propio.
Mis cavilaciones aumentaban, mi corazón latia con violencia, y sentía yo que el insomnio, en vez de debilitarme, me dabanue** vas fuerzas, me inspiraba una energía y un valor desconocidos, y me sentía capaz de arrostrar todos los sacrificios por llamarme esposa de Víctor. Por primera vez me atormentaba la idea de que el hombre que me habia amado tanto, pudiese, despechado, buscar en brazos de otra mujer el olvido de mi amor, y juré que Víctor, aunque se opusiese el mundo entero, había de ser mió, mió para siempre.
Así pasé aquella noche, segunda en la. vida, que dejaba un recuerdo imborrable en mi corazón.
Levánteme muy temprano y íüí á vag^r por la huerta. ¡Qué espectáculo tan nuevo se of recid á mi vista! Hasta aquel dia habían sido un misterio para mi las escenas de la naturaleza. Nunca habia contemplado la salida del sol, elevándose mágestuoso sobre los montes, dorando las nubes, besando á las fiores. No sabia yo que con trinos armoníojsos celebran las aves la vuelta del dia, ni habia aspirado el delicada perfume que exhalan las violetas y los nardos á la hora del amanecer. Todo era nuevo para mi, que á las diez de la mañana acostumbraba dejar el lecho, lo mismo en México que en Sala Ángel; y cuando sobre las ramas de un nogal vi dos avecillas juntando sus picos, en actitud de besarse, no pude menos de exclamar: Ad se junturdn los labios de Víctor ú los mioSy cuando á despecho de to<}os seamos el uno del otro.
Lo que entonces sentí, lo que pensé en
—581— aquel instante, ni puedo ni debo describirlo/
Habia yo pasado por una crisis, y al salii de ella mi trasformacion era completa. En breves días se habia efectuado ese cambio en iní; y yo ^o podía dudar que á Víctor lo debía, á Yíctor que despertó en mi alma sentimientos desconocidos, evocándolos con la magia de su palabra; á Víctor que, sin pretenderlo, descubrió un mundo nuevo ante mis ojos: el mundo del verdadero amor; á Víctor que, con decirme adiós ^ me pidió, 6 mejor decir, me obligó á amarle. ^,
Marcaba el hasta aquí á su pasión, en el momento mismo en que encendía en mi pecho el fuego de esa pasión devoradora; callaba cuando sus palabras debían caer sobre mi corazón, como el rodo sobre la flor que espera esos diamantes para engalanarse; partía cuando era ya una necesidad para mi espíritu; procuraba olvidarme en el momento en que yo hubiera dado mi propia vida por hacer su felicidad.
Palabras sin sentido me habían parecido
—562— siempre las que describían en los libros, las bellezas de la creación, las dulzuras del Ainor, y ahora no solo las comprendo, sino que pienso que no se concibe ni puede expresarse, sino sentiri^e lo que el amor inspira. Las armonías de la música son débiles, los recursos dé la poesía mezquinos para traducir ésta sola palabra: amor!
¿Cuántas horas pasé en la huerta, imbuida en esos pensamientos? No lo sé, y en esa embriaguez dnlcísima habrían trascurrido
años enteros sin que sintiese yo su curso. Pero mi madre vino con su presencia á recordarme que está muy lejos el cielo de esta región que habitamos. Afortunadamente mi madre no fué en busca mía para renovar sus amenazas, sino para saber en qué me había entretenido tanto tiempo. Y sin embargo, yo habria querido teiSer ocasión de probar mis fuerzas para la lucha que forzosamente habia de estallarse^ más tarde 6 más temprano. Me consideraba capaz de resistirla.
La niña se habia convertido en mujer
—583— fuerte, y la mujer ambicionaba ostentar de una vez su energía y su resolución.
Se me olvidaba decir que mi padre se encontraba en la ciudad desde el dia anterior á la ruptura de mis relaciones con Antonio, y que le esperábamos en ese, cuyos recuerdos estoy apuntando aquí.
A la una, cuando íbamos á sentarnos á la mesa, llegó mi padre. Pero cuál no seria mi sorpresa al ver que no venia solo, sino en franca y animada conversación con Víctor.
— Figúrense vdes,, dijo al entrar, que el £eñor, que no me conoce sino superficialmente, dio una interpretación falsa al olvido que padecimos con no ofrecerle nuestra casa cuando la honró por vez primera, y que debido á eso no se atrevió á volver. Como si yo me atreviese á cerrar á nadie mis puertas, y mucho menos á quien es tan apreciable como el señor.
— Señor, mil gracias, contestó Víctor, con visible mortificación.
— Nada, amigo mió, continuó mi padre, luego que Víctor hubo saludado á mi madre
—584— y á mí; no debid vd nunca confundirme con esos aristócratas, que porque tienen dinero^ se creen con derecho á faltar á las reglas mas triviales de buena sociedad. Pero el mal está remediado, según entiendo, desde el momento en que yo mismo he ido á buscar á vd. á su ca^a para traerlo á la mia. No hablemos más del asunto, y á comer como buenos amigos.
Yo siempre he amado á mi padre, pero al oirle expresarse así, ai deberle la inmensa dicha de ver otra vez á mi lado á Víctor, mi amor rayaba en idolatría, y me hubiera arrojado á sus brazos y cubierto de besos 8a frente, en señal de gratitud, si no hubiese reflexionado que no debía hacerlo.
Comimos, y después pasamos á la sala.
— Víctor, dije yo que hasta aquel momento no habia encontrado una oportunidad para significarle que era yo otra; Víctor, en prueba del placer que he tenido al volver á ver á vd. en esta casa, voy á tocarle Las hojas en el aire, wals que he aprendido des.
—585— pues del baile á que conciiriiü vd. ¿Acepta vd?
— Me complacerá lauchi), y nunca olvidaré la bondad de vd.
— Pues al piano.
Razón tengo para admirarme de la empresa que he acometido, al tomar la pluma para escribir estas Memorias.. Me falta todavía .muclio qué contar, y na tengo alientos pai a hacerlo. Conl*nuaro mañana.
Junio 4.
Víctor, de pié junto, al piano, con el pretexto de voltear las hojas de la partitura, me escuchaba con arrobamiento. Mis padres hablaban en el estrado con animación, y creo que no se ocupaban de nosotros. A aquella pieza siguió otra, por indicación de Víctor,
DOCE LEYENDAS.— 41
—586— y en pos una á cuatro manos^ que tocamos él y yo.
;Qaé dichosa me consideraba, viéndome así, tan cerca del hombre que llenaba mi corazón y mi pensamiento! Después, era forzoso, abandonamos el piano, y la conversacion se hizo general entre los cuatro.
Mi madre estaba contrariada; pero nadie Tipas que yo podia comprenderlo;
Víctor, sin ser locuaz, sostuvo largo tiempo la conversación, revistiendo de interés lo que en otros labios habría parecido cansado y fastidioso.
El sol habia declinado, y mi padre quiso que diésemos un paseo por la huerta, con el fin de que Víctor la conociese. Ofreció entonces su brazo á mi madre, y ésta aceptaba gustosa, cuando mi padre se interpuso, diciendo:
— Los viejos, con los viejos, y los muchachos, con los muchachos.
— Será como vd. ordena, exclamo Víctor. Asuntos graves estaría comunicando mi
—587— padre á su compañera, cuando ésta consao¡:\ » toda su atención á su marido.
Nada hay más cierto que aquello de j^ara cometer torpezas, un enamorado.
Sin venir al caso, hablé de Antonio á Víctor, luego que me hallé á cierta distancia de mis padres, y ai punto comprendí que Víctor me amaba todavía; pero que temia sufrir una repulsa de mi parte. Adquirir este convencijíiiento y hacerle una confidencia, todo fué uno. Procuré condensar en breves palabras la historia que ya tengo narrada, y más de una vez sentí cómo se estremecia Víctor, y cdmo iba disipándose la nube sombría que se miraba en su frente, desde hacia más de un año.
Yo no sé sí la fortuna, d la fatalidad, nos condujo á aquella pendiente. Mil veces me he reprochado la ligereza de mi conducta; mil veces he bendecido aquella que será una inconviencia pai*a los que lleguen á saberla; pero que para mí no merece ptro nombre que la explosión, imposible de evitar, de un volcan hasta entonces ignorado.
—588— Víctor, con un candor que apenas puede concebirse, me pregunto.
— Pero vd., ¿por qué ha hecho todo esc?
— Porque amo á vd., y quiero que me perdone lo mucho que le he hecho sufrir, contesté con una franqueza de que pocas mujeres se han atrevido á hacer uso.
Jamás una confesión como la mia fué mas espléndidamente recompensada: jamás oido de mujer percibió un himno de gratitud, mas elecuente. Víctor era ante mis ojos, no un hombre, sino un Dios, y yo no me habría cambiado en aquellos instantes por la reina mas poderosa de la tierra. Amaba y era amada- ¿Qué mas podia yo ambicionar?
Pero Víctor tenia que partir á las seis de la tarde, y fué forzoso separarnos. Antes, nos juramos amor eterno, y me prometió volver muy pronto y escribirme antes.
Tantas emociones en tan corto espacio de tiempo tenían fatigado mi espíritu, y busqué en el sueño el reposo que necesitaba. Pero el intenso placer, lo mismo que la aguda pe-
—589— Niia, producen el insomnio, y no logré conciliar el sueño aquella noche.
Al día siguiente, mi madre, reconoció en ' mi semblante las huellas que el doble insomnio liabia dejado allí, y pareció alarmarse. Procuró desvanecer sus temores, y ella^ tuvo á bieUi no hablarme* de Antonio ni de Víctor,
Ko pasaron muchos dias, sin que mi padre notara que el primero se habia alejado. Me preguntó la cftusa, y no vacilé en decírselo.^
-rMe parece ínenos malo este desenlace, me dijo, que cualquiera otro. Antonio, aunque posee un caudal digno de tenerse en cuenta, es un calavera que, si no cambia de conducta, acabará por ser un borracho.
Decididamente, mi padre no profesaba las mismas ideas de su esposa. Para él la honrodez era el mejor blasón; para mi madre: el oro. Así, era racional suponer que se habia de declarar defensor de Víctor, al iniciarse la lucha.
Esta comenzó con motivo de la tercera visita de mi nuevo novio.
—590— Como nada hay mas difícil de disimular que el amor, mi madre, sia necesidad de pedirme explicaciones, se cercioró de que entre Víctor y yo existia ya una unión estrecha, y se propuso contrariarla con todas sus fuerzasMi madre, aunque llena de las preocupaciones de familia, tiene talento, y sabe encontrar el medio más á propósito para con^ seguir el fin que una vez se propone. Conocía mi>carácter y el de mi padre; por lo tanto, ni pretendió convencerme con razones> ni intentó aliarse á s^ marido. Fingia no comprender lo que pasaba, y aplazó para mas tarde la declaración de las hostilidades: Necesitaba antes estudiar á Víctor para herirle á fondo.
Víctor, es excesivamente digno, y á la menor indicación de un menosprecio, es capaz de prescindir hasta de la existencia, antes que dejarse humillar. Nadie respeta como éF á todo el mundo; pero tampoco hay uno que sea mas susceptible que él en materia del' respeto que cree merecer por esa misma, causa.
—591— !Xii madre, no paso mucho tiempo sin profundizar el carácter de Víctor, y una vez que conoció cuál era su lado vulnerable, allí di -
rigid sus tiros.
Junio 10.
Seis dias hace que no puedo escribir una sola página de estas Memorias. Y no es porque en esos dias hubiesen faltado sucesos* que están íntimamente ligados á la historia de esta época de mi vida que me he propues-^ to escribir, sino porque la felicid^-d me ha embargado de una manera tan completa, que no me ha sido dado encontrar palabras para contar mi felicidad. He leido no sé ddnde, que la tristeza, propia 6 agena, puede describirse; pero que la dicha propia solo puede sentirse y nunca expresarse bien. . Nada hay mas cierto que esa observación. Por lo
—592 — *que a mí toca, (Igbo confesar que me encuentro tan dichosa con el amor de Víctor, que no quiero perder un solo instante recordando lo que pas(5 ayer, si no gozar hoy con escucharle» con adivinar sus mas ocultos pensamientos, con adorarle como no llegó á sospechar que supiese hacerlo la jdven insustancial, educada según el uso actual entre las familia que son como la mia. Me encanta considerar cuál no será su sorpresa al hallarme rendida, tierna, y tal. vez hasta elo- <5uente. Pprque su amor me ha trasfigurado; yo misma conozco que siento y pienso como no sentia ni pensaba antes de amar á Víctor; yo misma ignoro de donde he tomado las palabras con que le expreso mi ternura y la resolución de luchar si es preciso, pai^a Hamarme su va.
Aj'er, luego que partió en el tren, corrí á mirarme al espejo y me vi bella, seductora, con expresión tal de felicidad en los ojos, con rosas tan lindas en las mejillas, que llenado orgullo exclamé: "Con razón me ama Víctor." Quédeme un instante contemplando-
—593— tne, y dije después: " A Víctor debo esta hermosura; yo Dunca me iiabia juzgado hermosa, aunque mil veces me habían repetido que lo era."
Cuando Víctor se vá, mi mayor placer <50usiste en mirar su retrato. InducJ^blemente pensaba en mí cuando se lo hicieron, y su faz varonil, su enérgica mirada, se suavizaron^ y todo su semblante se revistió de un brillo de grandeza y superioridad que en otros no he visto.
Todos los dias, en vez de hacer visitas, como acostumbraba yo hacerlo, consagro algunas horas al paseo de la huerta, que es extensísima; porque así, con el pretexto de obsequiar los deseos de mi padre que funda la salud en el ejercicio corporal, camino sin cesar de un punto á otro, recorro* todas las calles de la huerta, examino todas las flores,
y .en todo creo fijarme, cuando solo
pienso en Víctor.
La temporada toe habia parecido eterna y fastidiosa hasta el dia de mi cumpleaños, y desde entonces aeá, tiemblo y sufro cuando
—594— recuerdo que en breve nos volveremos a México. Víctor me ha dicho que si es verdad' que en la ciudad podremos vernos con mayor frecuencia, en cambio no lograremos hablar sino muy pocas veces. Tu familia volverá á sus antiguas costumbres; las exigencias de la capital son muchas, y sobre todo, me decia, la vanidad que hoy está dormida, despertará altanera, insoportable, y nuestro amor sufrirá, como sufren las plantas, cuando una Ui^via frecuente no las riega en la época de su crecimiento.
Víctor tiene razón al hablar así. Yo misma le he indicado mis temores de que suce-^ dan á estos dias de ventura, amargas horas de ausencia. Es verdad que nos hemos prometido escribirnos todos los días que nos sea imposible hablar; pero esto no será bastante.
— Mis padres se acuestan temprano, le dije hace tres dias — así, no habrá obstáculo en que hablemos por él balcón á las diez de la noche, aquellos dias en que no me visites.
— No, Rosalinda, contesto Víctor, yo no puedo exijix'te que hagas eso.
—595—
— Es cierto que nada me exijas. Yo soy quien te lo propone.
— Te adoro, como sola tú lo sabes. Rosalinda; no gozo sino al mirarte y al oir tu voz; pero no me agradaría que por complacerme, tuvieses que confundirte con la mayoría de las jóvenes mexicanas. Esas conversaciones nocturnas, por el balcón, hablanr muy alto en contra de los amantes. Voy á explicarme. En primer lugar, todo el mundo piensa que la jdven está burlando la vigilancia de sus padres, y menospreciando sus mandatos: en segundo, aparece que el hombre lá obliga á cometer esas faltas por hacer alarde de sus relaciones. Además, Rosalinda, hay muchas gentes que no teniendo asuntos propios en que ocuparse, se entregan á fiscalizar los ágenos, y puedes estar segura de que todo el vecindario vá á encontrar una diversión en nosotros y vá á ponerse á escuchar nuestras pláticas. ¿Crees que podamos decirnos en esas noches, cuánto hemos sentido y pensado hasta aquel momento? El amor, Rosalinda, funda en el misterio el
—596— mayor de sus encantos, y hablar por el balcón es publicar nuestros amores. Yo quiero verte circundada de una aureola de respeto y de consideración, y no habría de exponerte nunca á ([ue te juzgasen, como se juzga casi siempre á la mujer en nuestra sociedad.
— ^Pero al menos pasarás á vertíie? le pregunté llena de ansiedad.
— ^Pasaré, te lo prometo; mas no me quedaré horas enteras contemplándote desde el zaguán de enfrente. Gozaría, es verdad, al mirarte; pero creo ridicula esa costumbre, y mucho más cua.ndo se puede entrar á la casa.
Yo, á pesar de que estaba acostumbrada á hacer lo contrario que Víctor decía, no pude menos que reconocer la justicia de sus observaciones, y resignarme á adoptar nuevo género de vida. Abrigaba yo el firme convencimiento de que habría en último caso acatado mi voluntad, aun cuando fuese contraría á la suya, y confieso que hubo un instante en que cruzó por mi pensamiento la idea de sugetarlo á aquella prueba; pero no
—597— lo hice porque reflexioné así: **Si Víctor simplemente hubiese pretendido ostentar su conquista, en vez de evitar que hablemos por el balcón, me lo exigiría él mismo." Entonces, para expresarle de alguna manera mi gratitud, tomé su mano y la estreché con amor.
Jupio lo.
Habia yo oido muchas veces que las personas preocupadas 6 supersticiosas, atribuyen al número 13^ una influencia fatal en los sucesos de la vida, y cuando alguien dccia que habia experimentado en sí mismo los efectos perniciosos de ese número, me burlaba de la persona que proclamaba semejante absurdo. ¡Quién me hubiera dicho entonces que una triste casualidad habría de afiliarme entre los preocupados y supersticiosos!
—5dS— Mi madre, me llamó á cuentas ayer. Como ya la esperaba, no recibí sorpresa alguna, y siguiendo los consejos de Víctor hablé franca y lealmente. Confesé nuestras relaciones, sin ocultar el menor detalle, y declaré que no liabria en el mundo poder bastante á romper los lazos de nuestro amor.
Escuchóme con calma aparente, mi madre, y cuando hube terminado,me dijo:
— ^De la misma manera que yo te he oido, sin interrumpirte una sola vez, así has de oirme.
— Lo proQieto.
Más de una hora duró aquel sermón. Así y no de otra manera debo calificarlo.
Todo él se redujo á probarme que la mujer debe sofocar los sentimientos de su corazón, cuando han sido despertados por un hombíe de escasa fortuna; que debe prefelirse á aquel que, mejor que otro, puede rodearnos de requizas; en una palabra, que debemos apetecer, cgmo en la zarzuela de los Sueños de oro:
—599—
Un marido millonario Aunque sea un animal.
Enseguida, exaltándose, como jamás lo üabia hecho, juró que me condenaría al desaprecio y borraría de su corazón el amor que me profesaba, si persistia yo en mi propósito de unirme á Víctor. Ni uno solo de sus argumentos me pareció razonable: el interés será elocuentísimo para los avaros, pero no sabe persuadir á los enamorados. Tentada estuve á replicar, porque creia salir victoriosa en el terreno de la razón. Habria sido inútil, por una parte, y por otra, habia prometido no interrumpir á mi madre.
— Y bien, me preguntó, cuando se hubo agotado el arsenal de sus argumentos, y amejiazas, ¿opinas aún como opinabas antes de oirme?
— ^No solo, contesté, sino que a} adquirir el convencimiento de que el único defecto de Víctor, para vd., es no poseer la fortuna de Antonio, creo que ni Dios mismo puede reprobar que le adore con toda mi alma.
—600—
— Consulta á tu confesor, repuso mi madre. Hoy mismo debeó hacerlo, y después volveremos á hablar.
— Pero el Padre X*''^* esta en México y tcndria yo
— Se encuentra en el Carmen 1103% interrumpió mi madre.
Comprendí entonces que ella había tomado sus medidas, y aparenté resignarme.
Mi resolución, sin embargo, era la misma.
Fui al Carmen, y encontré al Padre X***
Debo advertir que este sacerdote, cuya virtud respeto, vivia, puede decirse, de las limosnas que mi madre le daba.
El Padre estaba de acuerdo con mi madre y con Antonio.
Así lo comprendí al momento, y así lo habría comprendido cualquiera, si le hubiese escuchado, No hizo otra cosa mas que repetirme el sermón de la mañana, y hablarme después de que Víctor figura en el partido liberal, de que es masón, y no oye. misa ni mucho menos se confiesa.
— ¿Pero es honrado? me atreví á preguntar.
—601— .
r—Lo ignoro; solo sé que es impío^ contestó er Padre X*** y que no podrá casarse conforme á los preceptos de la iglesia catdli* C2L, y que arrastrará á vd. al abismo del infierno.
Por el momento me turbé, y solo pude, después de un rato de silencio, decir á mi confesor:
—Yo haré que Víctor se convierta.
Después volví á casa, y noté que mi madre me aguardaba con ansia. ^ -rSupongo, exclaxnó cuando estuvimos solas, que habrás entrado en lazon.
— ^Madre mia, contesté; lo que ha conseguido vd. no ha sido otra cosa que enseñarme hoy lo que ayer ignoraba.
— iCdmo!
— ^He visto á un sacerdote, respetable por mil títulos, convertido en agente de las pasiones de loahombres. fel Padre X*** me ha repetido cuanto vd. me habia dicho ya, y
hasta se ha atrevido á hablarme en noml^ré
de -Antonio. ¿Es aqaso el oonfesion;ir.ío .ptira denigrar á. unos y ensalzar á otros? ¿EJl sa-
DOCB LEYENDAS. — 42
—602— <5erdote, cumple sus santos deberes, poniéndose del lado del poderoso para abatir aldé-^ bilí Pues que, ¿no ese mismo Padre ha pve - dicado delante de mí la humildad? Entonces» ¿porgué. hoy me ha ponderado tanto la posición social' de Antonio? ¿No dicen que no hay obra más meritoria que la de volver al buen camino á la oveja descarriada? S^ Víctor es ipason» si no oye misa pi se confiesa, ¿por qué no me conceden la gloria de conducirio á esas prácticas?
Nada me respondi/J mi madre, abrumada por el peso de mis preguntas. . ^ , :
'En el resto del dia no me dirigió la.palabra. . ,
Pasé una noche cruel, pensandp que al día ^siguiente Víctor debía venir, pues así me lo había prometido, y era probable que, estallase,entonces la cólera de mi madre. ,
Bajo estos aui^picios atpanecio para mí el dia 18 de Junio, ^s decir, el dia de hoy.
No tendrá razón de ser esa conseja que
atribuye penas y desgracias ala comhinacion
^e UA uno, y un tres; pero-es lo cierto, qxre
r-603—
el dia más negro de mi vida, ha sido el dia de hoy. -■■■-■ : .,
' Serian las (res de la tarde, cuando Víctor entró. . r . .
: Acabábamos de leyaut^rnos üo U m^sa/mi madre y yo, que no habi^n\ciS;Crv^zadOr iina sola palabra durante la comida. ,
-Iba á- sentarme al piano», ] cunndo. ella me dijo cpi> tónq áspero: .- ,,-^ . ,,.* - . -^Si pretendes fastidiaruíe .una vez más con el wals alemaiji^ me- retiraré.
— ^Iba á tocar la linda serenata de Schüber,
-^Todo me es indiferente, ag^'^gái loúnico que me cansa y hastía es el consabido wals.
Nada respondí, porque en aquel instante anunciaron ^ yíctor. .
—Que pase, dijo mi madre al, criado; y dirigiéndose á mí^ agregd:
— Puedes comunicarle hoy mí resolución. Al efecto, dejaré á vdes. solos ¿Igunos minutos. • » '. ■ ^
Con algo más que frialdaJ, correspondió mi madre al saludo de Víctor. A poco, bus-
—604— có un pretexto, y nos dej<5 solos como me hs^ bia prometido. .
Sin perder tiempo, comuniqué á Víctor loque pasaba.
Me escucIiiS con visible emoción, y cuando hube terminado, dijo:
—A todo estoy resuelto; no habrá sacrificio que por tí no ha^a, si se eitceptúa él de ^¿Jm. U» h^bre ,üe se hunrflK desmerece ante la mujer misma por quien se resigna á sufrir esa humillación.
Nos hicimos mutuas protestas, y nos fortalecimos con ellas. A poco, volvitS mi madre.
Ko bien hubo tomado asiento, cuando aboráó la cuestión:
— ^Rosalinda habrá dicho á vd. ya, que....
-SÍ,«8orm.,«erep™,l»y4..a.mpr.
— Más todavía; que estoy resuelta á poner término á egas rel^cipne? que á nada bueno pueden conducir.
•^No comprendo, repuso V íctor, cuál sea el sentido genuino de esas palabras
— ^Me explicaré con claridad. Mi hija na debo corresponder al amor de vd., porque
-^Há nó podrá ser nunca' su espos^. Creo que me hahri vd. jra comprendido; ; '
-H-Sí jr no. Desculjro la vol^nt^d de vd.; ;pw0 no c6in|>rendó t6m<í h^y/at )<piien' |meda pronunciar la palabra nUfipf^^n tanta seguaidaS y tiento 4pIo^Q,1;ratánio6j9'dp^a voluntad agelia, tíuando la de uuo mismo es snaceptibld de c&mMar. : \. . < T-iK^vidaVd; que Bo8aHh,dá^ €Í3 mi IlijaJ!
•^Al eóntrario: mé inní^á en efia/Xá^ma circunstancia, para obicar'de la maneto Ique lo Hago. Escúcheme TdM'fie&éra;;eáQil({Iieme /par i^nós instantes/ j creo que dioa.eTÜltaremos los tres la prolongación de esta esQ^da ^desagradable. Y ud cTMY^rqjae my 0t)Jeto ves óonydnceri vd., no; yo^ baste diltidea}- ^cánzatidasliíerzaft^lfcQtobbevii: i '
t^Eatonceajqaé^pretewfe'ívdt . ^ >-
i-^ásíér de relieve la conducta de ' ^^ada* uno: de nosoiitofiíl j^ra tiua deepme^»' JA .propia; cdno^oDoiano^j^ga' quién lia Paitada.
—Prescinda vd. de semejante, idea; es iuútil;' mi sésolucion está tomada, y Boaalínda 4(catará ini voluntad: <
—606—
Yo, que hastaaquel momento no h^bia desplegado los labios, y que me hal)ia rráuelto á no abandonar la sala, porque creia^ calmar con mí presencia la excitación Me Yíetor^ tuve que mediar, diciendo: ^.
— ^Mientras la voluntad 4e vd., se. Bmite & lo que es lícito pedir^ á una hija, la acatairé;: pero si vd. pretende qué olvide á Víctor, mh será obsequiada, porque a]in deseando yo complacer á vd., no lógraria contrariar los sentimientos de mi carazont
— iLo ha oido vd., señora? preguntó Víc^í tor, lleno de digno orgullo al oir. mis pal»-^
á aquella pregui^ta, supongo que vd., eaba^^ Uero, me concederá al menos el derecho de* recibir 6 nó en mi casa á los extraños, y que Rosalinda, me concederá á su ves el dfsrechp de prohibirle que vuelva 4 hablar con una persona á quien se lanza,de,aqu(, como 3C0 lo hago con vd,
No pu^ ya repríminne, y dirigiéndcone á Víctor, le rogué, con las lágrimas ea los ojos^
—607— que perdonasie aquellas violentas palabras que no podían herirle en su honra, es verdad, pero que lastimaban su amor propio en aquel instante. '
—¡Bien escudada se halla! exclamó Víetor. Es*mujer, es madre de vd. Rosalinda, y se encuentra en su casa hablando con tin extraño que sí¿)ft respetar, y mucho mas, respetarse...,.,.:....,.; ,.;
Así pasd todo lo que recuerdo.
Jaaia2S.
Quince días hace hoy que no veo á Víc« tor. ¡Si al menos me hubiese escrito! ¡^i tu-^ viera otras ideas! ¡Ab! yo no sé darme cuen-^ tá de lo que por mí pasa. Por: una parte, cul^ pa á Víctor, es decir, le acuso dé haberme abj^ndonado á mi suerte, sin intentar aLrúa
—eosrecurso para verme óTiablaime; por otra, hallóle digao alejándose de una casa en que ha sido ultrajado. *
Durante estos quince días, no hemos crusado mas palabras mi madre y yo, que ante las visitas y i^nte los criados. Después......
evitamos las dos encontrarnos frente á frente.
Mi padre lo sabe todo ya. Ella, á su manera, le refirió la escena del día 13. Cuando él halló una opprtunídad de hablarme á solas, me dijo con ter^iura:
— Cuéntame tu Ja verdad.
Lo hice, como si Dios mismo me estuviese escuchando.
•—¡Pobre hija mia! prorrumpió mi padre; creo cuanto me acabas de referír, y te compadezco, y nada más.
— ¿Pero vd., podrá, lé argüí, abandonarme i mi suerte? ' .
— ¿Qué quieres que yo ^laga? ¿Ponerme de^tu lado, y luchar con til mamá? Ésto, sobre cpnyeriir nuestro hdgár en un- infierno, seiía inútil, puesto qué víctor ' éS sobrada^ mente digno para rólvier á p'tfnfer^'íos pies en
esta casa> despttés <ie ló, qué ha pasaidb, al menos sin que se le diese una satisfacción plena. Tú comprendes que esto es imposible, puesto que la que le ha humillado^ moriría antes que concederá ottó la raíón. jNiámí me la concede nunca!
— ¿EntoncM qtt<é eera^^'i^í?
—^afia, Resalí íídá; digó venir A %n mamá. * Por éétá 'bwvískn'a ¿ófrWtócSda,! pude graduar lo t1?iáfe'de ía suerte qWtiiíe estaba á. Mi madre, infléxiWe en oi>ntrá, mia;mi padfó^ iiujapaz dé op6neí éu voluntad á lade éllá; Víctor, subalternando él amorá otra pasión, porque lá dignidad es para él lo qué .para ibí él riiriño: 'está ¿(obre todas las cosas, a su juicio.
Acdba de comunicarme ík costurera,' de drden de mi madre, que esté yo prevenida pai a volver á Jtféxí&ó. ' Dentro de tres daas habremos abandonado ééte liíido {ki^f^lééilío, en que he gozado y sufrido tanto. Comprendo la idea de .mi madre. Ella piensa que elpaseo, el teatro, en una palabra, la vida de México, servirá para borrar dé mi corazón
el amor de Víctor, y en verdad q^ue sé equivoca.
En México podrá Víctor escribirme,, y me verá con frecttéocia.
Bendigo la resbluciou ^e ha tomado mi madre.
¡Adiós, San Ai^g^I! i^í<wpú^o encantador en jqvüd ^qvíocí l^s .bellazar ^de la ^reaci(Hi, 7 lasdulsuras de tin afecto que camtívando al akaa» la hace feliz^ que en' sus mismas penas tiene delicias. Tal'vess alginn (]ia vuelva á recorrer tus valles, á pasearme á la sombra de tus nogales, apoyada en¿ el brazo del elegido de mi corazón. Conservaré tu recuerdo, como debe guardar ^1, de la nave que le ha trasportado á mas bellas regiones, el viajero que llega salvo al puerto de que partid. . .
¡Hoy esel santo de Víctor; y no^ puedo brindarle . un dia 'de gozo!
» . '. .
€11-
Méxieoí Julio 7.
ilecuerdo que una yez^ aroir que ua es^
critor se había atrevido a asegurar en un pe^
riddico, qiie ^México es trnA asAír casa ds:
> VEOiNDAB, nos indignamos todos, y decJara^
mos unánimemeiite que quién tal decía, na Ixabia tratado sino á la clase media de esta * sociedadí. Han pasado creo que dos años des*^. de aqueji dia» y ño Labia vuelto yo á reeor*^ dar esa frase, hasta hoy, y esto con el obje-; to de retractarme y conceder laraeon á quien^ tal dijo* . •
Una semana ha trascurrido descje qufie abandonamos á San Ángel, yoo ha habido un^ sola persona de las que nos han Vs^Üa* do^ que no se hubiere propuesto hacernos comprender que estaba en el secreto de núestra vuelta inesperada. Amalia^*^ ha llevado la cuenta de las visitas que Víctor me hi
--6J 2— zo en San Ángel; sabe cuánto ha ocurrido desde la noche del baile, y se ha atrevido, haciéndose la formal y la juiciosa, á aconsejarme que obedezca yo ciegamente á mi madre. Carmen*** me ha asegurado que Amalia ha puesto sus miras en Antonio, y que ha llamada la al^ncion éa el' tei^tro con su coQuetismo: Luida*** joven metalizada, si las hay, xAe ha scicádo la Cuanta de lo que Affitonió tiene (Jue heredfti'^jr ha ^stableb^o un pacalélo entre él, y el ora^or^i. con^o llama á Ylctor, .aludiendo al brindis; teraiinandp por decir, qne mi novio aehial^o^-ofirecerme un hogar modesto; mietttj^)(^ii0| An^ topio, casándose conmigo, establ^ei^á un tren. magnifico^ Así, las demás amigas. £n «cuanto á los jóvenes» han referido tíiil tiroÍ6- /dadesqueno son para r(^petíd#^, y se han ostentado, como siémpí^, adüociradares délos caballos, y!eo]x decidida locación áiüeocheros. l'ambién han ocupado fsl t]em|>Q tfi la* «mentar la i^txoa éoncurréiieia' que Ua; habido ^stos últimos m'eses'en lab calles de Platerofi» yitidacir qué, para su eatáctér^ Pa;ris seria
—613— el únieo lugar á propcSsito. He puesto cuidado á la conversación de !as mamas, y he oido primores. Han hablado de que las buenas costumbres se están perdiendo del todo, porque la juventud masculina no oye misa ni se confiesa, debido á las ideas disolventes de lá **£scuelá preparatoria" en que se ensena i amar á la ciencia sobre todas las cosas; donde solo se cree aquello que puede probarse, y cuyos catedráticos no exijen, como eñ el Seminario de San Camilo, que comulguen los discípulos eQ su presencia y con la unción que ellos lo hacen. Han hecho la cuenta de los casamientos que se han yerifícado en el año; han referido los pormenores ^e Tarias rupturas entre novios^ y han declarado^ que á medida que México se ilustra, que hay 'mayornümero de periódicos y lilbrerfaís, como ellas llaman las bibliotédas; la conaieióft laical de la sociedad empeora. Se ha pasado revista á las familias, se han enumerado los' cíoehes suprimidos^ y hasta se ha especificado quiénes tienen sus alhajas en el Montepío. ^ La crónica ha sido extensa y general. Pero
—614— eso sí, ni uua sola de mis amigas» y délas de mi madre, ha hablado de sü propia situ^oion; la vida de lo^ demás ha alitiieiitado la .con^ versadon'd^ festos' fistfíiles cpüelísimoa- ^ ,
¿Nq 68 .estar Iñ cpst^mbre á^ la&<^a$a^ de yebindacl?
f \ t -
YOj'.que uo necesito ocupaJrm^^'d^loí . <íemas, po^rqueen mí misma enfcueñlr^ Ocupación,'rae adtairo de'que^ haya gentes que olvidan-lo t|iíe les atañe por lo del vecint), y. me lasiidio de> Uua manera soberao!), etí medio de esfet alta soéwdad Sque pertfi]aezeo,.y- quisiera mejor que nadie nos visitase, para teíner lugar de entregarme á poosár en ipi suerte.
Víctor no Jbar pasado una. «ola ^e^ -po^: esta .calle. rTampoqcí le bte visto lein^la C%|e^Kal las TeccBi' qnehe id^a á mi^a?. ¿ Mfe ha%4' o^vidaiíU)? ¿B&taró íiief a d^ México? ¿Deberé esqri^irle antes:4$ j%«e :él me . <j¡é el ejiemplp? • ; , íBili padre, se encuentra pregcijipadq,; Algo gmye pasa^^n sus negocios. ,
—615-
Julio 9.
Acabo de reoi&ir.uQa caria dé.¥íctbr.4Qué nial hice en-dudardesu invariable atHorl Dice así: . • 'i-^ iíií ' .
" A oti*4 cpste no fueses tú, Bosália^^ <íe ^^^ alma, debería yo <}ar ampliasí «xplioápciones acerca de mi silencio, y me afa'&atiA ptíi^cotóvencerla de lo invariable de mi ateOf. < Fácil-
mente lignaria pilaos enteros coa protepUs
de cariño y juramentos de eterna constanéia.
Mas.íiada^de eso necesito, cuando • hablo á quien, como tú;'Conoce hasta' lo mas secreto de mi alma, y sabe muy bien que eñ^ciertas circunstancias n:o puede expresarse' todo lo que se piensa, todo lo que se siente. Muéve- ^le á escribirte, el deseo de que me indiques el camina que debo seguñr; no tae atrevo ^á ofenderte, preguntándote si eres la misína Rosalinda que me dijo estas palabras: "Hoy^ siempre y y d pesar de tqdOyfiede amarte.^
'''Mi corazón me impulsa á una cosa, y mi dignidad me obliga'á hacer otra. En estalu-
—616— cha horrible, sola tú puedes decidirme. ¿Qae quieres que haga?
'Tara que al pronunciar una resolución» pue<)as tomarla sin temor á sus consecuencias» Toy á hablarte con toda la sinceridad de mi alma.
*' Mi profesión de abogado me produce lo bftfltaiito par» vivir con holgura mientras sea yo hombre solo, y me proporcipnaria lo necesario para sostener una familia dignamen-
te, pero con modestia. Así; no me preocupa el temor de aparecer como un insensato el dia que una mi suerte á la de la mi^jer á quien ame. Sé lo que el hombre está obligado á ha» cer al fundar lyxa nueva familia. .
''Conozco, sin embargo, que es excepcio* nal jauestra situación.
" Los recursos de tu familia te han propor- 0ÍeiQadp siejppre^ fxa solo aquello que es ;iecoiiario para yirir bien, sino Iq superfluo, y al separarte de ella, p^rdq^ias esto último.
*^X/os goces divinos del amor, las s^tas afecciones de la familia en tu huevo estado, compens^riarl esa pérdida, ej? cierto; pero
—617— acaso sufriría tu amor propio, y lamentarías sin quererlo, sin confesarlo nunca, un descenso como el que produciría en tí, nuestro enlace.
'* Además, ¿eres bastante fuerte para contrariar la voluntad de tu familia? Llegada la hora, ¿arrostrarías su en oí o para venir á mis brazos, y despreciarlas á los censores que tu conducta habría de tener?
"Antes de tomar tan grave resolución, medita todas sus consecuencias^ examínalas hasta en sus detalles al parecer mas insignificantes, para que no importe jamás un sacrificio.
"Nada te exije mi amor. Mi voluntad es acatar la tuya, pues solo así creo darte la mayor prueba de lo mucho que te amo; solo así* puedo pagarte los dias de felicidad que te debo. Si ha *de haber una víctima, que ésta sea yo; yo que te adoro como á la santa mO' moría de mi madre^ que creo en tí como creo en Dios, y que feliz 6 desgraciado, bendeciré siempre la hora en que te conocí.
VicroR."
DOOE LEYENDAS. — 43
—GisTanta nobleza y abnegación, me hicieron llorar con infinita ternura, con emoción inexplicable.
Este es el hombre á quien intentó humillar mi madre. Su alma se refleja en esa carta que debe haber sido escrita en medio de un dolor supremo, á juzgar por la forma de la
ietra, trazada sin duda por temblorosa mano.
La leí cien y cien veces, y otras tantas la besé ardorosamente.
Serenado mi ánimo, tomé la resolución de presentar á mi madre la carta de Víctor, antes de contestarla, para ver si lograba coníHOverla. No vacilé; pero ¡ay! la vanidad, ciega más que el amor. Mi madre vic5 con desprecio aquella carta, y sin hacer alusión á ella, me preguntó:
— ¿Te compílaceria dejar á México? Anoche, continuó, no he dormido, por pensar en • un viaje, á Europa, del que hemos hablado ayer tu papá y yo.
— Creo, respondí, que él no podría aban- -donar sus negocios.
— Yahemos pensado en eso, y opina como tiu •
—619—
— ¿Entonces?
— ^Entonces nos acompañará otra persona; tu hermano Luis, por ejemplo; tu tio.
— ¿Pero y si éste no puede 6 no quiere? Además, ni él ni nosotras sabemos el francés.
— Para eso hay intérpretes.
— Haríamos un papel ridículo.
— ^Por mas pretextos que pongas, el viaje se realizará.
— Como vd. me consultó
Mi madre no me dejó concluir la frase.
¡Y yo tenia que contestar á Víctor! Y aun no sabia de qué manera hacerlo.
En esto llega la hora de comer.
Nunca he podido explicarme por qué la mayoría de las gentes, sazona la comida con tratar de sus negocios mas importantes, en la mesa, sin atender á que por eso los criados se imponen de los secretos de las familias.
— ¿Qué has resuelto? preguntó mi madre.
— Que el viaje no se verifique. Los negocios andan mal; peor de lo que puedes imaginarte; repuso mi padre.
— Es decir que
—620—
— Hablemos de otra cosa.
— ¿De qué hemos de hablar sino de lo que nos interesa?
— ¡Ahí ¿de lo que nos interesa? Pues bien^ escucha. Con el fin de complacerte, me ocupé anoche y parte del dia de hoy, en estudiar el estado de nuestros bienes; consulté á mi abogado y he sacado en limpio .•.•••
— Que no tienes fondos para situar en el extranjero.
— Algo más todavía: que si no reducimos nuestros gastos, suprimiendo el coche, y haciendo otras muchas economías, mi quiebra es inevitable. ¿Quieres mas noticias?
Una descarga eléctrica habría producido menos efecto en mi madre. Mudd de color,. y no volvi(5 á hablar.
Mi padre, se levantó, y los dos le seguimos.
Julio 12.
Después de reflexionar mucho, acabo de contestar á Víctor su carta, lamentando no
—621— Ihaber podido consultar á nadie antes de ha- -cerlo. Hé aquí mi carta:
** Víctor mió. Tu amor está correspondido con mi amor, y con orgullo me atrevo á decirte que soy digna de tí. Mas esto no me ' basta, y debo confesarte, que si mucho te ^amo, te estimo más todavía. Nobleza obliga: tu has sido franco, leal, y así debo serlo yo también.
'^No te habia contestado, porque necesitaba seguir no solo los impulsos de mi corazón, si no tus consejos, sabios, como venidos de tí. Mil veces he leido tu carta, antes de contestarla. Hice más: la enseñé á mi madre, creyendo que su lectura la haria cambiar de opinión, trocando su injustificable rencor en estimación á tí. Me equivoqué. Después, se presentaron nuevas dificultades. Se habló ^quí de llevarme á Europa, y en seguida se descubrid que mi padre ha sufrido un grave quebranto en sus intereses.
" Como debes suponer, estuve preocupada -con todo eso.
"Hasta hoy, en calma, he podido escribir- .
—622— te. Estoy resuelta á no hacer sino lo que tú dispongas, porque tú tienes talento y no harás nada malo. Mí opinión partici^lar, es que debemos aguardar algún tiempo, aun cuando tendamos mientras que sufrir, como si la ausenoia nos separara. Tengo fé en que ha de variar nuestra suerte. Si á pesar de un cambio de fortuna, como el que vá á herir á mi madre, persiste en oponerse á nuestra unión, entonces, te autorizo para que, pasando so* bre toda consideración, me hagas tu esposa. No temas que yo sea débil. Lo fui antes de
haberte amado.
"Escríbeme por el mismo conducto de que^
hoy me valgo. Espero con ansia tu contesta*^
cion. Te adora
Rosalinda.'^
Después de enviar esta carta, pensé que sí siempre he sido tonta, hoy mi torpeza ha si* do inaudita. Víctor merece más.
Julio 16
¡Cémo gozo con las cartas de Víctor! Cada tercer dia me escribe, y yo hago lo mis-^
—623— mo. Su amor es inmenso como el mió, y sabe expresarlo de una manera sublime. Ayer quedó suprimido el coclie, y retirado el abono del teatro.
Mi madre, pretende en vano, ocultar su mal humor.
Nunca ha estado mas obsequiosa conmigo. Acaso espera con este nuevo sistema vencer mi obstinación.
Anoche, cuando iba yo ya á dormirme, ent rd á mi habitación y agotó su elocuencia en p ersuadirme de que Antonio me idolatra y es el línico marido que me conviene.
He sido ya demasiado explícita, y sin embargo, renueva mi madre sus argumentos en favor de Antonio, sin pronunciar jamás el nombre de Víctor, como si al hacerlo se le fuesen á quemar los labios. Apenas me deja sola algunos instantes. Parece que quiere evitar que yo escriba.
Julio 201.
Decididamente Antonio es un úécio. Acaba de salir de esta casa, después de ha«
—624— ber permanecido en ella cerca de dos horas.
Mi madre, que desde la mañana, declaró que se sentía mal, me obligó á cortejar á Antonio.
Hemos estado solos, y, como es fácil suponer, ha procurado reanudar nuestras relaciones. Pero cada palabra suya elevaba nías á Víctor ante mis ojos. Me ha pintado la situación bonancible hasta lo fabuloso, de los negocios de su casa; me ha dicho que su mamá desea ardientemente verle casado, y me ha descrito de qué manera ha de poner su casa. Cuando le escuchaba yo, creia que me hablaba de un bazar que iba á establecer Tantos objetos así enumeró.
Su amor propio está empeñado, y por eso renueva sus pretensiones. Creo que con poco le habria yo parecido hasta grosera. Y sin embargo, me prometió volver.
Agosto 1 ®
La enfermedad de mi madre hí» tomado proporciones alarmantes.
—625— Yo he querido ser su mejor asistenta, y no me he separado de su lecho desde hace doce dias. ¿Mi resistencia hahrá influido en esta enfermedad, 6 la situación pecuniaria de la casa? No lo sé, y como quiera que sea, ruego á Dios sin cesar que salve á mi madre, y tome mi vida en cambio de la suya, antes que dejarla morir.
A Víctor le he enviado hoy esta carta: *' Dueño mió: Matilde, mi costurera, te habrá informado del pesar que me agovia. No te olvido, y soy tuya siempre; pero mi madre reclama mis cuidados, y hasta que la vea fuera de peligro no volveré á escribirte, pues me faltan brazos y tiempo para servirla á ella. 4ünque te ofendió, y nos privó de aquellas horas de ventura que en San Ángel disfrutábamos, perdónala, y pide á Dios que me la conserve. Kecibe un beso de tu
Rosalinda."
Enero 10 de 1874.
Cuatro meses han pasado, libro mió, sin verte siquiera, no ya para llenar una de tus
—626— páginas. Pero con lágrimas no puede escribirse, y solo lágrimas he tenido desde que te abandoné. ¡Qué contraste van á formar tm primeías hojas, eon estas que acaso serán las últimas!
Agonizaba el año de 1873, y mi madre agonizaba también.
Han pasado ya quince dias» después de aquel tristísimo en que ella me did su postrera bendición. Mi pena es horrible; pero ai menos me cabe el consuelo de que murid des» pues de haberme perdonado.
Cuatro días antes, me llamd, y habiéndose cerciorado de que estábamos solas, me dijp:
— ün sacerdote verdaderamente ilustrado ha descubierto á mi espíritu la verdad^ Ito* salinda. El cielo me concede fuerzas para pedirte que olvides las amarguras que- te he hecho sufrir. Víctor es un hombre honrado^ mientras que Antonio sigue una senda extraviada. Si todavía te ama el primero, no vaciles en unirte á él, porque es digno de tí. Ya he dicho á tu padre que no se oponga á tus deseos, pues la religión, ordena dar á nues^
—627— tros hijos estado no contrario á su voluntada
Apenas pudo terminar estas palabras, cuando le sobrevino un acceso que durd largaa horas. En seguida, perdió el conocimiento, y no lo recobró sino después de breves instantes, ya casi en los illtimos de su vida.
El 26 de Diciembre no se borrará nunca^ de mi memoria: ese dia quedé huérfana.
Ayer recibí una carta de Víctor. Ella derramó sobre mi corazón un bálsamo de consuelo; su ternura no tiene medida^ la menor de sus palabras penetra hasta lo más recóndito del pecho. ¡Con qué respeto habla de mi madre! ¡c(5mo evita mezclar asuntos opuestos, como nuestro amor y la pérdida que he sufrido!
Mi padre, á quien entregué la carta de Víctor, lloró como un niño, al leerla, y después, estrechándome contra su corazón, me dijo:
— Víctor será tu esposo; pero no es tiempo todavía. Dile que no sea tan cruel, arrebatándome tan pronto á la hija de mi corazón, y dile también que yo mismo le avisará cuándo podrá venir á esta casa..
•628-
Saa Ángel, Mayo 2.
La reclusión en que vivo desde que murió mi madre, me ha hecho mal. El doctor L*** me declaró con los primeros síntomas de la clorosis, y opinó porque nos trasladásemos á este pueblo, que encierra tantos recuerdos para mí. «No bien oyó mi padre la opinión ' del doctor, cuando lo dispuso todo, y henos ya instalados desde ayer. Me ha comprado un hermoso caballo mansísimo, y ha comprado otro para él. Dice que desde mañana hemos de salir á andar dos ó tres horas en la mañana.
Víctor sabe, pues le escribí antes de. salir de México, este cambio de residencia. Todavía no me ha dicho mi padre qué dia podrá Víctor comenzar á visitarme de nuevo.
Mayo 10-
Sin la compañía de mi padre, mi vida seria tristísima, insoportable. Una semana ha tras-
—629— curridoy sin que haya varíac\on alguna en el curso de un día á otro. Hace un momento» pregunté á mi padre si le parecería bien que yo invitase á alguna amiga mia, para que me acompañe:
— ^Las amigas, contestó, son el peor enemigo que puede tener una jdven. Además, mientras tuvimos fiestas, ellas te acompañaron, porque querian participar de ellas; suprimimos el coche^ y ya no fueron á casa con la misma frecuencia que acostumbraban; tuviste un pesar, y no hicieron mas que cumplir con las reglas de la urbanidad.
Mi padre tenia razón, y nada pude objetarle; entonces él me preguntó:
— ¿Y no deseas mas visita que la de una amiga?
No me atreví á responder; pero sentí que la sangre subió á mis mejillas.
— ^Escribe á Víctor, me ordenó así mi^padre; escríbele, diciéndole que he de agradecerle nos acompañe á comer el dia de tu cumpleaños. Solo él será convidado^ pues le reputo ya de la familia.
Mayo 25.
Dice el doctor que se admira de los efectos saludables del clima de San Ángel, y asegura que con dos meses mas de residencia aquí, estaré completamente curada. Trabajo me ha costado contener la risa. Yo creia que el doctor L*** era mepos candoroso.
Mayo 29.
Víctor se ha encargado de un pleito que sostiene mi padre en defensa de una de sus fincas. Además, el mes próximo será electo diputado. Mi felicidad es tranquila, dulce; hasta hoy una sola persona rae hace falta en el mundo: mi madre.
Julio
Voy á dar por terminadas estas Memorias^ pues no me creo capaz de describir lo que «iento. Víctor y yo nos amamos cada dia^
—631— más. Nuestra boda está fijada para eljmes de Enero próximo, y ha resuelto mi padre que permanezcamos aquí hasta Setiembre. Pasaron ya los dias llenos de ansias, de dudas, de vacilación. Entonces, necesitaba yo comunicar mis pensamientos, eiquiera fuese á este libro que ha sido mi confidente, mi solo amigo. Ahora para qué escribir, cuando el relicario en que deposito mis ideas, mis esperanzas, es el generoso; noble y apasionado corazón de Víctor? Es di, ardiente como un enamorado, cariñoso como un buen hermano, prudente y discreto como mi padre. Algunas Veces, no sé explicarme si le amo ó le respeto; á veces quisiera yo oir de sus labios una reconvención d una queja, para satisfa- <íerle al punto. Ni celos, ni dudas, ni nada <jue pueda opacar el brillo de nuestro amor por un instante, se presenta en el curso de los tíias. Y sin embargo,' no es monótona esta vida apacible; no es triste este cielo siempre azul y siempre sereno.
— No parecen vdes. dos novios, me dice mi padre cuando Víctor se retira; parecen
—632— dos esposos que se idolatran; pero que no necesitan hacer etremos para probarse su amor.
Sabe Víctor que puede ejercer un dominio absoluto sobre mi voluntad, y no lo ejerce, ni podría hacerlo, pues me anticipo á sus deseos. Sé yo que Víctor acataría mis órdenes^ como un esclavo las de su señor, y nada tengo que mandar, porque la esclava soy yo.
Una vida así no puede descríbirse. £1 amor que siento, solo á Víctor que es el objeto de
mi cariño, es dado comprenderlo, y
cerraré este libro con una confesión: ni Víctor ha llegado á ver estas páginas, porque aunque en ellas no hay una sola en que no esté él honrado y enaltecido, sin embargo,, ¿no es verdad que no -encontraría aquí bien copiados sus discursos, ni bien juzgados sus sentimientos? Víctor que ha leido tantos libros buenos, hallaría ageno de galas éste, aunque escríto por la mujer que más le ha amado y que más le amará en el mundo. Además, no sé qué secreta fuerza impele á la mujer á ocultar siempre alguna cosa, aunque publique todas las demá&.
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Lector: comprendo que al llegar á la última línea de las Memorias íntimas de Rosamunda, y sabiendo, corno sabes, que fueron escritas ha mas de tres años, desearás que te diga yo cuál es la situación en que se encuentran hoy las personas que figuran en esas Memorias. Muy fácihuente, y en breves páginas voy á dejar cumplidos tus deseos, y la promesa que te hice en la relación de mi hallazgo.
Recordarás que éste tuvo lugar en Julio de 1874; pues bien, la señorita Refugio*** á quien con todas las seguridades posibles hice llegar el manuscrito que olvidó en el wagón, dióse tales artes para averiguar si en efecto un empleado del ferrocarril lo habia recogido, que no pasaron muchos dias sin que ella y yo, nos encontrásemos en una visita. Fui presentado á ella, y después de las frases de la conversación propia de tales casos, le manifesté cuan grato habia de ser pa-
—634— ra mí que se sentase al piano, pues sabia yo que era insigne ejecutante. Accedió sin hacerse rogar, y la conduje yo mismo al piano.
-=^¿Qué pieza prefiere vd? me pregunto.
— Un wals. Refulgió, y si es alemán, mejor.
— ¿Agrada á vd. el de Carlos Faust: Las hojas en el airí?
— Me encanta y
— Y le recuerda á vd. una historia, ¿no es verdad?
— ¿Una historia? no comprendo á cuál pueda vd. referirse.
— ¿No se acuerda vd. ya, de que me vio en San Ángel, y regresamos en el mismo wagón hace quince dias?
— ¿Es cierto? pero, ¿qué analogía hay entre ese encuentro feliz para mí y el wáls de Carlos Faust?
— Cuando h¿iya terminado, hablaremos.
Y en efecto hablamos, y como yo no sé mentir, confesé á Refugio que había devorado, no leído, las Memorias de su amiga.
Desde esa noche, Refugio y yo, somos dos buenos amigos, y á ella debo las noticias que
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—635— á modo de epílogo voy á poner, para dar fin á está copia fiel del manuscrito de Rosalinda.
•5C-
Procederé con orden.
Don Raymundo, el papá de Rosalinda, continuó observando el sistema económico que se propui;o seguir desde aquel dia en que, con motivo del proyecto de un viaje á Europa, descubrió el mal estado de sus negocios. Gracias á esa conducta, y á haber ganado-Víctor el ruidoso pleito que su frturo suegro le encomendara, salvóse don R*iymundo de la quiebra que le amenazaba, y rehizo en breve su fortuna, que tanto así alcanza la economía y la falta de vanidad.
Pasado el año del Iuto,^y algo mas de un mes, el 2 de Febrero de 1875 se unieron ante los hombres, llenando las fórmulas de la Iglesia y del Estado, Víctor y Rosalinda, que ante el cielo estaban unidos ya por iino de esos amores deliciosos y purísimos, de que hay pocos ejemplos en la sociedad.
Amalia fué novia d^ Antonio durante una temporada de teatro, para lucir aquel novio
—636—,. durante la época de la lüjstori; pero duraron muy poco aquellas /elaciones: 'j||||vera él y coqueta ella, no podían nacer ^é aquellos amores sino luchas constantes, desacuerdos y amargas reconvenciones; y no son esas las bases sobre las cuales puede levantarse el santuario del liogr^r. Además, la afición de Antonio al vino, es cada dia mayor. Por último en la calle de'^'"*he visto muchas veces el cuadro mas encantador del mundo.
En una casa eleorante v cómoda, amvieblada con exquisito gusto y adornada con so briedad no común, en México, vive ura familia compuesta de un matrimonio en que la belleza del alma de la mujer se refleja en el rostro mas hechicero que pueden imag^aarse; V en un rostro varonil, ni feo ni hermoSO, se vé retratada la felicidatd;. Jupt^ á: ellos un niño angelical, que Rafael habría deseado colocar en los brazos de una d^e suB Madonas. • , .
¿Necesitaré decir que ese grupo lo forman Víctor^ Rosalinda y el fruto de sus amores?
FIN.