Doce leyendas · Unidad 17 de 45
Unidad 17 · LA HWA SECA.
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LA HWA SECA.
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Debéis conocer á Enriqueta.
¿Qui^Q no conoce, á una jdven de diez y seis afbos^.de ojos negros^ de labios encendidoS| j de $;$nvb}&nte encantador y risueño comov una^ mañana de primaveral Además» Enriqueta ^s ui)^ de. las flores mas primorosas ^que embqUecei). nuestros salones; |Enriqu|eta está en tpdas partes, y ¡cosa, rara! á pesar de Terla siempre^ ^^^ preisencia encanta, pues
—230— parece que la circunda una auréola de luz /que ilumina los sitios por donde ella pasa; parece que es un perfume embriagador que embalsama nuestros campos.
La nave gallarda que impelida por un viento bonancible <^orta jas. oñdasf y va dejando una estela de perlas en la espuma del agua^ es menos bella que esta bella niña de quien •voy á referiros una historia. Enriqueta, por donde pasa, deja una estela que forman sus admiradores.
No os admiréis de que Enriqueta tenga una historia que voy á contar. Enriqueta tiene historii^ pero no historias. Y ya sabéis que hay notable diferencia entre historia é .historias.
Además, no hay hermosa que no hubiese sido objeto de adoración desde el dia de su entrada en el mundo, y por consiguiente, no TÍOS faltan nunca lances qiie referir é intrigas que contar, á nosotros los que tenemos afi- .<!;ion á ocuparnos de la Vida ágena, y mas si .^e trata de una niña pura y angelical.
Hablemos, pues, de Enriqueta.
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"Pero 06 advierto,' antes de .comenzar, que tío culpéis á su amante de indiscreto; al leer •esta breve historia.
Las muchachas, como se dice vulgarmente, nos inculpan á los hombres cuando se divulgan sus amoríos; y es que olvidan que «ellas son las que loa confian secretamente á todas sus amigas de confianza, y entre estas no falta alguna vez una que, también en secreto, nos los cu^rten á los que estamos busloando materia para entretenernos con algún «scrito que aio 'hable «de política.
Hecha «esta aclaración^ entremos en ma* íeria.
Sistamos en. }a Aisoúeáe^.
El iavi^qp cmeU eonm dktn un p<]iete> arrebató sus^úásÁ kb {t^8iio0'yá las flores de este hermoao paeoJ Sos callM tieáen t>or alfómbralas amarillentas hojas secas, 7 ha desaparecido el verde dosel que formaban las ramas entretejidas; los rayos del sol que ayer no podían penetrar sino débilmente y por entre las hojas de los árboles, bañan hoy, en todo su esplendor, la Alameda. ¡Qué tristes están los fresnos siu su verde manto! En las mañanas de los dias lío festivos, soló se escucha sobre las destrozadas hojas esparcidas en el suelo, el'paso de algún desgraciado que piensa en su miseria, los de uno que otro
—233— hombre aficionado á la meditación, y los de aquellos á quienes un facultativo ha prescrito un ejercicio cuotidiano. En las tardes^ allí donde á la hora misteriosa del crespúsculo veíamos morir al astro rey, embriaga-^ dos con el perfume del bosque y arrullados por el ruido de las hojas mecidas por el viento, nos pareced que estamos en un sombría cementerio. Las fuentes remcílnn un suspiro; las aves han volado á otras regiones; todo es desolación, todo tristeza.
Mientras se repita en el mundo la caida de las hojas, los hombres verán en eHa una imagen fiel de lo que en la vida pasa, y recordarán estos hermosos versos de Espronceda^ que no hay quien no sepa de memoria; pero que no por eso dejan de ser tan bellos, cuanto llenos de verdad y de armonía:
Hojas del árbol caídas, Juguete del viento son; Las ilusiones perdidas ¡ A.y! son hojas desprendidas Del árbol del corazón.