Don Álvaro, o, La fuerza del Sino · Unidad 11 de 41

ESCENA II.

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MESONERO.

Colasa, para medrar en nuestro oficio, es forzoso que haya en la casa reposo, y á ninguno incomodar. Nunca meterse á oliscar quiénes los huéspedes son. No gastar conversacion con cuantos llegan aquí. Servir bien, decir _no_ ó _sí_, cobrar la mosca, y ¡chiton!

MESONERA.

No, por mí no lo dirás, bien sabes que callar sé. Al bachiller pregunté...

MESONERO.

Pues eso estuvo de más.

MESONERA.

Tambien ahora extrañarás que entre en ese cuarto á ver si el huésped há menester alguna cosa, marido, pues es, sí, lo he conocido, una afligida mujer.

(_Toma un candil y entra la mesonera muy recatadamente en el cuarto._)

MESONERO.

Entra, que entrar es razon, aunque temo á la verdad que vas por curiosidad, más bien que por compasion.

MESONERA.

(_Saliendo muy asustada._)

¡Ay, Dios mio! Vengo muerta; desapareció la dama; nadie he encontrado en la cama, y está la ventana abierta.

MESONERO.

¿Cómo? ¿cómo?... Ya lo sé... La ventana al campo dá, y como tan baja está, sin gran trabajo se fué.

(_Andando hácia el cuarto donde entró la mujer, quedándose él á la puerta._)

Quiera Dios no haya cargado con la colcha nueva.

MESONERA.

(_Dentro_) Nada, todo está aquí... ¡desdichada! hasta dinero ha dejado... Sí, sobre la mesa un duro.

MESONERO.

Vaya entonces en buen hora.

MESONERA.

(_Saliendo á la escena._)

No hay duda, es una señora, que se encuentra en grande apuro.

MESONERO.

Pues con bien la lleve Dios, y vámonos á acostar, y mañana no charlar, que esto quede entre los dos. Echa un cuarto en el cepillo de las ánimas, mujer, y el duro véngame á ver; échamelo en el bolsillo.