Doña Luz y el fontanero · Unidad 2 de 11
Unidad 2 · EL BARDO Y UN CAMINANTE.
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EL BARDO Y UN CAMINANTE.
¿De adónde caminante tus pasos estraviados A estas horas te echaron á mi tranquilo hogar? jPor Dios que traes los ojos ígneos desencajadosl Serénate viajero, que en mi cabaña estás.
¿Te asaltaron del bosque los viles bandoleros
Y quizás tu fortuna te arrancaron allí?
¿Te han robado á tu esposa los salteadores fieros? ¿O á tus queridos hijos asesinaron, di?
¿Te serenas? ¿Sin duda al resplandor del rayo... O al bramido del ’viento, entre la oscuridad... Desbocado ha corrido tu fogoso caballo
Y te ha precipitado? Responde, ¿no es verdad?
Siéntate al fuego. Toma mi búcaro, y el dia Espera sosegado : mas... tiemblas? Yive Dios!
Me has apagado el leño que mas airado ardia Con el agua que vierte tu convulso temblor.
¿La estancia me examinas? Por el poder divino Te trae desvanecido ese miedo, infeliz:
No estás en la caverna de ningún asesino.
Te hallas en la cabaña del bardo: vuelve. en tí.
Serénate viajero: refresca tu memoria.
Vuelve á tu paz, y vuelve tu labio á humedecer. Acomódate, y luego me contarás la historia Que á mi hogar le ha traido y le hace estremecer.
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EL CAMINAWTE.
Yo soy un caminante aventurero,
A la vecina aldea llegué ayer,
Y hoy al amanecer en mi caballo Salí sus bellos campos á correr. Atravesando deliciosos huertos Una montaña altiva divisé Coronada de torres y de arcadas,
Y é su altura mi potro encaminé. . Ya noticias llevaba misteriosas
De aquellas ruinas ; que antes escuché A un hortelano crédulo, consejas De allí sacadas, cándidas á fe.
Era la tarde, en alas de los vientos Que desalaba el abrumado sur. Amontonadas nubes empañaron Del bonancible espacio el limpio azul. .Cerróse el horizonte en densos nublos Eclipsando del Sol la rica luz ;
Y bajó el huracán con sus estragos Veloz como al desierto el Semohun.
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La luz de los querubes sulfurosa .Un momento los aires incendió.
La voz de la tormenta magestosa En los espacios cálidos vibró.
Una nube mas negra que las alas De los cuervos del monte, se paró Sobre mí, ya las luces del crepúsculo ■ Iba apagando el cierzo bramador. (íLeoiD), gritaba á mi asombrado overo «Trepa á la cima, intrépido Leon.i
Y mi bravo caballo relinchaba De los truenos magníficos al son.
Un relámpago al fin, claro, radiante. Arcos, murallas, torres me mostró ; Apreté á mi bridón, y ya certero
A una esplanada estensa me llevó.
Por un pórtico gótico ruinoso,
A impulso entré del huracán, veloz;
Y á una inmensa y helada galería Llegué transido, bardo, de terror.
Fui recibido por las tristes aves De las desiertas ruinas, y mi voz Lanzó el «Ave María» del cristiano,
Y solo el eco flébil respondió.
Y no quedaron luego mas sonidos
One la irritada voz del aquilón Que bramaba ó silbaba entre las grietas De los muros , y el triste, rudo son Medroso, acompasado que los cascos De mi caballo hacían. Un fulgor Tétrico y temblorovso revestía Aquel húmedo y laigo corredor.
Al fin, locando casi en el estremo.
Halló un arco que daba k otra mansión.
Éi'ase una rotonda negra y triste.
Un rescoldo que el viento reanimaba Brillaba en medio; en derredor se vían Cortezas de naranjas. y. manzanas.' Plumas hallé también de aves marinas,
Y acaso entre la tierra vi migajas De oscuro pan. Quizás los cazadores Sestearon allí : paseé la estancia :
Mis ropas sacudí : amarré el potro
A una rota columna que se hallaba Al pié de una escalera tortuosa Por donde solo el aire ti ansitaba.
Saqué mi pan y lo tosté al rescoldo,
Y al sabroso calor, sobre mi manta Recliné la cabeza, llamé al sueño
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Que cobijó mi sien, bajo sus alas.
A poco.... pero dame, buen anciano,
Tu búcaro otra vez, dame tu agua Para apagar el fuego que en mi pecho Aún eLsuceso misterioso labra.
Un alando agudo, horrible, fiero
Y punzante, mi pobre overo dió.
Y este alarido sacudió mi frente,
Y al sueño de mis sienes espantó.
jAh! desperté y lo vi la crin enhiesta, «Leon)> gritóle, y- desbocado huyó.
Callé y oí su apresurado escape Que se perdió en el largo corredor.
Y un ambiente mas frió que el que agitan Esos yelos del polo que huye el Sol^'
En mi espantado rostro algún espíritu Por mofa malditísima estrelló.
Y una manga de niebla sulfúrea Rodó pavorosa por el caracol,
Y envuelta me trajo de las altas salas Un raro, por cierto, fantástico son.
• Y oí uo cántico jtlácido, sonoro,
Kra un himno á ol amor do un (jiuTuhin.
Y chocar osciiciió cien copas do oro, Brindis al aire dar, palmas batir.
Luego una voz habló dulce, suave Eco de Jastiniado corazón.
Y á poco un aye que atronó la*nave,
En el rumor de un trueno se embebió.
Y filé un aye de terror : Desesperado clamor :
Aye de celoso amor One perdió toda espei'anza. Grito que en el alma suena,
Y que hasta el aire envenena ; Que inspira á la amarga pena Aterradora venganza.
Y luego... ¿visteis el desborde horrible De bramador torrente que al abismo Troncos arrastra y peñas , al terrible Impetu de romper? Del modo mismo Vi rodar por los i‘olos- escalones
Del sucio y carcomido caracol,
Una manga de trasgos y visiones En polvo envueltas con zumbido ati’oz
I -
Y en medio del tremendo remolino Vi una imagen hermosa descender,
Y era el rostro magnífico, divino, Rostro de ángel en cuerpo de mujer.
Rodó sin voluntad, arrebatada, Juguete de aquel rápido turbión.
Y con la misma prontitud llevada Que lleva el huracán leve vellón.
Y pasando esclamó la alba figura Con eco dolorido y joz cruel :
a. Dadle á'mi pobre cuerpo sepultura, Perdón, perdón, que yo le asesiné. y)
Y las aves de la noche dando graznidos horrendos, repitiendo las palabras al torbellino siguieron.
Y estático, hasta tres veces el remolino soberbio \í rodar por la escalera y entrar por el misino hueco del oscuro corredor un círculo describiendo,
\eloz como el que describe rueda volante de fuego.
Aturdido y sobre el polvo..., bardo, caí sin aliento ; y á no ser por el calor de aquel rescoldo benéfico que el coágulo de mi sangre ¡ay! deshizo.... allí mis miembros quedado hubieran exánimes ' para festín de los cuervos.
Recuperado algún tanto me levanté, ya el estrépito de aijuel palacio encantado había cesado, ya el fuego claridad no despedia,
(jue amansado ^'staba el viento. Seguí en las densas tinieblas
el muro del aposento, sin oir mas que el graznido ' de los azorados cuervos : el caer de los torrentes, y los compasados ecos ([ue’las pesadas goteras daban en el pavimento.
Salí á la estensa esplanadu ; la Luna alumbraba el Cielo; á su débil claridad cogí un angosto sendero que me condujo espantado al dintel de tu aposento. ¡Cielos! benditas las manos que sus portales abrieron : bendito el búcaro limpio (jue da agua al estranjero. Bendito del Cielo seas ' por el ángel, noble viejo.
Todas esas bendiciones ([ue me das, buen estranjero, hijas de ese Cielo son,
. devuélvelas á ese Cielo.
Si llainastes á mis puertas y á tu llamada se abrieron por mis manos, cumplí fiel con la ley de caballero.
El que llama necesita, , quien no atiende es un perverso. * Caminante, en esta obra ni ful malo niiuí'bueno; cumplí, sí, con un deber, y el deber es lo primero : mas aun noto en tí inquietud.
Me aguija el alma un deseo.
Di lo, y si puedo sacia! lo...
¿No lo adivinas?
Comprendo.
¿Aidielas saber la historia del castillo?
Vate, es cierto.
Pues pon atención, que soy poseedor de sus misterios.
Iín esas oscuras torres que te espantaron, un tiempo habitaron bellas damas y galantes caballeros.
Tuvieron por dueño al noble don Martin Lope de Acedo,
Conde de la Verde Oliva, y Marqués de los Enebros.
Siendo de sus cuatro hermanos el dichoso primogénito, á las quince primaveras regentaba ya sus feudos.
- Era de genio, apacible, dulce, y concentrado á un tiempo, buena figura, sensible, y con los pobres benéfico.
Kn Arcos de la Frontera habitaba, y aquel Cielo 1‘iié el único que las alas ' de sus antojos midieron.
Llegó un dia que la Corte (que se ausentaba), en Toledo en obsequio de sus Reyes toros hiciese y torneos ; invitaron á los nobles, y Lope es de los primeros.
Y á la.Corte partió alegre á ocupar su altivo puesto. Para abreviar, en los toros atinado anduvo Acedo ;
V el torneo lo mantuvo en un potro caballero.
Volvió á sus lares el Conde, que las fiestas concluyeron ; mas por Dios que vino triste cual perdidoso, no siéndolo. Hacen de su gran tristeza todos sus deudos comentos ; y solo aquellos aciertan
que achacan á amor su ceñó. Pasó de Arcos á estas torres
á vivir, de tiempo en tiempo un hombre en un potro blanco venia á verle, de Toledo, y si le traia cartas ■ en cambio llevaba pliegos.
A el año, estando en sus últimos dias el verano, se vieron llegar á estos cerros gentes de otras tierras, caballeros, pajes, soldados y dueñas, trovadores, y del pueblo de Arcos lo mas escogido ; mas precedia á este séquito una carroza tirada por ocho caballos negros.'
Paró el carruaje á la falda verde, de quebrado cerro, y de él se apeó una dama al hacerlo un caballero.
Al ver estos personajes «viva el Condes, con estrépito
los villanos esclamaron dando al aire los sombreros.
Y los nobles contestaron,
(cy la Condesa», á sus ecos.
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Kn dos fogosos caballos subieron al fin el cerro, el Conde con doña Luz, la perla azul de Toledo : la doncella mas garrida que dio bandas al torneo, la hija del Duque del Mar, ya esposa de Lope Acedo.
Ocho dias con sus noches hubo en las torres festejos. Bailes, iluminaciones en los parques y en los huertos. Al noveno ya el castillo vino á quedar en silencio, que al amanecer habian marchado para sus pueblos - músicos y trovadores, v damas y caballeros.
Tan solo quedó en sus torres con su esposa y con sus deudos, el Conde Martin y Lope Acedo, Marqués de Enebros.
II*
lia luna ele miel.
Horas de amor y fortuna quedó gozando el doncel : gozando la bella luna, la dulce luna de miel.
Todo en su agreste retiro le brinda celeste amor : amor exhala el suspiro que el aura posa en la flor.
* t
Amor la vid que del pino el tronco ciñe en redor le pinta; y hasta el espino brota la flor del amor.
jHoras bollas de la vida!
iHoras de dulce ilusión
en que lleváis engreida la dicha del corazón!
¿A qué lo vestís de galas? ¿A qué lo llenáis de amor, si al cabo batís las alas y dejais solo dolor?
Palomas sois,- ilusiones, que en el árbol del placer - dais armoniosas canciones mienlríis no os dejáis coger.
Aves traidoras, volad ay! mudas á otras «regiones, sin bajar á la heredad • á cautivar corazones.
Cautivos tienen por Dios los del Conde y su Luz bella Ay! parece que los dos nacieron bajo una estrella.
¿Pero es eterno el placer? Ah! ¡quíén'lo puede decir! Vemos la rosa nacer y al fin la vemos morir.
Pasaron dias i dias, la luna de miel pasó.
¿Las dichosas alegrías del Conde cpiién las nubló?
Una lá^rlBiia.
Una tarde al descender el Sol entre nublos rojos, una lágrima en los ojos, vió el Conde, de su mujer.
Hallóla junto á una almena de la torre, embebecida oyendo una cantilena dulce, agradable, sentida.
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Y por ciei to sorprondióla su marido á lo mejor,
al linar el trovador el canto de la amapola.
Y la Yoz era suave;
la voz de astuto reclamo,
• al mirar posada al ave en el mas altivo ramo.
Mas ay! nada comprendió el Conde de aquel decir, vió que su amada lloró, y él solo supo sentir.
Que es puro su amor, é ignora lo que es la vil impureza ;
. ay! quizás el Conde adora una falsaria belleza.
Que la lágrima que vió con los ojos del' cariño, fue la lágrima de un niño, y como tal la adoró.
Kstasiado la enjugaste Conde, y calmaste su pecho y mimada la llevaste al descanso de tu lecho.,..
^ Sierpe crias, y quizás estándola acariciando se irá á tu cuello liando y traidora te ahogará.
Y sigue con su pureza
el Conde á su Luz amando, y su Luz le está alumbrando, pero triste, con tibieza.
Y apareciendo modesta siempre la v ieron vestida
sin galas, y aun descompuesta, y dejada, y mal prendida.
Un pliego al Conde entregaron un dia, y al oir leer.... ccel Rey os llama», brillaron los ojos de la mujer.
((Me llama á la Corto el Rev,»
*> '
le (lijo á su Luz el Conde : y Luz solo le responde,
((!). Lope, su gusto es ley.»
((¿Vendrás, Luz?» esclamó Acedo ((que prepare una doncella tus galas.» Y esclamó ella....
((á gusto en mis torres quedo.»
Y \ol\ió el Conde á rogarla, y Liiz exhaló un suspiro,
y al fin no pudo arrancarla •de aquel agreste retiro.
Y apena abrazó á su esposa el Conde, apenas partió,
la triste Luz, pudorosa, radiante centelleó.
Y se tejió su cabello de brillante orfebrería : y puso sobre su cuello, la perla que mas quería.
Y (lospidieiulo á sus damas j)or la larde, bajó sola
al huerto, v tras unas ramas cogió silvestre amapola.
Y corrió hasta el manantial
dó sus fuentes se surtian,
y descorrió su cendal /
que sus ojos ver querian.
Y no miraron sus ojos de la linfa los fulgores :
ni del Sol los rayos rojos: ni las aves, ni las flores.
Su vista bajo un laurel^ alborozada fijó, cá su pie estaba un doncel, y era el doncel que cantó.
Y era el jó ven hechicero de quince abriles quizá...; de ejercicio fontanero, ■ dormido el mancebo está.
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Y lo contempló dormido^ y á un siis})iro que exhaló despertó el jóven corrido
y el sombrero se quitó.
Y según cuentan es lama si el vulgo no miente artero^ que este diálogo la dama tuvo con el fontanero.
Mancebo, queda en tu puesto, torna á tu sueño otra vez, que si el descanso abandonas puede reñirme el laurel. ■