Doña Luz · Unidad 5 de 18
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--Desde entonces llevo el medallón en mi seno, como memoria de mi padre. Dentro, mira (y abriéndole, enseñó el contenido a doña Manolita), mira a través de este cristal; hay un rizo de pelo más rubio aún que el mío. ¿Será de Antonia Gutiérrez, será de cualquiera otra mujer que fuese mi madre, o será de alguna enamorada de mi padre, que nada tiene que ver conmigo? ¿Quién ha de saberlo? Los dos criados antiguos que conservo son listos ambos; pero ambos entraron en casa con mucha posterioridad a mi nacimiento, y de fijo no saben nada. Juana vino a servirme cuando tenía yo diez años. Tres años después entró Tomás de ayuda de cámara de mi padre.
--¿Y no sabes de ningún lance singular de la vida del marqués--preguntó doña Manolita--, por donde se aclare algo el misterio de tu nacimiento?
--Hay, en efecto, en la vida de mi padre un lance singular; lance ocurrido a los dos años de haber nacido yo: pero lance tan misterioso que por él nada se aclara. Podría o no podría tener dicho lance alguna relación con la culpa a que debo el ser.
--¿Y qué fue ese lance, si puedo saberlo?
--Mi padre recibió una mañana una visita, a quien nadie vio, porque mi padre mismo abrió la puerta. Los criados no podían extrañar esto. Él solía recibir visitas así, abriendo él mismo, y encerrándose con ellas. Aquella mañana, a la media hora de haber recibido la visita, llamaron desde el cuarto de mi padre con fuertes campanillazos. La puerta del cuarto estaba abierta. La visita había desaparecido. Y los criados hallaron sobre la alfombra una espada sangrienta, y a mi padre tendido también, con otra espada empuñada, y el pecho atravesado por una herida mortal. Dicen que fue milagro de la ciencia el que se librase de la muerte. Jamás se pudo averiguar quién, ni por qué le había herido. Mi padre se limitó siempre a decir que no buscasen al culpado, que la herida había sido en buena lid. Raro duelo, en verdad, sin padrinos, sin testigos, sin nadie que haya sabido jamás de él sino aquel doloroso resultado.
--Todo esto me hace presumir--dijo doña Manolita--que eres hija de una gran señora.
--No sé--contestó doña Luz--. Legalmente soy hija de Antonia Gutiérrez, libre cuando se unió con mi padre. Más vale esto que deber la vida a un adulterio. ¡Ah! mejor es que mi padre no me haya revelado nada. ¿Cómo había de haber manchado mi mente limpia, a los quince años, con impurezas y delitos? Harto perturbada estaba ya mi mente con la vergonzosa catástrofe de Madrid antes de refugiarnos en este lugar. Hubo que vender los muebles que allí teníamos para acabar de pagar a los usureros y acreedores. Mi padre se vino aquí humillado y melancólico, y a poco murió. ¿Con quién querías que hubiese vuelto yo a Madrid? ¿Qué papel iba a hacer en Madrid la marquesita arruinada y bastarda? Lo mejor que pude hacer es lo que he hecho, quedarme aquí para siempre.
De este modo confió doña Luz todos sus secretos a la hija del médico.
La amistad de ambas jóvenes se estrechó desde entonces, y en adelante todo se lo confiaron.
El casamiento de doña Manolita se hizo por la posta. Un mes después de haber dado parte a su amiga estaba ya casada.
Su pronóstico de que su casamiento no enfriaría la amistad con doña Luz se cumplió a la letra. Doña Manolita era gran profetisa.
También se cumplió cuanto con relación a Pepe Güeto había ella pronosticado. Ni hubo vara de mimbre, ni ella entró más en costura que cuando estaba soltera; pero en cambio, Pepe Güeto se reía como un loco, sobre todo con los chistes de su mujer, que le hacían mucha gracia, y con sus risas que tenían para él mucho de agradablemente contagioso.
Para doña Luz pasaron entre tanto los meses, sin otra novedad que el cambio alternado y regular de las estaciones. Pasó la primavera, pasó el verano, y llegó el mes de Octubre, estación de la vendimia.
Algo muy importante tendría que decir D. Acisclo a doña Luz, cuando una mañana, estando ya vendimiando, entró a verla y a hablarla no menos matinalmente que doña Manolita había entrado meses antes.
El correo llegaba a Villafría a altas horas de la noche y se repartía al amanecer.
Don Acisclo traía una carta ya abierta en la mano, y la agitaba con vivas muestras de satisfacción y de júbilo.
-VII-
El Padre Enrique
--¿Qué hay? ¿Qué dice esa carta? ¿Qué grata novedad contiene? D. Acisclo, ¿le ha caído a V. la lotería?--preguntó doña Luz.
--Mejor que eso, hija, mejor que eso--contestó el interrogado--. Lee tú misma y entérate--y entregó la carta a doña Luz.
Esta, antes de leer, conoció la letra y vio la firma que decía: «Enrique». Era de un sobrino, hijo de una hermana que D. Acisclo había tenido, el cual sobrino era fraile dominico, residente en Filipinas.
Casi todos los que se hacen ricos niegan el acaso, la fortuna, el hado o la suerte: éstos les parecen vanos nombres, detrás de los cuales procuran ocultarse la pereza, el despilfarro, el desorden y la tontería. De aquí que se tengan por las personas más prudentes, más razonables, más ingeniosas y más sabias de la tierra. Y puede que les sobre razón. Yo no lo niego ni lo afirmo. Digo sólo que D. Acisclo era así. Estaba muy contento de sí propio e imaginaba que no había merecimiento mayor que el suyo. Toda otra gloria se le antojaba inferior y de menos quilates. Sin embargo, una gloria con algo de sobrenatural y de ultramundano, si no en los medios en el fin, y adquirida por individuo de su familia, no parecía a D. Acisclo de corto valer tampoco; y tal era la gloria de su sobrino el P. Enrique; gloria que en cierto modo se reflejaba en él y en toda la parentela. Era, casi a par de los dineros adquiridos, timbre de nobleza para su casa.
Don Acisclo idolatraba, pues, al P. Enrique, y hablaba de él con complaciente jactancia, diciendo:
--Aquí servimos para todo; lo mismo para un fregado que para un barrido; yo quise ser millonario y lo soy; a Enrique le dio por la santidad y aún le hemos de ver en los altares--. Para demostrarlo y hacer probable el cumplimiento de su vaticinio, D. Acisclo refería a menudo las andanzas del P. Enrique: de modo que doña Luz le tenía por conocido y amigo, aunque hacía cerca de veinte años que él faltaba del lugar y de Europa.
Todo este tiempo no le había vivido sólo en Manila. Había estado en diversas tierras de gentiles, difundiendo la luz del Evangelio; había pasado apenas creíbles trabajos; había arrostrado graves peligros, y aun había estado dos veces a punto de alcanzar una muerte tan cruel como gloriosa, no salvando la vida sino después de sufrir prolongado martirio.
Referidas estas historias por D. Acisclo, fuerza es confesarlo, aparecían grotescas en los pormenores. Por dicha, el P. Enrique escribía a su tío tres o cuatro veces al año, y el tío se deleitaba en que doña Luz le leyese las cartas en alta voz. Así conoció doña Luz que el P. Enrique, a más de ser valiente hasta el heroísmo, y entusiasta y fervoroso en todos sus actos y misiones apostólicas, era sujeto de claro ingenio y de singular discreción y prudencia.
Su constitución física distaba mucho de corresponder a sus bríos espirituales, y, aunque no tenía aún cuarenta años, ya en sus últimas cartas se quejaba dulcemente de lo quebrantado de su salud, que le impedía trabajar en empresas activas, y le estorbaba algo en sus estudios.
La carta recién llegada era muy corta y traía fecha de Cádiz. Doña Luz leyó, y decía así:
«Mi querido tío: Mis males se agravaron hasta tal extremo en Manila, que los médicos decidieron que yo debía venir a Europa a pasar una larga temporada. Con los aires del país natal aseguraban que me repondría. Mis compañeros me echaron de allí: hasta el mismo Sr. Arzobispo me mandó que me viniese. No hubo, pues, más remedio. Salí de Manila y, a Dios gracias, hice una dichosa navegación. Tres días ha que estoy en Cádiz, bastante más fuerte ya. Pasado mañana salgo de aquí en el ferro-carril para esa villa. Expresiones cariñosas a los primos, primas, amigos y demás parientes, y a su huéspeda de V. la señorita doña Luz. Le quiere a V. mucho y desea abrazarle, su afectísimo sobrino».
Tal era la causa del júbilo de D. Acisclo; iba a abrazar al sobrino santo, iba a vivir con él, iba a tener el gusto de lucirle en el lugar.
Doña Luz quiso en seguida mudarse a su casa y dejar su habitación en casa de D. Acisclo, para que el padre habitase en ella.
Don Acisclo dijo:
--Nada de eso, hija mía. Tú por nada del mundo te vas de mi casa a vivir sola en aquel caserón. Además, una mudanza tan precipitada sería un trastorno. Yo tengo mi plan, y, con tu permiso, le hemos de llevar a cabo. Enrique sé yo que gusta de la soledad para sus estudios y meditaciones. Permite que vaya a vivir en tu casa. En un momento le arreglaremos allí habitación conveniente. Tu casa está cerca. Iremos a cuidarle si cae enfermo en cama, y cuando no, vendrá él a almorzar, a comer y a charlar con nosotros todos los días.
Doña Luz insistió en irse a su casa; pero D. Acisclo siguió oponiéndose, y fue menester que doña Luz cediera, ofreciendo gustosísima su casa para que en ella viviese el Padre.
La estación del ferro-carril está a dos leguas muy largas de Villafría, y D. Acisclo dispuso que saliesen todos los parientes y amigos a recibir al Padre con mucha pompa. En efecto, no quedó vehículo de que no se dispusiese. Se emplearon tres calesas, una tartana, propiedad de D. Acisclo, y dos carros. Fueron de la expedición los hijos, yernos, hijas, nueras y nietos de D. Acisclo, el cura, el médico, doña Luz, doña Manolita y Pepe Güeto, y otras varias personas. Los que no cupieron en los vehículos de ruedas, fueron a caballo o en burro.
El P. Enrique llegó bien y fue recibido con vivas por aquella turba, en el andén de la estación.
En el lugar fue un triunfo su entrada.
Para todos los primos y primas trajo regalos: para ellos puros filipinos en abundancia; para ellas, o pañolones bordados, que llaman en mi tierra de _espumilla_ y de Manila en Madrid, o abanicos chinescos de los más primorosos. Para D. Acisclo trajo armas japonesas, y para doña Luz un juego de ajedrez de marfil, prolijamente labrado.
El P. Enrique se instaló muy cómoda y holgadamente en casa de los Marqueses de Villafría, donde Tomás se ofreció para cuidarle; pero el P. Enrique traía consigo un criado chino, llamado Ramón, que le cuidaba con el mayor esmero.
-VIII-
Vida del Padre en el lugar
Pasado el gran acontecimiento de la venida del P. Enrique; luego que no quedó en el pueblo nadie que no le viese, satisfaciendo así la curiosidad; luego que le oyeron predicar en la parroquia y no hallaron que sus sermones fuesen más bonitos que los de otro Padre, sino más fáciles, más pedestres, más sencillos y con menos latines; y luego que vieron que el P. Enrique ni contaba chascarrillos ni jugaba al billar ni a la malilla, ni era más entretenido que otro cualquiera, todo Villafría entró de nuevo en su estado normal.
Como piedra que cae en estanque profundo, la cual hace muchos círculos y turba el haz del agua, y luego se desvanecen los círculos y vuelve todo a su primer reposo sin que nadie se acuerde de la piedra, así sucedió con el P. Enrique a los tres meses de estar en Villafría.
Verdad es que él procuraba eclipsarse. Si hacía obras de caridad hasta donde sus cortos medios lo consentían, era tan sin estruendo, que nadie se enteraba; si, movido a ello por compasión o porque lo juzgaba absolutamente necesario, daba algún consejo, le daba con tal llaneza y con tan pocos textos y autoridades, que nadie hacía caso, y aun había quien supusiese que no sabía aconsejar por lo fino, acostumbrado a vivir entre los salvajes allá en las Indias.
En suma, el P. Enrique, o no supo o no quiso hacerse popular. También en él se cumplió la sentencia evangélica: _Nadie es profeta en su patria_; también por él, si es lícito comparar lo pequeño con lo grande, pudo decirse que _estuvo entre los suyos y los suyos no le conocieron_.
No iba al casino, no frecuentaba la tertulia del boticario, no sabía palabra de política, no visitaba a las señoras devotas del lugar, en fin, se aseguraba ya que no servía para nada.
Decía su misa diaria, y casi siempre estaba encerrado en el caserón del marqués, que así le llamaban, donde andaba de continuo papeleando; esto es, bregando con libros y papeles, ora escribiendo, ora leyendo cosas que a nadie le importaban por allí.
Como Villafría era pueblo muy liberal y avanzado en ideas, acusaban muchos al P. Enrique de hipócrita, de carlistón y de _neo_, y en cambio, los verdaderos _neos_ y carlistones, que tampoco allí faltaban, miraban con desdén al Padre, porque de nada les valía ni con ellos se espontaneaba, o más bien, no tenía de qué ni sobre qué espontanearse.
Por fortuna era tan dulce el Padre que no podía mover a odio, y tan silencioso y modesto que no excitaba la envidia. Todo se redujo a que le olvidasen, viéndole; género de olvido que ocurre con frecuencia.
Sólo en la mayor intimidad, en medio de pocas almas escogidas, y de alguna que si no lo era se dejaba llevar por el entusiasmo de las otras, se desanudaba suavemente la lengua del P. Enrique; y las narraciones amenas, los discursos elevados, los bellos pensamientos y nobles sentimientos brotaban de sus afluentes labios y penetraban en los corazones y en la mente del poco numeroso auditorio, aunque mejor sería decir de sus pocos interlocutores, porque el Padre evitaba, cuanto podía, monopolizar la palabra y prefería el diálogo en que todos hablasen.
Sus interlocutores eran doña Luz, doña Manolita, el médico, Pepe Güeto, el cura alguna vez y don Acisclo siempre.
Cuando venía más gente en casa de D. Acisclo, aquella franqueza desaparecía, y la conversación, como por ensalmo y sin poder evitarlo, bajaba al nivel villafriesco.
Las condiciones de entendimiento y de carácter movían a esto al P. Enrique, no por altivez, sino por timidez. Con el humilde vulgo, allá en los pueblos más cercanos a la naturaleza, en donde había vivido, había acertado a explicarse por tan llano y persuasivo estilo que sus palabras sin arte, santas y sinceras, habían quedado grabadas en los corazones, llevando el convencimiento a las almas. Con sujetos de letras y doctrina, o que por gracia, por entusiasmo, por hondo sentir poético y por elevación de miras y de ideas, le infundían confianza y le inspiraban simpatías, su discurso le arrebataba fácil e insensiblemente a las más altas regiones; pero con ciertas gentes medianas, que presumen de cultas, el Padre Enrique se recogía por instinto, sentía su carencia de poder y de influjo, y ni era sencillo, ni era elevado, ni conmovía por la candorosa expresión de los afectos, ni alzaba en pos de sí las inteligencias, tendiendo el vuelo de águila la suya.
Villafría, población muy adelantada, producía este efecto en el P. Enrique. Nada amilanaba su corazón, ni allí tenía que temer nada; pero su entendimiento estaba amilanado y reconocía su carencia de influjo.
No afirmo yo que se establezcan corrientes magnéticas; pero, sin decirlo como verdad, puedo decirlo como imagen; entre sus paisanos y él no había corriente magnética alguna. La corriente magnética sólo existía entre el Padre y las pocas personas que hemos nombrado ya, y que, durante todo el invierno de 1860 a 1861, se reunían, sin faltar apenas una noche, en torno del hogar de D. Acisclo, en la _cocina de los señores_, que dejamos descrita.
En esta reunión se charlaba por los codos, y nadie hacía tanto gasto de palabras como doña Manolita, cuyos graciosos disparates movían a risa hasta al Padre, a pesar de su gravedad. A veces, no obstante, sin buscar tema, sin el propósito preconcebido de enredar alguna discusión sobre las más arduas materias, la discusión venía a enredarse, y entonces don Acisclo, el cura, Pepe Güeto y hasta doña Manolita, callaban y oían, y hablaban sólo el P. Enrique, doña Luz y el médico D. Anselmo.
Reinaba allí la más amplia libertad de pensamiento; y el médico, que era el constante impugnador del P. Enrique, decía cuanto se le antojaba; pero como todo corazón generoso lleva ingénitamente en su centro la buena crianza, aunque no se la hayan dado, D. Anselmo, ni aun en la fuga del más ardiente disputar, ni en la mayor violencia de sus ataques, se olvidaba de velar y de mitigar su rudeza con la dulzura de la forma.
A través de esta forma dulce se mostraba, no obstante, la negación radical de toda verdad que no venga a nosotros por la experiencia sensible. Con fe se puede creer en lo sobrenatural; con imaginación se puede crear un mundo trascendente de ideas metafísicas y religiosas. La razón, en tanto, sólo puede saber lo que ella, en virtud de sus propias leyes, induce del estudio y observación de los fenómenos que llegan a su conocimiento por los sentidos. Esto sólo es la ciencia: lo demás será poesía, o como quiera llamarse. Y el principio de la ciencia para D. Anselmo era que hay una sustancia infinita, la cual, en virtud de la inexplicable agitación y del prurito, que constituye su esencia, produce variedad de seres, cuya perfección relativa, dentro del período en que vivimos, y hasta donde la memoria puede penetrar en lo pasado, y la prudente previsión en lo porvenir, va siendo cada vez mayor, merced a cierto proceso ascendente y a cierto desarrollo que nos parece que no termina. Cómo ello empezó y cómo habrá de acabar, sostenía D. Anselmo que se ignora y que se ignorará siempre. Era vano, en su sentir, obstinarse en ver más allá: si antes del principio de esta evolución hubo otra; si después volverán las cosas al reposo y a la muerte, y si luego se despertarán nuevo prurito y voluntad de los átomos, que los lleven a agruparse y a crear otro universo, y vidas nuevas, y progreso, y consciencia, y lo que llaman espíritu, y por último, muerte otra vez. Sobre todo esto, sólo podían forjarse teorías y ensueños, lanzándose en especulaciones aventuradas, más allá de los términos y linderos hasta donde la razón nos sigue.
Y lo que D. Anselmo afirmaba de la vida total del mundo, lo afirmaba tan bien de la vida de cada individuo. Durante dicha vida podía observarse el desenvolvimiento gradual, hasta que la vida acababa. Pero antes del nacer y después del morir, D. Anselmo sostenía que no atinaba a ver nada: eran dos profundidades tenebrosas, dos insondables abismos, en medio de los cuales se manifestaba la vida. Y las profundidades y los abismos se hallaban como cubiertos de la sustancia, de la materia, de esto que afecta nuestros sentidos, que no podemos concebir sin accidentes y sin formas, que no podemos concebir mudando formas y accidentes; pero que en lo esencial no puede ser aniquilado por la mente humana. La única metafísica ineludible de aquel enemigo de la metafísica era la eternidad de ese ser indefinido y vago. Él era el único inmutable. Todo lo demás, esto es, sus apariencias y cambios, pues fuera de él nada hay, era perpetua mudanza y fluctuación sin sosiego. Claro está que de tal ciencia no podía nacer moral alguna, ni deber, ni responsabilidad, ni libertad de nuestros actos; pero D. Anselmo, que era excelente sujeto, apenas se atrevía a confesar semejante diablura, ni a sí propio, y mucho menos a los demás; y armaba un caramillo de sutilezas para probar que éramos libres y que debíamos ser buenos, y que había algo de determinado en que la bondad consistía. De aquí que, si sobre las cuestiones primeras reñía con el P. Enrique bravas batallas, en estos puntos prácticos quedaba siempre derrotado, y se hacía un lío, con aplauso general de todos, y más aún de su hija doña Manolita, quien terminó una vez exclamando:
--Vamos, papá, perdona mi desvergüenza filial, pero tú no sabes lo que te pescas.