Drama del alma · Unidad 2 de 15
Unidad 2 · EL POETA
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EL POETA
Pedro tu voz leal fué la primera que me dio al regresar la bieaveoida; fué luego tu amistad mi crnsejera; y hrj á España mi alma agradecida su triste voz al dirigir, espera nuevo favor de lu amistad cumplida: que de la España actual la puerta me i^bras; que lleves tú la voz en mis palabras.
Mi juicio de preta y de cristiano de tu amistad al jui' io ? e sojeta; si al hablar del que fué Maximiijano mi frase parecer puede iodiscreta, dala tú discreción: mi intento es sano; de la fe del cristiano y del poeta yo la llave te doy: si' alguien la tuerce, sé juez entre mi lé y el que la fuerce. "
Tras voluntario y singalar destierro, me es nuestra sociedad mal conocida: vuelvo... como después de on largo entierrovolvería un cadáver á la vidR.
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Caíame tú: corríjeme si yerre?, levántame si doy .una caida; tú bien, aunque ha poeo, me conoces; explica mis ideas y mis voces.
Be este drama fatal voy á la escena á hacerte descender: es una historia, DO de altos hechos, de amarguras llena. De tus fastos históricos memoria otras plumas harán; tarea ajena de la mía, no aspiro á tanta gloria: del muerto Emperador, si Dios we auxili?^ voy á hablar y de México en familia*
Fe de mi re igión, tu sentimiento infunde á mi relato: Madre Santa del Cristo, Tú que ves mi buen intento de mi fe al par mi inSpirpción levanta: voz rfe mi iuventudí vuelve tu aliento y vig^r juveoil á mi garganta; y útil sea á mi pueblo ca-^terano mi adhesión al que fué Maximiliano,
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COMENTARIO DEL LOCO
Mi queriio Pedro: L's verses qoe puteceden y los que van á seguirá esta prosa, se áo probablemente DQÚsica celestial para la mayor parte de os lect' res de esta sociedad positivista y calculadora para la cual nos toca escribir. Ms dicen que ya los versos no son letras que corren en el mercado de nuestra patria: y asi debe de ser, pues los veo impresos como prosa en los periódicos; y me parecen así estudiantes que, es» capados de su casa para ir á un baile de máscaras, pasan con mieda por la cali? en que viven sus padres^ disfrazados ya bajo un dominó negro; y asi pasan los versos por entre las columnas del periódico bajo las largas Ifneas ne^^ras que les disfrazcn.
Por eso yo, que soy el espíritu loco, condenado por Dios á hacer el viaje de esta vida en compañía del au' tor de estos versos; que he ido con él á México, y que he visto como él lo qae allí pasa, pero de muy diverso modo y á muy diferente laz de como él lo ha visto, he resuelto anotar y comentar esta poe ía suya con unos parrafitos de prosa mío, esto es: voy. como si dijéramos, á desleír el azúcar rosado de su pcesia, en el
Fgaa üc si es oo es amarga de mis notas y comentarios.
£1 poeta no ba visto en Méx'co, á U templada luz de su siempre sereno cielp, más que sus nunca marchitos paisajes, sus cunea turbias lagunas, sus siempre flori-' das campiñas, sus productivas haciendas tapizadas de dulces cañas, abanicadas por ondalantes platanares, arrulladas por maiz^le sonoros; y rayados por las Icsanjeadns melgas de los magueyales, como la piel de los tigres y de las zebra«.
El poeta ha visto el risueño valle de la Mesi Cantial de México, el más elevado del Nuevo Mundo coiso un valioso chai de Cachemira, p-^endido por tus puntas en las eres as volcánicas de la S er a-Madre, y tendido por Dios sobre aquella tierra, bajo el fanal de su at~ mósfera tibia y perfumada, como una muestra de las Obras que salen do más d^ sus Creadoras Manos.
El poeta ha visto á los mexicaros con sus Irejes nacionales, cargados de alamt^r s y botoiaduras de pla« ta y oro, sus anchos sombreros pr fulamente galoneados y festonados, sus Jibigarradr s zarapes, sus ligeros caballos par mentados de mor sea guadai^acileia pasamaneada de or » y sedts; ha visto á Jas mexicanas con sus nagaas di cien < olore*;, sus ma^ eccubr<dores rebozos, sus ceñidores de seda, ruyo^ flecos ondulan en torno de sus cimbradores talles, sus p es enanos, calzados de raso blanco, sus grandes ojos de mirar dulce como los de las gazeías. y su andar gallardo como ti de los ontíiopes; y seducido y deslumhrado el pobre poeta por las inflexiones mesicales de su cari-
Boso acento, por las extrañas y entrañables frases de su atractiva conYersación, y Dor las pintorescas imág nps con que ex re san en ella sns pensamientos, les ha tomado á ellos y á ellas por abejas p olíficas y susurradoras, y por esmíiltadas mariposas, revoloteando entre las flores de aquel jardín, que p'ugo á Dios seña larles para su habitación sobre ia tierra.
En resumen: el poeta no ha visto de México más que lo que Dios puso en él; esto es: la luz, la vi la, la hermosura, la fecundidad, la poesia, en fin, de la creación.
Yo, eTopero, que mientras él se perdía en espíritu por los espacios imaginarios de su poesía, me he paseado prosaicameate á pie por sus mal empedradas ciudades, he vagado por sus mal guardados caminos, me he alojado en sus aisladas haciendas y he tropezado con los ma/iosos de sus encrucijadas y los pronunciados de todos colores; yo, que he dado la mano, he llamado compadritos y he tenido qoe hacer lugar en la mesa á los que unos llamaban jefes porque tenían subalterno*:, y otros bandidos porque andaban en bandas; yo, que me he tuteado ca minando mano á mano con algunos, que murieron después honradamente colgados de un nopal ó la vera del camino casi en olor de santidad; pero ¡ay! olvidados ingratamente por cuantos les conocimos, por temor de ser llamados á dar en su canon zación testioaonio de sus virtudes; yo, en fin, que he vivido allí observando todas las cosas y metiéndome en todas partes, como loco que soy, sin ho» gar propio, úa üficio ni beneficio, sin opinión política,
fin interés mercantií, y esperando solo que Dics rompiera la cadeoa que me impedía volver á Europa, te voy á dec r de México mi querido Pedro, 1 ) que oo te dirán los proluados diplomáticos ni lo« grandes hombres de Estado, que toman los grandes negocios de l^s naciones desde su olímpica elevación^ y les ti atan desde ella con una entooac óo homérica^ y las naciones, agradecidas^ pagan con su sangre y con su dinero &as sabias combinaciones y sus luminosos discursos.
Yo no pico tan alto, Pedro amigo. Yo voy á darte solamente detalles caseros sobre negocios domésticos; voy tan sólo á hablarte de hechos pequeños, de ramor.s valgares desdeñados casi sempre por los hombres de Estado y los diplomáticos, y casi nunca bien ¿preciados por lo? grandes historiadores; voy á decirte algo oo más de México y sos cosas, haciéndote sobre «lias apreciaciones locas, y deduciendo de éstas extra vagan tes consecuencias, cuya misma excentricidad te podrá acaso servir para dar con ias causas mínimas de gra ves acontecimientos^ que bascarán ios grandes políticos en más elevadas regiones.
Tal vez estás pensando^ al leer éste, que mis comentarios van á estar escritos en un tono informal, sgeao de la formalidad de mi asaato^ pero te responderé á esta justa observación tuya con una confidencia mía; la caal, siendo una de las cosas extravagantes que te de^ cía que habría en este libro, no será segura oaente creída por Thiers, Fabre, Forey y demás hombres graves qae se han ocupado y se ocuparás de esta cuestión; y es: que México es un país de broma, á pesar de todas
Ja) atrocidades que allí pasan, y que oo pasan de bromas pesadas.
Yo te probaré esto en este librejo, mi buen Pedro, y te diré cómo el noble Maximiliano, que tomó lealmente por lo serio á México, que es un país de bromi cocno te digo, Üegó primero llamado, buscado, deslumhrado y adalado; después engañado, calumn ado, estafado, menospreciado y, por fin, vendido al sitio de Qaerétarc: en donde fué fusilado, en medio de la broma con la cual hicieron probab'emente iQSJuarislas de su muerte innecesaria una parodia del acto último de Lucrecia Boijia.
Y llamo ianecesaria á la muerte del Emperador, porque realmente era inútil; no habiendo sido el Imperio noás que un cadáver galvanizado, cuya existencia ficticia fué solamente sostenida por la caballerosidad de Maximiliano; incapaz de transigir con nada que creye^ ra que empeñaba su honor de caballero, ni de cejar un paso en el cumplimiento de lo que él creyó su deber de Soberano.
Por lo demás, Maximiliano debió morir en México y murió en su lugar.
Desde el momento en que se quedó allí, después de la retirada de los franceses, fué Emperador por su propia cuenta; y arrostrando las consecuencias de su heroica resolución, probó su lealtad y su buena fé, y nadie puede hoy ya tomarle por un aventurero ambicioso del oro y de la vanidad que trae consigo una corona, paes'o que no se dejó quitar la suya sino con la cabeza, sobre la cual otros y no él se la habieron
colocado. Tpmbién te probaré esto más adelante.
El libro que vamos á enviarte después de esta iotro* ducción, no tiene, noi querido Pedro, pretensiones políticas, sociales ni literarias de ringana especie; y be aquí las razones por las cuales le escribimos, le vamos á dar á 'a prensa 3' te le vamos á dedicar.
El poeta autor de sus versos, habiendo residido once anos en México, por causas que á nadie importan, se cree en la obligación y con el derecho de decir ^Igo sobre aquel país ea las circunstancias actuales.
Habiendo sido tratado allí por Maximiliano con una deferenc.a y una cordialidad que sobrepujaron en mucho al escaso valor de su representación personal, tanto en el m indo social como en el literario, el poeta cree deber de su reconocimiento consagrar á la memoria del Prín<*ipe qie le honró en tierra extranjera unas cuantas rágina^. dictadas por su corazón y escritas con SDR lágrima^-'.
Habiendo sido recibido eti España á su vuelta con llores, versos y aplausos, debe de manifestar su gratitud á sa patria y explicar al público en general y á los poetas que le saludaron á sa llegada, la razón del silencio casi descortés y del aislamiento al parecer es* quivo en que ha permanecido hasta hoy, lo cual espera hacer rápidamente en este e?crito.
El poeta y yo que voy á comentar sus versos para decirte en prosa 10 qoe la poesía no debe descender á decir; te la dedicamos á tí, nuestro buen Pedro, porque ba^biendo áido tú el primero que no' dio la bienvenida, esperamo ; de tu amistad que te resignes á ser intér«
prete de nuestra gralitud á la ralria en que nacíoio^, y sombra de cuyo pabellón hemos teaido á orgullo vivir en las Daciones que naestra inconstancia ó nuestros pesares nos han hecho visitar.
No te enviaremos, sin embargo, este lib'-o inmediatamente, síbo en el transcurso del presente mes de Agost'^, porque necesitamos este tiempo para saber á qué atenernos scbre algunos hechos de la última ca^ tástrofe de México; los cüalcs, teniendo qae pasar per Nueva York, gran fábiica de mentiras y gran desfigarador de verdtdes, necesitan confirmación. — VALE,
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