Dramas del terror: historia de don Juan Manuel de Rosas · Unidad 13 de 233

Unidad 13 · EL NOBLE PAISANO

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EL NOBLE PAISANO

fines de 1809, el Sr. D. León Ortiz de Rosas, de acuerdo con su esposa, partió acompañado de su hijo Juan Manuel para su estancia de la Atalaya, sinó la más importante la más hermosa de todas.

Allí pensaba dejarlo algún tiempo bajo las órdenes y vijilancia de sus más leales capataces, á quienes encargó le pusieran al corriente del manejo de aquel establecimiento.

Juan Manuel era ya un muchacho de diez y seis años.

Su hermosura habia aumentado con el sedoso bigote rúbio que empezaba á sombrear su lábio y su físico se habia desarrollado de una manera notable.

Era un jó ven vigoroso y esbelto que representaba unos cuatro años más de los que tenia.

D. León y D.'^ Agustina, tenian que compartir los cuidados y desvelos que antes dedicaron esclusivamente á Juan Manuel, con sus otros hijos: Prudencio y Gervasio, y sus mismas niñas que se desarrollaban rápidamente.

Así es que D. Leou no permaneció en la Atalaya, sino el tiempo necesario para dejar á su hijo convenientemente colocado.

Ya Juan Manuel era conocido por los capataces y peones cpie con más frecuencia venian al pueblo, y que le tenian un cariño entrañable.

Así es que á la llegada del patrón y patroncito, la estancia se convirtió en una verdadera féria.

Se domó, se marcó, se bailó y se tocó la guitarra por alto.

Rosas estaba estasiado ante aquel espectáculo del que no tenia idea, pues jamás babia abrigado la intención de salir al campo.

Los domadores cautivaron su espíritu desde el primer momento y la guitarra lo entusiasmó de una manera frenética.

— Bueno, señor, le dijo á D. León, aquí me quedo y trataré de instruirme lo bastante y prontamente para ponerme á la cabeza de todo.

El campo me gusta de una manera que yo no me lo sospechaba y estoy persuadido que es aquí donde está la fuente de toda riqueza y de todo poder.

I). León después de quince dias de permanencia en la Atalaya, regresó á la ciudad dejándolo al cargo de sus capataces, á quienes tendria que. respetar como á él mismo, según se lo hizo presente.

Rosas se hizo construir un rancbito separado de las demás dependencias de la estancia y allí se alojó con toda comodi- i dad y el lujo que se ])odia tener en aque- | lias éimcas, á tal distancia de la ciudad, j

Rosas em])czó á observar sériamentc el mecanismo de la estancia, sin otra idea que conocerlo todo á la perfección, y dedicar toda su inteligencia al más rá])ido y eficaz mejoramiento.

Con frecuencia daba á los capataces consejos (pie, seguidos al pié de la letra, dieron el mejor resultado.

\ los tres mesí's de estar en la Atalaya uno de los capataces vino á la ciudad

á rendir sus cuentas semestrales, y con la exajeracion típica de los paisanos, impuso á D. León de los progresos de su hijo y de sus pasmosas vistas en los neg'ocios de campo.

D. León estaba plenamente satisfecho.

Tenia por fin un hijo á quien podia colocar con ventaja al frente de todos sus negocios, y esto lo entusiasmaba hasta el delirio.

Con este motivo le escribió una larga carta de cariñosas felicitaciones, incitándolo á seguir en su camino, y adjuntándole gran cantidad de valiosos regalos.

Juan Manuel por su parte, babia ocultado á la gente que lo rodeaba las miras que podia tener para el porvenir, limitándose á captarse el cariño de todos.

Con un aspecto de sin igual mansedumbre, babia ocultado su carácter dominante, amoldándose á todo.

Jamás contrariaba la disposición de un capataz, por ridicula que le pareciera, ni se mezclaba para nada en aquellos manejos íntimos de una estancia.

Franco y jovial, espansivo y sumamente travieso, se babia apoderado por completo del espíritu de la peonada, que no se le separaba un momento, acompañándolo á todas partes.

A la noche los reunia al rededor del fogon y les referia mil historietas que bacian la delicia de aquella gente inocente y buena.

En otros momentos pedia á á los guitarreros que le enseñaran este ó aquel estilo, llegando en poco tiempo á hacerse el mejor cantor y guitarrero de la estancia.

Rosas empezó á estudiar friamente el carácter del paisano y la hermosura de ])rendas que adornaban á aquellos corazones llenos de nobleza y de lealtad.

En esa época nadie se cuidaba de la

Los hombres se hablan entregado ])or com])h'to á la política y todos los establecimientos de campo se hallaban como

los de Rosas, en manos de capataces más ó ménos liábiles.

BU comprendió que la población de la campaña era una población inocente, de hombres bravos y generosos, que tenian que adorar al que por ellos se interesara y supiera inspirarles amor.

Entonces la asombrosa actividad de su pensamiento abarcó otros horizontes, y se fijó en otros puntos que no eran del neg'ocio de campo.

Estudiando sus costumbres y modo de ser, comprendió que para dominar al gaucho, era preciso mostrarse superior á él en todo, desde la inteligencia hasta la fuerza física, y á esto dedicó su preferente atención.

Asistia á todos los trabajos de campo, tomando en ellos una parte activa á la par de cualquier peón, lo que desarrolló de una manera notable su fuerza muscular.

Dotado de una naturaleza de bronce, en las horas del trabajo no descansaba un solo momento, y en las de descanso se le veia al rededor del fogón, en conversación íntima con las peonadas, miéntras le echaba un boton á una rienda ó sobaba un par de botas, pues se habia hecho un tronzador primoroso.

Vestia como los peones.

Camiseta ancha y de ámplios pliegues, tirador bordado pero con pocos botones y sencilla rastra, calzoncillo cribado y chiripá de vivos colores, bota de potro con espuela nazarena, facón y boleadoras.

Su apero era pobre, aunque lujoso en trenzados que él mismo hacia, y su lazo era el mejor de toda la estancia.

Filé él que introdujo la moda de llevarlo á la paleta del caballo, por ser más cómodo y estar más á mano.

Los paisanos reian con una complacencia íntima al ver la desenvoltura con que el aristocrático patroncito llevaba el chiripá y demás prendas del traje criollo, festejándolo con todo género de cariñosas demostraciones.

Y Rosas era en realidad el más hermoso gaucho que habia pisado en la campaña.

Con la firme voluntad de hacerse superior á todos, y en todo, se habia convertido en un ginete hábil y aún artístico, diremos, pues para domar ciertos potros se valia de medios que dejaban asombrados á los paisanos.

Cuando se presental)a algún potro de esos emjperrados hasta el estremo de que los domadores los abandonaban calificándolos de reservados, era su lujo hacerlo enlazar y ensillarlo.

Y no habia ejemplo de que uno de estos animales hubiera salido de sus manos sin ser un caballo excelente.

El que no cedia al rigor, cedia á las caricias y á la constancia asombrosa del jóven, con lo que llegó á hacerse el domador más completo y el ginete más consumado.

Cómo reian los paisanos al verle doblar el cogote al potro más duro de boca, con aquellas manos artísticas que parecian no poder hacer otra cosa que una caricia!

Y cuando desmayaba á algún potro con un macanazo entre las orejas y salia disparando por el campo, la alegría del paisanaje rayaba • en el frenesí.

Rosas tenia cuidado de observar las proezas que daban fama á los domadores, y en el acto trataba de superarlas.

Si alguno de ellos llegaba á dejarse caer desde la maroma del corral sobre el padrillo de alguna manada, el no se contentaba con hacer lo mismo.

Lo enlazaba á campo y con una agilidad de acróbata, se le trepaba encima cruzándole los flancos con sus agudas nazarenas.

El noble animal disparaba haciendo toda clase de esfuerzos por librarse de su tenaz ginete, pero éste permanecía como adherido á su lomo.

Cuando se cansaba de jugar de esta manera y creía que habia hecho e] efecto

deseado se bajaba, ya dejándose deslizar por el anca, ya desmayándolo de un rebencazo.

Muclias veces permanecía, sobre el caballo, hasta que este caia postrado por la fatiga y el ejercicio á que no estaba habituado.

Entonces recien se bajaba, y lo palmeaba á su placer.

Su fama de ginete fué tal, que bien pronto salió de los límites de la estancia para correr por todo el partido, al estremo de que de lejanos puntos se costeaban los gauchos á ver domar al más gaucho de los patrones.

Su tropilla, domada por él mismo, fué la mejor que se conoció por aquellos parajes, no solo por las condiciones que ha- ^ bia sabido dar á los animales, siuó por la hermosura de estos.

Los capataces habían solido reprenderlo con el respeto habitual, por estas gauchadas.

— Mire patroncito que si algún animal lo quiebra ó lo lastima el patrón viejo vá á hacer con nosotros alguna herejía.

• — No llagan caso, decíales Juan Manuel con toda la alegría que le era ca" racterística.

Para que á mi me voltee un potro es preciso que el mundo se acabe.

Y la peonada aplaudía bulliciosamente y los capataces concluian por reirse junto con el patroncito, que ejercía ya sobre ellos un dominio que no se lo sospechaban.

Bien pronto Rosas no se contentó con ser el primer domador del pago, sinó que (pliso ser el mejor enlazador y el mejor boleador, logrando jirouto superar á los más notables.

(hiién echaba mejor que él un pial de volcado y de vuelta do (',odo?

(hiién enlazaba (;ou más rapidez al animal más chucaro, haciiíudolo arar el suelo con el hocico?

Era en vano disputarle la supremacía en estos ejercicios, jior que á una destre-

za asombrosa, unia una fuerza muscular notable, poco común á su edad é incalculable en su esterior delicado y esbelto.

En los trabajos de marcación era el héroe de todas las hazañas.

Entre quinientos toros apeñuscados en el corral, ponía el lazo en las astas del que se le indicaba, soltándolo puerta afuera.

Le daba lazo hasta el último rollo y recien entonces le daba el tirón dejándolo clavado.

En cuanto á las bolas, su habilidad estaba arriba de toda ponderación.

Salía á las boleadas con diez ó doce pares, y no había ejemplo que se le hubiera ido un solo avestruz.

Esto le dió un prestigio incalculable entre el paisanaje, no solo de la Atalaya, sinó de todas las estancias á donde había llegado su fama.

De todas partes caían peones á conchavarse con él, que aimque no tenia poder para colocarlos, sabia influir con los capataces hasta que estos cedían y los tomaban.

De esta manera llegó época que en la estancia había el doble de los peones que se necesitaban, por cuya razón el trabajo no alcanzaba para todos.

— Es preciso despedirlos, le decían los capataces, por que se gasta mucho dinero en jornales inútiles.

— Es preciso darles trabajo, contestaba

La verdadera riqueza de las estancias son los brazos.

Es preciso aprovecharlos dándoles trabajo á todos.

— Pero si no lo hay.

— Pues sembremos y doblaremos un capital muerto.

Y Rosas liizo arar y sembrar grandes ostensiones de campo cuyos productos fueron pingües.

Al hacer cuadrillas do agricultores y sembrar sus campos, Rosas no liabia tenido al princii>io otra idea ({ue la de dar

trabajo á todos los que se lo pedían, sacando al mismo tiempo alguna utilidad.

Y fué el primer hacendado agricultor que hubo en la República Arg’entina, y tal vez en la América.

Por que como los primeros resultados fueron superiores en demasía á lo que él mismo se había figurado, continuó la agricultura como una especulación brillante, dando tral)ajo á grandes peonadas, que hicieron de su estancia un verdadero señorío.

Ante las primeras utilidades pasmosas que recibió don León y las noticias de las mejoras que su hijo había introducido, quedó deslumbrado.

La señora Agustina, que como ya hemos dicho era interesada hasta el estremo de ser tacaña, quedó maravillada, conviniendo con don León, que Juan Manuel era un génio para las especulaciones de

Después de una larga conferencia resolvieron entregar á Juan Manuel el manejo de todos los establecimientos.

Y le escribieron una larga carta, participándole esta resolución y pidiéndole viniera en primera oportunidad.

Rosas entre tanto había seguido estudiando á los]paisanos y ganando terreno en su corazón y deslumbrándolos con sus gauchadas.

Concluido que hubo de perfeccionarse como ginete y enlazador, se dedicó á jugar á la taba y á tocar la guitarra haciéndose en esto tan gaucho, que nadie jugaba con él á la taba por que perdía con seguridad, y los mejores tocadores sentían ya vergüenza de guitarrear delante de él.

Si los paisanos tenían por él tanto cariño y respeto, qué diremos de las paisanas, seducidas además de todo eso, por la hermosura sorprendente de Rosas, cuyos dorados rulos caían ya sobre sus hombros?

En todos los ranchos tenia vara alta y en cuanto el patroncito armaba jarana en

cualquiera de ellos, las muchachas caían hasta de diez leguas de distancia.

El amor de las paisanas hácia el patroncito, era mirado por ellos con la mayor naturalidad.

Si ellos mismos se sentían fascinados, ¿cómo no habían de estarlo las mujeres?

Además no había entonces un solo gaucho capaz de cometer una perfidia, por cuya razón no la suponían en otro, mucho ménos en el patroncito que era para ellos una especie de sér celeste.

Y sin que nadie lo sospechara, como es natural, tuvo un mundo de aventuras amorosas.

En el cuchillo llegó á hacerse lo que en todo lo demás.

No hubiera habido un gaucho capaz de parársele por delante cuchillo en mano, porque el respeto y cariño que por él sentían rayaba ya en adoración.

Pero como él quería hacer conocer también esta superioridad, buscaba á los más mentados como cuchilleros y visteadores, y los obligaba á vistear con él, armados de palitos del largo de un facón.

Y era curioso ver el estallido de los paisanos al verlo barajar una puñalada maestra, ó hacer una cuerpeada imposible de imitar.

Sin haber, pues peleado con nadie, poique no lo necesitaba, Rosas demostró que era el mejor cuchillero conocido y que en esto, como en lo demás, no tenia competencia.

Así, sin que su espíritu perdiera hasta entonces nn átomo de su cultura ni descendiera un ápice, llegó á hacerse el más gaucho de todos los gauchos, hasta en el lenguaje, que se los había tomado por completo.

Cuando recibió la carta en que don León lo llamaba, la estancia y los puestos, con sus numerosas peonadas se pusieron en conmoción.

Desde que Juan Manuel había ido á la Atalaya no había hecho ningún viaje al

pueblo, así es que al principio todo fué impresión y lamentos.

Creían que el patroncito se ausentaba para no volver más.

Pero cuando les leyó la carta y supieron que volvía nada menos que de patrón de todos los establecimientos, la alegría no tuvo límites.

En dos ó tres dias llegaron á la estan-^ cia más de quinientos paisanos, que venían á despedirse y á acompañarlo unas leguas.

Y tan numerosa fué la reunión y el séquito, que cuando Juan Manuel se puso en camino, parecia un general al frente de una columna de caballería.

Los únicos que no iban muy conformes eran los capataces, á quienes como era natural, se les retirarla todo el poder que hasta entonces habían tenido.

Pero aquel desconsuelo duró poco, pues Rosas los llamó y les e.splicó la cosa del modo siguiente:

— Ustedes no estén tristes, por que no tienen razón.

IMi administración en nada afecta sus cargos, ])ues no pudiendo yo atender todas las estancias á la vez, los capataces tienen que quedar donde están.

l*ara ustedes e.sto no significa más que un solo cambio de patrón, es decir, que en vez de entenderse con mis padres se entenderán con migo.

Y siempre serán ustedes los que ganan, ])or ({ue como yo los veo trabajar y sé lo qu(í ustedes valen, les he de recompensar mejor.

Con esta csplicaciou los capataces quedaron ])lenamente satisfechos, tomando ])arte en la alegría general.

Entre la comitiva (jue se aumentaba continuamente, víuiian como doscientas mujeres de todas edades y ])elajes, <jue no habian querido d(‘jar ])artir al niño sin acomj)añarlo.

Y Posas tenia entre ellas, además d('l ¡)r(>stijio de su ])ersona, un gran prestijio como patrón.

Este prestijio lo habla adquirido dando en las esquilas preferencia al trabajo de las mujeres, por que los peones demasiado trabajo tenían en la ganadería y los sembrados.

Ya se sabia que en la Atalaya las mujeres esquilaban, y como ellas eran pocas en relación á las numerosas majadas, ganaban así una buena cantidad de dinero.

Xi por broma se hubiera presentado un peón en la estancia de Rosas, pidiendo trabajo en las trasqmlas.

Los capataces se le hubieran reido en las narices y los peones lo hubieran mirado como un marica.

Así fué preciso que Rosas mandara reg'resar aquella verdadera espediciou, pues de otro modo lo hubieran acompañado hasta su misma casa.

Solo quedaron con él los principales capataces á quienes don León mandaba llamar.

Los paisanos se retiraron dando furiosas riendas y jugando al pato, juego ya abolido en nuestra campaña, como festejo á esta última promesa del patroncito.

— 'S'ayan tranquilos, muchachos y no abandonen el trabajo, que cuando yo pegue la vuelta, que será pronto, les ])rometo un mes de jarana en toda regla.

Así aqiiella inmensa ala de caballería regresó á su correspondiente pago, saboreando aquella fiesta descomunal cuya magnificencia se sospechaban, conociendo el gusto con que sabia armarlas el patroncito.

Rosas regresó, pues, á su casa, donde era esperado con una verdadera ansiedad.

Il)an á cumplirse dos años (pie faltaba de ella, así es que era esperado con febril impaciencia.

La familia y todas las relaciones de esta (pie eran numerosísimas, esperaba su lleg'ada, reunidas en los espaciosos salones, iluminados con cuanta vela pudo colocarse.

.luán Manuel comprendió que el traje de ])aisano ({ue ve.stía, disgustarla á sus

padres y que no era á propósito para presentarse ante tanta gente.

Así es que enfiló á su cuarto, haciéndoles prevenir que iba cepillarse uii poco el polvo del camino.

Pero su cuarto fué inmediatamente invadido por padres y hermanos, que se disputaban el placer de abrazarlo.

Cambiado su traje, en cuya operación lo ayudaron don León y doña Agustina, Rosas fue introducido á las salas.

Su presencia produjo un grito unánime de admiración.

El jóven volvia más hermoso aún de lo que habia salido.

Su rostro tostado por el sol de la pampa, le daba una espresion más varonil y atrayente; y su larga cabellera de dorados rizos, encerraba majestuosamente el óvalo purísimo de aquel semblante artístico.

Entre quienes su aparición metió más bulla, fué entre las muchachas que, como se dice entre ellas, se lo querian comer con los ojos.

Miéntras se daba la ultima mano á la mesa, pues era ya la hora de cenar, los concurrentes rodearon á Juan Manuel, haciéndole un sin fin de preguntas que el jóven no sabia cómo responder.

Don León no podia ocultar el orgullo que la presencia de su hijo hacia afluir á sus ojos.

Doña Agustina estaba embebida en su contemplación.

El físico de Juan Manuel era como para enorgullecer á su madre.

La cena fué espléndida y animada teniendo Juan Manuel que hacer el gasto de la conversación, pues no habia concluido aún de satisfacer una pregunta, cuando le dirijian media docena más.

Tanto las damas como los caballeros, estaban entretenidísimos, con los relatos campestres que hacia el jóven, con tal belleza de colorido, que les parecía estar contemplando lo que narraba.

Y hubiera permanecido hasta el ama-