Dramas del terror: historia de don Juan Manuel de Rosas · Unidad 3 de 233

Unidad 3 · PIISTORIA DE ROSAS

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

PIISTORIA DE ROSAS

que conduccu á la gloria y al honor so abrieron á su paso.

Pero todos los despreció.

Sus instintos lo llevaban á otra parte.

Cambio los guantes por las bolas, la varita por el facón y el frac por el poncho.

Con una inteligencia de primer orden y una constancia asoml)rosa, llegó á donde so ])roponia, sin mirar para atrás y cscarnocicndolo todo.

Joven aún, afrentaba la sociedad á que pertenecía, viniendo á la ciudad de chiripa y bota de potro.

A la misma sociedad que más tarde había de azotar y cubrir do luto, y á cuyos oidos había de sonar su nombro como un golpe de cuchilla.

Es que desde pequeño mostró sus terribles instintos de tirano, rebelándose primero contra sus maestros, más tardo contra su propio padre y últimamente contra toiia la sociedad entera á la que tuvo bajo la espuela de subota y bajo el azote de su palabra que se dibujalja en sus delgados lábios, siempre como una sentencia de muerte.

Rosas empezó así sus proezas en la campaña, reduciendo primero al paisano inocente y crédulo, para imponérsele más

Es que Rosas era un verdadero caudillo, á quieji muchos otros han tratado de imitar más tarde, pero sin obtener sus famosos resultados.

Porque en servicio de sus ideas de dominio y de grandeza había puesto su fuerte organización moral é intelectual.

El comprendió que el hombre que llegara á dominar á esas masas inocentes y medio sal^mjes, seria lo que quisiera ser. I

ello los primeros treinta y su vida, hasta que llegó á p se había propuesto.

Fueron estas masas las que lo llevaron al poder y Icfe que lo sostuvieron en él por espacio de veinte años imborrables

Y dedicó ( seis años de la mimbre qi

de la larga historia de nuestras desventuras.

Masas inocentes primero, y pervertidas por él más tarde, cuando las lanzó cuchillo en mano frente á la gente de levita, que no podía ve?' ni ])intadn.

Tomémoslo entonces desdo sus primeros años, abandonando esta digresión que solo puedo tomarse como plantel de la obra que emprendemos, un poco difícil, pero no imposible.

UNA TRAGEDIA EN LA PAMPA

PON Clemente López do Osornio, abuelo materno de Rosas, era un hombre de carácter firmo y do una actividad asombrosa.

Militar de profesión y do sangre, fué nombrado Comandante General do Campaña, allá por el año 1766.

Es tal vez el más notable y más digno do todos los antepasados del tirano.

El señor Osornio, en aquella época, era una interesante y varonil persona.

Una idea de su tipo se puede tener, mirando detenidamente al actual Coronel del mismo apellido y de la misma sangre.

Comprendiendo que la gran riqueza do estos países estaba en la ganadería, aunque las armas le ofrecían un porvenir brillante, aspiraciones de otro órden lo llevaron á distintos rumbos.

Es cierto, les decía á varios de sus amigos, con la alegría que le era característica, que la espada está llamada á desempeñar el más brillante rol en estos países: — 'la paz, el órden y el progreso, no es otra cosa que el resultado del mucho batallar.

Muchos años pues habrá que esgrimir la lanza sin descanso ni trégua.

Sin embargo, amigos mios, de ser esto una verdad como una montaña, no es ménos cierto que el engrandecimiento de este país vendrá por la ganadería.

Otros serán llamados por Dios á llevar

tiiunfantes sus armas en los campos de batalla.

Yo amo el trabajo y siento que el destino me arrastra liácia las labores del

Quiero poblar dilatados establecimientos y verlos cubiertos de ganado, que como una bendición del cielo, esmalten los inmensos espacios (|ue matiza el suavísimo '\'erdc de los campos.

Consecuente con estas ideas, entre la azarosa carrera de las armas y la vida tranquila del estanciero, el señor López de Osornio eligió la segunda.

Raras coincidencias del destino!

Este hombre noble y valiente, al alejarse de la vida militar, más se acercaba á una muerte trágica c inesperada.

Pero no apresuremos los sucesos.

El abuelo materno de Rosas se retiro á la campaña, donde pobló magnífícos establecimientos para sí y para su yerno don León, á quien apreciaba y quería en ('.stremo.

Entre ('líos íiguraba la estancia denominada el Rincón de Lojjez, magnífíco establecimiento (pie eligió como su residencia habitual.

En el año HHd, diez ántes de nacer su célebre nieto, don Clemente se encontraba en este establecimiento, acompañado desuliijo mayor, don Andrés, jóven de 20 años,á quien amalja con idolatria.

Filé en aquel mismo año (pie tuvo lugar la invasión de indios más sangrienta de que hasta entonces hubiera memoria.

Militar y hombre ])rudent(', el señor López de Osornio tenia en el Rincón de López unos vi'intc fusiles de chispa y unos cuarenta sables. I

Comprendiendo el jieligro ('ii ({uo se | ^■i^ia. en j>araj('s tan avanzados sobre la ¡ Pamj)a, había Ihívachj consigo unos V('in- ^ le. boiubn's de. toda su conlianza, milita- j i'('s ndirados ('ii su mayor ]>arti'.

Para estar más si'guro y teiK'r iiii r('fugio contra cuahput'r avance. d(', los salvajes, habia hecho construir un buen foso.

al rededor del cómodo rancho de paredes do adobe que constituía sus habitaciones y las de su amado hijo.

De esta manera se creía inespugnable contra cuahpiier tentativa de asalto por parte de los indios, enemigo terrible en aquellos tiempos.

La noticia de la invasión fué pues recibida por el noble Osornio con su sonrisa más despreciativa.

Sin embargo la invasión era traída por más de trescientas lanzas, de las más audaces y feroces.

De todas partes empezaron á llegar peones y pobladores, que venían á refugiarse en su estancia, trayendo las noticias más desconsoladoras.

Los indios venían matando y cautivando con toda la ferocidad de sqs instintos

— Nos dejan sin una oveja, ijecian, pues han arreado con cuanta cabeza se halla sobre los campos.

— Ya las rescataremos, coiiestaba don Clemente, sonriendo siempre

Xo hay que añigirse, pups ahora la cuestión se reduce para nosotros á prejiararnos á la defensa y á la vi(ttoria.

Y con su inteligencia claik y su práctica de soldado, trazó el j) aii ipic debía darle, según sus cálculos, os mejores resultados.

Con los hombres que luJna llevado de la ciudad y sus veinte fusies, improvisó una comi)añia de infantes! (pe colocó del lado de adentro del foso, con órden de recibir á los indios haciéndoles el fuego más rá])ido y certero que les fuera })osible.

La peonada y el resto do la gente que allí se habia refugiado, con don Clemente á la (‘abeza y organizada en un escuadrón de caballería, quedó fuera del foso, armada cou sables jiara los (pie alcanzaron, y c.on cuchillos y chuzas el resto.

El señor Osornio calculaba que los indios, si venian y se aTrevian á cargar, se j)ondrian en fuga ante el fuego do fusileria.

Entonces él podría carg-arlos con su ira])rovisado escuadrón y obtener sobre ellos una victoria fácil j provechosa.

Pero no todo lo cpie se piensa ])uede realizarse.

Apenas liabia concluido de tomar sus últimas disposiciones y dar á ,su hijo el mando de la infantería, cuando se presentaron las avanzadas de los indios, lanzando su terrible alarido de muerte y esterminio.

Los campos de Osornio eran los más poblados de hacienda, y sobre ellos se dirigía la invasión con preferencia.

El que combate por primera vez, en una invasión de indios, no puede dominar, por bravo que sea, una impresión do temor y de desagrado.

Aquellos rostros ávidos de sangre y de saqueo;

Aquellas inmensas bocas, abiertas de una manera espantosa y dejando ver sus dientes caninos y blanquísimos;

Aquellas largas chuzas, blandidas por hombres atléticos, y aquellos ojos pequeños y pinchantes, contribuyen á aumentar esa primera impresión, que la borra en seguida el ardor de la.lucha.

Al ver tanta gente reunida, las avanzadas de los salvajes se detuvieron á una distancia respetable, esperando la incorporación de las reservas.

Una vez reunidos todos, y á la caída de la tarde, trajeron sobre la población una carga moderada y bien calculada.

La infantería los recibió con un fueg*o tan vivo como podía hacerse con aquellas armas, causándoles dos ó tres bajas.

Como don Clemente lo había calculado, los indios dieron la espalda, y se retiraron según su táctica, desparramándose para presentar ménos blanco.

— Animo y á la carga! gritó entonces el señor de Osornio á su improvisada tropa, y se lanzó como un torbellino sobre los fugitivos, que empezaron á ser acu- | chillados por la espalda. j

Pero como el enemigo se desparrama- I

ha en diversas direcciones, los soldados de Osornio se desparramaron también, entusiasmados en la persecución.

Y esto fué su error fatal.

Y'ieudo los indios que no eran molestados por las armas de fuego, y la inferioridad del enemigo que los perseguía, empezaron á rehacerse con la rapidez que les es característica, y á agredir á aquella trojja bizoña, que había perdido su formación.

Entonces se cambiaron los papeles.

Los perseguidos se convirtieron en ])erseguidores y empezó entonces una verdadera carnicería.

López de Osornio comprendió en el acto sil error, y organizó una retirada en cuadro, (pie le ofrecía probabilidades de salvación.

Protegido inmediatamente por los infantes, que guiados por su hijo lo habian seguido, pudo reunir detrás del foso y salvarla, una tercera parte de su tropa.

Las dos restantes habian sido lanceadas ])or los indios, con toda saña y ferocidad.

Envalentonados con esta victoria, los indios avanzaron en semicírculo hácia el foso, que rodearon á una distancia donde las balas no pudieran ofenderlos.

Entre tanto la chusma y las medias lanzas, que vienen con ese objeto, empezaron á arrear las numerosas haciendas del Rincón de López.

El resto de aquella noche fué terrible para el Sr. de Osornio, cuya acción agresiva se encontraba coartada por la presencia de su amado hijo, cuya vida preciosa veia en un peligro inminente.

Como la inacción era también la muerte, resolvió hacer una nueva salida á la madrugada siguiente, apoyado en su infantería, que conservaba casi intacta.

Mandó á su hijo que no se moviera del foso, y en cuanto apuntó la luz del dia, salió con su tropa, tratando de aprovechar bien los pocos tiros que le quedaban.

La lección del dia anterior, bien aprovecliada, debia servirle de mucho.

Pero su acción vino á ser turbada por la presencia de su hijo, que salió del foso, no pudiendo sufrir la impresión de terrible angustia que le hacia esperimentar el peligro en que se encontraba su noble padre. j

Los indios, como el dia anterior, empezaron á retroceder ante el fuego de fusilería, diseminándose á manera de presentar blancos imposibles, por su eterna movilidad.

Pero viendo que el fuego acababa por falta de municiones, comenzaron á animarse, y media hora después cargaban sobre aquel pelotón, de una manera irresistible.

La derrota se pronunció entonces de una manera espantosa.

Los que iban mejor montados huyeron.

El resto, rodeando al señor de Osornio y su hijo, vencidos por el espanto de una muerte segura, se retiraron al foso.

Do los primeros pudieron salvar algunos que huyeron hacia Chascomús.

Los segundos salvaron el foso, hallando en él por el momento, un sitio seguro.

Aún les quedaba munición suficiente para defender la entrada de los salvajes.

Pero que es])eranza de salvación podia abrigar aquel pequeño grupo de quince hombres á lo más!

Solo la esperanza de (pie los indios cansados y viendo que nadie los molestaba, se retiraran con la hacienda.

El resto de aquel dia y la noche (|ue lo siguió, fue de una espcctativa (h'sesjierante.

Los indios habian rodeado el rancho, y ])arecian no estar dispuestos á rctirarse sin haber nuidido y esterminado á sus defensores.

De cuando en cuando, hacian una tentativa de asalto, ])oro bien ])ron1o retrocedian aut('. (d fuego de los fusiles, que algunas l)ajas les huelan.

López de Osornio estaba vencido por la más amarga desesperación.

Hombre de un temple de alma á toda prueba y habituado á desafiar el peligro no tenia por si el menor temor.

I La muerte para él era un problema que tenia su resolución marcada y lo era indiferente verla cumplida más ó ménos

Pero la presencia allí de aquel hijo querido, cuya sangre tal vez viera correr de un momento á otro;

Aquella existencia de tan hermoso porvenir á la que todo sonreía, tronchada por la lanza de un salvaje, eran cosas que helaban la sangre en el corazón de aquel liombre tan bravo.

D. Clemente miraba á su hijo, secaba alguna lágrima que rodaba de sus altivos ojos, y al verlo tan sonriente y sereno en el pehgro, sentia escapar su razón á impulsos de aquel martirio moral intolerable.

Tantas fueron las tentativas de los indios, que las municiones comenzaron á escasear de una manera alarmante.

Y el fin de aquel drama horrible empezó á dibujarse con siluetas aterradoras.

Los indios viendo (¡ue los sitiados no tenian intención de rendirse y si de combatir hasta la muerte, recurrieron á su golpe de gracia en estos casos.

Empezaron á atar á las boleadoras mazos de paja seca (pie incendiaban, y arrojar estos á los techos del rancho y galpones, ({uc no tardaron en tomar fuego.

Este filé el momento más terrililc para el Sr. Osornio.

Vencido ])or la desesperación más desgarradora, blandió su espada inútil ya, con una espresion terriblemente amenazadora y se jirendió de su hijo sobre cuyo rostro volcó, en una mirada imposible de describir todo el amor que por él sentía, y toda la desventura de aipiel momento j tremendo.

I — Qué lo hemos do hacer, padre mió,

réplicó á aquella mirada el jóveu que la habla inspirado.

Creo que no habrá salvación posible.

El fuego avanzaba con una violencia terrible y permanecer allí era morir carbonizado.

Algunos de los hombres que los acompañaban empezaron á salir del foso, corridos por las llamas, pai^. perecer á manos de los indios, que con salvajes carcajadas contemplaban aquel cuadro desgarrador.

No habia tiempo que perder.

Era preciso elegir entro el fuego ó vender la vida lo más cara qne fuera posible, y este último medio fué elegido por ambos.

Esto fué el momento más terrible para el espíritu del caballero López de Osornio.

Tomó entre sus manos aristocráticas la hermosa cabeza del hijo querido y la besó en la frente y en la boca con nna ansiedad casi maternal.

Era el último beso que le darla sobre la tierra!

En seguida lo puso á su espalda, amarrándolo á sil cuerpo con el brazo izquierdo, mientras en su mano derecha blandía su espada de una manera terrible.

Y así, cubriéndolo con su cuerpo, fué á pasar el foso.

Pero entonces el hijo querido se desprendió de sn espalday avanzó junto con él tomándolo y besando su mano izquierda como última despedida.

— Al lado los dos, padre mió, le dijo sonriéndole como un ángel bueno.

Ya que hemos de morir muramos juntos.

Cuál de los dos podría resistir la vista de la muerte del otro!

Al lado padre mió, yo te amo.

Y avanzó resuelto y tranquilo.

Los indios seguían todas aquellas vacilaciones y amarguras, complacidos hasta el punto de olvidar al resto de los si-

tiados, á lo que muchos de estos debieron su salvación.

Reían de una manera infernal, lanzaban sus más agudos gritos de placer y blandían las chuzas con que habían de arrancar aquellas dos vidas.

El Sr. López de Osornio, volvió á mirar á su hijo, como si su razón empezara á estraviarse y avanzó tratando de cubrirlo siempre con su cuerpo.

No habían concluido de salvar el foso, corridos por el insoportable calor del incendio, cuando se encontraron rodeados de indios que, chuza en mano, habían ya echado pié á tierra preparándose á lancear miéntras hubiera carne sana.

El Sr. López de Osornio paseó sobre ellos una mirada como un rayo y trató de nuevo ocultar á su liijo cubriéndolo con su cuerpo.

Los indios, comprendiendo lo que pasaba por aquel hombre, estrecharon el círculo y para mortificarlo más, uno do ellos clavó su chuza en el pecho del noble jóven, que siempre sonriente esperaba sn fin, deseando únicamente caer antes que su padre.

Al ver este correr la sangre del hijo, que recibió el lanzaso sin hacer un gesto, lanzó un grito terrible, se precipitó sobre el indio que lo habia herido y antes qne este pudiera evitarlo, le pasó su espada por el cuerpo.

Los indios se lanzaron entonces sobre sus víctimas y empezó aquella agonía formidable.

Cada cual se disputaba el derecho de herir primero y todos herían á la vez, haciendo penetrar las lanzas lo ménos posible, para hacer más larga la agonía.

Esta es la manera invariable como el indio mata sus prisioneros.

El señor de Osornio, abandonando su inútil espada, se habia prendido del cuello de otro indio, al que sacudía de una manera frenética.

Su hijo se habia cubierto el rostro con las manos para no verlo morir.

La pérdida de sangre estenuando sus fuerzas, les hizo comprender por fin que el momento supremo liahia lleg-ado.

Heridos por el mismo pensamiento, se buscaron con la mirada ya opaca por el soplo de la muerte, y se arrastraron hasta encontrarse.

Entonces se abrazaron, y uniendo sus lábios por el último beso, quedaron así esperando la muerte.

Y esta no tardó en lleg-ar.

Pocos momentos después los dos rodaban por el suelo, sin vida y hechos pedazos á lanzadas.

Y así permanecieron los dos cadáveres, lig'ados por aquel último abrazo y aquel sublime beso, basta que los indios los separaron para practicar la última operación.

Degollarlos.

De esta manera, trájica, terriblemente trájica, murió en compañía de su hijo más querido, el caballero D. Clemente López de Osornio, abuelo materno de don