Dramas del terror: historia de don Juan Manuel de Rosas · Unidad 69 de 233

Unidad de lectura 69

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— Es necesario hacer salir de aquí á este niño, dijeron, pues no queremos que la ferocidad de estos hombres, llegue liasta hacerle presenciar la ejecución de su padre.

Y acercándose al comandante Montenegro le hicieron presente que debía hacerlo salir.

A ninguno de ellos se le había cruzado la idea, ni remotamente, de que aquella criatura inocente y bella, pudiera formar parte de los asesinados.

El comandante Montenegro, aflijido por su dolor acerbo, abrazó á su hijo con un cariño imponente, diciéndole fuera á esperarlo al hotel, donde él lo iria á buscar.

— No voy, dijo el niño, porque te van á matar y yo quiero morir á tu lado.

Todos quisieron persuadirlo de que la sentencia no tenia nada que ver con Montenegro, quien se quedaba allí solo por acompañarlos.

El niño les sonrió mansamente y con una entereza de ánimo asombrosa en su corta edad, repitió sus palabras añadiendo:

— He dicho que quiero morir al lado de mi padre.

No so podía consentir aquello.

El coronel Videla manifestó entonces que era jireciso sacarlo á la fuerza y así se acordó.

Entre este y su desgraciado ])adrc tomaron al niño y suplicaron al oficial de j g-uardia que lo encerrase siquiera en al- | gim paraje, para ahorrar este inútil y doble martirio moral.

El oficial de -guardia manifestó que nada podía hacer por sí, ni permitir que aquel niño saliera de allí.

Pero que aún á riesgo de esponerse á un castigo, iba á pedir instrucciones al coronel Ravelo.

Cuál no seria la sorpresa y el espanto de aquellos desdichados, al 'Conocer la respuesta que había dado Ravelo, á saber:

Que no podía salir de allí el niño Montenegro, porque formaban en la lista de los condenados!

Aquello era el colmo de la ferocidad!

Parecía que Rosas había querido superar al mismo Quiroga, y á cuanto bandido se había hecho conocer hasta entonces por algún rasgo de crueldad.

El comandante Montenegro sintió que todo su valor lo abandonaba, se abrazó de su hijo y sintió sus tostadas y varoniles mejillas, abrasadas por dos lágrimas de fuego.

— Ese miserable debe estar loco! gritó.

¡ Pero esta monstruosidad no puede consentirse, antes que me despedazen!

— No te afiijas padre mió, repuso el niño, con su acento infantil cada vez más melodioso.

Así moriremos juntitos y no tendré yo que volver á casa á llevar la triste noticia.

— Pero es menester hacer algo esclamó el generoso coronel Videla. i No se puede consentir en esta iniquidad!

Para mejor lograr su noble objeto, hicieron llamar allí al vecino don Cárlos Branizan, persona de respeto y de alguna influencia, quien concurrió pocos momentos después al llamado que so le hacia.

I Guando Branizan, que de todo estaba I ignorante, supo de lo que se trataba, se j sintió profundamente conmovido y horrorizado.

Como todos los vecinos de San Nicolás nada sabia, y su impresión era mayor, puesto que la noticia lo tomaba de sorpresa.

— Estos asesinatos no se pueden permitir! esclamó y si Ravelo no cede, yo levantaré á san Nicolás en masa.

— Será inútil, replicó Videla, puesto que Rosas está en Pavón con todo su

Lo único que con esto lograria, seria, sin salvarnos, aumentar el número de las víctimas.

— Pero esto es cobarde! es un asesinato en masa!

— Y qué le hemos de ha(*.er!

Lo que urje ahora, es salvar á ese niño inocente, que ha venido á acompañar á Montenegro, enviado por su esposa.

Su muerte seria algo de horrible que es preciso evitar.

— Usted, amigo mió, no dé paso alguno por salvarnos, agregó Videla, por que este asesinato en masa lo han de consumar á pesar de todo, y ya digo á usted, seria aumentar el número de las víctimas, sin llenar el objeto.

— Pero asesinen á los hombres y no á los niños inocentes, que ningnua participación pueden tener en nuestras acciones.

El niño Montenegro no es ni prisionero, ni siquiera tomado en la ciudad capitulada.

Branizau salió de allí profundamente conmovido y en unión de las personas más respetables é influyentes de San Nicolás, fueron á ver á Ravelo.

Todos ellos eran insistas reconocidos, que lo habían ayudado durante su permanencia allí y que no podían ser acusados de complicidad.

Ravelo, con harto sentimiento les manifestó que nada podía hacer en su obsequio, aunque él mismo era el primero en reconocer lo injusto y terrible de aquella sentencia.

— Pero ese es un niño inocente que no puede estar comprendido en la lista! esclamaron aquellos hombres, firmemente decididos á salir triunfantes.

Nosotros y todo San Nicolás nos opondremos.

— Harán mal, porque á pesar de todo se cumplirá la terrible sentencia, para lo cual tengo órden de proceder contra el mismo vecindario.

Y^ en su descargo, Ravelo mostró á aquellos hombres indignados la lista donde figuraba el comandante Montenegro y su hijo y aquel párrafo terrible no se admite otra contestación (¿ue el aniso de liadjer cmij^lido con ella, lajo ])ena de ser íisted sacrijícado con igual jrre.cipitacion.

Toda insistencia venia á ser inútil.

xUsílo comprendió la comisión presidida por Branizan y se retiró profundamente indignada, y arrepentidos sus miembros de haber formado, por un momento, en las filas de los partidarios de semejante mónstruo.

— Pobre Buenos Aires! esclamó Branizan, una vez que estuvo en la calle.

Quién sabe con cuántas cabezas más tendrá que pagar el honor de ser gobernado por Rosas!

Los prisioneros entre tanto, por lo que tardaba Branizan, comprendieron lo inútil de sus empeños.

El desgraciado Montenegro, estaba completamente rendido al dolor.

Tenia entre sus manos la hermosa cabeza de su tierno y cariñoso hijo, que cubría de lágrimas y de besos.

El corazón de un hombre no podía resistir tanto.

Algo insensibilizado por el mismo dolor y á punto de perder la razón, abrazaba al hijo de cuando en cuando, asegurando que ni con todo el ejército se lo arrancarían de los brazos.

Dominados por esta pena íntima é imponente, los demás compañeros no pensaban siquiera en la propia desventura.

Según el proceso criminal seguido al bandido Juan Manuel Rosas, que tenemos á la vista, el diez y seis de Octubre de 1831, á las cuatro de la tarde, salieron

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en dirección al imtílulo los condenados, asistidos por dos sacerdotes.

Se nos olvidaba un incidente digno de ser conocido.

Cuando el comandante Montenegro tenia abrazada la cabeza de su lujo, este permanecía con la vista fija en el suelo, que solo levantaba para irradiar sobre el rostro de su desgraciado padre, todo el amor que afluía á su mirada.

Estando en esta posición, el niño vió en el suelo uno de aquellos antiguos clavos, largos y con cuatro filos bastante pronunciados.

El niño lo levantó con presteza y enterrándolo con gran coraje en su pedio por dos veces, esclamó:

— Xo les he de dar el gusto de ver morir á mi padre, bárbaros, ni de matarme á mí!

Cuando su padre le arrancó el clavo, ya el niño se habla inferido las dos heridas, de las que brotaba poca sangre, como sucede en todas las causadas por armas de aquella forma.

De modo que cuando el niño fue sacado para ser conducido al banquillo, ya llevaba en su interesante rostro las huellas de la muerte, que muchos atribayeron á temor.

El coronel Ravelo habla formado un cuadro de pocas y elejidas tropas, que él mismo mandaba.

'En los cuatro ángulos como es de práctica en esos tristes casos, se liacia leer un bando remitido por Rosas á Ravelo y escrito de su puño y letra.

Ese bando solo decia lo siguiente:

Pena de la rida al que nombre á cualquiera dey.os reos.

Al ruido de las cajas y las músicas, todo el vecindario salió á la calle, mostrando la mayor consternación al saber de lo (|ue se trataba.

Los prisioneros entraron al cuadro con la mayor entereza y se colocaron en fila delante de los dos pelotones que iban á ejecutarlos.

Allí se dirijieron al pueblo atónito que los contemplaba, manifestando que ningún delito los llevaba á aquel sitio.

— Xi siquiera somos prisioneros de guerra, esclamó el coronel Videla, pues nos hemos entregado bajo la fé de un tratado hecho con toda formalidad !

Y para mayor crueldad en este asesinato colectivo, se incluye á un niño inocente, que no es ni militar ni prisionero.

Tan g’raves eran estas palabras, y sin duda las ([ue iban á seguir, que el coronel Ravelo para ahogarlas, mandó tocar las músicas y los tambores.

Los prisioneros quisieron liacerse oir todavia, pero el pueblo solo vió sus ademanes dignos y reposados.

Lo que más profundamente conmovia hasta á los mismos soldados que iban á hacer fuego, era el cuadro formado por el comandante Montenegro abrazado á su

El niño estaba sombriamente sereno, y empalidecido por las heridas que se habia inferido poco ántes.

El valiente militar lloraba de una manera silenciosa y conmovedora, tratando de cubrir con el suyo, el cuerpo del hijo querido.

— Déjame, padre mió, se le oyó decir en un momento que cesaron las músicas — mi pecho es tan bueno como cualquier otro.

Deja que me peguen en él, porque así moriré más pronto y concluiré de penar.

La parte de concurrencia que oyó estas tiernas ])alabras, se conmovió hasta el llanto.

A pesar del terrible bando que se liabia leido, en los estremos del cuadro empezaron á oirse voces do prote.sta.

— Esto es un crímen! decian algunos alentados por las pocas fuerzas que formaban el cuadro.

— Es un asesinato 1 repetian otros, qvu* mancliará el ])artido de una manera indeleble.

— Pobre niño !

— Pobre niño! se oia decir por todas partes.

El coronel Ravelo comprendió que demorar más la ejecución era esponerse á un sério peligro y mandó ordenar al oficial que mandaba el pelotón, que cumpliera con su deber.

Sonó entonces el ruido seco y peculiar de las armas al ser montadas, y á esto si- ¡ gaiió el murmullo de los sacerdotes que acompañaban á los sentenciados.

Un estremecimiento nervioso recorrió el cuerpo de aquellas nobles víctimas, las primeras que el general Rosas arrojaba al rostro del partido unitario y de la sociedad argentina.

A una señal del oficial, los soldados bajaron las armas y muchos de ellos cerraron los ojos.

Era la manifestación muda de la repugnancia que aquel crimen les causaba.

El comandante Montenegro se estremeció de nuevo de una manera más poderosa, una espresion de inmensa agonia cruzó su semblante y volvió á estrechar á su hijo de una manera más íntima, más tierna.

Parecia que con sus brazos creia ofrecerle un escudo contra la muerte.

El primer pelotón hizo fuego y avanzó inmediatamente el segundo, que descargó también sus armas.

El coronel Videlay el comandante Campero, cayeron para no levantarse más.

Hablan recibido vmrios balazos en la

Carbouell, Altamira y Montenegro, cayeron también, pero volvieron á levantarse tambaleando, y sin poder ponerse de piÍ!.

Estaban heridos en la caja del cuerpo.

Cuevas, Cuello y el niño Montenegro siguieron de pié.

Las dos descargas los habian respetado, sin causarles la menor herida.

Montenegro agonizando, más por el martirio moral que por las heridas, estiró una mano hácia su hijo, que se precipi-

tó sobre él y lo abrazó besándolo en la boca.

Los soldados entonces, á la voz del oficial, empezaron á hacer un fuego graneado, tan pausado que para concluir con la matanza, necesitaron más de cinco minutos.

El niño Montenegro cayó sobre el cuerpo de su padre, y sobre su pecho noble inclinó la juvenil cabeza, destrozada pollas balas.

Horrorizado Ravelo con aquel crimen infame, á que se habia prestado bajo amenaza de la vida, sin siquiera hacer desfilar las tropas por delante de los cadáveres, se retiró con ellas á los cuarteles, dejando los cuerpos de las víctimas abandonados.

Así permanecieron hasta el otro dia en que fueron conducidos á un cementerio.

Allí se les arrojó á la fosa común, sin siquiera cubrirlos lo suficiente para librarlos de los animales carnívoros que en el osario saciaban su hambre.

La población de San Nicolás quedó aterrada con aquellas matanzas sin ejemplo.

La muerte de aquel niño, sobre todo, la habia conmovido de una manera indecible.

En qué nombre se habian cometido?

Con qué pretestos se habian llevado á cabo?

Cuál era la disculpa que podia darse á la muerte de aquel niño inocente?

Ninguna más que la ferocidad de un hombre que habia querido hacerse superior á los bandidos más infames.

Los mismos federales que ántes creian en Rosas como en el único remedio que podia oponerse á la anarquía, se sintieron indignados.

Y aquel espíritu miserable quiso acallar la conciencia pública y tal vez la propia, con su eterna y jesuítica frase:

— Es preciso vmngar el asesinato de Borrego, cuyos manes claman sangre.

Buenos Aires recibió la noticia de aque-

lias matanzas, como una puñalada asestada al medio del corazón.

Y aiín le faltaba mucho más que ver todavía. Aquello no era sino un ensayo de las ferocidades que habían de seguir.