Dramas del terror: historia de don Juan Manuel de Rosas · Unidad 78 de 233

Unidad 78 · FIN DEL LIBRO SEGUNDO

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FIN DEL LIBRO SEGUNDO

LIBRO TERCERO

x^jA. m:az;ob.c-A.

EL CONGRESO DE LA MUERTE

PON el espíritu impregriado ai'm por el horror do esa época tremenda, vamos á exhibir ante nuestros lectores, el cuadro sombrío y sang-riento que encierra la época maldecida comprendida entre los años 35 y 51.

El espíritu se conmueve, el corazón se estremece sollozante, y la intelig-cucía se resiste á creer en los horrores do aquellos tiempos inolvidables.

Es necesario recorrer una á una las pájinas del proceso seguido al asesino Juan Manuel Rosas y sus instrumentos.

Es necesario escuchar de los lábios estremecidos de algún anciano, escapado milagrosamente á la matanza, aquellos crímenes bestiales.

Es necesario, en fin, escuchar la indignación que brota aún del alma de alguna de aquellas patriotas azotadas por la mazorca, para convencerse de todo aquel horror, de toda aquella trajedia de diez y siete años!

El espíritu aterrado, cree asistir á una alucinación fantástica, porque parece increíble que el espíritu humano pueda asimilarse de aquella manera con los instintos bestiales de la fiera.

Y sin embargo, todo lo que so conoce de aquella larga noche de diez y siete

años, es pálido y frió al lado do la realidad.

Aquellas cabezas sangrientas adornadas do perejil y exhibidas en los mercados;

Aquellos lábios violados y oprimidos, en que la muerte ha ahogado una maldición;

Aquellos ojos cristalizados por la muerte, acusando en una mirada suprema la agonía que precedió á la muerte;

Aquellos cuellos sangrientos, destrozados por el serrucho con que se degollaba á la gente decente;

Aquella mirada brillante que parece mirar aún la esposa azotada o el hijo apuñaleado, son verdades terribles que narraremos con sus más exactos detalles, pero son verdades pálidas y débiles, al lado do otros horrores más ignorados, que exhibiremos do manera á no dejar la más remota duda.

El cuchillo desafilado reemplazando al puñal, y el serrucho sustituyendo á aquel, muestran el crescendo monstruoso de aquella turba de asesinos miserables, que se distinguían bajo el nombro de la mazorca.

Vamos á empezar este tercer libro, con una descripción de aquella asociación infernal, para que el lector pueda comprender mejor la trajedia de que fué principal 1 actora.

La mazorca, presidiclida cu su primera época por el tremeudo Salomou, se rcuuia cu uua casa situada freute al paredou de Sau Miguel, de propiedad de dou Lúeas González.

Una de sus ])rimcras liazañas liabia sido el degüello de este caballero, cuyos bienes fueron confiscados y entregada su casa para que sirviera de punto de reunión á sus asesinos.

Era don Lúeas González un rico hacendado del Sud, cuyo único delito cousistia en ser persona decente y honrada, delito imperdonable en aquella época nefanda.

Dou Lúeas González se habia casado en la familia de Borbou, cuyos deudos viven aún á inmediaciones de la Recoleta, en la calle Larga.

Deseando la tranquilidad de espíritu, tan difícil entonces, y el bienestar de su esposa é hijos, el señor González habia facilitado diversas veces sumas de dinero, á federales encumbrados.

Y creyendo que con ellas compraba su bienestar, compro su muerto terrible y dolorosa.

Creyendo que dou Lúeas González los cobrarla de nn momento á otro, las personas á quienes les habia facilitado el dinero, resolvieron deshacerse do él, para chancelar sus créditos de uua manera definitiva.

Y la voz de que González era un salvaje unitario, eni])ezó a correr entro los altos círculos ])rimero, descendiendo en seguida hasta Salomón y su gavilla.

Xo se necesitaba más sentencia de

Aquellas insinuaciones eran órdenes terribles, que la mazorca no tardaba mucho cu ejecutar.

Sus micml)ros eran asesinos feroces (pie estaban en su elemento al cumjilir aquellas órdenes.

Y además tcnian el poderoso aliciente del salpico de las casas ú cuyos dueños degollaban.

Así, el calificativo de salvaje unitario, fué lina sentencia de muerto que recayó en el desgraciado señor González.

Serian las ocho do la noche, cuando este sintió golpear desaforadamente á la

Era la mazorca que con el cabo do sus puñales llamaba á la víctima anunciándole su próximo fin.

Sobrecojido de espanto el señor González, mandó á la puerta un peón que tenia en su casa, para que sin abrirla, preguntara quién era.

Demasiado sabia él que solo la mazorca se anunciaba de aquella manera, pero no qiieria creer que fuera á él á quien buscaban.

— Abra usted á quien debe! respondieron al peón desde la calle, sino echamos la puerta abajo y degollamos á todos los que hay adentro!

Y con los cabos de los puñales volvieron á golpear la puerta, produciendo un estrépito infernal.

El peón, sobrecojido de espanto, fué á dar cuenta á González de lo ^U-O sucedía, quien comprendió que era necesario tomar una resolución estrema.

A las ocho de la noche, la ciudad presentaba entonces un aspecto imponente.

Todas las puertas estaban cerradas á piedra y lodo y por sus rendijas no so vela la menor claridad de luz, ni se escuchaba el más leve rumor.

Bien podia armar la mazorca en plena calle el escándalo más formidable, ninguna ventana so abria, ni so daba en las casas la menor señal de vida.

Es que al primer grito destemplado, las familias huian al fondo do las casas, para no oir los lamentos de la víctima y las imprecaciones do los asesinos.

Las callos silenciosas, no acusaban el rumor de paso alguno, a no ser el tropel de los asesinos que las cruzaban en todas direcciones, ó el paso tranquilo del caballo del sereno; cuyo sereno no era otra cosa que un ayudante ó osjiectador impa-

vsiblc de los crímenes que en plena calle perpetraba la mazorca.

Cada dos ó más cuadras, se veía un resplandor y se apercibía un vocerío atronador.

Era alg-una pulpería donde algún grupo do la mazorca se jactaba del último crimen, que narraba con todos sus repugnantes detalles, ó liacia el sangriento programa del que iba á cometer, detallando las prendas y dinero que pensaba obtener en el saqueo.

Aquel grupo so retiraba, poro era reemplazado en el acto por otro que iba á repetir la misma escena.

Y aquella concurrencia terrible se iba renovando á cada momento en las pulperías y almacenes, que permanecían abiertos hasta altas horas de la noche.

La mayor parte de estos grupos no pagaban la bebida consumida.

Pero cuál era el pulpero que se atrevía á exigir el pago?

El calificativo de salvaje unitario y un par de puñaladas habría sido la respuesta inmediata.

De todos modos, cuando el saqueo de alguna casa había sido grande, casi todo el dinero quedaba en los mostradores de las pulperías y con esto cobraban con morrudos intereses todos los fiados del mes.

Así, pues, mientras la mazorca llamaba de aquella manera desaforada á la puerta de González, no solo no se abrió puerta alguna, sino que la que por casualidad permanecía abierta se cerró de una manera precipitada.

De la pulpería más próxima acudió una pareja de mazorqueros, que se unió á los que golpeaban, entablando el diálogo siguiente:

— Qué, están de bolada?

— Sí, hemos venido á saludar al salvaje de don Lúeas que anda por volar.

— Y no habrá palomas adentro?

— Creemos que sí porque estos inmundos salvajes están siempre bien acompañados.

Yo no sé que estómago tienen estas mujeres!

— Pues entonces y por si acaso les echaremos una manito.

Siempre serán dos facones más.

Y aquellos dos forajidos sacaron sus puñales y unieron sus golpes á los de los primeros.

Don Lúeas Gonzalos era un hombre bravo en toda la, ostensión de la palabra.

Era mondocino y habia hecho su fortuna en aquel comercio, guiando él mismo sus primeras árrias.

Los peligros personales no lo espantaban pero no podía conformarse ante la idea de que su familia pudiera ser víctima de aquellos asesinos feroces.

Al momento se dió cuenta de su situación, resolviéndose á abrir la puerta.

— Yo no tengo enemigos entro esa jente, dijo; por el contrario los federales mejor colocados me deben servicios y no debo tener nada que temer.

Poro, si me niego á abrir, me hago sospechoso, y poco es lo que adelanto, pues de todos modos concluirán por echar la puerta abajo.

Resuelto á todo, se ochó un par de pistolas al bolsillo y mandó abrir la puerta.

Apénas se hubieron corrido los pasadores, la mazorca dió un empujón á la puerta y se lanzó dentro de la casa blandiendo los puñales y dando terribles gritos do viva la federación! mueran los inmundos salvajes unitarios!

La primera ^detima fué el peón que habia abierto la puerta

Dos manos hercúleas lo tomaron de los cabellos, antes que el paisano intentara defenderse, echándole la cabeza hácia atrás.

Por un movimiento instintivo, se llevó ambas manos al cuello como única defensa, pues ya los asesinos le habían arrebatado el puñal de la cintura y se le habían prendido de las piernas.

Poca defensa fué aquella para las filo-

sas cuchillas que se disputaron su garganta.

Los dedos cayeron primero, y momentos después su cabeza destilando sangre, era levantada como un trofeo por el que le tenia agarrado de los cabellos.

Una estrepitosa carcajada saludó aquella cabeza.

El cuerpo fue arrojado á un lado del zaguan, después de sacarle el tirador de la cintura, y la turba, siguiendo al que llevaba la cabeza, penetró en la casa.

El señor González estaba en el comedor, que cuadraba el primer pátio, de pié delante de la mesa y completamente dominado por el terror.

Hacia pocos momentos que acababa de comer la familia, y aún estaban sobre la mesa los últimos platos.

El comedor estaba alumbrado por la luz de un quinqué, que bañaba de lleno la persona del dueño de casa.

Aunque solo él estaba en el comedor, por los asientos de la mesa se comprendía que allí hablan comido más personas.

Era la desgraciada familia de González que éste acababa de mandar esconderse en el interior de la casa.

Aunque no habla podido ver lo que pasó en el zaguan, por la oscuridad del pátio, don Lúeas, por el rumor de la lucha y el estertor del peón comprendió lo sucedido.

De modo que, mudo y aterrado, de pié en el comedor, y sin atinar á sacar las pistolas del bolsillo, contempló con mirada estraviada la invasión de aquellos asesinos.

Estos penetraron al comedor mostrando sus cuchillos empapados cu la sangre del peón.

Uno de ellos tomó una copa de vino que se hallaba servida y se la echó al coleto después de dirijir á la cabeza del peón estas j)alabras:

— A tu saló, cara de maiz frito! frase que filé saludada con un trueno de risas y dicterios.

— Viva Rosas!

— Mueran los salvajes unitarios! gritó la turba, arrojando á la cara de González la cabeza de su peón.

— Yo no soy un salvaje unitario, balbuceó González.

Soy bastante conocido como buen federal y mañana entablaré la queja de este atropello.

— Mañana será tarde, repuso el que encabezaba la turba, porque ahora mismo te vamos á tocar el violin.

— Y cuál es la causa? preguntó González, que ante la realidad del peligro empezaba á serenarse.

— 'De que sós un salvaje unitario!

— Mentira! soy federal, insistió González.

— Yate daremos federal! replicó el mismo bandido y se le fué encima dándole en la cabeza con el cabo de la daga.

González vió que no habia más remedio que morir matando, y sacó sus pistolas.

Pero demasiado tarde ya.

Los asesinos se le fueron encima y lo desarmaron en medio de sangrientas burlas.

Y miéntras unos vaciaban el vino que habia quedado cu las botellas y otros empezaban por el saqueo de los cubiertos de plata que habia sobre la mesa, los demás sacaron á González á empujones hasta el pátio.

Don Lúeas trataba de defenderse de todos modos pero miéntras más desesperada era la defensa, más récios eran los empujones y más terribles los insultos.

Aquellos miserables trataban de divertirse con la víctima, haciéndole apurar todo género de humillaciones ántcs de degollarlo.

— Primero con vos! le gritaban, primero con vos, y después con la asquerosa de tu mujer, que es muy buena moza, la muy puerca y muy salvajona.

Hemos de bailar uu federal, rodeando tu cabeza.

— Por Dios gritó González, sintiendo que su razón empezaba á turbarse.

Yo les daré toda mi fortuna, les entrego mi casa para que se lleven todo lo que hay en ella, les regalo cuanto poseo, pero no me maten !

— No señor, porque todo eso lo vamos á tener aunque no querás, y en ancas tu cabeza y la de tu mujer.

— Todo cuanto tengo, inclusivo mi misma cabeza! gritó González, vencido por el horror de aquella amenaza.

— Ni los gatos van á quedar aquí con

González, por ir en auxilio de su esposa, ya con la razón perdida, quiso abrirse paso por entre los asesinos y dió un bofetón al que tenia más cerca.

Esta fue la señal de muerte.

Los asesinos, miéntras unos concluian de arrojar al pátio, con infernal estrépito, la loza y cristales que había en el comedor, empezaron á empujar á González en dirección á la calle, pinchándole con la punta de los puñales.

En el zaguan resbaló en la sangre de su peón que había formado un charco, y cayó sobre su cuerpo.

De allí fué levantado del pelo, á golpes y punta-píés y sacado á la calle.

— Socorro! socorro que me asesinan! gritó entonces González aferrándose al cuello de uno de los asesinos.

Pero sus voces no tuvieron más contestación que las risotadas de estos.

Un sereno ocurrió al laberinto que se había armado, y el socorro que prestó á González, fueron las siguientes palabras:

— Maten de una vez á ese chancho que con sus gritos no deja dormir á los buenos federales!

— Querés una mojada, tuerto? le preguntó uno.

— No porque hace mucho frió y tengo pereza de sacar las manos.

Los serenos, como las demás autorida-

des análogas, reclutados entre los bandidos más feroces, sabían que aquellos degüellos se hacían por órden del^J«éro?¿, y lejos de impedirlos, los aplaudían, cuando no tomaban parte en ellos.

González fué puesto contra la pared, y aunque opuso toda la resistencia de que es capaz un hombre bravo en tan amargo trance, sintió en su cuello el filo de dos ó más puñales que se disputaban por dividirlo.

Un momento después su cabeza pasaba de mano en mano, miéntras su cuerpo, dejando escapar un grueso chorro de sangre por el cuello destrozado, daba algunos pasos aún y caia al medio de la

— Ya cantó esa maula! gritaron entonces los asesinos, y volvieron á penetrar á la casa para entregarse al saqueo.

Este fué tan completo como lo podía hacer la mazorca.

Los muebles fueron despedazados y vaciados de cuanto contenían.

Dinero, alhajas, ropas, todo lo que representaba un valor fácil de realizar, fué atado entre los ponchos y repartido entre los asesinos por propia adjudicación.

Lo que no podían llevar consigo, por demasiado pesado, ó porque no sabían que hacer de ello, era despedazado ó quemado.

Los marcos de los espejos sirvieron para hacer una fogata, donde los asesinos calentaron agua y terminaron la jarana con un cimarrón.

Concluido el saqueo, que los había embargado por completo más de dos horas, recordaron recien que aún les faltaba algo que hacer.

— Y qué se habrá hecho la compañera? preguntó el más harapiento de todos ellos.

— Es verdad, con todos los diablos! ahulló el que tenia atada á la cintura, por los cabellos, la cabeza de González.

Ha de estar por ahí escondida.

Vamos á hacerla que le dé un beso á su marido.

Que lo bese!

■ — Y después la castigamos!

— Viva Rosas! vociferaron los demás.

Y aquella turba feroz, enardecida por el olor de la sangre que habia derramado, se desparramó por la casa buscando á la señora de González.

Mientras efectuaban la pesquisa, cada uno de ellos proponía en medio de estruendosas carcajadas la iniquidad que con ella liabian do cometer.

Pero felizmente no pudieron dar con

La señora se habia salvado por los fondos de la casa y pasado á la vecindad, ' forzada por otros criados que hablan obedecido la última orden de González.

La pobre señora huia creyendo que su marido habia logrado hacer lo mismo por i la puerta de calle. '

Así se lo hablan hecho creer los servidores que la acompañaban, para decidirla á abandonar la casa.

No hallando á la señora, el furor de los asesinos no reconoció límites y empezaron á despedazar lo poco que quedaba en pió.

En esta tarea estaban, cuando descubrieron dos barriles de vino que habia en una pieza.

Era vino de la tierra del señor González, que recibía con frecuencia para su uso.

Los asesinos rodearon los dos barriles y se pusieron á beber con comodidad.

Estaban cu lo más grato, de la ocupación, cuando se apareció un nuevo tertuliano que venia á tomar parte en el beberaje.

— Hijos de mala madre! les gritó desde la puerta del cuarto ¿qué todavía no han concluido?

Venga un trago que tengo el garguero entumido, de tanto tiempo que no tomo ni agua.

La presencia del sereno, que era el mi.smo que habia presenciado el degüello, renovó la algazara de los bandidos.

Quien le dió un empellón, como prueba del placer que esporimentaba al verlo allí, quien le tiró una canchada, y quien por fin lo hizo subir á caballo sobre uno de los barriles.

Las cabezas de González y su peón fueron colgadas por los cabellos, de los pasadores para que presenciaran la fiesta, mientras los asesinos se prendían del vino con un entusiasmo febril.

De cuando en cuando se dirijian á las cabezas elogiando el licor y cruzándoles el rostro lívido con algún golpe de lomo de facón.

Aquello tocaba ya el límite del horror, si es que para osa canalla el horror tenia algún límite.

Do pronto el sereno bajó del barril y levantó las manos como pidiendo silencio.

— Voy á darles una noticia de lo fino! chilló, pero me van á dar mi parte.

— Concedido! concedido! ahulló la turba, pero si no es de lo fino, te echamos á la calle y no te damos más \dno.

— Pero si es como digo me dan la parte que voy á pedir.

— Concedido! concedido!

— Que cante! que cante pronto!

El vino de Mendoza habia comenzado á hacer su efecto y la escena tomaba su aspecto más nauseabundo.

— Yo conozco una moza, gritó el sereno, poro una moza como no se ha visto otra.

— Vaya una noticia! si no tenes otra mejor, á la calle.

— Es que la moza que yo conozco, añadió el sereno, es nada menos que la querida del aparcero.

Y señaló con una guiñada la cabeza ensangrentada del señor González, colgada del pasador como liemos dicho.

Tiene la casa hecha un cliichc, y debe haber allí un platal, como que el aparcero la tenia á lo docente.

Y volvió á señalar la cabeza de González.

— Y dónde vive?

Dónde vive? preguntaron los asesinos, cuya mayor parte estaban ya completamente borradlos.

— Alto ahí — replicó el sereno.

Yo digo donde vive, pero quiero mi parto.

— Y cual es tu parto, condenado?

— Mi parte ha de ser una mulatilla muy donosita que hay en la casa, y un poco de platita.

Si no, cierro la de beber vino y no hay señas.

— Se te concede la plata, tuerto trompudo!

— Se te dará la mulatilla, poro no la has de ahogar con la trompa.

Todos festejaron esta farsa hecha á la enorme boca y gruesísimos labios del tuerto.

— Entonces en marcha que yo guio.

Las cabezas fueron descolgadas de los pasadores, y atadas á la cintura.

Y los que podian tenerse en pié, siguieron al tuerto, dando desaforados vivas á la federación y al ilustre Restaurador de las leyes.

Como á las cuatro ó cinco cuadras de San Miguel hacia el campo, el tuerto se detuvo ante una casa pequeña, pero cuyo aspecto estertor indicaba que se vivia allí, sino con lujo, con g'ran comodidad.