Dramas del terror: historia de don Juan Manuel de Rosas · Unidad 93 de 233

Unidad 93 · UNA LIGA DE ASESINOS

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

UNA LIGA DE ASESINOS

UESTROS lectores recordarán el asesinato del bandido don Juan Facundo Quiroga, su secretario el general Ortiz y el peón conductor de la volanta.

Este asesinato había sido cometido por orden de Rosas y sanción de los demás gobernadores de la liga rosista-federal.

Rosas había concluido por temer á Quiroga y tener celos del gran prestigio que aquel facineroso tenia en el interior.

Temía que Quiroga pudiera alzar el poncho y venírsele encima, arrebatándole todo lo adquirido.

Quiroga solo, con sus greñudos, no era muy temible.

Pero Quiroga podía maniobrar con la liga, aliarse con ella y aún con los mismos unitarios, en último caso.

Porque su ambición do mando era inmensa, y más que ésta, su ambición de dinero.

Rosas decretó en su interior la muerto de Quiroga, y sobro tablas se puso á idear el mejor medio de llevarla á cabo, salvando, como acostumbraba, su responsabilidad.

Sus aliados de Salta y Tucuman no andaban do acorde.

Tenían sus pequeñas diferencias federales que amenazaban concluir con una guerra entre las dos provincias.

Quiroga estaba en Buenos Aires y el momento era oportuno.

El podía haberlo hecho sacrificar aquí mismo, pero entonces no hubiera podido evitar su responsabilidad.

Era -necesario hacerlo sacrificar fuera de la provincia.

Rosas mandó sus enviados á López, el gobernador de Santa-Fé, para ponerse de acuerdo y que éste tocara á los demás de la liga.

La respuesta no era dudosa ni podía tardar en llegar.

López no solo consintió en el crimen, sinó que aseguró que los demás de la liga entrarían por él aro.

No había que perder tiempo.

Rosas mandó llamar á Quiroga y lo encargó de una misión política de gran trascendencia.

Se trataba de poner en paz á los dos gobiernos de Salta y Tucuman, en nombre de la santa causa de la federación, ' para cuyo sostén era preciso permanecer siempre aliados y amigos.

Quiroga aceptó la misión do su amigo, asegurando que si no podía por los medios conciliatorios, los haría entrar en paz á la fuerza.

Rosas le dió por secretario al general Ortiz que le ora poco simpático y le pro- ' porcionó todos los medios necesarios para efectuar el viajo cómodo y rápidamente.

Primero se fijó la provincia de SantaFé para dar el golpe, pero más tarde se acordó que fuera en territorio de Santiago del Estero, centro de sus greñudos.

Así su muerte podría atribuirse á alguna venganza personal, por las muchas iniquidades que allí liabia cometido.

Era entonces gobernador de la Provincia de Córdoba don José Vicente Reynafé, hombre de nobles antecedentes y que no pertenecía á la liga de asesinos,

aunque contemporizaba con ellos esperando el momento de romper de lleno.

José Vicente Reynafé tenia tres hermanos, Francisco, Guillermo y José Antonio, i con quienes lo unia un cariño verdaderamente fraternal.

Los cuatro hermanos eran verdaderamente queridos en la provincia de Córdoba, donde g’ozaban de un gran prestigio.

Córdoba no podia olvidar las carnicerías cometidas por Quiroga, después de la derrota y prisión del general Paz, así es que allí se le profesaba un ódio á

El gobernador López se puso al habla con el gobernador Reynafé, para esplotar i3se ódio en contra de Quiroga.

Pero no eran los Reynafé, á pesar de m enemistad personal con el bandido, personas capaces de prestarse á acto tan nfame y cobarde.

Negarse era también romper abiertanente con Rosas y entrar en una guerra m que, fuera de toda duda llevarian la )eor parte.

Fué entonces que López hizo llamar al f:apitan Santos Perez, persona de entratas, á quien se le encomendó el asesínalo, encargándole el mayor sijilo sobre la rrden.

I La posición de Reynafé era por demás lisa y difícil.

I Santos Perez, como capitán de milicias, istaba á sus órdenes y él, como gobernalor no podia consentir en el crimen.

; Negar su sanción era, pues, un rompiI liento con Rosas y la liga, y lo que era por, entregar maniatada la provincia de iórdoba en poder de la federación.

José Vicente Reynafé delegó el mando ‘etestando una enfermedad, y resuelto á ) tomarlo hasta que aquella tormenta í) sangre no hubiera pasado.

De todos modos se trataba de un banfcdo cuyos crímenes lo habían puesto fue- 1 de toda ley.

! Arreglado todo lo concerniente al ase-

sinato y comprometido Santos Perez, con una buena partida, se fijó como teatro del drama la Barranca Yaco y se apuró la partida de Quiroga y su secretario.

Nuestro lectores conocen ya la manera como se Uevó á cabo aquel asesinato el 16 de Febrero de 1835.

La liga de gobernadores puso el grito en el cielo.

Era preciso según ellos que aquel crimen inaudito, que el asesinato del ilustre brigadier general Quiroga, no quedara sin castigo, y sin un castigo ejemplar.

A quién se echaba la culpa del crimen? Es claro que á los salvajes unitarios, que conociendo la importancia de aquel gefe lo habían suprimido, como suprimirían al mismo Rosas si se les presentaba igual Ocasión.

Los que más clamaron por una rigurosa venganza fueron aquellos que habían preparado el asesinato y que habían seguido el plan sin descanso, hasta llevarlo ábuen término.

Rosas aseguró que no reposaría un momento hasta no dar con los asesinos del general Quiroga, pues ya era esta la segunda vida ilustre que el puñal de los unitarios robaba á la santa causa de la

La memoria de Dorrego era así degradada, colocándola al mismo nivel de la del tigre de los llanos!

El crimen había sido cometido en la provincia de Córdoba y, según lo aseguraba la liga, por individuos pertenecientes á las milicias de aquella provincia.

Aunque muy sordamente al principio, se señalaba á los hermanos Reynafé, como principales autores del crimen, y el nombre de Santos Perez rodaba de boca en en boca, como el instrumento de que se habían valido.

Es claro que los Reynafé estaban entonces en relación con los salvajes unitarios, siendo por consiguiente reos de alta traición á la santa causa federal.

La idea de Rosas era aún antes del ase-