El acecho · Unidad 2 de 36
Unidad 2 · ANTONIO DE HOYOS Y VINKNT
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ANTONIO DE HOYOS Y VINKNT
de Valentín, aun encontraba unos brazos que le esperaban impacientes, mientras unos labios voraces mordían sus labios.
La mentira de belleza había engañado a todos, empezando por ella.,.
Al llegar aquí en el orden de sus pensamientos hubo una pausa y un sobresalto. ¿Y si hubiese sido a ella sola a quien engañase?... El sufrir nos hace suspicaces, por no decir clarividentes, y ella había sufrido mucho en aquellos dos meses. Las noches de soledad sin sueño son propicias al análisis, y en la hostilidad de los cuartos de hotel, en la frialdad del lecho de hostería, junto a aquel hombre diez y seis años más joven que ella, que en el olvido del sueño, de aquel sueño animal, humano, dejaba la careta y se alejaba infinitamente, había desmenuzado cada hecho, cada palabra, cada gesto, había analizado, escudriñado, tendido sobre la mesa de disección su pobre amor y clavado en él implacablemente el bisturí.
¡Qué claro y qué bien lo veía ahora todo! Parecía que las bambalinas se descorrían como un telón y le mostraban los ocultos
resortes del mecanismo. Veíase la bella condesa de Hitay no sólo siempre guapa, siempre joven, festejada, amiga de las hijas de las que fueron sus amigas, sino invulnerable, inatacable, con la reputación intacta, pese a sus frecuentaciones de gentes imposibles. Súbitamente una mutación casi inverosímil ya en el recodo de los cuarenta años: aquel hombre demasiado joven, y para colmo, con un pasado confuso y torméntoso, que se ponía en su camino.
Separada de su marido, jugador que, tras dilapidar su fortuna y hallar, al querer poner mano en la de su mujer, una barrera de jueces esgrimidores de leyes implacables, refugiárase en no sé qué pequeña república sudamericana, su soledad era propicia a la aventura. Primero, ante la juventud y la elegancia rastacuera de su nuevo adorador, quiso oponer su frialdad de Diana victoriosa, su glaciedad de deidad blanca y casta; pero lo que le sirviera a maravilla, y aun le diese fama de virtud arisca en los escarceos de salón, aquí no le valió de nada. En aquel hombre no veía al duque de tal, al ilustre político cual o al gran artista laurea-
lO ANTONIO DE HOYOS Y VINENT
do; veía al hombre^ y lo que es peor, veíale desnudo, primitivo como un fauno o egipán; veíale desnudo y sentíase atenazada por el deseo, por el afán irresistible de morder la carne joven, de posesionarse de ella, de sentir latir el corazón y correr la sangre bajo la piel dorada, de prensarse, de apelotonarse contra él. Así, cuando cayó sobre ella, no supo, ni pudo, ni quiso defenderse y se dio.
Mil precauciones siguieron a la primera caída; mil precauciones que él, gustoso, le ayudó a tomar. En realidad, nadie o casi nadie sospechó; pero aquel mismo secreto, la ayuda leal del amante para ocultar la falta, produjeron contraproducente efecto, y comenzó a sentir esa malsana comezón de publicidad que va unida a ciertas caídas. Si los pecados permaneciesen ignorados, muchas gentes no pecarían; para las que están hechas a exhibirse, ni vicios ni virtudes tienen sino el valor del efecto que causan sobre los demás. Entonces vino la segunda parte del drama, aquella en que tomaron parte vivísima los coros. Efectivamente, apenas empezaron a darse cuenta
del acontecimiento, convirtiéronse en juer* zas, en representaciones de oscuros destinos, y cada cual puso su esfuerzo en el gran impulso que había de arrastrar a aquella criatura al abismo. Los gestos fueron, al parecer, unánimes; la buena educación, la hipocresía, la ostentosa solidaridad hízolos así. iQué bien veía ahora, desde lejos, la verdad de cada cosa! Mientras recorría todas las etapas de la gran pasión^ mientras mostrábase grave y abnegada al principio, coqueta y alocada, sin medir la desproporción del gesto, después, rebelde y anarquizante luego, y altiva y desdeñosa en fin; en el tiempo que tardó en dejar de ser irreprochable, mientras sólo culpáronla de liviana, y al entrar francamente en el gremio de las libertinas y escandalosas; en el descenso, desde las cumbres de las que daban el tono hasta el pantano de las desprestigiadas, con las que no es dable exhibirse sin peligro de contagio, siempre fueron los demás perfectos intérpretes de su papel, lo bordaron, acreditáronse de sobrios y oportunos, de naturales, concienzudos y discretos^ desempeñaron su parte con gran