El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis · Unidad 38 de 40
CAPÍTULO XX — parte 15
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El angelito acababa de cumplir los quince años y tenía ya la cara llena de vello como melocotón verde de Calatayud. Mal criado y voluntarioso como si fuera hijo de su madrastra, había que darle gusto en todo, so pena de que escandalizase el barrio a berridos. Insolente a fuer de rico ignorante, y desarrollado por las faenas agrícolas de su pueblo, don Abundio no tenía sobre él dominio alguno físico ni moral. En vano trató de inculcarle algunas nociones de Historia; los resultados fueron nulos. Una vez al preguntarle quién era Colón respondió que un hombre que había puesto un huevo de punta; y en Geografía sostenía que la capital de Holanda era _Bola_, de donde tomaba su nombre el queso.
¿Asistir a las academias? Perdone por Dios, hermano. De pedrea todos los días, eso sí, con los pilletes de la puerta de Santa Bárbara; y llenos andaban los encantes de sus libros de enseñanza que malvendía para comprar un tendido de sol en los novillos, su pasión dominante. Él era siempre el primero en saltar a la arena en cuanto tocaba el turno de los embolados para el público, y más de un revolcón le costaba la aficioncilla. Su aula predilecta era el matadero, de donde siempre volvía con algún chirlo más y unas tajadas menos.
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En la casa todos eran sus víctimas. Tan pronto era el perro de aguas, compañero inseparable de don Abundio, el que atado por el rabo y sujeto a una escarpia de la pared, pasaba media hora boca abajo atronando la manzana con sus aullidos, como el _minino_ el que, con un mazo de cohetes encendidos en la cola, salía bufando por la calle como alma que lleva el diablo. El pobre tutor le hacía reflexiones amenizadas siempre con su poquito de Historia para ver si, por la misma puerta por donde trataba de inculcarle la morigeración y el respeto, le entraba también la instrucción; pero, nada; era como lavarle la cara con jabón a un burro negro.
Un día en que León había atado mano con mano y pata con pata a los dos pobres bichos, unidos así de costado como los hermanos siameses, y los había lanzado a la calle con unas alcuzas en las extremidades posteriores, don Abundio, que atropellado por los fugitivos midió el suelo, habló así a su pupilo:
--Tu conducta es salvaje, León. El que hace daño a los animales está en camino de hacérselo a los hombres. Además, si tú no fueses un ignorantón, sabrías que los egipcios creían en la metempsicosis o transmigración de las almas, por la cual el hombre que no había cumplido con todos sus deberes morales y sociales, en vida, pasaba al morir a la condición de bruto o bestia inmunda. Esta creencia, más generalizada de lo que algunos suponen, la profesan también los chinos, quienes consideran como un don celeste el transmigrar a un cerdo, porque de ese modo solo ha de durar un año la esclavitud de su espíritu en una envoltura irracional. Ahora bien; ¿quién te asegura que semejante castigo no es una de las manifestaciones de nuestras penas eternas? ¿Por qué no ha de formar parte eso del infierno o del purgatorio de los creyentes? Y si es así ¿quién te dice que al martirizar a un pobre bruto no estás lastimando a un amigo, a un pariente, acaso a los mismos que te dieron el ser?
Yo no sé el efecto que esta homilía produjo en el ánimo del adolescente; pero lo que sí puedo atestiguar es, que algunos días más tarde, la maritornes volvió de la plazuela trayendo una marranilla de leche que su padre (el de la criada, no el de la _lechona_) remitía a don Abundio, por vía de regalo, con el ordinario de su pueblo; y que León, aprovechando un descuido, cargó con ella y la vendió al primer transeúnte para, con su producto, asistir a la corrida de toros. El ex-profesor de Historia, enfurecido ante la pérdida de aquel suculento manjar, raro en su mesa, repetía:
--¡Vender una marranilla de tres meses!
--Esos hace que lloramos a doña Remigia --contestó el pupilo--. ¿Querría usted que me expusiera a comerme a mi madrastra?
* * * * *
Y efectivamente, desde aquel día, empezó a dejar en paz a los animales; pero la emprendió con las personas; y así llenaba de recortes de ortiga la cama de su tutor, como conteniendo el aliento y de puntillas, se acercaba por detrás a la alcarreña mientras espumaba el puchero, de bruces sobre el fogón, y metiendo una mano entre el zagalejo corto y sus piernas sin medias, le clavaba los dedos en la robusta pantorrilla al par que imitaba el ladrido de un perro; con lo que la pobre muchacha al principio se asustaba mucho; pero luego se fue acostumbrando.
Las cosas iban llegando a tal punto que el infeliz don Abundio no gozaba momento de reposo. César Cantú, Lafuente, Mariana y multitud de historiógrafos habían desaparecido de su biblioteca y tomado la forma de tendidos; el uniforme de teniente de nacionales yacía en una casa de préstamos de donde salió el dinero para una tienda de manzanilla. Finalmente una noche en que, a hora muy avanzada, León se dirigía a oscuras desde su cuarto al de la alcarreña con intención de darle algún susto, tropezó en las sombras con su tutor que, con los brazos abiertos, buscaba la manera de orientarse por el pasillo.
--¿Qué hace usted aquí? --le preguntó con severidad don Abundio.
--¿Y usted? --le replicó el mozalbete.
--Yo he sentido pasos; y temeroso de alguna trastada de las de usted, me he levantado a velar por el reposo de esa inocente criatura.
--Pues yo he venido a preguntarle si había puesto a remojo los garbanzos.
Y al día siguiente, con el pretexto de dar un paseo matinal, tutor y pupilo se encaminaron a la calle de _Sal si puedes_, donde Leoncito quedó como pensionista en el colegio de don Tranquilino Verdugo, bajo la advocación de San Juan Capistrano.
Ustedes habrán oído decir, y por si no yo se lo digo, que no hay nada peor que un chico travieso a no ser dos chicos traviesos. Pues bien, en el colegio de don Tranquilino había treinta pensionistas, de los que pronto se hizo jefe nuestro héroe; y si antes León valía por cuatro, concluyó por hacerse insoportable con la emulación de sus compañeros.
El desgraciado director, hombre entrado en edad y cuyas narices eran una bomba aspirante de rapé, apeló a todos los correctivos imaginables para meterlo en cintura; pero no alcanzó mejor suerte que don Abundio. Ya era un bramante sujeto por un extremo a la mampara y prendido por el otro con un alfiler a su peluca el que dejaba al profesor con la calva al aire cada vez que abrían la puerta; ya una vejiga provista de un pito la que, al ir a sentarse en el sillón, aplastaba con su cuerpo y le hacía saltar hasta las vigas creyendo, con el quejido que daba al deshincharse, que había despanzurrado a su gata de Angora. Por supuesto que no cejó en su manía de asustar a las criadas; pero a la de don Tranquilino, que era del Escorial, le cayó en gracia el chico, y lejos de incomodarse, engordaba, como suele decirse, con las travesuras de León.
Un domingo del mes de diciembre en que había novillos con mojiganga y dos toros estoqueados, el director tuvo la desgraciada ocurrencia de llevarse de paseo a sus alumnos por la calle de Alcalá para que asistiesen al espectáculo de la ida de la gente a la plaza. León, que formaba a la cola de la ruta, contemplaba con ojos de envidia aquel torrente humano que a pie, en berlina, en ómnibus, en calesa y aun en tartana, se precipitaba desde la Puerta del Sol hasta la Cibeles como desbordando por un embudo invertido. La cara de satisfacción de los transeúntes, la idea de las emociones que iban a experimentar aquellos con quienes se codeaba al paso y de quienes tan lejos estaría dentro de poco, el humo de los cigarros, pues hasta los que no van a los toros fuman el día de corrida para hacer creer a los que los ven que van; el ruido, el sol, el conjunto, en fin, trastornaron el juicio del hijastro de doña Remigia, y unas se le iban y otras se le venían sin cocérsele el pan en el cuerpo. De repente la luz parece como que adquirió más intensidad y el ambiente un olor como de carne muerta y tripas rotas. Todas las miradas convergieron a un punto dado. Era la cuadrilla de chulos que en coches abiertos se dirigían al redondel luciendo colores, lentejuelas, moñas y pasamanería. La sangre afluyó al corazón del aficionado y un velo cubrió su vista; pero no tan tupido que le impidiese percibir entre la comitiva a un picador que, caballero en una alimaña, llevaba a la grupa a uno de esos pilletes que les sirven de escuderos y que, bajo la égida de su protector, tienen entrada triunfal y gratuita en la plaza. León no resistió más; echó a correr como deudor perseguido por acreedores y, agarrando de un tobillo al escudero, lo desmontó de una sacudida y de un salto ocupó su lugar. Aunque se subía el embozo del capote para no ser conocido, sus camaradas de colegio le olfatearon y fueron con el soplo a don Tranquilino que, ahogado por la pena, y en la imposibilidad de darle alcance, volvió a casa con la ruta y participó a don Abundio lo ocurrido, consignando en la carta su irrevocable resolución de despedir al mozalbete.
El ex-catedrático de Historia, que le estaba poniendo a la alcarreña unos pendientes de similor que le había regalado por su buen comportamiento, recibió la misiva como si fuera el casero, es decir, de mal humor, y se echó a la calle confeccionando un discurso con que ablandar a don Tranquilino y evitarse la irrupción del ahijado en su hogar, si bien metiéndose tres reales en el bolsillo del chaleco para, si no lograba convencer al señor Verdugo, comprar a su criada unas medias de estambre. En todo pensaba el bendito señor.
Llegado que hubo al colegio de San Juan Capistrano, pudo convencerse de que la determinación de don Tranquilino no tenía vuelta de hoja. Le ofreció aumentarle los honorarios, le habló de Cicerón y de Séneca probándole que sabía más que ellos. Nada, ni las dádivas, ni la adulación quebrantaron aquella naturaleza de diamante: «Usted que tiene criada --concluyó por decirle-- comprenda usted lo que a la mía le espera».
En estas estaban departiendo en el refectorio, pues ya había anochecido y los muchachos cenaban bajo la vigilancia del director que andaba viendo a quienes tocaba el turno del castigo para ahorrarse las diez raciones que diariamente suprimía bajo el pretexto de penas correccionales, cuando se presentó León con la gorra encasquetada y embozado en un capote que, si no tan roto como el del lazarillo de Tormes, quien tiraba piedras sin desembozarse, estaba reducido al tercio de su peso específico en virtud de tanto agujero por donde se tamizaba su individuo.
Verle llegar y caer sobre él una granizada de improperios de don Tranquilino y don Abundio acompañada de una rechifla de los imberbes fue cosa simultánea. León impávido se mantenía de pie en un rincón.
Restablecido el orden y penetrado el tutor de que no tenía más remedio que compartir el hogar con su ahijado, pronunció su discurso de despedida y exhortó al reo a que pidiera perdón a su víctima. Resistióse aquel, y como don Abundio se empeñara en apelar a la violencia, el muchacho dejó caer su capa en el suelo, blandió un par de banderillas que ocultas llevaba y, aprovechando la actitud de don Tranquilino que había dejado caer su pañuelo de yerbas y se disponía a recogerlo, se las clavó de frente en medio de las dos paletillas y emprendió la fuga entre la algazara de los alumnos, los berridos del director y las convulsiones de don Abundio que, con la boca a un lado y agitando pies y manos como si nadase, se revolcaba por los suelos. Media hora después sucumbía el desgraciado a un ataque de apoplegía fulminante, y a don Tranquilino, de bruces en la cama, le hacían la primera cura.
De este no volveremos a saber nada. De los demás nos ocuparemos en los capítulos siguientes.
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III
Han transcurrido cinco años desde los últimos acontecimientos y nos hallamos _donde Tajo a Jarama el nombre quita_, o sea en la _provincia_ de Aranjuez, como decía un amigo mío que se gastó todo su patrimonio en que le eligieran diputado con el objeto de ser nombrado gobernador, lo que no pudo lograr ni siquiera del punto en que tiene lugar esta escena.
Yo les describiría a ustedes Aranjuez; pero temo abusar, porque pocos serán mis lectores que no hayan estado allí, y además porque con la explicación de los países pasa lo que con la de las personas en las novelas, que por más que los autores se empeñen en pintarnos la forma de sus narices, el color de sus ojos y el timbre de su voz, los personajes pasarían impunemente al lado de uno sin cuidado de ser conocidos, a no haberlos visto antes, pues en la cara es donde se admira la fecundidad y la inventiva de la naturaleza: todas están compuestas de los mismos órganos y ninguna se parece.
Así pues plantemos árboles, tracemos alamedas, hagamos brotar abundantes pastos, dejemos serpentear por allí brazos de ríos, y que cada cual se lo forme en su imaginación como le parezca que ha de estar más bonito y más adecuado a un sitio real cantado por los poetas y atravesado por el ferrocarril. Solo les exijo a ustedes no dar al olvido que allí hay dehesas en donde se crían toros que, después de corridos y martirizados en el espectáculo más típico y peculiar de nuestro país, nos los comemos en estofado los españoles y las españolas.
_La luna de octubre siete meses cubre_, dice el proverbio; y, como la de aquel año hubiera sido esplendente y limpia, he aquí por qué en el mes de enero, en que empieza este relato, el sol brillaba en el cielo como el ojo de una muchacha bonita; que si a soles comparan los poetas los ojos, no hay razón para que a ojo no compare yo el sol, si es verdad aquello de que el orden de los factores no altera el producto.
En fin, eran las dos y sereno de una tarde del mes de los gatos, y la yerbecilla, caldeada por los rayos de Febo, parecía cama de canónigo atemperada por confortante calentador.
Sobre aquella sábana de esmeralda, rumiando los tallos tiernecitos, como quien después de una comida abundante no desdeña el paladear una golosina, un enorme cabestro yacía muellemente tendido haciendo firmas con la cola sobre el suelo, como las hace cualquiera con el bastón cuando está sentado pensando en las musarañas. Un colosal cencerro pendiente de un collarín de baqueta cortaba las líneas de su cuello, y era su pelo cárdeno como espalda de azotado. Colmillos de elefante de Bankok eran sus astas, y por la redondez de su cuerpo parecía ir diciendo a todos: «Pues señor, no estoy descontento de mi suerte.»
Y apuesto a que ya han reconocido ustedes en él al cónyuge de doña Remigia, al bueno de don Serapio que, después de seis años de transmigración, estaba reducido a custodiar cornúpetos jarameños, del mismo modo que entre los seres racionales se cuida de las odaliscas en el harem.
No olviden ustedes que, aunque transmigrado, don Serapio conservaba recuerdos de su vida anterior, porque de lo contrario ¿dónde estarían la gracia y el castigo de la metempsicosis? Sentado este precedente, asistamos a su soliloquio penetrando en sus reflexiones.
«Lo que es este año se puede decir que no tenemos invierno. Miren ustedes qué días estos. Yo estoy con un palmo de lengua fuera; y si es los muchachos, andan por ahí revueltos como en canícula; hace materialmente calor. La verdad es que esta existencia no deja de tener su encanto, sobre todo para las naturalezas pacíficas como la mía. Nadie se mete con uno, a uno le importa un pito todo cuanto pasa a su lado; buena yerba, buen establo y ningún quebradero de cabeza. Verdad es que tampoco me la quebraba mucho cuando era hombre; pero me la quebraban los demás, porque ya era el inquilino que no pagaba, el investigador de hacienda que me aumentaba la contribución, y eso que siempre que pasaba por el pueblo venía a vivir a mi casa; por más señas que como al maldito no le gustaba acostarse temprano, mi pobre mujer se tenía que quedar acompañándole hasta las tantas para hacerle la tertulia, porque lo que es yo con la primera campanada de las diez las buenas noches y a dormir. Ahora, nada; en cuanto amanece viene el mayoral, me dice: arriba, _Manteca_, y yo _dolón, dolón, dolón_ a llevar a pacer a la gente del bronce; una vez en la pradera, a comer y a revolcarse; si hay alguna disputilla, de las que siempre tienen la culpa las vacas, los meto en cintura, porque, parece mentira; pero ahora que no tengo ni voluntad, ni inteligencia, ni raciocinio, ni nada, soy más valiente que cuando lo tenía todo. Y así que empieza a anochecer vuelve a decir el mayoral: arriba, Manteca, y yo _dolón, dolón, dolón_, a casa con ellos. Y ¡cómo me obedecen! ahora sí que puede decirse que soy capitán y no cuando lo era de nacionales, que tenía descuidados todos mis asuntos con la bendita patria, y el tiempo se me pasaba en recibir a los subalternos que me venían a pedir la orden, hasta que tuve que tomar la determinación de que fuera mi mujer la que se entendiera con los oficiales. ¡Pobre Remigia! ¿Qué habrá sido de ella? La echo mucho de menos, no porque la necesite, que maldita la falta que me hace el que venga a turbar mi sosiego, sino por saber qué suerte ha sido la suya. ¡Cómo lloró su extravío! se empeñó en hacer testamento porque quería suicidarse, lo que hubiera llevado a cabo a no ser porque me previno el escribano y convinimos él y yo en que pretextaría un quehacer apremiante siempre que ella fuera a su casa con objeto de testar.
»Pues así y todo estuvo Remigia yendo diariamente por espacio de un año en busca de don José, hasta que se le pasó aquello no sé cómo. La verdad es que yo procedí muy cruelmente; llevármela a Toro donde no tenía trato con nadie, ella, acostumbrada toda la vida a alternar con los unos y con los otros... Pues no digo nada, despedir de mi casa a Abundio, al amigo de toda la vida; porque de aquel incidente, como de ello me convenció mi mujer, solo era responsable la casualidad, el demonio que anda suelto y hace que se enrede un fleco en un botón, precisamente en el momento en que a mí se me ocurre volver a mi casa; porque si yo me quedo con el batallón en el convento, nada. ¿Y cómo estará mi hijo? ¡Qué adelantos habrá hecho bajo la inspección de Abundio para quien lo mismo eran griegos y romanos que paja y avena para mí! ¿Vivirán? ¿Serán infelices? ¿Dónde estarán?»
Y así pensando, y con la boca abierta se fue quedando dulcemente dormido, cayéndosele la baba de gusto.
Pocos minutos hacía que se hallaba entregado al reposo, cuando un alboroto promovido en la torada vino a sacarle de su letargo.
--¿Qué será ello? --se preguntó don Serapio levantándose y dirigiéndose hacia el teatro de la lucha. En esto vio llegar una vaca que desalentada corría hacia él gritando:
--Señor Manteca, señor Manteca; venga usted pronto, que se matan.
--Pero ¿qué ocurre?
--Un toro que han traído de las dehesas del Norte, donde nadie le podía domeñar y que, dada la fama de usted, le ponen bajo su vigilancia. Apenas entró en el prado se empeñó en decirme chicoleos, y como mi _Caramelo_ es tan celoso, se trabaron de palabras, de las palabras vinieron a las manos, sus amigos tomaron parte por él, y allí los tiene usted a todos revueltos sin que zagales ni mansos los puedan hacer entrar en razón.
Un silbido acompañado de un grito de _Manteca_ lanzado por el mayoral, le hizo apretar el paso a don Serapio que, sonando el cencerro, se interpuso entre los combatientes. El intruso era un toro de cinco años berrendo en negro, bonito de estampa y duro de cabeza; pero en cuanto don Serapio metió la suya en el corro, allá fue rodando el otro como tente-tieso de mojiganga.