El Angel, el molino, el caracol del faro, estampas rurales y de cuentos, estampas de un Leon y una Leona, estampas del Faro · Unidad 21 de 41
Unidad 21 · LOS CUERVOS
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
LOS CUERVOS
l amanecer se pararon dos
cuervos encima de la gruta
A A cavada por los antepasados del león y la leona.
Estuvieron mondándose el pico en la doblada lanza de una pitera. Luego se probaban la voz, haciendo un castañeteo áspero de leña y herrumbre, y cuando se cansaron se pusieron a otearlo todo.
La leona alzó perezosamente su mirada, y se encontró los ojos vibrantes y duros de los forasteros. Todo el cuerpo de ella, tan amplio, tan fastuoso; todas sus espléndidas
delicias, lucidas en el descuido de su soberanía solitaria, todo se lo iban recorriendo aquellos ojos menudos y fisgones.
Los cuervos la miraban, y después se miraban, consultándose con una calma aborrecible. De pronto, vislumbraron untuosos y lívidos. Se había rajado el horizonte, y asomaba el sol como un pan de ascuas.
En aquel momento apareció el león, magno, pomposo, con una pelliza de púrpura que le bajaba en toisones por los hombros y el pecho. La mañana del oasis recibió una exaltación de gloria; las palmas, las chumberas, los cactos, los cardizales, el pozo, brillaban ensamblándose en un estrado de bronce.
Desde arriba, los cuervos se doblaban haciendo reverencias. Saludaban muy junciosos; pero su acento
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nasal les daba un modillo impertinente.
Decían que estaban deslumbrados; que cuando salió el sol pensaron que era el león que se asomaba a las orillas de su reino, y ahora, al surgir el león, se creyeron incendiados de magnificencias en la casa divina del sol. Preferían haber venido a los abundantes palacios de la majestad del desierto. Mucho tiempo residieron en sepulcros donde sólo quedaban esqueletos de cal; el último que mondaron era un viejecito seco como un papiro retorcido, una miseria de piel que se les ensortijaba en el pico como una viruta. Decidieron buscarse la vida detrás de un ganado de carneros conducido por pastores robustos. ¡Qué cadáveres se criarían de aquellas gentes! ¡Y ni una fiebre, ni una tempestad de arenas, ni una cua-
drilla de ladrones de caravanas les deparó el desierto! ¡No había más desvalidas criaturas que los cuervos, que han de mantenerse principalmente de difuntos y no pueden matar lo que más les agrade!... Y como las reses y sus guías caminan también de noche y ellos no, se quedaron solos, y perdieron la ruta. Al rayar el alba descubrieron este macizo de frescura, y aquí buscaban refugio.
— ¿Y cuándo seguiréis vuestra jornada?— les preguntó la leona.
— ¿Dices marcharnos? ¡Ah, señora; quizá no nos vayamos! ¡Estaremos tan ricamente en estos reales jardines! Os hacemos juramento de que no ha de enfadaros nuestra presencia.
— ¿Enfadarles? — le interrumpió el otro pardal, la hembra — . ¡Ni nos sentiréis! Nos contentaremos con roer las carroñas que ya no queráis