El ángel, el molino y el caracol del faro · Unidad 2 de 50

Unidad 2 · ELMOLINO 15

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ELMOLINO 15

de la senda para contar el secreto del molino.

El molino no las ve. Sólo atiende hacia las grandes distancias, esperando. Sus seis velas son seis hermanas cogidas de los brazos y de las túnicas de virgen, y también aguardan, calladas, en el azul.

Pero es verdad: una tiene un remiendo, y cuando todas volaban, el remiendo florecía de color suave de trigo y de miel en la blancura de las otras alas.

Ha saltado otra vez el aire. Se comban y crujen las entenas, y, al rodar, parece que se alzaron juntas todas las palomas de la comarca. ¡Qué gozo da el molino y su campo! Trasciende el grano y la harina. La vela remendada esparce gloriosamente su color maduro de sol en la corona de blancura que tejen sus mellizas sobre

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el cielo. El remiendo entona las claridades en lo alto, y, bajo, hace candeal.

— ¡Buen día y pan! — canta el molino.

Las dos hormigas comadres, que conocen el secreto de la vela remendada, siempre se lo buscan entre la alegría delirante de las alas llenas, y dicen:

— Bueno. Pero ¡cuando te pares..., que te has de parar...!

UN CAMINO Y EL NIÑO DEL MAÍZ

UN niño trae un costal de cañas de maíz y panojas ya granadas. Viene por un camino calcáreo, requemado y roto^ Pasa el camino revolviéndose bajo los jardines: muros con felpas fungosas, bronces y siena de los liqúenes; cercados de piedra viva; tapias frescas; cantonadas de cal, subiendo, bajando; y cuelgan los rosales, las hiedras, las parras; se van asomando las higueras, que esparcen el olor de pámpano y de tronco de leche; una palmera torcida desperezándose; un naranjo redondo; arcadas

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de uria glorieta de mirto; jarrones con cactos inmóviles; almenas de boj; un ciprés claustral como un índice que se pone en los labios de los huertos para que todo calle, menos el agua, las frondas, las abejas, los pájaros, las horas de las torres que nadan en el azul, los cánticos de los gallos, las pisadas de los caminantes, los vuelos de los palomos; todo calla menos el silencio.

Los jardines, además de sus puertas y verjas principales, tienen una puertecita íntima y humilde con su gradilla en puente diminuto sobre la cuneta del camino. Por allí sale el hortelano, y llaman y aguardan los pordioseros.

El niño del maíz también se para; está abierto uno de esos postigos de los huertos, y hay niños jugando; se miran, se ríen y hacen amistad.