El ángel, el molino y el caracol del faro · Unidad 23 de 50

Unidad 23 · 122 GABRIBL MIRÓ

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allí, recogido, se dormía. De tanto dormir criaba unas costras verdes, donde brincaban los sapos de calzas de posadero, de manecillas de brujo, de ojos hinchados de miope y una palpitación en toda su piel resbaladiza, Y al entornarse la tarde, estas pobres criaturas, que semejaban hombrecitos gordos, virtuosos y solterones, tocaban un flautín de oro. Tenían una novia como una flor que siempre se estaba mirando en el espejo de un remanso. La veían muy cerca y no podían besarla. Nunca supieron que fuese la primera estrella; el río sí que lo sabía; y ellos la cortejaban tañendo su trova, muy ocultos, para que las ranas no se burlasen de sus románticas añciones. Porque las ranas se les reían volcándose en el agua y en la ribera, cogiéndose los ijares para no reventar croajando de

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risa, y por el más leve ruido se sumergían en el cieno, dejándose al aire sus nalgas seniles. Salían de los tamarindos las cigüeñas, enjutas, impasibles, y las buscaban, las sacaban, las tenían exquisitamente en su pico; después, se las comían vivas, despacio, remilgándose mucho, encogiendo una zanca en el tibio plumón de la pechuga. Ávido de saber, callado y sutil, traspasaba laminándose la carne tierna de las márgenes, calando las raíces de los álamos, de troncos de cortezas harinosas con nudos que parecen ojos egipcios y follaje sensitivo de plata; atendía el fresco temblor de los chopos, que remedaban el ruido suyo; subía para tocar las puntas de los cabellos lisos, desmayados, inmóviles, de virgen primitiva, de las salgueras y lianas, y los cabellos impetuosos y trágicos de los zarzales.

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Luego de lo umbrío del soto venía la tierra pradeña, jugosa y embebida de claridad, con realces y vislumbres de brocado. Pasaba una carreta de heno, y el agua del río brotaba rota entre las gordas pezuñas de los bueyes.

Surgía una ciudad. Muros vetustos, campanarios joviales, obradores foscos, llamas de naranjas, de panojas y trigo, cuévanos de verduras, mercaderes detrás de sus oleajes de paños, artesanos y caballeros, quietud de callejas, una forja, un pórtico, una hornacina, rejas, balcones, solanas con niños merendando, con gallinas y palomos enjaulados, con abuelos dormidos, con mujeres llorando y rezando, con novios besándose, con geranios y rosales, con ropas de cama de un muerto, con un capellán y un escolar dando lección, con un enfer-

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mo contemplando su dolor en tocki la tierra— Todo se quedaba espejado y estremecido dentro del río. Pasaba el arco de una puente de piedra venerable, llena de oro de sol viejo, y el río se encendía como si fuese de bronce, de carne, de frutas, de tisús. Era muy hermoso.

Y otra vez campos de abundancia, hornos, almiares, colinas de faldas labradas, rebaños, armadías, molinos, arboledas, cel suave olor del prado florecido >, un calvario con su sendero de cipreses, leñadores, caminantes, y hasta sabios leyendo y cavilando en la soledad.

Y el río llegaba cansadamente a los saladares de la costa. £1 ñlo de la brisa parecía desnudarle de un cendal rizado. Venía el aliento frío y poderoso del mar. Toda la llanada era de calvas de roqueros, de ma-