El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón · Unidad 3 de 32
JORNADA PRIMERA · 1 — parte 2
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Acaso hubiera aceptado la esposa como sirvienta fiel y desinteresada en todo género de faenas; pero la quería joven y de buena estampa, con lo cual no estaba garantido contra el riesgo que temía. De las aseguradas de él por edad, no había que hablarle. De todas maneras, no podía avenirse con el derecho de la mujer á la mitad de los bienes gananciales. El caudal era suyo, y lo suyo lo quería para hacer de ello lo que le diera la gana.
Otro era pulcro, reglamentado y económico. No toleraba en su habitación un mueble fuera de su sitio, ni una hilacha en el suelo, ni una mancha en su vestido; la ventilación era su tema y el cepillo su manía. Apuraba la ropa hasta desecharla por transparente, pero jamás por sucia. Se sentaba ocupando la menor cantidad posible de silla; y para escribir, así sentado, aún encogía las piernas y los dedos de la mano; _metía_ los renglones de su piojosa letra hasta amontonarlos, y todavía cercenaba media pata á cada _m_ y los puntos á las _ii_. Comía, paseaba y dormía á horas inalterables é inalteradas. No concebía de otro modo la existencia; y como, en su concepto, el matrimonio era el desorden, el despilfarro, el desaseo y una caverna de aires impuros, detestaba el matrimonio con un rencor inconcebible en su aspecto acicalado y hasta risueño... Verdad es que su sonrisa no lo era; más bien lo parecía por la especial disposición de su boca, muy semejante á la de las culebras.
El tercero era celoso, como una bestia en sus períodos _álgidos_; y porque la humanidad no le mimaba como él creía necesitarlo para sus regodeos brutales, detestaba á la humanidad entera. Bajo siete cerrojos y amarrada á una estaca, y él á su lado con otra en la mano, sospechara de la fidelidad de su mujer, si capaz hubiera sido de atreverse á elegir una, ó el cielo se lo hubiera permitido.
Ya se deja comprender que estas cualidades enumeradas eran el sello distintivo de sus respectivos poseedores, pero nada más: en el fondo del carácter los tres parecían formados en un mismo troquel. Cada uno de ellos creía odiar al matrimonio por distinto lado; pero estas fases de sus odios no pasaban de ser otras tantas manías, ó productos diversos y raquíticos de un mismo suelo árido y estéril.
Los tres carecían de familia ó habían prescindido de ella; los tres ignoraban lo que era el trabajo y la ocupación seria; los tres eran ricos, y cada uno de ellos vivía solo; quién como huésped, quién en casa propia.
No era Gedeón, seguramente, el peor de los cuatro; pues, á lo menos, sentía ciertos deseos, aunque mal entendidos, de explorar otras regiones para variar de clima, señal de que el insano en que habitaba no le satisfacía; era en sus vicios algún tanto _artista_, y bastante pródigo de su caudal. Con otra educación, acaso hubiera sido hombre de provecho. Los resabios de sus amigos procedían de la madera misma, que se torcía, como se tuerce el roble, porque es roble, aun con la polilla de los tiempos.
Tales eran los jueces á cuyos dictámenes y consejos sometió Gedeón el atisbo de escrúpulo que le quedó, de resultas de sus cavilaciones matrimoniales al entregarse _por última vez_ á ellas.
Olvidábaseme decir que en el pueblo se llamaba á estos cuatro solterones _Anás_, _Caifás_, _Herodes_ y _Pilatos_, aplicándose los nombres al avaro, al celoso, al pulcro y á Gedeón, respectivamente, y no sé por qué.
[Ilustración]
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IV
EL JUICIO
Sereno era, y hasta chancero y zumbón; pero no sin tartamudear más de tres veces, ni sin hacer por cada palabra una salvedad, llegó Gedeón á exponer su tesis al asombrado y adusto tribunal. Verdad es que no pueden escribirse ni pintarse los carraspeos, las interjecciones y los gestos con que, á manera de ortografía, iban los jueces puntualizando los períodos del exponente. Ya no eran caras; era vinagre y rescoldo aquello que le miraba cuando acabó de hablar en éstos ó semejantes términos:
--Tal es el caso, caballeros; y para ponerle á su verdadera luz, acudo á vuestro autorizadísimo dictamen. Necesito que hablemos una vez en serio de eso que se llama matrimonio, con el piadoso fin de ver hasta qué punto le es lícito á un hombre... como nosotros, el pensamiento de casarse. Suponed, pues, ilustres jurados, que habiendo hallado una mujer rica, hermosa, con todas las seducciones imaginables, y educada á mi gusto, me caso mañana con ella...
Aquí fué la explosión de asco, de ira y de horror, todo junto; aquí fué el ponerse aquellas caras como dicen que se pone la del demonio cuando la rocían con una hisopada de agua bendita.
--Supongamos--recalcó el exponente, después de abrir un paréntesis de silencio para que pasara lo más recio de la tempestad;--supongamos, repito, que aprovechando todas esas ventajas, me caso mañana yo: ¿qué me sucederá?
--¡Tu ruína!
--¡Tu muerte!
--¡Tu ignominia!
--Eso no es responder--dijo Gedeón, replicando de una sola vez á las tres feroces respuestas de sus amigos.--Quiero detalles; quiero que discurramos un poco sobre esa prosa y esas cadenas matrimoniales; sobre todo ese conjunto de miserias que, según fama, son inherentes á la vida conyugal. Y esto entendido, vuelvo á preguntaros: ¿qué me sucederá si me caso?
--¿Y qué demonios quieres que te respondamos á una pregunta tan vaga y tan compleja?--contestó el pulcro, rasgando mucho la boca para enseñar todos los dientes.
--Lo que sepáis.
--¡Lo que sepamos! ¿Pues no lo sabes tú como nosotros? ¿No lo sabe todo el mundo de corrido? ¿Hay tema que haya sido más resobado ni más discutido? Pero aunque lo ignorases, ¿cómo narrarte en tan breve tiempo lo que no cabe en libros ni en la memoria humana?
--Si te concretaras á un punto determinado...--añadió el celoso.
--Concretaos vosotros; dividid, por ejemplo, en períodos la epopeya, é id diciéndome, no todo lo que hay, sino lo que más abunda en cada uno de ellos: yo deduciré el resto.
--Y vendremos á repetir lo que, en fuerza de haberse repetido tanto, pasa en el mundo por _catálogo de vulgaridades_.
--Pues ese catálogo es, precisamente, lo que yo vengo buscando. Diréisme que en la memoria debo tenerle; pero recordad los expuestos motivos de mi consulta, y comprenderéis por qué necesito que ese resumen pintoresco de vulgaridades aceptadas como razones serias contra
«esa grotesca fusión que se llama matrimonio,»
sea hecho por vosotros y no por mí; por qué, no debiendo fiarme de la memoria ni de la luz con que habría de guiarla para buscar los hechos vitandos, es indispensable que me los expongáis vosotros, en forma, como quien dice, de ramillete, para que pueda yo olerlos todos de un solo aliento y probar en la intensidad de su veneno el vigor de mi naturaleza y los bríos de mi necesidad. Y con el laudable fin de evitar divagaciones metafísicas y retorceduras de conceptos, vuelvo á presentaros en crudo mi pregunta, que ya lleva marcado el prosáico son de la respuesta: «¿Qué me sucederá si me caso mañana?»
--¡Y dale con el tema! ¿Quieres, con mil demonios, saber lo que te sucederá, por ejemplo, en los primeros días?--dijo echando chispas el acicalado que, según parece, llevaba la voz cantante en aquel estrafalario desconcierto.
--Muchos cantos va á tener la epopeya, á lo que veo,--exclamó sonriendo Gedeón.
--¿Por qué lo dices?
--Por la pequeñez de las partes en que la divides, si he de juzgar por la muestra de «los primeros días.»
--Pues esos días son un período completo, y aun colmado... Los demás ya serán más largos, para desgracia del marido.
--Vaya, pues, por «los primeros días,» y sepamos, por fin, qué me sucederá en ellos.
--Nada que no sea envidiable: sorpresas encantadoras, dulzuras, mimos, arrebatos sublimes... ¡lo más voluptuoso y embriagador que puedas imaginarte!
--Y ¿cuánto dura?--preguntó Gedeón relamiéndose.
--Cuarenta y ocho horas,--respondió secamente el interpelado.
--Me parece mucho,--gruñeron los otros dos jueces.
--¿No me concedéis siquiera una semana?
--Vaya la semana--dijo el atildado,--pues días más ó menos, poco suponen en la eternidad del martirio subsiguiente. Durante esa semana, no existen los suegros ni los cuñados; tu nueva familia es un coro de ángeles que no cesa de cantar tus alabanzas. No hay hombre como tú, ni más amable, ni más ingenioso, ni más bello, ni más digno de ser adorado; y esto, que te lo dice tu mujer á solas entre explosiones de amor, te lo repiten en la casa hasta el gato y el perro, adivinando tus deseos y hartándote de preferencias y mimos. Como no has de vivir con tus suegros eternamente, en estos primeros días empezarás á tratar, si no de separarte, de cuando te separes; y ten por seguro que por diferencias sobre calle, ó piso, ó colores de las tapicerías, ha de asomar la oreja la primera nubecilla en el arrebolado horizonte de tu felicidad.
--Eso suponiendo--añadió el usurero,--que en los pormenores de la dote no haya habido serios altercados.
--Ó que la recién casada--expuso el celoso,--no deje, en la vecindad que abandona, _su primer amor_.
--Todo es posible--continuó el pulcro;--pero hemos de prescindir de lo eventual y contingente, que no tiene medida, para fijarnos sólo en lo rigorosamente lógico; en lo necesario, en lo infalible. Con esto nos sobra para ganar el pleito. Y prosigo. He supuesto que pasabas la primera semana con la familia de tu mujer, por elegir un motivo, entre los cien mil que existen, para el primer desacuerdo. De todas maneras, en tu casa ó en la ajena, al acabarse esos días, las intimidades matrimoniales han llegado á su grado máximo, y comienzan á caer en desuso ciertas contemplaciones de pura galantería, hasta allí guardadas entre los cónyuges. Nada más natural entonces que la elección de un criado, ó la compra de un mueble, ó la distribución de las horas del día, ú otra pequeñez cualquiera, produzca en tu mujer un serio enojo y en tí un disgusto. Los de esta índole son los que traen á las casas las intervenciones extranjeras, aunque con ramo de oliva; pues la esposa, poco acostumbrada todavía á sufrir contrariedades, necesita murmurar con alguien de las rarezas de su marido, y murmura con su madre, si la tiene, y si no, con sus amigas. Oirás de éstas ó de aquélla tal cual disertación sobre el tema de la tolerancia que deben tener los caballeros con las señoras; verás que en estos conflictos _internacionales_ jamás se te da á tí la razón; te llevarán los demonios cuando consideres que cosas tan fútiles y remediables en casa, son ya del dominio público, y en centuplicado tamaño, por la insensatez de tu mujer; que están tu reposo y la paz de tu casa á merced de la menor divergencia de pareceres entre vosotros dos, y sobre todo, cuando veas que tu esposa se va mostrando tan dispuesta á desechar los tuyos más sensatos, como á aceptar los ajenos más absurdos.
Pasó, pues, el período breve del éxtasis amoroso, y estás de patitas en el primero del martirio. Comparando lo que eres con lo que fuiste poco antes, y temiendo avanzar en el horrible é interminable sendero en que te hallas colocado, haces heróicos esfuerzos en favor de la paz doméstica; te acusas aun de faltas que no has cometido; disculpas todos los resabios de tu mujer, y corriges hasta los más inofensivos de tu carácter. Todavía, y mediante este sistema, disfrutas, de vez en cuando, los breves momentos de placer que dan de sí las _reconciliaciones vehementes_; y quizá insistiendo en el procedimiento adoptado, y sin más mujeres en el mundo que la tuya, llegaras al fin de la carrera, no sin cruz, pero sin espinas. Mas, en esto, asoman los primeros barruntos de sucesión; y á los tiquis-miquis de todos los días, tienes que añadir las impertinencias propias del _estado_.
El olor del tabaco la ofende, y no puedes fumar delante de ella; si por no dejar de verla fumas lejos de su presencia, cuando te acercas huele que has fumado, y te rechaza; por evitar este inconveniente dejas de fumar; pero has salido á la calle, has ido al café, has estado, en fin, donde se fuma, y tu ropa huele á tabaco, razón por la cual tampoco puedes aproximarte á su gabinete. Te resignas á no salir de casa por no ahumarte; pero si usas esencias, le repugnan, y si no las usas, hueles _á hombre_: tampoco entras así.
Entre tanto, la casa está patas arriba, y tu autoridad como la casa, porque la señora come á horas intempestivas las cosas más extravagantes, y tiene ascos y náuseas, y todo lo escupe.--Cuando concluye este período, que es muy largo, empieza otro mucho más divertido: el período de la pesadez, del bamboleo, del malestar, del paseo nocturno entre calles, colgada de tu brazo; del abultamiento de los labios y de las manchas en la cara; de los pies hinchados; el prólogo, en fin, de la nueva y más tremenda etapa, durante la cual no dormirás sueño tranquilo, ni comerás cosa en sazón, ni te pondrás camisa bien planchada; pues todo lo que es orden, paz y sosiego, lo extermina, lo barre la gran catástrofe: con sus preparativos, antes, y hasta mucho después, con su cortejo de horrores y hediondeces. Antes, el hatillo, y la cuna, y los tanteos y probaduras de nodriza, y la novena á San Ramón, y los falsos síntomas siempre á media noche, ó á otras horas tan intempestivas. Después, los jipidos, y la casa á obscuras y en silencio, y el aire corrompido, y el andar en ella todos de puntillas, y el comadrón, y la nodriza, y los pañales, y los recados á la puerta, y la obligación de contestarlos, y la colineta para el cura, y los padrinos, y la comitiva del bautizo, y tú presidiéndola, y los chicos de la calle cantando el ¡_pelón_!... y hasta el consonante, que es harto más grave, pues no faltará quien te le aplique, aunque la copla se refiera al padrino; y luego las enhorabuenas, y el refresco... ¡y el demonio desencadenado en tu casa!--Después, la cuarentena, y los retortijones de barriga en la criatura, y los vagidos consiguientes, y el cólico de la pasiega, y el riesgo de buscar otra, y las cuentas á puñados, y el dinero tras ellas á carretadas... Por último, el restablecimiento...
--Y, por fin--interrumpió Gedeón, respirando con ansia,--volvemos á aquellos ocho días...
--¡Quiá!--dijo el otro con el gesto y el tono que usarían las víboras, si las víboras hablaran del matrimonio;--aquellos días se fueron para no volver. El primer cuidado de tu esposa al salir de su habitación, es residenciarte por el tiempo en que ella no ha mandado en jefe. Nada se ha hecho á su gusto: el refresco fué mezquino; se quedaron sin dulces esta amiga y el otro pariente; el ruido constante que tú no supiste impedir, no la dejó descansar á su gusto una sola vez; están los suelos mal barridos y los muebles echados á perder; eres un Juan Lanas, y además roñoso y desatento. Por supuesto que tú no has intervenido en nada de lo censurado: desde el momento supremo se apoderó de las llaves y del mando la amiga, ó la vecina de más confianza, si no hay por medio una madre ó una hermana; pero esto no impide que el responsable de todo lo malo, inventado ó cierto, se te haga á tí. Habrá hocico también, y acaso moquiteo, porque no se te vió el pelo cuando ella más gritaba durante el apuro gordo; y si se te vió, porque no te alegras, como debes, al contemplarte reproducido; has estado hasta soez con las visitas, ó has pecado de expresivo con _algunas que ella sabe_; y luego, porque su mamá, ó su modista, ó su doncella... ó el Peñón de Gibraltar; pues hasta lo más extraño es un motivo serio para darte guerra. Cuando ésta se acaba por cansancio, comienza la criatura á tomar fisonomía y á entretener á su madre con gorgoritos, sin dejar por eso de alborotar la casa con sus lloros. Ahora porque se ríe, después porque tose, luégo porque no mama, y más tarde porque vuelve la leche, allí no se habla más que del muñeco, ni en otra cosa se piensa, así te entre un torozón y te pongas á la muerte...
--Bueno; pero... después...
--Después, volvemos á los ascos del principio, y á los síntomas de marras, y á todas las enumeradas peripecias... Y pasan otra vez, y vuelven de nuevo, y tornan á repetirse, salpimentadas, por supuesto, con un sinnúmero de impertinencias y de contrariedades nuevas, hijas legítimas del cúmulo de necesidades que se van creando en tu casa con cada vástago, y de los resabios que va adquiriendo tu mujer en cada alumbramiento.
--¿Pues no dice la fama que nunca está un hogar más alegre que cuando está lleno de chiquillos?
--¡Oh, es encantador uno de esos cuadros de familia! Aquí una silla rota; allá media vajilla en polvo; el tintero encima de la cama, y las almohadas debajo de la mesa; las botas en la sombrerera, y el sombrero en la cocina; en el ropero la zaga de un coche y la cabeza de Carlo Magno, y medio tambor y un pedazo de corneta; en el cajón de la basura, la estampa que más aprecias cubierta de lamparones y de garabatos; y los papeles importantes de tu cartera, hechos una pelota, y la máquina del reló de tu mujer, en la escalera del desván. Te sientas á la mesa, y empieza lo conmovedor. Antoñito no quiere la sopa si tú no se la das; Pablito, mientras cebas á su hermano, te mete un tenedor por los ojos; Adelita quiere cerezas, y está corriendo el mes de enero; Elisina, después de haber comido las natillas con los dedos, hunde las manos en los bolsillos de tu chaleco blanco; y todos cuatro rompen á llorar poco después, formando el coro más armonioso que hayas oído, sobre el cual se destaca la voz de tu mujer, poniéndote como hoja de perejil, so pretexto de que no sabes hacerte querer ni respetar de tus hijos; tu mujer, que andará ya en _meses mayores_; de modo, que cuando el último retoño va domesticándose, y se larga la nodriza y se le añade al montón de sus predecesores, viene el nuevo con los consabidos trastornos y las enumeradas desazones.
--Pero, hombre, ¿cuándo concluye... _eso_?
--Cuando concluyan las gracias y los atractivos de tu mujer; cuando no le queden ojos para mirarte, ni labios para sonreirte, ni dientes para devorarte; cuando no sea más que un catálogo de achaques, envuelto en un retal de pergamino; cuando esté á tu cargo la fatiga de cuidarla, y á las doce de la noche te pida desde su cama el antiespasmódico para el histérico, ó el algodón para los oídos, ó los parches para las sienes; ó se despierte á las tres de la mañana para que le des las friegas en la espalda, ó le pongas las franelas en los riñones; cuando tus hijos crezcan y necesiten el látigo y el colegio, y el uno resulte estúpido, y el otro holgazán, y el tercero un perdido, y la cuarta una tontuela, y te roben y te esquilmen el sastre, y el zapatero, y la modista, y el maestro de música, y el vecino de enfrente, y la vecina de al lado... Y así vas tirando y haciéndote viejo, y notando poco á poco que estorbas en todas partes á tus hijos y á tu mujer, y que tu mujer y tus hijos comienzan á preguntarte cuánto tienes, y á hablarte mucho de _cuando tú faltes_... ¡á desear que te mueras, hombre, ya que no pueden heredarte en vida!
--¡Pero eso es feroz!
--Pues eso es, amigo, como si dijéramos, lo más llano del camino: los inconvenientes de un matrimonio hecho á pedir del deseo y con el dinero de sobra; ¡imagínate, si puedes, lo que será el matrimonio en peores condiciones; sin las rentas necesarias para cubrir las indispensables exigencias del estado!