El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón · Unidad 5 de 32

JORNADA PRIMERA · 2

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

--Ya lo oyes, Gedeón--añadió el atildado célibe, rasgando su boca hasta los oídos, como si tras el gesto se dispusiera á dar el salto alevoso sobre su amigo para hincar en él el diente emponzoñado;--todos, aunque por diferente senda, hemos venido á parar al mismo punto: al presidio del matrimonio, en el cual lo menos que se pierde es la libertad del soltero; esa que nos permite vivir como el ave en el espacio, como el pez en el agua; tener por patria el mundo entero, y por soberano la voluntad; contemplar, en fin, el de la vida, con ojos serenos, sin que nos amarguen aquellos instantes supremos las lágrimas de los que dejamos si nos necesitan en el mundo, ó el regocijo de los que nos heredan; esos _tiernísimos_ pedazos de nuestro corazón, llamados hijos.

--¡Adelante!

--Y ¿para qué?

--¿No tenéis, víboras, más veneno que echar por esas bocas?

--¿Pues no hemos de tener?--respondió el pulcro:--á toneladas te lo diéramos si fuera necesario, y aún no se concluyera; pero nos has pedido muestras de ello, y muestras te hemos dado, y en forma de ramillete, como deseabas. Ahora, huele y revienta.

--Oliéndole estoy, rato hace.

--Y ¿á qué huele?

--¡Á demonios corrompidos!

--Entonces ¿á qué vino la consulta?

--Ya os lo dije: á que me confirmaseis en mis creencias, algún tanto insubordinadas estos días por _la loca de la casa_, llamada imaginación. Sí, amigos míos y denodados solterones, soy de los vuestros, creo cuanto creéis y detesto cuanto detestáis; el matrimonio es un presidio para el hombre; un presidio completo, pues que le esclaviza y le infama. Niego la paz del hogar, niego el amor, y, sobre todo, la necesidad de los hijos: el uno y las otras no son más que ficciones de la fantasía, cuando no cebos de los maridos para seducir incautos. El hombre, abrumado constantemente por las cargas de la familia, pierde hasta la libertad de ser honrado y el derecho de ser feliz; cuando menos, la ineludible prosa del matrimonio le corrompe, le enerva, le desnaturaliza, le empequeñece. Para cuanto concibe y cuanto emprende fuera del miserable recinto de su hogar, son trabas que le amarran y cortan el vuelo á sus más levantados pensamientos, los hijos y la esposa, que no le quieren más que en cuanto le necesitan. El hombre, pues, para cumplir su verdadero destino, para dar á su cuerpo el regalo que necesita y á su alma la elevación que anhela, tiene que desprenderse de los mezquinos, pero opresores lazos de la familia; ser libre, libre como el pájaro y el viento; y pues, como dice el adagio, EL BUEY SUELTO BIEN SE LAME, suelto quiero morir como he vivido, ya que vuestras sabias advertencias, coincidiendo exactamente con mis doctrinas, me han demostrado que es imposible hallar dentro del matrimonio el voluptuoso edén con que alguna vez soñó mi acalorada fantasía...

Oídas estas palabras, los tres jurados solterones se encogieron de hombros, cual si tuvieran por locura hasta haber puesto el caso en tela de juicio; dióles Gedeón unas palmaditas en la espalda, y se dispersaron los cuatro, tan satisfechos y campantes, como si realmente hubieran tratado la cuestión _en serio_, y el mundo no fuera otra cosa que un vasto ejido para revolcarse y hozar en él á sus anchas los cerdos de las consabidas piaras.

[Ilustración]