El café de máscaras y otros sainetes · Unidad 173 de 447
Unidad 173 · AM ' R POR RAZO ; I E EST DO
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AM ' R POR RAZO ; I E EST DO
\>oT descubrir nuestro nmor.
¿Bajaste ya? Enrique. El [¡riincr paso.
Leonora. — Adiós, i)ues. Enrique. Oye de .iqui
quejas del alma. Leo.'>;ora. jAy de mi!
Vete, Enrique, y habla paso. Enriql'e. — Si hicieras, Leonora, caso
de mis penas... Leonora. Si te ve
el sol... J'JNRiQLE. — Va, mi bien, bajé
otro escalón; que violenta
mi fe, los pasos me cuenta,
y no la haces de mi fe Leonora. — Kepara, amores, por Dios,
que no es amante discreto
quien pone á riesgo el secreto. Enrique. — Reparad en mi amor vos. Leonora. — Voime. Enrique. Va baje otros dos.
L_ONONA. — No ocasiones mi cuidado. Enrique. — Mi bien, ¿pues qué juez no ha dado
lugar que en cada escalón
siquiera hable una razón
el más vil ajusticiado? Leonora. — ^Mira que ya son las hojas
ojos de Argos, que nos ven,
deste jardín. Enrique. ¡Ay mi bien!
)-o tf ador", y tu te enr ja';. Leo.^íora . — Temo.
Enrique. {Acabando de bajar.) — Cesen tus
[congojas;
que ya me voy. Goce el sueno
la gloria que en ti le empeño. Leo.vora. — ¿Soltare li escala? Enrique. SI.
J^EONoRA.— ¿Vaste?
Lnrique. Voime, y quedo en ti.
Leonora. — ;.Ay duke esposo! Enrique. ¡.Vy mi dueño!
Suelta L< ¡inora la cfrala, y se retita.)
KSCENa II El DuQnE, dos criados. — Emrique
Duque. — ¿A estas horas hombre aquí?
Matadle, si no se da. Enrique. (.4/.) — Ya, amor, descubierto está
vestro secreto por mí.
Restaure el acero a^ora
culpas que por íar I i c s doy. Duque. — ¿Quién eres? Enri.¿ue. Un hombre soy.
Duque. — Pues ¿qué haces aquí á tal hora? EtaRiQUE. — Idolatrar estas piedras,
de mi hechizo semejanza,
y comparar mi esperanza
á sus siempre verdes yedras. Duque. — ¿Amas en palacio? Enrique. Adoro.
Duque. — ¿a quién? Enrique. Si fueras discreto,
no ofendieras al secreto,
de amor más rico tesoro. Duque. — ¿Por dónde al paique cerrado
entraste? Enrique. Si amor es ave
que penetrar nubes sabe,
¿qué preguntas? Duque. Al sagrado
deste lugar, es delito
entrar de noche Enrique. Alamor,
que es el monarca mayor
ningún lugar le limito, Du5ue. — DI quién eres. Enrique. Todo yo
soy amor, y no soy más. Duque. — Si te encubres, morirás. Enrique. — Amor esfuerzo me dio
para d *enderme, Duque. Muera.
Enrique. — Mal mi valor conocéis. {Echan mano d las espadas los cuatro, y éntranse acuchillando el Duque y Enrique; los criados huyen al punto.) Duque. {Dentro.^ — |\'aliente brazo! — ¿Qué ha-
[céis?
¿De un sólo hombre huís?
El Duque V Enrique, volviendo d salir
Duque. {Retirándose de Enrique. — Espera.
Advierte que el duque soy. Enrique. — Vuestra alteza me perdone.
si mi espada se le opone;
y porque resuelto estoy
de morir, antes que sepa
quién la espada le ha ganado
(venturoso desgraciado.
aunque en mi valor no quepa
el justo merecimiento
que consigue mi osadía)
vuestra alteza honre la mía,
porque con la suya intento
dar principio á mi ventura,
y mi sangre ennoblecer. Duque. — Tu valiente pioceder
de mi enojo te asegura.
dos criados rae has herido;
pero no semas por eso. Enrique. — Que me ha pesado confieso,
aunque en mi defensa ha sido. Duque. — Descúbrete, caballero. Enrique. — Vuestra alieza tiene fama
de cruel contra quien ama
sangre suya, y de aquí infiero
lo mal que me puede estar
hacer de quien soy alarde. —
El sol sale: adiós; que es tarde,
y indecente este lugar. ( Vase.)
ESCUNA IV El Duq-ue
¡Determinado valor! —
¿Qué es esto? ¡Válgame el cielo!
Una escala está en el suelo.
Cayó por ella mi honor.
El arrogante embo/ado
autor de mi afrenta ha sido;
que el ¡jeligro hace atrevido
al más cobarde cul¡jado.
:Qué hay que dudar? ;No me dijo:
''Vuestra alteza tiere fama
de cruel contra quien ama
sangre suya?" Si coligo
de aquí consecuencias llamas,
á mi sangre fué traidor,
y torpe ofende mi honor
una de mis dos hermanas.
¿Si será Leonora? No;
que en su tem¡)rana viudez
la virtud ha sido juez
de que Artemisa perdió
el casto blasón con ella.
¿Será Isabela? Tampoco,
pues al deseo más loco
reprime ardores de vella.
Pues ¿quién será de las dos,
si no tengo en Bilpaís
otra sangre? ¿Qué decís,
honra, en estas dudas vos? Este cuarto es de Leonora y de Isabela; esta escala en la culpa las iguala, si cómplice, acusadora. Para poder sentenciar, información se ha de hacer. — ¿Vos sois casa de ¡ilacer? mejor diréis de pesar. — ¿Llamaré gente que siga mi enemigo? Sed más sabio, honor mío; que el agravio no lo es mientras no se diga. Ni el sol que empieza á nacer, con verlo todo y ser mudo, de las ofensas que dudo testigo tiene que ser El tiempo dará no.icia de quién es quién me ofendió, pues en mi espada llevó la insignia de mi justicia. Ella le dará casiigo, pues aunque encubrirse prueba, no va seguro quien lleva á la justicia c jnsigo; y yo guardaré entre tanto este instrumento agresor. Tratos de cuerda el amor da á la honra: no me espanto que os venza, mudable hermana, pues la más firme mujer frágil cuerda viene a ser, y las más cuerda, de lana. {Bájase á tomar la escala, halla papeles rotos y cógelos.
Papeles ; edazos hechos
hay por aquí, que arrojados,
son despedidos criados;
y decuDriendo sus ¡lechos,
podría ser que se vengasen
de quien los despedazó.
Sos|)echas, ¡dichoso yo,
si en verdades os trocasen!
Esta letra es de Lsonora.
Medio renglón dice así:
(Lee.) "Mi bien, cuando estoy sin ti..."
Mas indicios hay agora,
Isabela, en tu favor,
que á Leonora culpa dan...
¡Qué dichoso que fué Adán,
libre de riesgoí de honor!
(Lee) "Mi bien, cuando estoy sin ti..."