El café de máscaras y otros sainetes · Unidad 179 de 447
Unidad 179 · AMAR POR RAÜON DE KSTADO
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AMAR POR RAÜON DE KSTADO
al marqués; perderé el seso
si duran estos enojos,
porque con justos antojos,
difíciles de entender,
le obligan á. enturecer. -Quejas forma de una espada,
que ciñe al lado dorada,
y mi homicida ha de ser.
Luego nos manda partir
á la corte: ven, Leonora,
y serás su intercesora,
ó aquí me verás morir. Leonora. — Yo ¿qué le puedo decir
con que se venga á aplacar? Isabela. — Nada te sabe negar;
roguemos por él las dos.
Hidalgo, también á vos
os manda el duque llamar. ( Vase.) Enrique. — Habrá sabido que es mía
la espada: si me dr. muerte,
dichosa será mi suerte. Leonora. — ¡Tantos males en un día! Enrique. — Ea, amorosa osadía,
muera Enriq.ie desgraciado,
pues tan mala cuenta ha dado
de la dicha que ha perdido,
cuando no por atrevido,
por amante descuidado.
ACTO SEGUNDO
Decoración dividida en dos partes, desde el proscenio hasta el fondo del teatro: la mayor es una galería en el palacio de Cléves; la menor es la habitación que sirve de cárcel á Ludovico y tiene puerta y ventana á la galería.
Enrique _)» Ludovico, en la sala de prisión.
Emrique. — No me espanto que forméis quejas de vuestra prisión, supuesto que no sabéis, marqués, la justa ocasión con que airado al duque veis; mas primero que os lo diga, de vos me quiero informar. Si la amorosa f?tiga, que reinos suele abrasar, y libres nechos castiga.
predominando en l..eonora,
la hiciera competidora
de la dicha de Isabela,
y aunque su amor os desvela,
os quisiese bien agora, ¿la madanza podría hacer
el común efecto en vos
con que muestra su poder
amor, que es fuego, si es Dios,
y nunca vive en un ser? Ludovico. — ¿Leonora á mí? EuRiQUE. Su beldad,
el ser del Duque heredera,
de cuya esterilidad
Cléves sucesión no espera,
su discreción y su edad
dan causa á lo que os pregunto,
l'ues siendo del sol trasunto
puede, asegundando amor,
elegiros sucesor
del malogrado difunto. Ludovico. — Enrique, no oso llar
tanto de mi fortaleza.
Si en tan dichoso lugar
me pusiese su belleza,
que no temiese dudar
la fe que á Isabela debo;
el mayor planeta es Febo
de cuantos alumbrar ves,
y muda de mes en mes
nueva casa y signo nuevo.
Mas ¿por qué me decís eso?
¿Qué tiene, Enrique, que ver,
tenerme ansí el Duque preso
con tentarme por saber
si soy mudable? Enrique. Intereso,
Marqués, de vuestra mudanza,
toda la seguridad
de mi vida y esperanza.
Mi osadía perdonad,
alentad mi confianza,
y asegurarme primero
si de amigo verdadero
podré gozar el blasón.
Marqués, en vuestra opinión. Ludotico.— Bien sabes lo que te quiero,
y que eres por mí privado
del Duque. Enrique. Más me prometo
de vos, aunque os he agraviado.
Sois mi patrón, en efeto,
y en esa fe confiado, atrevimientos de amor escuchad. Yo, Ludovico, soy vestro competidor, si en méritos menos rico, más dichoso en el favor de Isabela.
Ludovico. ¿Cómo es eso?
Enrique. — Mis desatinos confieso; mas poco el amor abrasa que los limites no pasa comunes, y pierde el seso. El estar de Belpaís tan cercana nuestra quinta, como en su bosque advertís; la caza, que guerras pinta de Marte y amor, si oís de Adonis que cazador y amante rindió sus flechas á la madre del amor, cuyas trágicas sospechas, sin dar frito, le hacen flor; la ocasión que poderosa, con la más difícil cosa sale cuando dichas traza; en fin, lugar, tiempo y caza me hicieron presa amorosa de Isabela, que rendida á alguna oculta influencia, vuestros servicios olvida, y con su hermosa presencia da á mi atrevimiento vida. Creció el amoroso trato cun la comunicación que malogra el tiempo ingrato, sin que diese permisión el temeroso recato que algún tercero indiscreto tiranizase el secreto, pues en su amorosa quinta sólo fió de una cinta la guarda de su respeto. La noche que no la hablaba, aunque las más iba á. vella, atado á un listón hallaba un papel (¡industria bella!), y otro en su lugar dejaba. En esta vida, Marqués, pasó amor tan adelante, que en el discurso de un mes, de niño creció á gigante (¡juzgad cuál será después!),
hasta que mis persuasiones, quejas, suspiros, pasiones, dieron á mi atrevimiento alegre consentimiento, y permisión sus balcones á una escala que llevé y la desdicha estorbó, pues cuando subir pensé, vino el Duque y malogró diligencias de mi fe. Intentó reconocerme con otros dos; encubríme; quiso matarme ó prenderme; eché mano y resistime; siguió.me; y por defenderme, hiriendo á los dos, le gano la espada, y más cortesano que dichoso, con la mía le dejo, huyendo cm día, cuya luz intentó en vano descubrirme. Halló la escala el Duque, en fin, que recela lo que en sus pasos señala, y á Leonora y Isabela, confuso en la culpa iguala. Retíreme á casa yo desesperado y sin seso, al tiempo que os sucedió con la caída el suceso que vuestra prisión causó. La espada del Duque os di, cuando á hablarle con vos fui, y ofendiéndose de vella á vuestro lado, por ella os tiene en prisión aquí. Supo después que Leonora, en quereros satisfecha, vuestra prisión siente y llora; y creciendo su sospecha, está persuadido agora que vos fuístes el autor de la escala y re.'iistencia á que me obligó el amor; y embotando su prudencia los filos de su rigor, conmigo ha roniunicado sus celos y cuidado, y por mi consejo intenta tomar. Marqués, ¡lor ni luenta el dar á Leonora estada. Con ella os quiere ca'ar: si osol'liga su belleza,