El café de máscaras y otros sainetes · Unidad 181 de 447
Unidad 181 · TIRSO DE M0;.1N.\
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TIRSO DE M0;.1N.\
Leonora. Enrique.
Leonora. — ¿Qué haces, Enrique, suspenso? Enrique. — Parabienes preveniros,
que á costa de mis suspiros,
mi tormento hacen inmenso.
Que labro, Leonora, pienso,
contra mí mismo tirano,
el sepulcro de mi mano,
donde sin hallar salida
fenezca mi triste vida,
como el tejedor gusano.
Ya está el marqués persuadido
á vuestro amor lisonjero;
fui primero y soy tercero;
]ved la medra á que he venidol
¿quién duda que habréis tenido
abierta puerta al cuidado,
que os habrá el marqués pintado
un generoso sujeto,
mozo, gallardo, discreto,
de real sangre y noble e§tado,
y que hecha comparación
entre mí y él, el desprecio
me pintará ]X)bre, necio,
sin calidad ni opinión?
]Ay Leonora! Leonora. Enrique, pon
freno al atrevido labio,
pronunciad or de mi agravio;
que vas perdiendo el conecto
que has tenido de discreto. Enrique. — Pues con celos ¿quién es sabio? Leonora. — Pues tú ¿de qué tienes celos? Enrique. — Cuando hay de qué no lo son.
En la elemental región,
imagen de mis desvelos,
verás, si miras los cielos,
una nube retocada
del sol, blanca y encarnada,
que resolviéndose en viento,
cual celos sin fundamento,
pinta montes y no es nada.
¿No pretendes que te quiera
el marqués? Leonora. Porque te aseguro
la vida, ansí lo procuro. Enrique. — Mis temores considera:
amor fuego, mujer cera,
yo hablarte y verte por tasa,
él sin ella y en tu casa;
cuando de burlas le adores,
de veras son mis temores;
que amor burlándose abrasa.
Diráte encarecimientos,
que aunque de ti no creídos,
pasarán por los oídos
y engendrarán pensamientos.
Estos al principio lentos,
en el alma alimentados,
irán cebando cuidados,
y siendo el pecho su cetro,
vencerá el marqués, si dentro
tiene tales abogados.
¿Quién duda que aunque ss pese,
tal vez, si á solas estás,
favores no le darás
con que su dicha confie e?
Cuando una mano te bese
(supongo que sea forzada),
aunque después retirada,
propongas darle castigo,
¿qué no alcanzará contigo
una mano ya besada?
¿Has de c rtártela? No.
Luego siempre que la vieres
te has de acordar del. ¿Y quieres
que no desespere yo?
La mano que él cohechó,
el pensamijntü importuno,
el verte á tiempo oportuno,
todos si por él están,
¿qué hazáfia no acabarán,
tantos, Leon-;r.i, 'Onira uno?
Querráte casar tu herinan •
con él, como ha prometido;
y yo estaré alu rrecido,
y ya cohechada lu mano.
Seré yo estorbo tirano:
¿pues qué reni dio? Mn'arme.
Pu s ¿no es mejor excusarme
de tantos sustos, Leonora,
y dándome muerte agora,
despacio no atormentarme?
Leonora. — Enrique, quédate, adiós; que estás hoy impertinente.
Enrique — Mi bien, mi gloria, detente. ¿Vos/Os vais, y me amáis vos?
Leonora. — Hemos de reñir los dos, si oigo desalumljraiiiientos de tus desvanecimientos.
Enrique. — No tratemos deilos má§.