El café de máscaras y otros sainetes · Unidad 259 de 447
Unidad 259 · MORATIN
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
MORATIN
El sí de las niñas
La comedia nueva
La escuela de los maridos
El médico á palos
Director Literario: Vicente Blasco Ibáñez.
Imprenta de Juan Pueyo, Mesonero Romanos, 34. MadrMJ.
EL SI DE LAS NIÑAS
DON DIEGO DON CARLOS DOÑA IRENE uoÑ: A J-'RAXCISCA
RITA
SIMÓN
CALAMOCHA
La escena es en una />osaí/a i/e Alcalá de Henares.
C.\ teatro representa una sala de paso con cuatro puertas de habitaciones para huéspedes, numeradas todas. Una más grande en el foro, con escaleras que conduce al piso bajo de la casa. Ventana de antepecho á im lado. Una mesa en medio, con banco, sillas, etc.
La acción eiiipiezn ti las siete de la larde, y oraha li las duro de la mañana sig'Kieiile.
ESCENA 1' R I M E R A
Do\ Diego, Simón.
/iinle D. Diego de su cuarto. Simó», que está seittaiio en una silla, se levanta.)
1). DiEr;o.^;No han venido todavía?
Si.MÓN- — No, señor.
D. Diego. — De'^pacio la han tomado por cierto.
Si.MÓN — Como su tía la quiere tanto, según parece, y no la ha visto desde que la llevaron á Guadalajara...
D. Diego. — Sí. Vo no digo que no la viese; pero con media ".ora de visita y cuatro lágrimas, estaba concluid». .
Simón. — Ello t.imbién ha sido extraña determinación la de estarse usted dos días enteros sin salir de la posada. Cansa el leer, cansa el dormir... Y sobre :>;ido cansa la mugre del cuarto, las sillas desvencijadas, las estampas del hijo pivdigo, el r.-.ido de campanillas y cascabeles, y
la conversación ronca de carromateros y patanes , que no permiten un instante de quietud.
D. Diego. — Ha sido conveniente el hacerlo así. Aquí me conocen todos, )' no he querido que nadie me vea.
Simón. — Vo no alcanzo la causa de tanto retiro. ;Pues hay más en esto que haber acompañado usted á doña Irene hasta Guadalajara, para sacar del convento á la niña y volvernos con ellas á Madrid?
D. DiKGO. — Sí, hombre, algo más hay de lo que has visto.
Simón. — Adelante.
I). DiKGO. — Algo, algo... Ello tü al cabo lo has de saber, y no puede tardarse mucho.. . Mira, Simón, por Dios te encargo que no lo digas... 'J'ii eres hombre de bien, y me has servido muchos años con í'delidad... Ya ves que hemos sacado á esa niña del convento y nos la llevamos á Madrid.
Simón. — Sí, señor.
D.Diego. — Pues bien... Pero te vuelvo á encargar que á nadie lo descabras.
SiMÓx. — Bien está, señor. Jamás he gustado de chismes.
D. Diego. — Ya lo sé, por eso quiero fiarme de ti. Yo, la verdad, nunca había visto á la tal doña Paquita; pero mediante la amistad c&n sa madre, he tenido frecuentes noticias de ella; he leído muchas de las cartas que escribía; he visto algunas de su tía la monja, con quien ha vivido en Guadalajara; en suma, he tenido cuantos informes pudiera desear acerca de sus inclinaciones y conducta. Ya he logrado verla, he procurado observarla en estos pocos días, y á decir verdad, cuantos elogios hicieron de ella me parecen escasos.
Si.MÓN. — Sí por cierto... Es muy linda y... ü. Diego. — Es muy linda, muy graciosa, muy humilde... Y sobre todo, ¡aquel candor, aquella inocencia! \'amos, es de lo que no se encuentra por ahí... Y talento... Sí, señor, mucho talento... Con que, para acabar de informarte, lo que yo he pensado es...
Slmón. — -No hay que decírmelo. D. Diego. — ;Xo? ¿Por qué? Simón. — Porque ya lo adivino. Y me parece excelente idea.
D. Diego. — ¿Qué dices? Simón. — Excelente.
D. Diego, — ¿Con que al instante has conocido?...
Simón. — ¿Pues no es claro?... ¡Vaya!... Dígole á usted que me parece muy buena ooda; buena, buena.
D. Diego. — Sí, señor... Yo lo he mirado bien, y lo iengo por cosa niu)- acertada. Si.MÓN. — .Seguro que sí. D. Diego. — Pero quiero absolutamente que no se sepa hasta que esté hecho. Simón. — Y en eso hace usted bien. D. Diego. — Porque no todos vea las cosas de una manera, y no faltaría quien murmurase, y dijese que ere una locura, y me...
S iMÓN. — ¿Locura? ¡Buena locura!... ¿Con una chica como esa, eh?
D. Diego. — Pues ya ves tú. Ella es una |X)- bre... Eso sí... Pero yo no he buscado dinero, que dineros tengo; he buscado modestia, recogimiento, virtud.
Simón. — Eso es lo principal... Y sobre todo, lo que usted tiene, ¿para quién lia de ser?
D. Diego. — Dices bien... ¿Y sabes tú lo que es una mujer aprovechada, hacendosa, que sepa cuidar de la casa, economizar, estar en todo?...
Siempre lidiando con amas, que si una es mala, otra es peor, regalonas, etremetidas, habladoras, llenas de histérico, viejas, feas como demonios. . Xo, señor, vida nueva. Tendré quien mé» asista con amor y fidelidad, y viviremos como unos santos... Y deja que hablen y murmuren y...
Simón. — l'ero siendo á gusto de entrambos, ¿qué pueden decir?
D. Diego. — No, yo ya sé lo que dirán; pero. Dirán que la boda es desigual, que no hay proporción en la edad, que...
Simón. — Vamos, que no me parece tan notable la diferencia. Siete ú ocho años, á lo más.
IX Diego. — ¡(Jué, hombre! ¿Qué hablas de siete ú ocho años? Si ella ha cumplido diez y seis años pocos meses ha. Simón. — Y bien, ¿qué?
D. Diego. — Y yo, aunque gracias á Dios estoy robusto y... con todo eso, mis cincuenta y nueve años no hay quien me los quite.
Simón.— Pero si yo no hablo de eso.
D. Diego. — Pues ¿de qué hablas?
Simón. — Decía que... Vamos, ó usted no acaba de explicarse, ó yo entiendo al revés... En suma, esta doña Paquita, ¿con quién se casa?
D. Diego. — ¿Ahora estamos ahí? Conmigo.
Simón. — ¿Con usted?
D. Diego. — Conmigo.
Simón. — ¡Medrados quedamos! D. Diego. — ;(}ué dices? Vamos, ¿qué?...
Simón. — ¡Y pensaba yo haber adivinado!
1). Diego. — Pues ¿qués creías? ¿Para quién juzgaste que la destinaba yo?
S iMÓN. — Para don Carlos, su sobrinode usted, mozo de talento, instruido, excelente soldado, amabilísimo por todas sus circunstancias... Para ese juzgué que se guardaba la tal niña.
D. Diego. — Pues no, señor.
Simón. — Pues bien está.
D. Diego. — ¡Mire usted qué idea! ¡Con el otro la había de ir á casar!... Xo, señor: que estudie sus matemáticas.
Simón. — Va las estudia, ó por mejor decir, ya las enseña.
U. Diego. — Que se haga hombre de valor y....
Simón. — ¡\'alor! .-Todavía pide usted más valor á un oficial que en la última guerra, rcn muy pocos que se atrevieron á seguirle, tomó dos baterías, clavó los cañones, hizo algunos prisiont ros, y volvió al campo lleno de heridas y cubierto de sangre?... Pues bien satisfecho qued6