El café de máscaras y otros sainetes · Unidad 275 de 447
Unidad 275 · LEANDRO F. MORiTIN
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LEANDRO F. MORiTIN
D.^ Fhancisca. — Lé'íííndrán ellos, no te canees. Si e5 lo único que faltaba á mi desdicha. Xo le busques. Ellos le tienen.
-Rita. — A lo menos por aquí...
D." Francisca. — ¡Yo estoy loca! (Siéntase.)
Rita. — Sin haberse explicado este hombre, "ni decir siguiera...
D.* Francisca. — Cuando iba á harerlo, me divisaste, y fué preciso retirarnos... Pero ¿sabes ■tú con qué temor me habló, qué agitación mostraba? Me dijo que en aquella carta vería yo los motivos justos que le precisaban á volverse; que la había escrito para dejársela á persona fiel que la pusiera en mis manos, suponiendo que el verme sería imposible. Todo engaños, Rita, de «n hombre aleve que prometió lo que no pensaba cumplir... Vino, halló un competidor, y diría: •"Pues yo ¿para qué he de molestar á nadie ni hacerme ahora defensor de una mujer.\.. ¡Hay tantas mujeres! Cásenla. Yo nada pierdo. Primero es mi tranquilidad que la vida de esa infeliz." ¡Dios mío, perdón... perdón de liaberle <]uerido tanto!
Rita. — ¡Ay, señorita! [Mirando hacia i¡ ■cuarto de don Diego.) Que parece que salen ya. D." Francisca. — No importa, déjame.
Rita. — Pero si don Diego la ve á usted de €sa manera...
D.^ Francisca. — Si todo se ha perdido ya, jTque puedo temer? ¿Y piensas tú que tengo alientos para levantarme? Que vengan, nada importa.
Don Diet}0, Simón, Do.ña Francisca, Rita.
Simón. — Voy enterado, no es menester más.
D. DiKr.o. — Mira, y haz que ensillen inme- -diatamente al Moro, mientras tú vas allá. Si han salido, vuelves, montas á caballo, y en buena carrera que des, los alcanzas... ¿Las dos aquí, eh?... Conque vete, no se pierda tiempo.
(Después de hablar los dos, inmediatos á la puerta del cuarto de don Diego, se va Simón por la del /oro.^
Si.món. — Voy allá.
D. Diego. — Mucho se madruga, doña Pa- ■quita.
D." Francisca, — Sí, señor.
D. Diego. — ¿Ha llamado \'a doña Irene?
JJ." Francisca. — No, señor... Mejor es que
vayas allá, por si ha despertado y se quiere vestir.
(Rita se va al cuarto de dofia Inés. <
ESCENA Vm Don Diego, Doña Francisca.
D. Diego. — ¿Usted no habrá dormido bien esta noche?
D."" Francisca. — No, señor. ¿Y usted?
D. Diego. — Tampoco.
D." Francisca. — Ha hecho demasiado calor.
D. Diego. — ¿Está usted desazonada?
D.* Francisca. — Alguna cosa.
D. Diego. — ¿Qué siente usted?
(Siéutase junto á doña Francisca.)
D.'' Francisca. — No es nada... Así un poco de... Nada... no tengo nada.
D. Diego. — Algo será; porque la veo á usted muy abatida, llorosa, inquieta... ¿Qué tiene usted, Paquita? ¿No sabe usted que la quiero tanto?
D.'' Francisca. — Sí, señor.
D. Diego. — Pues ¿por qué no hace usted más confianza de mí? ¿Piensa usted que no tendré yo mucho gusto en hallar ocasiones de complacerla?
D.^ Francisca. — Ya lo sé.
D. Diego. — ¿Pues cómo, sabiendo que tiene usted un amigo, no desahoga con él su corazón?
D.* Francisca. — Porque eso mismo me obliga á callar.
D. Diego.— Eso quiere decir que tal vez soy yo la causa de su pesadumbre de usted.
D.'' Francisca. — No, señor; usted en nada me ha ofendido. . . No es de usted de quien yo rae debo quejar.
D. Diego. — Pues ¿de quién, hija mía?... Venga usted acá... (Acércase más.) Hablemos siquiera una vez sin rodeos ni disimulación. Dígame usted: ¿no es cierto que usted mira con algo de repugnancia este casamiento que se la propone? ¿Cuánto va que si la dejasen á usted entera libertad para la elección, no se casaría
D.^ Francisca. — Ni con otro.
D. Diego. — ¿Será posible que usted no conozca otro más amable que yo, que la quiera bien, y que la corresponda como usted merece?
D." Francisca. — No, señor; no, señor.
D. Diego. — Mírelo usted bien.
D." Francisca. — ¿No le digo á usted que no?