El café de máscaras y otros sainetes · Unidad 289 de 447

Unidad 289 · lA COMKDIA NI. EVA U Kl. CAIK

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lA COMKDIA NI. EVA U Kl. CAIK

D." Ac.i'STiNA. — Sí, puede usted venir con toda satisfacción, caballero.

1). Antonio. — Señora, doy á usted mil gracias pwr su atención; pero ya no es cosa de volver allá. Cuando yo salí se empezaba la primera tonadilla; con que. .

D. Serapio. — ¿I. a tonadilla? (Se levantan

D."* Marigi iTA. — ¿Qué dice usted? D. Elei'terio. — ¡La tonadilla! D." Agustina. — ¿Pues cómo han empezado tan presto?

D. Antonio. — No, señora: han empezado á l.x hora regular.

ü." Agus I i.>CA. — No puede ser; si ahora serán...

D. Hermógknes. — Yo lo diié. (Saca rl reloj): las tres y media en punto.

D." Mariquita. — ¡Homl.re! ¡Qué tres y media! Su reloj de usted está siempre en las tres y media.

D." Agustina. — A ver... (Tonta el reloj de don Hermógenes, le aplica al oído, y se le vuelve.) Si está parado.

D. Hermógenes. — Es verdad. Esto consiste en que la elasticidad del muelle espiral...

D." Mariquita. — Consiste en que está parado, y nos ha hecho usted perder la mitad de la comedia. Vamos, hermana. D.* Agustina. — Vamos. D. Eleuterio. — ¡Cuidado, que es cea particular! ¡Voto va sanes! La casualidad de...

D.''' Mariquita. — Vamos pronto... ;V mi abanico?

D. Serapio. — Aquí está. D. Antonio. — Llegarán ustedes al segimdo acto.

D.* Mariquita. — Vaya, que este don Hermógenes...

D." Agustina. — Quede usted con Dios, caballero.

I>.^ Mariquita. — Vamos aprisa. D. Antonio. — Va)-an ustedes con Dios. D. Serapio.^ — A bien que cerca estamos. D. Eleuterio. — Cierto que ha sido chasco estarnos así, fiados en...

D.-' Mariquita. — Fiados en el maldiio reloj de don Hermógenes.

Don -Vntonio, 1'ipí.

D. .\ntonio. — ;Con que estas dos son la hermana y la mujer del autor de la comedia:

Pipí. —Sí, señor.

D. Anionio. — ¡Qué paso llevan! Va se ve, se fiaron del reloj de don Hermógenes.

Pipí. — Pues yo no sé qué será; pero desde la ventana de arriba se ve salir mucha gente del coliseo.

D. Anión 10. — Serán los del patio, que estarán sofocados. Cuando yo me vine quedaban dando voces para que les abriesen las puertas. El calor es muy grande, y por otra ¡Jarte, meter cuatro donde no caben más que dos es un des- ¡jropóoito; pero lo que importa es cobrar á la ¡xierta, y más que revienten dentro.

Don Pedro, don Antonio, Pipí.

D. .\ntonio. — ¡Calle! ¿Ya está usted por acá? Pues, y la comedia, ;en qué estado queda?

D. Pedro. — Hombre, no me hable usted de comedia (Se sknta), que no he tenido rato i^eor muchos meses ha.

D. Antonio. — Pues, ¿qué ha sido ello? I Sentándose junto (i don Pedro.)

D. Pedro. — ¡Qué ha de ser! Que he tenido que sufrir gracias á la recomendación de usted) casi todo el ¡irimer acto, y por añadidura una lo" nadilla insípida y desvergonzada, como es costumbre. Hállela ocasión de escapar, y la apioveché.

D. Antonio. — ;Y qué tenemos en cuanto al mérito de la pieza?

D. Pei>ro. — (¿ue cosa peor no se ha visto en el teatro desde que las musas de guardilla le abastecen... Si tengo hecho propósito firme de no ir jamás á ver esas tonterías. A mí no me divierten; al contrario, me llenan de, de... No, señor, menos me enfada cualquiera de nuestras comedias antiguas, por malas que sean. Están desarregladas, tienen disparates; pero aquellos disparates y aquel desarreglo son hijos del ingenio y no de la estupidez. Tienen defectos enormes, es verdad; pero entre estos defectos se hallan cosas que, por vida mía, tal vez suspenden y conmueven al espectador en términos de hacerle ol-