El café de máscaras y otros sainetes · Unidad 296 de 447

Unidad 296 · EL MKDICO A PALOS

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EL MKDICO A PALOS

servido seis años á un médico latino, ni que haya estudiado el (¡iiis vd qui, qttcr, qnod vcl íjiiid, y más adelante, como yo lo estudié.

Martina. — Malhaya la hora en que me casé contigo.

Bartolo. — Y maldito sea el picaro escribano que anduvo en ello.

Martina. — Haragán, borracho.

B.\RTOL0. — Ksposa; vamos poco á poco. '

Martina. — Yo te haré cumplir con tu obligación.

Bartolo. — Mira, mujer, .|ue me vas enfadando.

{Se levanta desperesándose, encaminase hacia el foro, coge un palo del suelo, v vuelve.)

Martina. — ¿Y qué cuidado se me da á mí, insolente?

Bartolo. — Mira que te he de cascar, Martina.

Martina. — Cuba de vino.

Bartolo. — Mira que te he de solfear las espaldas.

Martina. — Infame.

Bartolo. — Mira que te he romper la cabeza.

Martina. — :.\ mi? Bribón, tunante, canalla, :i mi?

Bartolo (dando de palos ri Martina). — ¿SI? l'ues toma.

Martina. — ¡Ay! ¡ay! ¡ayl ¡ay!

Bartolo. — Este es el único medio de que calles... Vaya, hagamos la paz. Dame esa mano.

Martina. — -Después de haberme puesto así?

Bartolo. — ¿Xo quieres? Si eso no ha sido nada. Vamos.

Martina. — -No quiero.

Bartolo. — Vamos, hijita.

Martina. — No quiero, no.

Bartolo. — .Malhayan mis manos, que han sido causa de enfadar á :ni esposa... V^aya, ven, dame un abrazo.

(Tira el palo á un lado, y la abraza.)

Martina. — ¡Si reventaras!

Bartolo. — Vaya, si se muere por mí la pobrecita... Perdóname, hija mía. Entre dos que se quieren, diez ó doce garrotazos más ó menos no valen nada... Voy hacia el barranquitero, que \a tengo allí una porción de raíces, haré una carguilla, y mañana con la burra la llevaremos a Miraflores. ^^Hacc que se va y vuelve.) Oyes, y dentro de poco hay feria en Buitrago: si voy allá, y tengo dinero, y me acuerdo, y me quieres mucho, te he de__comprar una peineta de concha con sus piedras azules.

(Toma el hacha y unas alforjas, y se va por el nwníe adelaiilc. Martina se queda retirada á un lado hablando entre si.)

Martina. — Anda, que tú me las pagarás... X'erdad es que una mujer siempre tiene en su mano el modo de vengarse de su marido; pero es un castigo muy delicado para este bribón, y yo quisiera otro que él sintiera más, aunque á mí no me agradase tanto.

Martin:a, Ginés, Lucas.

(Salen por la izquierda.)

Llcas. — Vaya, que los dos hemos tomado una buena comisión... Y no sé yo todavía qué regalo tendremos por este trabajo.

Ginés. — ¿Qué quieres, amigo Lucas? Es fuerza obedecer á nuestro amo; además, que la salud de su hija á todos nos interesa... Es una señorita tan afable, tan alegre, tan guapa. . . Vaya, todo se lo merece.

Lucas. — Pero, hombre, fuerte cosa es que los médicos que han venido á visitarla no hayan descubierto su enfermedad.

Ginés. — Su enfermedad bien á la vista está, el remedio es el que necesitamos.

Martina {aparte). — ¡(¿ue no pueda yo imaginar alguna invención para vengarme!

Lucas. — Veremos si este médico de Miraflores acierta con ello... Como no hayamos equivocado le senda...

^L\rti.n:a. — [Aparte, hasta que repara en los dos y les hace la cortesía. Pues ello es preciso, que los golpes que acaba de darme los tengo en el corazón. No puedo olvidarlos. ..^ Pero, señores, perdjnen ustedes, que no los había visto, porque estaba distraída.

Lucas. — ¿Vamos bien por aquí á Miraflores?

Martina. — Sí, señor. (Señalando adentro por el lado derecho.) ¿Ve usted aquellas tapias caídas junto aquel noguerón? Pues todo derecho.

Ginés. — ¿No hay allí un famoso médico, que ha sido médico de una vizcondesita, y catedrático y e.xaminador, y es académico, y todas las enfermedades las cura en griego?

Martina. — ¡Ay! sí, señor. Curaba en griego; yero hace dos día que se ha muerto en español, y ya está el pobrecito debajo de tierra.

Giné j. — ¿Qué dice usted?