El café de máscaras y otros sainetes · Unidad 315 de 447

Unidad 315 · ESCENA TX

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ESCENA TX

Don Enriqi e, Cos.me, Don Gregorio

D. Enrique. — ¡Oh! señor vecino, ¿qué novedad le trae á usted á mis puertas?

D. Gregorio. —Sus extravagancias de usted.

D. Enrique. — ¿Cómo así?

D. Gregorio.— Bien sabe usted lo que quiero decirle: no se me haga el desentendido como lo tiene por costumbre. Yo pensé que usted fuese jiersona de más formalidad, y en este concepto le he tratado, ya lo ha visto usted, con la mayor

LA ESCIKLA DE LOS MARIDOS

atención y blandura; pero, hombre, ¿cómo ha de sufrir uno lo que usted sin saltar de cólera? ¿No tiene usted vergüenza, siendo un sujeto decente > de obligaciones, de ocuparse en fabricar enredos, de querer sacar de su casa con engaño y violencia á una mujer honrada, de querer impedir un matrimonio en que ella cifra todas sus dichas: ¡ Eh! que eso es indigno.

D. Enriele. — ¿Y quién le ha dado á usted ¡noticias tan ajenas de verdad, señor don Gregorio?

D. CliíEGOPio. — Volvemos otra vez á la misma canción. Rosita me Jas ha dado. Ella me envía por última vez á decirle á usted, que su elección es irrevocable, que sus planes de usted la ofenden, la horrorizan, que si no quiere usted dar ocasión á alguna desgracia, reconozca su desatino, y salgamos de tanto embrollo. Empieza a obscurecerse lentamente el teatro, y al

acabarse el acto queda á media luz.

D. Enbi(^>le. — Cierto que si ella misma hubiese dicho esas expresiones, no sería cordura insistir en un obsequio tan mal pagado; pero...

D. Gregorio. — ;C3n que usted duda que sea A'erdad?

D. Enrkjl E. — ;Qué quiere usted, señor don •Gregorio: Es tan duro esto de persuadirse uno á

D. Gregorio. — Venga usted conmigo. Hasta el fin de la escena va y viene don Gregorio,

unas veces hacia su puerta, y otras á donde está

don Enrique, para que le siga. <

D. Enrique. — Porque al fm, como usted tiene tanto interés en que yo me desespe.-e y...

D. Gregorio. — Venga usted, venga usted, jRosa!

D. Enrique. — No es decir estoque usted...

D. Gregorio. — Nada. No hay que disputar. -Si quiero que usted se desengañe. ¡Rosital [Niña!

D. Enrique. — Pensar que una dama ha de responder con tal asperaza á quien no ha come- .tido otro delito que adorarla!

D. Círegorio. — Usted lo verá. Ya sale.

DoÑ.\ Rosa, Don Enrique, Don Gegorio, Cos.me

D." Ros.\. — ¿Qué es esto? {Sorprendida al ■ver á don Enrique.) ¿Viene usted á inierceder Yiox él, á recomendármele para que sufra sus

visitas, para que corresponda agradecida i. su insolente amor?

D. Gregorio. — No, hija mía. Te quiero yo mucho para hacer tales recomendaciones; [jero este santo varón toma á juguete cuanto yo le digo, y piensa cjue le engaño, cuando le aseguro que tú no le ])uedes ver, y que á mí me quieres, que me adoras. No hay forma de persuadirle. Con que te le traigo aquí para que tú misma se lo digas, )-a que es tan presumido ó tan cabezudo que no quiere entenderlo.

D." Rosa. — Pues ¿no le he manifestado á usted ya cuál es mi deseo, que todavía se atreve á dudar? ¿De qué manera debo decírselo?

D. Enrique. — Bastante ha sido para sorprenderme, señorita, cuanto el vecino me ha dicho de parte de usted, y no puedo negar la dificultad que he tenido en creerlo. Un fallo tan inesperado que decide la suerte de mi amor, es para mí de tal consecuencia, que no debe maravillar á nadie el deseo que tengo de que usted le pronuncie delante de mí.

D.^ Rosa. — Cuanto el señor le ha dicho á usted ha sido por instancias mías, y no ha hecho en esto otra cosa que manifestarle á usted los íntimos afectos de mi corazón.

D. Gregorio. — ¿Lo ve usted?

D.^ Rosa. — Mi elección es tan honrada, tan justa, que no hallo motivo alguno que pueda obligarme á disimularla. De doi personas que miro presentes, la una es el objeto de todo mi cariño, la otra me inspira una repugnancia que no puedo vencer. Pero...

D. Gregorio.— ¿Lo ve usted?

D.^ Rosa. — Pero es tiempo ya de que se acaben las inquietudes que padezco. Es tiempo ya de que unida en matrimonio con el que es el único dueño de la vida mía, pierda el que aborrezco sus mal fundadas esperanzas, y sin dar lugar á nuevas dilaciones, me vea yo libre de un suplicio más insoportable que la misma muerte.

D. Gregorio. — ¿Lo ve usted?... Sí, mónita, sí; yo cuidaré de cumplir tus deseos.

D.* Rosa. — No hay otro medio de que yo viva contenta. {Manifiesta en la expresión de sus palabras que las

dirige á don Enrique, y en sus acciones que habla con don Gregorio.)

D. Gregorio. — Dentro de muy poco lo estarás.

D.^ Rosa. — Bien advierto que no pertenece á mi estado el hablar con tanta libertad...