El café de máscaras y otros sainetes · Unidad 319 de 447

Unidad 319 · LA ESCUKI.A DE LOS MARIDOS

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LA ESCUKI.A DE LOS MARIDOS

T.iantilla seiucjantcA d Ins que sacó doña Leonor <n el primer acto. Luego que se aparta un poco, (ierra don Gregorio su puerta y guarda la llave.) jV adonde ird la doncellita menesterosa?... Ganas me dan de... Pero no, cerremos primero.

Don Enriqie, Cosme, Do.ña Rosa, Don Gregorio.

I Los dos primeros salen de su easa. D. Enriqle. — ¿Dijiste al ama que no me espere?

Cosme. — Sí, señor.

D. Eniql'e. — Pues cierra y vamos, que avmque sepa atrepellar [jor todo, he de hablarla esta noche.

• Cierra Cosme ¡a ¡tuerta con Ihn'c-) Cos.ME. — ¡Noche toledana! D. Enriele.— Y á pesar de quien procura estorbarlo, ella y 3'0 seremos felices.

{Doña Rosa, después de haberse alejado iiu poco Jiacia el fondo del teatro, vuelve eneamiitáiidose á rasa de don Manuel; don Gregorio se adelanta igualmente y la obsen'a. Ella se detiene.)

D. Rosa. — El se acerca á la puerta de jion Manuel. ¿Qué haré?... Ya no es posible... (Se retira llena de confusión hacia el fondo del teaJro. Don Enrique se adelanta, la reconoce y la detiene ) ¡Infeliz de mí.' D. Enriqie. — ¿Quién es? D. Rosa.— Yo." D. Enriql E, — ¿Dosa Rosita? D.^» Rosa.— Yo soy. D. Enriql'e. — A mi casa. D.'' Rosa. — Pero ¿qué seguridad tendré' en ella?

D. Enriqle. — La que debe usted es[3erar de un hombre de honor.

ü."* Rosa. — Yo iba á la de mi hermana; pero él me observa, no puedo llegar sin que me reconozca, y...

D. E.NRiQLE- — Está usted conmigo... Pasará usted la ñocha en compañía de mi ama, mujer anciana y virtuosa... Mañana daré parte á un juez, y á él, á don Manuel, á su tutor de usted, y á todo el mundo, les diré que es usted mi esjiosa, y que estoy pronto si es necesario á exponer la vida para defenderla... Abre, Cosme. \'enga usted.

(Cosme abre la puerta de la casa de don Enrique.)

D.-^ Rosa.— Allí está.

I). Enriqle. — Bien, que esté donde quiera. Poco importa.

D.» Rosa.— Allí, allí.

D. Enriqle.— Sí, ya le distingo... No hay que temer, quieto se está... ¡Y qué bien hace en estarse quieto!... Adentro.

(Asiéndole de la mano se entra con ella en .s/< casa, y Cosme detrás.}

1). CiPEiiORio. — Pues, señor, se marchó á casa del galán. No puede llegar á más el abandono y la... Pero ¡regocijo siento al ver tan solemnemente burlado á este hermano que Dios me dio, necio por naturaleza y gracia, y presumido de que todo se lo sabe!... Vamos á darle la infausta noticia... (Se encamina d casa de don Manuel; después se detiene.) No, el asunto es serio, y si el tiemiJO se ¡)ierde, si yo no pongo la mano en esto, puede suceder un trabajo... Al fm es hija de un amigo mío... Si, mejor es... Allí pienso que ha de vivir el comisario...

( Va á casa del comisario y llama.)

Un Co.MiSARio, Un Escribano, Un criado. Don Gregorio.

(Salen los tres primeros por una de las calles. El criado con linterna. La escena se ilumina un poco.)

Comisario. — ¿Quién anda ahí?

D. Gregorio. — ;Ah! ¿No es usted el señoreomisario del cuartel?

Comisario. — Servid-'T de usted.

D. Gregorio. — Pues, señor... Oiga usted aparte... [Se aparta con el comisario apoca distancia de los demás.) Su presencia de usted es absolutamente necesaria para evitar un escándalo que va á suceder. ¿Conoce usted á una señorita que se llama doña Leonor, que vive en aquella casa de enfrente^

Comisario. — Sí, de vista la conozco, y al caballero «[ue la tiene consigo... Y me parece que ha de ser un don Manuel de Velasco.

D. Gregorio. — Hermano mío.

Comisario. — ¡Oiga! ¿Es usted su hermano?

D. Gregorio. — Para servir á usted.

Comisario. — Para hacerme favor.

D. Gregorio. — Pues el caso es que esta niña,

hija de padres muy honrados y virtuosos, perdida de amores por un mancebito andaluz '|ue vive aquí en este cuarto principal ..

Comisario. — ¡Calle! Don Enriijue de Cárdenas; le conozco mucho.

U. Gregorio. — Pues bien. Ha cometido el desacierto de abandonar su casa, venirse á la de su amante... Vamos, j'a usted concce lo que puede resultar de aquí.

Comisario. — Sí .. en efecto.

D. Gregorio. — Ello hay de por medio no sé qué i)a]iel de matrimonio; peio r.o ignora usted de lo que sirven eses papeles cuando cesa el nio" tivo que los (ficto... ¡Eh! ¿Me explico?

Comisario. — Peifcctarrente.. . ;Y ella está adentro?

D. Gregorio. — .\hora mismo acaba de entrar... Con que, señor comisario, se trata de salvar el decoro de una doncella, de im[)cdir que el ta' caballero... Ya ve usted.

Comisario. — Sí, sí, es cosa urgente. \'amos... Por fortuna tenemos ai|uí al señor, que en esta ocasión nos puede ser muy útil... (Alsa un poco la voz volviéndose hacia el escribano que está detrás, el cual se acerca a ellos muy oficioso.) Es escribano.

Escribano. — Escribano real.

ü. Gregorio. — Ya.

Escribano. — Y antiguo.

U. Gregorio. — Mejor.

Escribano. — Mucha práctica de tribunales.

D. Gregorio. — Bueno.

Escribano. — Conocido en testamentarías, subastas, inventarios, deí-pojos, secuestros y...

D. Gregokio. — No, ahí no hallara usted cosa en que poder...

Escribano. — Y muy honiLre de bien.

D. Gregorio. — Por supuesto.

Escribano. — Es que...

Comisario. — Vamos, djn Lázaro, que esto pide mucha diligencia.

D. Gregorio. — Yo ai|uí espero.

Co.MiSARio. — Muy bien. (Llama el criado á la puerta de don Eiiriqíu, se

ahrf, y entran los tres. La escena i<ii<;li'e á q:¡cdar

obscura.)

Don Gregorio, Do.>) Manuel.

D. Gregorio. — Veamos siesta en casa esteinalterable filósofo, y le contaremos la amarga his-

toria... '.Llama en casa de don Manuel, abren la puerta, se supone que habla con algún criado, queda la puerta entornada, y don Gregorio se pasea esperando d su hermano.) ¿Está? Que baje inmediatamente, ijue le espero aquí para un as into de mucha importancia... ¡liendito Dios! ]En lo ijue han parado tantas máximas sublimes, tantas eruditas disertaciones! ¡Qué lástima de tutor! \'aya.si... majadero más completo y más pagado de su dictamen... ¡Oh, señor hermano! (Don Manuel sale por la puerta de su casa, y si detiene idincdinto á ella.

D. Manuel. — Pero ¿qué extravagancia es esta? ¿Por qué no subes?

D. Grego'IO. — Porijue tengo .¡ue hablarte, y no me puedo separar de aquí.

D. Manuel (adelantándose hacia donde esta don Gregorio). — Enhorabuena... ;Y qué se te c frece?

D. Gregorio. — Vengo á darte muy buenas noticias.

D. Manuel. — ¿De qué?

D. Gregorio. — Sí. te vas á regocijar mucho con ellas. . Díme: mi señora doña Leonor ¿en

D. Manuel. — ¿Pues no lo sabes: En casa de su amiga doña Beatriz. Allí (¡uedó esta tarde, yo me vine porque tenía una porción de cartas «¡ue escribir, y sujjongo que ya no puede tardar. De un instante á otro... Pero ¿á qué viene esa pregunta?

ü. Gregorio. — ¡Eh! .Así, por hablar algo...

D. Manuel. — Pero ¿qué i|uieres decirme?

D. Gregorio. — Nada... Que tú la has educado filosóficamente, persuadido 'y con mucha razón) de que las mujeres necesitan un poco de libertad, que no es conveniente re])renderlas ni oprimirlas, que no son los candados ni los cerrojos los que aseguran su virtud, sino la indulgencia, la blandura y... en fin, prestarse á todo lo que e'las quieren... ¡Ya se ve! Leonor, enseñada l»r esta cartilla, ha s.abido correrponder como era de esperar á las lecciones de su maestro.

D. Manuel. — Te aseguro que no comprendo á qué propósito puede venir nada de cuanto dices.

D. Gregorio. — Anda, necio, que bien merecido está lo que te sucede, y es muy justo i|ue recibas el premio de tu ridicula presunción... Llegó el caso de «¡ue se vea prácticamente lo que ha ¡producido en las dos hermanas la educación que las hemos dado. La una liuye de