El café de máscaras y otros sainetes · Unidad 322 de 447
Unidad 322 · LA ESCUELA DE LOS MARIDOS
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LA ESCUELA DE LOS MARIDOS
D. Gregorio. — ¡Hufl... (.// reconocer á doña Rosa, se aparta lleno tic confusión.)
D." Rosa —Yo espero de tu buen corazón que has de perdonarme el atrevimiento con que me valí de tu nombre para conseguir el fin de mis engaños. El ejemplo de tu mucha virtud hubiera debido contenerme; pero, hermana mía, bien sabes qué diferente suerte hemos tenido las dos.
D.' Leonor. — Todo lo conozco, Rosita... La elección que has hecho no me parece desacertana; repruebo solamente los medios de que te has valido... Mucha disculpí tienes, pero toda la necesitas.
D.' Rosa. — Cuanto digas es cierto, pero... ( Volviéndose d don Gregorio, que permanece absorto y sin movimiento.) Usted ha sido la causa de tanto error, usted... No me atrevería á presentarme ahora á sus ojos, si no estuviese bien segura de que en todo lo que acabo de hacer, aunque le disguste, le sirvo... La aversión que usted logró inspirarme distaba mucho de aquella suave amistad que une las almas para hacerlas felices... Tal vez usted me acusará de liviandad; pero puede ser que mañana hubiera usted sido verdaderamente infeliz, si yo fuese menos honesta.
D. Enrique. — Dice bien, y usted debe agradecerla el honor que conserva y la tranquilidad de que puede gozsr en adelante.
D. Manuel (acercándose d don Gregorio.) — Esto pide resignación, hermano... Tú has tenido la culpa, es necesario que te conformes.
D.* Leonor. — Y hará muy mal en no conformarse; porque ni hay otro remedio á lo sucedido, ni hallará ninguno que le tenga lástima.
Jullxna. — Y conocerá que á las mujeres no se las encadena, ni se las enjaula, ni se las enamora á fuerza de tratarlas mal. ¡Hombre más to-tol
Cosme (hablando con Juliana). — Yen verdad
que se ha escapado como en una tabla. Bierfc puede estar contento.
D. Gregorio. (No dirige d nadie sus palabras, habla como si estuviera solo, y va aumentándose sucesivamente la ener^ia de su expresión.)— No, yo no acabo de salir de la admiración en que estoy... Una astucia tan infernal confunde mi s.ntendimiento; ni es posible que Satanás en persona sea capaz de mayor perfidia quela de esa maldita mujer... Yo hubiera puesto por ella las manos en el fuego, y... ¡Ah! ¡Desdichado del que á vista de lo que á mí me sucede se fíede ninguna! La mejor es un abismo de malicias y picardías. Se.>:o engañador, destinado á ser el tormento y la desesperación de los hambres... Para siempre le detesto y le maldigo, y le doy al demonio, si quie e llevársele.
{Sacando la llave de su puerta, se encamina furioso-
hacia ella. Don Manuel quiere contenerle, él le-
aparta, entra en su casa, y cierra por dentro.'
D. Manuel. — No dice bien .. Las mujeres, dirigidas por otros principios que los suyos, son el consuelo, la delicia y el honor del género humano... Con que, señor coniisario, acepto el dnpósito, y mañana sin falta se celebrará la boda^
Rosa. — ¿La mía no más?
D. Manuel. — Si tu hermana rae perdona una. breve sospecha, con tanta dificultad creída, no sería don Enrique el sólo dichoso; yo también pudiera serlo.
D.* Leonor.— Hoy es día de perdonar.
D.* Rosa. — Sí; bien merece tu perdón y tu mano el que supo darte una educación tan contraria á la que yo recibí.
D.'' Leonor. — Con su prudencia y su bondad se hizo dueño de mi corazón, y bien sabe que mientras yo viva es prenda suya.
D. Manuel. — ¡Querida Leonor!
(Se abrazan don Manuel y doña Leonor.)
JuLL\NA. — ¡E.xcelente lección para los mariídos, si quieren estudiarla!