El café de máscaras y otros sainetes · Unidad 326 de 447

Unidad 326 · LAS DOS ALMAS

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LAS DOS ALMAS

— ¿Adonde vas, aiina mía, hacia ese mundo |)erdido? — A ser alma de un nacido la Omnipotencia me envía.

Y tú, alni.i mía, ¿qué vuelo sigues, ganando la altura?

— Dejo á uno en la sei)ultura y voy calcinando al cielo.

— Puesto que subts, hermana, y te hallo al bajar al mundo, dime si es... — Un caos profundo, que llaman cárcel humana.

Prosigue, y no tan altiva, hermana, bajes ahora; porque vas, siendo señoras .-i Ser del hombre Cauliva.

Que en él, con rumbo ¡lerdido, sigue en loco devaneo cada potenr ia un deseo y un gusto cada sentido.

Pues de ansia de goces lleno, busca el oído armonía, el paladar ambrosía, é impúdico el tacto, cieno.

Así sus gustos sin raima van los sentidos gozando mientras que á merced, flotando, va de los suyos el alma.

Y en runibos tan desiguales y tan contrarios vaivenes,

si el alma delira bienes, acosan al cuerpo males.

Y amando el cuerpo la tierra, y el alma adorando al ciel ■, siempre están, en su desvelo, carne y espíritu en guerra.

— Pues si ya, el cielo ganando, dejaste cárcel tan fiera, ¿por qu"^ al aire, compañera, •vas esas lágrimas dando?

— Porque hay, hermana, en el suelo seres que también se adoran, y que al dejarlos, se lloran como al dejar los del cielo.

— Si el cielo que dejo escalas.

CAMPOAMOK

y al mundo voy que tú dejas, llevemos, pues, tú mis quejas y yo tu llanto, en las alas.

Y al mundo adonde me alejo, cuando le muestre tu llanto, muestra mis ayes en tanto,

al cielo hermoso que dejo.

Y ya que fatídico arde de mi cautiverio el día,

con Dios queda, hermana mía. — Hermana mía, El te guarde.

NO HAY DICHA EN LA TIERRA

De niño, en el vano aliño de la juventud soñando, pasé la niñ¿z llorando con todo el pesar de un niño.

Si empieza el hombre pena ido cuendo ni un mal le desvela,

]Ah\ la dicha que el Iwnbre anhela, Ya joven, falto de calma, busco el placer de la vida, y cada ilusión perdida me arranca, al partir, el alma. Si en la estación más florida no hay mal que al alma no duela,

]Ah\ la dicha que el hombre anhela, La paz con ansia importuna busco en la vejez inerte, y buscaré mal tan fuerte junto al sepulcro la cuna.

Temo a la muerte, y la muerte todos los males consuela.

\Ah\ la dicha que el hombre anhela,

LA VIRTUD DEL EGOÍS.MO

Si anoche no estuve, Flora, á adorar tu talle hermoso, ^

es porgue soy virtuoso y me da sueño á deshora. ¡Pecadora!

Ya le contaré a tu madre que, porque amo mi quietud

y salud, dijiste ho>' a mi compadre: — \Qué egoísta es la uirtud\

¿Coiiio he de ir coa fe no escasa á ver tus ojos serenos,

si hay cien pasos por lo menos desde mi casa á tu casa?

Y ¿qué pasa al hallarnos frente á Irente?... ;Qué?... tú mientes sin guarismo;

yo lo mismo. El no ir, por consiguiente, ¿es virtud ó es egoísmo?

Verbi gratia, el otro dfa, al verte de mi amor harta, puse un bostezo de á cuarta entre una "paloma" y un "mía".

Es falsía la de bostezar amando; mas si hoy, con mas [julcrilud

y quietud, no he ido á amar bostezando, ¿fue egoísmo ó fué virtud?

Desde hoy no vuelvo á tu edén á tomar, Flora, el sereno: si es por egoísmo, bueno; y si es por virtud, también.

Sí, mi bien: esto haré por mi salud, aunque diga tu cinismo

que es lo mismo la gloria de la virtud que el triunfo del egoísmo.