El café de máscaras y otros sainetes · Unidad 415 de 447
Unidad 415 · LA LIRA ROTA
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LA LIRA ROTA
POEMA EN UN CANTO
A mi buena amiga Anita Canalejas y Morayta.
Unas veces te dejará Dios, y ot rii s te persef^uirá el proj 1- tno, y, lo que peor es, muchas veces te descontentaras de ti mismo, y no serás aliviado ni confortado con ningún remedio ni consuelo.
Kempis, lib. II, cap. XII.
Era Ginés Briones un amante de Euterpe y de Talía que cantaba canciones de un subido color que él no entendía. Con la fe de un artista verdadero, entró a servir á un músico de orquesta, al cual, con todr esme-o, en los días de fiesta
le limpiaba el trimbón con un plumero. Pasó á aprend'z de monaguillo á poco; y llegando á ser luego lazarillo de ciego,
le dio un duro una yez cierto inglés locó, y al fin de muchos tratos y contratos, compró el ex monaguillo á un quinto aragonés un guitarrillo por die¿ reales, un pan y unos zapatos.
Dueño ya del endeble guitarrillo, coleccionó las coplas que sabía, y, remedando al ciego, el lazarillo pudo ascender á ciego que vela.
Y cierto el rapazuelode que encanta con las coplas que inventa, aunque á las viejas pérfidas espanta por no saber á veces darse cuenta de la sal y pimienta
que tienen las canciones que les canta, punteando por las calles de la villa, con aires de buen mozo provinciano, era el nifio Ginés, el sevillano, un pequeño "barbero de Sevilla".
Nació en la tierra del amor emporio, pati ia del gran Tenorio,
¿e quien dicen que un día,
para aliviar sus penas,
mandó hacer de las rubias que quería
una manta de rizos, que tendía
sobre un colchón de bucles de morenas;
y alumno fiel de su inmortal paisano,
Ginés el sevillano,
siendo un tipo acabado de inocencia,
en los doce ó trece años que tenía
ya era un ser tan precoz, que parecía
que contaba catorce la experiencia;
pues haciéndose el loco,
y así como al descuido,
para hablar á las niñas al oído
se acercaba lo justo y otro poco.
Y su genio era tal, que es muy posible que fuese un día un miisico perftc'.o, á no tener ese vulerar dtfcclo de abussr del bordón en lo sensible; pues agudo y flexible, en los muchos cantares que solía inventar, ó que aprendía, cantaba alegremente fus pesares; y otras veces, unien^io ron destreza la pena y la alc-.ría, como buen andaluz, tanil ién sabia cantar sus alegrías con tristeza. Y, aunque no sin sonrojo, sabiendo ya que el suspirar consuela, fiel de don Juan á la amorcsa escuel?, tenía Ginesilloel helio antojo de alabar en sus coplas inccentes diez rubias de diez rubios dif -rentes, desde el rubio castaño al rubio rojo; y como era tan pobre ó más que Humero,, de estas diez parroquianas que tenía el músico y pceta callejeio, en premio de sus coplas recibía, ya rosquillas, ya azúcar, ya dinero.
Cantaba el niño una canción un día á la divino Clara, una rubia preciosa que tenía el corazón más bello que la cara; y mientras él la copla repetía, alegre como un loco, la niña el canto oía distraída, arrancando poco á poco las hojas de una flor que se comía. ¡Distracción natural! Pues siempre encantar» esos tonos suaves.
tan llenos de ternura, del género melódico en que cantan los hombres sin ventura, las mujeies, los niños y las aves. £n tanto que él cantaba, puesta al balcón la joven hechicera, en un fondo de \a¿ se destacaba, y Ginés, que, cantando, suspiraba, no sabía siquiera la canción que entonaba, admirado de ver que la nifta era lo más billo del cielo que miraba. Y él abajo, ella arriba, mientras él, siempre vivo y siempre amando, esta tierna canción sigue entonando, ella, mi)cho más viva, se parece á Rosina contemplando á un esbozo de Conde de Almaviva: "Está tu imagen, que admiro,
tan pegada á mi deseo,
que si al espejo me miro,
en vez de verme, te veo.* |0h extrañas peripecias de la vidal Escuchando al cantor, agradecida Clara un suspiro de placer exhala, y, de gozo aturdida, una gruesa moneda le regala, que arroja del balcón ccn tan mal arte, qu; la moneda ¡chas!, como una bala la guitarra pasó de parte á parte. A este horror, el poeta callejero creyó que en un abismo sus pies se hundían, y que al tiempo mismo caía roto el Universo entero. Mas pronto, vuelto en sí, se orienta y nota que no se hundió bajo sus pies el suelo, y que, á pesar de su guitarra rota, no se cuarteó la bóveda del cielo. Al rumor del tracaso, en un momento se vio la calle de curiosos llena: la moneda, al caer, la hurtó un hambriento, y uniendo el buen humor al sentimiento, en tanto que Ginés muere de pena, el i)úblico le silba de contento. ¡Oh ruin placer de la desdicha ajena! La envidia es la polilla del talento. Renunciando á las arres con trabajo, Ginés la silba colosal oía.
y altivo, aunque un poquito cabizbajo, las cejas con la gorra se cubrfa; y echando calle abajo, calle abajo, con ganas de llorar se sonreía, mientras que tristemente, aquella pobre Clara que, inocente, por hacer un favor mató un destino, con el mudo terror de un asesino se espantó de manera que, de haber sido buena arrepentida, dejó el balcón, cerrando la vidriera, más pilidn que Bruto el parricida.
Así con vario estruendo, se fueron dis|)ersando, el público riendo, el trovador gimiendo y la hermosura del balcón llorando.
Aunque en su erguido talle aun mostraba el orgullo de un Tenorio, Ginés dobló la esquina de una calle para huir de las burlas de las gentes; pues en el gran Madrid, como es notorio, una esquina es un cabo 6 promontorio que divide dos mares diferentes. Uetuvo allí sus vacilantes pasos, y pensó en su deslino venidero dos minutos escasos, dos minutos, esto es, un siglo entero; y al vers; sin industria y sin dinero, lloró como lo que era, como un niño; y volviendo hacia el cielo la mirada, ya olvidando la silba y la moneda, tan sólo recordó su alma angustiada de su madre el cariño y el amor de su patiia abandonada. jPalria querida 1 ¡Madre idolatradal Si nos faltáis vosotras, ¿qué nos queda? |Dios en el cielo, y en la tierra nada!
Y salió de Madrid. Y con denuedo el roto guitarrillo lanzó al río desde lo alto del- puente de Toledo; y arrostrando con brío la soledad y el miedo, la sed y el hambre, y el calor y el frío, se fué á Si\illa á pie, como un cual:)uiera, pues, no teniendo un real su faltriquera, claramente discurro que no iría 1 su patria, aunque quisiera, como el rey de Ivetot, montado en burro.
Y asi marchando hacia el patcno suelo, todos los males de la vida prueba, sin que le guarde del ri^or del hielo la chaqueta prehistórica que lleva, chaqueta que su madre le hizo nueva de un trozo de una capa de su abuelo. ' ¡Sigue, Ginés; ca ina resignado, y rinde al peso del dolor tus bríos! Para vencer todo el rigor < el hado, ¿qué valen tus esfuerzos ni los míos, cuando un grano de arena, atravesado, puede torcer el curso de los ríos?
¡Con cuánto desaliento á su patria volvía el que en algún momento, cuando el redoble del tambor oía, soñaba, en su ilusión, que llegaría á músico mayor de un regimiento! |AyI |Con cuánta agonía, el que aspiró á ser dios de la armonía, renuncia ya á la necia vanagloria de pensar que algún día le nombraran los fastos de la historial jEl |x>bre no sabía que, al revés de ese sol de Mediodía, el gran sol de la gloria quema de lejos y de cerca enfría!
Como nadie le daba los dulcei y el dinero que ganaba cuando echaba sus coplas á las niñas, en Castilla y la Mancha merodeaba comiéndose las uvas que pillaba á espaldas de los guardas de las viñas. {Cuantos seres sentían 6 pensaban, y sus viles harapos contemplaban, coiitra él inicuos su fuior volvían; los niños le silbibaD, los viejos se reían, los perros, que antes sóle ladraban, ya, al pasar per las eras, le mordían! ¡Confiesa, Ana que aterra el ver á un niño en tan inmenso duelol ¿Por qué habrá tantas cosas que zn la tierra quitan las ganas de mirar al cielo?
Y en el supremo día en que el suelo feraz de Andalucía & contemplar volvió f)or vez primera, se sintió tan feliz, que de alegría el joven trovador se comería
una hogaza de |)an, si la tuviera. Pero, á falta de pan, e! pohrecito, merodeando también como en Castilla, comía, cual si fuesen pan bendito, en Córdoba cogollos de palmito, é higos chumbos bajando hacia Sevilla.
Y al ver la gran ciudad, gritó extasiado: — ¡Sevilla, patria raía! —
Pero a|:)enas había en el recinto de Sevilla entrado, cuando Ginés, exánime y gozoso, se cayó desmayado. ¡Está bien castigado ese artista ambicioso que pretendía amar y ser amado, tocar la lita bien y ser dichoso! Llevado al hospital y satisfecho cual Nerón moribundo, pensó al caer sobre el jergón de un lecho: — ¡Qué gran músico en nil se pierde el mandoi-
Y en la cama ciento once abandonado, puesto i. dieta, aunque hambriento,
se murió dulcemente y resignado, lo mismo que un ¡dichón sin alimento; y después de uoa autopsia inoportuna que se le hizo á Ginés el sevillano, declaró el cirujano que se murió sin novedad alguna.
Y al difunto ciento once, al otro día, sin inquirir el nombre que tendría, la entrañas abiertas k juntaron,
y envuelto en los andrajos que traía, por quitarle de en medio, le enterraron. ¡Oh suerte desdichada! ¡Cuánta noble ambición desvanecida! ¡Qué alegre la existencia á la subida! y ¡qué 11 na de horror á la bajada! Primero, ¡acordes, magnetismo, vida!... Después, ¡silencio, desaliento, nadal... — Pero ¿y Üios? — me preguntas compasiva.- Para él ¿ lóade está el Dios sublime y tierno? - El Dios tierno, hija mía, está allá arriba, sentado á la derecha del Eterno; y vive convencida
de que si ha puesto su paciencia á prueba, tendrá la recompensa merecida, y que al pobre Ginés en la otra vida le ha de dar Dios una guitarra nueva. Modera tu aflicción y ten presente que entre el cielo y la tierra hay un abismo;
que no suele hacer Dios lo que consiente,
y que es común, desventuradamente,
que el bien produzca el mal, como el mal mismo.
Y ¿qué son bien y mal, placer y duelo más que cosas fugaces cual la vida? ¿Me dices que para esto no hay consuelo?
Y yo ¿qué le he de hacer, Ana querida? jAsl Ci la tierra!... y ¡ay!... ¡asi es el cielol. .