El café de máscaras y otros sainetes · Unidad 423 de 447

Unidad 423 · CANTO SEGUNDO.— Era mentira.

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CANTO SEGUNDO.— Era mentira.

No hay en la vida modo de guardar un secreto: que el tiempo, ese grandísimo indiscreto, acaba el fm por revelarlo lodo; y por eso hoy, sin discreción revela que, cuando era Marcela la pequeña mimada de b casa, su cuerpo entero hizo pintar su abuela cubierto con el ^elo de una gasa; pero Jorge el esposo nada de esto sabía,

hasta que el triste, de la abuela un día recibió aquel retraio misterioso envuelto en un papel que así decía; "Por si esto te consuela — la abuela le escribíate remito el retrato de Marcela de cuando era muy niña toda\íi.' Mira Jorge el retrato y ve un querube que á través de una tela transparente se destaca gentil y sonii¿nte como el amor que sale de una nube; y á Marcela conti mpla que, hechicera, uu pintor de la escuela sevillana ia retrató con luz de la mañana lo mismo exactamente que si faera la Asunción de Murillo en carne humana; y entre la luz sombría de burbujas de gasa como espuma que la niña cubría, en un lado un lunar se traslucía en lo interior de una sagrada bruma; bello lunar, fatal para Marcela, pues fué á propios y extraños urbi et orbi, enseñido ¡wr su abuela, candorosa mujer de sesenta años.

Cuando Jorge, aterrado, vio esta ventana abierta de repente, que arrojaba una luz tan refulgente sobre el cuerpo de un ser idolatrado, ante el lunar fatídico suspira, pensando en su injusticia del pasado, y los ojos con saña,

como buscando un arma, en torno gira; pues claro ya por el retrato mira, que es más vil la calumnia que con raafia injerta en la verdad una mentira, y ve cómo la ruin maledi encia, dibujando en lo noble lo execrable, de Marcela adorable tendió sobre la candida inocencia esa niebla sutil de lo probable; niebla que, ora subiendo, ora bajando, ■se espesa poco á i^oco, y desplegando el imperio terrible de la sombra, por su inieiior, impuros circulando, de la humilde virtud hac¿n alfombra para verter sobre ella su veneno los monstruos de las sombras y del cieno!

¡Sí! |Si! Cuando contempla de Marcela aquel bello lunar en el costado, maldice, enamorado, el funesto capricho de su abuela: pues ve ya claro que en la humana vida va la calumnia á la virtud asida como al olmo la hiedra, qus crece lu;go al viento y desprendida, con savia, en los alientos recogida, se alimenta, se agranda, crece, medra, y el aire en ondas repetidas hiende, como el agua en que cae alguna piedra en circuios concéntricos se extiende!

Y esta vez, por lo menos, razonable reconoce, su- dudas recordando, que un celos- es un ser insoportable; y de pronto, soltando de su dolor el dique, con inmensa ternura contemplando aquella atroz calumnia echada á pique, besa cen arrebato de Marcela el retrato, y con la fe de un alma visionaria mira al cielo un gran rato, como el que hace á un santa una plegaria; y piadoso una vez y otra irascible,

pide perdón con humildad terrible á la esposa inocente, á aquella á qui. n rodeó constantemente la vaga hostilidad de algo invisible; á aquella esposa, de honradez modelo, que si él tal vez la asesinó celoso, seguro esiá que á cuant 'S van al cielo pregunta con afán si es muy dichoso.

Al volver Jorge en sf, nc ve siquiera que habla encanecido en una hora, y mira en derredor como una fiera, y al verse solo, se maldice y llora; se retuerce las manos, y con ellas se cubre una y mil veces el semblante. jOh tií, Marcela aman e, que con divinos piíís los astros huellas, bien vengada estarás, si en este instante desde lo alto k ves de las estrellas!

Y ya de rabia y de amargura lleno, volviendo á ser tenaz, conciso y frío, si la dicha primero le hizo bueno, la de;dicha después le volvió impío; pues desde el día aquel, siempre que advierte que algün impuro aliento suelta una chanza al viento que ni encanta, ni ilusira, ni divierte, y que la chanza en dicho se convierte, se transforma después el dicho en cuento, éste en calumnia y la calumnia en muerte, mirando a' cielo exclama incoisolable: — ¡Señor! ¿En dilndeestá tu Providencia? — |Es, por üios, una cosa abominable lo que el cielo consiente en la apariencia!

El desdichado esposo pide el olvido al sueño, piro en vano; y como el buen celoso coge cizaña aunque se siembre grano, cruzando el cementerio eternamente tras el cuerpo inocente de una mujer tan buena, inquiere, busca... pero iniitilmente de tumba en tumba va como alma en pena, porque ac,ujlla calumnia tenebrosa de ella pesó también sobre la losa; pues Marcela, ya muerta y deshonrada, en la fosa común siendo lanzada como una mala esposa, fué por siempre perdida, tan infeliz en muerte como en vida.

¿Hubo en la tierra un ser más desdichado? lUespués que fué su nombre calumniado, siguiéndola hasta el fin su mala suerte, su cuerpo fiié perdido y nunca hallado!... |EI rayo á la calumnia comparado, es comparar el sueño con In mufr'í!