El café de máscaras y otros sainetes · Unidad 428 de 447
Unidad de lectura 428
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Aunque ya para Julio se convierte en visión lo visible y lo invisible, Como siempre, invencibl;, aijn flota en aquel caos de la muerte de su ser la conciencia insumergible: y al ver Orillar un río que parece un espejo de acero, que líquido ocdulante fosforece, arrebatado al fin Julic Montero, con varonil firmeza se echó aterrado al agua de cabeza.
Mas cuando ya indolente se dejaba arrastrar por la corriente, en medio de su horrible desvarío, sintió que le agarraba alguna cosa, y una mano invisible y | oderosa le iba sacando con afán del rio.
Vclviendo Julio en sí pausadamente, se haílcí echada á la orilla del torrente; y estando ya de su razón seguro, á la margen del río, al pie de un cerro, de la noche y del agua al claro obscuro, entre la muerta y él mira su perro que fija en él tranquilas, pardas, cual las del buho, sus ])upilas. Y, como el ebrio que sacude el sueño, ent nces se da cuenta |)oco á poco de que el perro, fielmente, á la muerta arrastrando hacia el torrente, fué volviendo á su dueño
feroz de miedo y de pavura loco. Y repentinamente
— ^Qué haxe?— se preguntó. Dudó un momento y entrando en ix>sesión de su existencia, pasó del pensamiento á la conciencia, después de la conciencia al lensamiento, y al fin, con la entereza dj] espanto echa el cadáver de Rosaura al río, y arrepentido ya de amarla tanto, más que en su cuerpo, en su alma siente frío.
Avezado á su nobie servidumbre
Tiídn, el perro fiel de Terranova, ecaándose tras ella por cosium'jre, lucha por ver si el a¿ua el cuerpo roba que su dueño arrojó sin pesadumbre; mas Julio, i:^dift rente y alelado, que lo que antes air.ó detesta ahora, sube al cerro euipinpdo, donde se sienta triste y casi llora.
Y allí puesto en alerta, y presumiendo que jamás serla la huella de su crimen descubierta. desde lo alto del cerro mira con alegría de Rosaura el entierro que en el agua va á hallar tumba sombría, y al perro y al cadáver contemplando, arrastrados los ve por la corriente que fljtaban dejando el rastro de una luz fosforescente; y con ojos abiertos por el terror desmesuradamente, va el perro que, luchando sin descanso, ya hundiéndose en las aguas, ya subiendo, pide auxilio, gimiendo, hasta que el fin, del río en lo más manso, se cumplió su destino, pues al llegar á un pérfido remanso, se los sorbió á los dos un remolino. Todo esto lo ve Julio desde el cerro con el cuerpo aterido, el alma yerta... Mucho más fiel que el hombre, el pobre perro ni siquiera al morir soltó á la muerta.
ESCENA VI. — El anónimo Julio — Un anónimo. Sóbrela turaba de ella escribió un día: "¡Por darte vida á ti, me mataría!" Y al otro día por autor incierto, con lápiz al final se vio añadido:
■"Si ella hubiese vivido, va de hastío tal vez la hubieras muerto." ROSALÍA