El café de máscaras y otros sainetes · Unidad 437 de 447
Unidad de lectura 437
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
que, siendo occidental, llaman de Oriente, se sienta á descansar tranquilamente sobre un banco que el moho aterciopela. Era una noche de verano, y viendo que la gente afanada, discurría cual si anduviese huyendo de la lluvia menuda que caía, oyó habhr — "de cuartel" — "de infantería" — "de motín" — "de sargentos" — y temiendo por el doctor su hermano y por María, se fué á buscarlos de ternura lleno, que aunque celoso, de rencor ajeno, recordó que su madre le decía: — Que seas bueno, Juan, que seas bueno; — y, su estancia por Pedro autorizada, en casa de su amada, muy cerca de la cuadra, y junto al coche, como en los tiempos de su edad pasada, Juan durmió aquella noche sobre un lecho de hierba embalsamada. ¿Qué pasaba en la corte? Al fm de un día de un triste mes de Junio, se sentía una paz sepulcral que daba miedo. Madrid aquella noche parecía una ciudad más muena que Toledo. No dejó desterrada
la maldita ambición del mundo entero, cuando el César Severo — Yo he sido todo— dijo — , y todo es nada — , pues todos luchan ya por ser mejores: los pobres por ser ricos; los ricos por ser reyes ó señores; por ser grarides los chicos; los reyes por llegar á sír emperadores: y por esta razón se combatía al Duque de Tetuán que presidia un paternal gobierno; y aunque nada se ola, aquel silencio, al despuntar el día, se convirtió en el ruido de un infierno; pues al rumor de balas y sablazos de gritos de furor, ( e cañonazos se une el himno de Riego, ese vino español alcoholizado que embriaga y acalora como el fuego, y que, en calles y plazas derramado, las almas apasiona, y hace que sea el aire electrizado un hérce macedón cada soldado, cada casa una puerta de Gerona. iLuchacdo aquí á traición, allí con gloria, á degollar se lanza
más bien que el patriotismo la venganza, pues, si es fiel mi memoria, no igualan á aquel día de matanza las más grandes tragedias de la historia: y no habrá tanta sangre y tanto arrojo en la hora en que, aleve, alzando por señal el pendón rojo traiga á este mundo el general despojo de la negra pascua de la hambrienta plebel ¿Quién vencerá? La buena estrella. |Es loco el que cree en les prodigios de la espada, pues si una gran virtud estriba en peco, la heroicidad mayor pende de nada: por eso siempre en los azares funda sus triunfos en la guerra la gran casualidad, madre fecunda de todos los sucesos de la tierra! Y ¿qué importa á los puebles ofuscado; en lo real, ni e> honor ni la victoria, si, iluícs ó engañados, con falsedad notoria van llenando los templos de la gloria con héroes por los necios fabricados; y en lo ideal, tuibada su memoria, cuando están por el cielo arrinconados,
con pedazos de dioses destrozados terraplenan los huecos de la historia? ¡Mas dejad que el que todo lo gobierna permita de la guerra el don funesto que al corazón y á la virtud consternal... ¡Ya acabará todo esto cuando dé al mundo Dios la paz eternal
Y volviendo al horror de la jornada, motín y rebelión á un tiempo mismo, la soldadesca armada de la plebs inocente y confiada inflama hasta la rabia el patriotismo. |0h, Libertad querida! Por ti, ciegos, en lucha fratricida se matan sin clemencia héroes sin nombre que la historia olvida, y al fin será menor tanta demencia si eren en su conciencia que, epílogo la muerte de la vida, es prólogo á su vez de otra exisíencial [Oh, igualdad iniposible! En vano, en vano, el freno sacudiendo de las ley;s, un día, por envidia hacia los reyes, el pueblo hace de rey puñal en mano; pues ni espadas, ni sables, ni puñales, nos han de hacer en condición iguales, y, pese á su patriótica constancia, jamás podrán romper los liberales la eterna esclavitud de la ignorancial
Pido á Dios en mis grandes devaneos, de mi madre en memoria, que el cielo al ambicioso le dé gloria y á Juan y á mí templanza en los deseos. A Juan, de quien ya he dicho y repetido, que en tanto que en su casa, aunque querido^ como un esclavo el inteliz vivía, su hermano Pedro ha sido criado de tal modo, que creía que 1 pan lo da la tierra ya cocido, y por eso, en sus gustos consentido, solía presumir de tal manera, que por ser aplaudido pondría fuego al mar, si el mar ardiera. Y aquíl día, ambicioso sin cautela, supuso estar febril de patriotismo, y hasta se hizo orador de callejuela, y habló de honor, de patria y de heroísmo.. Mas próximo el motín á ser vencido, fingiendo estar contuso, estando ileso, fué Pedro conducido
á un hospital en calidad de preso; y al verse recibido por su amigo querido, un médico castrense, calvo y grueso, que llevaba en el frac cinco ó seis placas, con un bordado de oro lan espeso que con sólo el exceso se podrían bordar veinte casacas, Pedro, de astucia lleno, dijo al castrense con fingida calina: — Yo sé que Juan, mi hermano, que es lan bueno' se pondrá en mi lugar con vida y alma. — Y al verle ya fin ganas de aspirar al honor de ser guerrero, á Pedro ])reguntó su com|)añer(): — ¿Tan bueno es ese Jjan? — Es un Juan Lanas, Pedro responde. Y sin perder iromento, se llama á Juan, el que acudió conieoto', porque esto es lo que pasa: hombre ó mujer, el bueno de la casa siempre f s la cenicienta ó cenicitnto; y dócil por costumbre, obedeció sin desjiegar los labijs; |funesta mansedumbre por la que suelen condenar los sabios la bondad á una eterna servidumbre!
Poniendo á Juan, prr fin, en vez del preso, el médico castrense, calvo y grueso, el porvenir trocó de los dos hombres después de sobornar á un centinela. Estos cambios de cosas y de nombres siempre harán de la historia una novela. En tanto que falaz de aquella suerte el médico ex guerrero á fuerza de matar temió á la muerte, Juan, no temiendo nada, ponía en su mirada
más bondad que en los ojos de un cordero; y al mirar que su hermano se alejaba con un traje de noble advenedizo, y ajuel aire enfermizo que tenían los muertos que mataba, creyendo ver en él la imagen santa de su infancia quciida, hacia sus ojcs se agolpó la vida y se anudó el doloi en su garganta.
Mas Pedro, q.ie era un hombre abominable, de tal hipocresía,
que el fin de sus acciones consistía en no dejarse ahorcar ni avn siendo ahorcable.
poniendo á Juan en su lugar, y haciendo á la verdad agravio, de su cas.igo se excusó, ejerciendo la explotaciín del bueno por el sab'o.
Y al verse libre, de imperial manera con mirada altanera,
honró á los practicantes
sin ver á Juan siquiera,
que es, á pesa del inmortal Cervantes,
la fuerza c!e la sangre una quimera,
y se alejó en seguida,
fiempre orgulloso de su buena suerte,
como un enterrador que en plena vida
no respira mas que hálitos de muerte.
Y cuando Pedro disfrazado huía, y azorado veía
los muertos por la calle amontonados, renunció á la ambición desde aquel día, y con fe volteriana rep2tla •que es muy bu.no el laurel en los guisados"; y su alma, desde entonces espantada, jamás volvió á pensar en rebeliones; que en muchas ocasi nes nuestra vida, maestra consumada, prueba con sus lecciones que enseña más moral una estocada que Fray Luis y Uossuet con sus sermones.
Mientras llegad mamento en que, juzgando Juan, vea contento que, en lugar de su hermano sentenciado, ó solo va á presidio, ó es fusilado, diré que en la batalla dio la suerte la razón al mas fuerte, pues, aunque ya decía Saladino que no calla la sangre que se vierte, como un torpe dramático el des'ino lo suele arreglar todo con la muerte.
Y así tras h.rgas horas de agonía, con tanta destrucción y tanto muerto, haciendo de Madrid en aquel día una gran cataciimba á cielo abierto, puso al motín remate O'Ocnnell, que sabía
que entre todas las armas de combate
protege siempre Üios U artillería;
y altivo, fiero, y por valor sañudo,
con el cafión ensangrentó la tierra,
porque era la divisa de su escudo:
"Paz en la paz, pero en la guerra, guerra."
Tal fué el gran duque de Tetuán primero, quien, cortés, valeroso y caballero, las serpientes ahogó de la anarquía, amó la libertad como Espartaco, y en santa unión para formarle un día dio su cuerpo Escipión, y su alma Graco.
Como es caso olvidado por sabido <]ne no hay enterrador como el olvido, midiendo á todos por igual la suerte se durmió el vencedor con el vencido en el común regazo de la muerte: y el hecho aquél, cuyo recuerdo aterra, acabó como acaba toda guerra, <jue se entierra al final, ó no se entierra en lugar del amigo al adversario; trabajo innecesario, pues de todas maneras, en la tierra lo que no es cementerio es un osario.
La gloria y la ambición no tienen cura: y el que haya un vencedor frente á un vencido excluye de la tierra la ventura: pues ¿qué es nuestra ambición? Una locura; y nuestra gloria ¿qué es? Ruido y más ruido. Siempre es menor del alma la grandeza que la miseria en que se ve abismada; porque, ¿en qué acaba todo? En la tristeza; pero ¿y después de la t: isteza? | En nada!
CANTO QUINTO.— El buen juan Después del día en que terriblemente, por la espalda una vez, y otras de frente, se mataron los hombres á millares, la lluvia indiferente fué llevando la sangre al Manzanares, y el río se fué al mar por la pendiente; y antes de la llegada del silencio que sigue á todo ruido, y después de aplicada la moral vencedora -'¡ay del vencido.'" acabó nuestro Juan en presidiario; pues el hado enemigo, llevándolo hasta el fin de su calvario, lo hizo mandar á Ceuta por castigo al primer batallón disciplinario; y es fama que su fama de asesino por su hermano arrostró noble y sereno; pues cuando un blanco, como Juan, es bueno, ese blanco es un negro del destino.
Había en Ceuta una fatal Roseta
que, adiestrada de amor por un tal Nelo,
en el cuartel del Fijo echó discreta
la caña de pescar de sus encantos,
siendo Juan el primero que, entre tantos,
picó como un mal pez en el anzuelo.
Juan, con el alma inquieta,
engañado tal vez por su deseo,
creyendo que Roseta,
hermosa valenciana con seseo,
se parecía un poco
á su novia María,
con honda idolatría
la adoró como un ciego y como un loco,
y ella, hasta el fin artera,
por Juan idolatrada,
se empeñó en olvidar que era casada
y se dejó obsequiar como soltera.
Valenciana notable
por el subido azul de sus ojeras,
tiene un alma irascible y entrañable
que sabe amar y odiar como las fieras.
Roseta, que servía
á un criado de un duque de Gandía,
aunque huertana ) gruesa, era tan bella,
que no se hallaba en Cádiz ni en el Puerto
una mujer más andaluza que ella
por la sal que vertía;
y si alguno dudase de mi aserto,
que suba al cielo, y 1; dirá si es cierto
el sol, que es natural de Andalucía. Era Nelo un gentil aventurero
que con el alma para el mal nacida,
fué el que á Roseta administró el primero
el bautismo de fuego ae la vida.
Roseta, desposada con Segundo,
se quedó, como muchas, en el mundo,
no por causa del cura, mal casada,
y aunque era religiosa á su manera,
de veinte se cansó de ser soltera,
y casada de un mes se halló cansada.
Y Nelo, acaudillando
cierta mañina un enemigo bando
de turcos españoles con careta,
robó Á Roseta antes de entrar entrar en misa;
y es fama, aunque lloraba, que Roseta
se dejó secuestrar muerta de risa. En Valencia á un Manuel le llaman Nelo,
y el Nelo de quien hablo,
siendo mejor que el diablo, es un poco peor que Maquiavelo; pues el traidor, lo mismo que lo pudiera hacer un abogado, sabía dar de lado al Código Penal y al Catecismo: y siendo un presidiario sin grillete que ardoroso y con hábitos sensuales, no tiene más que siete de todos los pecados capitales, hace pensar su tez amarillenta que en su sangre hay más bilis que fibrina, y en su boca se ostenta la sonrisa feroz de un Catilina; y malo desde el día en que ha nacido, si nunca roba, con frecuencia mata, y siendo más pirata que bandido, es más contrabandista que pirata. Ya venían de fuera á España á veranear los ruiseñores, y empezaba á inquietar la primavera con sus linfas turgentes á las flores; y más que aquí, ya en Ceuta se sentía la atmósfera templada del aliento fecundo de aquel día en que salió la tierra de la nada, cuando Nelo, encargado de una misión secreta, fué el que en su barca de pirata honrado Ufvó á Ceuta al marido de Roseta. Mas ésta, que á Segundo no quería, llamándolo hacia sí ¿qué pretendía? Lo ignoro, pero tengo la evidencia de que, aunque sea joven por derecho, según dicen mujeres de experiencia, todo marido es un anciano de hecho: y creo en consecuencia que al llamar al esposo aborrecido, Roseta, que algún día para ser libre se casó en Gandía, hoy piensa hacer matar á su marido para hacerse más libre todavía. Ya indiqué de pasada que sólo por recuerdo de María, con alma enamorada, Ju;in Fernández servía de criado á Roseta, la criada de un criado del duque de Gandía; siendo también una verdad probada, que si él la amó con sumisión completa,
por su parte. Roseta, pagaba sus servicios con tesoros, pues muchas veces con sus propias manos ya le daba alcuzcuz, plato de mpros, ya caballa y boniato, de cristianos. Y un día en que Roseta, que en calma aparente vive inquieta, convida á Juan á manzanilla y luego le da un plato de callos que echan fuego, mientras él de Roseta la belleza contempla enamorado como un loco, y se le va subiendo poco á poco el vino y el amor á la cabeza, Nelo, falaz como el traidor de un drama, encima de la estancia de la que ama, á Segundo en un cuarto introducía, y dando fin á una horrorosa trama, cuando éste confiado se dormía, en vez del pobre esposo que dormía dejó un muerto acostado en una cama; y dos horas después, Juan, conducido, con modos insinuantes 1 or Roseta hasta el cuarto maldecido, lo encerró en compañía del marido que Nelo asesinó dos horas antes. Turbado por el vino y casi inerte, al caer sobre el lecho Juan sintió junto al pecho el hielo de las manos de la muerte. Dudó, temió, palpó, y aunque embriagado, en medio de un horrible desvarío le hirió, al tocar un hombre asesinado, una descarga eléctrica de frío. Juan, todavía incierto, turbada la razón, si no perdida, volvió á palpar, pero al tocar al uiuerto, sintió el horror más grande de su vida.
Y corriendo después hacia la entrada para buscar saiida,
encontrando la puerta bien cerrada,
puso, al ver imposible toda huida,
una cara espantosa de espantada.
Consigo mismo entre las sombras lucha;
de nuevo el lecho á registrar se atreve;
hasta el pulso en su sien se ve y se escucha,
y el muerto, que mueve él, cree que se mueve.
Y tomando el rumor de sus pisadas por pasos sigilosos de un malvado, toca el pañal por Nelo abandonado, y con nanos crispadas
lo coge, y defendiéndose, aterrado,
da al muerto, por error, dos puñaladas. Volvió á querer huir, pero no pudo. Furioso fué á gritar, y se halló mudo, ]Va y viene y vuelve; y de sudor cubierto, da vueltas como un loco rematado, • y después de girar de espanto yerto, su cuerpo se quedó petrificado y por fin cayó en tierra como un muerto!
Roseta en tanto el ondulante talle en la nube envolvió de un negro manto, y gritando "¡asesinol" con espanto del Rebelln alborotó la calle; y aquella mal casada, que sabe quién ha muerto á. su marido, llamando á Jaan "¡infamel" á grito herido quiere á Ceuta hacer ver que está aterrada.
Delatado p>or Nelo, fue preso Juan Soldado por cierto capitán muy delicado, que tenía mis reumas que su abuelo; héroe de tal fiereza
que á dejarse arrastrar per sus instintos, alinearía á un batallón de quintos cortando á los más altos la cabeza. — ¿Es cierto que amas á Roseta? — Es cierto. — ¿Luego eres el que ha muerto á su marido? — Yo juro — dijo Juan, — que no he sabido si he muerto á un vivo, óasesinadoáun muerto. — Así pregunta al mozo, y así Juan le contesta; quien después, con la cara descompuesta, los labios se mordió y ahogó un sollozo. [Mas no pidió ni gracia ni consuelo, presintiendo sin duda el desdichado que hace ya mucho tiempo ha renunciado al reino de la tierra el rey del cielol
Un consf jo de guerra, tan discreto por mar como por tierra, condenó á Juan Soldado, porque encontró evidente . que, estando de Roseta enamorado, fue el que, arrastrado por su amor impuro, al marido malo cobardemente á traición y además sobre seguro. Así por el vil Nelo, cobarde de una audacia calculada, aunque no la del cielo, la justicia del mundo fue engañada. Y como nadie ve que Juan Soldado
transpira por los poros la inocencia, que eraun hombre culpado fue de tal evidencia, que un general, sin letras muy letrado,, al firmar la sentencia, exclamó de esta suerte: — Siempre el mundo pecó por ese lado; dilema del amor, ó tú, ó la muerte. — ¿Será preciso que inocente muera el calumniado Juan? ¡Será preciso! I Y pues la ley falló de esta maner*, honremos á la ley que así lo quiso!
Como suelen hallarse en las honduras, el sol ya no penetra en las cabanas; y del mar del Estrecho en las llanuras hacen lenguas de sombras las montañas. Es la tarde en que Nelo en la nave en que el vil contrabandea desde el peñón de Gibraltar á Altea, se embarcó con Roseta, cuyo duelo es hoy tan grande, al parecer, que gime como una esposa honrada y sin consuelo, mientras Nelo, esta intame criatura ampara su orfandad, virtud sublime que tanto ha bendecido la Escritura: y los dos, ella triste, y el clemente, juntos á Ceuta apresurados dejan, por no ver fusilar á Juan Soldado; y contentos se alejan con angustia aparente; mientras que, tristemente, parece que hasta el sol, avergonzado, por no ver lo que ve se hunde en Poniente.
De este modo Roseta con su amante, afectando el dolor de esposa tierna, salió para las costas de Alicante dejando en Ceuta una tristeza eterna. Y en mengua de lo humano y lo divino, el pérfido asesino partió amante y amado, sin temor á la ley ni al fuego eterno, porque dice un autor muy afamado que acaba ix)r vivir un condenado como el pez en el agua en el infierno; y |oh deshonor de la olvidada Astrea! jLo que hace aquí más grande el desconsuelo es que hasta el mismo Altea de Roseta y de Nelo el viaje iluminó con luz febea el Dios que con el rayo alumbra el cielo
XIU
Después de confesar muy de mañana á aquel gran homicida sin grandeza un cura que llamaba con tristeza su camisa de fuerza á la sotana, muy cerca de la fuente donde frecuentemente toman agua las niñas casaderas, fusilaron á Juan sencillamente contra un seto de pitas y chumberas. Murió ahogado en sus últimos gemidos, y aunque la fe de Juan era tan viva que creía que hay seres elegidos que alguna vez se inclinan desde arriban para echar una mano á los caldos, fué infeliz su bondad de tal manera, que tuvo algún escéptico el recelo de que en la hora de morir postrera ni una sombra siquiera se inclinó á recibirle desde el cielo.
Dejémosle morir á Juan Soldado. Ya el Génesis decía sabiamente que el hombre de dolores agobiado no conviene que viva eternamente. Nació y vivió inocente. Fué bueno, y por ser bueno, desdichado. Ayudó de su patria á la victoria.
Y aunque vivió tan útil como honrado y creyó ? pies juntillas en la gloria, murió del lodo, pues murió olvidado. Aquí da fin la historia
- del buen Juan, ts decir, de Juan Soldado. |Como en alma tan buena y tan amante, nadie ha visio una pena semejante, por la salud dd ser á quien más amo juro que en este instante moja el papel el llanto que derramo!
Y ya que hay en la tierra tanto duelo que mi madre decía
que lo bueno del mundo es que hay un cielo,
porque, cual Juan, creía