El caso clínico · Capítulo real 1 de 1

El caso clínico

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 21 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

... y sana de cuerpo y espíritu ...

Se detuvo. Por primera vez en la vida, escuchábase hablar y medía las inflexiones de la voz; por primera vez, las palabras, en vez de surgir con la fluidez serena y la convicción apasionada de las de un apóstol, tenían una vaga indecisión, una vacilación que correspondía a la vacilación espiritual, que él sólo podía apreciar aún, pues los demás continuaban viéndole al través de los ojos de la fe, escuchándole con los oídos de la confianza absoluta.

Y era que aquella maravillosa armonía entre la teoría y la realidad, entre el pensamiento y la acción, súbitamente se había roto al empuje del imposible dolor causado por la sospecha monstruosa que apenas se atrevía a formularse a sí mismo. ¿Iría a convertirse en uno de esos histriones para quienes la ciencia es una mentirosa careta que oculta las miserias de su vida real? La noble serenidad de iluminado, nacida de una perfecta comunión entre el pensamiento y laobra,¿transformaríase en una inquietud hecha de mentiras y mixtificaciones? ¡Y con quién! Precisamente con Arturo Jonás, el discípulo favorito, el que era como un hijo para él. ¡Y cuándo! En el momento en que el muchacho, al

hacerse hombre, ál pensar en crear un hogar, venía a pedirle unir la juventud emprendedora de su vida con la serenidad reflexiva del maestro.

Estaban en el despacho sentados frente a frente, la mesa de escribir colocada entre ambos. Era el tal despacho pieza vasta y fría, con hostilidades de celda monacal, en que, sin embargo, por no sé qué milagro de fe y de pasión, había como un aroma de amor tibio y regalado. Era el estudio del sabio con todas sus nobles arideces; pero era, a un tiempo, el nido del sabio con todas sus rudas ternuras. Las paredes, blancas y lisas, estaban presididas por enorme cruz de ébano, que tendía sus brazos, a la vez trágicos y pro-

tectores; amplísimo ventanal, sin cortinas ni visillos, rasgaba un lienzo de pared y regalaba la vista con las misteriosas frondosidades del parque y la gaya magia del jardín en flor; pocos muebles, pero de esos de piel, amplios, cómodos, incitadores al estudio reposado; una gran biblioteca abari otada de libros de ciencia, no de esos libros nuevos y brillantes, que son como visitas de cumplido, sino volúmenes estropeados por el uso, viejos amigos, compañeros de noches de vigilia y largos crepúsculos de invierno; y, por último, una mesa de estudio, enorme, llena de obras de consulta, de cuadernos de notas y de cuartillas cubiertas de una escritura firme, clara e igual. Y contrastando deli-

ciosamente con la noble severidad del conjunto, algunos retratos de chiquillos, gordinflones, blancos, rubios (los nietos, los vástagos de María del Rosario, la hija casada en Cuba), y un retrato maravilloso de María de las Angustias, la hija menor.

Sin poderlo remediar, el doctor Rodrigo Vázquez contemplaba el reti ato de la muchacha con la atención apasionada con que contemplaría el enigma de un caso incierto aún. Sobre el fondo obscuro del lienzo, un fondo a propósito para destacar la luminosidad de la figura, veíase una deliciosa imagen de mujer. Alta, delgada, de proporciones armoniosas, muy Carlota de Werther en la sencillez del negro atavío,

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manchado sólo por la lividez de una rosa blanca; el cabello, color de miel, peinado hacia atrás con una rigidez casi japonesa; los ojos, verdes, luminosos, muy grandes, aunque agazapados, por así decir, en el entornado de los párpados; la nariz, ligeramente carnosa, y la boca, entreabierta, un poco gruesa de labios; chocaban, sin embargo, en ella tres cosas: la blancura— blancura mate y traslúcida, que daba una sensación de frío— un no sé qué de misterioso que flotaba en los ojos y en la frente, las manos, manos de alabastro, maceradas, retorcidas en una involuntaria crispación, y al mismo tiempo rotas, tronchadas, inermes, como esas manos cercenadas de santa medioeval, que de pronto nos escalo-

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frían al hallarlas sobre un altar abandonado.

El doctor Rodrigo Vázquez no se atrevía a leer claro en aquel libro escrito con sangre de sus venas. El misterioso horror de un creyente que de súbito descubriera que su dios era una superchería, se adueñaba de él. ¡No, no! ¡Imposible! La sola sospecha era una infamia, un crimen contra sí y contra el prójimo. Y, sin embargo, su ciencia sonreía irónica del dolor de su pobre corazón. ¿Pero sería posible? La existencia entera de abnegación , de sacrificio, de renunciamiento, de nobles virtudes, el bien arrojado en derredor, como se arr^ ja una simiente que tarde o temprano ha de fructificar, la obra admirable de vo-

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luntad, de caridad, de ciencia y de amor en que había empleado toda su vida, ¿iría a avocar en aquella burla cruenta del Destino? Con fijeza casi dolorosa contemplaba a María de las Angustias, y cada vez los rasgos se acusaban más enérgicos, más claros, más netos, y la verdad, la atroz verdad, cobraba claridades de luz meridiana.

Como el silencio se prolongase, Arturo Jonás, que permanecía, después de su súplica, con los ojos bajos, alzó la mirada llena de filial ternura sobre su maestro. ¡Cómo le amaba! ¡Cómo habíase dejado moldear por aquel sabio de espíritu evangélico, en quien la ciencia, a fuerza de bondad, sin dejar de serlo, convertíase en ternura! Doce años

junto a él, en la extraña atmósfera del manicomio, mirándole día por día declinar hacia la muerte con esa paz de los viejos patriarcas bíblicos, que sabían que por haber tocado la roca dos veces, no verían la Tierra de Promisión. ¡Pero aún podía hacer mucho; aún, pese a su aspecto venerable, era fuerte y casi joven! vSus ojos, llenos de respeto, estudiábale ahora. Muy delgado, alto, anguloso, la cara demacrada y las manos esqueléticas, había una tal nobleza en la ancha frente de pensador, una clarividencia seguida de tanta comprensión en la mirada, que cautivaba desde el primer instante. La melena de plata y las larg"as barbas de apóstol, completaban el aspecto solemne del sabio.

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Al fin, y como no obtenía respuesta, Arturo se aventuró a formular una preg"unta :

—¿Se ha enfadado conmigo, maestro?...— Y luego, vehemente, temeroso de una repulsa irremediable, comenzó a hablar sin esperar la contestación: — Perdóneme, maestro. Sé que es un atrevimiento, una osadía venir a usted con esta súplica, pero... ¡la quiero, la quiero con toda mi alma!

Había tanto fuego juvenil en la confesión, que el doctor , pese a los misteriosos problemas que le torturaban, no pudo menos de sonreír.

Arturo sorprendió la sonrisa y sintió el tibio regalo de una esperanza que templaba su espíritu, ate-

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rido de temor. Entonces expresóse más sereno, más reposado :

— Ya sé que no la merezco, maestro; pero le he oído muchas veces que si no tuviésemos más que lo que merecemos, no tendríamos nada en este mundo. Nuestra miseria y debilidad sólo la voluntad puede suplirlas, y yo tengo voluntad, mucha voluntad. Usted, maestro, me ha enseñado a amar su obra, a ser fiel a ella, a saber qué cantidad de bienestar y de alegría moral hace nacer en nuestro espíritu el deber cumplido. Sea usted bueno conmigo por completo, y yo sabré hacerme digno de la felicidad, que, como a un dios, le deberé.

Toda su juventud, franca, sana y apasionada, vibraba en el entusias-

mo de sus palabras. Sus ojos relucían como brasas; su cara, morena secoloreaba en las mejillas, y los negros cabellos caían sobre la frente,

Rodrigo Vázquez dejábale hablar con una atención dolorida que más iba a la interna batalla que a las palabras de su discípulo. Al fin, el dominio de sí mismo pareció vencer a las inquietas nerviosidades, y hablóle con paternal afecto:

—Te equivocas si crees que dudo en darte a María de las Angustias por falta de fe en ti. No; pero como os quiero infinitamente a ambos, como a ti también te miro como a un hijo (si no lo eres de mi carne lo eres de mi espíritu), quisiera que fuéseis felices. Ya sé que eres digno de la obra que quieres imponerte, ya sé

que harás feliz a María; pero el exceso mismo de cariño que os profeso es lo que me hace temer.

A estas palabras sucedió un mo ■ mentó de silencio. Al fin, el doctor Vázquez continuó:

—María es buena, inmensamente buena. Ha sido el consuelo y la alegría de mi vida. Es inteligente; su alma está llena de nobles y levantados pensamientos, y es digna de ser la compañera de un hombre honrado...

Las últimas palabras empañáronse en confusos titubeos. Otra vez la duda le atenazaba, torturábale y robaba a su espíritu la noble serenidad de la fe. Otra vez la palidez de alabastro, el gesto nervioso, galvanizado por una secreta alegría, o roto,

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fofo, aniquilado por un dolor que corría subterráneo, de María de las Angustias^ le inquietaba.

¿Iría a perder con la fe en los demás la fe en sí mismo? ¿Envejecería, y aquella inseguridad espiritual no sería sino senectud? Dominóse aún y volvió a hablar:

— Seréis felices, hijo mío. Además de buena, inteligente y enérgica, María de las Angustias es sana de cuerpo y sana de espíritu.,.

Callóse súbitamente. En las sombras que comenzaban a invadir el despacho, en la tenue claridad violeta del atardecer, parecióle ver dos claras esmeraldas que le miraban fijamente con diabólicas fosforescencias de embrujamiento.

Bajo la campana de cristal violeta del cielo, la Naturaleza toda tomaba misteriosas tonalidades que le daban la irreal apariencia de esos paisajes crepusculares de algunos pintores enfermos del espíritu. En la luz violada, las hortensias eran raras orfebrerías de amatistas, las rosas blancas tomaban nacarados libores de perla, y las frondas, como en las aguafuertes de Boecklin, tonalidades cárdenas y traslúcidas. Una paz infinita pesaba sobre todas las l cosas. Era como el encantado bos-

que de la Bella Durmiente, como el terrenal Paraíso desde que el ángel cruzara su flamígera tizona ante la puerta.

«El Reposo», la obra maravillosa del doctor Rodrigo Vázquez, tenía de bosque mágico y de bíblico edén. Nadie que sin saber la índole del establecimiento hubiese llamado a sus puertas en una tarde como aquélla hubiese sospechado que el recinto, lleno de dulce serenidad y de grato bienestar, era la mansión de todo dolor, sobre cuya puerta pudiera escribirse la trágica inscripción que el Dante colocó sobre la de su Infierno: «¡Deja aquí, mortal, toda esperanza!»

El «Manicomio y Casa de Salud de El Reposo» era una de esas ins

tituciones que sólo un gran talento y una gran voluntad puestos al servicio de alto y nobilísimo ideal son capaces de crear y sostener. De fa milia distinguida (decíaseles descendientes de no sé qué fanático y violento inquisidor toledano), aunque de peculio modestísimo, dedicóse Rodrigo desde muy joven con fervor al estudio de la Medicina. La muerte de una madre adorada en misérrimo manicomio provinciano, el espanto de la truculenta agonía que desenvolvióse ante sus ojos como atroz pesadilla, las horas de angustia, de terror y de pena vividas en la tragedia de aquellas salas desnudas y frías donde otros míseros le hacían muecas, reíanse idiotamente o aullaban dolores imagi-

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narios, decidió su vocación. Y pasados los primeros días de anonadamiento, sobrepuesto a la impresión aniquiladora, puso manos a la obra. Por fin, en las cercanías de la ciudad encontró un viejo palacio, testigo cuarenta años antes de fastuosas fiestas y misteriosas aventuras de amor. Era un edificio de vastas proporciones, rodeado de enorme parque casi aislado de la urbe, puesto que sólo por la parte del jardín que limitaba la fachada posterior del edificio lindaba con los suburbios miserables de la ¿irán ciudad. Por él decidióse el joven doctor, y después de no pocas luchas y de sacrificar los restos de su patrimonio consiguió su posesión. Planeó grandes mejoras; empezó por

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algunas obras de hig"ienización y de serenidad (haciendo desaparecer los restos del lujo chillón de otros tiempos y sustituyéndolo con una alegría sana y reposada) y dio comienzo a la lucha. Su sistema era todo dulzura, bondad, alegría. Nada de martirizar a los pobres locos con exigencias que no podían comprender y que sólo mecánicamente eran capaces de realizar, con gran perjuicio para su salud misérrima. Darles bienestar, satisfacción interna, apartar de su espíritu las preocupaciones y las inquietudes, hacerles cobrar fuerzas y esperar el momento propicio, el momento en que una vacilación de su locura, una oscilación entre la razón y el desequilibrio, le permitiese pesar en la ba-

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lanza sin violencia, haciéndoles retornar a la verdad. Eran reyes, mag-- nates, santos, sabios... ¿Qué importaba? Aquello no representaba sino fases agudas de las pei petuas ideas que martirizan a los hombres, y no había más que esperar, esperar siempre que la vida mostrara en un momento dado la falsedad de los ensueños, y entonces enseñarles a tener resignación. Esperar, esperar siempre era su sistema.

A los días de luchas sucedieron los de triunfo. El manicomio comenzó a acreditarse, trajéronle enfermos de todas partes; con el éxito moral coincidió el material y, libre ya, rico, seguro del triunfo, pensó en sí mismo y se casó. Fué, como tenía que ser, un amor de toda la

vida, un cariño tibio, regalado, dulce, abnegado, que le acompañó por la juventud, le llevó de la mano al través de la edad madura y llegó con él a los límites de la vejez sin una sombra, sin una pena, sin una hora de impaciencia o de amargura. En aquel alma fuerte y sana el amor era lo que tenía que ser: el bálsamo, el consuelo, el apoyo. Así, con su ciencia, su fe y su amor, el doctor Rodrigo Vázquez pudo entregarse en alma y cuerpo a su misión.

«El Reposo» ocupaba una gran área de terreno. En la parte más alta, doude antaño había una glorieta, asentábase la casa del director. Tres de las fachadas miraban hacia la posesión, y sólo la cuarta separábase por un muro de los que

antes fueron campos de labor y que ahora los avances de la capital había convertido en polvoriento, mísero, sucio y mal afamado arrabal. En el centro del parque elevábase la casa matriz, y lueg-o, desparramados por jardines, huertos y bosquecillos, los otros edificios, como clínica, enfermería , departamento de locos furiosos y algunos hotelitos para enfermos cuyas familias podían permitirse el lujo de aquellas habitaciones aparte. Pero todo ello era bonito, alegre, pintoresco, sin el menor aspecto de mansión de orates. Las casas eran graneles, soleadas, confortables, evitando todo lo que pudiera inquietar o preocupar; el jardín, bellísimo, poblado de flores, de arbustos, de árboles de som-

bra; los huertos, frescos, bien cultivados y llenos de frutos sabrosos. La vigilancia era discreta^ casi invisible, y sólo en muy contados casos se apelaba a la fuerza con los enfermos. Y ellos, los infelices, sobre la mentira de su locura, construían involuntariamente una vida llena de orden y de buen sentido, y eran el rey bondadoso y paternal para su pueblo, el santo lleno de dulzura y comprensión evangélica , el prócer satisfecho de su posición y sus millones o el sabio abnegado y devoto de su ciencia.

En la magia otoñal la tarde terminaba con escenografía de función de magia. No se veía a nadie; sólo se oían, lejanas, las canciones de los locos que jugaban en el jardín. De

pronto apareció en lo alto de la escalinata del hotel María de las Ang-ustias. Vestida de batista blanca, con una falda formada por dos anchos volantes, el corpiño, muy sencillo, cruzado sobre el pecho, dejando al desnudo el cuello, largo 3' redondo; la cabeza, descubierta, y colgando en uno de sus brazos por las largas bridas de terciopelo negro, una pamela de paja de Italia, era y no era igual a su retrato. De cuadro tenía la blancura de nardo o de gardenia, la azulada sombra que cercaba los ojos, la acuosa transparencia de las pupilas verdes. Pero el gesto, que en la tela estaba, digámoslo así, cristalizado, sin dejar su maceración casi dolorosa, adquiría movilidad vehemente. Así, mientras

descendía la escalinata que llevaba al jardín, sonreía, con esa risa nerviosa sin motivo ni objeto, que es como la reverberación de misteriosa excitación que agita nuestros nervios, y al caminar rompíase súbitamente, por un momento, la prodigiosa euritmia de su figura en un gesto de rabia o de contento, que a ninguna causa exterior obedecía, sino más bien era reflejo de internos estados de espíritu que adquirían en su imaginación tal plasticidad que sin darse cuenta se traducían en un gesto real.

Sin miedo, como persona avezada a vivir entre los tristes moradores de aquella mansión, avanzó resueltamente jardín adelante. La tarde se adormilaba en la acariciadora ti-

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bieza de la puesta del sol. Entre los boscajes que el otoño comenzaba a dorar veíanse los parterres en un triunfo de matices pálidos y de suaves fragancias. María de las Angustias, la nariz dilatada y los labios entreabiertos, respiraba con voluptuosa fruición el perfume de las flores, mientras sus pasos, vacilantes^ llevábanla sin rumbo al través de las calles del jardín.

Súbitamente, como en esos cuentos de Perrault en que en medio de inexplorados vergeles, por donde el héroe perdido se aventura, surge feísimo genio o espantable bruja para cortarle el paso, salió una al encuentro de la paseante. Realmente, de mujer la aparición tenía poco o nada. Más que criatura civilizada,

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parecía aquello un habitante de las cavernas. Delgadísima, cubiertas las míseras carnes secas y ennegrecidas de inmundos harapos; pies, piernas y brazos desnudos; dos ojos como brasas en el rostro demacrado, estriado de manchas y arañazos que apenas acertaba a verse al través de las greñas ásperas, polvorientas y enmarañadas, oprimía entre sus dedos, nudosos como haz de sarmientos, un gato disecado, un animal monstruoso, absurdo, repulsivo, sin ojos y sin dientes, un bicharraco inmundo como los que cuelgan de un palo en las fiestas carnavalescas.

La muchacha no pareció aterrorizada por la aparición, sino que, posando la mano sin repugnancia

en la revuelta pelambrera, interrogóla:

— ¿Y Simón, Lázaro y Juan?

La loca encogióse de hombros, como si no hubiera entendido la pre gunta, y luego, siguiendo su idea fija, comenzó la historia truculenta que la obsesionaba:

— ¡Fué horrible! Era un oso... no. no... un jabalí... tampoco... un gato montés muy grande, muy grande... —Reconcentró la infeliz su pensamiento como si quisiese acordarse, y siguió—: No sé, no sé... algo muy grande, muy negro, muy peludo... Y me cogió, me cogió así y me apretaba, me apretaba hasta ahogarme... ¡Y ahora viene siempre, todos los días, todas las noches! Y por eso mi hijo— y agitaba el repugnante fe-

lino — ha nacido así. Yo lo sentía que tenía pelos y orejas en punta y cola... y le sentía nacer, nacer así...

Ni espantada ni inquieta, María de las Angustias la escuchaba. En su atención no había la benevolencia compasiva que lleva a escuchar los desvarios de un niño enfermo, tampoco la piedad evangélica que busca la verdad en las palabras de los locos. Había tan sólo una curiosidad malsana que le llevaba a escrutar el sedimento de realidad de la tragedia y una plasticidad imaginativa que le presentaba los cuadros lúbricos, sangrientos y terroríficos con claridad cinematográfica. ¿Qué espantables ultrajes habría sufrido aquella desdichada para enloquecer así? Y se figuraba la ruda

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brutalidad de un hombre semisalvaje poseyendo un cuerpo frágil y quebradizo de adolescente, y, sin quererlo, sentía ella misma el contacto de la piel áspera y peluda y la dureza de los huesos ciclópeos. Dominó, sin embargo, sus morbosos desvarios, y para alejar a la lunática animóla:

— ¡Bah! ¡No te importe que sea feo! Es tu hijo, y debes quererlo.

Después apartóse lentamente, mientras la otra, acurrucada en el suelo , mecía al bicharraco sobre sus rodillas, y con voz bronca canturreaba:

«Duerme, niño chiquito, que viene el coco y coge a los niños que duermen poco,

Seguía la muchacha su camino,

cuando a la vuelta de un sendero surgió ante ella un fantasma escuálido, rugoso y amarillento. Tenía la piel tan curtida que, en el intrincado laberinto de pliegues, surcos y bolsas, las facciones se habían borrado por completo, y sólo la nariz, ganchuda, enorme y descarnada como el pico de un ave de rapiña, se destacaba victoriosa, mientras dos ojillos de carbunclo eran como dos agujeritos abiertos en un viejo pergamino. Era Jesús, el renegado, que ataviado con los restos de las vestiduras talares le acogía con un gesto mitad litúrgico, mitad grotesco. Sacerdote antaño de fe plástica y sensual, atraído luego por los misterios de la magia y el ocultismo, expulsado de la Iglesia, excomulga-

do y anatematizado bajo la acusación de herejía, había acabado por enloquecer con las prácticas de la nigromancia, en que mezclaba no sé qué sensualismo satánico y satiriaco.

También a ese interrogóle la hija del doctor Vázquez:

— ¿Y Simón, el mago, y Lázaro el leproso, y Juan?

Eran sus tres preferidos. Simón, un sabio inventor y alquimista que buscaba el «licor de la vida» y la piedra filosofal; Lázaro, un hombre que había sido rico y había triunfado en la feria del mundo; pero que un día,, arrastrado por la misteriosa atracción del Oriente con sus magnificencias remotas y sus pecados bíblicos, a Oriente había ido y allí

contraído una espantosa dolencia semejante a la lepra, que había acabado por curar, pero que dió al traste con su razón; en cuanto a Juan, el idiota, era un monstruo repulsiv^o y obsesionante con su gordura fofa y rosada, sus ojos apagados, que sólo se encendían con la llama de una rijosidad concentrada y aviesa, sus labios belfos, sus piernas zambas, su corcova y sus largas manos temblorosas. Atacado de una sensualidad aguda, había perseguido mozas y hasta tratado de violar ancianas, hasta que, acusado de un estupro seguido de asesinato, si bien escapó por su idiotez a la pena, costóle ser recluido en un manicomio.

Al oír la pregunta, Jesús, el rene-

gado, hizo una mueca de desdén. Después, con voz engolada, en que quedaba mucho de los cantos sagrados, revelóla su secreto:

—¿Esos?... Por ahí andarán tonteando. No saben nada de la vida. ¡Están locos los pobres! Yo tengo la llave del dormitorio... sin embargo; los enfermeros tienen la otra, y hoy, como siempre, les encerrarán... ¡por locos! Pero yo tengo algo para devolverles la razón, algo que va a curar aquí a todos...— Rióse misteriosamente, y luego, con énfasis, anunció — : He hablado anoche con el Gran Cabrón y me ha dicho que lo que hace falta es resucitar las misas negras. Está muy enfadado con la Humanidad, y por eso la castiga; pero en cuanto celebremos el sacri-

ficio...— Y llevándose un dedo a los labios — : ¡Silencio! Ahora estoy buscando el vientre de una virgen para piedra de altar...

Y se alejó trazando cruces en el aire con la mano izquierda.

María de las Angustias sentóse en un banco. El retiro era encantador. A la derecha veíanse los jardines, que subían escalonándose hasta la quinta; frente a ella, de una canastilla de flores, surgía un Cupido de mármol; a la izquierda, el bosquecilio cobraba en el crepúsculo misteriosas profundidades. Lentamente, silenciosamente, en el sortilegio crepuscular surgieron tres figuras, que fueron rodeándola: Simón, Lázaro y Juan.

Simón era un viejecito encogido

y apergaminado, con los ojos grises, tan claros, que daban la sensación de la carencia de pupila; tenía los gestos breves y menudos, y la voz, tenue como un soplo. Lázaro conservaba algo de su arrogancia mundana y algo de los gestos envolventes de las personas que han amado mucho; su mirada era inquieta y tornadiza, y su voz inacorde, unas veces acariciadora y otras áspera, gutural, como si en una sed inextinguible se le secase la garganta. En cuanto a Juan, no hacía más que reír, babear y frotarse contra su amiga. Mientras el sabio, mu3^ a menudo, había tomado asiento junto a María y el leproso permanecía en pie, él habíase tirado a sus pies como un perro fiel. Hablaban.

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Era el sabio el que tenía la palabra, y el que con misteriosos términos explicaba sus imaginarios descubrimientos:

—Hoy he dado un paso definitivo para encontrar el «licor de la vida». Lo que ni Cagliostro, ni el conde de Saint-Germain , ni Prelatti consiguieron, estoy en vías de obtenerlo yo. La palabra de Abradacabra, escrita en el anillo del rey Salomón, no representa más que la clave de la fórmula algebraica, llave del secreto. Cuando yo descubra la ecuación verdadera...

Lázaro le interrumpió airadamente:

—¿De qué, di, de qué me servirá tu fórmula si la miseria me ha de roer por los siglos de los siglos?

— No te roerá la miseria — anunció, profético, el alquimista—. Con el «licor de la vida», además de la eternidad, tendrás la salud y la fuerza perennes.

María de las Angustias se inclinó hacia el idiota.

—¿Y tú, Juan, qué dices?

Juan rió:

— ¡Ju! ¡Ju! ¡Ju!

Ella pasóle la mano por la pelambrera en levísima caricia, y díjole afectuosa:

— ¿Tú me quieres a mí, verdad?

El imbécil tornó a reir ruidosamente, mientras se frotaba contra sus faldas como un can enfermo:

— iju! iju! ¡Ju!

Entonces sonó a sus espaldas la

VOZ grave, serena y ligeramente severa de Arturo Jonás:

—¿Por qué les das cuerda? Mejor es dejarles en su triste reposo.

Con vaga irritación en la voz respondióle ella:

—Son buenos; con su locura no hacen daño a nadie.

Los orates habían huido a la pro ximidad del intruso con ese terror instintivo que sienten todos por sus médicos y guardianes. Arturo Jonás sentóse en el banco junto a su prometida y hablóla persuasivo:

—Créeme, María de las Angustias, hay que ser buenos con ellos; pero llevarles el genio así, amigablemente, sin necesidad, más que bien les reporta daño.

Los ojos de la mujer se habían

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agazapado aún más en el refugio de los párpados casi caídos, y en sus labios había no sé qué dureza. Sabía que el muchacho la quería con una pasión noble y serena, vagamente tocada de misticismo de sacrificio, y como toda persona en cuyo fondo arde una hoguera de sensualidades inconfesables, sintió irrazonado odio por aquellos alambicados sentimientos. Ella hubiese preferido una pasión violenta, un poco brutal y otro poco cruel, una de esas pasiones sin respeto ni ternura que acechan siempre en la sombra como alimañas salvajes, dispuestas a caer sobre su presa.

Tunto a su interlocutor, la animación del rostro apagábase por momentos, y las bellas facciones se

convertían en una carátula de alabastro rígida y glacial. Arturo adivinó que había hecho mal, y cobarde, como todos los enamorados, cambió de conversación, llevándola al terreno que anhelaba.

—He hablado a tu padre ahora; le he dicho cuánto te quiero y cuánto desearía que nuestras vidas se unie sen para siempre.

Y como ella callase hermética, continuó:

—Desde que empecé a trabajar a su lado, desde que, día por día, recibí sus enseñanzas, todo mi entusiasmo, toda mi esperanza y toda mi ilusión han sido que mi vida sea como un espejo de la suya. Aquí hay una misión maravillosa que cumplir. El día que Dios llame al

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doctor Rodrigo de Vázquez para darle el premio, ese día su obra caerá en manos extrañas^ y aunque al principio siga igual, con el impulso adquirido, poco a poco irá degenerando y cambiando hasta no ser más que una vil parodia. Y esa herencia espiritual somos nosotros los llamados a recogerla.

—¿Y yo qué represento en todo esto?— interrogó la muchacha sin disimular su amargura.

El sintió algo frío que caía sobre su entusiasmo; pero poco a poco su fe le fué reavivando.

—¿Tú?... ¡La misión más bella, más grande, más santa, una misión de caridad, de ternura, de amor! Es formidable, enorme, la obligación que nos imponemos; pesado de He-

var el fardo; pero nuestro cariño nos sostendrá, y tal vez llegue un día en que, como tu padre, podamos decir al comparecer ante Dios: «Señor, he cumplido con mi deber».

María de las Angustias no le escuchaba. Sus ojos, fascinados, contemplaban un espectáculo horrendo y maravilloso, una cosa extraña y alucinante como una pesadilla.

El cielo había ido palideciendo para ensombrecerse luego, y aunque la parte alta de la finca se dibujaba confusamente en la lechosa semipenumbra a que dos o tres rayas cárdenas iluminaban trágicamente, el bosquecillo estaba sumido en las tinieblas. De aquella obscuridad habían ido surgiendo poco a poco unas figuras extrañas, contrahechas,

monstruosas y atrabiliarias. Unas eran altas, esqueléticas, desgarbadas, de gestos bruscos, inútiles e incoherentes; las otras, bajas, gordas, deformes, como masas de carne, o torpes^ blandas, indescriptibles como larvas; unas tenían brazos lar gos, delgados y retorcidos como astillas; las otras, cortos y anchos como patas de rana; unas estaban coronadas por enmarañadas cabelleras que semejaban malezas; las otras, mondas y blancas como calaveras. Y todas aquellas figuras de calentura habíanse enlazado por las manos y giraban con grandes saltos y raras contorsiones. Mientras, de las espesuras surgían, como de un horrendo juicio final, otras y otras, y después otras aún, que se apiña-

ban, contemplando con ojos fosforescentes, dilatados de asombro, el espectáculo. Y era una aglomeración inclasificable, una amalgama de cuerpos deformes, cuyas líneas no podían precisarse. Veíanse en el claroobscuio brazos como tentáculos; ojos ardientes de fiebre y pupilas muertas; labios belfos y colgantes; senos exhaustos; cuellos hinchados por fenomenales bocios; orejas puntiagudas como las de las alimañas feroces, y dientes afilados de carnívoro. Un olor a cubil, a bestia feroz, a lobos hambrientos se esparcía por la atmósfera. Y por encima del bosque, redonda, roja, enorme, asomaba una luna que parecía teñida de sangre.

A pesar del frío intenso de la noche, blanca de luna, Maña de las Angustias permanecía acodada al barandal de su balcón. No sentía la glaciedad del cierzo, que atravesaba en mil agujas de hielo el liviano tejido de sus ropas, ni la helada caricia que cortaba su rostro. Estaba en aquellos momentos de fisiológica insensibilidad que hacían de ella un sér aparte, una extraña muñeca indiferente lo mismo a los cambios atmosféricos que al sueño, al hambre o el sufrimiento . También espiritual-

mente era indiferente a todo: no amaba a su padre, ni a su hermana, ni a sus sobrinos, los rubios chiquillos mofletudos, ni a su novio. De su madre sólo conservaba una sensación de repugnancia desdeñosa al recordar el frío viscoso de aquella frente al posar los labios sobre ella, cuando la que le dió el sér yacía muerta, tendida en la caja. Todos los que la rodeaban, todos los que la habían rodeado éranle extraños, y mirábales con hostilidad desconñada, como a secretos enemigos. En su alma no había ni piedad ni amor, ni simpatía ni ternura. Una inmensa aridez lo invadía todo, atroz sequedad espiritual resquebrajaba el terreno baldío, y por las enormes grietas, como en un cataclismo geológi-

00, desaparecían ideas y sentimientos. Toda su vida espiritual vacilaba entre una alegría nerviosa, desordenada, que se deshacía en risas, en gritos, en gestos violentos y en canciones, y una tristeza inmotivada, gris y opresora, que le hacía agonizar de tedio, tristeza plomiza que le sumía en una modorra hosca, haciéndole pasar horas y horas con los ojos fijos en un punto imaginario, los labios crispados y sin otra señal de vida que algún gesto de desesperación esquivado de vez en cuando. Y por encima de todo esto, como un anaké, ñotaba un anhelo inexplicable, un deseo de no sé qué cosas malsanas que le llevaba a otear ansiosamente desde su balcón las lóbregas callejuelas que enlaza-

ban al Sanatorio con los barrios extremos de la ciudad.

Aquella noche, como tantas otras noches de insomnio, sus ojos, habituados a las tinieblas, distinguían misteriosos bultos que iban y venían sobre el fango por entre las calzadas que separaban las chozas con pretensiones de casas, mientras sus oídos percibían de vez en cuando la aguda nota de un silbido, o las más apagadas de dos voces, o bien un lejano lamento. La atracción atroz de aquel abismo en que su imaginación enferma ponía todas las monstruosidades, todas las aberraciones y todos los crímenes, la fuerte atracción que le arrastraba como un imán, hacíase sentir aquella noche más violentamente que nunca.

¡Ah! ¡Cómo desearía salir, perderse en los laberintos misteriosos donde acechaban el pecado, la brutalidad y el crimen!... ¿Y por qué no? ¡Sería tan fácil para ella salir!...

Por tres veces, envuelta en un viejo chai, habíase acercado a la puerta, y por tres veces había retrocedido cobardemente. ¿Y si la sentían? íY si su padre llegaba a notar algo.'^ ¡Bah!, eran tan estúpidamente candorosos, que atribuirían su salida a cualquier inquietud caritativa, al interés por los pobres locos, al temor de que no estuviesen bien cuidados, a un súbito sobresalto, en fin, a cualquier causa altruista. Y al pensarlo, una sonrisa mala, ferozmente sarcástica, fruncía los labios en una mueca que mostraba

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los dientes de carnívoro, blancos y afilados.

Lentamente, procurando no hacer ruido, descendió las escaleras, cruzó los pasillos y por la puerta del servicio salió al jardín. Ya en él respiró. No le había oído nadie, y lo que faltaba por hacer era empresa fácil. Con una caricia alejó a «Satán», el enorme mastín, y abriendo sigilosamente la verja lanzóse fuera.

Por allí, sólo algún farol de aceite que esparcía su amarillenta claridad en derredor, anunciaba la proximidad de la urbe. Por lo demás, las calles, más que tales, eran barrancos llenos de lodo en que la clase proletaria había construido algunas miserables casucas, cuyas paredes sucias y agrietadas amenazaban

desmoronarse. Como viviendas de gente trabajadora, estaban ya cerradas ya obscuras. María de las Angustias continuó su marcha. Ahora venía un breve trozo de carretera que iba campo a traviesa, y luego unos inmundos ventorros. En uno de ellos debía haber fiesta, pues se oían músicas y voces. La fugitiva aproximóse a él, y al través de las vidrieras, rotas, empañadas, en que algunos cristales habían sido sustituidos por aceitosos papeles, vio un cuadro de Sabat. Algunas mujeres, la mayoría viejas ya, sucias, desgreñadas, vestidas de pringosos harapos, danzaban en brazos de sus chulos— hampones de cara de rufián y atavío atrabiliario— a las notas chillonas de un organillo; otras, tiradas

sobre las mesas, bebían vino acompañadas por unos cuantos individuos con dudoso pelaje de caballeros de industria; en un rincón, un curda peroraba ante un círculo de obreros aviesos y borrachínes.

La hija del doctor Vázquez sintió el deseo de entrar, de enfangarse, de envilecerse, pero no se atrevió. Con un suspiro prosiguió su éxodo hacia la urbe, que se alzaba en la noche envuelta en un vaho luminoso y estrellada de millares de luces. Empezaban a surgir gentes sospechosas por todas partes. Astrosas vendedoras de amor pululaban por allí ofreciendo a los transeúntes (obreros rezagados, arrieros, chulos y soldados de la guarnición) su marchita mercancía. Algunas veces for-

maban grupos y se les oía discutir a gritos o querellarse en lenguaje carcelario. Cruzóse con una pareja; él era un mozalbete en atavío azul de mecánico, con gorra japonesa de visera y una bufanda clara al cuello; ella una taifa ya madura, muy repeinada y cargada de peinetas de similor, arropada en un mantón alfombrado. Iban muy juntos, y de vez en cuando se detenían para besarse. Más allá, unos soldados rodeaban a una infeliz martirizándola con brutales caricias. Junto a unas tapias, un hombre y una mujer, tirados en el suelo, permanecían abrazados, mientras ella gemía quedamente.

La muchacha apresuró el pasó. Un hombre, un truhán cualquiera.

la detuvo por un brazo. Con voz aguardentosa interrogó:

—¿Has hecho el avío? ¿Cuánto mviyelas^'t ¿Convidas?

María de las Angustias no contestó. Había cerrado los ojos y permanecía inerte, dispuesta a entregarse allí mismo, en medio del camino, sin un grito, sin una protesta. Al ver que no contestaba, el hombre interpretó el silencio por una negativa, y dándole un empujón buscó otra más afortunada. Ella siguió su ruta.

En unas ruinas, unos golfos medio desnudos, comidos de miseria, se calentaban en una hoguera. Eran los tipos clásicos, de achatada y ancha nariz, salientes pómulos y gruesos labios, que mostraban en las muecas canallas los dientes negros

de tabaco, de mercurio y de porquería, mientras los ojos de ratón se achicaban de modo inverosímil.

Arribaba a la ciudad; las calles, empedradas ahora de puntiagudos guijarros, se estrechaban hasta la hipérbole, se empinaban en cuestas inverosímiles, trazaban arcos incongruentes, y a la luz menguada de los mecheros de gas tenían sombras inquietadoras. En las esquinas, miserables mu jerzuelas paseaban taconeando recio y siseaban a los transeúntes o a voz en grito les hacían tentadoras ofertas de deleites. Sin sentir ni miedo ni fatiga, María de las Angustias continuó andando. En un callejón aún más lúgubre que los otros vió unas puertas de cristal iluminadas, y pegó el rostro a ellas.

Era una buñolería; densas nubes de humo llenaban el recinto; un público híbrido de meretrices, de hampones y de mendicantes lo llenaba por completo. En algunas mesas, trotacalles de enharinadas máscaras acompañadas de quevedescas zurcidoras de gustos, departían o se que reliaban con organilleros, timadores y maletas. En otras, trágicos pobres tirados sobre el tablero dormitaban. Tenían los primeros la gracia bárbara de algunos dibujos de Goya; los segundos, la torturada delgadez délos mendigos de Ribera. De improviso, sin saber cómo, surgió una riña. Una de las mujeres levantóse con ademán airado, y comenzó a apostrofar a un chulo. Era bajita, y con la cara tan atrozmente mancha-

da de viruelas, que a pesar del disimulo de los rizos y del estucado, se la notaba. El era un mocetón fornido, cuadrado, de aspecto brutal y avieso. La hembra debía de ser valiente; sin importarla la vigorosa corpulencia de su enemigo le insultaba con saña. Desdeñoso al parecer, aunque un leve temblor de los labios denunciaba la ira contenida a duras penas, la oía él. Al fin no pudo aguantar más, y de un empujón sentóla nuevamente en el banco. Como una fiera a quien azuzan, incorporóse ella, y rápida le dió una bofetada. Entonces sucedió algo infame, repugnante: el chulo cogióla y, después de zarandearla, arrojóla al suelo, y una vez allí hartóse de pisotearla y darla de puntapiés. La mujer alzóse toda cu-

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bierta de sangre, y él, desdeñoso, mientras los demás acudían a auxiliarla, dirigióse a la puerta.

Fué tan rápido, que María de las Angustias no tuvo tiempo de retirarse, y el agresor, al salir, dióse de manos a boca con la espectadora. Contemplóla un momento con atención, y luego ordenó:

—¡Andando!

La hija del doctor Vázquez obedecióle mecánicamente, y sin saber la razón comenzó a caminar a su lado; el hombre creyóse en el deber de explicarle la escena:

—Es una asquerosa, ¿sabes?, que se cree que los hombres estamos para recreo de su cuerpo serrano que malos mengues se lleven... ¡No ha a poquinao una blanca en tres días ! . . .

María de las Angustias ni hablaba ni le escuchaba. No razonaba, no pensaba; era como una bestia sumisa y cobarde que sigue al macho.

Al fin llegaron ante un pasadizo obscuro, húmedo y maloliente. El ordenó.

—¡Entra!

Como ella por un momento vacilase, dióle el chulo con el puño cerrado en las espaldas:

—¡Entra!

Entonces ella obedeció.

Como una ramera, salía ahora todas las noches a prostituirse por los caminos. Eran unas horas de lujuria, de brutalidad y de miseria; unas horas en que se hundía en el fango, en que vivía en la más inmunda abyección, en que su cuerpo sufría todas las torturas físicas y su alma llegaba al límite de las degradaciones. Poseída, brutalizada, despreciada y maltratada por los jayanes, pasaba de mano en mano, temblando de frío y de un deseo sin fondo, como el tonel de las Danaides. Cuan-

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to más ahondaba en las horripilantes voluptuosidades mayor era el abismo en que caía. Y en el trágico espanto de la noche exaltábase en horas de fiebre, de alucinación y de pesadilla. Después, durante el día, su existencia era la de una sonámbula que cruzase automáticamente las salas del hospital o las calles del jardín. De vez en cuando, en medio de una operación quirúrgica a que asistía como enfermera o en el espanto de una crisis de locura furiosa que presenciaba, la impasibilidad del rostro se rasgaba en sus labios con una sonrisa de voluptuosidad, reflejo de no se sabía qué interiores evocaciones.

Aquella noche, que lo era del mes de Diciembre, y harto tempestuosa

EL CASO CLÍNICO 83

y fría, deslizábase María de las Angustias por las veredas del jardín camino de la verja de entrada. Espesos y negros nubarrones volaban por el cielo empujados por huracanadas rachas, y de vez en cuando la luna, más trágica entre las masas de nubes, asomábase pálida y glacial.

Presurosa, arrastrada por aquella fuerza que pesaba sobre ella como un sortilegio, la hija del doctor Vázquez ni veía ni sentía nada. De improviso lanzó un grito y se detuvo. Una garra huesuda y viscosa le sujetaba por un brazo; al mismo tiempo, una voz contenida, pero imperativa, ordenaba:

—¡Calla!

María de las Angustias miró a su

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interlocutor. Jesús, el renegado. Vestía, como siempre, los restos de los talares avíos, pero en sus ojos brillaba una luz misteriosa, y sobre su frente, como sobre la de los apóstoles, parecía temblar la lengua de fuego del Espíritu Santo. Tras breve pausa volvió a hablar. Su voz era grave, con gravedades sacerdotales:

—¡El gran misterio va a realizarse. He descubierto la palabra mági. ca, y el mundo va a dejar de penar. La sangre del Cordero se ha secado: la del Macho Cabrío fertilizará los campos de cizaña. El nuevo Sacrificio ahuyentará la paloma y entronizará el cuervo. ¡Ven!

Fatal, como el agua que lleva el río o como el granizo que cae de la nube, la hembra se dejó llevar, y

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así, de la mano el loco y la poseída, cruzaron el parque y llegaron ante la pequeña capilla que perteneciera antaño a la quinta. Allí Jesús se detuvo, y lentamente dió siete golpes en la puerta, que giró sobre sus goznes, dejando ver a Juan, el idiota.

—¡Entra! —mandó el guía.

Una vez más ella obedeció, y cruzando el atrio penetraron ambos en el recinto sagrado. El espectáculo tenia de horrible y de grotesco. A la luz de cuatro cirios amarillentos que alumbraban el altar veíase la gran cruz de ébano, que se destacaba habitualmente en el centro. Pero los locos habíanle arrancado y vuelto a colocar del revés, y, en horrendo sacrilegio, veíase, en vez de la dulce imagen del Redentor, atado a sus

brazos trágicos, un macho cabrío, que se debatía furiosamente. Dos viejas lunáticas, desgreñadas, los ojos fuera de las órbitas, las bocas llenas de baba, desnudas de pies a cabeza, sostenían la piedra de altar cubierta por un paño negro. En su esfuerzo echaban el busto hacia adelante y eran así dos grotescas cariátides de pechos exhaustos que pendían como pellejos vacíos. Doce o catorce locos, postrados de hinojos y medio desnudos, gemían, tiritaban o lloraban quedamente. Y en la semipenumbra no se veía más que pupilas fosforescentes o manos retorcidas en absurdas imploraciones de misericordia que se destacaban de la mancha sombría como amuletos de cera.

EL CASO CLÍNICO 87

Jesús, el renegado, que había desaparecido, dejando a María de las Angustias en medio de la capilla^ reapareció en la puerta de la sacristía. Habíase revestido con una capa pluvial de damasco blanco robada a los armarios del culto, sobre la que los locos habían pintado figuras nefandas, sanguinarias y obscenas. Sobre su frente, a la manera de esos cuernecillos con que representan a Moisés, habíase sujetado dos cuernos de cabrón. Simón, el mago, y Lázaro, el leproso, completamente desnudos, sostenían con una mano las puntas de la capa, mientras con la otra le incensaban.

Comenzó la ceremonia. De espaldas al altar, el sacerdote trazó una gran cruz con la mano izquierda;

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— En el nombre de Satanás, señor de las Tinieblas; de Belcebú, su único hijo, y del Espíritu del Mal.

Los locos murmuraron:

— jAmén!

Entonces el oficiante salmodió una letanía que era como introducción al sacrificio:

— ¡Satanás, señor de las Tinieblas!...

— i Maldícenos!

—¡Satanás, rey de la Lujuria!...

—¡Satanás, príncipe de las Fornicaciones!...

—¡Satanás, soberbio entre los soberbios!...

— ¡Satanás, que guardas los tesoros de Aladino en el vientre de la Tierra!...

— ¡Satanás, que haces a los hombres destrozarse como fieras furiosas!...

—¡Satanás, que serviste el ban-

quete de Nabucodonosor e hiciste que los israelitas encontrasen insulso el maná del desierto!...

— ¡Satanás, que armaste el brazo de Caín!...

—¡Satanás, que hiciste dormir desnudo a Noé!...

El hierofante postróse un momento en honda genuflexión; después, alzándose, encaróse solemnemente con María de las Angustias:

—En el reloj de la Eternidad ha

sonado la hora proterva de la redención para los hombres engañados por la mentira del Paracleto. Vas a morir, mujer, porque eres maldita entre todas las mujeres. No te importe; de cu vientre virgen va a surgir la gran verdad. ¡Vas a morir!...

La catecúmena pareció recobrar la noción de las cosas.

—¿Morir yo? lOtro día! ¡Otro día!

El la atajó:

—Vas a morir ahora, porque ahora ha de ser.

Entonces acabóella dedarse cuenta de la realidad; un terror súbito rompió el encanto hecho de curiosidad y concentrada lascivia y trató de huir. Pero los locos se precipitaron, sujetándola fuertemente, mientras Simón, el mago, avanzaba ha-

cia ella con un gran cuchillo en la mano. María de las Angustias se debatía furiosamente, mientras con alaridos de horror gritaba:

—¡Socorro! ¡Socorro!

La voz de jesús, el renegado, dominó sus gritos:

—No importa que flaquees ahora. Cristo también flaqueó en la cruz. No por eso el sacrificio será estéril. Ya te dije que sólo el vientre de una virgen podía salvarnos.

Aquellas palabras fueron como un rayo de luz para la hija del doctor Vázquez. Hizo un gesto tan violento, que logró desligarse de sus verdugos, y encarándose con su juez rió sarcástica :

—¡Ja! ¡Ja! ¡El vientre de una virgen!... ¡Pero si yo no soy una vir-

gen; si todas las noches, oís^ todas las noches voy en busca de mi amante! ¡Si esta misma noche me habéis sorprendido cuando iba hacia él.

Como si acabasen de descubrir que sostenían a un leproso entre las manos, los locos soltaron su presa y retrocedieron con un gesto de horror.

El sacerdote se irguió apocalíptico; con voz tonante fulminó:

—¡Atrás, miserable mujerzuela, meretriz inmunda! ¡Tú has nacido en el estercolero y te has prostituído a los viandantes! ¡Tú eres la hija de Eva, que han maldecido los profetas, y no mereces sino cubrir con ceniza tu cabeza y comer deyecciones de perro! ¡Anatema a ti, nieta de Caín!

Los locos se habían arrojado al suelo y gemían:

—¡Anatema! ¡Anatema!

El anatemizador continuó:

— ¡Tú eres la que envileció a David, la que apagó la inteligencia de Salomón, la que perdió a Sansón!... ¡Tú eres la bestia comida de sarna y de lujuria!... ¡Anatema a ti, la del vientre mancillado!

Los locos, postrados, repetían:

—¡Anatema! ¡Anatema!

Jesús siguió:

—¡Tú eres el genio de las fornicaciones, la madre del Dolor y de la Mentira! ¡Anatema a ti y a todos los tuyos!

Los locos gemían siempre:

—¡Anatema! ¡Anatema!

María de las Angustias, aprovc-

chande el impulso de asco, consiguió llegar a la puerta. Allí, Juan, el idiota, le cortó el paso. Mimosa, le acarició la cabeza.

—Anda, Juan, pobrecito, tú que me quieres, ábreme, que ya sabes que yo a ti te quiero mucho.

El idiota rió:

—Me has de dar... de dar... ¡un beso!

Ella le ofreció los labios. Entonces sintió el contacto de la boca blanda y húmeda como una babosa, la flacidez del cuerpo fofo que se moldeaba al suyo y la sarmentosa dureza de los dedos que se clavaban en sus carnes. Al fin consiguió libertarse, y echó a correr.

Desgarradas y manchadas de barro las ropas, despeinado el cabello, manos y rostro cubiertos de arañazos de que manaba la sangre, María de las Angustias llegó al chalet. El portón estaba entornado, como ella lo dejara, y seguramente nadie había notado su ausencia, mucho más breve aquel día. Descalzóse, pues, como hacía siempre, y lentamente comenzó a subir las escaleras, procurando no hacer ruido. En el primer descansillo se detuvo y miró hacia arriba. Súbito sobresalto

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sacudió sus nervios; en su cuarto había luz. Trató de coordinar sus recuerdos, dispersos por las atroces peripecias de la noche. ¿La habrían descubierto? ¿Habría llegado su imprudencia hasta olvidarse de apagar la luz? Como de la habitación no venía ruido ninguno, esto era lo más verosímil, y aunque inquieta, siguió subiendo. Ya ante la puerta tuvo una nueva sorpresa: estaba entreabierta. Sin embargo, no se sentía rumor ninguno, y resueltamente empujóla y entró. Quedóse yerta, petrificada, los desnudos pies clavados en el suelo. ¡El doctor Rodrigo Vázquez estaba allí!

Sentado en una silla, inmóvil, la frente entre las manos, tenía la apariencia de un muñeco de cera. Al

sentirla entrar púsose violentamente en pie y quedaron ambos frente a frente. Pero aquella no era la energía magnífica del doctor Rodrigo Vázquez, su nobleza serena llena de autoridad, aquello no era más que un gesto, una cosa violenta y como superpuesta. En el fondo sentíasele roto, deshecho, acabado, vencido por una flojedad espiritual, como si súbitamente se hubiese distendido los resortes de la voluntad y no fuese más que un pelele sin huesos ni nervios, galvanizado por un capricho macabro. Estaba muy pálido, tan pálido, que en la inmovilidad el rostro parecía una mascarilla de cera; sus ojos estaban turbios, apagados, y la nariz había adelgazado como la de los cadáveres.

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Después de un momento de silencio, el doctor interrogó con voz sombría:

— ¿De dónde vienes?

María de las Angustias no sentía ni vergüenza, ni dolor, ni arrepentimiento. Tan sólo una ira sorda contra el intruso que se atrevía a violar su secreto rugía en su alma, con rugidos que eran deseos de muerte, sordas maldiciones, anhelos de violencias innobles. Logrando dominarse, disimuló:

—Me dolía mucho la cabeza, no podía dormir y salí a dar una vuelta por el jardín.

—¡Mientes!— formuló airado él.

No protestó ni trató de disculparse. Permaneció quieta, desdeñosa.

EL CASO CLÍNICO 101

En el alma del sabio parecía librarse una batalla. Poco a poco, la indignación dejaba paso a un dolor mucho más humano, que hacía revivir los trazos del rostro. Al fin, con voz temblorosa, de emoción, comenzó a hablar:

—¡María de las Angustias, hija mía, ten piedad de mí! ¡Si vieras las horas atroces que he pasado! ¡Si supieras, hija mía, lo que te quiero! Tú has sido mi mayor alegría, la ilusión de mi vida, mi esperanza... ¡Y lo sé todo, todo!

No vió ella en aquellas palabras ni el hondo dolor, ni el afecto apasionado, ni la ternura, que no se atrevía a esperar ya... Vió tan sólo que sabían, que la habían vigilado, que alguien había buceado en el ho-

102 ANTONIO DE HOYOS Y VINENT

n endo misterio de su vida sexual. Con ira desdeñosa formuló:

—¡Me habéis espiado! ¡Qué bonito, qué noble, qué digno de ti!

— No, María, hija de mi alma, no te he espiado. Ha sido mi cariño y la ciencia los que me han puesto sobre alerta, ha sido mi cariño de padre el que me llevó a temer por ti, mi ciencia de neurópata la que me puso sobre la pista de un caso clínico, la que me dijo que eras una enferma,.. Y, sin embargo, no creta; hasta que una noche, al sentirme mal y acudir a ti, hallé tu cuarto vacío, y entonces, la verdad, toda la atroz verdad se me mostró con claridad meridiana. ¡Tú, mi hija querida; tú, la preferida de mi corazón; tú, la que eligiera para seguir mi

EL CASO CLÍNICO 103

obra, eres un caso clínico! Porque no eres una malvada— prosiguió el anciano con hondo desgarramiento de la voz—, ¡eres una enferma, hija mía, una pobre enferma!

Dejóse caer nuevamente en una silla, y ocultó el rostro entre las manos, mientras María de las Angustias se erguía ante él y con feroz sarcasmo reía:

— ¡Ja! ¡Ja! Ja! ¡Un caso clínico! ¡Y tienes el valor de venir a reprocharme tu obra! ¡Yo qué culpa tengo! Sois vosotros, o mejor, tú, tú solo el que me has hecho así. ¡Tú, con tu egoísmo ciego, feroz, disfrazado de altruismo; tú, que has querido vivir en la paz y el bienestar borrando el remordimiento del pasado y el temor del porvenir!... Y ahora, ¿qué

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quieres que le haga yo?... ¡Soy así, y no puedo cambiar!...

—Dios nos ha dado el albedrío para dominarnos. La ciencia nos ampara...

Echóse a reir de nuevo cínicamente.

— ¡Y vivir en un lento martirio para que los demás triunféis en vuestro egoísmo, y pasar las noches en vela consumiéndose en un fuego maldito que nos roerá las entrañas, y agonizar siempre de deseo, y consumirse de ansiedad para que flute la estúpida vanidad de los otros! . . . O ponerse en cura. ¡Ja! ¡Ja! ¡En cura! Ser un caso más en esta ridicula farsa de sanatorio, en que tus locos, tus pobrecitos locos, tan buenos, tan tranquilos, andan a estas

horas por el jardín, dicen misas negras y pretenden asesinar a las gentes... Tu obra no es nada. ¡Tu obra es una farsa ridicula y cruel! No; no seré yo la que caiga en el lazo. Mañana me voy. A los demás les dices... ¡Bah! ¡Ya encontrarás un pretexto con que dejar a salvo tu honra! Aquí se queda todo, hasta tu nombre, que no quiero para nada, y yo seré yo, seré un sér miserable, abyecto, inmundo; un sér del que huirán las personas honradas ha ciendo la señal de la cruz; pero seré yo. Viviré como quiera y donde quiera, y ya que tu ciencia y tus virtudes han hecho de mí una bestia insaciable, viviré como una bestia.

El doctor Rodrigo Vázquez cayó de rodillas ante su hija:

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—María de las Angustias, hija, hijita mía, no hables así! ¡Ten compasión de mí; piensa que tú eres todo para mi vida que acaba, todo para una nueva vida que empieza! Piensa que no soy yo solo, piensa que hay aún alguien que te ama, piensa en Arturo Jonás.

María de las Angustias se exaltó. La antipatía salvaje que ardía en su alma contra su prometido; la antipatía; que más que un sentimiento moral era una repugnancia física, desboi dóse en un torrente de palabras:

-¡Le odio, me entiendes, le odio! ¡Arturo Jonás! ¡Nunca, sabes, nunca sería su mujer! ¡Le odio, le desprecio, me repugna; preferiría a Lázaro, el leproso, o a Juan, el idiota.

El doctor se arrastraba de rodillas e imploraba:

—¡Hija mía! ¡Hija mía!

Habló aún ella, cruel, definitiva, inexorable:

—¡No te canses; no unas la bajeza al resto de miserias! ¡Todo ha acabado!

Entonces, Rodrigo Vázquez se puso en pie, rígido, severo; su brazo se tendió para maldecir; sus labios se abrieron; un temblor violento sacudió su cuerpo; los ojos vidriáronse; la boca se torció en una mueca, y rodó por tierra sin sentido.

Como creyera escuchar un débil gemido, Arturo Jonás alzóse de la butaca en que velaba, y aproximóse al lecho donde el doctor Rodrigo Vázquez agonizaba hacía tres días. Tres dí¿is, con sus noches, llevaba el muchacho allí compartiendo sus angustias entre la agonía del hombre bueno, noble, leal, que le sirviera de padre, y el misterioso drama cuya clave le faltaba. Porque, pese a su fe ciega, absoluta, Arturo adivinaba en el fondo de los raros sucesos algo anómalo, oculto a su

lio ANTONIO DE HOYOS Y VINENT

comprensión por una venda que no acababa de caer de sús ojos.

Sus ojos ahora escrutaban ansiosamente el rostro del moribundo. Demacrado, inmóvil, cerúleo en el marco de cabellos de plata, sólo los ojos vivían. Era inútil que médicos y amigos afirmaran que había perdido el uso de las facultades; él conocía mejor que nadie al maestro, y sabia que vivía. Aquellos ojos no habíajn muerto; en ellos temblaba un dolor tan punzante, una tal angustia, tan maceradora tristeza, que no podía ser mueca de la enfermedad, sino que forzosamente era reflejo de una gran pena intensa. Precisamente en aquella mirada había adivinado Arturo el drama ignorado. A decir verdad, no era sólo en

aquellos ojos donde leyera una página borrosa, sino también en la misteriosa actitud de María de las Angustias.

Fría, hermética, sin una lágrima ni un gesto de pena, había permanecido los tres días junto al lecho del enfermo, como antes permanecía junto a los pobres de la clínica. Y al llegar la noche retirábase a su habitación para reaparecer de madrugada, siempre glacial, inabordable. Arturo Jonás no sabía qué hacer con ella. Había procurado consolarla con palabras llenas de afectuosa ternura; pero sentía que sus razones caían en su espíritu como gotas de agua en un cristal, resbalando sin dejar huella. Al fin optó por el silencio, y permane-

112 ANTONIO DE HOYOS Y VINENT

cían frente a frente, en una extraña guardia.

Hacía un rato que María de las Angustias, sin una palabra, sin un ademán de adiós, había partido. Sobre la alcoba pesaba un silencio luctuoso, sólo interrumpido por el leve jadear del moribundo. Misteriosas sombras de dolor, de locura y de muerte parecían poblar el cuarto. En los muros, blancos y fríos de celda conventual, un Nazareno abría sus brazos trágicos sobre los gruesos maderos de ébano. Sobre una mesita, frascos con medicamentos que esparcían violento olor; junto a ellos, en un vaso de porcelana, ardía una lamparilla. A su temblorosa claridad la figura del doctor Rodrigo Vázquez tenía estremecedoras

EL CASO CIJnICO

apariencias de muñeco de cera. El rostro, enjuto, anguloso, surcado de hondas arrugas, permanecía inmóvil, sin que ni el más leve estremecimiento lo agitara. Los labios, entreabiertos, se amorataban en el marfil de la faz, y la nariz afilábase hasta hacerse casi transparente. Bajo las ropas del lecho el cuerpo destacábase sarmentoso, con una rigidez tal que evocaba ciertas estatuas yacentes de un arte primitivo. Toda la vida, pues, parecía refugiada en los ojos. ¡Ah, el punzante, el angustioso, el tremendo dolor de aquellos ojos moribundos! El alma, más fuerte que la ataxia del organismo, a que está ligada, gritaba en ellos su dolor, aullaba el espanto de la tortura inverosímil. Era una mi-

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rada aquélla... No puede expresarse con el léxico común todo el sufrimiento, todo el martirio, todo el anhelo que vivía en las pupilas trágicas.

Arturo Jonás, ante ellas, sentía alzarse terrorífica la interrogación que tantas veces rechazara como una infamia cobarde. En la clarividencia de aquellas horas de interminable espera el misterio llegaba a transparentarse de tal modo, que sentía que bastaba un esfuerzo para saber. Y por encima de todo, del drama ignorado, del silencioso padecer del maestro, de un misterio raro que parecía envolver a los pobres dementes ahora, sentía que ñotaba una imagen única^ una imagen que era como esos mitos de los vie-

jos libros sagrados o esos «misterios» de la religión católica, porque era todo y nada: María de las Angustias.

¿Qué secreta conexión establecía entre la hemiplejía que atacara al doctor Y la misteriosa fuerza magnética que había en su hija? ¿Qué nexo, entre el hermetismo de ésta y aquella vida interna de adivinación y lúcida fantasmagoría que sin saber sabía que se desarrollaba en el obscuro caos espiritual de los locos? ¿Qué tenía que ver la muerte del sabio con la inabordabilidad de su hija, con la clarividencia de Simón, el mago, y con el recato de la noche? Y era en vano que rechazara sus pensamientos por descabellados y absurdos, y no menos en vano que

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se acusase de desleal y malvado; la idea, fija como un moscón pesado, obsesionante, volvía siempre a zumbar en su cerebro.

Para ahuyentarla alzóse de la silla que ocupaba junto al lecho y fué al balcón. En el cielo azul zafiro brillaba, dorada, rojiza, una luna nefasta. A lo lejos, teatral, la ciudad acusaba enérgicamente sus perfiles y veíanse destacarse puntiagudas las torres de los campanarios sobre el fondo heráldico manchado de lises de plata. El parque, inmenso, sombrío, tendíase a sus pies rodeado de altas tapias, y más allá, lúgubres y temerosos, los suburbios de la capital. Por primera vez en su vida serena y fría, de sabio que no ve sino lo que tiene que ver, dióse cuenta

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del pulular de gentes sospechosas, del ir y venir de tipos ambiguos; con curiosidad creciente contempló la fauna del hampa, observó sus movimientos, las masas confusas, los acoplamientos imprevistos... Por encadenamiento de ideas, la vida de fuera parecióle que invadía el jardín de «El Reposo» y que todas aquellas cosas malsanas y calenturientas se asentaban allí. Y por absurdo fenó meno anímico, asoció, sin quererlo, a las imágenes lúbricas o groseras, la nobilísima de María de las Angustias, la repulsiva a Sara, la estrafalaria de Simón.

Súbitamente se creyó oir débil quejido que venía del lecho del doctor, y corrió a él. A la vacilante claridad de la lamparilla vió que el ros-

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tro se descomponía, que la carátula de cera fundíase en crispaciones de sufrimiento, mientras el sudor perlaba la frente. Entonces, enti e fatigoso jadear, oyó que el enfermo gemía:

— jMaría de las iVngustias! ¡María de las Angustias !

Arturo alzóse rápidamente para correr a buscarla; pero el doctor, vencida para morir la parálisis, hizo con una mano ademán de detenerle:

— iEscucha!

Entonces Arturo Jonás sintió miedo. Comprendió que iba a saber, que el velo se rasgaría ante sus ojos, y cayó de rodillas junto al lecho del maestro agonizante.

Con voz apenas perceptible, con

VOZ que era como un soplo de ultratumba, habló éste:

— i\rturo, hijo mío, me muero; pero antes quiero que sepas la verdad, ¡la atroz verdad!...

Calló otra vez, oprimido por estertores agónicos.

A lo lejos, en la paz religiosa de la noche, se oyeron gritos confusos:

Un perro, agorero, aulló.

El doctor Vázquez fué diciendo su cruel quebranto:

—Hay verdades atroces, hijo mío; verdades tan impías, tan terribles, que hacen vacilar nuestra fe y tambalearse nuestras creencias, y de cuyo espanto sólo podemos librarnos abrazándonos muy fuerte, muy fuerte, con toda nuestra alma, a 1^

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pesada cruz que Dios nos ha dado para redimirnos.

Hubo Otra pausa, en que volvieron a escucharse los lúgubres aullidos del can y los gritos estridentes que desgarraban la nocturna serenidad.

Cada vez más débil la voz, Rodrigo Vázquez continuó:

—Toda mi vida ha sido un continuo esfuerzo hacia la perfección; toda mi existencia la he empleado en hacer el bien. No he tenido más que un sueño, un sueño de redención y de amor. Después de mi muerte (ni aun la muerte me asustaba en la tranquilidad del deber cumplido), mi esperanza y mi ilusión era que tú y María de las Angustias prosiguiéseis mi obra... Y cuando la hora sonaba ya...

La voz se rompía, se hacía intermitente, como un hilo de agua que se extingue. La luz de la inteligencia que brillaba en los ojos se apagaba. Al razonar, sucedía, entre estertores, jadeos y gemidos, un balbucear incoherente:

— ... María de las Angustias... las noches... los locos caso clínico... la muerte... yo, yo... culpable... inmundicia... horror...

E irguiéndose, los ojos dilatados de espanto, las manos crispadas sobre las ropas, gritó con voz ronca:

—¡María de las Angustias! ¡María de las Angustias!

Arturo se precipitó al pasillo:

— ¡Sor Filomena! ¡Cayetano! ¡Ramón! ¡El doctor se muere!

Y sin esperar la llegada de los en-

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fermeros, corrió en busca de la muchacha.

Ante la puerta de su cuarto se detuvo. Por encima de la angustia de aquellos momentos, dominando el dolor de la muerte del maestro que con él hiciera las veces de padre, sobresalía una idea fija. ¿Iría a saber? ¿Estaría tras de aquella puerta la clave? Llamó primero débilmente, luego más fuerte:

—¡María de las Angustias!

Nada. Empujó la puerta, que no opuso resistencia, y entró. La- luz ardía, y a su resplandor amarillento, el cuarto mostrábase, frío, hostil, impersonal, como esas habitado nes de tránsito en que nadie vive su verdadera vida. La cama, intacta. ¡En su cuarto no estaba! Buscó en

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el comedor, en el salón, en la terraza... ¡nada!

Entonces salió al jardín; tornó a llamar:

—¡María de las Angustias! ¡María de las Angustias!

Nada tampoco. Oteó en la obscuridad. Nuevamente llegaron a él gritos lejanos, cantos extraños... Decidido a encontrarla, aventuróse por las calles de arbustos.

Una luz de plata envolvía todas las cosas y prendía silfos de los cálices de las flores y bañaba genieciUos en las gotas de rocío.

Caminaba a la ventura, nervioso, angustiado, y de vez en cuando se detenía para llamar:

—¡María de las Angustias! ¡María de las Angustias!

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¡Todo inútil! Si en un momento dado creía ver una sombra deslizarse entre los árboles, al tratar de aproximarse la sombra brincaba y desaparecía, huyendo como esos alucinantes personajes que viven en los bosques de pesadilla.

Al dar la vuelta al laberinto vió una hoguera que brillaba a lo lejos, y oyó voces que salmodiaban cosas incomprensibles.

Eran voces agudas, estridentes, que gritaban raros conjuros e imprecaciones bíblicas:

—¡Hosanna! ¡Hosanna! ¡La Bestia ha muerto! ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Hemos matado a la Bestia!

¿Estaría allí?

Según se aproximaba, las llamaradas se hacían más intensas, los

gritos más agudos. ¡Los locos! Ni por un segundo pensó Arturo Jonás en cómo podían haber salido, ni cómo sin que los enfermeros se diesen cuenta podían estar en el jardín. Todo, aun lo más absurdo, lo más inverosímil, parecíale cosa fácil y hacedera. Lo único que se le ocurrió con certeza inquebrantable es que María estaba allí.

Los gritos redoblaban:

—¡La Bestia ha muerto! ¡Hosanna! ¡Hosanna! ¡La ramera hija de Gomorra ha muerto! ¡Aleluya! ¡Aleluya!

Entonces Arturo sobrecogióse de espanto y hechó a correr hacia el bosquecillo de donde salían los gritos.

Estos hacíanse imponentes.

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—¡Hosanna! ¡Hosanna! ¡La Bestia inmunda, comida de miseria y de lujuria, ha muerto!

Y las voces aullaban:

— ¡Aleluya! ¡Aleluya!

Ocultándose entre los árboles llegó cerca del lugar que ocupaban los dementes, y tuvo que detenerse, agarrándose a las ramas de un árbol, para no caer.

Era algo espantable, un cuadro de aquelarre, una evocación diabólica, una pesadilla obsesionante y grotesca, algo que hacía vacilar la razón. En torno de la hoguera, medio apagada, bailaban una danza calenturienta los miserables huéspedes de la mansión del dolor, mientras cantaban siempre:

—¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡La Bestia

inmunda, la ramera sarnosa, la meretriz roída de lepra, ha muerto! ¡Aleluya! ¡Aleluya!

De vez en cuando deteníanse, y la voz de vSimón, el mago, entonaba litúrgica:

—¡Hosanna! ¡Hosanna! ¡Él Demonio de las Fornicaciones ha descendido a los Infiernos!

Y todos chillaban a coro:

—¡Aleluya! ¡Aleluya!

Unos, fofos^ inarticulados como muñecos de trapo; otros, rígidos, violentos como juguetes mecánicos; algunos, torpes como niños en la cuna; los más, ágiles como monos. Había cojos que daban grandes saltos grotescos; jorobados como ridículos simios que hacían muecas obscenas, y ciegos que con grandes

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gestos inútiles azotaban el vacío, mientras sus ojos de bruñido jaspe lloraban purulentos. Había manos anchas, torpes y viscosas como patas de palmípedo; brazos desarticulados; piernas larguísimas; muñones asquerosos; caras flacas, espiritualizadas como las de los hidalgos del Greco por la llama que ardía en las pupilas, y caras redondas, fofas, tumefactas, comidas de costras; miradas aviesas, crueles, en que se asomaba el alma del marqués de Sade, de Gilíes de Reís y de la Brinvillers, y caras de estúpida beatitud que debían tener en su genealogía al Bobo de Coria. Y todos aquellos monstruos, las bestias humanas, los ex hombres, las larvas insexuales, los fetos

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y los cadáveres, danzaban, entonando siempre:

—¡Hosanna! ¡Hosanna! ¡La Bestia ha muerto!

En uno de los vaivenes quebróse el círculo, y Arturo Jonás sintió erizársele el cabello y un sudor helado correrle por la frente. ¡Sobre la hoguera, medio apagada, yacía el cadáver de María de las Angustias!

Toda desnuda, desgarrada, ensangrentada, mancillada por todos los ultrajes, carbonizada a trozos; conservaba, sin embargo, una belleza maravillosa que la hacía parecer uno de esos viejos ex votos que ardieron en las hogueras de la Santa Inquisición.

Y en torno del cuerpo los locos danzaban siempre.

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El hierofante salmodiaba: —¡La Bestia de inmundicia y de pecado ha muerto! Y el coro:

—¡Hosanna! ¡Hosanna!