El castillo del fantasma · Capítulo real 7 de 12

ESCENA XIII

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 3 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

ESCENA XIII.

FRANCESCO, SPOLETTO.

Franc. Oh! Cuánto he necesitado contenerme! ¡Qué cambio tan

FíU.NC,

repentino! ¡Cuando ya contaba con la mano de Estela... con la corona de Ferrara... todo desaparece ante mis ojos, como un sueño, como una ilusión de mi fantasía acalorada! ¿Y he de perder para siempre esa felicidad de que he estado tan cerca? No, y mil veces no! Hermano mió, tú me arrancas una corona... puede ser que te cueste la tuya! (ai monje.) Spoletto!

(Acercándose y echando atrás la capucha.) Principe...

Ven acá. ¿Qué me has dicho á tu vuelta de Venecia? Señor!.,.

No me decías que Paolo estaba vendido á sus enemigos, que no podia dar un paso sin caer en una emboscada, y que no había para él salvación posible ni humano recurso?

Así me lo hicieron creer.

Y sin embargo, vuelve vencedor el que yo creia muerto! y vuelve para casarse con Estela; para arrancarme todas mis ilusiones, todas mis esperanzas! Spoletto, me has engañado como un miserable! Monseñor, todos hemos sido engañados: su valor heroico ha sabido triunfar de las asechanzas mejor dispuestas.

En adelante sólo me fiaré de mí mismo! (Pausa.) Necesito seis hombres determinados... seis hombres capaces de emprenderlo todo. ¿Vle has entendido? Sí, monseñor.

Los conoces tú? Puedo contar con ellos? Conozco uno, que él sólo vale por seis; buscaré otros cuatro, y yo...

Habéis de estar mañana, al oscurecer, en el bosquecillo que hay detrás de la Abadía de San Giácomo. Allí estaremos.

Si te preguntan por cuenta de quién van á trabajar, les darás el nombre del duque Humberto, el hermano del duque de Ferrara, tio de Estela. Basta, monseñor. Ya sabes lo que te he prometido, y te cumpliré, cuando

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me encuentre sin obstáculos. Ah! se me olvidaba: envíame á tu hermano el médico del convento. Spol. Vendrá; ya sabéis que, como yo, es un esclavo de vuestra alteza.

FRANC. Alguien Viene... (Cambia de tono, y Spoletto vuelve á cubrirse

con la capacha.) Id con Dios, hermano, y que se cumpla la voluntad divina, (váse Spoletto.)

ESCENA XIV.

FRANCESCO, BEPPO.

Franc. Qué traes, Beppo?

Beppo. Que toda la corte está rebosando de alegría! ¡Pues y los novios! Corre y verás como también te diviertes. Sólo tú faltas allí para que sea completo el regocijo.

Franc. Déjate de bufonadas y escúchame, voy á hablarte de un asunto muy serio.

Beppo. Siendo así, tomemos la cosa por lo grave: habla, ya te escucho.

Franc. Te acuerdas de un dia en que te rescaté de aquel pirata turco, que iba á hacerte morir á palos?

Beppo. (Rascándose ia espalda.) Me acuerdo. Esas cosas no se caen nunca de la memoria, y mucho menos de... cuando se conservan señales.

Franc Qué me juraste entonces?

Beppo. Obedecerte ciegamente en todo y por todo.

Franc Sin tratar de inquirir mis intenciones.

Beppo. Como un perro.

Franc En tu clase de bufón te creen idiota, y quiero que lo seas para todo el mundo.

Bkppo. Como hasta aquí.

Franc Pues bien, óyeme para que obedezcas puntualmente mi mandato.

Beppo. Te escucho.

Franc Mañana por la mañana... que nadie entre en mi aposento... más que tú sólo.

Beppo. Yo sólo.

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Que esté yó, que no esté, no dejarás entrar á nadie, y dirás á todo el mundo que estoy indispuesto, y que tengo necesidad de reposo. Entiendes? Sí.

Que bajo ningún pretexto quiero que nadie entre á molestarme. Nadie.

El médico del convento vecino, á quien he enviado á llamar, es el que lo manda. ¿Estás enterado? Sí.

Pues bien; allá veremos como te portas. No quiero que nadie me vea. Excepto yo... ¿eli? Es que... no estaré aquí. Entonces, tampoco hay miedo de que yo te vea. Si ejecutas bien mis órdenes, te regalaré cien escudos de oro; si no, te volveré á entregar al látigo del pirata. (ap.) Ahora vamos á hacer el papel de humilde subdito. Mañana, hermano mió... veremos quién es el soberano! (Váse por el fondo.)

(viéndolo salir.) Prefiero los escudos . Conque es decir, que mañana por la mañana seré enfermero... sin enfermo. No me matará el trabajo. (Música, ruido y cañonazos fuera.) Entre tanto, vamos á tomar parte en la fiesta.

MUTACIÓN Á LA VISTA

Aparece la gran plaza, del palacio ducal, adornada de trofeos y banderas. En el fondo un tabladillo, cubierto de ricos tapices y colgaduras brillantes, donde estarán sentados el Duque, la Duquesa, Estela y después Francesco, quedando al lado de esta un sillón vacío; en segunda fila, Antonio con las damas y caballeros de la corte. Una música marcial anuncia la llegada del ejército victorioso, que entrará precedido de heraldos üe armas. (Donde pudiere ser, á caballo.) En seguida, entrarán los soldados de^ Gran Duque con banderas desplegadas, y al frente de ellos e Príncipe Paolo, á caballo. Varias jóvenes del pueblo le arroja

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flores. El príncipe echa pié á tierra después de saludar á sus padres, y sube al balcón, donde se sienta al lado de Estela. Retiran el caballo del príncipe; los soldados forman en dos frentes, y el pueblo empieza un baile, concluido el cuál, cae e telón entre vítores y aclamaciones.

FIN DEL ACTO PRIMERO

ACTO SEGUNDO.

Interior de una cabana de pescadores. La puerta del fondo da á una de las orillas del Mincio; á la derecha, una escalerilla de tres ó cuatro peldaños, que da á un departamento destinado á dormitorio; en lugar conveniente, una mesa y varias sillas toscas.

MARTA, componiendo unas redes; PIETRO, qne entra por el foro.

Pietro. Di, hermana, está ya la red compuesta?

Marta, ten un momento concluyo.

Pietro. Pues despáchate, que el tiempo está muy hermoso, y nos promete una buena pesca para esta noche. Á la hora que es, no creo que venga ya nadie con ánimo de pasar el rio en nuestra barca; y en último caso, si viniere alguno, puede pasar en la otra, que está bien cerca.

Marta. Siento que te vayas tan pronto; porque no quisiera quedarme sola.

Pietro. Tienes miedo?

Marta. Miedo... precisamente, no; porque desde que el duque Guido de Gonzaga ha vuelto á reinar en Mantua, hay más seguridad que otras veces; pero como una pasa

aquí una vida tan triste!... Y gracias á tí; que si no, al cabo de más de diez años que mi marido me dejó abandonada ..

Pietro. Lástima que no eches de menos á tu Luigi! El tal mozo era una alhaja que no tenia precio: jugador, borracho, holgazán, y... lo que por sabido se calla.

Marta. A y, hermano! ya sabes que después de la muerte de aquel pobre niño, se habia enmendado mucho; seguia algunas veces mis consejos, y dejamos la hostería para comprar una casita de labor cerca de esta ribera, donde ya empezaba á tomar gusto al trabajo; pero nuestra mala suerte hizo que un desbordamiento del rio nos dejase otra vez arruinados, y entonces, el pobre se fué á otra parte á probar fortuna, y quién sabe lo que le habrá sucedido?

Pietro. Todo ello no fué más que un castigo de Dios; porque los bienes mal adquiridos á nadie aprovechan; y como todo aquello se compró con el dinero del mercader Astolfo á quien engañó tan villanamente entregándole, en vez de su hijo, el pillastre que se lo acababa de asesinar...

Marta. Es cierto; y lo hizo bien á pesar mió.

Pietro. Ya lo sé. En cuanto á tu esposo, no tengas pena: habrá vuelto á su antiguo oficio de bandolero; y si ha muerto, como es probable, habrá sido en algún puesto elevado, sin tocar con los pies al suelo., y suspendido por la garganta.

Marta. No lo quiera Dios! (Afligida.) Al fin era...

Pietro. Reza por él en buen hora; pero no le llores delante de mí, porque no lo puedo llevar en paciencia.

Marta. Ya está la red.

Pietro. (Recogiéndola.) Ea, pues adiós, hasta mañana; y no hay que afligirse. Ya sabes que tu hermano no te abandonará mientras Viva. (Váse Pietro por la puerta del foro; se le ve entrar en una barca y desaparece remando por la izquierda.)

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MARTA, después FRANCESCO.

Marta. ¡Qué recuerdos, Dios mió! No puedo borrar de mi memoria la muerte de aquella pobre criatura! Luego... el engaño de Luigi á su padre... Creo que aquella acciou es la que nos ha traído tantas desgracias. Quiera Dios que Francesco,que si vive, ya será un hombre, sea tan bueno para el que se cree su padre, como perverso, y cruel era cuando niño.

FllANC. (Presentándose en la puerta de la cabana embozado y con un antifaz que le cubre la mayor parte del rostro.) DÍOS OS guarde

buena mujer!

Marta. (Asustada.) Cielos! un hombre enmascarado!

Franc. No os asustéis: mi seguridad personal me obliga á viajar de esta manera, ¿Queréis decirme cómo se llama este país?

Marta. El Valle desierto.

Franc Le cuadra bien el nombre; no he encontrado un alma en el camino. Decid: ¿no habita en esta cabana el barquero encargado del pasaje del Mincio?

Marta. Sí, señor; pero no esperaba ya á nadie, y se ha ido á pescar.

Franc. ¿Volverá pronto?

Marta. No lo espero hasta por la mañana.

Franc Y no hay otra barca por aquí en que poder pasar el rio?

Marta. Sí, señor: más arriba hay otra, detrás de esas rocas que se ven desde la puerta.

Franc. Y es vuestra también?

Marta. Sí, señor.

Franc. Pues la tomo para mí por toda la noche, y os voy á pagar adelantado. (Sacando dinero de su escarcela y entregándolo á Marta.) Estáis contenta?

Marta, Cómo no, si me pagáis mucho más de lo que vale? Pero...

í^ranc No hay que hacerme preguntas. Traed un poco de vino para unos compañeros á quienes aguardo.

.Marta. Os daré todo el que hay en casa, aunque no es mucho, y avisaré al barquero que esté prevenido. (Ap.) ¿Quién será este hombre? (Váse.)

ESCENA IH.

FRANCESCO, después SPOLETTO en traje militar.

Franc Preciso es que se detengan aquí antes de pasar el rio. Veremos si esta vez logra escapar de mis manos.

SpOL. (Que entra recatándose y mirando á un lado y áctro.) CreO que

es esta la cabana del barquero...

Franc (Quitándose la máscara.) Estoy solo, puedes hablar.

Spol. Monseñor, he seguido paso á paso vuestras instrucciociones; y dejando á un lado la cogulla y disfrazado con este traje, me presenté á vuestro hermano, el príncipe Paolo, diciéndome enviado del duque de Ferrara para formar parte de la escolta de la Duquesa, como práctico en el camino. Á algunas millas de aquí le pedí permiso para adelantarme y venir á la orilla del Míncio á tener dispuesta una barca para el pasaje de su alteza y de su comitiva.

Franc La barca la tengo, ya á mi disposición, y se la echará á fondo si es necesario. ¿Traes mucha delantera?

Spol. Media hora, según mis cálculos.

Franc ¿Y los hombres que me habías ofrecido?

Spot.. Se hallan muy cerca de aquí, esperando mis órdenes; pero el jefe no se decide á obrar sin tener antes con vos una entrevista.

FRANC Dile que Venga. (Vuelve á ponerse la máscara, mientras sale Spoletto por el foro, y entra á los pocos momentos seguido de

Luigi.) Me hace sospechar.... Qué demonios tendrá que hablar conmigo ese hombre? En fin, ya lo veremos. Sea lo que quiera, estoy seguro de que es imposible que me conozca.

DICHOS, LÜIGI.

(Entrando con Luigi por el foro.) PCT aquí, Camarada. (Saludando á Francesco.) Buenas noches, excelencia.

(Á Luigi.) Buenas noches. (Á Spoietto.) Ten cuidado si

Viene alguien. (Spoietto va y viene al foro en actitud de espiar.) (Á Luigi ) ¿Te han dicho ya lo que se espera de tí y de tus compañeros?

Creo que se trata de robar una joven á la escolta que ha de conducirla á este sitio...

Y herir de muerte, ¿entiendes? de muerte, al joven caballero que la acompaña.

Comprendido: enamorado celoso, marido ultrajado ó libertador de la inocencia; ese es asunto vuestro, y en que yo no tengo que mezclarme; sólo que encuentro

una pequeña dificultad, ó dos, mejor dicho.

Veamos.

Según lo que el amigo Spoietto me acaba de decir, l¡i

escolta se compone de ocho hombres, sin cootar con el

joven señor, y nosotros no somos más que cinco; lo

Cuál viene á hacer próximamente uno contra dos.

Tienes miedo? Me habían dicho que tú sólo valias por

seis.

Eso es según y conforme.

No te comprendo.

Toma! Quiero decir que cuando la recompensa es proporcionada al peligro...

Ó en otros términos, que dándote seis veces la cantidad

prometida...

Tendría seis veces más resolución; es una cosa bien

clara.

(Sacando un bolsillo de su escarcela y entregándolo á Luigi.) T0-

ma, pues.

(Guardándolo é inclinándose con respeto.) Veo qiie Vuestra

excelencia comprende perfectamente los negocios.

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Franc. Estamos conformes?

Lüici. Todavía no.

Franc. ¿Qué más quieres?

Luigi. Deseo conocer, no precisamente el nombre de la persosona á quien queréis enviar al otro mundo, que eso no es cuenta mia, sino sólo el de quien me manda trabajar.

Franc. Spolelto ha debido decírtelo.

Luigi. Sí, pero eso no me basta.

Spol. (Acercándose.) Cómo es eso? Desconfias de mí?

Luir,!. Lo has acertado. (Á Francesco.) Sí, señor: vuestra máscara en estos momentos no puede explicarse más que por dos razones.

Franc Cuáles son?

Luigi. El temor de exponer el rostro á las picaduras de los mosquitos, que por aquí no faltan, ó el de ser conocido más tarde.

Franc. Puedes elegir entre las dos, la que quieras.

Luigi. "Voy á ser franco: á mí se me paga para que sea prudente: ya lo he sido una vez en un negocio parecido, y me ha costado diez años de prisión en Venecia, lejos del mundo y de mi pobre mujer, que quizás habrá muerto. En los diez años no pude decir esta boca es mia, porque no tomé bien mis precauciones. Si hubiese conocido al que me mandó trabajar, cuidado suyo hubiera sido el sacarme á salvo, para que no cantara en el tormento; pero como estaba seguro, no quiso tomarse esa molestia. Ahora bien: como el gato escaldado huye del agua fría, es preciso que yo os conozca; y por consiguiente, que os quitéis Ja máscara.

Franc. Ahora nada tienes que temer; y pues es preciso hablar claro, te diré que obras por cuenta del príncipe Humberto, hermano del duque de Ferrara, que soy yo.

Luigi. Y quién me asegura?...

Franc. Mi palabra.

Luigi. Perdonad: ¿y de vuestra palabra?

Franc. El dinero que te acabo de dar, y el que te daré después, si cumples como debes.

Luigi. (Ap.) Nos contentaremos por ahora, sin perjuicio de tomar mis precauciones, (auo.) Estoy dispuesto.

Franc. (Señalando á Spoietto.) Este te explicará lo que has de hacer cuando llegue la escolta. Procura ocultarte bien con tus compañeros.

Luigi. Oh! en cuanto á eso no tengáis cuidado; tengo un escondite, donde ni con hurón... Yo valgo según se me paga, y soy un hombre que trabajo siempre á conciencia. Me voy á mi escondite con los mios, y hasta que oiga la señal... Hasta más ver. (Saluda y váse.)

Franc. Tú, Spoietto, espera aquí la escolta, y calcula si es necesario dividirla. Yo voy á pasar con la barca al otro lado, para quitarles ese recurso; y cuando vuelva...

Spol. Ya estaréis libre de enemigos.

Luigi. Os acompañaré hasta la barca, y luego esperaré la señal en mi escondite.

Franc. Mi caballo está rendido. ¿Tienes alguno dispuesto para mi pronto regreso á Mantua?

Spol. Ligero como el relámpago. Podéis estar de vuelta en palacio antes que amanezca el dia.

Franc. • (Dándole la mano.) Adiós, pues, y valor!

Spol. Descuidad, que vuestra fortuna está en buenas manos.

(Vánse Francesco y Luigi.)

SPOLETTO, después MARTA, después ANTONIO.

Spol. Si sale bien el golpe, quedará sujeto á mi voluntad, y yo seré el verdadero gran duque de Mantua.

MARTA. (Entrando con botellas y vasos, que pone sobre la mesa.) Aquí

está, señor... Galla! no está aquí... Spol. Quién? Marta. El hombre enmascarado... á no ser que fuerais vos...

Pero no, ni esa voz, ni ese cuerpo... Spol. Que sea yo, que sea otro, buena mujer, es igual, si me

encargo de pagároslo.

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Marta. Llegáis tarde, porque ya me ha pagado el otro.

Spol. En hora buena. (Ruido fuera.) Pero ese ruido... voy á ver... (Se dirige al foro.) Oh! Aquí viene y la escolta! Y viene con ellos Antonio! El más fiel servidor del duque! Habrá salido más tarde de Mantua! ¿Qué querrá decir esto?

ANT. (Entrando, seguido de algunos hombres de aimas.) En efecto,

aquí es.

Spol. Pues vos no veníais antes en la escolta dei príncipe.

Ant. Le he alcanzado por orden de su padre con algunos hombres más de refuerzo.

Spol. Qué novedad?...

Ant. Sabiendo que habían vuelto á aparecer en este país algunas partidas sospechosas, el Gran Duque ha tomado esta determinación. Seis hombres se han quedado para acompañar á las damas de la Duquesa, que vienen en litera, y los príncipes han preferido venir á caballo con nosotros.

Spol. Según eso la escolta se compone ahora?...

Ant. De doce hombres bien armados.

Spol. (ap.) De doce hombres!... No parece sino que el infierno!... La lucha es demasiado desigual!

ANT. Aquí están ya los príncipes. (Viéndolos aparecer eu la puer-

ta del forc y saliendo á su encuentro.)

DICHOS, PAOLO, ESTELA y soldados hasta el número de seis.

Paolo. (Á, Estela.) Cuan feliz soy, viéndoos á mi lado; pero temo que el fresco de la noche y la fatiga del viaje alteren vuestra salud, para mí tan preciosa.

Estela. Nada temáis; quiero ser para vos una digna compañera, (Sonriendo.) y así empiezo á participar de vuestros peligros.

MARTA. (Que ha permanecido á una distancia respetuosa. Ap.) EstOS

sin duda serán los viajeros que el otro esperaba. (Din-

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yéndose á Estela.) Aunque poco puedo ofreceros, señora, si necesitáis de mis servicios...

Estela. Gracias.

Paolo. (á Espoietto.) ¿Tenéis ya dispuesta la barca?

Spol. He llegado tarde, monseñor: no habia más que una y han dispuesto ya de ella.

Marta. Pues qué ¿no era para estos señores? ¡Cuánto lo siento! sobre todo por esta hermosa dama. Á haberlo sabido, no se la hubiera llevado el otro, el de la máscara, que me causó un miedo...

Ant. ¿Un hombre enmascarado... por aquí. .. á estas horas?

Spol. Alguna avemura galante.

Ant. Quisiera yo que sus altezas continuasen el camino sin detenerse. No hay otra barca?

Marta. No hay ninguna más. La otra está algo lejos, y no es muy seguro el paso.

Ant. Pudieran traerla aquí?

Spol. Á no ser que su alteza quisiera enviar algunos hombres...

Paolo. Iré yo mismo, y veré si conviene mejor esperar hasta mañana.

Estela. Me permitiréis que os acompañe? Paolo. De ningún modo, querida Estela; y pues que hay que volverá este sitio, os incomodaríais inútilmente. Vale más que descanséis un poco, mientras llegan vuestras damas. (Á Marta.) Tenéis alguna habitación en que pueda descansar esta señora?

Marta. La mia (Señalando ia de la escalera.), que aunque humilde y pobre, gracias á Dios, está limpia y aseada.

Paolo. No puede haber peligro alguno, dejando aquí una parte de la escolta. (Á Antonio.) Elegidme algunos hombres que me acompañen.

Estela, (á Paolo.) Que no tardéis mucho. Paolo. Vuestro amor me hará regresar muy pronto. Estela. Hasta luego, (váse con Marta.)

Paolo. Hasta luego. Venid, Antonio; y vos (Á spo!etto.) no os separéis de aquí, ni dijeis de vigilar un instante, fváse

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con Antonio por el foro derecha. Al abrir la puerta se ve el Míoeio iluminado por la luna.)