El clavo · Unidad 5 de 5

PRÓLOGO — parte 4

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--¡Podría con una sola palabra arrastrarlo al abismo en que me ha hecho caer! ¡Podría arrastrarlo al cadalso, a fin de que no se quedase en el mundo, para maldecirme tal vez al casarse con otra! ¡Pero no quiero! ¡Callaré su nombre, porque me ha amado y le amo! ¡Y le amo, aunque sé que no hará nada para impedir mi muerte!

El juez extendió la mano derecha, cual si fuera a adelantarse...

Ella le reprendió con una mirada cariñosa, como diciéndole: «¡Ve que te pierdes!»

Zarco bajó la cabeza.

Gabriela continuó:

--Casada a la fuerza con un hombre a quien aborrecía, con un hombre que se me hizo aún más aborrecible después de ser mi esposo, por su mal corazón y por su vergonzoso estado..., pasé tres años de martirio, sin amor, sin felicidad, pero resignada. Un día que daba vueltas por el purgatorio de mi existencia, buscando, a fuer de inocente, una salida, vi pasar a través de los hierros que me encarcelaban, a uno de esos Ángeles que libertan a las almas ya merecedoras del cielo... Asime a su túnica, diciéndole: _Dame la felicidad_... Y el Ángel me respondió: _¡Tú no puedes ser ya dichosa! ¿Por qué? Porque no lo eres_. ¡Es decir, que el infame que hasta entonces me había martirizado, me impedía volar con aquel Ángel al cielo del amor y de la ventura! ¿Concebís absurdo mayor que el de este razonamiento de mi destino? Lo diré más claramente. ¡Había encontrado un hombre digno de mí y de quien yo era digna; nos amábamos, nos adorábamos; pero él, que ignoraba la existencia de mi mal llamado esposo; él, que desde luego pensó en casarse conmigo; él, que no transigía con nada que fuese ilegal o impuro, me amenazaba con abandonarme si no nos casábamos! Érase un hombre excepcional, un dechado de honradez, un carácter severo y nobilísimo, cuya única falta en la vida consistía en haberme querido demasiado... Verdad es que íbamos a tener un hijo ilegítimo; pero también es cierto que ni por un solo instante había dejado de exigirme el cómplice de mi deshonra que nos uniéramos ante Dios... Tengo la seguridad de que si yo le hubiese dicho: _Te he engañado: no soy viuda: mi esposo vive_..., se habría alejado de mí, odiándome y maldiciéndome. Inventé mil excusas, mil sofismas, y a todo me respondía: ¡_Sé mi esposa_! Yo no podía serlo; creyó que no _quería_, y comenzó a odiarme. ¿Qué hacer? Resistí, lloré, supliqué; pero él, aun después de saber que teníamos un hijo, me repitió que no volvería a verme hasta que le otorgase mi mano. Ahora bien: mi mano estaba vinculada a la vida de un hombre ruin, y entre matarlo a él o causar la desventura de mi hijo, la del hombre que adoraba y la mía propia, opté por arrancar su inútil y miserable vida al que era nuestro verdugo. Maté, pues, a mi marido... creyendo ejecutar un acto de justicia en el criminal que me había engañado infamemente al casarse conmigo, y (¡castigo de Dios!) me abandonó mi amante... Después hemos vuelto a encontrarnos... ¿Para qué, Dios mío? ¡Ah! ¡que yo muera pronto! ¡Sí, que yo muera pronto!

Gabriela calló un momento, ahogada por el llanto.

Zarco había dejado caer la cabeza sobre las manos, cual si meditase; pero yo veía que temblaba como un epiléptico.

--¡Señor juez! --repitió Gabriela con renovada energía--, ¡que yo muera pronto!

Zarco hizo una seña para que se llevasen a la acusada.

Gabriela se alejó con paso firme, no sin dirigirme antes una mirada espantosa, en que había más orgullo que arrepentimiento.

[Ilustración]

XVI

La sentencia.

Excuso referir la formidable lucha que se entabló en el corazón de Zarco, y que duró hasta el día en que volvió a fallar la causa. No tendría palabras con que haceros comprender aquellos horribles combates... Solo diré que el magistrado venció al hombre, y que Joaquín Zarco volvió a condenar a muerte a Gabriela Zahara.

Al día siguiente fue remitido el proceso en consulta a la Audiencia de Sevilla, y al propio tiempo Zarco se despidió de mí, diciéndome estas palabras: «Aguárdame acá hasta que yo vuelva... Cuida de la infeliz, pero no la visites, pues tu presencia la humillaría en vez de consolarla. No me preguntes a dónde voy, ni temas que cometa el feo delito de suicidarme. Adiós, y perdóname las aflicciones que te he causado.»

* * * * *

Veinte días después la Audiencia del territorio confirmó la sentencia de muerte.

Gabriela Zahara fue puesta en capilla.

XVII

Último viaje.

Llegó la mañana de la ejecución, sin que Zarco hubiese regresado ni se tuvieran noticias de él.

Un inmenso gentío aguardaba a la puerta de la cárcel la salida de la sentenciada.

Yo estaba entre la multitud, pues si bien había acatado la voluntad de mi amigo, no visitando a Gabriela en su prisión, creía de mi deber representar a Zarco en aquel supremo trance, acompañando a su antigua amada hasta el pie del cadalso.

Al verla aparecer, costome trabajo reconocerla. Había enflaquecido horriblemente, y apenas tenía fuerzas para llevar a sus labios el Crucifijo que besaba a cada momento.

--Aquí estoy, señora... ¿Puedo servir a usted de algo? --le pregunté cuando pasó cerca de mí.

Clavó en mi faz sus marchitos ojos, y cuando me hubo reconocido, exclamó:

--¡Oh! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Qué consuelo tan grande me proporciona usted en mi última hora! ¡Padre! --añadió, volviéndose a su confesor--. ¿Puedo hablar al paso algunas palabras con este generoso amigo?

--Sí, hija mía... --le respondió el sacerdote--; pero no deje usted de pensar en Dios...

Gabriela me preguntó entonces:

--¿Y él?

--Está ausente.

--¡Hágalo Dios muy feliz! Dígale cuando le vea, que me perdone, para que me perdone Dios. Dígale que todavía le amo... aunque el amarle es causa de mi muerte...

--Quiero ver a usted resignada...

--¡Lo estoy! ¡Cuánto deseo llegar a la presencia de mi Eterno Padre! ¡Cuántos siglos pienso pasar llorando a sus pies, hasta conseguir que me reconozca como hija suya y me perdone mis muchos pecados!

Llegamos al pie de la escalera fatal.

Allí fue preciso separamos.

Una lágrima, tal vez la última que aún quedaba en aquel corazón, humedeció los ojos de Gabriela, mientras que sus labios balbucieron esta frase:

--Dígale usted que muero bendiciéndole...

En aquel momento sintiose viva algazara entre el gentío..., hasta que al cabo percibiéronse claramente las voces de:

--_¡Perdón! ¡Perdón!_

Y por la ancha calle que abría la muchedumbre, viose avanzar a un hombre a caballo, con un papel en una mano y un pañuelo blanco en la otra...

[Ilustración]

¡Era Zarco!...

--_¡Perdón! ¡Perdón!_ --venía gritando también él.

Echó al fin pie a tierra, y, acompañado del jefe del cuadro, adelantose hacia el patíbulo.

Gabriela, que había ya subido algunas gradas, se detuvo: miró intensamente a su amante, y murmuró:

--¡Bendito seas!

En seguida perdió el conocimiento.

Leído el perdón, y legalizado el acto, el sacerdote y Joaquín corrieron a desatar las manos de la indultada.

[Ilustración]

Pero toda piedad era ya inútil... Gabriela Zahara estaba muerta.

XVIII

Moraleja.

Zarco es hoy uno de los mejores magistrados de la Habana.

Se ha casado, y puede considerarse feliz, porque la tristeza no es desventura cuando no se ha hecho a sabiendas daño a nadie.

El hijo que acaba de darle su amantísima esposa, disipará la vaga nube de melancolía que oscurece a ratos la frente de mi amigo.

FIN

[Ilustración]

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