El Comendador Mendoza Obras Completas Tomo VII · Unidad 19 de 19

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Ésta era la que llamaba al Comendador cuando se tardaba en volver de Villabermeja; la que más le escribía diciéndole que viniese, y la que le enviaba recados con el mulero y con el aperador para que dejase la soledad bermejina.

Como Lucía estaba ya enterada de todos los secretos de su amiga Clara, y como tampoco ocurrían cosas importantes, no había motivo ni pretexto para acudir á cada momento al tío, preguntándole, como en otro tiempo, qué había de nuevo. En cambio Lucía, libre ya de los cuidados en que la suerte de su amiga la había tenido, sintió despertarse en su alma la más viva curiosidad científica. La astronomía y la botánica, que antes la enojaban cuando había secretos de Clara que ansiaba penetrar, la entusiasmaban ahora extraordinariamente, y nunca se cansaba de oir las lecciones que su tío le daba, excitado por ella. No había lección que no le pareciese corta. No había misterio de las flores que no quisiese descubrir. No había estrella que no quisiese conocer.

La discípula ponía en grandes apuros al maestro, porque si se trataba del movimiento de los astros, de su magnitud, de la distancia á que se hallaban de la tierra y de otras afirmaciones por el estilo, ella quería saber la razón y el fundamento de las afirmaciones, y D. Fadrique hallaba disparatado y hasta absurdo enseñar las matemáticas á una sobrina tan guapa, tan alegre y graciosa; y, por el contrario, si se trataba de flores, Lucía quería que le explicase su tío lo que era la vida y lo que era el organismo, y aquí el Comendador hallaba que no había ciencia que respondiese á las matemáticas y que explicase algo. Sin querer se encumbraba entonces á una filosofía primera y fundamental, y Lucía le escuchaba embebecida, y, como vulgarmente se dice, metía también su cucharada, porque de filosofía habla, en queriendo, y no habla mal, toda persona de imaginación y viveza.

En suma, Lucía se iba haciendo una sabia. Mientras más aprendía, más iba creciendo su afición y su empeño de saber. Las lecciones y conferencias duraban horas y horas.

El Comendador se acostumbró de tal suerte á aquel dulce magisterio, que el día en que no daba lección le parecía que no había vivido.

Sus días de Villabermeja fueron disminuyendo, y alargándose cada vez más los que pasaba con la discípula.

Siempre que volvía de Villabermeja, el Comendador traía á su discípula libros de su biblioteca, flores y plantas de su huerto, y pájaros que cazaba vivos. Lucía gustaba mucho de los pájaros, y, merced al Comendador, no había ya casta de aves en toda la provincia, ora de paso, ora permanentes, de que Lucía no tuviese un par de muestra en su pajarera.

Notado todo esto por Clara y D. Carlos, daba ocasión á bromas inocentes, pero que turbaban algo al Comendador y que ponían á Lucía colorada como la grana.

Los novios hablaban á Lucía con cierto retintín de su excesivo amor á la ciencia.

En fin, aunque el Comendador y Lucía no se hubieran dado, ni hubieran querido darse cuenta de lo que les pasaba, Clara y D. Carlos les hubieran hecho reflexionar, pensar en ellos mismos y despejar la incógnita.

El Comendador y Lucía, á pesar de la diferencia de edad, estaban perdidamente enamorados el uno del otro.

Lucía admiraba en su tío la discreción, la nobleza de carácter, el saber y la elegancia natural del porte y de los modales. Le encontraba hermoso, de varonil hermosura, y no le parecía posible que hubiese otro tal hombre como él en todo el mundo.

Á D. Fadrique le parecía Lucía tan bonita, tan buena y tan inteligente como Clara, que era todo cuanto él podía encarecer la alabanza, allá en su pensamiento. La alegría de Lucía concordaba además muchísimo mejor con el carácter del Comendador que la seriedad un poco triste que Clara había heredado de su madre.

El Comendador, que al fin no era una criatura inexperta, conoció pronto que amaba á Lucía y que de ella era amado; pero, pensando en su edad y en el idilio de D. Carlos, no se atrevía á declarar su amor, si bien le manifestaba con su constante solicitud en servir á Lucía.

Ella no atinaba, entre tanto, á comprender la timidez del Comendador, á quien juzgaba enamorado.

De aquí que se dijesen toda clase de requiebros y finezas, que literalmente podrían tomarse por efecto de amistad tiernísima, pero que ocultaban el fervoroso espíritu de verdadero amor.

Don Fadrique, á más de sus años, creía tener otro inconveniente, que en su delicadeza no le permitía aspirar á ser amado de Lucía. Este otro inconveniente era su pobreza; pero Lucía, precisamente por esa pobreza y por el motivo que la había causado, amaba y admiraba más al Comendador. El descuidado desdén, la alegre calma y el nada trabajoso ni lamentado abandono con que D. Fadrique se había desprendido de más de cuatro millones, valían más de mil en la poética y generosa mente de Lucía.

Ésta llegó á veces á preguntar á su tío (sabido es que tenía el defecto de ser muy preguntona) que por qué no se casaba.

Cuando el tío le contestaba que porque era viejo, Lucía le aseguraba que era mozo ó que estaba mejor que los mejores mozos. Cuando el tío contestaba que porque era pobre, Lucía afirmaba que la paga de oficial retirado era más que suficiente; que además la chacha Ramoncica estaba poderosísima con lo que había ahorrado, é iba á dejarle por heredero, y que, por último, podía casarse con una rica.

Todo esto lo decía Lucía con mil rodeos y disimulos; pero el Comendador, si bien lo comprendía, juzgaba aún que ella podía engañarse y tomar por amor otros sentimientos de respeto y afección casi filial; por donde no hallaba justo ni honrado prevalerse tal vez de una alucinación de aquella linda muchacha para lograr lo que consideraba una felicidad para él.

En esta situación se hallaban Lucía y el Comendador la noche en que se celebró la boda de Clara y de D. Carlos en casa de D. Valentín.

El Comendador estuvo alegre, aunque hondamente conmovido, en aquella solemne ocasión, en que una persona tan querida de su alma se unía con lazo indisoluble al hombre que debía hacerla dichosa.

Don José y Doña Antonia se volvieron temprano á su casa.

Lucía permaneció al lado de Clara hasta más tarde. También se quedó con ella el Comendador.

Juntos y solos volvieron ambos á la casa. La noche estaba hermosísima, la calle silenciosa y solitaria, el ambiente tibio y perfumado, el, cielo lleno de estrellas y sin luna.

Lucía iba callada, contenta, pensado en la ventura de su amiga.

No estaba D. Fadrique menos soñador é imaginativo.

El tránsito de una casa á otra era cortísimo; pero, sin reflexionar, le alargaron ellos, parándose en medio de la calle y contemplando la bóveda inmensa del firmamento, como si quisiesen interrogar á las eternas luces, que allí fulguraban, sobre la suerte de los recién casados y quizá sobre la propia suerte.

Lucía, dando un suspiro, dijo al fin:

--¡No lo dude V... serán muy felices!

--Alégrate sólo y no estés envidiosa --respondió el Comendador;-- tú hallarás también un hombre que te merezca, que te ame y á quien ames tú con toda la energía de tu corazón.

--No, tío, no me amará --replicó Lucía.-- Yo soy muy desgraciada.

Y Lucía suspiró de nuevo. El Comendador, á la dulce y escasa luz de los astros, vió entonces que corrían dos hermosas lágrimas por las mejillas de Lucía. La luz de los astros se quebraba en aquellos líquidos diamantes y daba reflejos de iris.

El Comendador no fué dueño de sí mismo. Acercó su rostro al de Lucía y puso los labios en una de aquellas lágrimas. Luego exclamó:

--¡Te amo!

Lucía no contestó palabra. Echó á andar hacia su casa; llamó, abrieron, y entró seguida del Comendador.

Al llegar á la escalera, se volvió y le dijo:

--Buenas noches, tío. Adiós, hasta mañana. Mamá me estará aguardando.

El Comendador puso la cara más afligida del mundo, viendo que tan secamente respondía la muchacha, ó mejor dicho, no respondía á su repentina y vehemente declaración.

Ella se apiadó entonces, sin duda, y añadió sonriendo:

--Hable V. mañana con mamá...

--¿Y qué?... --interrumpió D. Fadrique.

--Y pida V. la licencia á Roma.

Dicho esto, muy avergonzada, pero muy satisfecha, Lucía subió á brincos la escalera, y dejó al Comendador no menos contento que ella iba.

Cuando supo Clara que Lucía y el Comendador habían decidido casarse, se alegró en extremo.

Don Carlos de Atienza compartió la alegría de su mujer, y recordando que debía una especie de satisfacción al Comendador, el cual se había creído aludido cuando le oyó leer el idilio contra el viejo rabadán, compuso otro idilio en defensa de un rabadán no tan viejo y en alabanza del amor de los rabadanes.

Este segundo idilio, que viene á ser como la palinodia del primero, se conserva aún en los archivos de Villabermeja, de donde mi amigo D. Juan Fresco me ha remitido copia exacta y fidedigna, que traslado aquí para terminar. El idilio es como sigue:

IDILIO

En la vid, con sus pámpanos lozana, Relucen cual topacio los racimos. Quita lluvia temprana Al alma tierra la aridez estiva, Y los frutos opimos Medran con nuevos jugos en la oliva Y en el almendro que entre riscos brota. Recobra el claro río El caudal que perdiera en el estío; Y el áspera bellota Se madura y endulza entre el pomposo Follaje, donde el viento, Para las gentes de la edad primera, Con fatídico acento La voluntad de Júpiter dijera. No como en primavera El campo está de flores matizado; Que el labrador cansado En las flores cifraba su esperanza, Y ora en cosecha sazonada alcanza El premio de su afán y su cuidado. Embalsama el membrillo con su aroma Los céfiros ligeros; Y en el limón y en la madura poma, Y en los sabrosos peros El oro luce y el carmín asoma. Que brillaron en rosas y alelíes; Mientras, por celos de su flor, empieza Á romper la granada su corteza, Descubriendo un tesoro de rubíes. Con la otoñal frescura Nace la nueva hierba, y su verdura La palidez de los rastrojos cubre. Serena está la esfera cristalina, Y hacia el rojo Occidente el sol declina En una hermosa tarde del Octubre. Filis, la pastorcilla soñadora, Bella como la luz de la alborada, Abandonando ahora Su tranquila morada, Va de las ninfas á la sacra gruta; Y en vez de flores, por presente lleva Un canastillo de olorosa fruta. Con que á vencer la resistencia prueba Que hacen á sus amores Las Ninfas que en el suelo Á Cupidos traviesos y menores Dan vida y ser contra el amor del Cielo. No bien el antro con su planta huella, Donde reinan las sombras y el reposo, Con terror religioso Se estremece la tímida doncella. Su presente coloca De las silvestres Ninfas en el era. Y altas razones de prudencia rara, Que pone el Numen en su fresca boca, Con esmerada concisión declara: "Ninfas, no os ofendáis de mi desvío; No déis vuestro favor á los zagales Que cautivar pretenden mi albedrío. Son como los rosales, Que lucen mucho en la estación florida Y dan amarga fruta desabrida. De su orgullosa mocedad el brío Apetece y no ama; Y con enojo en sus palabras leo Que poética llama Ni ennoblece ni ilustra su deseo; Y que el conato que imprimió natura En todo ser viviente, No se acrisola allí ni se depura Del Cielo con la luz resplandeciente. Ya sé que los Cupidos, Vuestros hijos queridos, Dan á la tierra su vil tud creadora; Mas el amor, que en el Empíreo mora. Esa misma virtud en ellos vierte, Y difunde do quier su vida arcana, Vencedora del mal y de la muerte. Pues bien; la que se afana Los misterios ocultos y supremos Por saber de este Amor, ¿lograrlo puede Con un zagal sencillo y sin doctrina? Las que tesoro tal gozar queremos, ¿No es mejor que busquemos Al varón sabio á quien el Dios concede El vivo lampo de su luz divina? Por esto, Ninfas, á mi Irenio adoro: Como en arca sagrada, Guarda dentro del alma inmaculada Del Amor el tesoro; Y arde su llama bajo el limpio hielo Con que el tenaz trabajo de la mente Corona ya su frente, Como corona el cano Mongibelo. Así Irenio recobra por la ciencia Lo que roba del tiempo la inclemencia. ¡Cuánto zagal con incansable mano Toca el rabel en vano Por carecer de gracia y maestría; Mientras que Irenio, con su blando tino Y su plectro divino, Produce encantadora melodía, Y hace sentir al alma lo que quiere, No bien la cuerda hiere! Si el zagal inexperto Persigue al perdigón en la carrera, Ó le pierde ó le coge medio muerto; Mas la diestra certera Pone Irenio prudente En el oculto nido, Do el pájaro reposa con descuido, Y su pluma naciente Sin destrozar, sus alas no fatiga, Y le aprisiona al fin para su amiga. Ni resplandece menos el ingenio Del doctísimo Irenio En componer cantares Y en referir historias singulares. Cuando me alcanza de la rama verde La tierna nuez, la alloza delicada, Elige lo mejor, sin tronchar nada. Cuando algún corderillo se me pierde, El le busca y á casa me le lleva; Y de continuo me regala y prueba Su cariño sincero, Ó haciendo con esmero De los huesos de guinda Ya un barquichuelo, ya una cesta linda. Ó enseñando á sacar á mi jilguero El alpiste menudo De entre mis labios con su pico agudo. Tan sólo me perturba y me desvela Que Irenio á veces con el alma vuela Por donde de su amor terreno dudo. Pero si Irenio de verdad me amara, Mayor triunfo sería El lograr la victoria, No de pastoras de agraciada cara, Sino de la poesía, De la ciencia, del arte y de la gloria." Irenio á Filis, escondido, oía; Y apareciendo y dándole un abrazo, Dijo con modestísima dulzura: "Este amoroso lazo, Que labra mi ventura, En vano, Filis, explicar pretendes Con tus alambicadas discreciones. ¡Ay, candorosa Filis! ¿No comprendes Que, á pesar del saber que en mi supones, Amor no te infundiera Tu rabadán si muy anciano fuera? Cuando mi amor al del zagal prefieres Por viejo no, por rabadán me quieres."

Madrid, 1876.

ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO EN LA IMPRENTA ALEMANA EN MADRID Á XXXI DÍAS DE AGOSTO DE MCMVI AÑOS