El consejero de la juventud · Capítulo real 5 de 28

CAPÍTULO VII

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPÍTULO VII

La vagancia

Hay dos principios contrapuestos.

Dice el uno: “la. vacancia es la ma¬ dre de todos los vicios,,; y el otro: “la diligencia es la madre de la buena ven¬ tura,,.

Todos dos encierran una elocuente verdad, que los padres y los maestros deben hacer cada día palpable á los ojos de sus hijos ó discípulos.

Formado el hombre para vivir de su propio trabajo, debe inclinarse desde temprana edad á producir para aten¬ der á las necesidades de la vida.

El niño que huye de la eseuela para irse con algunos de sus compañeros á paseos, no sólo tiene horror al estudio, sino que está predispuesto, á la vagan¬ cia.

Desde entonces es necesario corre¬ girlo, pues es muy sabido que tempra¬ no es que se endereza el'árbol.

Si se le abandona á su propia indo-

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le, si se le deja liacer todo cuanto anhela su voluntad, si no se le somete á rígida corrección, crecerá y se hará hombre, y vendrá á formar en ese público de las plazas y cantinas y áser miembro inú¬ til de la sociedad.

Niño: tú estás causando crecidos gastos á tus padres: esos vestidos que llevas, esos zapatos que calzas, ese sombrero que cubre tu cabeza, esos li¬ bros en que estudias, ese alimento que comes diariamente, cuestan muchísimo dinero.

Mientras estés en la escuela, serás consumidor y nada más; pero tan pron¬ to como te lo permitan tus facultades, hazte productor, porque nada hay que satisfaga más, que llene más el alma de dulces fruiciones y que independice más el carácter, que la hacienda propia ganada por nosotros mismos.

Acostúmbrate á ser diligente y ten¬ días buena estrella: para los flojos la fe¬ licidad estará siempre distante.

Para los vagos, la vida no tiene sino estos dos términos: el desprecio de la sociedad, ó la natural persecución de la justicia humana.

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Todos debemos trabajar en la esfera de nuestras facultades. El todo es pro¬ ducir para hacernos dignos del aprecio de nuestros semejantes y cumplir con honra la misión que estamos represen¬ tando en este mundo.

Cultive cada cual el campo que le sea posible: el uno en las letras, el otro en las ciencias, éste en las artes; aquél en las industrias. Todos debemos tra¬ bajar, porque el trabajo no es como al¬ gunos asientan —la maldición de la hu¬ manidad, sino el medio más adecuado que tiene el hombre para llegar á su posible perfectibilidad.

Algunos tienen horror al trabajo y viven en vergonzosa vagancia. Es que no se estiman á sí propios. Completos zánganos de la sociedad y tormento de la familia, se abandonan á esa triste vida, abriendo su corazón á los vicios, su alma á las impiedades y su boca á todas las murmuraciones.

¿Qué hace el joven en perpetuo pa¬ seo?

¿Qué hace de'útil, si ve nacer y po¬ nerse el sol y recorre las horas del día entre el torpe sueño de la siesta y la

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corruptora tertulia de la mesa de>cantina?

Bien está que gocéis, pero el goce se ha hecho para después de la fatiga, como ia noche para la quietud y el re¬ poso.

¿Qué serán siempre los vagos? La sombra de los trabajadores, seres im¬ productivos é inútiles, perpetuos petar¬ distas, hombres nominales que están de más en todas partes.

capítulo VIH

La embriaguez

Refiere la historia que Noé había bebido mucho licor, y que hallándose completamente ebrio, uno de sus hijos se burló de él.

Noé no cometía una fálta, sino que era víctima de su ignorancia, pues es¬ taba muy distante de sospechar que aquel licor pudiera hacerle daño. Sin embargo, la enseñanza no puede ser más terrible, aí dar una idea más com-

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pleta del triste vicio de la embria¬ guez.

Como en todas las cosas, se empie¬ za por poco: se empieza por probar, luego se saborea y después se apura hasta la saciedad.

El ebrio es un ente desgraciado. To¬ do lo abandona por el vicio; sociedad, familia, intereses, amigos, patria, todo. Su vida ha salido de la esfera de lo or¬ dinario para situarse en el extremo de la abyección.

¿Por qué se abate así el hombre? ¿Por qué se inclina su carácter ante esa pasión maldita y se convierte en la burla de los más y en la condolencia de algunos?

Muchos jóvenes están expuestos á caer en el cieno del vicio, porque no tienen sobriedad, ni precaución, ni gra¬ vedad en sus procederes. Todo lo quie¬ ren celebrar, no con el uso, sino con el abuso del licor.

Semejante costumbre no puede ser más perniciosa, y es por ella que la em¬ briaguez hace sus frecuentes y desgra¬ ciadas víctimas.

La embriaguez gasta’el físico y des¬

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truye las facultades morales. Junto f con la fuerza corporal abate y aniquila el talento. Jumo con la salud gasta por completo los mágicos resortes de la in¬ teligencia.

Un hombre ebrio es un miserable que se arrastra por el fango de la de¬ gradación.

La sociedad lo mira como miembro podrido: la familia como viviente des¬ gracia: y todos como un sér que la tum¬ ba reclama con ansia, ya que el mundo le ha retirado su aprecio.

¿Qué queda al hombre encenagado en el vicio del licor?

Todo lo ha perdido, desde la tran¬ quilidad del hogar hasta el respeto de la sociedad.

Sus hijos, sino le miran con lásti¬ ma, quizá repitan con él la tragedia de Noé.

Sus amigos, le huirán á leguas y le dejarán debatirse en el cieno.

La sociedad le retirará sus favores.

La patria no tendrá honores que' discernirle.

Irá de taberna en taberna, rotos los vestidos, lleno de lodo, descompuesta

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,ía cabellera, rechiflado por soez muche¬ dumbre, hasta que agobiado por el fue¬ go en que arde su cerebro, vaya á caer al alero de hospital obscuro, ó á la puer¬ ta de la cárcel inmunda.

¡Ese es su declino!

¡Poder el hombre, rey de la crea¬ ción, suicidarse de ese modo! ¡Poder re¬ nunciar así á los dulces goces sociales, á las tiernas fruiciones del alma, á la con¬ quista de la virtud, al amor de la fa¬ milia y á la grata satisfacción de ser lítil á su patria!

Niño que me lees: es necesario que sepas que si la embriaguez es la gran degradación del hombre, tú no tienes para combatirla sino el grande, el in¬ menso poder de la vergüenza. Sólo des¬ pués de gastar este sentimiento, después de abatirlo en absoluto, es que el hom¬ bre puede doblegarse ante el espíritu homicida del vicio.

Conserva siempre tu carácter; no penetres jamás por las puertas de la bajeza: estímate lo bastante y estarás por siempre libre de este vicio aterra¬ dor.

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