El consejero de la juventud · Capítulo real 22 de 28
CAPÍTULO XII
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
CAPÍTULO XII
La prudencia
La virtud que enseña á discernir y á especificar lo bueno y lo malo, para seguir y ejecutar lo primero y huir y no cometer lo segundo, es lo que gene¬ ralmente se llama prudencia. Esa vir¬ tud es tan útil y necesaria á toda cria¬ tura, como que ella es suficiente para guiarnos en nuestros procederes por ancho y despejado camino.
La prudencia es un signo eviden¬ te de cordura, de juicio y de previ¬ sión.
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Existe en todo sér de carácter* mo¬ derado y reflexivo. En algunos se deja ver desde los primeros años; en otros después que han entrado á la edad de la razón y cuando han sido castigados con los rudos golpes de la experiencia; y en muchos no se deja ver jamás.
Rodeada como se encuentra la vida de infinitos peligros, ora en lo físico, ora en lo moral, ya en lo privado, ya en lo público, viene á ser la prudencia el mejor escudo contra esos peligros, pues por medio de ella nos salvamos de estos, evitando la tentación.
Por todas partes nos encontramos expuestos á desagradables lances, y hasta en el trato íntimo de las perso¬ nas, una pafhbra impremeditada é im¬ prudente puede dar margen á muy se¬ rios disgustos; de manera que no sólo en las acciones, sino que también en las palabras, es de grande utilidad pa¬ ra nosotros manejarnos con una bien aconsejada prudencia.
La falta de prudencia es un indicio de superficialidad y de falta de juicio, haciéndonos j¥>r consiguiente víctimas de fatales consecuencias.
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Él hombre ó la mujer imprudentes, jugarán á cada paso su tranquilidad, ex¬ pondrán su decoro, provocarán la justa censura del público, cercarán de incon¬ venientes el camino de su vida, tendrán muy pocos amigos, pero sí muchos ene¬ migos, y se formarán una reputación nada honorífica. Por el contrario, el hombre ó la mujer prudente alejarán los disgustos, gozarán de tranquilidad privada y pública, conquistarán amis¬ tades y una honorífica reputación.
Acostúmbrate, niño, desde tempra¬ na edad á ser prudente, para que no debas más tarde á tu conducta ligera pesares qué amarguen tu vida.
No seas provocativo ni vayas á don¬ de no te han llamado, ni asistas á fies¬ tas para las cuales no te hayan convi¬ dado, ni formules contra los hombres ni contra las acciones de éstos precipi¬ tados juicios, ni pronuncies palabras descompuestas que puedan herir la aje¬ na susceptibilidad, ni seas agresivo, ni asistas á reuniones turbulentas, ni te dejes guiar por el entusiasmo que á ve¬ ces descarría, ni te encuentres en per¬ judiciales parrandas, ni te dejes atraer
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por la maléfica tertulia de la cantina o del café, ni la eches de valiente, ni alardees de sabio y de poseer cualida¬ des.
Bosquejados á la ligera, son estos los peligros á que puede lanzarte la falta de prudencia, y no te exagero al asegurarte que no saldrás de esos peli¬ gros sino para caer en un abismo de calamidades, donde puedes hasta per- —der la vida. Mide tus acciones hasta donde alcancen tus pocos años, y ob¬ serva que te acarrearán grandes males las imprudencias que puedas cometer con tus padres, con tus maestros y con tus compañeros de niñez.
Si tienes 1^. imprudencia de emplear en las distracciones el tiempo que de¬ bieras aprovechar pará el estudio, se te pasarán las horas insensiblemente é irás á la escuela á caer pésimo y á ser la burla de tus compañeros.
Si cometes la imprudencia de lan¬ zar piedras á la calle ó al vecindario, puedes desgraciar al transeúnte ó al vecino y ocasionar á tu familia un rato de conflicto y »á ti mismo un seguro castigo.
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'TSi provocas, te expones á pleitos: si turbas la tranquilidad de los demás, puede pesarte altamente.
Se prudente y todo el mundo te lla¬ mará juicioso.